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sábado, 25 de abril de 2026

Microrrelatos de Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela

A continuación, te presento unos microrrelatos de Luisa Valenzuela. En estos cuentos breves presentan miradas críticas e irónicas sobre las relaciones humanas y la sociedad.

En “La cosa”, se describe un encuentro amoroso reducido a términos casi mecánicos (“sujeto” y “objeto”), mostrando cómo el deseo puede despersonalizar y convertir a las personas en roles, cuestionando la supuesta pasividad y evidenciando una dinámica compartida, aunque desigual.

En “Hay amores que matan”, el tono romántico se transforma en humor negro: un gesto simbólico e inocente desencadena accidentalmente una tragedia, sugiriendo que el amor y la idealización pueden coexistir con consecuencias absurdas o fatales.

Finalmente, en “Tres microfábulas políticas”, mediante juegos de lenguaje y exageración, se critica el poder, la corrupción y las estructuras políticas, destacando cómo los líderes abusan de la sociedad y cómo la ciudadanía puede ser tanto víctima como cómplice; las moralejas apuntan a la necesidad de pensamiento crítico, participación responsable y desconfianza ante las apariencias.

Estos microrrelatos puedes escucharlo en Youtube y Spotify.


Microrrelatos de Luisa Valenzuela

La Cosa 

Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados. Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte– se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre. La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente– la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.


Hay amores que matan

para Claude Bowald.

Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.

Él busco por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una varita de plástico verde fluo, de esas que se usan para revolver el trago. Se la brindó a ella como una ofrenda: es mágica, le dijo.

 Y ella, que compartía sus sentimientos, la aceptó como tal y para demostrárselo elevó la varita mágica en el aire y con gracioso gesto señaló el pico más alto que asomaba inmaculado a través de las azules transparencias pintadas por la lejanía.

–Quiero una mancha roja allá, conminó.

Y ambos rieron.

Quien no pudo reír en absoluto fue el alpinista solitario que perdió pie en ese preciso instante y se desplomó sobre las afiladas aristas del barranco, poniendo una mancha roja precisamente allá, en el pico más alto.

 Allá donde ni los dos enamorados ni nadie lograrían jamás verla.


Tres microfábulas políticas

 G

Gorilas y gusanos gustan de la globalización. La gente gime, golpeada por garrotes de generales gorilas, guapos guarangos que galopan al grito de “¡Genial!”

Grandes gimnastas, los generales gorilas y gusanos se gratifican en grado gozoso, con el gaznate gárrulo. ¡Güai del gurí gay que los gaste! Son guapos, gelatinosos, gigantescos. Grandiosos gritones como guacamayas glorifican la guerra, los gladiadores, los gendarmes glaucos, los guardacárceles, y gozan del graznido de los gansos. En grupo, los muy gandules le granizan las guindas a la gente. Gobiernan con guardias y guaruras. Los gerentes les garpan grandes guarismos, pero golosos no gastan en guisos gremiales, no son gregarios, son grasientos granujas guardianes de la guillotina.

Moraleja

Un pasito a la izquierda suele mejorar la vida propia y la ajena.

P

Pingüina y Pingüino parecieron partir la Patagonia en partes proporcionales: para prevenir la piratería profana, propusieron. Pocos políticos prepotentes, pesados, paladearon la píldora: puras patrañas, protestaron, puras pavadas.

Pero personas probas piensan que el país progresó con pingüinos en el poder, paliando pecados de la propiedad privada. Los peligros prescriben porque priman las pasiones primordiales por sobre las patrimoniales. En política podemos participar paradojalmente pasando por principiantes pero practicando propuestas periféricas pacíficas y prácticas, permitiendo proposiciones populares, planteando problemas para procesarlos en profundidad.

La patria pide pista para planear por las plenitudes planetarias.

Moraleja

Suele ser más conveniente interceder desde el llano que convertirse en político.

V

Vacunos varios, variopintos y voluntariosos, vacían las vasijas de vidrio con verdadero valor. El vicio no los vuelve voraces, el vino los vivifica.

Vuelan voluptuosos los vampiros verificando la versión. Si vino el vino, vale vaciarles a los vacunos las venas. Votan volver a su vocación vertiginosa. Vislumbran victorias con virtuales visiones vitivinícolas, verdaderas vibraciones vandálicas, vikingas.

Las virginales vacas ven el vuelo de los vampiros y van con vocinglera voluntad a vacunarse con vitriolo. Verdaderos volcanes, violines violentísimos, sus vigorosas venas se vuelcan a vibrar. Ya vendrán los vampiros, a ver si son tan varones como vaticinan.

Moraleja

¡Fíate no más de las mansas manadas!


Otros microrrelatos

Si te gustan los microrrelatos, te recomiendo estos cuentos breves para adultos de Julio Cortázar 


domingo, 18 de enero de 2026

Los censores de Luisa Valenzuela

 

Panóptico de Foucault

A continuación, te presento un cuento para adultos de Luisa Valenzuela que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y Spotify. Los censores de Luisa Valenzuela es sobre un hombre que, por amor y miedo, se introduce en un sistema de vigilancia que controla cada palabra escrita, creyendo que desde dentro podrá proteger a quien ama. Lo que el cuento revela es un mecanismo muy cercano al panóptico de Foucault: un poder que no necesita vigilar todo el tiempo porque ha logrado algo más eficaz —que las personas se vigilen a sí mismas. A medida que Juan avanza en la burocracia de la censura, interioriza la mirada del poder y empieza a pensar, sospechar y juzgar como el sistema mismo. Así, el relato muestra cómo los regímenes autoritarios no sólo reprimen desde afuera, sino que producen sujetos que colaboran activamente con su propia dominación, hasta perder de vista dónde termina el control y dónde empieza su propia voluntad.

 

Los censores

Cuento completo de Luisa Valenzuela

¡Pobre Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno se descuida, y así como me oyen uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, ¿qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le envió a Mariana?)

Juan sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.

Entonces hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar de sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.

Fue con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.

En los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.

El edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran explosivo alguno.

Cierto es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando como antes aunque bastante más inquietos. Otro compañero intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.

Una vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse en asuntos ajenos.

De la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después de una larguísima procesión por otras dependencias.

Poco a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin piedad muchas cartas al canasto de las condenadas. Días de horror ante las formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple «el tiempo se ha vuelto inestable» o «los precios siguen por las nubes» detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.

Tanto celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan, que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.

Su canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.

Fuente: Lecturia

Otros cuentos para adultos

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lunes, 9 de septiembre de 2024

Cuentos de Luisa Valenzuela

 

Luisa Valenzuela

En esta ocasión, comparto con vosotros algunas reflexiones sobre tres relatos de Luisa Valenzuela, escritora argentina autora de novelas, cuentos, microficción y ensayos. Cuentos para adultos, que podéis disfrutar en YouTube. Confío en que estos cuentos de Luisa Valenzuela, con grandes matices y profundidad, sean de vuestro interés y estimulen una reflexión profunda. 

El cuento Otro, nos presenta una metáfora profunda sobre la identidad y la relación con uno mismo. El relato reflexiona sobre la búsqueda de la autenticidad y el miedo a perder el control sobre la propia vida. Es como un espejo que refleja su personalidad, sugiriendo una lucha interna con su propia identidad.

La aparición de este doble con la cara pintada de blanco podría simbolizar el anonimato, una máscara social o incluso la falta de autenticidad en las relaciones humanas. La protagonista desea descubrir lo que hay debajo de esa máscara, lo que sugiere una necesidad de autoconocimiento. Sin embargo, el cuento nos lleva a un desenlace inquietante: el otro ocupa su lugar "para siempre". Esto puede interpretarse como la pérdida de la identidad o el miedo a ser absorbido por una versión de uno mismo que no se reconoce. El autoconocimiento es esencial para no dejarse llevar por expectativas, proyecciones o imposiciones externas que pueden ir diluyendo nuestra verdadera esencia. En conclusión, este cuento es una reflexión sobre la identidad, el constante enfrentamiento con nuestras propias proyecciones y el peligro de ser consumidos por ellas.

 

El cuento El abecedario es una sátira sobre el intento de control absoluto de la vida a través de la rigidez y el orden. El protagonista, al decidir organizar su vida de manera metódica siguiendo el abecedario sugiriendo la ilusión de que la vida puede ser gobernada de manera tan simple como el alfabeto.

Al comienzo, su plan parece funcionar, pues va experimentando una variedad de situaciones siguiendo el orden de las letras.  Sin embargo, esta aparente sensación de control pronto será un fracaso. En lugar de vivir de manera auténtica, el protagonista se ve atrapado en un sistema arbitrario que le priva de espontaneidad. La muerte abrupta por meningitis en la semana correspondiente a la "M" subraya la ironía final del cuento: pese a su intento de controlar su destino, la vida es impredecible.  El "accidente" de su muerte le impide completar su proyecto, mostrando la futilidad de sus esfuerzos por darle orden a algo tan incontrolable como la vida misma.

En esencia, el cuento invita a reflexionar sobre el deseo humano de control y la rigidez. Nos recuerda que la vida no sigue un patrón fijo y que la búsqueda del sentido a través de esquemas cerrados puede ser ilusoria.

 

Finalmente, en el cuento Aquí pasan cosas raras, Luisa Valenzuela explora la naturaleza absurda y caótica de la vida cotidiana en un contexto social opresivo. Mario y Pedro, dos personajes marginalizados, ven en los objetos abandonados (el portafolios y el saco) una oportunidad para escapar de su situación, pero estos símbolos de esperanza terminan generando más confusión y ansiedad. Valenzuela sugiere que, en un entorno lleno de represión y vigilancia, la realidad se distorsiona y cualquier intento de mejora está lleno de incertidumbre, lo que refleja una crítica a los sistemas que perpetúan la desconfianza y el miedo.

 

Cuentos para adultos

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