Sara Gallardo
A continuación,
te presento dos cuentos de Sara Gallardo considerada como autora de culto: El
hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua. También
puedes escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.
En
El hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua, de Sara
Gallardo, los personajes persiguen un anhelo profundo que los separa del mundo
cotidiano: uno desafía sus límites para alcanzar un sueño de libertad que roza
lo imposible, mientras la otra atraviesa la vejez y el dolor aferrada a la
belleza como último refugio del alma. Ambos relatos exploran el deseo humano de
trascender la realidad, mostrando que la esperanza, la imaginación y la
capacidad de asombro pueden dar sentido a la existencia incluso frente a la
pérdida, el paso del tiempo y la fragilidad de la vida.
Cuentos completos de Sara Gallardo
El hombre en la araucaria
Un
hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de
madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén
bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de
la plaza San Martín. El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más
horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en
una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y
marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo,
tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones. De noche la vida en la
plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse.
Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las
noches de luna eran las mejores. Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le
puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía. Salió el
sol. Nada como el amanecer entre las copas de los árboles. Muy alta, una banda
de pájaros pasó dejando la ciudad a sus pies. Los contempló con una especie de
mareo, con lágrimas. Eso había soñado los veinte años que puso en fabricar sus
alas. No en una araucaria. Los bendijo. Se le fue el corazón tras ellos. Una
sirvienta abrió los postigos en casa de una vieja insomne. Vio al hombre en su
nido. La vieja llamó a la policía y a los bomberos. Con altavoces, con
escaleras, lo rodearon. Tardó en notarlo, se calzó las alas, se puso de pie.
Los
autos frenaron. La gente se juntó. Se abrieron las ventanas. Vio a sus hijos,
con delantales de colegio. A su mujer, con la bolsa del mercado. A la sirvienta
y a la vieja abrazadas. Las alas funcionaron, despacio. Rozó ramas. Pero perdió
altura. Bajó hasta el monumento. Saltó. Se enhorquetó en ancas del caballo.
Tomó de la cintura al general San Martín. Sonreía. Un policía disparó un tiro.
Quedó sobre el caballo un zapato enganchado. Pero pudo volar. Lento, avanzó,
apenas más alto que las cabezas de los que estaban en la plaza, y nadie respiró
observándolo. Llegó a la torre de los ingleses, el viento lo ayudó hacia el
sur. Vive entre las chimeneas de una fábrica. Es viejo y come chocolate
Reflejo Sobre el Agua
Elvira
Cabrino, cabellera blanca. Ochenta años. El mundo era para ella como un paisaje
que se refleja sobre un agua de oro. Cada cosa temblaba en la gloria del
reflejo.
Es
verdad, cuando perdió a su único hijo fue quemada por la desesperación. Pero la
sostuvo el esplendor del mundo. Y recibiendo los besos del que fue su último
amante había dicho: "Señora Tristeza, nunca te conocí. Conozco a tu
hermano más noble, el Dolor".
Mas
toda palabra va a algún oído.
Un
día se despertó, y el reflejo no estaba. Solo quedaban las cosas. Desde ese día
debió atravsar ese panorama.
Le
llegaban las palabras de las flores. Las comprendía prque en otro tiempo las
había comprendido. Como las palabras del amor, antaño. Pero no le decían nada.
Mudas.
Recordó
un atardecer. Estaba frente a la laguna. Desde el celaje, desde las garzas que
empezaban a dormir, desde los vuelos de patos silvestres, una mancha, un
pequeño flamear avanzó a través del agua. No podía dejar de mirarla. Como un
fuego fatuo, pero negro. Se agrandaba acercándose. Era un bote, y en el bote
venía de pie una figura de vestido ondulante. Los perros no habían ladrado. El
vestido se henchía. Elvira, que era como una reina, se puso de pie. Llegó la
señora con un sombrero grande.
Sentada
a su lado en uno de los sillones de mimbre del corredor quiso escrutar su cara,
no la vio.
Cuando
se levantó para partir, Elvira no pudo levantarse. Ni un perro se movió. Se fue
en su bote en un ondear de vestido negro, a través de la laguna, hacia los
celajes, y una voz de nutria que llegaba de los juncos.
Después
Elvira entró en la casa. No vio los polluelos salidos del ropaje de la
visitante, que entraron por las rejas de las ventanas, se dispersaron por los
cuartos, pasaron sobre los perros, picotearon los corazones. Negros, picos de
diamante.
Hacía
años de esto.
Hoy,
arrodillada, pidió así:
—Una
vez, antes de morir, dame de nuevo la alegría.
Era
una noche temprana. Sopló la lámpara, quiso dormir. Pero la vehemencia del
pedido seguía, como una máquina que se traba. Tarde en la noche volvió a
encender la lámpara. Se sentó junto a la ventana.
Al
amanecer oyó el motor de un automóvil. Los perros ladraron.
Elvira
Cabrini vio en el patio a un joven con un casco en la mano. Vio un auto de
carrera salpicado de barro.
Por
tercera vez aquel joven había podido ser, y no fue, campeón del mundo. Aquella
tarde, por tercera vez. Se ha dicho que el cora[1]zón es como un vaso.
Cuando lo llena la amargura rebalsa en un llanto. Dejó la ciudad atrás. Corrió
por caminos de tierra, por char[1]cos
de barro. Los faros iluminaban los ojos de una vaca, una lie[1]bre,
una lechuza. Frenó lejos de todo, en medio de la noche.
A
esa hora vio encenderse una luz. Lejos. Era la luz de Elvira.
Acudió.
Llegó al amanecer.
Elvira
Cabrini lo vio entrar. Vio al más bello de los dioses comiendo pan con manteca
ante sus ojos. Un hombre que le dijo quién era, un niño que le contó su dolor.
El pelo rubio se le pega[1]ba
a las sienes. El casco estaba en una silla.
El
amor ardió de nuevo en ella.
Mientras
él tomó un baño, ella salió a pasear. Vio las nubes bajas igual que vientres de
aves maravillosas empollando el huevo de la laguna.
El
mundo se mostraba de nuevo.
Él
se fue a dormir la siesta al cuarto de los huéspedes. Ella se coronó de flores
frente al espejo de su dormitorio. Se vio rubia como en su juventud.
Murió,
rosada, sonriendo en esa siesta.
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