Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Ruiz Zafón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Ruiz Zafón. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2026

La mujer de vapor de Carlos Ruiz Zafón


Un relato de Carlos Ruiz Zafón

A continuación, te presento La mujer de vapor de Carlos Ruiz Zafón. En este relato para adultos, Zafón nos presenta la historia de un hombre que, después de pasar varios años en prisión, encuentra un inesperado refugio en un antiguo edificio de la ciudad. Allí conoce a Laura, una joven misteriosa con la que establece una relación muy especial, y poco a poco empieza a sentirse acogido por los vecinos del inmueble. Durante un tiempo, aquel lugar se convierte para él en un hogar y en una oportunidad para recuperar algo que creía perdido: la sensación de ser querido y de pertenecer a algún sitio. Sin embargo, la tranquilidad de esta nueva vida se ve amenazada por un acontecimiento que cambiará por completo su percepción de lo que está viviendo.

Este relato combina misterio, fantasía y melancolía para hablar de la soledad, el amor y la necesidad humana de encontrar un lugar al que pertenecer. Laura representa ese deseo de afecto y de esperanza que permite al protagonista escapar, aunque sea momentáneamente, de una existencia marcada por el dolor. El edificio, por su parte, funciona como un refugio para personajes olvidados y marginados, un espacio donde la realidad y la imaginación parecen confundirse. 


Como es habitual en Zafón, la atmósfera oscura y misteriosa adquiere tanta importancia como la propia historia y nos invita a preguntarnos hasta qué punto necesitamos, en algunas ocasiones, construir nuestro propio refugio para poder seguir adelante. 

Os invito a leer esta historia y escucharla en YouTube y Spotify

 

La mujer de vapor

Relato breve de Carlos Ruiz Zafón

Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.

Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven -me informó el ingeniero-. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin reme-dio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.

 Fuente: Narrativa breve


 Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos breves, te recomiendo La blusa roja de Mercè Rodoreda considerada una de las escritoras más influyentes de la literatura en lengua catalana y de mayor proyección internacional.

miércoles, 14 de enero de 2026

Alicia, al alba un relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón

 

Carlos Ruiz Zafón

Alicia, al alba es un intenso relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón, uno de los autores españoles más leídos del mundo y creador de La sombra del viento. Una historia de amor, culpa y memoria ambientada en la Barcelona de la Guerra Civil. Disfrútalo también en formato audiocuento en Spotify o  ver el video en Youtube

En Alicia, al alba, Carlos Ruiz Zafón convierte una noche de Navidad en un rito de paso marcado por la guerra y la miseria. El encuentro entre el narrador y Alicia representa la irrupción de la compasión y el deseo de pertenencia en un mundo devastado, donde la inocencia se pierde no por maldad, sino por necesidad. El cuento sugiere que ciertos actos, nacidos de la supervivencia, dejan una huella moral imborrable, y que la memoria —como la ciudad misma— guarda para siempre aquello que no pudo ser salvado.

Análisis del cuento

Este cuento es una alegoría sobre la pérdida de la inocencia en un mundo destruido por la guerra. Alicia simboliza la encarnación de la belleza, la ternura y fragilidad que aún sobrevive entre las ruinas. Asimismo, aparece como una figura casi irreal, vestida de blanco, rodeada de objetos rotos, fotos de ausentes y una casa que ya es un mausoleo. Todo en ella pertenece más a unos recuerdos del pasado que a un presente, como si su vida dependiera de aquello que fue o dejó de ser.

El muchacho representa a una infancia forzada a madurar en un entorno hostil. Su tentación de robar el collar no nace de la maldad, sino del hambre, del abandono y de haber crecido entre miseria y violencia. Cuando huye con la joya y luego regresa arrepentido, se muestra el choque entre dos mundos: el de la supervivencia y el de la humanidad. El remordimiento del chico pesa más que el valor de la joya, ya que Alicia le dio algo que nadie más le había dado: calor, cuidado y una ilusión de hogar.

Cuando el chico le devuelve la joya y la posa en su pecho muerto, está intentando salvar lo único que queda intacto: su propia conciencia. La muerte de Alicia no es solo física: simboliza una pureza que, en la guerra, no tiene cabida. Ella muere de frío, de abandono, de un mundo que ya no protege la vulnerabilidad, puesto que se considera debilidad.

En definitiva, el cuento dice que, en tiempos de horror, o de incertidumbre, un solo gesto de amor puede enriquecer una vida… y una pérdida puede destruirla por completo. Alicia es la última luz antes de comenzar una noche oscura y definitiva.


Alicia, al alba

de Carlos Ruiz Zafon

La casa donde la vi por última vez ya no existe. En su lugar se alza ahora uno de esos edificios que resbalan a la vista y adoquinan el cielo de sombra. Y sin embargo, aún hoy, cada vez que paso por allí recuerdo aquellos días malditos de la Navidad de 1938 en que la calle Muntaner trazaba una pendiente de tranvías y caserones palaciegos. Por entonces yo apenas levantaba trece años y unos céntimos a la semana como mozo de los recados en una tienda de empeños de la calle Elisabets. El propietario, don Odón Llofriu, ciento quince kilogramos de mezquindad y recelo, presidía su bazar de quincallería quejándose hasta del aire que respiraba aquel huérfano de mierda, uno entre los miles que escupía la guerra, a quien nunca llamaba por su nombre. —Chaval, rediós, apaga esa bombilla, que no están los tiempos para dispendios. El mocho lo pasas a vela, que estimula la retina. Así discurrían nuestros días, entre turbias noticias del frente nacional que avanzaba hacia Barcelona, rumores de tiroteos y asesinatos en las calles del Raval y las sirenas alertando de los bombardeos aéreos. Fue uno de aquellos días de diciembre del 38, las calles salpicadas de nieve y ceniza, cuando la vi. Vestía de blanco y su figura parecía haberse materializado de la bruma que barría las calles. Entró en la tienda y se detuvo en el leve rectángulo de claridad que serraba la penumbra desde el escaparate. Sostenía en las manos un pliego de terciopelo negro que procedió a abrir sobre el mostrador sin mediar palabra. Una guirnalda de perlas y zafiros relució en la sombra. Don Odón se calzó la lupa y examinó la pieza. Yo seguía la escena desde el resquicio de la puerta de la trastienda. —La pieza no está mal, pero los tiempos no están para dispendios, señorita. Le doy cincuenta duros, y pierdo dinero, pero esta noche es Nochebuena y uno no es de piedra. La muchacha plegó de nuevo el paño de terciopelo y se encaminó hacia la salida sin pestañear. —¡Chaval! —bramó don Odón—. Síguela. —Ese collar cuesta por lo menos mil duros —apunté. —Dos mil —corrigió don Odón—. Así que no vamos a dejar que se nos escape. Tú síguela hasta su casa y asegúrate de que no le dan un porrazo y la despluman. Ésa volverá, como todos. El rastro de la muchacha se fundía ya en el manto blanco cuando salí a la calle. La seguí por el laberinto de callejas y edificios desventrados por las bombas y la miseria hasta emerger en la plaza del Peso de la

Paja, donde apenas tuve tiempo de verla abordar un tranvía que ya partía calle Muntaner arriba. Corrí tras el tranvía y salté al estribo posterior. Ascendimos así, abriendo raíles de negro sobre el lienzo de nieve que tendía la ventisca mientras empezaba a atardecer y el cielo se teñía de sangre. Al llegar al cruce con Travesera de Gracia me dolían los huesos de frío. Estaba por abandonar mi misión y urdir alguna mentira para satisfacer a don Odón cuando la vi bajar y encaminarse hacia el portón del gran caserón. Salté del tranvía y corrí a ocultarme al filo de la esquina. La muchacha se coló por la verja del jardín. Me asomé a los barrotes y la vi ascender por la arboleda que rodeaba la casa. Se detuvo al pie de la escalinata y se volvió. Quise echar a correr, pero el viento helado me había ya robado las ganas. La muchacha me observó con una sonrisa leve y me tendió una mano. Comprendí que me había tomado por un mendigo. —Ven —dijo. Anochecía ya cuando la seguí a través del caserón en tinieblas. Un tenue halo lamía los contornos. Libros caídos y cortinas raídas puntuaban un rastro de muebles quebrados, de cuadros acuchillados y manchas oscuras que se derramaban por los muros como impactos de bala. Llegamos a un gran salón que albergaba un mausoleo de viejas fotografías que apestaban a ausencia. La muchacha se arrodilló en un rincón junto a un hogar y prendió el fuego con hojas de periódico y los restos de una silla. Me acerqué a las llamas y acepté el tazón de vino tibio que me tendía. Se arrodilló a mi lado, su mirada perdida en el fuego. Me dijo que se llamaba Alicia. Tenía la piel de diecisiete años, pero le traicionaba esa mirada grave y sin fondo de los que ya no tienen edad, y cuando inquirí si aquellas fotografías eran de su familia no dijo nada. Me pregunté cuánto tiempo llevaba viviendo allí, sola, escondida en aquel caserón con un vestido blanco que se deshacía por las costuras, malvendiendo joyas para sobrevivir. Había dejado el paño de terciopelo negro sobre la repisa del hogar. Cada vez que ella se inclinaba a atizar el fuego la mirada se me escapaba e imaginaba el collar en su interior. Horas más tarde escuchamos las campanadas de medianoche abrazados junto al fuego, en silencio, y me dije que así me habría abrazado mi madre si la recordase. Cuando las llamas empezaron a flaquear quise lanzar un libro a las brasas, pero Alicia me lo arrebató y empezó a leer en voz alta de sus páginas hasta que nos venció el sueño. Partí poco antes del alba, desprendiéndome de sus brazos y corriendo en la oscuridad hacia la verja con el collar en mis manos y el corazón latiéndome con rabia. Pasé las primeras horas de aquel día de Navidad con dos mil duros de perlas y zafiros en el bolsillo, maldiciendo aquellas calles anegadas de nieve y de furia, maldiciendo a aquellos que me habían abandonado entre llamas, hasta que un sol mortecino ensartó una lanza de luz en las nubes y rehice mis pasos hasta el caserón, arrastrando aquel collar que pesaba ya como una losa y que me asfixiaba, deseando tan sólo encontrarla todavía dormida, dormida para siempre, para dejar de nuevo el collar sobre la repisa del hogar y poder huir sin tener que recordar nunca más su mirada ni su voz cálida, el único tacto puro que había conocido. La puerta estaba abierta y una luz perlada goteaba de las grietas del techo. La encontré tendida en el suelo, sosteniendo todavía el libro entre las manos, con los labios envenenados de escarcha y la mirada abierta sobre el rostro blanco de hielo, una lágrima roja detenida sobre la mejilla y el viento que soplaba desde aquel ventanal abierto de par en par enterrándola en polvo de nieve. Dejé el collar sobre su pecho y hui de vuelta a la calle, a confundirme con los muros de la ciudad y a esconderme en sus silencios, rehuyendo mi reflejo en los escaparates por temor a encontrarme con un extraño. Poco después, acallando las campanas de Navidad, se escucharon de nuevo las sirenas y un enjambre de ángeles negros se extendió sobre el cielo escarlata de Barcelona, desplomando columnas de bombas que nunca se verían tocar el suelo.

Fuente: Planeta

 

Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo los cuentos de Yasunari Kawabata, el primer escritor asiático en ganar el Premio Nobel de Literatura.

2 relatos magistrales de Lydia Davis

  Lydia Davis   A continuación, te presento dos relatos breves de Lydia Davis considerada candidata para obtener el Premio Nobel de Literat...