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sábado, 30 de mayo de 2026

La música de los domingos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, te presento La música de los domingos de Liliana Heker. En este relato, la autora nos sumerge en la intimidad de una familia que intenta complacer el extraño capricho de un abuelo nostálgico, quien asegura que a sus tardes les falta una melodía invisible que solo existía en los barrios de antes. Lo que comienza como un esfuerzo casi cómico por recrear un ambiente de radio y fútbol, termina convirtiéndose en una revelación sobre la identidad y la memoria colectiva; el cuento nos enseña que esa "música" no es más que la conexión humana y el sentido de pertenencia que a veces perdemos en la modernidad, recordándonos que la felicidad puede ser fugaz, pero se vuelve eterna cuando se comparte a través de la tradición y el afecto. Este cuento para adultos lo puedes escuchar en YouTube y Spotify.

 

La música de los domingos

Cuento completo

Había un momento de la tarde —podían ser las cuatro, tal vez las cinco si era verano— en que el viejo se pegaba a la ventana, la cabeza un poco ladeada, la mano haciendo de pantalla contra la oreja, y con voz de velorio decía: Lástima la música. Eso, después que nosotros nos habíamos pasado las horas meta Magaldi, meta Charlo, todo ese revival para tenerlo contento porque (como dijo una vez tía Lucrecia) un domingo de mala muerte que lo traemos bien podemos hacer un pequeño sacrificio con tal de verlo feliz. (Para pequeño sacrificio le sobraba una sota: como al viejo le hacía falta no sé qué calor humano para vivir el fútbol como Dios manda, nos teníamos que clavar todos hasta la doce de la noche, porque con los del Hogar —decía— no quería sentarse ni a ver la tabla de posiciones, todos viejos chotos, y que una vez un vasco se entusiasmó tanto con un gol de chilena que dio un tremendo salto para atrás, se fue de nuca al suelo, y ahora está viendo cómo crecen los rabanitos desde abajo. Así que a la noche teníamos que instalarnos todos frente al televisor —mamá, papá, tía Lucrecia, tío Antonito, yo y hasta los mellizos—, rodeándolo al viejo que para la ocasión se calzaba en la cabeza un pañuelo con las cuatro puntas atadas y, a falta de chuenga, masticaba un pedazo de neumático; ni hablar de cuando jugaba Boca: se zampaba la camiseta azul y oro y ni el tío Antonito, que es fanático de River, podía decir —valga la contradicción— esta boca es mía; la única vez que se animó a porfiar que un gol de no sé quién había sido en orsai el viejo se le fue encima tan fiero que si no iban a pararlo los mellizos —que aunque usan arito y el pelo hasta la cintura son la debilidad del viejo— el tío Antonito termina haciéndole compañía al que festejó la chilena).

       Si es por música, entonces, no se podía quejar. Así que cuando empezó con la letanía de “lástima la música” todo lo que hicimos fue comentar que estaba chiflado y no darle más vueltas al asunto. Hasta que una tarde el tío Antonito, que ya estaba harto de tanto Corsini y sobre todo estaba harto de que el viejo, cada vez que lo veía aparecer, le cantara aquello de Tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en una silla, perdió la paciencia y, apenas escuchó “lástima la música”, le dijo: ¿Contra qué música está refunfuñando, viejo?, si acá la única música que se escucha todo el día es la que usted. Pero el viejo no lo dejó terminar; levantó la mano con autoridad para que se callase y, como sobrándolo, le dijo: No hablo de la música que se escucha, Antonito; hablo de la que falta.

       Creo que si era por nosotros la historia se cerraba ahí mismo. Yo, al menos, reconozco que no sentí el más mínimo interés en averiguar cuál era esa bendita música que le faltaba al viejo; ya me estaba cansando de sus caprichos; no es muy grato para una mujer casadera quedarse junto a su abuelo hasta las doce de la noche vociferando los goles como una desgraciada sólo para que él se sienta acompañado. El tío Antonito lo expresó sin eufemismos: Si ahora viene con que le falta no sé qué música, que se vaya a buscarla a la concha de su hermana. Pero los mellizos no son de los que se rinden así como así. Lo volvieron loco al viejo hasta que un buen día les dijo: ¿Y qué música iba a ser la que falta? La música de los domingos.

       Parece que poco a poco fueron entendiendo qué quería decir el viejo con “música de los domingos”, algo que en otros tiempos había estado en todas partes, dijo, y que se podía escuchar desde que uno se levantaba. Como una comunión o una sinfonía, parece que dijo, y que terminaba recién al caer la noche con la vuelta de los últimos camiones. ¿Qué camiones?, les pregunté yo a los mellizos. Pero la explicación casi ni la pude escuchar, tanto se reían los mellizos tratando de representar a unos camiones que hacían música.

       A la otra semana se vinieron con la novedad: para el cumpleaños del viejo (caía domingo) le iban a regalar eso que él llamaba “la música de los domingos”; ya tenían apalabrada a la gente de la cuadra: todo lo que debíamos hacer era convencerlo al viejo de que esta vez el festejo iba a ser en la casa de los mellizos (viven en una especie de conventillo, por Paternal) y traer la comida; todo lo demás corría por cuenta de ellos.

       Protestamos, claro, pero con los mellizos no se puede. Así que el domingo ahí estábamos con los fuentones, mamá, tía Lucrecia, tío Antonito y yo, esperando que llegara papá con el viejo. Los mellizos le habían encargado a papá que lo fuera a buscar lo más tarde posible, y papá cumplió, pero no fue una buena idea: el viejo llegó con un humor de perros, no saludó a nadie, y lo primero que dijo fue que ahora hasta los barrios eran una porquería. Ya no hay comunión, dijo, la gente no armoniza, y que hoy en día cada uno se rascaba para sí. No fue un comienzo alentador, y lo que siguió fue peor. Yo, durante todo el almuerzo, me estuve preguntando qué hacía en este conventillo el domingo entero, todo por darle el gusto a un viejo fabulador y desagradecido. Cuando llegó el café ya me había hecho la firme promesa de que éste sería el último domingo que pasaba con el viejo (y en realidad lo fue). Tal vez todos estaban pensando lo mismo porque de pronto nos quedamos en silencio. Y fue en medio de ese silencio que, desde la ventana, llegó el sonido de la radio. Transmitía, con un volumen más alto que el habitual, algo que me pareció el clásico de Avellaneda. Ves, abuelo, ves que teníamos razón, dijo uno de los mellizos; ¿ves que en los barrios todavía se puede escuchar la música? El simulacro había empezado. Nos miramos con resignación porque ya sabíamos por los mellizos lo que nos esperaba: varias radios a buen volumen transmitiendo distintos partidos detrás de las ventanas, dos o tres muchachos en una puerta entonando el cantito que le gusta al viejo, unos chicos, en algún lugar bien audible, jugando un picado. Y nosotros, como idiotas, vareándolo al viejo. Qué música ni música, dijo el viejo; ¿vos acaso te creés que una golondrina hace verano? Ahí tuve ganas de mandar todo al diablo e irme, pero los mellizos como si nada, empezaron a porfiarle que no, que la música de los domingos no había desaparecido, que en los barrios aún podía escucharse con sólo salir a la calle. Y ahí nomás, como por casualidad, nos proponen que salgamos todos a dar una vuelta, a ver si no era cierto. Empieza el show, me dijo mamá en el oído, y el tío Antonito resoplaba de rabia.

       Salimos todos, como en procesión. Abriendo la marcha, los mellizos; detrás papá, tratando de tranquilizarlo al tío Antonito, después venía tía Lucrecia con el viejo. A mí, en el momento de salir, mamá me había agarrado de un brazo y me había dicho: Vení, nosotras dos separémonos un poco que esto es lo más ridículo que vi en mi vida. Así que veníamos atrás de todo.

       Caminábamos muy despacio, siguiendo a los mellizos. Las radios se empezaron a oír enseguida. Una o dos desde enfrente, otra, a todo lo que daba, atrás de nosotros, algunas, todavía débiles, adelante. Del otro lado de un paredón se escucharon voces de chicos; decían pasámela a mí, decían dale, morfón. Tres muchachos sentados en el umbral de un portón, justo cuando pasábamos empezaron a cantar: Tenemos un arquero / que es una maravilla / ataja los penales / sentado en una silla / si la silla se rompe / le damos chocolate / arriba Boca Júnior / abajo River Plate. Le miré el perfil al viejo; por primera vez en esa tarde me pareció que sonreía. De alguna casa llegó una ovación; el eco, en la calle, pareció extenderse. El griterío de los chicos del otro lado de la tapia se hizo más intenso, más pasional, como si ahora ya no se tratara de una representación sino de algo en lo que tal vez se jugaba el destino. La tarde se aquietó, los colectivos y los autos dejaron de escucharse, las voces de las radios se hicieron más altas, más numerosas, decían se anticipa el Negro Palma, decían avanza Francéscoli, decían cabezazo de Gorosito, la espera Márcico; escuché, me pareció escuchar, el nombre de Rattin, pero no podía ser, ¿no era el que el viejo contaba que allá por los sesenta le hizo el corte de manga a la Reina?; escuché recibe Moreno con el pecho, la duerme con la zurda, gira y… ¡Goool!, gritaron los muchachos del portón, ¡goool! llegó desde las ventanas de la cuadra, o desde la otra manzana, o desde más lejos aún. Y algo del grito perduró, quedó como suspendido en el aire, lo vi en la cara de papá, y en la de tía Lucrecia, hasta el tío Antonito parecía percibirlo, una cosa que iba tramándose como una red y que daba la impresión de unirnos en la amigable tarde de domingo. Mamá me apretó el brazo, los mellizos se miraron con ojos alucinados, el viejo movía la cabeza como quien dice, era cierto entonces, la música estaba, la música estaba todavía. Los del paredón aullaron, los de las casas se pusieron a discutir de balcón a balcón, mamita, mamita, se acercó un chico gritando, una madre asustada dejó el piletón, gambetas como filigranas fueron festejadas en baldíos y campitos, Oléee, olé-olé-olá, corearon las tribunas, Y ya lo ve, y ya lo ve, gritaron en las calles, que esta barra quilombera no te deja de alentar, se cantó en los zaguanes, en las azoteas, en los patios de las casas. Y un ruido bamboleante vino creciendo desde lejos, un murmullo cada vez más poderoso que llegaba desde el confín de la tarde, desde la hora en que se escuchaban los bailables y empezaban a amasarse, alegre o amargamente, los episodios del domingo que acababa. Los vimos acercarse cada vez más nítidos en la luz confusa del atardecer, haciendo sonar rítmicamente sus bocinas, desbordantes de gente que agitaba banderas blanquicelestes, azul-rojas, rojiblancas, auriazules, toda la ciudad se puso de fiesta para recibirlos, era un diapasón, o era un unánime corazón celebrante.

       Después llegaría la melancolía de los lunes, después vendrían historias de miedo y de muerte, después cerraríamos para siempre los ojos del viejo. Pero nosotros ya sabemos que, bajo un cielo remoto de domingo, hubo una vez una música por la que fuimos fugazmente apacibles y felices.

 

Fuente: Lecturia.org

 

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miércoles, 18 de febrero de 2026

Tres cuentos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, se presentan tres cuentos de Liliana Heker que puedes escuchar en Spotify o en YouTube.

Postergaciones — Resumen

El relato sigue a una mujer que debe esperar largas horas en un aeropuerto por la demora de su vuelo, situación que la irrita y la deja sin rumbo. En medio de ese tiempo vacío atraviesa una reflexión inesperada sobre su propia impaciencia y descubre que ese intervalo puede convertirse en un espacio de libertad y sentido personal. Sin embargo, al retomar la rutina cotidiana, esa revelación empieza a desvanecerse entre pequeñas frustraciones y hábitos conocidos.

 

Postergaciones — Significado

El cuento explora la tendencia humana a aplazar la vida, subordinando el presente a lo que vendrá, y cómo incluso las revelaciones sobre la libertad personal pueden ser frágiles frente a la inercia cotidiana. Heker sugiere que el sentido no está en controlar las circunstancias externas —que siempre escapan— sino en la actitud ante ellas, y muestra con ironía lo difícil que resulta sostener una conciencia lúcida: la comprensión del instante puede aparecer con claridad… y perderse con la misma facilidad.

 

Mujer con gato — Resumen

La historia presenta a tres perspectivas: un hombre que observa desde su ventana, una mujer que canta en el jardín y un gato que la acompaña. Mientras el observador interpreta su comportamiento como señal de felicidad, el relato deja ver que la escena es más compleja y que cada mirada —humana o animal— construye una interpretación distinta de la realidad.

 

Mujer con gato — Significado

El cuento reflexiona sobre la apariencia y la percepción: la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente, y cómo los otros proyectan sus deseos o suposiciones sobre aquello que ven. Heker cuestiona la ilusión de conocer la verdad ajena y sugiere que la autenticidad —representada simbólicamente en la mirada instintiva del gato— contrasta con las interpretaciones humanas, cargadas de idealización o autoengaño.

 

Horchata de chufa — Resumen

Una mujer llega a Barcelona y, fascinada por el ambiente y por referencias literarias acumuladas en su imaginación, se entusiasma con la idea de probar una bebida que para ella encarna la materialización de sus lecturas y fantasías. La experiencia se convierte en un momento cargado de expectativa, donde realidad e imaginación se encuentran.

 

Horchata de chufa — Significado

El relato aborda el choque entre idealización y experiencia real: cómo la imaginación puede construir deseos intensos que la realidad no siempre satisface. Heker plantea, con humor y sutileza, que la literatura y la fantasía enriquecen la vida pero también generan expectativas que pueden derivar en desencanto, revelando la tensión entre lo soñado y lo vivido.

 

Cuentos Liliana Heker

Postergaciones

      Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.

       Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
       Y fue así. Con la sencillez con la que una manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del camino.
       Apaciguada, abrió el libro y, como si ese instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo. Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
       Ahora mismo, en su casa, a punto de remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto, elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.


Mujer con gato

      El hombre que está asomado a la ventana envidia a la mujer que, en el jardín de la planta baja, canturrea ante la mirada atenta del gato. Qué feliz es, piensa el hombre. Ignora que la mujer no es feliz: con excepción del gato, acaba de perder todo lo que amaba, y sospecha (alguna vez lo ha leído) que los gatos se apartan de la desdicha. Moriría si el gato también la abandonara. Por eso, ante la persistencia de la mirada de él, no para de cantar y se ríe de cualquier cosa. El hombre de la ventana le envidia la alegría porque no advierte el simulacro. El gato sí lo advierte. Recela de esta actitud incongruente de la mujer, ¿por qué no se largará a llorar de una buena vez como desea? La observa un momento más, a la expectativa: ha vivido momentos muy lindos con ella. La mujer, consciente de la mirada del gato, hace una divertida pirueta de baile. Sin duda le ocurrió algo extraordinario, piensa el hombre de la ventana. No hay nada que hacer, concluye el gato, ya no es confiable. Alarga infinitamente su cuerpo gozoso, se da vuelta y, sin volver la vista atrás, salta la medianera y se va para siempre.


Horchata de chufa

      Acaba de sentarse a la mesa de un bar y mira a su alrededor con avidez. Es su primera tarde en Barcelona, todo le llama la atención. Detrás de la barra descubre el cartelito: Horchata de chufa. Apenas puede creerlo: el brebaje desconocido que hasta hoy —como la espada Excalibur o las alubias maravillosas— había estado construido con la materia sutil de lo leído está acá mismo, a su alcance, y ella, como tantos personajes de novela que han transitado por España, sólo tiene que llamar al mozo y, con la naturalidad de quien pide un cortado con medialunas, decirle (le está diciendo) Por favor, una horchata de chufa. La espera es un espacio delicioso en el que puede volverse real toda expresión extraña que alguna vez la haya hecho ensoñar. Está tan inmersa en su deseo que desatiende el momento superfluo en que el mozo deja el vaso alto, lleno hasta el borde de un líquido blancuzco. Con voracidad, como quien va a tragarse la luna, acerca el vaso a su boca.
       Se ve que es demasiado soñadora o medio atolondrada porque ¿quién con dos dedos de frente accedería a beberse así, de un solo trago, la desilusión?

 

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martes, 28 de enero de 2025

La fiesta ajena, el mejor cuento de Liliana Heker

Liliana Heker

Liliana Heker es una extraordinaria ensayista, cuentista y novelista argentina, considerada una de las escritoras más destacadas de su país (puedes consultar su biografía aquí). Me gustaría presentarte uno de los cuentos más célebres de esta destacada escritora: La fiesta ajena. Este relato para adultos ha sido ampliamente comentado por la crítica y muy apreciado por los lectores. También puedes escucharlo en mi canal de YouTube: Carla Narraciones.

La fiesta ajena

En La fiesta ajena, Liliana Heker aborda temas como las diferencias de clase social, la inocencia infantil y el desengaño. Rosaura, la protagonista, es una niña de 9 años hija de una empleada doméstica, que asiste ilusionada a la fiesta de cumpleaños de su amiga Luciana, hija de una familia rica. Sin embargo, al final, su ilusión se rompe cuando no recibe un recuerdo como los demás niños, sino dinero, tratándola como "la hija de la sirvienta". Esto revela la discriminación y el abismo entre clases sociales, y marca el fin de su inocencia.

 

La fiesta ajena de Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.

–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.

–Los ricos también se van al cielo–dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.

–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.

A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.

–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.

–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.

Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.

–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.

Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza.

Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.

–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas. –¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.

Rosaura se ofendió mucho. Además, le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.

–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima. La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:

–Qué linda estás hoy, Rosaura.

Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.

–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.

Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:

–¿Y vos quién sos?

–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.

–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.

–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.

–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.

– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.

–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?

–No.

–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.

Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:

–Soy la hija de la empleada –dijo.

Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo.

También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.

–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?

–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.

–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.

Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.

– Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.

Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.

Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.

Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.

Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".

La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.

–¿Al chico? –gritaron todos.

–¡Al mono! –gritó el mago.

Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.

El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.

–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.

–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.

–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.

Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.

–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.

No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:

–Muchas gracias, señorita condesa.

Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.

– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "Muchas gracias, señorita condesa".

Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.

Su madre le dio un coscorrón y le dijo:

 –Mírenla a la condesa.

Pero se veía que también estaba contenta.

Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".

Ahí la madre pareció preocupada.

–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.

–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.

Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio, le dijo:

–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.

Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:

–Qué hija que se mandó, Herminia.

Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.

En su mano aparecieron dos billetes.

–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.

Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.

La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

 

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