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martes, 31 de marzo de 2026

Cuento de Juan Rulfo

 

Juan Rulfo

A continuación, te presento un relato para adultos de Juan Rulfo, que también puedes escuchar en Youtube y Spotify.

Acuérdate de Juan Rulfo es un cuento narrado en segunda persona, como si alguien le hablara a un interlocutor para que recuerde a Urbano Gómez, un antiguo compañero de infancia en un pueblo rural. A través de recuerdos fragmentados, se reconstruye su vida desde niño: su entorno familiar marcado por la pobreza y los conflictos, sus travesuras y engaños en la escuela, y su relación complicada con los demás habitantes del pueblo. 

El significado del cuento puede entenderse no solo como la transformación de un individuo por su entorno, sino también como una denuncia de la forma en que la violencia y la exclusión social se normalizan dentro del pueblo, ya que Urbano no es solo producto de su ambiente, sino alguien también marcado y construido por la memoria colectiva de la comunidad, que lo señala y  lo juzga mostrando así que la violencia no solo es únicamente individual, sino también depende de otros factores. 

 

Acuérdate

Cuento completo de Juan Rulfo

 Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

 

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te mando, Señor, otro angelito”. De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.

 

La debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña “para que se les endulzara la boca a sus hijos”. Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

 

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.

 

Nos traficaba a todos, acuérdate.

 

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Natalia, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.

 

Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

 

Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.

 

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro.”

 

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

 

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.

 

Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

 

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

 

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido.

 

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

 

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.

 

Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

Fuente: Lecturia.org

 

Otros cuentos

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lunes, 17 de marzo de 2025

No oyes ladrar a los perros, uno de los mejores cuentos de Juan Rulfo

 

Cuento de Juan Rulfo

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos para adultos, No oyes ladrar a los perros, de Juan Rulfo considerado uno de los mejores escritores mas importantes del S.XX (véase aquí su biografía).

En este cuento, un padre lleva a su hijo herido en busca de ayuda a un pueblo cercano, atravesando un camino difícil en la oscuridad. Durante el trayecto, el padre le habla, recordando el pasado y expresando sus sentimientos, mientras lucha contra el cansancio y la desesperanza. En su travesía, la luna los ilumina y la ausencia de sonidos refuerza la incertidumbre de su destino.

El cuento refleja el amor y el sacrificio de un padre, a pesar del dolor y la decepción que siente por su hijo. Explora la carga emocional y física que representa la relación entre ambos, así como la lucha entre el deber y el resentimiento. La falta de respuestas y la oscuridad simbolizan la incertidumbre y la falta de esperanza en el camino de la vida. El ladrido de los perros simboliza la esperanza y la cercanía de la salvación, aunque también marca el contraste entre la expectativa del padre y la dura realidad que enfrenta.

Si lo prefieres, puedes escuchar este cuento para adultos en  YouTube,

 

No oyes ladrar a los perros

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

        —No se ve nada.

        —Ya debemos estar cerca.

        —Sí, pero no se oye nada.

        —Mira bien.

        —No se ve nada.

        —Pobre de ti, Ignacio.

        La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.

        La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.

        —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.

        —Sí, pero no veo rastro de nada.

        —Me estoy cansando.

        —Bájame.

        El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.

        —¿Cómo te sientes?

        —Mal.

        Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:

        —¿Te duele mucho?

        —Algo —contestaba él.

        Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.

        —No veo ya por dónde voy —decía él.

        Pero nadie le contestaba.

        E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.

        —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.

        Y el otro se quedaba callado.

        Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.

        —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?

        —Bájame, padre.

        —¿Te sientes mal?

        —Sí

        —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.

        Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.

        —Te llevaré a Tonaya.

        —Bájame.

        Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:

        —Quiero acostarme un rato.

        —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.

        La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.

        —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.

        Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.

        —Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”

        —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.

        —No veo nada.

        —Peor para ti, Ignacio.

        —Tengo sed.

        —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.

        —Dame agua.

        —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.

        —Tengo mucha sed y mucho sueño.

        —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.

        Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.

        Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.

        Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.

        —¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

 

 

        Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.

        Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

        —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

 

Fuente: https://www.literatura.us/rulfo/perros.html

 

Cuentos en YouTube

Gabriel García Márquez 

Si te gusta este género literario, te recomiendo otro cuento en YouTube: La siesta del martes de Gabriel García Márquez 

 

viernes, 3 de junio de 2022

Cuentos latinoamericanos de grandes escritores

 

Los mejores cuentistas de Latinoamérica

Latinoamérica nos ha dado escritores muy reconocidos en el género del cuento. Hablamos de autores como Juan Rulfo, Julio Cortázar, Felisberto Hernández…El listado de grandes cuentistas latinoamericanos sería interminable, pero me gustaría ofrecerte una muestra literaria de estos escritores que te he mencionado, así que he seleccionado un cuento de cada escritor.

 

Julio Cortázar (Bruselas, 1914 - París, 1984) Escritor argentino, una de las grandes figuras de la literatura hispanoamericana, que dio merecida proyección internacional a los narradores del continente, además Julio Cortázar fue un maravilloso cultivador de cuentos y he escogido narrar Una flor amarilla. Este cuento recoge una conversación entre el personaje narrador con un tipo al que conoció en un bistró. El personaje narra que conoció en el autobús a un chico de trece años y desde el primer momento tuvo la certeza de que ese chico era él en su juventud.

Juan Rulfo, nació en Apulco, Jalisco, el 16 de mayo de 1917; murió en la Ciudad de México, el 7 de enero de 1986. Fue un escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la Generación del 52.​​ Es considerado uno de los escritores hispanoamericanos más importantes del siglo XX.​​​ Con sólo dos obras, el libro de cuentos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo, Juan Rulfo marcó un hito en la literatura mexicana, por lo que es uno de los autores nacionales más leídos en el país y el extranjero. Yo he seleccionado ¡Diles que no me maten! Este cuento para adultos se centra en narrar ciertos pasajes claves de la vida de Juvencio Nava, quien debe huir durante gran parte de su existencia por haber asesinado a su compadre don Lupe Terreros.

 

Feliciano Felisberto Hernández (Montevideo, Uruguay; 20 de octubre de 1902 - Montevideo, 13 de enero de 1964) fue un escritor, compositor y pianista uruguayo. Uno de los cuentistas latinoamericanos más originales. La obra de Hernández es de difícil clasificación, es reconocido por sus extraños relatos donde individuos tranquilamente desquiciados inyectan sus obsesiones en la vida cotidiana. De este escritor he seleccionado La pelota donde una abuela, un niño de ocho años y su deseo de tener una pelota son los protagonistas de esta historia.

 

Cuentos latinoamericanos

 

Latinoamérica tiene una vasta y distinguida tradición cuentista, así que aprovecho esta ocasión para que puedas escuchar algunos cuentos para adultos de algunas de las voces más reputadas en el género del cuento. Espero que puedas disfrutar de estos cuentos de Latinoamérica de unos escritores que han dejado una huella indeleble en la literatura mundial. Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo también Cuentos de Benito Pérez Galdós. 

 

 

 

Mitos fundacionales, fragmento Desierto Sonoro de Valeria Luiselli

  Valeria Luiselli A continuación, te presento un fragmento de la novela de Valeria Luiselli : Desierto Sonoro (2019) . Es una novela ins...