Julio Cortázar
Te presento tres cuentos breves de Julio Cortázar: “Toco tu boca”, “Vestir una sombra” y “Peripecias del agua”, que puedes escuchar en YouTube y Spotify.
En
estos tres minicuentos, Julio Cortázar explora distintas formas de percibir la
realidad a través de lo sensorial, lo imaginario y lo poético. Toco tu boca
retrata la intimidad amorosa como una experiencia donde el deseo y la
percepción transforman el cuerpo del otro en creación y juego compartido;
Vestir una sombra convierte la ausencia en presencia mediante un proceso casi
onírico donde lo invisible cobra forma y sugiere la tensión entre imaginación,
deseo y materia; y Peripecias del agua personifica la naturaleza para
reflexionar con humor y delicadeza sobre el anhelo de transformación y la
fragilidad de los estados. En conjunto, los relatos muestran cómo lo cotidiano
puede volverse extraordinario cuando se mira desde la sensibilidad poética, y
cómo la realidad no es fija, sino moldeada por la percepción, el deseo y la
imaginación.
Minicuentos - Julio Cortázar
Toco tu boca
Toco
tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera
de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar
los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que
deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre
todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu
cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu
boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me
miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope,
nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre
sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se
encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la
lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene
con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu
pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como
si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de
fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un
breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es
bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento
temblar contra mí como una luna en el agua.
Vestir una sombra
Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la .blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo, tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la visitó, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.
Peripecias del agua
Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general solo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles.
Pienso
que deberíamos ayudar a la nieve en su reiterada pero efímera batalla, y que
para eso habría que escoger un árbol nevado, un negro esqueleto sobre cuyos
brazos incontables baja a establecerse la blanca réplica perfecta. No es fácil,
pero si en previsión de la nevada aserráramos el tronco de manera que el árbol
se mantuviera en pie sin saber que ya está muerto, como el mandarín
memorablemente decapitado por un verdugo sutil, bastaría esperar a que la nieve
repitiera el árbol en todos sus detalles y entonces retirarlo a un lado sin la
menor sacudida, en un leve y perfecto desplazamiento.
No
creo que la gravedad deshiciera el albo castillo de naipes, todo ocurriría como
en una suspensión de lo vulgar y lo rutinario; en un tiempo indefinible, un
árbol de nieve sostendría el realizado sueño del agua. Quizá le tocara a un
pájaro destruirlo, o el primer sol de la mañana lo empujara hacia la nada con
un dedo tibio. Son experiencias que habría que intentar para que el agua esté
contenta y vuelva a llenarnos jarras y vasos con esa resoplante alegría que por
ahora solo guarda para los niños y los gorriones.
Fuente:
Ciudad Seva
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te gustan los cuentos, te recomiendo Dulzura de Toni Morrison.
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