Literatura gótica
A continuación te presento El corazón delator, de Edgar Allan
Poe, una joya del terror psicológico y de la literatura gótica. Este relato nos sumerge en la voz de un narrador inquieto, atrapado
por una obsesión que crece en silencio y lo conduce a un territorio donde la
razón y el delirio se confunden. Se puede interpretar como una metáfora
del enfrentamiento con la autoridad o la figura paterna, el cuento también
habla de la vigilancia interior: esa conciencia que observa, juzga y no permite
huir de uno mismo. El verdadero horror no proviene de fuerzas externas, sino de
una mente que se convierte en su propio carcelero, en un panóptico invisible
donde cada pensamiento queda expuesto. Puedes escucharlo en formato de
audiocuento en Spotify y YouTube.
El corazón delator
[Cuento completo] Edgar Allan Poe
¡Es
cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero
por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis
sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de
todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí
en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con
cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible
decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez
concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco
estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás
me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue!
Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela.
Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy
gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para
siempre. Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no
saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con
qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me
puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de
matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su
puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo
bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada,
completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella
pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba
la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el
sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza
por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un
loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza
completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan
cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las
bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera
sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche,
a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible
cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo.
Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y
le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y
preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber
sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las
doce, iba yo a mirarlo mientras dormía. Al llegar la octava noche, procedí con
mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se
mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella
noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas
lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco
a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o
pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo
sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes
pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la
pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los
ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y
seguí empujando suavemente, suavemente. Había ya pasado la cabeza y me disponía
a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo
se enderezó en el lecho, gritando: -¿Quién está ahí? Permanecí inmóvil, sin
decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese
tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando…
tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared
los taladros cuyo sonido anuncia la muerte. Oí de pronto un leve quejido, y
supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh,
no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la
sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce,
cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso
eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo
que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de
mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido,
cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era
nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o
un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas
suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se
había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la
fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir
-aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de
la habitación. Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin
oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura
en la linterna. Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con
qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la
araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba
abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba.
Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me
helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo,
pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente
hacia el punto maldito. ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por
locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a
mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj
envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del
corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor
estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí
callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera,
tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo.
Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más
rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que
ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con
atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en
el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél
me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos
minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más
fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se
apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo
había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en
la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un
segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí
alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios
minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me
preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por
fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver.
Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la
mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien
muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por
loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté
para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con
rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la
cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación
y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta
habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir
la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de
sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja,
ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía
tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la
hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad,
pues ¿qué podía temer ahora? Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy
civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había
escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún
atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a
los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues… ¿qué tenía que
temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado
aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité
a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la
habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se
hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la
habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga,
mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en
el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima. Los oficiales
se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me
hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras
yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me
ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un
zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El
zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé
en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se
iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel
sonido no se producía dentro de mis oídos. Sin duda, debí de ponerme muy
pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero,
el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y
presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo
jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no
habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido
crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz
muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente.
¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las
observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía
continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia…
maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con
ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía
sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían
charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios!
¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de
mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era
preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel
escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que
tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más
fuerte… más fuerte… más fuerte! -¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-.
¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo
su horrible corazón!
Fuente:
Ciudad Seva
Otros relatos para adultos
Si
te gusta este género literario, te recomiendo: De puro distraido de Benedetti.