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martes, 9 de junio de 2026

La dama oval de Leonora Carrington

 

Leonora Carrington

A continuación, te presento La dama oval de Leonora Carrington. En este cuento para adultos se presenta a Lucrecia, una joven extraña y melancólica que vive encerrada en una mansión elegante y opresiva bajo la autoridad cruel de su padre. La narradora descubre un mundo surrealista donde los juguetes parecen vivos, una urraca habla y Lucrecia imagina convertirse en caballo para escapar de la realidad y conservar su libertad infantil. Sin embargo, su padre le prohíbe ese juego y finalmente destruye a “Tártaro”, el caballo que simboliza su imaginación y su independencia. El significado del cuento gira alrededor de la represión de la fantasía, el control autoritario y el paso traumático de la infancia a la edad adulta: Lucrecia representa el deseo de libertad y creatividad, mientras que el padre encarna las normas rígidas y el poder que destruye la inocencia y obliga a abandonar el mundo mágico interior.

Tengo la impresión de que en este relato se esconde una especie de biografía emocional de la autora. Aunque la historia está construida desde lo fantástico y lo surrealista, muchos de los elementos parecen reflejar conflictos profundamente humanos; principalmente, la necesidad de escapar a través de la imaginación. En muchos casos, el dolor emocional provocado por traumas infantiles genera la necesidad de transformarlo en arte o en escritura, como si narrarlo fuera una forma de comprenderlo o sobrevivirlo.

Además, creo que la autora utiliza lo surrealista no para escapar de la realidad, sino para expresar emociones que resultarían difíciles de explicar de manera directa.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La dama oval

(Cuento completo)

Había una dama muy alta y delgada de pie junto a la ventana. La ventana era muy alta y delgada también. La dama tenía el rostro pálido y triste. Estaba inmóvil, y nada se movía en la ventana salvo la pluma de faisán que ella llevaba en el pelo. Esta pluma temblona atrajo mi mirada: ¡tanto se agitaba en esta ventana donde nada se movía!

Era la séptima vez que pasaba por delante de la ventana. La dama triste no se había movido; a pesar del frío de esa tarde, me detuve. Quizá los muebles eran tan altos y delgados como la ventana y la dama. Quizá el gato, si es que había un gato, se conformaba también a sus elegantes proporciones. Quería saberlo, me devoraba la curiosidad; un deseo irresistible de entrar en la casa, sólo para comprobarlo, se apoderó de mí.

Antes de saber exactamente lo que hacía, me hallaba en el vestíbulo. La puerta se cerró en silencio tras de mí, y por primera vez en mi vida me encontré en una morada suntuosa. Para empezar, reinaba un silencio tan distinguido que apenas me atrevía a respirar. Luego estaba la extrema elegancia de los muebles y los bibelots. Cada silla era lo que menos el doble de alta que una silla normal, y mucho más estrecha. Entre estos aristócratas, hasta los platos eran ovalados, no redondos como los de las personas corrientes. El salón, donde seguía la dama triste, estaba decorado con una chimenea; y había una mesa puesta con tazas de té y pastas. Cerca del fuego esperaba apaciblemente una tetera a que sirviesen su contenido.

Vista de espaldas, la dama parecía más alta aún. Lo menos medía tres metros. Yo no sabía cómo hacer para dirigirle la palabra. ¿Empezar comentando el tiempo, y decirle lo malo que hacía? Demasiado banal. ¿Hablarle de poesía? Pero ¿de qué poesía?

-Señora, ¿le gusta la poesía?

-No; odio la poesía –respondió con voz ahogada de aburrimiento, sin volverse hacia mí.

-Tome una taza de té, le sentara bien.

-Yo no bebo; yo no como. En protesta contra mi padre, el muy hijo de perra.

Tras un cuarto de hora de silencio, se volvió; y me dejó asombrada su juventud. Tendría quizá dieciséis años.

-Es muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años no era ni la mitad de alta que usted.

-Me da igual. Bueno, sírveme un poco de té, pero no lo digas a nadie. Tal vez me tome también una pasta de ésas; pero hagas lo que hagas, recuerda no decir nada.

Comió con un apetito absolutamente asombroso. Cuando iba por la pasta número veinte dijo:

-Aunque me muera de hambre, no se saldrá con la suya. Ya veo el cortejo fúnebre, con cuatro grandes caballos negros y relucientes. Van despacio, con mi pequeño ataúd blanco entre un montón de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Se echó a llorar.

-Mira el pequeño cadáver de la hermosa Lucrecia. Y ¿sabes una cosa?: una vez que estás muerta no hay mucho que hacer. Me gustaría morir de hambre, sólo para fastidiarle. ¡El cerdo!

Tras estas palabras, abandono lentamente la habitación. La seguí.

Cuando llegamos a la tercera planta, entramos en un inmenso cuarto de niños donde había centenares de juguetes rotos y destrozados, diseminados pro todas partes. Lucrecia se acercó a un caballo de madera. Pese a lo antiguo que era –no tendría menos de cien años-, estaba congelado en pleno galope.

-“Tártaro” es mi favorito –dijo, acariciando el hocico del caballo-. Detesta a mi padre.

“Tártaro” se meció graciosamente sobre sus balancines; y yo pregunté cómo podía moverse por sí solo. Lucrecia lo miró pensativa, juntando las manos.

-Irá lejísimos, así –dijo-. Y cuando vuelva, me contará cosas interesantes.

Al asomarme al exterior vi que estaba nevando. Hacía mucho frío, pero Lucrecia no lo notaba. Un leve ruido en la ventana atrajo mi atención.

-Es Matilde –dijo-. Debía haberle dejado la ventana abierta. Por otra parte, se sofoca una aquí –tras lo cual rompió los cristales, y entró la nieve junto con una urraca que dio tres vueltas volando a la habitación.

“Matilde habla como nosotros. Hace diez años que le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!

-Herrrmosa crrriatura –graznó Matilde con voz brujeril-. HHerrmosa crrriatura.

Matilde fue a posarse sobre la cabeza de “Tártaro”. El caballo seguía galopando suavemente. Estaba cubierto de nieve.

-¿Has venido a jugar con nosotras? –preguntó Lucrecia-. Me alegro, porque me aburro muchísimo aquí. Hagamos como que éramos caballos. Voy a convertirme en caballo con un poco de nieve, resultará más convincente. Tú serás caballo también, Matilde.

-Caballo, caballo, caballo –chilló Matilde, danzando histéricamente sobre la cabeza de “Tártaro”.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que era ya espesa, y rodó por ella gritando:

-¡Todos somos caballos!

Cuando se levantó, el efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era Lucrecia, habría jurado que se trataba de un caballo. Era hermoso, de un blanco cegador y con sus cuatro patas finas como agujas y una crin que le caía como agua alrededor de su larga cara. Se echó a reír de alegría y se puso a bailar locamente en la nieve.

-Galopa, galopa, “Tártaro”; pero yo iré más deprisa que tú.

“Tártaro” no modificó su marcha, pero sus ojos centellearon. No se le veían más que los ojos, dado que estaba cubierto de nieve. Matilde graznaba y se daba cabezazos contra las paredes. En cuanto a mí, bailaba una especie de polca para no perecer de frío.

De repente, observé que la puerta estaba abierta y que había una vieja enmarcada en el vano. Llevaba allí mucho rato, quizá, sin que yo me hubiese percatado. Observaba a Lucrecia con expresión de desagrado.

-Pare ahora mismo –gritó, temblando súbitamente de furor-. ¿Qué es todo esto? ¿Eh, señoritas? Lucrecia, ¿no sabe usted que su padre le tiene rigurosamente prohibido este juego? ¡Es un juego ridículo! Ya no es usted una niña.

Lucrecia seguía bailando, largando sus cuatro patas peligrosamente cerca de la vieja; su risa era estridente.

¡Pare, Lucrecia!

La voz de Lucrecia se volvía cada vez más aguda; se desternillaba de risa.

-Muy bien –dijo la vieja-; con que no me quiere obedecer. ¿eh? Muy bien, pues lo lamentará. Voy a llevarla a su padre.

Tenía una de sus manos escondida detrás de la espalda; pero con una rapidez asombrosa en una persona tan vieja, saltó sobre el lomo de Lucrecia y le metió a la fuerza el freno entre los dientes. Lucrecia saltó en el aire relinchando de rabia, pero la vieja se sujetó a ella. Después nos agarró a cada una de nosotras, a mi por el pelo y a Matilde por la cabeza, e iniciamos las cuatro una danza frenética. En el corredor Lucrecia daba coces en todas direcciones, destrozando cuadros y sillas y piezas de porcelana. La vieja se sujetaba a su lomo como una lapa a la roca. Yo estaba cubierta de heridas y magulladuras, y pensaba que Matilde había muerto, porque la mano de la vieja la agitaba lastimosamente como un trapo.

Llegamos al comedor en una auténtica orgía de alboroto. Sentado a la cabecera de una mesa larga, un señor anciano, con la figura más geométrica del mundo, acababa de comer. De repente, se hizo un completo silencio en la habitación. Lucrecia miró a su padre con gesto arrogante.

-Así que vuelves a las andadas –dijo él, cascando una avellana-. Ha hecho bien señorita De la Rochefroide en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí que jugaras a los caballos. Es la séptima vez que tengo que castigarte, y sin duda sabes que en nuestra familia, el siete es el último número. Me temo, mi querida Lucrecia, que esta vez te tengo que castigar con bastante severidad.

La joven, que había adoptado aspecto de caballo, no se movió; pero le temblaban los ollares.

-Lo que voy a ha hacer es sólo por tu bien, cariño –su voz era muy suave-. Eres demasiado mayor para jugar con “Tártaro”. “Tártaro” es para los niños. Así que voy a quemarlo, hasta que no quede nada de él.

Lucrecia profirió un alarido terrible y cayó de rodillas.

-Eso no, papá; eso no.

El anciano sonrió con gran suavidad y cascó otra avellana.

-Es la séptima vez, cariño.

De los grandes ojos del caballo brotaron lágrimas que excavaron dos surcos en sus mejillas de nieve. Lucrecia se volvió tan deslumbrantemente blanca que brillaba como una estrella.

-Piedad, papá, piedad. No quemes a “Tártaro”.

Su voz se fue volviendo más débil cada vez, y no tardó en encontrarse de rodillas en un charco de agua; yo tenía miedo de que fuera a derretirse del todo.

-Mademoiselle De la Rochefroide, llévese a la señorita Lucrecia –dijo el padre, y la vieja hizo salir a la temblorosa criatura, que había vuelto delgadísima, de la habitación.

Creo que no notó mi presencia. Me escondí detrás de la puerta y oí subir al anciano al cuarto de los niños. Poco después me taponé los oídos con los dedos; porque arriba se oían los relinchos más espantosos, como si un animal estuviese sufriendo torturas extremas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos Fragmentos de El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky.

sábado, 9 de mayo de 2026

La debutante cuento de Leonora Carrington

 Leonora Carrington 

A continuación, te presento un cuento corto de Leonora Carrington: La debutante. En este cuento de horror fantástico, una joven que detesta la vida social y los rituales de la alta sociedad encuentra en una hiena su única amiga y cómplice. Para evitar asistir a su propio baile de presentación, idea un plan insólito: que la hiena ocupe su lugar disfrazado, lo que desencadena una situación absurda y perturbadora que rompe con toda norma de comportamiento social. 

El cuento, es una crítica al carácter artificial, opresivo de las convenciones sociales, especialmente las impuestas a las mujeres; a través del humor negro y lo grotesco, Carrington sugiere que la “civilización” puede ser más salvaje que lo animal, y que la identidad social es una máscara frágil que puede desmoronarse con facilidad.

Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify


La debutante

[Cuento completo]

En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.

La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

–¡Qué asco! –le dije–. Esta noche me toca asistir a mi baile.

–Tienes suerte –dijo ella–; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

–Habrá muchas cosas de comer –dije–. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

–Y aún te quejas –replicó la hiena con desaliento–. Mírame a mí: yo solo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

–No tienes más que ir en mi lugar.

–No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría –dijo la hiena un poco triste.

–Escucha –dije–, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

–De acuerdo –dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

–Esta habitación huele mal –dijo mi madre, abriendo la ventana–; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

–Por supuesto –le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

–No te retrases para el desayuno –dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

–Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

–Sí –dije, perpleja.

–Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

–No lo veo muy práctico –dije yo–. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

–Tengo la suficiente hambre como para comérmela –replicó la hiena.

–¿Y los huesos?

–También –dijo–. ¿Te parece bien?

–Solo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

–Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

–Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

–En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

–Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

–Es verdad –dije–; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

–Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

–Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte –le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

–Acabábamos de sentarnos a la mesa –dijo–, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Conque mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación, se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Fuente: Ciudad Seva


Otros escritores recomendados

Te recomiendo escuchar Mitos fundacionales un fragmento de la novela Desierto Sonoro de Valeria Luiselli, una aclamada escritora y ensayista mexicana. 


 

 

domingo, 5 de enero de 2025

El mejor cuento de Leonora Carrington

Cuento para adultos 

Leonora Carrington

En esta ocasión he escogido un cuento de Leonora Carrington, Conejos blancos. Un cuento corto para adultos considerado por Julio Cortázar como uno de los mejores relatos de la historia. Este cuento también puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.  Si quieres solamente leer cuentos, en esta web  puedes encontrar otros que sean de tu interés. 

 

Este cuento narra la experiencia de una mujer que, a poco de instalarse en su nuevo hogar, descubre que la casa de enfrente se encuentra ocupada por una extraña mujer. Después de una misteriosa conversación con su nueva vecina, la protagonista visitará a su vecina convirtiéndose en una experiencia bastante perturbadora.

 

El mundo de Leonora Carrington, tanto en su vida como en su obra, estuvo profundamente marcado por episodios de ruptura y transformación. Durante la Segunda Guerra Mundial, un hecho decisivo marcó la vida de Leonora Carrington. Su pareja, el artista Max Ernst, fue arrestado por las autoridades francesas debido a su nacionalidad alemana y su condición de refugiado. Este evento desató en Carrington una profunda crisis emocional. En su huida de Francia, llegó a España, donde sufrió un colapso nervioso que la llevó a ser internada en un hospital psiquiátrico en Santander. Posteriormente, logró escapar a Lisboa con la ayuda de amigos, desde donde emprendió su exilio definitivo hacia América, transformando para siempre su vida y su obra (véase aquí su biografía). 


Larra Carrington encarna en este cuento su vivencia en el hospital psiquiátrico, puesto que este cuento simboliza un conflicto entre la muerte o la locura. Una aniquilación de la persona, que ella misma percibe como un descenso al infierno. Carrington logró huir del sanatorio de Santander, pero llevó consigo hasta Nueva York sus recuerdos... edificios que evocan a los que siguen recluidos en el psiquiátrico, seres abandonados y marginados por la sociedad.


 

Conejos blancos

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.

 

Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.

 

La luz nunca era muy fuerte en Pest Street. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.

 

Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.

 

Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.

 

La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.

 

—¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? —me gritó.

 

—¿Un poco de qué? —grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.

 

—De carne en mal estado. Carne en descomposición.

 

—En este momento, no —contesté, preguntándome si no estaría bromeando.

 

—¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.

 

A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.

 

Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.

 

Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.

 

Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.

 

Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.

 

La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.

 

—¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? —murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.

 

—Es usted muy amable —prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente—. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.

 

Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.

 

El último tramo de escalones daba a un «boudoir» decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.

 

—Tenemos visita muy pocas veces —sonrió la mujer—. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.

 

Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.

 

—¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! —canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.

 

Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.

 

—Una acaba encariñándose con ellos —prosiguió la mujer—. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.

 

Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.

 

—Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.

 

Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.

 

La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.

 

—Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…

 

Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.

 

—¿Ethel? —preguntó con voz bastante débil—. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.

 

—Vamos, Laz; no empecemos —su voz era quejumbrosa—. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.

 

La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.

 

—Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? —de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.

 

—Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.

 

El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.

 

La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.

 

—¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!

 

Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 

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