Relatos que dejan huella
A
continuación, te presento «El año de los espaguetis», de Haruki Murakami, uno de los relatos que dejan huella. Quizá porque,
detrás de una historia aparentemente sencilla y cotidiana, se esconde una
reflexión muy profunda sobre la soledad, la incomunicación y la dificultad de
conectar con los demás.
El
relato nos presenta a un hombre profundamente solitario que encuentra en la
preparación repetitiva de espaguetis una forma de refugiarse del mundo y
mantener a los demás a una distancia segura. Su rutina, aparentemente
tranquila, se ve alterada por una llamada inesperada que lo enfrenta, aunque
sea brevemente, con los problemas de otra persona y con la posibilidad de
tender una mano.
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| El año de los espaguetis de Haruki Murakami |
Este
cuento para adultos nos invita a reflexionar sobre nuestra tendencia a
refugiarnos en las rutinas y en nuestro propio mundo para evitar aquello que
nos incomoda o nos obliga a implicarnos emocionalmente. Los espaguetis se
convierten así en un símbolo de ese aislamiento: una actividad cotidiana que el
protagonista repite una y otra vez mientras intenta mantener el mundo exterior
lejos de su vida.
Murakami
nos muestra cómo la indiferencia y el deseo de proteger nuestra propia
tranquilidad pueden convertirse, sin que apenas nos demos cuenta, en una forma
de desconexión emocional. Y es precisamente ahí donde el relato deja su huella:
en esa sensación de vacío y melancolía que aparece cuando comprendemos que,
quizá, hubo momentos en los que podríamos haber hecho algo por alguien y
decidimos mirar hacia otro lado. Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify-
El año de los espaguetis
Haruki Murakami
1971
fue el año de los espaguetis. En 1971 yo hacía espaguetis para vivir y vivía
para hacer espaguetis. El vapor que se alzaba de la olla de aluminio era mi
orgullo, la salsa de tomate que se cocía a fuego lento en la cazuela haciendo
¡chup!, ¡chup!, mi esperanza. Fui a una tienda de artículos de cocina y adquirí
una enorme olla de aluminio en la que hubiera podido bañarse un perro pastor
alemán; compré un cronómetro de cocina; recorrí supermercados especializados en
productos extranjeros e hice acopio de especias de curiosos nombres; encontré,
en una librería occidental, unos libros de recetas de espaguetis y, además,
compré montones de tomates. Adquirí pasta de espaguetis de todas las clases
habidas y por haber, elaboré todos los tipos imaginables de salsas. Minúsculas
partículas de olor a ajo, a cebolla, a aceite de oliva flotaban en el aire y,
fundidas en un todo armonioso, llenaban todos los rincones del pequeño piso de
un solo ambiente en el que yo vivía. El suelo, el techo, las paredes, los
libros, las fundas de los discos, mi raqueta de tenis, los pliegos de viejas
cartas, todo estaba impregnado de su olor. Un olor parecido al de las
alcantarillas de la antigua Roma. Esta historia tuvo lugar en el año 1971 d.C.,
el año de los espaguetis. En principio, yo hacía los espaguetis solo y me los
comía solo. Podía resultar que, por una u otra razón, tuviera que comer
acompañado, pero yo prefería mil veces comérmelos solo. Para empezar, en
aquella época, yo estaba convencido de que los espaguetis eran un plato para
degustarlo solo. Aunque no tengo la menor idea de por qué creía eso. Con los
espaguetis siempre tomaba té. También me preparaba una ensalada. Una ensalada
sencilla de lechuga y pepino. Ambos en generosas cantidades. Lo disponía todo
cuidadosamente sobre la mesa y me iba comiendo los espaguetis yo solo,
despacio, tomándome mi tiempo mientras le echaba ojeadas al periódico que tenía
junto al plato. Los días de los espaguetis se sucedían uno tras otro, de
domingo a sábado, y al terminar volvía a iniciarse, a partir del nuevo sábado,
un nuevo ciclo de días de los espaguetis.
Mientras
comía espaguetis solo, a menudo me daba la sensación de que alguien estaba a
punto de llamar a la puerta y de entrar en casa. Eso me sucedía especialmente
las tardes lluviosas. El visitante difería según la ocasión. Unas veces era un
desconocido y otras alguien a quien había visto alguna vez. O una chica de
piernas delgadas con quien había salido en una ocasión cuando iba al instituto,
o yo mismo, tal como era hacía unos años, o William Holden acompañado de
Jennifer Jones. ¿William Holden? Sin embargo, jamás entró uno de ellos en mi
casa. Todos, como retazos de memoria que eran, permanecían vagando delante y,
al final, se iban sin haber llamado siquiera a la puerta. Fuera llovía.
Primavera,
verano, otoño... Y yo continuaba haciendo espaguetis. Como si fuera un acto de
venganza. De la misma manera que una chica sola, traicionada por su novio,
arrojaría al fuego las viejas cartas que éste le escribió, yo iba haciendo
espaguetis, eternamente, en silencio. En un bol amasé las sombras del tiempo ya
vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua
hirviendo y le eché una pizca de sal. Y me planté ante la olla de aluminio con unos
palillos largos en la mano, sin apartarme de su lado hasta que el cronómetro de
cocina soltó un gritito plañidero. No podía quitarles el ojo de encima a
aquellos tramposos. Porque parecía que los espaguetis se dispusieran a
deslizarse fuera de la olla y a desaparecer en la oscuridad de la noche. Y de
la misma forma que la jungla tropical engulle, sin hacer ruido, dentro de su
tiempo eterno una mariposa de colores, así mismo la noche parecía estar
aguardando, inmóvil, conteniendo el aliento, la llegada de los espaguetis. Spaghetti alla parmigiana Spaghetti alla
napoletana Spaghetti alla prematura Spaghetti al cartoccio Spaghetti al aglio e
olio Spaghetti alla carbonara Spaghetti della pina Y luego están los
desgraciados espaguetis sin nombre arrojados descuidadamente como sobras dentro
del frigorífico. Los espaguetis nacieron dentro del vapor
de agua, descendieron el d
declive
de 1971 como la corriente de un río y desaparecieron. Lo lamento por ellos. Los
espaguetis de 1971. Cuando a las tres y veinte minutos de la tarde sonó el
teléfono, yo estaba tumbado sobre el tatami con la vista clavada en el techo.
Los rayos de sol invernal formaban una isla de luz justo donde yo estaba
tendido. Me había quedado distraídamente tumbado, durante horas, dentro de la
luz de diciembre de 1971, como una mosca muerta. Al principio no me pareció que
se tratara del timbre del teléfono. Conforme sonaba, fue tomando la forma de
timbre hasta que, al final, no me cupo la menor duda. Sonaba un timbre cien por
cien real que hacía vibrar un aire cien por cien real. Sin cambiar de posición
alargué la mano hacia el auricular. La que llamaba era una chica con una
personalidad tan indefinida que parecía que, antes de las cuatro y media de la tarde,
fuera a esfumarse en alguna parte. Era la antigua novia de un conocido. Él y
esa chica de personalidad indefinida se habían juntado vete a saber por qué y
se habían separado vete a saber por qué. Pero la primera vez que se encontraron
yo tuve (aunque no muy activamente) algo que ver. —Oye, siento molestarte, pero
¿podrías decirme dónde puedo encontrarlo? —me dijo. Yo contemplé el auricular y
seguí el cable con la mirada. Estaba bien conectado al teléfono. Le di una
respuesta vaga. En su voz había advertido una resonancia funesta y prefería no
verme involucrado en el asunto. Nadie me lo quiere decir —replicó ella con
frialdad—. Todo el mundo simula que no lo sabe. Pero es muy importante. Por
favor, dímelo. No te ocasionaré ningún problema. Dime. ¿Dónde está? No lo sé,
de verdad. Hace mucho que no lo veo —contesté. Me había salido una voz que no
parecía la mía. Era cierto que hacía mucho tiempo que no lo veía. Pero conocía
su dirección y su número de teléfono. Y yo, cuando mentía, ponía una voz muy
extraña. Ella enmudeció. El auricular me pareció de pronto tan frío como una
vara de hielo. Todo a mi alrededor se había convertido en una vara de hielo.
Igual que en una escena de ciencia ficción de J.G. Ballard. —No lo sé, de
verdad —repetí—. Hace tiempo que desapareció sin decir nada. Al otro lado del
teléfono ella se rió. —Bromeas, ¿no? No es tan listo como para hacer algo así.
Eso lo sé hasta yo. Es incapaz de vivir sin gritarle a alguien. Realmente,
tenía razón. El tipo no era tan listo. Pero yo no podía decirle dónde se
encontraba. Si llegaba a saber que yo se lo había dicho, el siguiente en llamar
sería él. Y yo no tenía ningunas ganas de meterme en berenjenales. Yo, en
cierto momento, hice un hoyo en el jardín trasero y lo enterré todo allí. No
quería que ahora vinieran los demás a abrirme de nuevo el hoyo. —Lo siento —me
disculpé. —Oye, yo a ti te caigo mal, ¿verdad? —me espetó de repente. No supe
qué responderle. Yo no sentía por ella ninguna antipatía en especial. En primer
lugar, porque no tenía una impresión determinada de ella. Y no puedes tener una
mala impresión de una persona que no te produce impresión alguna. —Lo siento
—repetí—. Es que ahora tengo los espaguetis al fuego. —¿Ah, sí? —Estoy haciendo
espaguetis —mentí. No sé cómo se me ocurrió soltarle eso. Pero esa mentira me
pareció muy convincente. Tanto que ni siquiera me dio la sensación de que
estuviera mintiendo. Metí un agua imaginaria dentro de la olla, encendí un
fuego imaginario con unas cerillas imaginarias. —¿Y entonces qué? —dijo ella.
Metí una pizca de sal imaginaria en el agua hirviendo, eché con cuidado un
puñado de espaguetis imaginarios dentro y programé a veinte minutos el
cronómetro de cocina imaginario. —Ahora no puedo hablar contigo. Se me pegarían
los espaguetis. Ella se calló. Lo siento, pero es que hervir espaguetis es una
operación muy delicada. Ella calló. En mi mano, el auricular empezó a descender
la pendiente la del bajo cero. Precipitadamente, añadí: —¿Podrías llamarme más
tarde? —¿Porque tienes los espaguetis al fuego? —Sí, exacto. —Esos espaguetis,
¿los haces para alguien o son para comértelos ? —Para comérmelos yo solo
—respondí. tú solo Ella contuvo el aliento. Luego aspiró despacio una bocanada
de aire..—Seguro que tú no lo sabes, pero me encuentro en un apuro muy serio. Y
no sé qué hacer. —Siento no poder ayudarte —dije. —También es una cuestión de
dinero. —¿Ah, sí? —Quiero que me devuelva un dinero —dijo—. Le presté dinero.
No tenía que haberlo hecho. Pero no pude evitarlo. Permanecí unos instantes en
silencio, pensando en los espaguetis. —Lo siento —repetí. —Pero tienes los
espaguetis al fuego. —Sí. Ella se rió sin fuerzas. —Adiós. Y recuerdos a tus
espaguetis. Espero que estén buenos. —Adiós —dije yo también. Al colgar, la
isla de luz del suelo se había desplazado unos centímetros. Volví a tenderme
dentro y alcé los ojos hacia el techo. A mí me parece que es triste pensar
eternamente en un puñado de espaguetis que no se van a hervir nunca. Ahora me
arrepiento un poco de no haberle dicho a aquella chica lo que quería saber.
Total, el tipo no era nada del otro mundo. Un tipo superficial, sin ningún
contenido, que se creía un artista. Un su — jeto con mucha labia del que casi
nadie se fiaba. Y quizás ella necesitaba el dinero. Además, el dinero que te
han prestado sea como sea, tienes que devolverlo. ¿Qué habrá sido de ella? A
veces pienso en ello. Por lo general, mientras como espaguetis. ¿Desapareció,
realmente, después de colgar, absorbida por las sombras de las cuatro y media
de la tarde? ¿Tuve yo, en ese caso, parte de la culpa? Pero quiero que me
comprendas. En aquella época, yo no quería mantener ninguna relación con nadie.
Justamente por eso iba haciendo yo solo espaguetis un día tras otro. En aquella
enorme olla donde habría cabido un perro pastor alemán. Durum semolina. Un
trigo dorado que crece en los campos de Italia. Los italianos se habrían
quedado estupefactos si hubieran sabido que lo que exportaban en 1971 no era
más que soledad.
Otros cuentos
Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo "Estación de la mano" de Julio Cortázar.
