Cuento inédito de Cortázar
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| Estación de la mano de Cortázar |
A continuación, te presento un cuento inédito de Cortázar. «Estación de la mano» es un relato temprano de Julio Cortázar —firmado inicialmente bajo el seudónimo de Julio Denis—. Publicado originalmente en 1945 en la revista Égloga y revisado más tarde en 1967 para La vuelta al día en ochenta mundos.
Cortázar
escribió este cuento para incluirlo en La otra orilla, su primer libro de
relatos, pero las editoriales de los años 40 lo rechazaron por su estilo
disruptivo. Aunque el texto apareció de forma aislada en una revista local de
tiraje muy limitado, el proyecto del libro original quedó guardado en un cajón.
Décadas después, al rescatar el relato en 1967, el autor le hizo más de 70
modificaciones; por esta razón, la versión original de los años 40 se mantuvo
como un secreto desconocido para la crítica.
Este
relato para adultos de Julio Cortázar es un relato extraño y fascinante sobre
la soledad, la imaginación y el encuentro con aquello que escapa a toda
explicación. Una mano misteriosa comienza a visitar cada tarde la casa de un
hombre solitario, entrando poco a poco en su mundo y estableciendo con él una
relación tan insólita como íntima. Entre libros, flores, palomas y silencios,
ambos construyen una convivencia basada en la libertad y el respeto por el
misterio. Pero cuando la necesidad de comprender y controlar lo inexplicable se
cruza en su camino, esa armonía comienza a ponerse en peligro. Un cuento lleno
de simbolismo que nos invita a preguntarnos si todo aquello que amamos necesita
ser comprendido para poder ser real.
Este cuento de Julio Cortázar puedes escucharlo en Youtube y Spotify.
Estación de la mano
Julio Cortázar
La dejaba entrar por la tarde, abriéndole un poco la hoja de mi ventana que da al jardín, y la mano descendía ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo apoyándose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distraídos, hasta venir a quedar inmóvil sobre el piano, o en el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino.
Amaba
yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y
de hoja seca. ¿Sabía ella algo de mí? Sin titubear llegaba a la ventana
por las tardes, a veces de prisa —con su pequeña sombra que de pronto
se proyectaba sobre los papeles— y como urgiendo que le abriese; y otras
lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de
escalarla, había calado un camino profundo. Las palomas de la casa la
conocían bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un arrullar ansioso y
sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuecándose para
contener los pechos de tiza de los más jóvenes, la pluma áspera de
los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca;
cuántas veces la encontré al borde de un vaso de cristal, con los dedos
levemente mojados en el agua que se complacía y danzaba. Nunca la toqué;
comprendía que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de
un acaecer misterioso. Y muchos días anduvo la mano por mis cosas,
abrió libros y cuadernos, puso su índice —con el cual sin duda leía— sobre
mis más bellos poemas y los fue aprobando uno a uno.
El
tiempo transcurría. Los sucesos exteriores a los cuales debía mi vida
someterse con dolor, principiaron a ondular como curvas que sólo de sesgo
me alcanzaban. Descuidé mi aritmética, vi cubrirse de musgo mi más
prolijo traje; apenas salía ahora de mi cuarto, a la
espera cadenciosa de la mano, atisbando con ansiedad el primer —y más
lejano y hundido— roce en la hiedra.
Le
puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre sólo para
pensarse. Incité su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las
repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces
creí que se adornaría con las joyas, pero ella las estudiaba dando
vueltas en torno sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y
aunque un día llegó a ponerse un anillo de amatista fue sólo por un
instante y lo abandonó como si le quemara. Yo me apresuré a esconder las
joyas en su ausencia y desde entonces me pareció que estaba más
complacida.
Así
declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de
luces violentas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro
ámbito. Todas las tardes volvía la mano, mojada con frecuencia por
las lluvias otoñales, y la veía ponerse de espaldas sobre
la alfombra, secarse prolijamente uno dedo con otro, a veces con
menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de frío su sombra se
teñía de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se
acurrucaba y apenas bullía, salvo para recibir, displicente, un álbum
con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y
retorcer. Era incapaz, lo advertí pronto, de estarse largo rato
quieta. Un día encontró una artesa de arcilla y se precipitó sobre la novedad;
horas y horas modeló la arcilla mientras yo, de espaldas, fingía no
preocuparme por su tarea. Naturalmente, modeló una mano. La
dejé secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me
agradaba. Pero era un error: como a todo artista, a Dg terminó por molestarle
la contemplación de esa otra mano rígida y algo convulsa. Al retirarla de
la habitación, ella fingió por pudor no haberlo advertido.
Mi
interés se tornó bien pronto analítico. Cansado de maravillarme, quise
saber; he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura. Surgían las
preguntas acerca de mi huésped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama?
Imaginé “tests”, tendí lazos, apronté experimentos. Había advertido
que la mano, aunque capaz de leer, jamás escribía. Una tarde abrí la
ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando
entró Dg me marché para dejarla libre de toda timidez. Por la
cerradura vi que hacía sus paseos habituales y luego, vacilante, iba
hasta el escritorio y tomaba el lapicero. Oí el arañar de la pluma, y
después de un tiempo ansioso entré en el cuarto. Sobre el papel, en
diagonal y con letra perfilada, Dg había escrito: “Esta resolución anula
todas las anteriores hasta nueva orden”. Jamás pude lograr
que volviese a escribir.
Transcurrido
el periodo de análisis, comencé a querer de veras a Dg. Amaba su manera de
mirar las flores de los búcaros, su rotación acompasada en torno a
una rosa, aproximando la yema de los dedos hasta rozar los pétalos, y
ese modo de ahuecarse para envolver una flor, sin tocarla, acaso su manera
de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las páginas de un libro
recién comprado, observé que Dg parecía secretamente deseosa
de imitarme. Salí entonces a buscar más libros, y pensé que tal vez
le agradaría formar su propia biblioteca. Encontré curiosas obras que
parecían escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquirí
también un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra —su
lugar predilecto— Dg lo observó con su cautela acostumbrada.
Parecía
temerosa del puñal, y recién días después se decidió a tocarlo. Yo seguía
cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que
sólo al alba se marchaba, llevándose las sombras?) principió ella a
abrir sus libros y separar las páginas. Pronto se desempeñó con una
destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas
con gracia centelleante. Terminada la tarea colocaba el cortapapel
sobre una repisa —donde había acumulado objetos de su
preferencia: lanas, dibujos, fósforos usados, un reloj
pulsera, montoncitos de ceniza— y descendía para acostarse de bruces
en la alfombra y principiar la lectura. Leía a gran velocidad, rozando las
palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la
página y parecía como dormida. Noté que mi selección de libros había
sido acertada; volvía una y otra vez a ciertas páginas (“Etude de Mains”
de Gautier; un lejano poema mío que comienza: “Poder tomar tus manos...”;
“le Gant de Crin” de Reverdy) y colocaba hebras de lana para
recordarlas. Antes de irse, cuando yo dormía ya en mi
diván, encerraba sus volúmenes en un pequeño mueble que a tal
propósito le destiné; y nunca hubo nada en desorden al despertar
De
esta manera sin razones —plenamente basada en la simplicidad del misterio—
convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagación
superada, toda sorpresa abolida, ¡qué acaecer total de perfección nos
contenía! Nuestra vida, así, era una alabanza sin destino, canto puro y
jamás presupuesto. Por mi ventana entraba Dg y con ella el ingreso de lo
absolutamente mío, rescatado al fin de la limitación de los parientes
y las obligaciones, recíproco en mi voluntad de complacer a aquella
que de tal forma me liberaba. Y vivimos así, por un tiempo que no podría
contar, hasta que la sanción de lo real vino a incidir en mi flaqueza,
ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus cárceles
pintadas. Una noche soñé: Dg se había enamorado de mis manos —la
izquierda, sin duda, pues ella era diestra— y aprovechaba mi sueño para
raptar a la amada cortándola de mi muñeca con el puñal. Me desperté
aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar una arma
en poder de aquella mano. Busqué a Dg, aún batido por las turbias
aguas de la visión; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parecía
atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levanté y fui a guardar el
puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero después me arrepentí y se lo
traje, haciéndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y tenía
los dedos entreabiertos en una misteriosa sonrisa de tristeza.
Yo sé que no volverá más. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. ¡Yo sé que no volverá más! ¿Por qué reprochármelo, palomas, clamando allá arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qué afanarse así, rosa de Flandes, si ella no te incluirá ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.
Fuente: Biblioteca ignoria
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