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martes, 10 de marzo de 2026

Réquiem con tostadas de Benedetti

 Cuento para adultos de Mario Benedetti

A continuación, te presento un cuento para adultos de Mario Benedetti, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

En Réquiem con tostadas de Mario Benedetti, una adolescente conversa con el hombre que fue importante en la vida de su madre y reconstruye, con una mezcla de inocencia y madurez precoz, la historia de violencia, miedo y silencios que marcó a su familia. A través de su voz íntima y contenida, el relato muestra cómo el cariño puede sobrevivir incluso en ambientes de dolor, y cómo la comprensión humana a veces nace en medio de la pérdida. El cuento reflexiona sobre la violencia doméstica, la compasión y la necesidad universal de afecto, revelando que incluso en las realidades más duras persiste el deseo de amar y ser amado.

 

Réquiem con tostadas

 (Cuento completo)

 

Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en este mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era como levantar un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ése que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de medianoche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca pude decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miguelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos, hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Fuente: Lecturia


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miércoles, 21 de enero de 2026

Cuento para adultos de Benedetti

 

De puro distraído

A continuación, un cuento para adultos de Benedetti: De puro distraído, que puedes escuchar en Spotify o ver en YouTube.

El cuento narra la vida errante de un hombre que recorre países y ciudades sin rumbo fijo, movido por una mezcla de incomodidad con su país de origen y una vocación casi natural por el vagabundeo, la libertad y la distracción, viviendo al margen de los centros de poder y de las certezas, guiado más por impulsos que por mapas; a través de este personaje, Benedetti construye una metáfora del exilio y de la fragilidad humana frente a los sistemas políticos y sociales, mostrando cómo alguien puede huir sin declararse perseguido, no por ideología explícita sino por una sensibilidad que no soporta la injusticia, la hipocresía y la violencia, y sugiere que, en contextos de represión, incluso la distracción y la inocencia pueden volverse una forma de resistencia… pero también una peligrosa vulnerabilidad.

 

Cuento de Mario Benedetti: De puro distraído

(Cuento completo)

Nunca se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito. 

Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.

Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.

Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.

Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.

A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.

Cierto mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.

De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.

En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.

Fuente: Narrativa breve

 

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lunes, 2 de junio de 2025

No hay sombra en el espejo, cuento breve para adultos escrito por Benedetti

 

La identidad fragmentada y la sombra de Jung 

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Benedetti: No hay sombra en el espejo. Este relato puedes escucharlo en mi canal de YouTube, CarlaNarraciones.

Renato Valenzuela, un hombre marcado por la pérdida y el paso del tiempo, se enfrenta cada mañana al espejo, donde ya no se reconoce. A través de un monólogo introspectivo, rememora su infancia, sus deseos, el amor perdido de Irene y la ternura hacia su hijo Braulio. El espejo, símbolo de su identidad rota, le devuelve una imagen vacía, sin sombra ni esencia. Al final, logra silenciarlo, en un gesto de liberación, como si por primera vez dejara de ser juzgado por su reflejo y comenzara a reconciliarse consigo mismo.

Este relato de Benedetti puede ser interpretado desde la perspectiva de la psicología analítica de Carl Gustav Jung, particularmente a través del concepto de la sombra. En “No hay sombra en el espejo”, el espejo actúa como símbolo del yo consciente, la imagen socialmente aceptada y reconocible, pero que, al carecer de sombra, revela la represión o negación del inconsciente. La sombra “junguiana” —aquello que el individuo no quiere o no puede reconocer como propio— se manifiesta aquí como una ruptura interna: el protagonista no se identifica con su reflejo, al que percibe como ajeno, desgastado y vacío de autenticidad. Esta escisión entre el yo visible y el yo profundo encarna una identidad fracturada, marcada por la culpa, el deseo reprimido, la pérdida y el trauma. Solo al final, cuando logra silenciar al espejo y dejarlo mudo, el protagonista experimenta un instante de extraña paz, una suerte de reconciliación con aquello que ha proyectado, lo que sugiere el inicio de un posible proceso de integración de la sombra y, con ello, de restauración de su identidad.

 

No hay sombra en el espejo

de Mario Benedetti

No es la primera vez que escribo mi nombre, Renato Valenzuela, y lo veo como si fuera de otro, alguien lejano con el que hace tiempo perdí contacto. En otras ocasiones, frente al espejo, cuando termino de afeitarme, veo un rostro que apenas reconozco, como si fuera un borrador o una caricatura de otro rostro, al que estoy más o menos habituado. Entonces pienso que esa mirada no es la mía, que esas pupilas de rencor no me conciernen, que esas arrugas pertenecen a otra máscara, que esos fiordos de calvicie no se corresponden con mi geografía capilar. Es cierto que tales dispersiones suelen ser momentáneas, metamorfosis que duran lo que un suspiro, pero siempre me dejan inestable, desasosegado, indefenso. Es por eso, Renato Valenzuela, que tal vez haya llegado el momento de ajustar nuestras cuentas. Con el tiempo, con el pasado, con las heridas, con las promesas, contigo / conmigo. Todas.

 

No caigamos en la vulgaridad de achacarle todo lo ignominioso a la borrosa infancia. Allá quedó, detrás de la neblina. Mis recuerdos se dejan ver a través de un vidrio esmerilado llamado memoria. Te veo desnudo en el campo, bajo una lluvia que no discriminaba, los flacos brazos en alto, gozando de esa felicidad inaugural, que por cierto no volvería a repetirse, al menos con esa intensidad.

 

Te veo niño, asombrado ante el raro espectáculo del peoncito que fornicaba (vos creías que jugaba) con alguna oveja, pasiva e inerte, por supuesto ausente de aquella violación antirreglamentaria. Tu adolescencia fue un sueño. Soñabas incansablemente y cuando por fin yo despertaba vos seguías soñando. Con bosques, con olas, con pechos, con soles, con hambres, con manos, con muslos. Tus sueños eran de deseo y mis vigilias eran de censura.

 

A menudo surge algún sabio de pacotilla, capaz de asegurar que el espejo siempre es honesto. Mierda de honesto. El espejo es un farsante, un traidor, un ladino. Ese Renato Valenzuela que está ahí, mirándome socarrón, pálido de tanto insomnio, es un remedo frágil de mí mismo, un facsímil sin sangre, una cosa. ¿Dónde está, por ejemplo, el latido de mis sienes, el corazón rebosante de logros y fracasos, las manos que no son garras sino proveedoras de caricias?

 

La estampa del espejo es lo que no quise ser: un fantoche gastado que convoca a la muerte. Por esos falsos ojos circulan escombros de deseos, que ya ni siquiera puedo vislumbrar y menos aún rememorar. Ese Renato Valenzuela es un epílogo del Renato Valenzuela que digo ser. Que soy. ¿O no? ¿O será acaso, este yo de carne y hueso, el pobre duplicado del que se mueve en esa luna? Dijo el poeta: «El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc». Ese Renato de cristal azogado ¿reflejará la nada de mi cielo de zinc? ¿O acaso estará más cerca de lo que dice en la estrofa siguiente: «El sol como un vidrio redondo y opaco / con paso de enfermo camina al cenit»?

 

¿Dónde está, en esa copia servil que es el espejo, el veinteañero aquel que sedujo a Irene, o sea el seducido por Irene, el que tembló como una vara cuando ella lo enlazó con sus brazos de enigma? ¿Dónde quedó el que besó y besó aquel cuerpo indescriptible, se sumergió cándido en él, feliz sin asumirse, volado en el amor?

 

No hay sombra en el espejo. La sombra es de los cuerpos, no de las imágenes. Mi hijo Braulio tiene seis años de sombra. Nunca lo pongo frente al espejo, para que no la pierda. Irene, en cambio, ya no tiene imagen. Ni sombra. Se la llevó el espanto. Hay finales de paz, de dolor, de inercia, también de espanto. El suyo fue de espanto. Sin embargo, en los ojos del espejo no está su muerte. En los ojos de mí mismo sí lo está. Es imposible desalojarla, omitirla, extraviarla.

 

Mi hijo me mira con los ojos de Irene. Un río de tristeza circula por mis venas, pero me he olvidado de llorar. Con mis ojos y con los del espejo. A Braulio no lo traigo al espejo para que no se gaste, para que no empiece, tan niño, a envejecer, para que siga mirando con los ojos de Irene.

 

Aclaro que todo esto es de un pasado. Reciente, pero pasado. Reconozco que hoy tuve una sorpresa. Como todas las mañanas me enfrenté al espejo y le hablé. Le hablé y le hablé. Creo que hasta le grité. De pronto advertí que la boca del espejo permanecía cerrada. Volví a hablar, lo insulté. Y nada. Sus labios no se movieron. Curiosamente, su mirada era de retroceso.

 

Entonces sentí que me inundaba un extraño regocijo, un esbozo de felicidad.

 

Y no era para menos. Por vez primera lo había dejado mudo. Por vez primera lo había derrotado. Inapelablemente.

 

Fuente: Circulo de lectores

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miércoles, 30 de abril de 2025

Terapia de soledad, cuento de Mario Benedetti

 

Cuento de Benedetti

A continuación, te presento un cuento de Benedetti, Terapia de soledad. La protagonista del cuento, Natalia, escribe una carta a su esposo desde un retiro en el campo, donde ha buscado reencontrarse consigo misma en soledad. Reflexiona con humor y ternura sobre el amor, la individualidad dentro del matrimonio y la importancia de respetar los espacios personales. Al final, confiesa que lo extraña profundamente y anuncia su regreso, renovada y deseosa de volver a estar con él.

 

El cuento transmite que el amor maduro incluye el respeto por la individualidad y la necesidad de soledad personal. Estar solo no significa dejar de amar, sino reencontrarse con uno mismo para fortalecer el vínculo con el otro. La distancia, cuando es libremente elegida y comprendida, puede renovar el deseo, la intimidad y el amor. 

Este cuento puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 

 

Terapia de soledad

Mario Benedetti

Querido mío: Aquí estoy, en mi isla, que no es exactamente eso, ya que no está rodeada de mar sino de vegetación, de árboles, de campo propiamente dicho. Pero es una isla en un sentido espiritual. Aunque tampoco es eso, ya que estoy rodeada de lejanas presencias y cercanas ausencias, del recuerdo de otros y de las corrientes de mi propia memoria. ¿Te parezco complicada? Puede ser. Bien sabés que de un tiempo a esta parte sentía la necesidad de aislarme, de reencontrarme con mi soledad perdida (¡Marcel Proust viejo y peludo!). Por suerte lo entendiste y te confieso que esa comprensión aumentó mi amor (y también mi respeto) hacia vos. Estoy convencida de que el respeto por la soledad del ser amado es una de las menos frecuentes, pero más entrañables formas del amor, ¿no te parece?

 

Creo que los diez años de bien llevado matrimonio precisaban de esta afirmación de nuestras dos identidades. Es un regalo del destino que seamos tan distintos, algo que nos habilita a descubrirnos casi a diario, a que cada uno celebre en su fuero interno el hallazgo del otro. Esto de «fuero interno» siempre me ha parecido una contradicción gastada, inadecuada e inútil. «Fuero» es tan parecido a «fuera» (ya sé que vienen de etimologías distintas) e «interno» tan cercano a «intimidad». Esa expresión, «fuero interno», ¿habrá querido expresar en sus orígenes una intimidad hecha pública, volcada hacia fuera, o sea lo contrario de lo que hoy significa?

 

Pero retomo el hilo de mi sabia reflexión. Seré caótica pero no tarada. Una pregunta indiscreta: ¿cómo te sentís sin mí? ¿Rodeado, como es habitual, de trabajo, de amigos leales y desleales, y también de mujeres guapas y guapísimas? Dada esa circunstancia, tendría buenos motivos para mis celos. Pero para mi condena, no soy celosa. Ah, no te ilusiones, puedo serlo. Vos en cambio no tenés ninguna razón para los celos, ya que aquí no estoy rodeada de hombres guapos, sino de pinos, eucaliptus, ranas canoras, amaneceres y crepúsculos, y, en ocasiones, de un silencio nocturno tan compacto que a veces me despierta y hasta me desvela, tan habituados estamos al ruido enloquecedor, cercano o lejano, de las ciudades. Sólo en algunos insomnios me acompañan los grillos, cuya monotonía coral me los confirma como precursores del canto gregoriano. ¿No estarás celoso de los grillos, verdad? Te aclaro que su pequeñez los hace invisibles, así que ni siquiera sé si son guapos (como grillos, claro). Supongo que también entre ellos habrá cánones de belleza; que habrá grillos equivalentes a Robert Redford y otros feos como Peter Lorre.

 

Lo cierto es que, dormida o despierta, he estado haciendo balance de mí misma. No te voy a contar, por ahora, cuál es el saldo. Para hacerlo, tengo que decírtelo en la cama, desnudo vos y desnuda yo, después de fornicar como Dios manda, mirándote a los ojos para que esos ojos tuyos me vayan comunicando tu respuesta o al menos tu comentario. Todavía creo (te lo dije hace mucho, cuando ya vivíamos juntos pero no habíamos cometido el pecado venial de casarnos) que nuestro mejor diálogo ha sido el de las miradas. Las palabras, consciente o inconscientemente, a menudo mienten, pero los ojos nunca dejan de ser veraces. Si alguna vez he pretendido mentir a alguien con la mirada, los párpados se me caen, bajan espontáneamente su cortina protectora, y ahí se quedan hasta que yo y mis ojos recuperamos la obligación de la verdad. Con las palabras todo es más complejo, pero aun así, si las palabras tratan de engañar, los ojos suelen desmentir a la boca.

 

Retomando de nuevo el hilo conductor, te diré que la soledad es como un tónico y también una cura de modestia. Un tónico porque, con tanto tiempo y espacio para reflexionar, una va detectando qué sirve y qué no sirve en los recovecos del alma propia. Y cura de modestia, porque en la estricta soledad no tienen cabida los halagos fallutos, ni los mimos a la vanidad, ni siquiera (no es mi caso) el perdón de los confesionarios.

 

Mi soledad está además poblada de pájaros. Siempre he sido una analfabeta en cuanto a ornitología, de modo que jamás pude ni podré diferenciar el canto de una calandria del de un zorzal, el monólogo de un mirlo del de un jilguero, y en este tramo de mi vida no pienso especializarme en ciencia pajarera, de modo que he decidido ponerles nombres. Verbigracia: a uno de esos cantautores alados lo llamo Fabricio; a otro, Segismundo; a otro, Venancio; a otro más, Rigoberto. Lo cierto es que cuando los llamo por los nombres de mi particular nomenclatura, ellos me responden con una parrafada de trinos.

 

… Querido: retomo esta carta una semana después de la parrafada de trinos. Ya llevo más de un mes en mi isla verde. Se me ocurre que ya he reflexionado lo suficiente y además he empezado a extrañarte de una forma casi enfermiza. Así como antes sentí la imperiosa necesidad de un aislamiento, ahora tengo una añoranza terrible de tus manos, de tu boca, de tu abrazo, de tu cuerpo en fin. Confío, compañero, que con estos conmovedores llamados no se le vaya a llenar el tafanario (aclaro que este sinónimo de culo lo aprendí ayer) de papelitos, eh.

 

Llegaré el lunes. Te aviso con tiempo suficiente como para que desalojes de nuestra confortable cama doble a cualquier intrusa y su cuerpo del delito. Te lo digo en broma, claro. O no. Te lo digo en serio. A desalojar, a desalojar, con música de Viglietti. Te anticipo que esta temporada de soledad me he vuelto muy apetitosa. Besos y besos, de tu NATALIA.


Fuente: https://relatosycuentoscortos.wordpress.com/2021/09/03/terapia-de-soledad-mario-benedetti/

 

Cuentos para adultos

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miércoles, 7 de agosto de 2024

Poemas de Mario Benedetti

 

Mario Benedetti

En esta ocasión he decidido narrar en mi canal de You Tube Carla Narraciones unos poemas de Mario Benedetti, escritor uruguayo de enorme trascendencia mundial y uno de los más leídos de su tiempo.

Estos poemas que puedes leer a continuación son considerados los mejores poemas de Mario Benedetti, aunque recientemente descubrí que el poema No te rindas, se le ha atribuido erróneamente al autor. Realmente, este poema pertenece a Guillermo Mayer. 


 No te rindas

No te rindas, aun estas a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,

liberar el lastre, retomar el vuelo.

 

No te rindas que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños,

destrabar el tiempo,

correr los escombros y destapar el cielo.

 

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frio queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma,

aún hay vida en tus sueños,

porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,

porque lo has querido y porque te quiero.

 

Porque existe el vino y el amor, es cierto,

porque no hay heridas que no cure el tiempo,

abrir las puertas quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron.

 

Vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa, ensayar el canto,

bajar la guardia y extender las manos,

desplegar las alas e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos,

 

No te rindas por favor no cedas,

aunque el frio queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se ponga y se calle el viento,

aún hay fuego en tu alma,

aún hay vida en tus sueños,

porque cada dia es un comienzo,

porque esta es la hora y el mejor momento,

porque no estás sola,

porque yo te quiero.


Hagamos un trato

Compañera usted sabe que puede contar conmigo

no hasta dos ni hasta diez sino contar conmigo.

Si alguna vez advierte que la miro a los ojos

y una veta de amor reconoce en los míos

no alerte sus fusiles ni piense: ¡qué deliro!

a pesar de la veta o tal vez porque existe

usted puede contar conmigo.

Si otras veces me encuentra huraño sin motivo

no piense qué flojera igual puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato, yo quisiera contar con usted.

Es tan lindo saber que usted existe

uno se siente vivo

y cuando digo esto quiero decir contar

aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco

no para que acuda presurosa en mi auxilio

sino para saber a ciencia cierta

que usted sabe que puede contar conmigo.

 

Estados de ánimo

 Unas veces me siento como pobre colina y otras como montaña de cumbres repetidas. Unas veces me siento como un acantilado y en otras como un cielo azul pero lejano. A veces uno es manantial entre rocas y otras veces un árbol con las últimas hojas.

Pero hoy me siento apenas como laguna insomne con un embarcadero ya sin embarcaciones; una laguna verde inmóvil y paciente conforme con sus algas sus musgos y sus peces, sereno en mi confianza.

Confiando en que una tarde te acerques y te mires, te mires al mirarme.

 

No te salves

No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca.

No te salves no te llenes de calma no reserves del mundo sólo un rincón tranquilo no dejes caer los párpados pesados como juicios no te quedes sin labios no te duermas sin sueño no te pienses sin sangre no te juzgues sin tiempo.

Pero si pese a todo no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana y te salvas ahora y te llenas de calma y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo y dejas caer los párpados pesados como juicios y te secas sin labios y te duermes sin sueño y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas entonces no te quedes conmigo.

 

Te quiero

Tus manos son mi caricia mis acordes cotidianos

te quiero porque tus manos trabajan por la justicia

Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice

y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos

Tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada

te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía tu boca no se equivoca

te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice

y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo

y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero.

Y porque amor no es aureola ni cándida moraleja

y porque somos pareja que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso es decir que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso.

Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice

y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.

 

Corazón Coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

 

Por siempre

Si la esmeralda se opacara,
si el oro perdiera su color,
entonces, se acabaría
nuestro amor.

Si el sol no calentara,
si la luna no existiera,
entonces, no tendría
sentido vivir en esta tierra
como tampoco tendría sentido
vivir sin mi vida,
la mujer de mis sueños,
la que me da la alegría…

Si el mundo no girara
o el tiempo no existiese,
entonces, jamás moriría
Jamás morirías
tampoco nuestro amor…
pero el tiempo no es necesario
nuestro amor es eterno
no necesitamos del sol
de la luna o los astros
para seguir amándonos…

Si la vida fuera otra
y la muerte llegase
entonces, te amaría
hoy, mañana…
por siempre…
todavía.

 

Táctica y estrategia

Mi táctica
es 
mirarte

aprender como sos
quererte como sos

mi táctica
es 
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

 

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

 

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros

para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

 

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

 

mi estrategia es
que un día cualquier
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites

 

Defender la alegría

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

y las definitivas

Defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

Defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

Defender la alegría como un destino

defenderla del fuego y de los bomberos

de los suicidas y los homicidas

de las vacaciones y del agobio

de la obligación de estar alegres

Defender la alegría como una certeza

defenderla del óxido y de la roña

de la famosa pátina del tiempo

del relente y del oportunismo

de los proxenetas de la risa

Defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas

               del azar

   y también de la alegría.

 

Viceversa

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

 

Poemas en YouTube

Ahora puedes escuchar estos poemas en YouTube. Si te gustan los relatos para adultos de este escritor, te recomiendo: Cuentos para reflexionar de Mario Benedetti.

 

domingo, 9 de junio de 2024

Cuentos para reflexionar de Mario Benedetti

 

Cuentos de Mario Benedetti

Mario Benedetti fue un destacado poeta, novelista, dramaturgo, cuentista y crítico, y una de las figuras más relevantes de la literatura uruguaya de la segunda mitad del siglo XX. Véase aquí su biografía.

En esta ocasión, antes de presentar el audiolibro completo que incluye una selección de cuentos de Mario Benedetti para adultos, me gustaría indicar los cuentos seleccionados y compartir la reflexión que he realizado sobre cada uno de estos relatos.

Cuentos para reflexionar 

Un boliviano con salida al mar 

"Un boliviano con salida al mar" es una reflexión sobre la búsqueda de identidad y realización, las diferencias sociales y la fuerza de la imaginación. A través de la historia de Gualberto Aniceto, Benedetti muestra cómo las experiencias pueden transformar a una persona y a su comunidad, y cómo la esperanza y la imaginación pueden ofrecer consuelo y propósito incluso en las circunstancias más difíciles.  

La reflexión sobre este cuento puede centrarse en varios temas profundos y simbólicos, principalmente en la búsqueda de identidad y la realización de sueños, así como en las diferencias sociales y la esperanza. En el cuento, la ironía de Borges al sugerir que las Malvinas sean dadas a Bolivia para resolver el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña refleja una problemática histórica y profunda: la carencia de acceso al mar por parte de Bolivia. Este detalle geopolítico es más que una simple anécdota; es una metáfora de las aspiraciones y frustraciones de un pueblo que sueña con lo inalcanzable. Además, Gualberto Aniceto Morales, el personaje principal, representa esa búsqueda y esa realización. Aunque nació en la pobreza y en una situación marginal, su vida da un giro inesperado cuando una familia acaudalada lo lleva primero a La Paz y luego a Europa. Este viaje no solo le permite ver el mar, sino también experimentar mundos que están más allá de sus sueños y de las limitaciones de su origen.

El regreso de Gualberto a su pueblo simboliza el retorno de un héroe cargado de experiencias y conocimiento. Al compartir sus recuerdos del mar y los paisajes marítimos con su familia y vecinos, se convierte en un puente entre dos mundos: el de la pobreza y el de la riqueza, el de la tierra y el del mar. Su relato es tan vívido que trasciende la realidad, llevando a su comunidad a un viaje imaginario. Sin embargo, cuando se queda sin recuerdos, la expectativa de su familia lo obliga a inventar historias sobre sirenas. Este acto final subraya una verdad esencial: la imaginación y la esperanza son tan poderosas como la realidad misma. A través de sus historias, Gualberto no solo ofrece una escapatoria de la dura realidad, sino también una fuente de consuelo y aspiración.

El cuento también toca el tema de las diferencias sociales. Gualberto, aunque ha visto el mundo y ha experimentado cosas que su familia nunca podría imaginar, sigue siendo un servidor. Su conocimiento del mar no le otorga una posición elevada en la sociedad; en cambio, lo mantiene atado a su papel original. Esta paradoja resalta las barreras sociales y económicas que son difíciles de superar, independientemente de las experiencias individuales.

 

El otro Yo

El Otro Yo de Benedetti reflexiona sobre la complejidad de la identidad humana y la importancia de aceptar todas las partes de nosotros mismos, incluso aquellas que pueden hacernos sentir incómodos o vulnerables. La sensibilidad, la melancolía y la capacidad de apreciar la belleza son aspectos esenciales de la experiencia humana, y su pérdida puede dejarnos vacíos y desconectados, tanto de nosotros mismos como de los demás.

La reflexión sobre este cuento puede centrarse en la dualidad de la identidad humana y la lucha interna entre la vulgaridad y la sensibilidad. Armando, el protagonista, es descrito como un joven común y corriente, con hábitos y comportamientos típicos de la vida cotidiana. Sin embargo, dentro de él existe un "Otro Yo", una parte más sensible, poética y emocional que se diferencia notablemente de su yo vulgar. Este "Otro Yo" es quien aprecia la belleza en cosas como los atardeceres y la música de Mozart, y quien se deja llevar por emociones más profundas y melancólicas.

La presencia del "Otro Yo" hace que Armando se sienta incómodo y avergonzado frente a sus amigos, quienes representan la sociedad que valoriza la vulgaridad y la superficialidad. Armando desea ser completamente vulgar, pero su "Otro Yo" no se lo permite, creando una constante tensión interna. Este conflicto alcanza un punto crítico cuando el "Otro Yo" se suicida, dejando a Armando libre, al menos en teoría, para abrazar su vulgaridad sin restricciones.

Sin embargo, la muerte del "Otro Yo" tiene consecuencias inesperadas. Aunque Armando inicialmente se siente aliviado, pronto descubre que sin su "Otro Yo" pierde una parte esencial de su humanidad. La reacción de sus amigos, quienes no lo reconocen y hablan de él como si estuviera enfermo o muerto, refleja la desconexión que siente ahora. La risa que antes le llenaba de felicidad ahora se siente vacía y sin sentido. El ahogo que siente en el esternón, similar a la nostalgia, sugiere que, aunque ha perdido la capacidad de sentir melancolía, aún anhela esa parte perdida de su ser.

El cuento subraya la importancia de la dualidad en la identidad humana. La sensibilidad y la melancolía del "Otro Yo" aportaban profundidad y significado a la vida de Armando, equilibrando su vulgaridad y creando una identidad completa. Al perder esa parte de sí mismo, Armando se convierte en una versión incompleta y superficial de quien era, incapaz de experimentar emociones profundas.

 

Cleopatra

El cuento "Cleopatra" de Benedetti es una reflexión sobre el deseo de ser visto y reconocido, la lucha por la identidad propia frente a las expectativas ajenas, y la complejidad de las emociones humanas. Nos recuerda que detrás de las apariencias y las máscaras, todos tenemos vulnerabilidades y deseos que pueden sorprendernos y cambiar nuestras vidas de manera inesperada.

La reflexión del cuento "Cleopatra" de Mario Benedetti puede centrarse en varios aspectos, pero uno de los más destacados es el tema de las apariencias y las expectativas, y cómo estas pueden influir en nuestras emociones y decisiones. Mercedes, la protagonista, es la única mujer en una familia con seis hermanos, lo que la coloca en una posición especial pero también la hace objeto de bromas y subestimación. Su anhelo de ser vista y tratada como una mujer adulta y deseable por los amigos de sus hermanos se manifiesta de manera intensa durante el carnaval, un evento que simboliza un momento de transformación y libertad.

El disfraz de Cleopatra representa su deseo de ser reconocida y admirada, de escapar de su rol habitual de "hermanita menor" y asumir una identidad poderosa y seductora. Sin embargo, este deseo de ser vista y valorada es vulnerado cuando descubre que su misterioso acompañante es Renato, alguien a quien ha odiado profundamente. El desengaño de Mercedes al final del cuento subraya la complejidad de las relaciones humanas y cómo nuestras percepciones pueden ser engañosas. El hecho de que Renato, quien eventualmente se convierte en su marido, fuese su antagonista y objeto de odio, también revela que los sentimientos y las relaciones pueden evolucionar de maneras inesperadas y contradictorias.

Además, el cuento toca el tema del despojo de máscaras, tanto literal como metafóricamente. Las máscaras que los personajes usan durante el carnaval simbolizan las identidades y roles que asumimos para satisfacer expectativas sociales o personales. Cuando Renato se quita la máscara, Mercedes enfrenta la dolorosa realidad de que sus sueños y esperanzas estaban dirigidos a una ilusión.

 

Amores de anteayer

"Amores de anteayer" de Mario Benedetti es un cuento que explora la naturaleza de los recuerdos y el impacto de las relaciones pasadas en nuestra vida presente. A través de la historia, Benedetti nos invita a reflexionar sobre cómo el pasado sigue vivo en nuestra memoria y cómo influye en nuestras emociones y decisiones actuales.  

En el cuento, Benedetti narra una situación cotidiana que se ve transformada por la irrupción de un amor del pasado. La aparición de este antiguo amor resucita emociones que parecían dormidas, revelando cómo las experiencias pasadas nunca desaparecen del todo, sino que permanecen latentes, esperando el momento adecuado para emerger.

Este cuento nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del amor y los recuerdos. A través de su narrativa, Benedetti nos muestra que el pasado sigue siendo una parte integral de nuestra vida, influyendo en nuestras emociones y decisiones. El cuento sugiere que, aunque no podemos cambiar el pasado, podemos aprender a vivir con él, integrando nuestras experiencias pasadas en nuestra identidad presente y utilizando esas lecciones para enfrentar el futuro con mayor comprensión y aceptación. Así que, los "amores de anteayer" no son simplemente relaciones olvidadas, sino partes integrales de nuestra historia personal que pueden influir en nuestra vida actual.

Otro aspecto para reflexionar es la complejidad y multidimensionalidad de las emociones. Los sentimientos que experimenta el personaje hacia su antiguo amor son una mezcla de nostalgia, tristeza, alegría y añoranza. Los recuerdos de antiguos amores no solo nos afectan emocionalmente, sino que también contribuyen a moldear quiénes somos. Aunque, la narrativa de un reencuentro con un amor pasado puede ser vista como una oportunidad para la reflexión y el autoentendimiento. 


Compensaciones

"Compensaciones" de Mario Benedetti es un cuento que nos invita a reflexionar sobre la dualidad de la naturaleza humana, las consecuencias de nuestras decisiones y la búsqueda de justicia en un mundo lleno de paradojas. A través de la historia de Pedro Luis y Juan Tomás, Benedetti nos muestra cómo las diferencias ideológicas pueden fracturar incluso los lazos más íntimos y cómo las ironías de la vida pueden llevar a situaciones inesperadas y trágicas. La narrativa subraya la importancia de la reflexión sobre nuestras acciones y la aceptación de las complejidades inherentes a la condición humana.

Los hermanos Pedro Luis y Juan Tomás, aunque físicamente idénticos, representan dos extremos opuestos del espectro ideológico y moral. Esta dualidad subraya cómo personas con las mismas raíces y características pueden desarrollarse de maneras completamente diferentes debido a sus decisiones y circunstancias. La dualidad en sus caminos —uno militante de izquierda y el otro implicado en actividades parapoliciales— muestra la complejidad de la naturaleza humana y cómo las influencias externas pueden moldear nuestras acciones y creencias.

El cuento ilustra las profundas consecuencias que nuestras decisiones pueden tener, no solo en nuestras vidas, sino también en las de aquellos que nos rodean. Las elecciones de Pedro Luis y Juan Tomás los llevan a enfrentarse en un conflicto inevitable, donde sus trayectorias se cruzan de manera trágica. La historia subraya la importancia de ser conscientes de nuestras decisiones y de cómo estas pueden influir en nuestro destino.

Además, la acción final de Pedro Luis, al vestirse con la ropa de su hermano y entrar en su "oficina", puede interpretarse como una búsqueda de justicia o venganza. En un contexto donde las actividades de Juan Tomás implican la tortura y la represión, el acto de Pedro Luis refleja una forma desesperada de equilibrar las injusticias que percibe. Este gesto extremo también pone de manifiesto la desesperación y la determinación de alguien dispuesto a arriesgarlo todo por sus creencias.

Aunque, el título "Compensaciones" sugiere que la vida tiene una manera de equilibrar las cosas y, a menudo, de manera inesperada o irónica. La idea de que Pedro Luis, un militante de izquierda, se infiltre en la esfera de poder de su hermano, un agente represor, es una ironía poderosa que subraya las vueltas inesperadas de la vida y cómo los roles pueden invertirse. Esta ironía también plantea preguntas sobre la verdadera naturaleza de la justicia y la venganza.

A pesar de sus diferencias ideológicas y el profundo conflicto entre ellos, Pedro Luis y Juan Tomás comparten un vínculo fraternal que añade una capa de complejidad emocional a la historia. La tensión entre su amor fraternal y sus diferencias ideológicas refleja la dificultad de mantener relaciones familiares en contextos de profundas divisiones políticas y morales.


Audiolibro completo en YouTube

Una vez completadas las reflexiones sobre estos cuentos de Benedetti, deseo que puedas disfrutar escuchando este audiolibro completo en YouTube. Te recomiendo también escuchar: Relatos cortos de Alejandra Pizarnik. 

 

 

 


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