Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2026

Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez

 

Cuento breve de Gabriel García Marquez

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Gabriel García Marquez, que también puedes escuchar en Youtube o en Spotify.

El cuento Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez retrata la convivencia silenciosa con una mujer que, encerrada en su propio mundo interior, parece ir apagándose lentamente ante la mirada impotente de quienes la rodean. A través de una atmósfera densa y casi onírica, el relato explora la soledad, la incomunicación y el desgaste emocional que puede consumir a una persona desde dentro. Su significado apunta a la deshumanización progresiva causada por el aislamiento y la incomprensión, mostrando cómo la tristeza profunda no solo afecta a quien la padece, sino también a quienes la contemplan sin saber cómo salvarla.

 

Amargura para tres sonámbulos

(Cuento completo)


         Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
          Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
         “No volveré a sonreír”.
          Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
          Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
          sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
          Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
          Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
          Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
          Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
          Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
          De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa.
Para creer que había nacido nueva.

Fuente: Literatura.us

 

Otros cuentos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Ser infeliz de Kafka.

 

miércoles, 7 de enero de 2026

Un cuento breve de Gabriel García Márquez

 

Cuento breve de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento el cuento breve Un día de estos, de Gabriel García Márquez, el cual también puedes disfrutar en formato de audiocuento tanto en Spotify como en YouTube.

Un día de estos narra un encuentro tenso y cotidiano entre un dentista humilde y una autoridad local que llega a su consultorio en medio del dolor y la amenaza, situación que revela una relación marcada por el miedo, el poder y viejas deudas morales. A través de acciones mínimas y un diálogo seco, el cuento expone cómo la violencia política y la impunidad se infiltran en la vida privada, y cómo la ética personal puede convertirse en una forma silenciosa de justicia. El significado central apunta a la inversión momentánea de los roles de poder: el dolor iguala a los hombres y obliga a enfrentar responsabilidades colectivas, mostrando que la autoridad sin moral es frágil y que la dignidad individual puede resistir incluso en contextos de opresión.

 

Un día de estos

Cuento completo

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

-Papá

-Qué

-Dice el alcalde que si le sacas una muela.

-Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

-Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

-Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

-Papá.

-Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

-Siéntese.

-Buenos días -dijo el alcalde.

-Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

-Tiene que ser sin anestesia – dijo.

-¿Por qué?

-Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

-Está bien -dijo, y trató de sonreír.

El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.

El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

-Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

-Me pasa la cuenta -dijo.

-¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:

-Es la misma vaina.

 

Fuente: Narrativa breve

 

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: El collar, uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Estas navidades siniestras de Gabriel García Márquez

Reflexiones de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento Estas navidades siniestras, un texto periodístico en el que Gabo reflexiona sobre una fiesta cada vez más desgastada por el capitalismo. Se trata de una de las columnas de opinión más críticas y sombrías del Nobel colombiano sobre la Navidad. Publicada en El País de España el 24 de diciembre de 1980, víspera de la celebración.

García Márquez examina con ironía y desencanto cómo la Navidad en América Latina ha perdido su sentido original y se ha convertido en una celebración ruidosa, consumista y ajena a las tradiciones propias. Contrasta los antiguos pesebres improvisados y llenos de imaginación con la invasión cultural del Santa Claus anglosajón, los adornos importados y las obligaciones sociales que vuelven la fecha una fiesta forzada y vacía. A través de recuerdos personales y observaciones críticas, el autor muestra cómo la inocencia se pierde y la autenticidad se diluye bajo la presión comercial y social, hasta el punto de distorsionar incluso la visión infantil de la Navidad. Por lo tanto, aquí tienes la ocasión de leer el texto o escucharlo en mi canal: Carla Narraciones.

 

Estas navidades siniestras

Gabriel García Márquez

Ya nadie se acuerda de Dios en navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón–, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria– perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la navidad, y mucho menos con la nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron a América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces– terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

 

Relatos fascinantes

Me gustaría recomendarte un cuento fascinante de Eva García Sáenz de Urturi, Editorial Algoritmo, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e internacional.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Un cuento maravilloso de Gabriel García Márquez.

Un cuento de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento un cuento para adultos de Gabriel García Márquez, La luz es como el agua. Gabriel García Márquez fue un escritor y periodista colombiano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, reconocido por su estilo de realismo mágico y por obras emblemáticas como Cien años de soledad. 

“La luz es como el agua” pertenece al libro Doce cuentos peregrinos (1992) de Gabriel García Márquez, una colección de relatos en los que el autor mezcla lo real y lo fantástico con su característico estilo del realismo mágico. Si deseas escuchar este cuento puedes hacerlo en el audiolibro narrado por Carla Narraciones.

Resumen y significado del cuento

“La luz es como el agua” de Gabriel García Márquez es un cuento en el que dos niños, movidos por la imaginación y el deseo de aventura, convierten lo cotidiano en algo mágico dentro de su hogar. A través de un simple acto simbólico —abrir el “grifo” de la luz—, transforman su realidad urbana en un mundo marino donde todo es posible. La historia, narrada con el característico realismo mágico de García Márquez, reflexiona sobre el poder de la fantasía infantil, la inocencia que desafía los límites de lo real y la ceguera de los adultos ante la creatividad de los niños. En el fondo, el cuento sugiere que la luz representa la imaginación: una fuerza vital que, si se desborda, puede iluminar o consumir por completo la realidad.

En este cuento para adultos existe un trasfondo simbólico: la confrontación entre la fantasía y la realidad, y la forma en que los sueños humanos —ya sean infantiles o adultos— revelan la belleza y la fragilidad de nuestra condición.

 

La luz es como el agua

[Cuento completo]

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

 

Fuente: Ciudad Seva

 

 Otros cuentos clásicos en español

Si te gusta este género literario, te recomiendo “El sur”, de Jorge Luis Borges, un relato que, al igual que los cuentos de Gabriel García Márquez, combina lo real con lo simbólico. En él, Borges explora temas como el destino, la identidad y la delgada frontera entre la realidad y la imaginación, a través de la historia de un hombre que enfrenta su propio destino en un ambiente cargado de misterio y significado.

 

jueves, 13 de marzo de 2025

La siesta del martes de Gabriel García Márquez

 

Gabriel García Márquez

A continuación, te presento un cuento para adultos de Gabriel García Márquez, también puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

El cuento "La siesta del martes" de Gabriel García Márquez narra el viaje de una madre y su hija a un pequeño pueblo bajo un calor sofocante para visitar la tumba de Carlos Centeno, el hijo de la mujer, quien fue asesinado al intentar robar una casa. Durante el trayecto en tren y su llegada al pueblo, se resalta la pobreza y dignidad de la madre, así como el juicio silencioso de la comunidad. Al llegar a la casa cural, la mujer exige ver al sacerdote, quien, sorprendido por su actitud serena y firme, le entrega las llaves del cementerio. Sin embargo, la noticia de su presencia se esparce rápidamente, y al salir, la multitud las observa con morbo y desaprobación, mostrando la frialdad y el prejuicio del pueblo. A pesar de la tensión y la sugerencia del sacerdote de esperar para evitar la exposición, la madre decide salir con la cabeza en alto, sosteniendo a su hija de la mano, demostrando su dignidad y fortaleza frente a la adversidad.

 

"La siesta del martes" es un cuento sobre la dignidad, la pobreza y el juicio social. A través de la historia de una madre que, con serenidad y orgullo, viaja a un pueblo hostil para visitar la tumba de su hijo, Gabriel García Márquez muestra la indiferencia y el prejuicio de la sociedad hacia los más desfavorecidos. La madre, a pesar de la pobreza y la mirada crítica del pueblo, nunca pierde su compostura ni se avergüenza de su hijo, enfatizando su amor incondicional y su fortaleza. La historia también critica la moralidad superficial de la comunidad, que juzga sin conocer las circunstancias de esa familia.

 

La siesta del martes

  El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, intempestivos espacios sin sembrar, había ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor.

       —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.

       La niña trató de hacerlo pero la persiana estaba bloqueada por óxido.

       Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.

       La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

       A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.

       Cuando volvió al asiento la madre la esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo, en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.

       La mujer dejó de comer.

       —Ponte los zapatos —dijo.

       La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.

       —Péinate —dijo.

       El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.

       —Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

       La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.

       No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en el calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.

       Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no oían a abrirse hasta un poco antes d e las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo a un lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta en plena calle.

       Buscando siempre la protección de los almendros la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar. En el interior zumbaba un ventilador eléctrico. No se oyeron los pasos. Se oyó apenas el leve crujido de una puerta y en seguida una voz cautelosa muy cerca de la red metálica: «¿Quién es?». La mujer trató de ver a través de la red metálica.

       —Necesito al padre —dijo.

       —Ahora está durmiendo.

       —Es urgente —insistió la mujer.

       Su voz tenía una tenacidad reposada.

       La puerta Se entreabrió sin ruido y apareció una mujer madura y regordeta, de cutis muy pálido y cabellos color de hierro. Los ojos parecían demasiado pequeños detrás de los gruesos cristales de los lentes.

       —Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.

       Entraron, en una sala impregnada de un viejo olor de flores. La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La niña lo hizo, pero su madre permaneció de pie, absorta, con la cartera apretada en las dos manos. No se percibía ningún ruido detrás del ventilador eléctrico.

       La mujer de la casa apareció en la puerta del fondo.

       —Dice que vuelvan después de las tres —dijo en voz muy baja—. Se acostó hace cinco minutos.

       —El tren se va a las tres y media —dijo la mujer.

       Fue una réplica breve y segura, pero la voz seguía siendo apacible, con muchos matices. La mujer de la casa sonrió por primera vez.

       —Bueno —dijo.

       Cuando la puerta del fondo volvió a cerrarse la mujer se sentó junto a su hija. La angosta sala de espera era pobre, ordenada y limpia. Al otro lado de una baranda de madera que dividía la habitación, había una mesa de trabajo, sencilla, con un tapete de hule, y encima de la mesa una máquina de escribir primitiva junto a un vaso con flores. Detrás estaban los archivos parroquiales. Se notaba que era un despacho arreglado por una mujer soltera.

       La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo. Sólo cuando se los puso pareció evidente que era hermano de la mujer que había abierto la puerta.

       —¿Qué se le ofrece? —preguntó.

       —Las llaves del cementerio —dijo la mujer.

       La niña estaba sentada con las flores en el regazo y los pies cruzados bajo el escaño. El sacerdote la miró, después miró a la mujer y después, a través de la red metálica de la ventana, el cielo brillante y sin nubes.

       —Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol.

       La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.

       —¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.

       —La de Carlos Centeno —dijo la mujer.

       —¿Quién?

       —Carlos Centeno —repitió la mujer. El padre siguió sin entender.

       —Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.

       El sacerdote la escrutó. Ella lo miró fijamente, con un dominio reposado, y el padre se ruborizó. Bajó la cabeza para escribir. A medida que llenaba la hoja pedía a la mujer los datos de su identidad, y ella respondía sin vacilación, con detalles precisos, como si estuviera leyendo. El padre empezó a sudar. La niña se desabotonó la trabilla del zapato izquierdo, se descalzó el talón y lo apoyó en el contrafuerte. Hizo lo mismo con el derecho.

       Todo había empezado el lunes de la semana anterior, a las tres de la madrugada y a pocas cuadras de allí. La señora Rebeca, una viuda solitaria que vivía en una casa llena de cachivaches, sintió a través del rumor de la llovizna que alguien trataba de forzar desde afuera la puerta de la calle. Se levantó, buscó a tientas en el ropero un revólver arcaico que nadie había disparado desde los tiempos del coronel Aureliano Buendía, y fue a la sala sin encender las luces. Orientándose no tanto por el ruido de la cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28 años de soledad, localizó en la imaginación no sólo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura. Agarró el arma con las dos manos, cerró los ojos y apretó el gatillo. Era la primera vez en su vida que disparaba un revólver. Inmediatamente después de la detonación no sintió nada más que el murmullo de la llovizna en el techo de cinc. Después percibió un golpecito metálico en el andén de cemento y una voz muy baja, apacible, pero terriblemente fatigada: «Ay, mi madre». El hombre que amaneció muerto frente a la casa, con la nariz despedazada, vestía una franela a rayas de colores, un pantalón ordinario con una soga en lugar de cinturón, y estaba descalzo. Nadie lo conocía en el pueblo.

       —De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.

       —Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.

       El sacerdote volvió al armario. Colgadas de un clavo en el, interior de la puerta había dos llaves grandes y oxidadas, como la niña imaginaba y como imaginaba la madre cuando era niña y como debió imaginar el propio sacerdote alguna vez que eran las llaves de San Pedro. Las descolgó, las puso en el cuaderno abierto sobre la baranda y mostró con el índice un lugar en la página escrita, mirando a la mujer.

       —Firme aquí.

       La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.

       El párroco suspiró.

       —¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?

       La mujer contestó cuando acabó de firmar.

       —Era un hombre muy bueno.

       El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar. La mujer continuó inalterable:

       —Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba hasta tres días en la cama postrado por los golpes.

       —Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.

       —Así es —confirmó la mujer—. Cada bocado que me comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.

       —La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.

       Pero lo dijo sin mucha convicción, en parte porque la experiencia lo había vuelto un poco escéptico, y en parte por el calor. Les recomendó que se protegieran la cabeza para evitar la insolación. Les indicó bostezando y ya casi completamente dormido, cómo debían hacer para encontrar la tumba de Carlos Centeno. Al regreso no tenían que tocar. Debian meter la llave por debajo de la puerta, y poner allí mismo, si tenían, una limosna para la Iglesia. La mujer escuchó las explicaciones con atención, pero dio las gracias sin sonreír.

       Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. A esa hora, de ordinario, no había nadie en la calle. Ahora no sólo estaban los niños. Había grupos bajo los almendros. El padre examinó la calle distorsionada por la reverberación, y entonces comprendió. Suavemente volvió a cerrar la puerta.

       —Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.

       Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.

       —¿Qué fue? —preguntó él.

       —La gente se ha dado cuenta.

       —Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.

       —Da lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.

       La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña la siguió.

       —Esperen a que baje el sol —dijo el padre.

       —Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.

       —Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.

       Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

 

Cuentos en YouTube

Reynol Pérez

Si te gusta este género literario, te recomiendo Un paseo por el bosque de Reynol Pérez.

viernes, 20 de septiembre de 2024

El encanto infinito de las palabras en los cuentos de Gabriel García Márquez

Cuentos de Gabriel García Márquez

En esta ocasión, he optado por narrar dos cuentos de Gabriel García Márquez: Un hombre viene bajola lluvia y Ojos de perro azul. No obstante, quisiera ofrecer una reflexión sobre este último cuento que he mencionado, ya que considero que es uno de los relatos que más me ha impresionado entre todos los que he narrado hasta ahora. Durante su narración, no pude evitar emocionarme, lo que me permitió visualizar y sentir cada palabra del cuento con una intensidad notable.

 

En Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez, un hombre y una mujer se encuentran repetidamente en sus sueños, utilizando la frase “Ojos de perro azul” para reconocerse. A medida que sus encuentros oníricos se vuelven más intensos, la mujer intenta desesperadamente recordar y encontrar al hombre en la realidad, escribiendo la frase en diversos lugares. Sin embargo, ambos enfrentan la frustración de que sus conexiones y recuerdos se desvanecen al despertar. El cuento explora la fugacidad de los sueños y el deseo de encontrar una conexión real en un mundo donde lo onírico y lo tangible están en constante conflicto.


 Ojos de perro azul 

Este cuento es posible interpretarlo de varias maneras. Aunque, personalmente, la idea principal es la exploración de la naturaleza efímera de los sueños y la imposibilidad de materializarlos en la vida real, sumergiendo a los personajes en una soledad y melancolía no deseada.

 

El primer aspecto que querría señalar es el uso en el cuento de esta frase "ojos de perro azul". La frase se repite repetidamente a lo largo del relato, lo que funciona como un hilo conductor que conecta las diferentes escenas y encuentros entre los dos personajes. Creo que Gabriel García Márquez opta por utilizar "ojos de perro" en lugar de "ojos humanos" para reforzar la naturaleza surrealista y simbólica del relato. Esta elección refleja la naturaleza instintiva y primitiva de los deseos de los personajes, además de enfatizar el aspecto onírico y un estilo fantástico de la narrativa, donde se distorsionan las percepciones y la realidad.


Además, me gustaría destacar el uso del espejo como símbolo, que invita a diferentes reflexiones. A lo largo del cuento, el espejo aparece como una barrera que los mantiene en un espacio onírico, reflejando sus deseos de encontrarse, pero también su incapacidad de hacerlo fuera del sueño. Representa la distancia entre el mundo de los sueños y la realidad, y la frustración de los personajes al no poder cruzar esa frontera. También representa la búsqueda de identidad y la autorreflexión, ya que ambos personajes tienen dificultad de verse claramente en el espejo; lo que refuerza la idea de que los personajes no logran encontrarse a sí mismos, ni entre sí, ni en el mundo real. Otro aspecto por destacar es que la relación entre los personajes está condenada a repetirse en un ciclo de sueños simbolizando ese ciclo interminable del tiempo. Se genera entre ellos una serie de encuentros y desencuentros, donde lo que ocurre en el sueño se refleja, una y otra vez, sin cambios ni progreso. Te invito a explorar otros fragmentos de la literatura donde se utiliza el simbolismo del espejo , si te interesa conocer más sobre este tema.    

 

En definitiva, este cuento es un tesoro de belleza inigualable, una obra que nos invita a desentrañar sus misterios infinitos, revelando siempre nuevas interpretaciones y significados. Así es la magia de un relato, y así la maestría de su creador, que nos permite continuar soñando a través de sus palabras, perpetuando el encantamiento de su prosa en nuestros corazones.

 

Cuentos para adultos 

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo los cuentos de Luisa Valenzuela. 

 

viernes, 6 de mayo de 2022

Cuentos de Gabriel García Márquez

 Cuentos para adultos de Gabriel García Márquez


Los cuentos que he escogido, son unos de los mejores cuentos para adultos de Gabriel García Márquez. Gabriel José García Márquez ​​ fue un Novelista colombiano, premio Nobel de Literatura en 1982 y uno de los grandes maestros de la literatura universal reconocido principalmente por sus novelas y cuentos.

 


El ahogado más hermoso del mundo

“El ahogado más hermoso del mundo” es el tercero de los cuentos del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972) que cuenta la historia de un ahogado que encalla en un pueblo y cambia la vida de sus habitantes.


El escritor utiliza muchas simbologías, pero en vez de ahondar al respecto, me gustaría compartir mi reflexión sobre este cuento. El mensaje que Gabriel García Márquez quiso pasar a través de esta obra es que una persona y/o lo que representa tiene el poder para inspirar y mejorar a todo un pueblo. 

 

A mi entender, necesitamos ilusiones, sueños, que, aunque puedan ser algo fantasiosas, nos ayuden a romper con una realidad que no deseamos. Muchas veces es necesario conocer otras realidades para discernir qué cambios son necesarios para nuestra transformación. Muchas personas pueden ser una fuente de inspiración, ideas, sueños, pero claramente son necesarios para conseguir un cambio. Aunque, creo que es importante destacar, que la transformación no es desear vivir otra realidad ajena a la nuestra, porque este aspecto puede llevarnos a una gran frustración. Sino conocer nuestro mundo con todas sus aristas y dar un cambio a aquello que nos beneficie. Necesitamos propósitos para progresar, pero sobre todo para transformarnos. 

 

Un señor muy viejo con unas alas enormes

Este cuento para adultos de Gabriel García Márquez fue también publicado en el libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972). La historia corta, Un señor muy viejo con alas enormes cuenta la historia de Pelayo y su esposa Elisenda, quienes encuentran a un anciano con alas en su patio y causa conmoción y asombro entre los habitantes del pueblo.

 

 “Un señor muy viejo con unas alas enormes” es una crítica social sobre la mentalidad de la gente en cuanto a ideas diferentes, a algo diferente de la realidad cotidiana. Conocer algo diferente pueda ser una experiencia enriquecedora, nos genera rechazo porque el temor a lo desconocido es mayor al regalo que nos ofrece la vida de ampliar nuestros horizontes, nuestra mente. Tenemos que recordar que lo desconocido no implica necesariamente algo negativo, así que respetemos y conozcamos para ampliar nuestra perspectiva, nuestra realidad.

 

Cuentos para escuchar y disfrutar

 

Una vez os he ofrecido una breve reflexión sobre estos cuentos para adultos, ahora es el momento de  escuchar  y disfrutar de estos cuentos de Gabriel García Márquez. Si te gustan los audiolibros, te recomiendo los cuentos de Borges

Dos cuentos breves de Sara Gallardo

  Sara Gallardo A continuación, te presento dos cuentos de Sara Gallardo considerada como autora de culto : El hombre en la araucaria y Ref...