Relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi
A continuación, te
presento un relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi, autora de El
silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e
internacional. La saga se convirtió en un fenómeno de ventas, fue traducida a
numerosos idiomas y su primer volumen fue adaptado al cine, consolidando
definitivamente su éxito.
Resumen y significado del relato
El relato para
adultos que os traigo hoy, Editorial Algoritmo, es un relato que
presenta un futuro cercano donde la hiperautomatización y las inteligencias
artificiales han sustituido casi por completo el contacto humano, los empleos
tradicionales y la creación literaria, mientras un joven ingeniero y escritor
aficionado lucha por mantener viva su identidad en un mundo donde la
autenticidad parece obsoleta. A través de una reunión con viejos amigos, la
pérdida del trabajo y un inesperado encuentro con la editorial dominante, la
historia explora la nostalgia por lo humano, el valor de las emociones reales y
la resistencia silenciosa de quienes aún creen en la creatividad y en la
experiencia vivida. El significado profundo del relato gira en torno a la reivindicación
de la literatura escrita por personas, la importancia de lo que no puede
imitarse con algoritmos y la idea de que, incluso en un mundo dominado por
la IA, la verdad emocional sigue siendo insustituible.
Editorial Algoritmo
Dos años sin ver a
tus mejores amigos parece un tiempo prolongado, pero estamos en 2030 y los
encuentros presenciales requieren mucha planificación para poner a todas las
partes y sus parejas IA —Inteligencia Artificial— de acuerdo y el único
nostálgico de la cuadrilla era yo. Pese a que todos vivimos en el mismo barrio
y algunos de nosotros en el mismo edificio, la pereza de quedar en una
cafetería a pie de calle dificultaba el encuentro.
Enzo había
engordado, todos sospechábamos que abusaba del filtro adelgazante de Teams. Era
el más reacio al café presencial, tal vez esa era la causa. Se presentó con
Alexia, su mujer IA, la había adquirido por diez mil euros, con la
configuración pro a la medida de sus gustos y su carácter. A mí me parecía que
era una réplica de Alicia, su primera novia, la que conoció en primero de la
ESO, antes de la pandemia de 2020, cuando tenía trece años.
Éramos seis, los
seis que estudiamos y pasamos la EBAU juntos. Estudiamos ADE porque era lo que
se hacía y luego nos estrellamos cuando ninguno encontró trabajo y nos
reciclamos una y mil veces en másteres que se llevaron lo que ganamos sirviendo
copas en Malasaña.
—Oliver, tú eres el
único que no miente en Teams. ¡Estás igual que la última vez que nos vimos! —me
saludó mi amigo.
—¡Qué vintage eres!
—se burló Niko. Era coach de adolescentes—. Por cierto, ¿es
verdad que aquí hay que llamar al camarero y pedir la bebida? ¿No tienen app?
—Han abierto varios
locales en el barrio, yo no creo que funcione esto de tomar cafés presenciales
—dijo Paula—. Hace tiempo que no me ponía ropa de calle y me queda pequeña.
—Siento lo de tu
abuelo —intervine—. ¿Cómo lo llevas?
Paula se encogió en
el sofá.
—Fue un palo, no
nos lo esperábamos. Solo tenía 106 años, estaba muy bien, al menos eso decía el
informe de la residencia. Quería hablaros de eso, es por si lo veis cuando
hagamos un Teams, no os asustéis.
—¿Lo has hecho?
¿Tan pronto? ¿Lo has encargado? —pregunté, preocupado.
—Sí, ¿para qué
pasar el luto? Es una start-up especializada en IAs
geriátricos. Te envía réplicas exactas de tus abuelos, pero con el carácter
mejorado si contratas una permanencia anual. Yo lo he pedido menos hablador y
la textura de la piel es la misma que la del abuelo, aunque puedo cambiarle la
temperatura.
—¿Y de verdad que
no notas la diferencia? —insistí, incrédulo.
—Es un IA, claro
que no lo notas. Es mi abuelo, salvo que si me cansa tanta conversación lo
desconecto y lo meto en un armario. Sé que era más realista comprarle una cama,
pero en mi piso de treinta metros cuadrados no me cabe.
Yo alargué la mano,
Paula dio un respingo.
—Perdona… es por si
necesitabas un abrazo —me disculpé.
—No pasa nada
—contestó, incómoda.
Hacía tiempo que yo
no tocaba a nadie y hacía más que nadie tocaba a Paula. A mí me hubiese gustado
que alguien me abrazase cuando ocurrió lo de mi hermana, la verdad.
Gracias a dios
mi smartphone vino a salvar el momento.
—Lo siento, es mi
jefe —dije extrañado, después de leer su mensaje—. Quiere una reunión en veinte
minutos.
—Será para
ofrecerte otro proyecto —dijo Enzo.
—Lo sé, lo sé.
Me iba muy bien
encadenando proyectos de minería de datos. Dos años y cuatro meses seguidos, un
récord en mi sector.
Aunque tenía un
segundo oficio, uno secreto que no compartía con nadie. Algo tan vintage que
todos se habrían apartado de mí: tenía un blog. Un blog literario. Escribía una
novela por entregas, como Dickens y su Grandes esperanzas. Y tenía,
según las estadísticas, un pico de ocho lectores. Ocho lectores.
Haciendo honor a la
verdad, solo tenía tres lectores constantes. Mi madre, sin duda alguna, y algún
par de añorantes del pasado como yo.
Los escritores
habían dejado de publicar o más bien, las editoriales habían dejado de publicar
a los escritores. La gente se volvió loca con las primeras novelas de la
Editorial Algoritmo, fascinados al descubrir que la IA acertaba con sus gustos
lectores.
Primero fueron las
series de Netflix, el algoritmo elegía nuestros gustos y los clavaba. Después,
un emprendedor pensó que el éxito podía expandirse a otras ficciones, creó sus
IAs escritoras y comenzó a publicar: novelas que analizaban los gustos de lectura
de cada uno en la plataforma, los autores favoritos, las tramas y los finales
con más éxito. La IA escribía la historia, que estaba disponible con las voces
narrativas a la carta: un irónico Wilde, un florido García Márquez, un sobrio
Murakami.
En un par de años
todas las novelas de la Editorial Algoritmo ya copaban las listas de los más
vendidos. Simplemente, cambió el paradigma y los hábitos de consumo de los
lectores. Los anticipos a los escritores de carne y hueso menguaron hasta que
uno a uno fueron buscando otro trabajo alimenticio que pagara el alquiler y la
residencia de sus padres. Nadie quería arriesgarse a comprar novelas escritas
por personas: preferían asegurar la compra y las horas de lecturas con novelas
escritas por la infalible IA. El algoritmo nunca fallaba y todas sus novelas
puntuaban sistemáticamente cinco estrellas.
En poco tiempo
escribir novelas se consideraba de perdedores, tanto como empeñarse en ser
campanero o afilador. Era un oficio del pasado que ni siquiera había pasado el
cribado de la nostalgia. Aún no se echaba de menos.
Sé que los incomodé
cuando repartí besos y abrazos, salvo la IA de Enzo, que sonrió retadora, como
a él le hubiera gustado que sonriera Alicia. Tal vez la última actualización sí
le funcionaba.
Subí a mi piso, me
puse el pantalón del pijama y me dejé la camiseta. Mi jefe era un nómada
digital que trabajaba en espacios coworking en playas del
sudeste asiático, la formalidad estética no era lo suyo.
Entré en el enlace
de la reunión.
—Seré breve —me
dijo con una sonrisa. Pensé que vendrían las buenas noticias—. Ya sabes mi
máxima: contrata despacio y despide deprisa.
—Lo sé —asentí,
relajado—, ¿vas a contratarme a un asistente?
—En realidad
estamos haciendo cambios y hemos contratado a una IA que os va a reemplazar a
todos, en Madrid, en Tokio y en Nueva York. De entrada es una inversión
considerable, pero en tres años estará amortizado y tú no vas a seguir tres
años a pleno rendimiento. No es humano.
Lo miré, sin
creerlo demasiado. Tal vez a él ya lo habían reemplazado, tal vez tenía delante
a una IA idéntica al que ya no era mi jefe. No pude averiguarlo, para cuando
pude hilar algunas palabras congruentes él se despedía con una sonrisa mientras
un dron a sus espaldas surcaba el cielo con un paquete de Amazon.
Me quedé mirando un
buen rato la pantalla de palmeras que dejó a su paso. Creo que pasé varias
horas embobado, o más bien paralizado. Después, deprimido, entré en el blog.
Cuando la vida se ponía cabrona solo me consolaba escribir. Otro capítulo. De
acuerdo. «Úsala», pensé. «Usa tu rabia, así se escriben las novelas
inolvidables».
Y en aquel espacio
perdido de la red, más allá de la sorpresa, me encontré con lo impensable: un
comentario. Un comentario a la espera de ser aprobado. Debía de ser un error.
Los comentarios en un blog de ocho —de tres— lectores son estadísticamente improbables,
por no descartar directamente lo imposible. Simplemente no sucede. Pero había
un comentario.
«Buenos días, mi
nombre es Telmo Durán, soy el CEO de la Editorial Algoritmo. Soy además un
lector habitual de tu blog. Me gustaría que nos viésemos en persona.»
«En persona», pese
a mis reticencias, solo aquel «en persona» me ganó.
Un día después un
Cabify me llevaba a su chalet en una urbanización privada a las afueras de
Madrid. Me esperaba un espigado CEO con jersey negro y cuello de cisne, pero
resultó ser un tipo bajito, calvo y afable.
—Seré breve
—comenzó, a modo de saludo—. Pasa y te explico.
Yo me persigné. Dos
«seré breve» en veinticuatro horas eran más de lo que me temía soportar.
—Me gustaría
contratarte para la editorial.
Era eso.
—Mire, soy
ingeniero de minería de datos, es cierto, pero estoy centrado en banca, no en
el sector editorial. Creo que hay cientos de ingen…
—Qué mal te vendes,
hijo. Eso es muy propio de escritores. Creo que no me has entendido. Llevo años
leyendo lo que escribes. Te necesito como escritor, como blanco literario para
la editorial.
No pasé de la
puerta, Telmo sonrió.
—¿Blanco literario?
Pensé que era una leyenda urbana.
Se decía que los
blancos literarios eran escritores de carne y hueso que escribían las novelas
que después se publicaban como concebidas por el algoritmo. Era una idea
estúpida y nadie le daba la mínima credibilidad.
—Voy a mostrarte
las tripas de la editorial. Pero antes necesito que firmes este contrato de
confidencialidad —dijo, mientras me enviaba un enlace—. Si rechazas mi
propuesta, no podrás hablar de ella a nadie.
—Estoy sospechando
que nadie me creería.
—Aprendes rápido,
eso está bien. Baja conmigo —dijo, señalando unas escaleras.
En el sótano de su
inmenso chalet había una oficina. Una oficina de las que se veían en las
series, muy años ochenta del siglo XX. Una veintena de personas tecleaban
concentradas sobre sus portátiles. Solo veía sus espaldas.
Al final de la sala
había un reloj que marcaba las tres en punto. Entonces la luz LED se iluminó y
todos se levantaron, hicieron varios estiramientos, cada uno a su modo, y
comenzaron a recoger entre risas y palmadas en la espalda.
Yo los observaba
atónito desde lo alto de las escaleras.
—¿No teletrabajan?
—pregunté, emocionado.
—No, es la única
manera de que sean escritores productivos y cumplan con los plazos de entrega.
Vienen todos los días de nueve a tres y me entregan un capítulo.
Miró su smartphone de
rutenio, se escucharon, una tras otra, una veintena de notificaciones.
—Siempre cumplen,
no hay bloqueos —comentó satisfecho.
—Creo que ya lo
estoy entendiendo: está preparando una nueva línea editorial. Va a lanzar una
línea vintage de novelas escritas por personas. Lo siento, es usted más
idealista que yo: no va a funcionar.
—Por supuesto que
no va a funcionar, los lectores de hoy rechazan las novelas escritas por
personas. La gente quiere novelas rápidas, buenas, documentadas y que no les
defrauden.
—¿Entonces?
El editor me miró
con una sonrisa traviesa, se estaba divirtiendo.
—Te voy a dejar con
ello. Algunos se quedan por la tarde por gusto y se traen su táper. Puedes
seguirlos a la sala de los cafés.
—¿Su táper? Mi
madre se llevaba un táper a su trabajo, según me contaba —recordé emocionado—.
¿Todavía se venden?
—En todocolección
quedan algunos. Te dejo, no se te vayan a escapar. Baja y habla con ellos.
Entré en la sala
donde algunos comían. Otros esperaban a que su ensalada se imprimiese en la
impresora 3D. Varias mujeres y hombres, todos ellos…
Todos ellos eran
mis héroes de la infancia, mis referentes. Se sentaron juntos en una mesa, pero
yo me acerqué a la mujer que se preparaba una infusión en un cacharro
desvencijado.
—Perdone, ¿usted es
Alejandra Zambrano? Yo la he leído a usted de adolescente. Incluso iba a sus
firmas en el Retiro.
La mujer sonrió
como si guardara un dulce secreto.
—El Retiro… qué
pena que ya no se hagan más firmas.
—Es lo que tienen
las IA escritoras, que no pueden firmar.
—Esto es mejor,
chico.
—Oliver, Oliver
Laforet. ¿Por qué dice que esto es mejor?
Ella me miró como
si mi nombre le dijera algo. Algo agradable.
—Porque tenemos lo
bueno de escribir sin las servidumbres de la promoción y sin el aislamiento de
la fase creativa. Yo nunca había sido tan feliz escribiendo como ahora.
—Pero… usted se
retiró hace años, su última novela fue La quimera.
—Qué va, mi última
novela está número uno en el top de ventas.
—No… no puede ser
—dije —. El último cisne negro es pura IA.
Zambrano sonrió.
—¿Pura IA? ¿Eso
crees? ¿La has leído? —preguntó mientras me ofrecía un té.
—Lo leo todo, sí.
Prefiero novela humana, pero me gusta estar al día en los Teams.
—¿Y tú crees que
una IA podría haber descrito ese parto? ¿Crees que un algoritmo pudo estar en
ese quirófano, temblando cuando su hija no respiró, cuando se la llevaron? que
crees que una fría IA pudo estar allí. No, hijo. Fui yo, yo parí esa escena.
Y me di cuenta de
una verdad que me avergonzó: no la había reconocido. Había leído a mi autora
favorita y mis prejuicios lectores no me dejaron ver lo que una voz me
susurraba a gritos: que era ella, que El último cisne negro me
había conmovido y yo, culpable, había maldecido al algoritmo por hacerme
sentir.
—Por cierto —dijo,
mientras daba un sorbo a su té—. Muy bueno el capítulo, cuando pierdes a tu
hermana. Eso tampoco se finge.
—¿Usted… usted me
lee?
La taza con el té
hirviendo se me derramó un poco sobre la mano. No me importó. Ni me enteré.
Porque entonces
comprendí: Alejandra Zambrano, mi escritora favorita, era la tercera lectora de
mi blog.
Ese día me convertí
en un blanco literario.
Ese día me uní a
mis maestros para derrocar al algoritmo.
Fuente: Zendalibros
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colombiano de culto conocido por su estilo visceral, su mirada crítica sobre la
juventud y la vida urbana, y por una obra breve pero intensa marcada por su
muerte temprana a los 25 años.
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