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martes, 16 de junio de 2026

La leyenda del Rey Indio de Hermann Hesse

 

Hermann Hesse

A continuación, te presento La Leyenda del Rey Indio de Hermann Hesse. En este cuento para adultos, se narra la historia de un joven rey en la antigua India que, guiado por sabios brahmanes, intenta alcanzar la verdad última del universo mediante el estudio de los textos sagrados, la disciplina, el ayuno y la participación en debates filosóficos sobre la naturaleza de los dioses, el alma y la unidad del Todo. Aunque progresa en autocontrol y conocimiento intelectual, se siente cada vez más frustrado porque ninguna explicación ni discusión logra darle una certeza definitiva, ya que todo parece quedarse en palabras y teorías.

El significado del relato es que la verdad esencial no se alcanza a través del pensamiento racional ni de las disputas intelectuales, sino mediante una experiencia interior de recogimiento profundo, en la que la mente se aquieta y se percibe una unidad total de la existencia. En ese estado, el individuo trasciende las explicaciones y las emociones ordinarias, y accede a una comprensión silenciosa e intuitiva donde desaparecen las separaciones entre el yo y el mundo. El cuento plantea así una visión mística: la verdad no se demuestra, sino que se vive desde dentro.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.


La Leyenda del Rey Indio 

(Cuento completo)

En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.

En efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de… se manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.

Y también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia, solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento? No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».

Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:

-Muchos son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.

El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y cariacontecido.

Entonces decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía. Superada esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.

Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su esencia o sólo una creación de ésta.

Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.

Por eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que percibía, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y más cerca del resplandor de la salida.

Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían correspondido a otros.

Hasta que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca. Interrumpiendo su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e hizo lo mismo, y el vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.

Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.

Luego volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre.

 

Fuente: La cuentoneta


Otros cuentos

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viernes, 23 de enero de 2026

Escalones y otros poemas de Hermann Hesse

Hermann Hesse

A continuación, te presento a uno de mis escritores preferidos, Hermann Hesse, entre cuyas obras se encuentra Escalones, uno de sus poemas más conocidos, que puedes escuchar en formato de video en YouTube y en audio en Spotify

 

El poema “Escalones” (Stufen) de Hermann Hesse es una meditación profunda sobre el cambio y el sentido del crecimiento humano. En él, Hesse propone que la vida no es algo fijo ni un lugar al que se llega, sino una sucesión de etapas que debemos atravesar con valentía: cada “escalón” representa una fase —una relación, una identidad, una forma de ver el mundo— que en algún momento deja de servirnos. Aferrarse a un escalón viejo, por cómodo que sea, significa estancarse espiritualmente.

El mensaje central del poema es que toda despedida es necesaria, aunque duela. Hesse no ve el cambio como una pérdida, sino como una condición para seguir vivos por dentro. Cuando una etapa termina, no es un fracaso: es una invitación a transformarnos. Por eso el poema insiste en la idea de partir, de soltar, de no convertir ninguna forma de vida en una prisión.

También hay una dimensión existencial muy fuerte: cada escalón que subimos nos acerca a lo desconocido. No sabemos qué viene después, y sin embargo debemos avanzar. Hesse sugiere que la madurez consiste justamente en aceptar la incertidumbre y confiar en que el movimiento mismo es lo que nos mantiene íntegros. Vivir bien no es permanecer seguros, sino estar dispuestos a cambiar.

En ese sentido, Escalones es un poema sobre el coraje de ser uno mismo una y otra vez, reinventándose. Nos recuerda que la vida pide despedidas constantes —de personas, de ideas, de versiones de nosotros— y que solo quien se atreve a subir el siguiente escalón puede realmente crecer.

 

Escalones

[Poema completo]

Hermann Hesse

 

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.
Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.
Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros…
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado!

 

Otros poemas

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viernes, 25 de abril de 2025

Cuento con valores y sabiduría de Hermann Hesse

  

Mirar con otros ojos

A continuación, te presento un cuento con valores y sabiduría de Hermann Hesse: El cuento del sillón de mimbre. 

Este cuento para adultos narra la historia de un joven artista que se esfuerza por encontrar una forma de obtener reconocimiento. Comienza pintando autorretratos, pero pronto los considera mediocres. Inspirado por un pintor holandés que logró fama representando objetos cotidianos, decide dibujar el sillón de mimbre que tiene en su habitación.

Sin embargo, el intento resulta frustrante. El dibujo siempre se ve “torcido” o incorrecto, y el joven no entiende por qué. En su desesperación, el sillón le habla y le dice que lo que ve como defecto no es más que una cuestión de perspectiva. El joven, lejos de reflexionar, se enfurece por no conseguir el resultado esperado. Se rinde. Y considera que quizá la pintura no sea su camino, tal vez debería dedicarse a escribir.

Al final, el sillón permanece en silencio, decepcionado por no haber sido escuchado, por no haber podido enseñarle algo esencial.

Este cuento puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carka Narraciones. 


El autoengaño del artista

El protagonista no busca realmente comprender, con el fin de mejorar su dibujo, sino ser reconocido. No se sumerge en la esencia de las cosas. Olvida mirar con profundidad el objeto que tiene ante sí, sin permitirse ver más allá de su propia ambición. No le interesa el objeto (el sillón, la vida, los demás), sino lo que él puede obtener de ellos. Además, su búsqueda artística, realmente está basada en el deseo de validación externa más que en la necesidad interna de expresión o entendimiento. En vez de transformar el arte en un camino hacia lo real, lo convierte en un reflejo de su ego.

Otro aspecto importante es la perspectiva como símbolo al despertar. El sillón de mimbre no solo representa un objeto común, sino una oportunidad de ver la realidad desde otro ángulo: con humildad, con atención, con sensibilidad, aunque el problema no es el dibujo, sino su mirada. El sillón incluso se lo dice, pero el joven no quiere escuchar. Prefiere frustrarse antes que aceptar que quizás él deba cambiar y no el mundo que lo rodea. En mi opinión, Hesse nos plantea una crítica a la ceguera espiritual, un orgullo disfrazado de sensibilidad artística.

Asimismo, el sillón, simboliza la sabiduría que, paciente y desapercibida, nos rodea.  Representa todo aquello que ignoramos por estar demasiado ocupados en nosotros mismos. No es casual que el sillón le hable solo una vez; después, al ver que no será escuchado, vuelve al silencio. Una metáfora de cómo la vida nos ofrece enseñanzas todo el tiempo, pero si no estamos listos para verlas, o escucharlas, simplemente las perdemos.


EL CUENTO DEL SILLÓN DE MIMBRE

 

Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo -algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho. -Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto -decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica. Sólo que al volver a contemplar los dibujos al cabo de cierto tiempo, en general ya no le gustaban nada. Eso le incomodaba, pero dedujo que se debía a que estaba progresando y cada vez se exigía más. La relación del joven con su buhardilla y con las cosas que allí tenía no era de las más deseables e íntimas, pero no obstante tampoco era mala. No les hacía más ni menos injusticia de lo habitual entre la mayoría de la gente, a duras penas las veía y las conocía poco.

En ocasiones, cuando no acababa, una vez más, de lograr un autorretrato, leía libros en los que trababa conocimiento con las experiencias de otros hombres que, al igual que él, habían comenzado siendo jóvenes modestos y totalmente desconocidos, y después habían llegado a ser muy famosos. Le gustaba leer esos libros, y en ellos leía su futuro. Un día estaba sentado en casa, malhumorado otra vez y deprimido, leyendo el relato de la vida de un pintor holandés muy famoso. Leyó que ese pintor sufría una verdadera pasión, incluso un delirio, que estaba absolutamente dominado por una urgencia de llegar a ser un buen pintor. El joven pensó que ese pintor holandés se le parecía bastante. Al proseguir la lectura fue descubriendo muchos detalles que muy poco tenían en común con su propia experiencia. Entre otras cosas leyó que cuando hacía mal tiempo y no era posible pintar al aire libre, ese holandés pintaba, con tenacidad y lleno de pasión, todos los objetos sobre los que se posaba su mirada, incluso los más insignificantes. Así, una vez había pintado un viejo taburete desvencijado, un basto, burdo taburete de cocina campesina hecho de madera ordinaria, con un asiento de paja trenzada bastante gastado. Con tanto amor y tanta fe, con tanta pasión y tanta entrega había pintado el artista ese taburete, el cual con toda certeza nunca hubiese merecido la atención de nadie de no mediar esa circunstancia que había llegado a constituir uno de sus cuadros más bellos. El escritor empleaba muchas palabras hermosas, incluso conmovedoras, para describir ese taburete pintado. Llegado a ese punto, el lector se detuvo y reflexionó. Había descubierto algo nuevo y debía intentarlo. Inmediatamente -pues era un joven de determinaciones extraordinariamente rápidas- decidió imitar el ejemplo de ese gran maestro y probar también ese camino hacia la fama

Echó un vistazo a su buhardilla y advirtió que, de hecho, hasta entonces se había fijado realmente muy poco en las cosas entre las cuales vivía. No logró encontrar ningún taburete desvencijado con un asiento de paja trenzada, tampoco había ningún par de zuecos; ello le afligió y le desanimo un instante y estuvo a punto de sucederle lo de tantas otras veces, cuando la lectura del Mato de la vida de los grandes hombres le había hecho desfallecer: entonces comprendió que le faltaban y buscaba en vano precisamente todas esas menudencias e inspiraciones y maravillosas providencias que de modo tan agradable intervenían en la vida de aquellos otros. Pero pronto se recompuso y se hizo cargo de que en ese momento era totalmente cosa suya emprender con tesón el duro camino hacia la fama. Examinó todos los objetos de su cuartito y descubrió un sillón de mimbre, que muy bien podría servirle de modelo. Acercó un poco el sillón con el pie, afiló su lápiz de dibujante, apoyó el cuaderno de bocetos sobre la rodilla y comenzó a dibujar. Consideró que la forma ya quedaba bastante bien indicada con un par de ligeros trazos iniciales y, con rapidez y energía, pasó a delinear el contorno con un par de trazos gruesos. Le cautivó una profunda sombra triangular en un rincón, vigorosamente la reprodujo, y así fue tirando adelante hasta que algo comenzó a estorbarle. Continuó aún un rato más, luego levantó el cuaderno a cierta distancia y contempló su dibujo con ojo critico. Entonces advirtió que el sillón de mimbre quedaba muy desfigurado.

 

Encolerizado, añadió una línea, y después fijó una mirada furibunda sobre el sillón. Algo fallaba. Eso le enfadó: -¡Maldito sillón de mimbre! -gritó con vehemencia 1 ¡en mi vida había visto un bicho tan caprichoso! El sillón crujió un poco y replicó serenamente: -¡Vamos, mírame! Soy como soy y ya no cambiaré. El pintor le dio un puntapié. Entonces el sillón retrocedió y volvió a adquirir un aspecto totalmente distinto. -¡Estúpido sillón -gritó el jovenzuelo-, todo lo tienes torcido e inclinado! El sillón sonrió un poco y dijo con dulzura: -Eso es la perspectiva, jovencito. Al oírlo, el joven gritó: -¡Perspectiva! -gritó airado-. ¡Ahora este zafio sillón quiere dárselas de maestro! ¡La perspectiva es asunto mío, no tuyo, no lo olvides! Con eso, el sillón no volvió a hablar. El pintor se puso a recorrer enérgicamente el cuarto, hasta que abajo alguien golpeó enfurecido. el techo con un palo. Ahí abajo vivía un anciano, un estudioso, que no soportaba ningún ruido. El joven se sentó y volvió a ocuparse de su último autorretrato. Pero no le gustó. Pensó que en realidad su aspecto era más atractivo e interesante, y era cierto. Entonces quiso proseguir la lectura de su libro. Pero seguía hablando de ese taburete de paja holandés y eso le molestó. Le parecía que verdaderamente armaban demasiado alboroto por ese taburete y que en realidad... El joven sacó su sombrero de artista y decidió ir a dar una vuelta. Recordó que, en otra ocasión, mucho tiempo atrás, ya le había llamado la atención cuán insatisfactoria resultaba la pintura. Sólo deparaba molestias y desengaños y, por último, incluso el mejor pintor del mundo sólo podía representar la simple superficie de las cosas. A fin de cuentas ésa no era profesión adecuada para una persona amante de lo profundo. Y, de nuevo, como ya tantas otras veces, consideró seriamente la idea de seguir una vocación aún más temprana: mejor ser escritor. El sillón de mimbre quedó olvidado en la buhardilla. Le dolió que su joven amo se hubiese marchado ya. Había abrigado la esperanza de que por fin llegaría a entablarse entre ellos la debida relación. Le hubiese gustado muchísimo decir una palabra de vez en cuando, y sabía que podía enseñar bastantes cosas útiles a un joven. Pero, desgraciadamente, todo se malogró.

En definitiva, este cuento de Hermann Hesse no es sobre un joven que no sabe dibujar, sino sobre alguien que aún no ha aprendido a ver. La frustración del protagonista es la de quien quiere resultados sin transformación. Y el sillón, en su silenciosa sabiduría, queda como testigo de ese fracaso interior: el de quien no supo abrir los ojos.

 

Cuentos en YouTube

Si te gustan los cuentos, te recomiendo un cuento de Mario Vargas Llosa, reconocido escritor peruano galardonado con un Premio Nobel.

miércoles, 15 de enero de 2025

El lobo, uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse

 

Uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse, El lobo, junto con un resumen y su análisis. Si deseas escuchar este cuento, puedes hacerlo en mi canal de YouTube. Carla Narraciones. Personalmente, considero que este cuento es una auténtica maravilla. Además, el lobo, en particular, es uno de los animales que más admiro, tanto por su imponente belleza como por su extraordinaria capacidad de adaptarse a entornos difíciles.

 

El lobo

Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.

 

Fue un tiempo difícil para los animales de la zona. Los más pequeños murieron congelados en grandes cantidades; también los pájaros sucumbieron a la helada, y sus cadáveres enjutos se convirtieron en botín de águilas y lobos. Pero aún estos sufrían terriblemente de frío y de hambre. Solo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos. Allí estaban un buen resguardo el ganado y las aves, y detrás de los postigos se apoyaban las escopetas. En escasas ocasiones les tocaba una presa menor, por ejemplo un perro, y ya habían sido muertos dos lobos de la manada.

 

La helada persistía. Muchas veces los lobos se echan juntos, en silencio y pensativos, calentándose uno contra el otro, y escuchaban acongojados el vacío mortal que los rodeaba, hasta que uno, martirizado por los maltratos espantosos del hambre, pegaba de pronto un salto con un alarido terrorífico. . Entonces todos los demás dirigieron sus hocicos hacia él, temblaban, y rompían al unísono en un aullido terrible, amenazador y quejumbroso.

Por fin la parte más chica de la manada decidió partir. Abandonaron sus madrigueras al despuntar el alba, se reunieron y olisquearon excitados y temerosos el aire helado. Luego partieron al trote, rápido y con un ritmo parejo. Los que quedaron atrás los miraron con ojos muy abiertos y vidriosos, los siguieron una docena de pasos, se detuvieron indecisos y desorientados, y regresaron lentamente a sus cuevas vacías.

Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos se dirigieron hacia el oeste, a los montes del Jura suizo; los otros siguieron hacia el sur. Los tres primeros eran animales hermosos, fuertes, pero terriblemente flaco. El estómago de color claro, combinado hacia dentro, era delgado como una correa; en el pecho se destacaban tristemente las costillas; las bocas estaban secas y los ojos abiertos y desesperados. De tres en tres se internaron lejos en los montes; al segundo día cazaron un carnero, al tercero, un perro y un potrillo, y fueron perseguidos en todas partes por los campesinos furiosos. En la zona, rica en pueblos y ciudades, se diseminó el miedo y el temor ante los invasores desacostumbrados. La gente armó los trineos del correo; nadie iba de un pueblo a otro sin su arma. En esa zona desconocida, tras tan buen botón, los tres animales s e sintieron a la vez temerosos ya gusto; se volvieron más arriesgados de lo que jamás habían sido en casa, y asaltaron el corral de una granja a plena luz del día. Mugidos de vacas, crujido de listas de madera que se partían, sonido de cascos y una respiración caliente, jadeante, llenaron el ambiente angosto y cálido. Pero esta vez interfirieron los humanos. Habían puesto un precio a la cabeza de los lobos, lo que duplicó el coraje de los granjeros. Mataron a dos de ellos: a uno le perforó el cuello una bala de escopeta, el otro fue muerto con un hacha. El tercero escapó y corrió hasta que se desplomó sobre la nieve, casi muerto. Era el más joven y hermoso de los lobos, un animal orgulloso con formas armónicas y una fuerza imponente. Durante un rato largo quedó echado, jadeando. Delante de sus ojos se arremolinaban círculos rojos y sanguinolentos, y de vez en cuando emitía un quejido silbante, doloroso. Un hachazo le había dado en el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Solo entonces vio cuán lejos había corrido. En ningún lado podía verse personas o casas. Delante de él se encontró una montaña imponente, Nevada. Era el Chasseral. Decidió rodearlo. Atormentado por la semilla, comió pequeños pedazos de la corteza congelada y dura que cubría la nieve.

 

Más allá de la montaña se topó de inmediato con un pueblo. Estaba anocheciendo. Esperaba en un tupido bosque de pinos. Luego rodeó con cuidado los cercos de los jardines, persiguiendo el olor de los establos tibios. No había nadie en la calle. Arisco y anhelante, espió por entre las casas. Entonces sonó un disparo. Levantó la cabeza hacia lo alto y se dispuso a correr, cuando ya estalló el segundo tiro. Le habían dado. El costado de su abdomen blancuzco estaba manchado de sangre, que caía a goterones. A pesar de todo, logró escapar con unos grandes saltos y alcanzar el bosque más alejado de la montaña. Allí esperó un instante, atento, y oyó voces y pasos provenientes de varios lados. Temeroso, miró hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y difícil de trepar. Pero no tenía opción. Con respiración agitada escaló la pared empinada mientras que abajo, a lo largo de la montaña, avanzaba una confusión de insultos, órdenes y luces de linternas. El lobo herido trepó temblando a través del bosque de pinos, casi a oscuras, mientras la sangre marrón corría despacio por su costado.

 

El frío había cedido. Al oeste, el cielo estabas brumoso y parecía prometer nieve.

 

Por fin el animal, agotado, alcanzó la cima. Ahora se encontraba sobre un gran campo de nieve, levemente inclinado, cerca de Mont Crosin, muy por encima del pueblo del que había escapado. No sentí hambre, pero sí un dolor turbio y punzante en las heridas. Un ladrido seco y enfermo nació de su hocico entregado; su corazón latía pesado y dolorido, y el lobo sentía que la mano de la muerte lo presionaba como una carga indescriptiblemente pesada. Un pino aislado, de ramas anchas, lo atrajo; Allí se sentó y clavó sus ojos perdidos en la noche gris de nieve. Pasó media hora. Una luz roja y apagada cayó sobre la nieve, extraña y blanda. El lobo se levantó con un quejido y dirigió su cabeza hermosa hacia la luz. Era la luna, que se levantaba por el sudoeste, gigantesca y color rojo sangre, y subía lentamente por el cielo cubierto. Hacía muchas semanas que no se la había visto tan roja y grande. El ojo del animal moribundo se aferraba con tristeza al astro opaco, y en la noche volvió a oírse un estertor débil, doloroso y ronco.

 

Un poco más tarde surgieron luces y pasos. Campesinos con abrigos horribles, cazadores y muchachos jóvenes con gorros de piel y botas toscas avanzaban por la nieve. Se oyeron gritos de alegría. Habían descubierto al lobo moribundo, le dispararon dos tiros y ambos fallaron. Entonces vieron que el animal ya estaba a punto de fallar y se le echaron encima con palos y garrotes. Él ya no los sintió.

 

Lo arrastraron hacia abajo, a Sankt Immer, con los miembros quebrados. Reían, alardeaban, se alegraban por el aguardiente y el café que bebían, cantaban, maldecían. Ninguno vio la belleza del bosque nevado, ni el brillo de la alta meseta, ni la luna roja que colgaba sobre el Chasseral y cuya luz débil se reflejaba en los cañones de las escopetas, en los cristales de nieve y en los ojos quebrados del lobo. muerto.

 

Hermann Hesse

Hermann Karl Hesse fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán, nacionalizado suizo en 1924, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1946. Aquí, puedes leer su biografía y encontrar otros cuentos de este autor.


Resumen

El cuento de Hermann Hesse, El lobo, narra la lucha de una manada de lobos por sobrevivir durante un invierno implacable en las montañas. Ante el hambre y el frío, tres lobos emigran a tierras humanas en busca de alimento, enfrentándose a la persecución y la hostilidad de los campesinos. Finalmente, solo uno sobrevive, herido y debilitado, contemplando la luna roja antes de ser cazado y abatido por los hombres.

 

Análisis del cuento

El cuento "El lobo" de Hermann Hesse simboliza la lucha solitaria y desesperada por la supervivencia frente a las fuerzas implacables de la naturaleza y la humanidad. A través de la figura del lobo, Hesse explora temas como la soledad, la dignidad ante la muerte y la desconexión del ser humano con la naturaleza, destacando la indiferencia humana ante la belleza y el sufrimiento de otros seres vivos. La luna roja y el entorno helado subrayan la tragedia existencial del lobo, mientras los campesinos representan la brutalidad y la falta de empatía en el mundo.


Cuentos en Youtube

Si te gusta este género literario, te recomiendo Modesta Gómez, un cuento de Rosario Castellanos.

 


viernes, 22 de abril de 2022

Cuentos de Hermann Hesse

 

Audiolibro en YouTube

El audiolibro que podéis escuchar, con una selección de cuentos de Hermann Hesse, lo podéis encontrar en mi canal de YouTube Carla Narraciones.  

 

Hermann Karl Hesse fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán, nacionalizado suizo en 1924. Fue una gran figura destacada de la narrativa alemana de la primera mitad del siglo XX; utilizó en ocasiones el seudónimo de Emil Sinclair y recibió el premio Nobel de Literatura en 1946. 

 

Los cuentos que he escogido son: La ejecución, Dentro y fuera y La fabula de los ciegos. Son unos cuentos que nos invitan a la reflexión, unos cuentos con moraleja. Cuentos que nos invitan a reflexionar sobre temas existenciales y espirituales, explorando la psicología humana y la búsqueda de sentido en un mundo complejo y a menudo contradictorio.

La biografía de este escritor es muy interesante y me gustaría poder compartir con vosotros algunos datos interesantes de su vida. 


Hermann Hesse


Hermann Hesse, nació el 2 de julio de 1877, Calw, Alemania. Hesse fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán. Como novelista, indagó en temas como la búsqueda de la autorrealización y la espiritualidad. 

 

Hijo primogénito de Johannes Hesse, un misionero báltico, y de Marie Gundert, nacida en la India e hija de otro misionero, le llevó a estudiar teología y fue enviado en 1891 al seminario de Maulbronn, donde se fugó en 1894 e hizo el aprendizaje de relojero en Calw. Posteriormente, fue aprendiz de librero y trabajó como tal en Basilea a partir de 1899. Después, se instaló a orillas del lago de Constanza dedicándose a la literatura. En 1911 viajó a la India y, más tarde, se fue a vivir a Berna y, durante la I Guerra Mundial, finalmente a Montagnola, cerca de Lugano; donde se nacionalizó en 1923. Fue por esta razón por la que se le consideró un traidor a la patria por los nazis. Se dedicó al periodismo por libre, lo que le inspiró su primera novela, Peter Camenzind (1904). En 1916 padeció un ataque de nervios y recibió su primer tratamiento psicoterapéutico.

 

Aun y así, se convirtió en uno de los escritores más representativos de Europa; continuador de la línea del romanticismo alemán e intérprete al mismo tiempo de los problemas de la sociedad moderna. El tema central de su obra es la inquietud del hombre en busca de su destino.

 

En Viaje al Este (1932) expone las cualidades místicas de la experiencia humana. Siddharta (1922) también refleja su interés por el misticismo oriental. El lobo estepario (1927) fue el más célebre de los títulos de Hesse e inicia sin duda la etapa de madurez de su obra y expone la dualidad entre la individualidad rebelde y las convenciones burguesas, al igual que su obra posterior, Narciso y Goldmundo (1930). Su última novela fue El juego de abalorios (1943). Siguieron luego colecciones de cuentos, relatos y meditaciones.

 

Indiferente a las corrientes y movimientos literarios, rara vez aparecía en público y jamás firmó ejemplares, a pesar de esta actitud, ya mayor, aceptó el Premio Goethe, y el Premio de la Paz, pero no acudió a las respectivas ceremonias. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1946. Finalmente, Hermann Hesse falleció mientras dormía el 9 de agosto de 1962 a causa de una hemorragia cerebral, en Montagnola, Suiza.  Más info aquí

 

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