Rosario Ferré
A continuación, te presento un cuento breve de Rosario Ferré que puedes escuchar también en YouTube o en Spotify.
Resumen del cuento
El
hombre dormido de Rosario Ferré narra la obsesión de un artista que, tarde tras
tarde, observa y dibuja a un hombre que duerme profundamente. Entre ambos se
establece una relación extraña y simbólica: el pintor espera su despertar para
enfrentarse a él en un combate que mezcla creación y destrucción, admiración y
rabia. Mientras el hombre duerme cada vez más hondamente y su fuerza parece
disminuir, el narrador continúa intentando capturarlo en un retrato que ha
querido pintar desde la infancia. El relato se mueve en una atmósfera onírica y
poética donde el acto de pintar se convierte en una lucha íntima y constante.
Significado del cuento
El
cuento puede interpretarse como una metáfora del conflicto interior del artista
consigo mismo, con la figura de autoridad (posiblemente paterna) o con la
tradición que lo precede. El “hombre dormido” simboliza aquello que pesa sobre
el creador (la herencia, el poder, el miedo, la conciencia o incluso una parte
reprimida de su identidad) y el combate representa el proceso creativo como
lucha dolorosa pero necesaria para alcanzar la propia voz. Rosario Ferré
sugiere que la creación artística no es un acto pasivo, sino un enfrentamiento
continuo con lo que nos domina o nos formó, y que solo a través de esa tensión
puede surgir una obra auténtica.
El hombre dormido
Papeles
de Pandora
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)
El hombre sigue durmiendo en medio del
zumbido luctuoso y brillante de los zánganos, arañado de cuando en cuando por
la ira de las avispas como por la punta de una plumilla afilada sobre la
plancha de acero. Pero no es así que este hombre debe alcanzar la inmortalidad,
no con el odio impersonal del ácido sobre la plancha, no con medidas
matemáticas de espacio blanco encasillado en celdas de bordes cortantes y filos
delgados de tinta negra sino suavemente, blandamente, manchando, acariciando el
cabello de espuma vieja, las manos cruzadas sobre el pecho, la red algodonosa y
polvorienta que lo abriga desde hace tanto tiempo. Las losas del piso se van
enfriando bajo mis manos que no cesan de dibujar, el hombre siempre duerme. No
tengo prisa. Todas las tardes es igual, espero a que se duerma, vengo y me
siento cerca de él sin hacer ruido, esparzo mis papeles sobre las losas, atisbo
su respiración cada vez más pausada, más reseca. Todas las tardes me siento en
este mismo lugar y espero, arranco las raíces de mis pensamientos y las coloco
sobre el blanco del papel para verlas agitarse cegadas por la luz. Todas las
tardes aguardo que el hombre dormido despierte, espero el combate. Entonces se
levanta, su traje de hilo almidonado se derrumba como una montaña de sal, los
ojos le saltan fuera como el sol por la boca de la mina, me arrebata las
libretas de dibujo, las hace pedazos, las tira por la ventana. Entonces vuelvo
a quedarme solo pero ahora consolado, sentado en medio del derrumbe que se va
enfriando puedo pintar con más facilidad, cierro los ojos y oigo el clarinete
del niño ciego escindir limpiamente los grumos de niebla que se han quedado
adheridos a los costados de los montes.
Yo no comprendo la vida, no la he
comprendido nunca. La mancho, la borro con las yemas de los dedos, unjo sus
cabellos, paso y repaso mi mano abierta sobre su cabeza angustiada, siento la
tibieza de sus sienes y el arrebato que la sacude cuando se me escapa,
dejándome las manos vacías. Han pasado muchos años y hoy comencé por fin el
cuadro que he estado pintando desde niño, el retrato del hombre dormido. Quizá
sea el cuadro más difícil que tenga que pintar, quizá nunca llegue a pintarlo.
Me ha empujado a hacerlo un deseo extraño de sentir lástima, de que llueva, de
que por fin empiece a llover. He pintado mucho desde que me fui de la casa y
dejé atrás el huerto de árboles injertados y la escalera de hiedra. Antes de
pintar cada uno de mis cuadros he pensado en el hombre dormido, en su
despertar, en el combate. Últimamente he notado que duerme más profundamente.
Cada vez se le hace más difícil despertar. He notado que su ira ha ido
menguando, ya no me acomete con la misma agresividad de antes, con todo y
contra todo, los ojos saltando fuera por la boca de la mina, que lo hacía
estremecerse de indignación, sacudir desafiante la enredadera quebradiza de sus
huesos frente a mi cara obstinada. Poco a poco lo ha ido cubriendo el polvo, se
han congelado las telarañas que le empañaban los ojos, por las noches se encoje
y arrulla a sí mismo en un rincón. Sólo yo puedo ahora tratar de que no muera,
obligarlo a que resista, hacer al menos que perezca resistiendo, en retribución
por la lealtad de un combate diario.
Me le enfrento ahora pincel en mano.
Está profundamente dormido, con la cabeza apoyada en el codo. Los filodendros
alargan hacia él sus tentáculos por la ventana abierta, las espadas sangrientas
de las bromelias se desbordan por encima del marco y resquebrajan el hilo
reseco de su traje, la espuma inmóvil del tiempo. Comienzo a manchar y a
borrar, el abismo se abre de nuevo entre nosotros. Pero estamos habituados al
combate. Trabamos lucha cuerpo a cuerpo, sin miedo, como siempre. De mi pincel
van saliendo los grumos de niebla, los contornos torturados, el gesto de su
rostro entregado. Una mujer con el cabello espeso de agua se ha sentado junto a
él y ha tomado su cabeza entre los brazos.
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