La blusa roja de Mercè Rodoreda

A
continuación, te presento La blusa roja, un relato para adultos de Mercè
Rodoreda, considerada una de las escritoras más influyentes de la literatura en
lengua catalana y de mayor proyección internacional, cuya obra ha sido
traducida a cuarenta idiomas. Ambientado
en los años de estudiante del protagonista, el relato nos sitúa frente a una
ventana que se convierte en el escenario de una obsesión silenciosa. Desde su
mesa de trabajo, un joven de diecinueve años observa la vida de los vecinos de
enfrente, centrando toda su atención en una muchacha que viste una llamativa
blusa roja. A través de los cristales, el narrador experimenta un despertar
emocional cargado de deseo, celos y melancolía, transformando la ventana en un
límite entre su soledad y la intensa felicidad (y posterior tragedia) de la
desconocida. Una noche inesperada, la distancia desaparece y la realidad golpea
con una fuerza que cambiará su percepción del amor y la madurez para siempre. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La
blusa roja
Mercè Rodoreda
Os
contaré una historia de cuando era estudiante.
Mi
mesa de trabajo estaba situada junto a la ventana que daba a la calle. Mi campo
visual quedaba limitado por la casa de enfrente, y la ventana del tercer piso
coincidía exactamente con la mía. Las persianas estaban pintadas de verde, en
el pretil de la ventana había geranios y, en una jaula, un pájaro al que nunca
oí cantar y que un día se escapó. Una vecina se lo contó a gritos desde la
ventana a mi portera. Una tarde vi bajar camas, sillas, mesas y un piano. Los
vecinos de enfrente debían de trasladarse de casa. Un tanto ausente contemplaba
el balanceo de los muebles en el vacío, al final de una cuerda. Los gritos de
los hombres que los cargaban al camión de mudanzas y los primeros síntomas de
una primavera precoz sumían mi ánimo en la pereza y me llenaban de aquella
melancolía cansina que, a los diecinueve años, suscitan las cosas cuando el
azar subraya lo que de efímero hay en ellas.
En
aquel tiempo hubiera deseado fijar cada instante de mi vida, hacerlo definitivo
entre las cosas ya establecidas para siempre. ¡Qué sé yo lo que quería!
Aquellos muebles polvorientos que descendían unos tras uno, con paquetes y
baúles, empezaban a pertenecer a un pasado que huía de mi órbita dejándome un
sabor amargo de inseguridad.
Las
tardes eran largas y el sol hacía prever un verano implacable, cuando advertí
que el piso estaba habitado de nuevo.La ventana debía de haber permanecido
cerrada durante muchos días, porque una tarde, al ver que una chica la abría de
par en par, experimenté la intensa sensación del paso ineluctable del tiempo.
Poco a poco, descubrí dos hechos curiosos: una chica abría la persiana cada
tarde a la misma hora; al cabo de un rato, un muchacho, más o menos de mi edad,
la cerraba.
El
día de mi cumpleaños recibí un paquete de mi casa. Mi madre me mandaba ropa y
libros; mi hermana, en una caja aparte, media docena de gladiolos rojos de
nuestro jardín y media docena de cigarrillos de lujo. Coloqué las flores en un
jarrón encima de la mesa —media docena de espadas de fuego— y me dispuse a
trabajar con una alentadora sensación de bienestar interior, completamente
rodeado de humo.
Las
flores debían de gustarle. Quizá yo las había colocado allí adrede. Cuando
abrió la ventana, se acodó en el antepecho y miró. Era bonita. Decididamente,
muy bonita. Color de verano. Una de mis palabras predilectas al pensar en una
chica es sirena. Después, ninfa. Pero prefiero sirena, junto a las que evoca:
océano, marino, nostalgia, liquen, isla, vela, navío, playa. Llevaba una blusa
roja escotada. Por aquel entonces el rojo era uno de los colores que menos me
gustaba —influencias de mi hermana, supongo, que lo detestaba—. Era un color
que me enervaba, ya fuera para un vestido o solo para un detalle, y consideraba
a quienes llevaban alguna prenda de dicho color como pertenecientes a una clase
de gente digna de poca consideración. Y, paradójicamente, una blusa roja, de un
rojo rabioso, insultante, habría de proporcionarme muchas noches de insomnio y
muchos días de dolorosa angustia.
Pronto
solo vivía esperando que la muchacha apareciera en la ventana. Soñaba con ella.
Dulce y lejana como una princesa. La dibujaba en los márgenes de los libros, en
las libretas, en la mesa con un cortaplumas. Ninguno de los dibujos que hacía
se le parecía: lo cual me producía una irritación triste y me impulsaba a
intentarlo de nuevo, incansablemente.
Un
día se besaron con la ventana abierta de par en par. Me levanté para no verlos.
¿Por qué tenían que besarse así —impúdicamente fue el término con el que los
condené— delante de mí? Se besaron largamente, como si el mundo solo hubiese
sido creado para presenciar el espectáculo de su felicidad. Decidí cambiar la
mesa de sitio. Pero echaba de menos su presencia; me atraía lo que para mí era
ya algo morboso, malsano. La imagen de los dos jóvenes abrazados me
obsesionaba. Por la noche, con la habitación a oscuras, evocaba a la chica, la
blusa, los besos, sus ojos negros y brillantes de un agua joven, toda aquella
ternura que hubiera deseado para mí. Hubiera deseado tener a esa chica entre
mis brazos, desnuda como una flor, con los cabellos sueltos encima en mi
almohada. Aquella, no otra. Me hubiera condenado a cambio de poder sentirla
mía, si fuera posible condenarse a los diecinueve años por el pecado de soñar
con una chica y quererla con una desesperación infantil.
¡Qué
largas y tristes me resultaban las mañanas, con la boca amarga por haber
dormido mal, completamente entregado al deseo! Decidí cerrar la persiana para
no perderme ni un gesto, ni una sola expresión de su rostro. A través de las
rendijas espiaría la más ligera contracción de los músculos de aquel rostro
para hacerlo, día a día, más mío.
Me
envenenaba. Una tarde, él le desabrochó la blusa. Me marché. Bajé la escalera
furioso, respiraba el aire de la calle como los hombres que salen de una mina
tras un accidente. Las calles no me conducían a ninguna parte. Los transeúntes
eran como larvas que vegetaban en mi mundo solo para afearlo. Nadie sabía por
qué había nacido ni por qué tenía que morir. Ni muy desdichados ni muy felices,
paseaban indiferentes y, si se conocían, se saludaban. Y yo, único ser viviente
en un desierto, estaba solo. Me debatía para no retroceder, para seguir
avanzando entre gente y casas y luz.
Cansado,
me senté en un parque. El sol caía oblicuamente, pero quemaba la tierra,
provocaba la sed de las flores que se desmayaban, arrancaba reflejos violentos
y fugaces del agua del lago en el que un barquito navegaba. Irritado por la
beatitud de los árboles, por los gritos de los niños, por el cielo límpido, por
el aire rebosante de vida, me marché. Anduve durante horas y mi nerviosismo se
acentuó en un cine donde solo proyectaban informativos; compré un libro que
nunca he leído y, en el restaurante, dejé la cena intacta en el plato.
Por
la noche pensaba: mañana abriré la ventana, me subiré a la mesa, cantaré, haré
girar los brazos en alto para que digan: «Es un loco». Les interpelaré. —Y
gozaba solo con pensarlo, con pensar cómo los inquietaría con mi fingida
(¿fingida?) locura.
Al
día siguiente, más sereno, abrí la persiana de par en par y me senté.
Había colocado un almohadón en la silla para hacerme más visible. «Quizás eso
los frene», pensé con odio.
La
chica, al verme, pareció un poco sorprendida. El hecho de haber mantenido la
persiana cerrada durante unos días debió de hacerle suponer que estaba fuera,
de vacaciones. Llevaba la blusa roja. Aquella blusa que le sentaba tan bien. Me
invadió, más intensa que nunca, una gran tristeza: por ella y por mí. Una
piedad incontrolable, enfermiza.
Pero
duró poco. Pronto apareció el chico. No me vio. Empezaron a discutir
violentamente, como si reemprendieran una disputa iniciada mucho antes.
Desaparecieron, pero aún oía el agrio tono de sus voces: imposible captar una
sola palabra. Quizá transcurrió media hora. La chica regresó a la ventana; él
pronto se le unió, sumiso. Estaban acodados en el antepecho; cuando miré de
nuevo, se besaban.
La
tarde era calinosa, de tormenta. El aire estaba inmóvil. Fingía leer. De vez en
cuando miraba a la pareja que se besaba, esforzándome por no levantar demasiado
la cabeza. De repente, mi mirada se cruzó con la de ella: no pude evitar la
fascinación de su mirada y nos contemplamos mutuamente. Me pareció que su
mirada me sonreía, compleja, llena de negativas y de promesas. Como si me
estuviera besando a mí. Tuve la sensación de que aquella chica se me ofrecía
diabólicamente; sin la distancia que nos separaba, hubiera podido cogerla del
brazo y me hubiera seguido.
El
suplicio duró un rato. Ardía como si estuviera rodeado de brasas. Me sentí
grotesco, subido en el almohadón de mi silla, paralizado ante aquel ser que me
absorbía. Ella era toda besos: se hacía perdonar. El aire era irrespirable. La
chica seguía mirándome y yo, literalmente, moría.
***
Aquel
verano, mi padre cayó gravemente enfermo. En septiembre tenía que examinarme de
nuevo. Antes, mi padre murió. Fue un verano triste. La repentina muerte de mi
padre, a quien quería mucho, me hizo crecer, me envejeció. La melancolía que se
apoderó de mí fue tan intensa, que el paso de los años no ha logrado atenuarla.
Aquel verano supuso un hito en mi vida. Me marcó profundamente.
Volví
a mi habitación, a mi mesa junto a la ventana, a mi paisaje de estudiante que
unos meses de ausencia convirtió en algo extraño. Hacía un tiempo benigno, las
tardes eran dulces, menos azules, y los verdes de los árboles más matizados,
como si quisieran embellecerse para dormir.
La
ventana de mis angustias estaba ante a mí con las persianas cerradas. La chica
de la blusa roja parecía pertenecer a un remoto pasado. En conjunto, un sueño
que la luz despoja de todo el misterio que la noche le prestaba. ¡Qué absurdos
se me antojaban mis delirios, mis inquietudes! Tenía que trabajar duro. ¿Por
qué tan buenos propósitos si el futuro se me presentaba como algo inaccesible,
la vida difícil y todo me parecía inútil? Pero tenía que trabajar duro, abrirme
camino, a golpes si fuera necesario, hacer como los demás, ser un apoyo para mi
madre, para mi hermana hasta que se casara, crear una familia; y luego, renacer
en mis hijos, morir como mi padre, de prisa, en un verano radiante, y ser
llorado por mi gente.
A
pesar de todos los razonamientos, a pesar de la disciplina mental que quería
imponerme, debo confesar que, a la hora de costumbre, la ventana de enfrente
volvió a obsesionarme. Cuanto más me esforzaba por mantenerme indiferente, más
se avivaba mi inquietud. Y todo lo que la noche anterior a mi llegada creía
desvanecido, renació violentamente.
Pero
nadie abrió la ventana. Ni al día siguiente, ni nunca más. Lo consideré una
liberación. Me sentaba a la mesa, tranquilo, sin pensar en nada, con el ánimo
reposado. Retenía las lecciones, avanzaba despacio, pero seguro, en línea
recta. Me sentía sólido, empezaba a estar seguro de mí mismo. El sentimiento de
inferioridad que el desastre de los exámenes me había producido se iba
extinguiendo. Me sentía exultante.
Cuando
ya ni me acordaba, cuando ni siquiera levantaba la cabeza de la mesa, como si
la ventana perteneciera a otro mundo, un día advertí que las persianas estaban
abiertas y dejaban ver aquel interior que durante mucho tiempo había sido como
una prolongación de mi habitación. Pero la chica no estaba. Había otra con el
mismo chico. Y otra chica ya no podía despertar en mí curiosidad alguna. Que
abrieran, que cerraran, que se besaran ante mi vista: no me importaba.
Un
día, hacia el atardecer, oí que alguien subía la escalera. Conocía los pasos de
quienes venían a casa; me bastaba haberlos oído una vez para poder adivinar
siempre quién subía a visitarme. Nunca había oído aquellos pasos. «Alguien que
se habrá equivocado», pensé, pues vivía en el último rellano del edificio. Pero
acto seguido me dije: «No, viene hacia aquí, son los pasos de alguien que nunca
ha venido, pero se dirige hacia aquí».
Los pasos se detuvieron en el rellano, ante mi puerta. Transcurrieron algunos
segundos. La persona que se hallaba ante mi puerta, antes de llamar, dudaba. De
pronto oí que alguien bajaba por la escalera. Estaba intrigado. Los pasos se
habían detenido en el piso de abajo: un buen rato. Después se acercaron de
nuevo, como cansinos. El curioso visitante había decidido volver a subir. Llamó
a la puerta con los nudillos, suavemente, como deseando a medias no ser oído.
Si no hubiera oído antes los pasos, quizá no me hubiera enterado de que
llamaban.
Fui
a abrir. Era la chica de la blusa roja. Estaba más pálida: lívida. Había
adelgazado mucho. Como si nos conociéramos desde hacía años, como si yo supiera
que tenía que venir y por qué venía, sin pronunciar palabra, cruzó la
habitación y se dirigió hacia la ventana. Desde mi mesa, miraba la ventana de
enfrente. Miraba ávida, trágica, sin hablar, sin hacer un gesto. Permaneció así
un rato, como si se encontrara sola en mitad del universo. Yo tenía la
sensación de que debía hacer algo, apartarla de la ventana, no permitirle
mirar. Notaba que sufría, pero un enorme respeto y la irrealidad que se
desprendía de aquella situación me paralizaban. Lo que veía debía de haberle
proporcionado una felicidad que nunca más volvería a encontrar.
Casi
había oscurecido. Me acerqué a ella. Nunca más he vuelto a experimentar tanta
ternura como aquel atardecer junto a aquella chica triste que ignoraba cómo se
había adueñado de mi corazón. Por qué decidí acercarme, qué palabras pronuncié,
todo se ha borrado de mi memoria; solo me queda, terriblemente preciso, el
recuerdo de su llanto desgarrador. Estalló en sollozos entre mis brazos, que
para ella debían ser brazos impersonales —como si llorara apoyada en una
pared—. Lloraba más dolorosamente que yo cuando murió mi padre. Como nunca más
he oído llorar a nadie. Sentí que debía protegerla, como si el destino me la
hubiera dejado entre los brazos; que su futuro, de un modo u otro, me
pertenecía, como si misteriosamente fuera entrando en el círculo de mis responsabilidades.
Excitaba mi tendencia libresca —¡que no era poca, por aquel entonces!—. La
llevé en brazos como si fuera una niña y la dejé encima de la cama como si se
tratara de algo mío, no cogido: dado, hallado, sacudido por el llanto
inacabable, y me quedé arrodillado en el suelo, con mi rostro junto al suyo.
Sus lágrimas mojaban mi mejilla.
Transcurrieron
horas, varias horas. Sin pronunciar palabra, entre sollozos que se iban
espaciando, se durmió como una llama que se extingue. La velé. Fue una noche
casta, pero aún recuerdo la suavidad de sus cabellos, el sabor salado de sus
lágrimas. ¡Cómo se abandona la mano de un cuerpo dormido! ¡Qué resecos están
los labios cuando el corazón sufre! Parecía que tuviera un pájaro muerto en la
mano. Debí de quedarme dormido al amanecer. Cuando desperté era de día y estaba
solo. Nunca más he vuelto a verla. Pero nunca más he vuelto a vivir unas horas
de fervor como aquellas, una noche de amor más pura.
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