Carmen de Burgos
A continuación,
te presento Puñaladas Morales de Carmen de Burgos. El cuento presenta a doña
Cipriana, una viuda de edad avanzada que, después de una vida tranquila y llena
de responsabilidades domésticas, descubre sentimientos que nunca había
experimentado plenamente. La aparición de un joven cercano a ella despierta nuevas
ilusiones y esperanzas, llevando a la protagonista a enfrentarse con sus
emociones y con la forma en que la sociedad juzga el amor y la vejez.
Este cuento de Carmen de Burgos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Puñaladas Morales
Carmen de Burgos
Era
doña Cipriana un tipo original: alta, huesuda, con la piel amarillenta y
arrugada y el cabello encanecido. Los mechones blancos que orlaban su frente no
eran esas coronas cantadas por los poetas, símbolos de ilusiones desaparecidas
que animaron un corazón juvenil; representaban más bien una prematura
decrepitud; una naturaleza ajada por el tiempo y la monotonía de la vida. Sus
ojos llamaban la atención por la viveza de la mirada, á pesar de tener las
órbitas hundidas y caídos los párpados, relampagueaba en ellos un rayo de vida,
una luz extraña, algo que parecía indicar la llama del amor, viviendo todavía
en aquella mujer de sesenta años. Casada con un honrado comerciante, su existencia
se deslizó como la de tantas otras mujeres para las que la vida se reduce á las
indispensables ocupaciones caseras y que sólo ven en el marido la llave de la
despensa, y que no tienen más relaciones con el mundo que el chismorreo
continuo del vecindario. La naturaleza le había negado el goce de la
maternidad, y á la muerte de su esposo se encontró doña Cipriana con una
fortuna regular y un corazón que jamás había latido á impulsos de la pasión
amorosa. Y ocurrió que la pobre mujer, bajo la influencia de la mirada de
Antonio, un joven antiguo amigo de la casa, sintió despertarse la vida con toda
la ternura y todas las nimiedades encantadoras y delicadas que son propias del
amor. Antonio era un joven alto, delgado, de correctas y nobles facciones, y de
negros ojos, en los que se veía una mezcla extraña de energía, ternura,
movilidad, viveza y melancolía. Más de una romántica señorita suspiraba por el
mozo, y alguna dama le perseguía detrás de la per siana con miradas ansiosas
El
joven conoció desde el primer instante la influencia que ejercía en el alma de
doña Cipriana, y le fingió admirablemente un sentimiento enamorado. ¿Fué
crueldad premeditada, vanidad ó complacencia? No lo sabemos; pero su conducta
hizo que se albergaran las ilusiones en el corazón de la anciana. Las miradas
de Antonio excitaban al amor, como esos nidos que los pájaros cuelgan en los
aleros de los tejados, convidan á formar una familia, un hogar donde á los
enamorados trinos de los padres, responda el poético gorjeo de los pequeñuelos.
La ficción duró poco tiempo; Antonio se cansó de la comedia y doña Cipriana
pudo sentir en su pecho todos los dolores del desengaño. Doña Cipriana
languideció en algunas semanas; iba consumiendo su existencia como esas
lamparillas que dejamos en nuestras alcobas, que lanzan débiles chisporreteos
de luz y al fin se hacen parte de la negra sombra. —¡Los años!—decían sus
amigos. —¡Los años!—repitió Antonio cuando la vió tendida en lujosa caja entre
los cirios amarillos que la alumbraban; pero una voz potente pareció gritarle:
—No, los años no; tú, tú fuistes su verdugo; tú, que sembrastes de ilusiones su
corazón, riéndote de la vieja, que tenía ilusiones de niña, para clavar después
un puñal, como los asesinos que hieren en la sombra. Hay crímenes que el Código
no castiga, porque nada ha podido hacerse contra esas misteriosas puñaladas que
matan una existencia, que destrozan un alma, que llevan un cerebro á la locura.
Ve, muéstrate satisfecho; cuéntale á las mil mujeres que te prodigan sus
sonrisas el amor extraño y ridiculo de la vieja; oye los elogios de los amigos,
que te califican de cumplido caballero; pero procura no escuchar la voz de tu
conciencia, que en lenguaje bien claro, te grita: ¡Asesino!
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