jueves, 11 de junio de 2026

La mujer parecida a mí de Felisberto Hernández

 

 Felisberto Hernández

A continuación, te presento un cuento surrealista de Felisberto Hernández: La mujer parecida a mí. En este cuento para adultos, se presenta la extraña historia de un hombre que cree haber sido un caballo y revive sus recuerdos desde esa identidad, mezclando realidad, sueño y memoria en una narración profundamente surrealista. A través de sus experiencias de maltrato, cansancio, afecto y deseo de libertad, el protagonista atraviesa situaciones absurdas y conmovedoras que lo acercan tanto a lo humano como a lo animal. 

El significado del cuento gira alrededor de la identidad, la soledad y la sensibilidad de los seres marginados, mostrando cómo la conciencia y las emociones pueden existir incluso en aquello que parece incomprendido. Felisberto Hernández utiliza la transformación del hombre en caballo para hablar de la humillación, el deseo de pertenecer y la necesidad de afecto, en una atmósfera melancólica y poética donde lo fantástico se siente completamente natural.

Este cuento breve para adultos, lo puedes escuchar en YouTube y Spotify.


La mujer parecida a mí

[Cuento completo]

Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento venía a mí como a un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de hombre, ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.

En una de las noches yo andaba por un camino de tierra y pisaba las manchas que hacían las sombras de los árboles. De un lado me seguía la luna; en el lado opuesto se arrastraba mi sombra; ella, al mismo tiempo que subía y bajaba los terrones, iba tapando las huellas. En dirección contraria venían llegando, con gran esfuerzo, los árboles, y mi sombra se estrechaba con la de ellos.

Yo iba arropado en mi carne cansada y me dolían las articulaciones próximas a los cascos. A veces olvidaba la combinación de mis manos con mis patas traseras, daba un traspiés y estaba a punto de caerme.

De pronto sentía olor a agua; pero era un agua pútrida que había en una laguna cercana. Mis ojos eran también como lagunas y en sus superficies lacrimosas e inclinadas se reflejaban simultáneamente cosas grandes y chicas, próximas y lejanas. Mi única ocupación era distinguir las sombras malas y las amenazas de los animales y los hombres; y si bajaba la cabeza hasta el suelo para comer los pastitos que se guarecían junto a los árboles, debía evitar también las malas hierbas. Si se me clavaban espinas tenía que mover los belfos hasta que ellas se desprendieran.

En las primeras horas de la noche y a pesar del hambre, yo no me detenía nunca. Había encontrado en el caballo algo muy parecido a lo que había dejado hacía poco en el hombre: una gran pereza; en ella podían trabajar a gusto los recuerdos. Además, yo había descubierto que para que los recuerdos anduvieran, tenía que darles cuerda caminando. En esa época yo trabajaba con un panadero. Fue él quien me dio la ilusión de que todavía podía ser feliz. Me tapaba los ojos con una bolsa; me prendía a un balancín enganchado a una vara que movía un aparato como el de las norias, pero que él utilizaba para la máquina de amasar. Yo daba vueltas horas enteras llevando la vara, que giraba como un minutero. Y así, sin tropiezos, y con el ruido de mis pasos y de los engranajes, iba pasando mis recuerdos.

Trabajábamos hasta tarde de la noche; después él me daba de comer y con el ruido que hacía el maíz entre los dientes seguían deslizándose mis pensamientos.

(En este instante, siendo caballo, pienso en lo que me pasó hace poco tiempo, cuando todavía era hombre. Una noche que no podía dormir porque sentía hambre, recordé que en el ropero tenía un paquete de pastillas de menta. Me las comí; pero al masticarlas hacían un ruido parecido al maíz.)

Ahora, de pronto, la realidad me trae a mi actual sentido de caballo. Mis pasos tienen un eco profundo; estoy haciendo sonar un gran puente de madera.

Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos. De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país. Algunas veces yo los contemplo; y otras veces ellos se desbordan.

*

En mi adolescencia tuve un odio muy grande por el peón que me cuidaba. Él también era adolescente. Ya se había entrado el sol cuando aquel desgraciado me pegó en los hocicos; rápidamente corrió el incendio por mi sangre y me enloquecí de furia. Me paré de manos y derribé al peón mientras le mordía la cabeza; después le trituré un muslo y alguien vio cómo me volaba la crin cuando me di vuelta y lo rematé con las patas de atrás.

Al otro día mucha gente abandonó el velorio para venir a verme en el instante en que varios hombres vengaron aquella muerte. Me mataron el potro y me dejaron hecho un caballo.

Al poco tiempo tuve una noche muy larga; conservaba de mi vida anterior algunas “mañas” y esa noche utilicé la de saltar un cerco que daba sobre un camino; apenas pude hacerlo y salí lastimado. Empecé a vivir una libertad triste. Mi cuerpo no solo se había vuelto pesado sino que todas sus partes querían vivir una vida independiente y no realizar ningún esfuerzo; parecían sirvientes que estaban contra el dueño y hacían todo de mala gana. Cuando yo estaba echado y quería levantarme, tenía que convencer a cada una de las partes. Y a último momento siempre había protestas y quejas imprevistas. El hambre tenía mucha astucia para reunirlas; pero lo que más pronto las ponía de acuerdo era el miedo de la persecución. Cuando un mal dueño apaleaba a una de las partes, todas se hacían solidarias y procuraban evitar mayores males a las desdichadas; además, ninguna estaba segura. Yo trataba de elegir dueños de cercos bajos; y después de la primera paliza me iba y empezaba el hambre y la persecución.

Una vez me tocó un dueño demasiado cruel. Al principio me pegaba nada más que cuando yo lo llevaba encima y pasábamos frente a la casa de la novia. Después empezó a colocar la carga del carro demasiado atrás; a mí me levantaba en vilo y yo no podía apoyarme para hacer fuerza; él, furioso, me pegaba en la barriga, en las patas y en la cabeza. Me fui una tardecita; pero tuve que correr mucho antes de poder esconderme en la noche. Crucé por la orilla de un pueblo y me detuve un instante cerca de una choza; había fuego encendido y a través del humo y de una pequeña llama inconstante veía en el interior a un hombre con el sombrero puesto. Ya era la noche; pero seguí.

Apenas empecé a andar de nuevo me sentí más liviano. Tuve la idea de que algunas partes de mi cuerpo se habrían quedado o andarían perdidas en la noche. Entonces, traté de apurar el paso.

Había unos árboles lejanos que tenían luces movedizas entre las copas. De pronto comprendí que en la punta del camino se encendía un resplandor. Tenía hambre, pero decidí no comer hasta llegar a la orilla de aquel resplandor. Sería un pueblo. Yo iba recogiendo el camino cada vez más despacio y el resplandor que estaba en la punta no llegaba nunca. Poco a poco me fui dando cuenta que ninguna de mis partes había desertado. Me venían alcanzando una por una; la que no tenía hambre tenía cansancio; pero habían llegado primero las que tenían dolores. Yo ya no sabía cómo engañarlas; les mostraba el recuerdo del dueño en el momento que las desensillaba; su sombra corta y chata se movía lentamente alrededor de todo mi cuerpo. Era a ese hombre a quien yo debía haber matado cuando era potro, cuando mis partes no estaban divididas, cuando yo, mi furia y mi voluntad éramos una sola cosa.

*

Empecé a comer algunos pastos alrededor de las primeras casas. Yo era una cosa fácil de descubrir porque mi piel tenía grandes manchas blancas y negras; pero ahora la noche estaba avanzada y no había nadie levantado. A cada momento yo resoplaba y levantaba polvo; yo no lo veía, pero me llegaba a los ojos. Entré a una calle dura donde había un portón grande. Apenas crucé el portón vi manchas blancas que se movían en la oscuridad. Eran guardapolvos de niños. Me espantaron y yo subí una escalerita de pocos escalones. Entonces me espantaron otros que había arriba. Yo hice sonar mis cascos en un piso de madera y de pronto aparecí en una salita iluminada que daba a un público. Hubo una explosión de gritos y de risas. Los niños vestidos de largo que había en la salita salieron corriendo; y del público ensordecedor, donde también había muchos niños, sobresalían voces que decían: “Un caballo, un caballo…” Y un niño que tenía las orejas como si se las hubiera doblado encajándose un sombrero grande, gritaba: “Es el tubiano de los Méndez”. Por fin apareció, en el escenario, la maestra. Ella también se reía; pero pidió silencio, dijo que faltaba poco para el fin de la pieza y empezó a explicar cómo terminaba. Pero fue interrumpida de nuevo. Yo estaba muy cansado, me eché en la alfombra y el público volvió a aplaudirme y a desbordarse. Se dio por terminada la función y algunos subieron al escenario. Una niña como de tres años se le escapó a la madre, vino hacia mí y puso su mano, abierta como una estrellita, en mi lomo húmedo de sudor. Cuando la madre se la llevó, ella levantaba la manita abierta y decía: “Mamita, el caballo está mojado”.

Un señor, aproximando su dedo índice a la maestra como si fuera a tocar un timbre, le decía con suspicacia: “Usted no nos negará que tenía preparada la sorpresa del caballo y que él entró antes de lo que usted pensaba. Los caballos son muy difíciles de enseñar. Yo tenía uno…” El niño que tenía las orejas dobladas me levantó el belfo superior y mirándome los dientes dijo: “Este caballo es viejo”. La maestra dejaba que creyeran que ella había preparado la sorpresa del caballo. Vino a saludarla una amiga de la infancia. La amiga recordó un enojo que habían tenido cuando iban a la escuela; y la maestra recordó a su vez que en aquella oportunidad la amiga le había dicho que tenía cara de caballo. Yo miré sorprendido, pues la maestra se me parecía. Pero de cualquier manera aquello era una falta de respeto para con los seres humildes. La maestra no debía haber dicho eso estando yo presente.

Cuando el éxito y las resonancias se iban apagando, apareció un joven en el pasillo de la platea, interrumpió a la maestra —que estaba hablándoles a la amiga de la infancia y al hombre que movía el índice como si fuera a apretar un timbre— y él gritó:

—Tomasa, dice don Santiago que sería más conveniente que fuéramos a conversar a la confitería, que aquí se está gastando mucha luz.

—¿Y el caballo?

—Pero, querida, no te vas a quedar toda la noche ahí con él.

—Ahora va a venir Alejandro con una cuerda y lo llevaremos a casa.

El joven subió al escenario, siguió conversando para los tres y trabajando contra mí.

—A mí me parece que Tomasa se expone demasiado llevando ese caballo a casa de ella. Ya las de Zubiría iban diciendo que una mujer sola en su casa, con un caballo que no piensa utilizar para nada, no tiene sentido; y mamá también dice que ese caballo le va a traer muchas dificultades.

Pero Tomasa dijo:

—En primer lugar yo no estoy sola en mi casa porque Candelaria algo me ayuda. Y en segundo lugar, podría comprar una volanta¹, si es que esas solteronas me lo consienten.

Después entró Alejandro con la cuerda; era el chiquilín de las orejas dobladas. Me ató la soga al pescuezo y cuando quisieron hacerme levantar yo no podía moverme. El hombre del índice, dijo:

—Este animal tiene las patas varadas; van a tener que hacerle una sangría.

Yo me asusté mucho, hice un gran esfuerzo y logré pararme. Caminaba como si fuera un caballo de madera; me hicieron salir por la escalerita trasera y cuando estuvimos en el patio Alejandro me hizo un medio bozal, se me subió encima y empezó a pegarme con los talones y con la punta de la cuerda. Di la vuelta al teatro con increíble sufrimiento; pero apenas nos vio la maestra hizo bajar a Alejandro.

*

Mientras cruzábamos el pueblo y a pesar del cansancio y de la monotonía de mis pasos, yo no me podía dormir. Estaba obligado, como un organito roto y desafinado, a ir repitiendo siempre el mismo repertorio de mis achaques. El dolor me hacía poner atención en cada una de las partes del cuerpo, a medida que ellas iban entrando en el movimiento de los pasos. De vez en cuando, y fuera de este ritmo, me venía un escalofrío en el lomo; pero otras veces sentía pasar, como una brisa dichosa, la idea de lo que ocurriría después, cuando estuviera descansando; yo tendría una nueva provisión de cosas para recordar.

La confitería era más bien un café; tenía billares de un lado y salón para familias del otro. Estas dos reparticiones estaban separadas por una baranda de anchas columnas de madera. Encima de la baranda había dos macetas forradas de papel crêpe amarillo; una de ellas tenía una planta casi seca y la otra no tenía planta; en medio de las dos había una gran pecera con un solo pez. El novio de la maestra seguía discutiendo: casi seguro que era por mí. En el momento en que habíamos llegado, la gente que había en el café y en el salón de familias —muchos de ellos habían estado en el teatro— se rieron y se renovó un poco mi éxito. Al rato vino el mozo del café con un balde de agua; el balde tenía olor a jabón y a grasa, pero el agua estaba limpia. Yo bebía brutalmente y el olor del balde me traía recuerdos de la intimidad de una casa donde había sido feliz. Alejandro no había querido atarme ni ir para adentro con los demás; mientras yo tomaba agua me tenía de la cuerda y golpeaba con la punta del pie como si llevara el compás a una música. Después me trajeron pasto seco. El mozo dijo:

—Yo conozco este tubiano².

Y Alejandro, riéndose, lo desengañó:

—Yo también creí que era el tubiano de los Méndez.

—No, ese no —contestó en seguida el mozo—; yo digo otro que no es de aquí.

La niña de tres años que me había tocado en el escenario apareció de la mano de otra niña mayor; y en la manita libre traía un puñadito de pasto verde que quiso agregar al montón donde yo hundía mis dientes; pero me lo tiró en la cabeza y dentro de una oreja.

Esa noche me llevaron a la casa de la maestra y me encerraron en un granero; ella entró primero; iba cubriendo la luz de la vela con una mano.

Al otro día yo no me podía levantar. Corrieron una ventana que daba al cielo y el señor del índice me hizo una sangría. Después vino Alejandro, puso un banquito cerca de mí, se sentó y empezó a tocar una armónica. Cuando me pude parar me asomé a la ventana; ahora daba sobre una bajada que llegaba hasta unos árboles; por entre sus troncos veía correr, continuamente, un río. De allí me trajeron agua; y también me daban maíz y avena. Ese día no tuve deseos de recordar nada. A la tarde vino el novio de la maestra; estaba mejor dispuesto hacia mí; me acarició el cuello y yo me di cuenta, por la manera de darme los golpecitos, que se trataba de un muchacho simpático. Ella también me acarició; pero me hacía daño; no sabía acariciar a un caballo; me pasaba las manos con demasiada suavidad y me producía cosquillas desagradables. En una de las veces que me tocó la parte de adelante de la cabeza, yo dije para mí: “¿Se habrá dado cuenta que ahí es donde nos parecemos?” Después el novio fue del lado de afuera y nos sacó una fotografía a ella y a mí asomados a la ventana. Ella me había pasado un brazo por el pescuezo y había recostado su cabeza en la mía.

Esa noche tuve un susto muy grande. Yo estaba asomado a la ventana, mirando el cielo y oyendo el río, cuando sentí arrastrar pasos lentos y vi una figura agachada. Era una mujer de pelo blanco. Al rato volvió a pasar en dirección contraria. Y así todas las noches que viví en aquella casa. Al verla de atrás con sus caderas cuadradas, las piernas torcidas y tan agachada, parecía una mesa que se hubiera puesto a caminar. El primer día que salí la vi sentada en el patio pelando papas con un cuchillo de mango de plata. Era negra. Al principio me pareció que su pelo blanco, mientras inclinaba la cabeza sobre las papas, se movía de una manera rara; pero después me di cuenta que, además del pelo, tenía humo; era de un cachimbo pequeño que apretaba a un costado de la boca. Esa mañana Alejandro le preguntó:

—Candelaria, ¿le gusta el tubiano?

Y ella contestó:

—Ya vendrá el dueño a buscarlo.

Yo seguía sin ganas de recordar.

Un día Alejandro me llevó a la escuela. Los niños armaron un gran alboroto. Pero hubo uno que me miraba fijo y no decía nada. Tenía orejas grandes y tan separadas de la cabeza que parecían alas en el momento de echarse a volar; los lentes también eran muy grandes; pero los ojos, bizcos, estaban junto a la nariz. En un momento en que Alejandro se descuidó, el bizco me dio tremenda patada en la barriga. Alejandro fue corriendo a contarle a la maestra; cuando volvió, una niña que tenía un tintero de tinta colorada me pintaba la barriga con el tapón en un lugar donde yo tenía una mancha blanca; en seguida Alejandro volvió a la maestra diciéndole: “Y esta niña le pintó un corazón en la barriga”.

A la hora del recreo otra niña trajo una gran muñeca y dijo que a la salida de la escuela la iban a bautizar. Cuando terminaron las clases, Alejandro y yo nos fuimos en seguida; pero Alejandro me llevó por otra calle y al dar vuelta la iglesia me hizo parar en la sacristía. Llamó al cura y le preguntó:

—Diga, padre, ¿cuánto me cobraría por bautizarme el caballo?

—¡Pero mi hijo! Los caballos no se bautizan.

Y se puso a reír con toda la barriga.

Alejandro insistió:

—¿Usted se acuerda de aquella estampita donde está la virgen montada en el burro?

—Sí.

—Bueno, si bautizan el burro, también pueden bautizar el caballo.

—Pero el burro no estaba bautizado.

—¿Y la virgen iba a ir montada en un burro sin bautizar?

El cura quería hablar; pero se reía.

Alejandro siguió:

—Usted, bendijo la estampita; y en la estampita estaba el burro.

Nos fuimos muy tristes.

A los pocos días nos encontramos con un negrito y Alejandro le preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos al caballo?

El negrito hacía esfuerzo por recordar algo. Al fin dijo:

—¿Cómo nos enseñó la maestra que había que decir cuando una cosa era linda?

—Ah, ya sé —dijo Alejandro—, “ajetivo”.

A la noche Alejandro estaba sentado en el banquito, cerca de mí, tocando la armónica, y vino la maestra.

—Alejandro, vete para tu casa que te estarán esperando.

—Señorita: ¿Sabe qué nombre le pusimos al tubiano? “Ajetivo”.

—En primer lugar, se dice “adjetivo”; y en segundo lugar, adjetivo no es nombre; es… adjetivo —dijo la maestra después de un momento de vacilación.

*

Una tarde que llegamos a casa yo estaba complacido porque había oído decir detrás de una persiana: “Ahí va la maestra y el caballo”.

Al poco rato de hallarme en el granero —era uno de los días que no estaba Alejandro— vino la maestra, me sacó de allí y con un asombro que yo nunca había tenido, vi que me llevaba a su dormitorio. Después me hizo las cosquillas desagradables y me dijo: “Por favor, no vayas a relinchar”. No sé por qué salió en seguida. Yo, solo en aquel dormitorio, no hacía más que preguntarme: “¿Pero qué quiere esta mujer de mí?” Había ropas revueltas en las sillas y en la cama. De pronto levanté la cabeza y me encontré conmigo mismo, con mi olvidada cabeza de caballo desdichado. El espejo también mostraba partes de mi cuerpo; mis manchas blancas y negras parecían también ropas revueltas. Pero lo que más me llamaba la atención era mi propia cabeza; cada vez yo la levantaba más. Estaba tan deslumbrado que tuve que bajar los párpados y buscarme por un instante a mí mismo, a mi propia idea de caballo cuando yo era ignorado por mis ojos.

Recibí otras sorpresas. Al pie del espejo estábamos los dos, Tomasa y yo, asomados a la ventana en la foto que nos sacó el novio. Y de pronto las patas se me aflojaron; parecía que ellas hubieran comprendido, antes que yo, de quién era la voz que hablaba afuera. No pude entender lo que “él” decía, pero comprendí la voz de Tomasa cuando le contestó: “Conforme se fue de su casa, también se fue de la mía. Esta mañana le fueron a traer el pienso y el granero estaba tan vacío como ahora”.

Después las voces se alejaron. En cuanto me quedé solo se me vinieron encima los pensamientos que había tenido hacía unos instantes y no me atrevía a mirarme al espejo. ¡Parecía mentira! ¡Uno podía ser un caballo y hacerse esas ilusiones! Al mucho rato volvió la maestra. Me hizo las cosquillas desagradables; pero más daño me hacía su inocencia.

Pocas tardes después Alejandro estaba tocando la armónica cerca de mí. De pronto se acordó de algo; guardó la armónica, se levantó del banquito y sacó de un bolsillo la foto donde estábamos asomados Tomasa y yo. Primero me la puso cerca de un ojo; viendo que a mí no me ocurría nada, me la puso un poco más lejos; después hizo lo mismo con el otro ojo y por último me la puso de frente y a distancia de un metro. A mí me amargaban mis pensamientos culpables. Una noche que estaba absorto escuchando al río, desconocí los pasos de Candelaria, me asusté y pegué una patada al balde de agua. Cuando la negra pasó dijo: “No te asustes, que ya volverá tu dueño”. Al otro día Alejandro me llevó a nadar al río; él iba encima mío y muy feliz en su bote caliente. A mí se me empezó a oprimir el corazón y casi en seguida sentí un silbido que me heló la sangre; yo daba vuelta mis orejas como si fueran periscopios. Y al fin llegó la voz de “él” gritando: “Ese caballo es mío”. Alejandro me sacó a la orilla y sin decir nada me hizo galopar hasta la casa de la maestra. El dueño venía corriendo detrás y no hubo tiempo de esconderme. Yo estaba inmóvil en mi cuerpo como si tuviera puesto un ropero. La maestra le ofreció comprarme. Él le contestó: “Cuando tenga sesenta pesos, que es lo que me costó a mí, vaya a buscarlo”. Alejandro me sacó el freno, añadido con cuerdas pero que era de él. El dueño me puso el que traía. La maestra entró en su dormitorio y yo alcancé a ver la boca cuadrada que puso Alejandro antes de echarse a llorar. A mí me temblaban las patas; pero él me dio un fuerte rebencazo y eché a andar. Apenas tuve tiempo de acordarme que yo no le había costado sesenta pesos: él me había cambiado por una pobre bicicleta celeste sin gomas ni inflador. Ahora empezó a desahogar su rabia pegándome seguido y con todas sus fuerzas. Yo me ahogaba porque estaba muy gordo. ¡Bastante que me había cuidado Alejandro! Además, yo había entrado a aquella casa por un éxito que ahora quería recordar y había conocido la felicidad hasta el momento en que ella me trajo pensamientos culpables. Ahora me empezaba a subir de las entrañas un mal humor inaguantable. Tenía mucha sed y recordaba que pronto cruzaría un arroyito donde un árbol estiraba un brazo seco casi hasta el centro del camino. La noche era de luna y de lejos vi brillar las piedras del arroyo como si fueran escamas. Casi sobre el arroyito empecé a detenerme; él comprendió y me empezó a pegar de nuevo. Por unos instantes me sentí invadido por sensaciones que se trababan en lucha como enemigos que se encuentran en la oscuridad y que primero se tantean olfateándose apresuradamente. Y en seguida me tiré para el lado del arroyito donde estaba el brazo seco del árbol. Él no tuvo tiempo más que para colgarse de la rama dejándome libre a mí; pero el brazo seco se partió y los dos cayeron al agua luchando entre las piedras. Yo me di vuelta y corrí hacia él en el momento en que él también se daba vuelta y salía de abajo de la rama. Alcancé a pisarlo cuando su cuerpo estaba de costado; mi pata resbaló sobre su espalda; pero con los dientes le mordí un pedazo de la garganta y otro pedazo de la nuca. Apreté con toda mi locura y me decidí a esperar, sin moverme. Al poco rato, y después de agitar un brazo, él también dejó de moverse. Yo sentía en mi boca su carne ácida y su barba me pinchaba la lengua. Ya había empezado a sentir el gusto a la sangre cuando vi que se manchaban el agua y las piedras.

Crucé varias veces el arroyito de un lado para otro sin saber qué hacer con mi libertad. Al fin decidí ir a lo de la maestra; pero a los pocos pasos me volví y tomé agua cerca del muerto.
Iba despacio porque estaba muy cansado; pero me sentía libre y sin miedo. ¡Qué contento se quedaría Alejandro! ¿Y ella? Cuando Alejandro me mostraba aquel retrato yo tenía remordimientos. Pero ahora, ¡cuánto deseaba tenerlo!

Llegué a la casa a pasos lentos; pensaba entrar al granero; pero sentí una discusión en el dormitorio de Tomasa. Oí la voz del novio hablando de los sesenta pesos; sin duda los que hubiera necesitado para comprarme. Yo ya iba a alegrarme de pensar que no les costaría nada, cuando sentí que él hablaba de casamiento; y al final, ya fuera de sí y en actitud de marcharse, dijo: “O el caballo o yo”.

Al principio la cabeza se me iba cayendo sobre la ventana colorada que daba al dormitorio de ella. Pero después, y en pocos instantes, decidí mi vida. Me iría. Había empezado a ser noble y no quería vivir en un aire que cada día se iría ensuciando más. Si me quedaba llegaría a ser un caballo indeseable. Ella misma tendría para mí, después, momentos de vacilación.

No sé bien cómo es que me fui. Pero por lo que más lamentaba no ser hombre era por no tener un bolsillo donde llevarme aquel retrato.

Fuente: Ciudad Seva

 Otros cuentos

Si te gustan los cuentos surrealistas, te recomiendo La dama oval de Leonora Carrington.

 

 

martes, 9 de junio de 2026

La dama oval de Leonora Carrington

 

Leonora Carrington

A continuación, te presento La dama oval de Leonora Carrington. En este cuento para adultos se presenta a Lucrecia, una joven extraña y melancólica que vive encerrada en una mansión elegante y opresiva bajo la autoridad cruel de su padre. La narradora descubre un mundo surrealista donde los juguetes parecen vivos, una urraca habla y Lucrecia imagina convertirse en caballo para escapar de la realidad y conservar su libertad infantil. Sin embargo, su padre le prohíbe ese juego y finalmente destruye a “Tártaro”, el caballo que simboliza su imaginación y su independencia. El significado del cuento gira alrededor de la represión de la fantasía, el control autoritario y el paso traumático de la infancia a la edad adulta: Lucrecia representa el deseo de libertad y creatividad, mientras que el padre encarna las normas rígidas y el poder que destruye la inocencia y obliga a abandonar el mundo mágico interior.

Tengo la impresión de que en este relato se esconde una especie de biografía emocional de la autora. Aunque la historia está construida desde lo fantástico y lo surrealista, muchos de los elementos parecen reflejar conflictos profundamente humanos; principalmente, la necesidad de escapar a través de la imaginación. En muchos casos, el dolor emocional provocado por traumas infantiles genera la necesidad de transformarlo en arte o en escritura, como si narrarlo fuera una forma de comprenderlo o sobrevivirlo.

Además, creo que la autora utiliza lo surrealista no para escapar de la realidad, sino para expresar emociones que resultarían difíciles de explicar de manera directa.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La dama oval

(Cuento completo)

Había una dama muy alta y delgada de pie junto a la ventana. La ventana era muy alta y delgada también. La dama tenía el rostro pálido y triste. Estaba inmóvil, y nada se movía en la ventana salvo la pluma de faisán que ella llevaba en el pelo. Esta pluma temblona atrajo mi mirada: ¡tanto se agitaba en esta ventana donde nada se movía!

Era la séptima vez que pasaba por delante de la ventana. La dama triste no se había movido; a pesar del frío de esa tarde, me detuve. Quizá los muebles eran tan altos y delgados como la ventana y la dama. Quizá el gato, si es que había un gato, se conformaba también a sus elegantes proporciones. Quería saberlo, me devoraba la curiosidad; un deseo irresistible de entrar en la casa, sólo para comprobarlo, se apoderó de mí.

Antes de saber exactamente lo que hacía, me hallaba en el vestíbulo. La puerta se cerró en silencio tras de mí, y por primera vez en mi vida me encontré en una morada suntuosa. Para empezar, reinaba un silencio tan distinguido que apenas me atrevía a respirar. Luego estaba la extrema elegancia de los muebles y los bibelots. Cada silla era lo que menos el doble de alta que una silla normal, y mucho más estrecha. Entre estos aristócratas, hasta los platos eran ovalados, no redondos como los de las personas corrientes. El salón, donde seguía la dama triste, estaba decorado con una chimenea; y había una mesa puesta con tazas de té y pastas. Cerca del fuego esperaba apaciblemente una tetera a que sirviesen su contenido.

Vista de espaldas, la dama parecía más alta aún. Lo menos medía tres metros. Yo no sabía cómo hacer para dirigirle la palabra. ¿Empezar comentando el tiempo, y decirle lo malo que hacía? Demasiado banal. ¿Hablarle de poesía? Pero ¿de qué poesía?

-Señora, ¿le gusta la poesía?

-No; odio la poesía –respondió con voz ahogada de aburrimiento, sin volverse hacia mí.

-Tome una taza de té, le sentara bien.

-Yo no bebo; yo no como. En protesta contra mi padre, el muy hijo de perra.

Tras un cuarto de hora de silencio, se volvió; y me dejó asombrada su juventud. Tendría quizá dieciséis años.

-Es muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años no era ni la mitad de alta que usted.

-Me da igual. Bueno, sírveme un poco de té, pero no lo digas a nadie. Tal vez me tome también una pasta de ésas; pero hagas lo que hagas, recuerda no decir nada.

Comió con un apetito absolutamente asombroso. Cuando iba por la pasta número veinte dijo:

-Aunque me muera de hambre, no se saldrá con la suya. Ya veo el cortejo fúnebre, con cuatro grandes caballos negros y relucientes. Van despacio, con mi pequeño ataúd blanco entre un montón de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Se echó a llorar.

-Mira el pequeño cadáver de la hermosa Lucrecia. Y ¿sabes una cosa?: una vez que estás muerta no hay mucho que hacer. Me gustaría morir de hambre, sólo para fastidiarle. ¡El cerdo!

Tras estas palabras, abandono lentamente la habitación. La seguí.

Cuando llegamos a la tercera planta, entramos en un inmenso cuarto de niños donde había centenares de juguetes rotos y destrozados, diseminados pro todas partes. Lucrecia se acercó a un caballo de madera. Pese a lo antiguo que era –no tendría menos de cien años-, estaba congelado en pleno galope.

-“Tártaro” es mi favorito –dijo, acariciando el hocico del caballo-. Detesta a mi padre.

“Tártaro” se meció graciosamente sobre sus balancines; y yo pregunté cómo podía moverse por sí solo. Lucrecia lo miró pensativa, juntando las manos.

-Irá lejísimos, así –dijo-. Y cuando vuelva, me contará cosas interesantes.

Al asomarme al exterior vi que estaba nevando. Hacía mucho frío, pero Lucrecia no lo notaba. Un leve ruido en la ventana atrajo mi atención.

-Es Matilde –dijo-. Debía haberle dejado la ventana abierta. Por otra parte, se sofoca una aquí –tras lo cual rompió los cristales, y entró la nieve junto con una urraca que dio tres vueltas volando a la habitación.

“Matilde habla como nosotros. Hace diez años que le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!

-Herrrmosa crrriatura –graznó Matilde con voz brujeril-. HHerrmosa crrriatura.

Matilde fue a posarse sobre la cabeza de “Tártaro”. El caballo seguía galopando suavemente. Estaba cubierto de nieve.

-¿Has venido a jugar con nosotras? –preguntó Lucrecia-. Me alegro, porque me aburro muchísimo aquí. Hagamos como que éramos caballos. Voy a convertirme en caballo con un poco de nieve, resultará más convincente. Tú serás caballo también, Matilde.

-Caballo, caballo, caballo –chilló Matilde, danzando histéricamente sobre la cabeza de “Tártaro”.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que era ya espesa, y rodó por ella gritando:

-¡Todos somos caballos!

Cuando se levantó, el efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era Lucrecia, habría jurado que se trataba de un caballo. Era hermoso, de un blanco cegador y con sus cuatro patas finas como agujas y una crin que le caía como agua alrededor de su larga cara. Se echó a reír de alegría y se puso a bailar locamente en la nieve.

-Galopa, galopa, “Tártaro”; pero yo iré más deprisa que tú.

“Tártaro” no modificó su marcha, pero sus ojos centellearon. No se le veían más que los ojos, dado que estaba cubierto de nieve. Matilde graznaba y se daba cabezazos contra las paredes. En cuanto a mí, bailaba una especie de polca para no perecer de frío.

De repente, observé que la puerta estaba abierta y que había una vieja enmarcada en el vano. Llevaba allí mucho rato, quizá, sin que yo me hubiese percatado. Observaba a Lucrecia con expresión de desagrado.

-Pare ahora mismo –gritó, temblando súbitamente de furor-. ¿Qué es todo esto? ¿Eh, señoritas? Lucrecia, ¿no sabe usted que su padre le tiene rigurosamente prohibido este juego? ¡Es un juego ridículo! Ya no es usted una niña.

Lucrecia seguía bailando, largando sus cuatro patas peligrosamente cerca de la vieja; su risa era estridente.

¡Pare, Lucrecia!

La voz de Lucrecia se volvía cada vez más aguda; se desternillaba de risa.

-Muy bien –dijo la vieja-; con que no me quiere obedecer. ¿eh? Muy bien, pues lo lamentará. Voy a llevarla a su padre.

Tenía una de sus manos escondida detrás de la espalda; pero con una rapidez asombrosa en una persona tan vieja, saltó sobre el lomo de Lucrecia y le metió a la fuerza el freno entre los dientes. Lucrecia saltó en el aire relinchando de rabia, pero la vieja se sujetó a ella. Después nos agarró a cada una de nosotras, a mi por el pelo y a Matilde por la cabeza, e iniciamos las cuatro una danza frenética. En el corredor Lucrecia daba coces en todas direcciones, destrozando cuadros y sillas y piezas de porcelana. La vieja se sujetaba a su lomo como una lapa a la roca. Yo estaba cubierta de heridas y magulladuras, y pensaba que Matilde había muerto, porque la mano de la vieja la agitaba lastimosamente como un trapo.

Llegamos al comedor en una auténtica orgía de alboroto. Sentado a la cabecera de una mesa larga, un señor anciano, con la figura más geométrica del mundo, acababa de comer. De repente, se hizo un completo silencio en la habitación. Lucrecia miró a su padre con gesto arrogante.

-Así que vuelves a las andadas –dijo él, cascando una avellana-. Ha hecho bien señorita De la Rochefroide en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí que jugaras a los caballos. Es la séptima vez que tengo que castigarte, y sin duda sabes que en nuestra familia, el siete es el último número. Me temo, mi querida Lucrecia, que esta vez te tengo que castigar con bastante severidad.

La joven, que había adoptado aspecto de caballo, no se movió; pero le temblaban los ollares.

-Lo que voy a ha hacer es sólo por tu bien, cariño –su voz era muy suave-. Eres demasiado mayor para jugar con “Tártaro”. “Tártaro” es para los niños. Así que voy a quemarlo, hasta que no quede nada de él.

Lucrecia profirió un alarido terrible y cayó de rodillas.

-Eso no, papá; eso no.

El anciano sonrió con gran suavidad y cascó otra avellana.

-Es la séptima vez, cariño.

De los grandes ojos del caballo brotaron lágrimas que excavaron dos surcos en sus mejillas de nieve. Lucrecia se volvió tan deslumbrantemente blanca que brillaba como una estrella.

-Piedad, papá, piedad. No quemes a “Tártaro”.

Su voz se fue volviendo más débil cada vez, y no tardó en encontrarse de rodillas en un charco de agua; yo tenía miedo de que fuera a derretirse del todo.

-Mademoiselle De la Rochefroide, llévese a la señorita Lucrecia –dijo el padre, y la vieja hizo salir a la temblorosa criatura, que había vuelto delgadísima, de la habitación.

Creo que no notó mi presencia. Me escondí detrás de la puerta y oí subir al anciano al cuarto de los niños. Poco después me taponé los oídos con los dedos; porque arriba se oían los relinchos más espantosos, como si un animal estuviese sufriendo torturas extremas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos Fragmentos de El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky.

sábado, 6 de junio de 2026

Fragmentos de El tesoro de la sombra por Alejandro Jodorowsky

Alejandro Jodorowsky

A continuación, me gustaría compartir algunos Fragmentos de El tesoro de la sombra por Alejandro Jodorowsky. Este libro recopila cerca de 200 historias breves, fábulas, aforismos y reflexiones. A través de ellas, el autor invita a un viaje introspectivo para explorar nuestro lado oscuro y enfrentar nuestros miedos internos. El título El tesoro de la sombra y su sinopsis me recuerdan a la teoría de la sombra de Carl Gustav Jung, ya que ambos plantean la idea de explorar nuestro lado oscuro y enfrentar los miedos internos para conocernos mejor. 

La “sombra” representa aquellas partes de nosotros que reprimimos o evitamos ver, y el libro parece mostrar que justamente en esa oscuridad puede encontrarse un “tesoro”: crecimiento personal, autoconocimiento y transformación interior. Estos fragmentos puedes escucharlos en YouTube y Spotify.

En cuanto al autor de este libro, Alejandro Jodorowsky, es un artista, escritor y cineasta chileno-francés conocido por su carrera multidisciplinar, sus obras surrealistas y por crear la psicomagia, una técnica que une arte y misticismo.

 

Fragmentos de El tesoro de la sombra

Ideal loco

Un arquero quiso cazar a la luna. Noche tras noche, sin descansar, lanzó sus flechas hacia el astro. Los vecinos comenzaron a burlarse de él. Inmutable, siguió lanzando sus flechas. Nunca cazó a la luna, pero se convirtió en el mejor arquero del mundo.

 

Arte marcial

Una vez le preguntaron a un guerrero invencible por qué se paseaba por las calles con un aire tan humilde. Mostró una mano extendida y contestó: “Mis dedos son cinco señores. Estos cinco señores se inclinan ante mí”. Fue cerrando la mano hasta convertirla en un puño. “Mientras más humildes se hacen, más fuerza me dan”.

 

Adán, poeta

Quiso decir “fuego”, le salió una llamarada por la boca. Con terror dijo “abejas”, vomitó un enjambre. Ya más cauteloso murmuró “trigo”, la lengua se le cubrió de semillas. Estuvo tentado de decir diamantes, perlas, oro, pero aquello se le mezcló con tarántulas, tigres, excremento. Después de horas de mudez, concretando sus ensueños, exclamó “¡Eva!”. Le vino un dolor atroz a las mandíbulas, la boca se le fue abriendo de más en más. Mientras una cabeza provista de abundante cabellera comenzaba a surgir partiéndole los dientes, fue perdiendo la respiración y luego la conciencia. El cuerpo de la hermosa mujer, formada con los huesos y la carne de aquel primer hombre, surgió de la piel vacía.

 

Ser y parecer

Aquella sombra trabajó esforzadamente la mayor parte de su vida, privándose de lujos y placeres. Al fin reunió la suma que necesitaba para comprarse un cuerpo de carne y hueso. Con gran orgullo se lo pegó en los pies y lo obligó a hacer todo tipo de actividades inútiles sólo para lucir su posesión ante las demás sombras que, cansadas de manejar tantos años sus cuerpos, los movían siguiendo un diagrama de gestos banales y fáciles de ejecutar.

 

La libertad

El hombre libre tenía junto a su camino mil otros caminos. Aunque podía elegir cualquiera de ellos, no lo hizo. Siguió por donde iba.

 

Pesadilla

El viejo sabio se despertó lanzando un alarido. Había soñado que la realidad era real.

 

Un cobarde

Para esconderse de su enemigo caminó toda su vida detrás de él.

 

Cuento de hadas

Una rana que lleva una corona en la cabeza le dice a un señor: “Béseme, por favor”. El señor piensa: “Este animal está encantado. Puede convertirse en una hermosa princesa, heredera de un reino. Nos casaremos y seré rico”. Besa a la rana. Al instante mismo se encuentra convertido en un sapo viscoso. La rana exclama, feliz: “¡Amor mío, hace tanto tiempo que estabas encantado, pero al fin te pude salvar!”.

 

Inversamente proporcional

Un señor utiliza sus energías en coleccionar objetos. Otro decide eliminar los que tiene. Cuando no le quedan objetos materiales, comienza a eliminar movimientos, ideas, recuerdos, sentimientos, que considera innecesarios. Llega a una inmovilidad completa. El coleccionista lo recoge para colocarlo en un gran armario entre sus otros objetos.

 

Dentrofuera

Iba atravesando el desierto. No sabía si el cuerpo que lo llevaba era suyo. No necesitaba darle órdenes: avanzaba en línea recta, dando pasos regulares, siempre con el mismo ritmo. La extensión de arena llegaba hasta el horizonte. Sentía la garganta reseca y la lengua hinchada, pero ese dolor no era suyo. Se había despertado bruscamente dentro de un organismo ajeno que marchaba desnudo por el desierto. Quizás durmiéndose otra vez lograría escapar. Trató. Imposible. Quiso que los pasos cesaran. Tampoco pudo. Luchó por concentrarse en un solo átomo para tocar cada vez menos aquella prisión de carne. Así lo hizo. Al cabo de recorrer innumerables kilómetros, el cuerpo estornudó. Salió disparado por la nariz. Millares de millones de metros cúbicos de arena lo tragaron. Ahora, su cárcel era ese desierto infinito, plano, sin plantas ni animales, con un solo cuerpo humano recorriéndolo en línea recta.

 

Ausencia

—Maestro, ¿dónde está Dios?

—Aquí mismo.

—¿Dónde está el paraíso?

—Aquí mismo.

—¿Y el infierno?

—Aquí mismo. Todo está aquí mismo. El presente, el pasado, el futuro, están aquí mismo. Aquí está la vida y aquí está la muerte. Es aquí donde los contrarios se confunden.

—¿Y yo dónde estoy?

—Tú eres el único que no está aquí.

 

Fuente: Latin American Literature Today

 

Otras recomendaciones

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo La marcha del caracol de Carlos Fuentes

 

jueves, 4 de junio de 2026

La marcha del caracol de Carlos Fuentes

 

Carlos Fuentes

A continuación, te presento La marcha del caracol, un microrrelato escondido de Carlos Fuentes, hallado por Ernesto Bustos Garrido en la novela Cambio de piel, Alfaguara, 1997.  En este relato para adultos de Carlos Fuentes se presenta una escena íntima y aparentemente cotidiana en la habitación de un hotel, donde la observación lenta de unos caracoles refleja las emociones y tensiones silenciosas entre los personajes. A través de una descripción minuciosa y simbólica, el cuento transmite una atmósfera de deseo, distancia y contemplación, mostrando cómo los pequeños detalles pueden revelar aspectos profundos de las relaciones humanas y del paso del tiempo.

En cuanto al autor, Carlos Fuentes fue un destacado escritor y ensayista mexicano, pilar fundamental del Boom latinoamericano. Cosmopolita y profundamente comprometido con la identidad y la historia de su país, Fuentes renovó la narrativa en español con obras maestras como La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Aura (1962). Este microrrelato de Carlos Fuentes puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La marcha del caracol

Carlos Fuentes

Me ibas a contar algún día, Elizabeth, que el caracol avanzó por la pared y tú, desde la cama, levantaste la cabeza y prim

ero viste la estela plateada del molusco, la seguiste con la mirada tan lentamente que tardaste varios segundos en llegar al caparazón opaco que se desplazaba por la pared del cuarto del hotel. Te sentías adormilada y estabas ahí, con el cuello alargado y las manos escondidas en las axilas; sólo viste un caracol sobre el muro de pintura verde desflecada. Javier había manipulado las persianas y el cuarto estaba en penumbra. Ahora desempacaba. Tú, recortada en la cama, lo viste librar las correas de esta maleta de cuero azul, correr el zipper y levantar la tapa. Al mismo tiempo, Javier levantó la cabeza y vio otro caracol, éste veteado de gris, que permanecía inmóvil, escondido dentro de su caparazón. El primer caracol se iba acercando al detenido. Javier bajó la mirada y admiró el perfecto orden con que había dispuesto las prendas que escogió para el viaje. Tú doblaste la rodilla hasta unir el talón a la nalga y te diste cuenta de que había otro caracol sobre la pared. El primero se detuvo cerca del segundo y asomó a cabeza con los cuatro tentáculos. Tú te alisaste la falda con la mano y viste la boca del caracol, rasgada en medio de esa cabeza húmeda y corneada. El otro caracol asomó la cabeza. Las dos conchas parecían hélices pegadas a la pared y derramaban su baba. Los tentáculos hicieron contacto. Tú abriste los ojos y quisiste escuchar mejor, microscópicamente. Los dos cuerpos blancos y babosos salieron lentamente de las conchas y en seguida, con el suave vigor de sus pieles lisas, se trenzaron. Javier, de pie, los miró y tú, recostada, soltaste los brazos. Los moluscos temblaron ligeramente antes de zafarse con lentitud y observarse por un momento y luego regresaron sus cuerpos secos y arrugados a las cuevas húmedas del caparazón. Alargaste la mano y encontraste un paquete de cigarrillos sobre la mesa de noche. Encendiste uno, frunciste el entrecejo. Javier sacó de la maleta los pantalones de lino azul, los de lino crema, los de seda gris y los estiró, pasó la mano sobre las arrugas y los colgó en los ganchos que sonaron como cascabeles de fierro cuando abrió el armario del año de la nana, los corrió, escogió los menos torcidos y regresó a la maleta detenida sobre el borde de la cama. Tú observaste todos sus movimientos y reíste con el cigarrillo apoyado contra la mejilla.

 

–Cualquiera diría que piensas quedarte a vivir aquí.

Fuente: Narrativa breve

Otros cuentos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo "El hombre que riñe con los gatos" de Mark Twain.

 

martes, 2 de junio de 2026

El hombre que riñe con los gatos de Mark Twain

 

Mark Twain

A continuación, te presento “El hombre que riñe con los gatos”, de Mark Twain. En este cuento para adultos, se muestra de forma humorística a un hombre llamado Smith que intenta desmentir una noticia absurda publicada en un periódico, pero termina enredándose cada vez más por culpa de juegos de palabras y respuestas irónicas de los periodistas. Sin revelar demasiado, el cuento muestra cómo el lenguaje puede manipularse para confundir, ridiculizar o evitar la verdad. Su significado gira en torno a la sátira del periodismo sensacionalista y de las discusiones inútiles: mientras Smith intenta defender su dignidad, los redactores deforman constantemente sus palabras hasta convertirlo en objeto de burla. Twain critica así la mala fe, la manipulación verbal y lo difícil que puede ser combatir una mentira cuando quien la controla domina también la conversación.

En cuanto al autor de este cuento, Mark Twain fue novelista, cuentista, periodista y humorista, y está considerado una de las figuras más influyentes de la literatura estadounidense. Destacó por su estilo satírico, su dominio del lenguaje coloquial y su aguda crítica social, además de crear obras que, más de un siglo después de su muerte, continúan siendo referentes culturales y literarios.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify

El hombre que riñe con los gatos

[Cuento - Texto completo]

A falta de otra cosa, contamos una vez en nuestro periódico la aventura de un desgraciado que, según nuestro relato, para poner término al infernal estrépito de unos gatos enamorados, se había encaramado en camisa en el tejado la noche del 31 de diciembre, provisto de zapatos viejos a guisa de proyectiles. Después de haber continuado la caza airadamente sobre siete u ocho tejados, el hombre se había resbalado por un tragaluz y había caído en una habitación desconocida, de la que escapó perseguido por un hombre espantado, teniendo que ocultarse tras una chimenea y esperar el alba tiritando, con miedo de que la policía lo descubriese y le descerrajase un tiro. El episodio era pura invención, y al héroe se le había dado un nombre cualquiera muy común: el de Smith; pero una semana después, entró en la redacción un anciano caballero, en cuya fisonomía se pintaba formidable ingenuidad. Se llamaba Smith, vivía en una casa como la descrita en el cuento, y venía a declarar que la anécdota era completamente falsa y extremadamente ofensiva para él.

-Cuide mucho, querido señor -le dijimos, mirándolo fríamente- cuide mucho cómo habla. Conocemos a fondo todas las circunstancias del hecho. ¿Querría usted negar, acaso, que ha andado a zapatazos con aquellos gatos?

-¡Nunca! ¡Nunca! -exclamó Smith-. En mi vida he estado sobre ningún tejado en camisa.

-Y nadie ha dicho que usted haya estado. ¿Quién diablo ha oído hablar nunca de tejados en camisa? Sería un tejado muy raro, por cierto.

-Quiero decir -replicó Smith- que no es verdad que yo haya saltado de la cama en camisa.

-Tampoco encontrará usted eso en el periódico. ¿Dónde hay camas en camisa?

-¡Pardiez! -objetó Smith-. Lo que quiero decir es que nunca he pegado a los gatos en camisa.

-Y se comprende, querido señor. Y ¡ojalá no tenga usted nunca que tratar con gatos en camisa, ni siquiera en pantalones!

-Pero, ¡por Dios! -imploró Smith, esforzándose por permanecer tranquilo-. Ustedes han escrito que yo he salido al tejado con mi camisa solamente para espantar a los gatos.

-Dispense usted. Nosotros no hemos dicho que usted se haya puesto la camisa solamente con ese objeto, ni menos nos hemos metido en si la camisa era o no la suya. Por lo que sabemos de ella, podría ser hasta la camisa de Mahoma.

-Pero si, según ustedes, yo he puesto en fuga a los gatos con zapatos viejos.

-Nosotros no hemos hablado de gatos con zapatos.

-¡No quieren entenderme! -aulló Smith, exasperado-. Nunca jamás he tenido que hacer con gatos en los tejados, ni he tirado zapatos en camisa.

-Señor Smith, ¡seamos formales! Si puede usted indicar un párrafo del periódico en que se le acuse de poner camisas a los zapatos para tirarlas a los gatos, estamos prontos a escribir una apología de cuatro columnas, y además, cuando muera, le haremos un monumento. Usted no puede ser capaz de semejantes extravagancias… ¡Oh, no!

-¡Dios los maldiga! -rugió Smith-. Yo le digo que todo el maldito relato de la caza gatuna y del tirar zapatos, y del quedarme en el tejado pegado a la chimenea para estar caliente, es una calumnia descarada.

-¿Y para qué pegarse a la chimenea sino para calentarse?

-Yo no me he pegado a la chimenea. Yo no he visto acabar el año sobre el tejado, pegado a la chimenea.

-Pero vea usted, señor Smith, vea usted. ¿Cuándo hemos dicho nosotros que el año haya concluido sobre el tejado pegado a la chimenea? Usted desvaría, señor Smith.

-¡Basta! ¡Lo veremos! -gritó Smith, furibundo-. ¡Yo no he tirado zapatos! ¡Nada es verdad! ¡Toda la noche he estado en la cama! ¡Quiero una rectificación! ¡Quiero una rectificación… sí, los acuso de libelistas! ¡Los acuso, los acuso!

Y el pobre Smith salió frenético. Queriendo darle una especie de reparación, preparamos la rectificación siguiente:

Para aquellos a quienes pueda interesar. Sepan todos por la presente declaración que si se ha hecho alguna de las siguientes afirmaciones en estas columnas, la retractamos y la declaramos inexacta. Que un hombre llamado Smith, y que vive en la calle X, tenga un tejado en camisa; que el llamado Smith tenga la costumbre de hacer frente a legiones enteras de gatos en camisa, y los desafíe y combata; que vista los zapatos con camisas; que haya visto al año último espirar adosado a una chimenea; que haya encontrado gatos en zapatos; que acostumbre a tirar tragaluces por el aire; que se haya puesto la camisa propia para combatir a los gatos, o haya hecho otra cosa durante los últimos seis meses que dormir como un lirón, excepto una noche en que le pareció sentir ladrones en casa y mandó a su encuentro a su mujer, armada con el asador, mientras él se echaba a temblar y ponía las sábanas sobre la cabeza.

Fuente: Ciudad Seva


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo La canción de los domingos de Liliana Heker.

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

La música de los domingos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, te presento La música de los domingos de Liliana Heker. En este relato, la autora nos sumerge en la intimidad de una familia que intenta complacer el extraño capricho de un abuelo nostálgico, quien asegura que a sus tardes les falta una melodía invisible que solo existía en los barrios de antes. Lo que comienza como un esfuerzo casi cómico por recrear un ambiente de radio y fútbol, termina convirtiéndose en una revelación sobre la identidad y la memoria colectiva; el cuento nos enseña que esa "música" no es más que la conexión humana y el sentido de pertenencia que a veces perdemos en la modernidad, recordándonos que la felicidad puede ser fugaz, pero se vuelve eterna cuando se comparte a través de la tradición y el afecto. Este cuento para adultos lo puedes escuchar en YouTube y Spotify.

 

La música de los domingos

Cuento completo

Había un momento de la tarde —podían ser las cuatro, tal vez las cinco si era verano— en que el viejo se pegaba a la ventana, la cabeza un poco ladeada, la mano haciendo de pantalla contra la oreja, y con voz de velorio decía: Lástima la música. Eso, después que nosotros nos habíamos pasado las horas meta Magaldi, meta Charlo, todo ese revival para tenerlo contento porque (como dijo una vez tía Lucrecia) un domingo de mala muerte que lo traemos bien podemos hacer un pequeño sacrificio con tal de verlo feliz. (Para pequeño sacrificio le sobraba una sota: como al viejo le hacía falta no sé qué calor humano para vivir el fútbol como Dios manda, nos teníamos que clavar todos hasta la doce de la noche, porque con los del Hogar —decía— no quería sentarse ni a ver la tabla de posiciones, todos viejos chotos, y que una vez un vasco se entusiasmó tanto con un gol de chilena que dio un tremendo salto para atrás, se fue de nuca al suelo, y ahora está viendo cómo crecen los rabanitos desde abajo. Así que a la noche teníamos que instalarnos todos frente al televisor —mamá, papá, tía Lucrecia, tío Antonito, yo y hasta los mellizos—, rodeándolo al viejo que para la ocasión se calzaba en la cabeza un pañuelo con las cuatro puntas atadas y, a falta de chuenga, masticaba un pedazo de neumático; ni hablar de cuando jugaba Boca: se zampaba la camiseta azul y oro y ni el tío Antonito, que es fanático de River, podía decir —valga la contradicción— esta boca es mía; la única vez que se animó a porfiar que un gol de no sé quién había sido en orsai el viejo se le fue encima tan fiero que si no iban a pararlo los mellizos —que aunque usan arito y el pelo hasta la cintura son la debilidad del viejo— el tío Antonito termina haciéndole compañía al que festejó la chilena).

       Si es por música, entonces, no se podía quejar. Así que cuando empezó con la letanía de “lástima la música” todo lo que hicimos fue comentar que estaba chiflado y no darle más vueltas al asunto. Hasta que una tarde el tío Antonito, que ya estaba harto de tanto Corsini y sobre todo estaba harto de que el viejo, cada vez que lo veía aparecer, le cantara aquello de Tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en una silla, perdió la paciencia y, apenas escuchó “lástima la música”, le dijo: ¿Contra qué música está refunfuñando, viejo?, si acá la única música que se escucha todo el día es la que usted. Pero el viejo no lo dejó terminar; levantó la mano con autoridad para que se callase y, como sobrándolo, le dijo: No hablo de la música que se escucha, Antonito; hablo de la que falta.

       Creo que si era por nosotros la historia se cerraba ahí mismo. Yo, al menos, reconozco que no sentí el más mínimo interés en averiguar cuál era esa bendita música que le faltaba al viejo; ya me estaba cansando de sus caprichos; no es muy grato para una mujer casadera quedarse junto a su abuelo hasta las doce de la noche vociferando los goles como una desgraciada sólo para que él se sienta acompañado. El tío Antonito lo expresó sin eufemismos: Si ahora viene con que le falta no sé qué música, que se vaya a buscarla a la concha de su hermana. Pero los mellizos no son de los que se rinden así como así. Lo volvieron loco al viejo hasta que un buen día les dijo: ¿Y qué música iba a ser la que falta? La música de los domingos.

       Parece que poco a poco fueron entendiendo qué quería decir el viejo con “música de los domingos”, algo que en otros tiempos había estado en todas partes, dijo, y que se podía escuchar desde que uno se levantaba. Como una comunión o una sinfonía, parece que dijo, y que terminaba recién al caer la noche con la vuelta de los últimos camiones. ¿Qué camiones?, les pregunté yo a los mellizos. Pero la explicación casi ni la pude escuchar, tanto se reían los mellizos tratando de representar a unos camiones que hacían música.

       A la otra semana se vinieron con la novedad: para el cumpleaños del viejo (caía domingo) le iban a regalar eso que él llamaba “la música de los domingos”; ya tenían apalabrada a la gente de la cuadra: todo lo que debíamos hacer era convencerlo al viejo de que esta vez el festejo iba a ser en la casa de los mellizos (viven en una especie de conventillo, por Paternal) y traer la comida; todo lo demás corría por cuenta de ellos.

       Protestamos, claro, pero con los mellizos no se puede. Así que el domingo ahí estábamos con los fuentones, mamá, tía Lucrecia, tío Antonito y yo, esperando que llegara papá con el viejo. Los mellizos le habían encargado a papá que lo fuera a buscar lo más tarde posible, y papá cumplió, pero no fue una buena idea: el viejo llegó con un humor de perros, no saludó a nadie, y lo primero que dijo fue que ahora hasta los barrios eran una porquería. Ya no hay comunión, dijo, la gente no armoniza, y que hoy en día cada uno se rascaba para sí. No fue un comienzo alentador, y lo que siguió fue peor. Yo, durante todo el almuerzo, me estuve preguntando qué hacía en este conventillo el domingo entero, todo por darle el gusto a un viejo fabulador y desagradecido. Cuando llegó el café ya me había hecho la firme promesa de que éste sería el último domingo que pasaba con el viejo (y en realidad lo fue). Tal vez todos estaban pensando lo mismo porque de pronto nos quedamos en silencio. Y fue en medio de ese silencio que, desde la ventana, llegó el sonido de la radio. Transmitía, con un volumen más alto que el habitual, algo que me pareció el clásico de Avellaneda. Ves, abuelo, ves que teníamos razón, dijo uno de los mellizos; ¿ves que en los barrios todavía se puede escuchar la música? El simulacro había empezado. Nos miramos con resignación porque ya sabíamos por los mellizos lo que nos esperaba: varias radios a buen volumen transmitiendo distintos partidos detrás de las ventanas, dos o tres muchachos en una puerta entonando el cantito que le gusta al viejo, unos chicos, en algún lugar bien audible, jugando un picado. Y nosotros, como idiotas, vareándolo al viejo. Qué música ni música, dijo el viejo; ¿vos acaso te creés que una golondrina hace verano? Ahí tuve ganas de mandar todo al diablo e irme, pero los mellizos como si nada, empezaron a porfiarle que no, que la música de los domingos no había desaparecido, que en los barrios aún podía escucharse con sólo salir a la calle. Y ahí nomás, como por casualidad, nos proponen que salgamos todos a dar una vuelta, a ver si no era cierto. Empieza el show, me dijo mamá en el oído, y el tío Antonito resoplaba de rabia.

       Salimos todos, como en procesión. Abriendo la marcha, los mellizos; detrás papá, tratando de tranquilizarlo al tío Antonito, después venía tía Lucrecia con el viejo. A mí, en el momento de salir, mamá me había agarrado de un brazo y me había dicho: Vení, nosotras dos separémonos un poco que esto es lo más ridículo que vi en mi vida. Así que veníamos atrás de todo.

       Caminábamos muy despacio, siguiendo a los mellizos. Las radios se empezaron a oír enseguida. Una o dos desde enfrente, otra, a todo lo que daba, atrás de nosotros, algunas, todavía débiles, adelante. Del otro lado de un paredón se escucharon voces de chicos; decían pasámela a mí, decían dale, morfón. Tres muchachos sentados en el umbral de un portón, justo cuando pasábamos empezaron a cantar: Tenemos un arquero / que es una maravilla / ataja los penales / sentado en una silla / si la silla se rompe / le damos chocolate / arriba Boca Júnior / abajo River Plate. Le miré el perfil al viejo; por primera vez en esa tarde me pareció que sonreía. De alguna casa llegó una ovación; el eco, en la calle, pareció extenderse. El griterío de los chicos del otro lado de la tapia se hizo más intenso, más pasional, como si ahora ya no se tratara de una representación sino de algo en lo que tal vez se jugaba el destino. La tarde se aquietó, los colectivos y los autos dejaron de escucharse, las voces de las radios se hicieron más altas, más numerosas, decían se anticipa el Negro Palma, decían avanza Francéscoli, decían cabezazo de Gorosito, la espera Márcico; escuché, me pareció escuchar, el nombre de Rattin, pero no podía ser, ¿no era el que el viejo contaba que allá por los sesenta le hizo el corte de manga a la Reina?; escuché recibe Moreno con el pecho, la duerme con la zurda, gira y… ¡Goool!, gritaron los muchachos del portón, ¡goool! llegó desde las ventanas de la cuadra, o desde la otra manzana, o desde más lejos aún. Y algo del grito perduró, quedó como suspendido en el aire, lo vi en la cara de papá, y en la de tía Lucrecia, hasta el tío Antonito parecía percibirlo, una cosa que iba tramándose como una red y que daba la impresión de unirnos en la amigable tarde de domingo. Mamá me apretó el brazo, los mellizos se miraron con ojos alucinados, el viejo movía la cabeza como quien dice, era cierto entonces, la música estaba, la música estaba todavía. Los del paredón aullaron, los de las casas se pusieron a discutir de balcón a balcón, mamita, mamita, se acercó un chico gritando, una madre asustada dejó el piletón, gambetas como filigranas fueron festejadas en baldíos y campitos, Oléee, olé-olé-olá, corearon las tribunas, Y ya lo ve, y ya lo ve, gritaron en las calles, que esta barra quilombera no te deja de alentar, se cantó en los zaguanes, en las azoteas, en los patios de las casas. Y un ruido bamboleante vino creciendo desde lejos, un murmullo cada vez más poderoso que llegaba desde el confín de la tarde, desde la hora en que se escuchaban los bailables y empezaban a amasarse, alegre o amargamente, los episodios del domingo que acababa. Los vimos acercarse cada vez más nítidos en la luz confusa del atardecer, haciendo sonar rítmicamente sus bocinas, desbordantes de gente que agitaba banderas blanquicelestes, azul-rojas, rojiblancas, auriazules, toda la ciudad se puso de fiesta para recibirlos, era un diapasón, o era un unánime corazón celebrante.

       Después llegaría la melancolía de los lunes, después vendrían historias de miedo y de muerte, después cerraríamos para siempre los ojos del viejo. Pero nosotros ya sabemos que, bajo un cielo remoto de domingo, hubo una vez una música por la que fuimos fugazmente apacibles y felices.

 

Fuente: Lecturia.org

 

Otras recomendaciones

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo una selección de los mejores microrrelatosen español.

jueves, 28 de mayo de 2026

Selección de los mejores microrrelatos en español

 

Selección de los mejores microrrelatos en español

Entre unas pocas líneas puede esconderse un universo entero. Los microrrelatos no necesitan extenderse para golpearnos, inquietarnos o dejarnos pensando durante horas. Basta una imagen, una frase precisa, un final inesperado. En ese territorio mínimo conviven los sueños infinitos de Borges, las paradojas de Monterroso, la ironía de Shua, el horror cotidiano de Gómez de la Serna y la poesía cruel de Jodorowsky.

Esta selección reúne algunos de los mejores microrrelatos en español: textos breves que condensan mundos completos, capaces de abrir preguntas enormes en apenas un párrafo. Aquí encontrarás muerte, humor, amor, miedo, destino y fantasía; historias que juegan con el tiempo, la memoria y el lenguaje, demostrando que la literatura no depende de la cantidad de palabras, sino de la intensidad con la que permanecen en nosotros. Porque a veces una sola página basta para decirlo todo. 

Puedes escucharlos en YouTube y Spotify


Microrrelatos 

UN SUEÑO - JORGE LUIS BORGES

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular...El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

EL POZO - LUIS MATEO DÍEZ

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. "Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

LA MANO - RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado. Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino. La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.

Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte. ¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano? Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».

CARTA DEL ENAMORADO - JUAN JOSÉ MILLÁS

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

LA MUERTE EN SAMARRA - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (Adaptación)

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.

-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

-Huye a Samarra.

El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.

-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.

-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

LA MANZANA - ANA MARÍA SHUA

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

EL EMPERADOR DE CHINA - MARCO DENEVI

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo - Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.

El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

CALIDAD Y CANTIDAD - ALEJANDRO JODOROWSKY

No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO - JOSÉ LEANDRO URBINA

Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...

- ¿Dónde está tu padre? - preguntó

- Está en el cielo - susurró él.

- ¿Cómo? ¿Ha muerto? - preguntó asombrado el capitán.

- No - dijo el niño -. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros. El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

AMENAZAS - WILLIAM OSPINA

-Te devoraré -dijo la pantera.

-Peor para ti -dijo la espada.

ESTE TIPO ES UNA MINA - LUISA VALENZUELA

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

EL RAYO QUE CAYÓ DOS VECES EN EL MISMO SITIO-AUGUSTO MONTERROSO

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.

 

Otros microrrelatos recomendados

Si te gustan los microrrelatos, te recomiendo unos maravillosos de Borges.

 

La mujer parecida a mí de Felisberto Hernández

    Felisberto Hernández A continuación, te presento un cuento surrealista de Felisberto Hernández : La mujer parecida a mí . En este cu...