Kate Chopin
A continuación, te presento un relato de Kate Chopin, una escritora estadounidense, considerada una precursora de la narrativa feminista y regionalista del sur de Estados Unidos. En Historia de una hora, Louise Mallard recibe la noticia de que su esposo ha muerto en un accidente y, después de un momento de dolor, descubre que siente una profunda libertad al imaginar una vida en la que podrá tomar sus propias decisiones sin depender de la voluntad de otra persona. Sin embargo, su esperanza desaparece cuando su marido regresa vivo a casa, pues la impresión le provoca la muerte.
El significado del cuento es una crítica a la falta de libertad de las mujeres dentro del matrimonio en la sociedad de la época, donde sus deseos y decisiones estaban frecuentemente subordinados a los de sus esposos. La ironía del final, cuando los médicos afirman que Louise murió de alegría, contrasta con lo que el lector sabe: su muerte puede interpretarse como el resultado de perder repentinamente la libertad que acababa de descubrir.
Este relato de Kate Chopin puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Historia de una hora
[Cuento completo de Kate Chopin]
Sabiendo
que la señora Mallard padecía de problemas del corazón, se tomaron muchas
precauciones para trasmitirle, de la forma más suave posible, la noticia de que
su marido había muerto.
Se
lo dijo su hermana Josephine con frases entrecortadas e insinuaciones opacas
que revelaban y ocultaban a medias. Richards, el amigo de su marido, también se
encontraba allí, junto a ella. Fue él quien había estado en la redacción del
periódico cuando llegó la noticia del accidente ferroviario, cuya lista de
“víctimas” encabezaba Brently Mallard. Esperó tan solo a que la veracidad de
esta fuera corroborada por un segundo telegrama y se apresuró para evitar que
otro amigo menos cuidadoso y cariñoso fuera el portador de tan triste mensaje.
Ella
no escuchó la historia como lo han hecho muchas otras mujeres, con una
incapacidad paralizante para aceptar su significado. Rompió a llorar de
inmediato en los brazos de su hermana, con un repentino y salvaje abandono.
Cuando la tormenta de dolor amainó se retiró sola a su habitación. No permitió
que nadie la siguiera.
Frente
a la ventana abierta había un cómodo y espacioso sillón. Se hundió en él, presa
de un agotamiento físico que inmovilizó su cuerpo y parecía querer alcanzar su
alma.
En
la plaza que había frente a su casa podía ver las copas de los árboles
temblando ante la reciente llegada de la primavera. En el aire flotaba un
delicioso aroma de lluvia. En la calle, un vendedor ambulante anunciaba su
mercancía. Las notas de una melodía lejana que alguien estaba cantando llegaron
levemente a sus oídos y multitud de gorriones trinaban en los aleros.
Aquí
y allá podían verse retazos de cielo azulado entre las nubes que chocaban entre
sí y se apilaban en el poniente.
Se
sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín del sillón, quieta excepto
cuando un sollozo trepaba por su garganta y la sacudía, como si fuera una niña
que ha llorado hasta quedarse dormida y prosigue su llanto entre sueños.
Era
una mujer joven, con un bello y calmado rostro y unas facciones que dejaban
entrever contención e incluso cierto temperamento. Sin embargo, sus ojos
carecían de brillo en aquellos momentos, su mirada clavada en la lejanía, en
uno de aquellos retazos de cielo azulado. No era una mirada reflexiva, sino que
indicaba la suspensión de cualquier pensamiento inteligente.
Algo
iba a sobrevenirle y estaba esperándolo con temor. ¿Qué sería? Lo desconocía,
pues era demasiado sutil y esquivo para ponerle nombre. Pero lo sentía aparecer
furtivamente del cielo para alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el
color que impregnaban la atmósfera.
Entonces,
su pecho comenzó a subir y bajar agitadamente. Empezaba a reconocer esta cosa
que se disponía a poseerla y luchaba con toda su voluntad para rechazarla, con
tan poca fuerza como si lo hiciera con sus blancas y delgadas manos.
Cuando
se dejó llevar, una palabrita susurrada escapó de sus labios entrecerrados. La
murmuró una y otra vez:
—¡Libre,
libre, libre!
La
mirada vacía y la expresión de terror abandonaron su rostro. Sus ojos
permanecieron despiertos y brillantes. Su pulso latía aceleradamente y el flujo
de su sangre templaba y sosegaba cada centímetro de su cuerpo.
No
se detuvo a preguntarse si la alegría por la que había sido invadida era o no
monstruosa. Una percepción clara y exaltada le permitió descartar esa idea por
su trivialidad.
Era
consciente de que volvería a llorar cuando viera sus manos bondadosas y tiernas
cruzadas en la postura de la muerte, su rostro que siempre la había mirado con
amor ahora petrificado, gris, muerto. Pero, más allá de aquel amargo momento,
pudo ver la larga procesión de años venideros que le pertenecerían únicamente a
ella. Extendió los brazos abiertos hacia ellos para darles la bienvenida.
No
habría nadie a quien dedicar su vida en los siguientes años, viviría para sí
misma. No habría una voluntad poderosa que doblegase la suya con esa
insistencia con la que los hombres y las mujeres creen que tienen derecho a
imponer su propia voluntad sobre sus semejantes. Que la intención fuera buena o
cruel no hacía que el crimen fuese menor, tal y como lo veía ella en ese
momento de clarividencia.
No
obstante, lo había amado. A veces. A menudo no. ¡Qué importaba! ¡Qué sentido
tenía el amor, ese misterio sin resolver, frente a esa energía que de pronto
reconocía como el impulso más poderoso de su ser!
—¡Libre!
¡Libre en cuerpo y alma! —continuó susurrando.
Josephine
estaba arrodillada ante la puerta cerrada, con los labios contra la cerradura,
implorando que la dejara pasar.
—¡Louise,
abre la puerta! Te lo ruego, abre la puerta. Vas a ponerte enferma. ¿Qué estás
haciendo, Louise? ¡Por todos los cielos, abre la puerta!
—Márchate.
No voy a ponerme enferma.
No
lo haría, pues bebía del elixir de la vida a través de la ventana abierta.
Su
imaginación corría desbocada por todos aquellos días que tenía por delante.
Días primaverales y días estivales, y todo tipo de días que serían únicamente
suyos. Rezó en voz baja para que su vida fuera larga. Y pensar que ayer sentía
escalofríos al pensar que la vida podía ser larga.
Se
puso en pie y abrió la puerta ante la insistencia de su hermana. Había un
triunfo febril en su mirada y caminaba inconscientemente como una diosa de la
Victoria. Cogió a su hermana por la cintura y juntas bajaron las escaleras.
Richards las esperaba abajo.
Alguien
estaba abriendo la puerta principal con una llave. El que entró era Brently
Mallard, algo desaguisado tras el viaje, cargando con su maletín y su paraguas
como si tal cosa. Había estado lejos del lugar del accidente, de hecho ni
siquiera sabía que este había acontecido. Permaneció de pie, sorprendido ante
el desgarrador grito de Josephine y el movimiento rápido de Richards para
ocultarle y que su esposa no le viera.
Pero
Richards no había sido lo suficientemente rápido.
Cuando
llegaron los médicos dijeron que había muerto de una enfermedad del corazón: la
alegría que mata.
Fuente: Ciudad Seva
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