martes, 24 de marzo de 2026

Cuento breve de Toni Morrison

 Toni Morrison

A continuación, te presento un relato de Toni Morrison, una influyente escritora estadounidense, primera mujer afroamericana en ganar el Premio Nobel de Literatura (1993) y reconocida por novelas magistrales como Beloved (Pulitzer 1988) y Ojos azules. De esta escritora he escogido el relato Dulzura que presenta la voz de una madre afroamericana de piel clara y recuerda el nacimiento de su hija, cuya piel muy oscura despierta en ella miedo, vergüenza, además de un profundo conflicto interior marcado por el racismo y el colorismo aprendidos desde su infancia. Puedes escuchar este cuento en Spotify y en Youtube

 En este relato, la protagonista, a través de sus recuerdos, justifica la dureza con la que la crio a su hija como una forma de “protección” ante un mundo discriminatorio, mientras deja entrever la culpa y la distancia emocional que se abrió entre ambas con el paso del tiempo. El cuento explora cómo la discriminación racial puede internalizarse hasta afectar el amor materno, mostrando que el miedo social puede deformar los afectos más íntimos. Su significado gira en torno al peso del prejuicio heredado, las heridas invisibles que deja la crianza basada en el temor y la dolorosa comprensión de que las decisiones tomadas “para proteger” también pueden causar heridas profundas.

Dulzura

Relato corto de Tony Morrison

No es mi culpa, así que no pueden culparme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Me tomó menos de una hora darme cuenta de que algo andaba mal. Muy mal. Era tan negra que me dio miedo. Negro medianoche, negro sudanés. Mi piel es clara, tengo buen pelo, soy lo que llaman “cobriza”, lo mismo que el padre de Lula Ann. No hay nadie en mi familia que se acerque a ese color. La brea es lo más parecido que se me ocurre. Pero su pelo no va con la piel. Es diferente –liso, pero con rizos, como el de esas tribus desnudas de Australia–. Podrían pensar que es cuestión de herencia, ¿pero herencia de quién? Deberían haber visto a mi abuela: pasaba por blanca. Se casó con un blanco y no le volvió a dirigir la palabra a ninguna de sus hijas. Todas las cartas que recibía de mi madre o mis tías las devolvía enseguida, sin abrir. Finalmente, entendieron el mensaje de “no más mensajes”, y la dejaron tranquila. Casi cualquier mulato o cuarterón hacía eso en aquella época (si tenía el pelo adecuado). ¿Se imaginan cuántos blancos andan por ahí con sangre de negro escondida en sus venas? Adivinen. Escuché que un veinte por ciento. Mi propia madre, Lula Mae, podría haber pasado por una fácilmente, pero decidió no hacerlo. Me contaba el precio que pagó por esa decisión. Cuando fue con mi padre al juzgado para casarse había dos Biblias, y ellos tuvieron que poner la mano en la que estaba reservada para los negros. La otra era para manos blancas. ¡La Biblia! ¿Pueden creerlo? Mi madre era empleada en la casa de una pareja rica de blancos. Se comían todo lo que les preparaba, insistían en que les restregara la espalda cuando se metían a la bañera, y solo Dios sabe qué otras cosas íntimas la ponían a hacer, pero no podían tocar la misma Biblia.

Puede que alguno de ustedes piense que está mal separarnos por tonos de piel (entre más claro mejor) en clubes sociales, barrios, iglesias, hermandades, incluso escuelas segregadas. ¿Pero de qué otra forma podríamos aferrarnos a un poco de dignidad? ¿De qué otra forma podríamos evitar que nos escupan en una farmacia, recibir un codazo en la parada del bus, tener que caminar por la zanja para dejar a los blancos todo el andén, que en la tienda nos cobren un centavo por una bolsa de papel que es gratis para los clientes blancos? Sin mencionar los insultos. Yo supe de todo aquello y mucho, mucho más. Pero, gracias al tono de su piel, a mi madre no le impedían probarse un sombrero o usar el baño de damas en un almacén. Y mi padre podía probarse unos zapatos en la parte delantera de la zapatería en vez de la trastienda. Aun muriéndose de sed, ninguno de los dos se hubiera permitido tomar agua de una fuente “solo para gente de color”.

Odio decirlo, pero sentí vergüenza de Lula Ann desde el comienzo, en la sala de maternidad. Su piel era pálida, como la de todos los bebes al nacer (incluso los africanos), pero cambió rápidamente. Pensé que me estaba volviendo loca cuando se puso azul oscura frente a mis ojos. Sé que enloquecí por un momento porque, solo por unos segundos, puse una manta sobre su cabeza y presioné. Pero no pude hacerlo, no importa cuánto hubiera querido que ella no naciera con ese terrible color. Incluso se me ocurrió dejarla en algún orfanato. Pero temí ser uno de esos monstruos que dejan a sus bebés en las escaleras de una iglesia. Hace poco escuché de una pareja en Alemania (ambos blancos como la nieve) que tuvo un hijo de piel oscura que nadie pudo explicar. Gemelos, creo, uno blanco y uno negro. Pero no sé si es cierto. Lo que sé es que para mí amamantarla era como tener un pigmeo succionando mi pezón. Pasé a darle tetero apenas volví a la casa.

Mi esposo Louis es maletero, y cuando regresó de las vías me miró como si en serio me hubiera vuelto loca, y miró a la bebé como si viniera de Júpiter. No era hombre de decir groserías, así que cuando dijo “Maldita sea, ¿qué demonios es eso?”, supe que estábamos en problemas. Esa fue la razón, lo que comenzó las peleas entre nosotros. Rompió nuestro matrimonio en pedazos. Habíamos tenido tres buenos años, pero cuando ella nació él me echó la culpa, y trataba a Lula Ann como si fuera una intrusa, o mucho peor, una enemiga. Nunca la tocó.

No pude convencerlo de que jamás, jamás me había metido con otro hombre. Estaba rotundamente seguro de que le estaba mintiendo. Discutíamos y discutíamos hasta que le dije que esa negrura tenía que provenir de su familia, no de la mía. Ahí fue que todo se puso peor, tan mal, que simplemente se paró y se fue, y yo tuve que buscar un lugar más barato donde vivir. Hice lo mejor que pude. No era tan ingenua como para llevarla conmigo cuando me entrevistaban los arrendadores, así que la dejaba con una prima adolescente para que la cuidara. De todas formas, no la sacaba mucho, porque cuando la paseaba en el coche la gente se agachaba para mirar y decir algo lindo pero enseguida saltaban hacia atrás y arrugaban la frente. Eso dolía. Si los colores de nuestra piel se invirtieran, hubieran creído que yo era su niñera. Para una mujer de color –incluso siendo cobriza– ya era bastante difícil rentar algo en un lugar decente de la ciudad. En los noventa, cuando Lula Ann nació, la ley prohibía discriminar a los arrendatarios, pero pocos propietarios le prestaban atención. Se inventaban razones para excluirte. Sin embargo, tuve suerte con el señor Leigh, aunque sé que le aumentó siete dólares al precio que pedía en el anuncio y le daba un ataque si te retrasabas un minuto con el pago del alquiler.

Le dije que me llamara “Dulzura” en vez de “madre” o “mamá”. Era más seguro así. Era tan negra y tenía esos labios, que me parecían excesivamente gruesos, y si me hubiera dicho “mamá” eso habría confundido a la gente. Además, el color de sus ojos era extraño: negros como un cuervo, con un matiz azulado –había algo de bruja en ellos–.

Así que por un largo rato solo fuimos las dos, y no necesito decirles lo duro que es ser una esposa abandonada. Supongo que Louis se sintió un poquito mal después de dejarnos así porque, unos meses más tarde, averiguó a dónde nos habíamos mudado y empezó a mandarme dinero una vez al mes, aunque yo nunca se lo pedí, ni fui a la Corte para que lo hiciera. Los cincuenta dólares que me enviaba y mi trabajo nocturno nos sacaron a Lula Ann y a mí de la asistencia social. Eso fue bueno. Ojalá dejaran de decirle asistencia social y volvieran a la palabra que usaban cuando mi madre era una niña; en aquel tiempo se llamaba “alivio”. Suena mucho mejor, como si sólo fuera un breve respiro mientras te vuelves a poner en pie. Además, tratar a los empleados de la asistencia social es como recibir un escupitajo. Cuando finalmente encontré trabajo y no los necesité más, estaba ganando más plata de la que ellos habían ganado nunca. Supongo que su tacañería provenía de los suelditos mezquinos que recibían, y por eso nos trataban como mendigas. Sobre todo cuando miraban a Lula Ann, y luego me miraban a mí (como si estuviéramos tratando de hacer trampa o algo así). Las cosas mejoraron, pero todavía debía tener cuidado, mucho cuidado de cómo la educaba. Debía ser estricta, muy estricta. Lula Ann tenía que aprender a comportarse, a agachar la cabeza y no dar problemas. No me importa cuántas veces se cambie el nombre, su color es una cruz que siempre va a cargar. Pero no es mi culpa. No es mi culpa. No lo es.

Pues sí, a veces me siento mal por cómo traté a Lula Ann cuando era pequeña. Pero entiendan: tenía que protegerla. Ella no conocía el mundo. Con esa piel no tenía sentido ser difícil o presumido, incluso si tenías razón. No en un mundo en el que te podían mandar a una correccional por ser impertinente o por pelearte en el colegio; un mundo en el que te contratan de último y te despiden de primero. Ella no sabía nada de eso, ni de que su piel negra asustaría a los blancos, o haría que se rieran de ella y trataran de hacerle bromas pesadas. Una vez vi cómo un niño de un grupo de chicos blancos le hacía zancadilla a una niña que no podía tener más de diez años, cuya piel no estaba ni cerca de ser tan oscura como la de Lula Ann. Y cuando ella se intentó levantar, otro niño le puso un pie sobre la espalda y la tumbó de nuevo. Los chicos se partían de la risa. Mucho después de que se les escapó, algunos seguían con risitas, tan orgullosos de sí mismos. Si no hubiera estado mirando a través de la ventana del bus la habría ayudado, alejándola de esa gentuza blanca. Miren: si no hubiera adiestrado a Lula Ann correctamente, ella no habría sabido que siempre debía cruzar la calle y evitar a los chicos blancos. Pero las lecciones que le di dieron frutos, y a fin de cuentas ahora estoy muy orgullosa.

No fui una mala madre, sépanlo, pero puede que haya lastimado a mi única hija por tener que protegerla. Tenía que hacerlo. Todo por privilegios de piel. Al principio no pude ver a través de todo ese negro para entender quién era ella y simplemente amarla. Pero la amo. En serio que sí. Creo que ella lo entiende ahora. Eso creo.

Las últimas dos veces que la vi, me pareció que estaba… bueno, despampanante. Atrevida y segura de sí misma. Cada vez que me venía a visitar olvidaba lo negra que en realidad era porque ella lo usaba a su favor con hermosas ropas blancas.

Me enseñó algo que debí haber sabido desde siempre. Lo que le haces a un niño es importante. A veces nunca olvidan. Apenas le fue posible, me abandonó en ese horrible apartamento. Se alejó tanto de mí como pudo; se emperifolló y se consiguió un trabajo superimportante en California. Ya no llama, ni me visita. Me manda plata y cosas de vez en cuando, pero no sé hace cuánto no la veo.

Prefiero este lugar, la Casa Winston, a esos grandes y costosos ancianatos en las afueras de la ciudad. El mío es más pequeño, casero, menos costoso, con enfermeras las veinticuatro horas y un doctor que nos visita dos veces por semana. Solo tengo sesenta y tres años –muy joven para andar retirada–, pero resulté con una enfermedad crónica en los huesos, así que es vital un buen cuidado. El aburrimiento es peor que la debilidad o el dolor, pero las enfermeras son adorables. Una me acabó de besar en la mejilla cuando le dije que voy a ser abuela. Su sonrisa y sus felicitaciones fueron como para alguien a punto de ser coronada. Le mostré la nota en papel azul que recibí de Lula Ann –bueno, firmó “La novia”, pero nunca le presto atención–. Sus palabras suenan atolondradas: “Adivina qué D., estoy tan, pero tan feliz de dar esta noticia. Voy a tener un bebé. Estoy muy, muy emocionada, y espero que tú también lo estés”. Supongo que la emoción es por el bebé y no por el padre, porque no lo menciona en absoluto. Me pregunto si es tan negro como ella. Si es así, no necesita preocuparse como lo hice yo. Las cosas han cambiado un tris desde que yo era joven. En televisión, revistas de modas, comerciales, por todos lados hay negros-azules, incluso protagonizando películas.

No hay dirección del remitente en el sobre. Así que supongo que sigo siendo la mala madre, por siempre castigada hasta que muera, por la manera bien intencionada y, de hecho necesaria, como la crié. Sé que me odia. Nuestra relación consiste en que ella me envía dinero. Tengo que admitir que se lo agradezco, porque así no tengo que rogar por cosas extras, como algunos de los otros pacientes. Si quiero un mazo de cartas nuevecito para jugar solitario puedo comprarlo, y no tengo que jugar con el sucio y gastado que hay en el salón. Y puedo comprar mi crema especial para la cara. Pero no me engaño. Sé que la plata que me envía es una forma de mantenerse alejada y acallar el poco de conciencia que aún le queda.

Si sueno amargada, desagradecida, es en parte porque en el fondo hay arrepentimiento. Todas esas pequeñas cosas que no hice o hice mal. Recuerdo la primera vez que le llegó el período y cómo reaccioné. O cómo le gritaba cuando se tropezaba o dejaba caer algo. Es cierto. Me molestaba, incluso me repelía su piel negra cuando nació y al principio pensé en… no. Tengo que alejar esos recuerdos, rápido. No tiene caso. Sé que hice lo mejor para ella dadas las circunstancias. Cuando mi esposo huyó de nosotras, Lula Ann era una carga, y pesada. Pero la llevé bien.

Sí, fui dura con ella, pueden apostarlo. Cuando tenía doce años e iba para trece tuve que ser aun más dura. Andaba respondona, no quería comer lo que le preparaba, se hacía peinados. Yo le trenzaba el pelo, y cuando se iba al colegio ella se lo destrenzaba. No podía dejar que se me dañara. Me planté fuerte y le advertí cómo la llamarían. En todo caso, algo de lo que le enseñé debió pegársele. ¿Ven en qué se convirtió? Una chica rica y con estudios. ¿Qué tal?

Ahora está embarazada. Buena jugada, Lula Ann. Si piensas que la maternidad es puro arrullo, zapatitos y pañales, te espera una gran sorpresa. Bien grande. A ti y al anónimo de tu novio, esposo, amante –lo que sea–. Imagínate, “Oh, ¡un bebé! ¡Cuchi cuchi cu!”.

Ponme atención. Estás a punto de darte cuenta de lo que se necesita, de cómo es el mundo, cómo funciona, y cómo cambia cuando te conviertes en madre.

Buena suerte, y que Dios ayude a la criatura.

Fuente: Narrativa breve

Otros cuentos

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domingo, 22 de marzo de 2026

Dos cuentos breves de Sara Gallardo

 

Sara Gallardo

A continuación, te presento dos cuentos de Sara Gallardo considerada como autora de culto: El hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua. También puedes escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.

En El hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua, de Sara Gallardo, los personajes viven experiencias que los separan del mundo cotidiano, pero no por la simple búsqueda de un ideal, sino por una relación profunda y conflictiva con la realidad. Mientras en el primer relato el protagonista persigue un impulso que lo lleva a desafiar los límites de lo posible, en Reflejo sobre el agua Elvira Cabrini atraviesa una pérdida más íntima y espiritual: deja de percibir el resplandor del mundo y queda atrapada en una existencia vacía de sentido. Ambos cuentos exploran la fragilidad de la experiencia humana y la necesidad de encontrar una forma de trascendencia, mostrando que el asombro, la emoción y la esperanza son los que otorgan significado a la vida, incluso frente al dolor, el paso del tiempo y la cercanía de la muerte.

Cuentos completos de Sara Gallardo

El hombre en la araucaria 

Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín. El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones. De noche la vida en la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores. Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía. Salió el sol. Nada como el amanecer entre las copas de los árboles. Muy alta, una banda de pájaros pasó dejando la ciudad a sus pies. Los contempló con una especie de mareo, con lágrimas. Eso había soñado los veinte años que puso en fabricar sus alas. No en una araucaria. Los bendijo. Se le fue el corazón tras ellos. Una sirvienta abrió los postigos en casa de una vieja insomne. Vio al hombre en su nido. La vieja llamó a la policía y a los bomberos. Con altavoces, con escaleras, lo rodearon. Tardó en notarlo, se calzó las alas, se puso de pie.

Los autos frenaron. La gente se juntó. Se abrieron las ventanas. Vio a sus hijos, con delantales de colegio. A su mujer, con la bolsa del mercado. A la sirvienta y a la vieja abrazadas. Las alas funcionaron, despacio. Rozó ramas. Pero perdió altura. Bajó hasta el monumento. Saltó. Se enhorquetó en ancas del caballo. Tomó de la cintura al general San Martín. Sonreía. Un policía disparó un tiro. Quedó sobre el caballo un zapato enganchado. Pero pudo volar. Lento, avanzó, apenas más alto que las cabezas de los que estaban en la plaza, y nadie respiró observándolo. Llegó a la torre de los ingleses, el viento lo ayudó hacia el sur. Vive entre las chimeneas de una fábrica. Es viejo y come chocolate

 

Reflejo Sobre el Agua

Elvira Cabrino, cabellera blanca. Ochenta años. El mundo era para ella como un paisaje que se refleja sobre un agua de oro. Cada cosa temblaba en la gloria del reflejo.

Es verdad, cuando perdió a su único hijo fue quemada por la desesperación. Pero la sostuvo el esplendor del mundo. Y recibiendo los besos del que fue su último amante había dicho: "Señora Tristeza, nunca te conocí. Conozco a tu hermano más noble, el Dolor".

Mas toda palabra va a algún oído.

Un día se despertó, y el reflejo no estaba. Solo quedaban las cosas. Desde ese día debió atravsar ese panorama.

Le llegaban las palabras de las flores. Las comprendía prque en otro tiempo las había comprendido. Como las palabras del amor, antaño. Pero no le decían nada. Mudas.

Recordó un atardecer. Estaba frente a la laguna. Desde el celaje, desde las garzas que empezaban a dormir, desde los vuelos de patos silvestres, una mancha, un pequeño flamear avanzó a través del agua. No podía dejar de mirarla. Como un fuego fatuo, pero negro. Se agrandaba acercándose. Era un bote, y en el bote venía de pie una figura de vestido ondulante. Los perros no habían ladrado. El vestido se henchía. Elvira, que era como una reina, se puso de pie. Llegó la señora con un sombrero grande.

Sentada a su lado en uno de los sillones de mimbre del corredor quiso escrutar su cara, no la vio.

Cuando se levantó para partir, Elvira no pudo levantarse. Ni un perro se movió. Se fue en su bote en un ondear de vestido negro, a través de la laguna, hacia los celajes, y una voz de nutria que llegaba de los juncos.

Después Elvira entró en la casa. No vio los polluelos salidos del ropaje de la visitante, que entraron por las rejas de las ventanas, se dispersaron por los cuartos, pasaron sobre los perros, picotearon los corazones. Negros, picos de diamante.

Hacía años de esto.

Hoy, arrodillada, pidió así:

—Una vez, antes de morir, dame de nuevo la alegría.

Era una noche temprana. Sopló la lámpara, quiso dormir. Pero la vehemencia del pedido seguía, como una máquina que se traba. Tarde en la noche volvió a encender la lámpara. Se sentó junto a la ventana.

Al amanecer oyó el motor de un automóvil. Los perros ladraron.

Elvira Cabrini vio en el patio a un joven con un casco en la mano. Vio un auto de carrera salpicado de barro.

Por tercera vez aquel joven había podido ser, y no fue, campeón del mundo. Aquella tarde, por tercera vez. Se ha dicho que el cora[1]zón es como un vaso. Cuando lo llena la amargura rebalsa en un llanto. Dejó la ciudad atrás. Corrió por caminos de tierra, por char[1]cos de barro. Los faros iluminaban los ojos de una vaca, una lie[1]bre, una lechuza. Frenó lejos de todo, en medio de la noche.

A esa hora vio encenderse una luz. Lejos. Era la luz de Elvira.

Acudió. Llegó al amanecer.

Elvira Cabrini lo vio entrar. Vio al más bello de los dioses comiendo pan con manteca ante sus ojos. Un hombre que le dijo quién era, un niño que le contó su dolor. El pelo rubio se le pega[1]ba a las sienes. El casco estaba en una silla.

El amor ardió de nuevo en ella.

Mientras él tomó un baño, ella salió a pasear. Vio las nubes bajas igual que vientres de aves maravillosas empollando el huevo de la laguna.

El mundo se mostraba de nuevo.

Él se fue a dormir la siesta al cuarto de los huéspedes. Ella se coronó de flores frente al espejo de su dormitorio. Se vio rubia como en su juventud.

Murió, rosada, sonriendo en esa siesta.

 

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: El poder de las palabras de Carla Narraciones. 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

El poder de las palabras


 El poder de las palabras

A continuación, te presento dos cuentos breves escritos por mí: Ateo a las palabras y Cazapalabras, que puedes escuchar en Youtube y Spotify.  

En estos dos relatos, las palabras se convierten en el eje que define la vivencia de los personajes y la forma en que perciben su mundo interior. Dedico estos relatos a mi familia que, pacientemente, soporta mis ideas más rocambolescas y acompaña siempre mis locuras creativas❤️😊

Ateo a las palabras 

Ateo a las palabras nació de una experiencia personal durante un viaje largo en autobús. Dos personas hablaban sin pausa y aquella situación, aparentemente cotidiana, terminó generándome una sensación profunda de saturación. Esa incomodidad constante fue el impulso que me llevó a escribir el relato durante el trayecto, transformando una vivencia real en una historia sobre el peso del lenguaje cuando invade nuestro espacio.

Cazapalabras

Cazapalabras, en cambio, surge tras una vivencia muy distinta y más íntima: las actitudes experimentadas dentro del sistema sanitario. Una etapa donde la incertidumbre, largas esperas y varias decepciones, me hicieron reflexionar sobre las emociones contenidas y la forma en que intentamos comprenderlas. De esa experiencia nace un relato más introspectivo, donde las palabras se convierten en una forma de explorar y aceptar sentimientos complejos en momentos difíciles.

 

Resumen y significado de los relatos

En Ateo a las palabras, el protagonista vive una situación inquietante en la que el sonido y la presencia constante del lenguaje se convierten en una carga insoportable, alterando su percepción del mundo y llevándolo a cuestionar su relación con la realidad. Las palabras, que normalmente nos conectan con los demás, aparecen aquí como una invasión que desborda la mente y evidencia la fragilidad del equilibrio interior. 

Por otro lado, Cazapalabras ofrece una mirada más reflexiva y simbólica: a través de preguntas e imágenes sugerentes, el relato explora cómo los sentimientos complejos pueden comprenderse mediante el lenguaje, aceptando que cada experiencia tiene un lugar natural en la vida. 

En conjunto, ambos cuentos presentan dos caras de una misma idea: el inmenso poder de las palabras. Pueden herir, saturar, desestabilizar, pero también enriquecer, ya que permiten comprendernos mejor, dar sentido a lo que sentimos y reconciliarnos con nuestras propias emociones. 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo El otro hombre de Miguel Delibes

martes, 17 de marzo de 2026

Relato para adultos de Miguel Delibes

 

Miguel Delibes

El otro hombre, un relato para adultos de Miguel Delibes considerado uno de los principales referentes de la literatura en lengua española. También puedes escuchar este cuento para adultos en Spotify y YouTube.

En este relato de Miguel Delibes, una mujer comienza a percibir de forma inquietante a su esposo como si fuera un extraño después de un pequeño accidente cotidiano. Lo que parece un detalle sin importancia provoca un profundo conflicto interior que altera su forma de verlo y de sentir su relación. El relato explora cómo la percepción puede transformar la realidad emocional, mostrando la fragilidad de la identidad, el peso de la costumbre en el amor y cómo hechos mínimos pueden desencadenar crisis íntimas que cambian la vida.

 

El otro hombre

[Cuento completo]

Miguel Delibes

Si nevaba en la ciudad, se originaba, en cada esquina, un próximo riesgo de romperse la crisma. La nieve caída y pisoteada se endurecía con la helada nocturna y las calles se transformaban en unas pistas relucientes y vítreas, más apropiadas para patinar que para transitar por ellas. Para los chicos, el acontecimiento era tan tentador que bastaba, incluso, para justificar sus ausencias de la escuela.

Y en estas cosas menores, en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, están escondidos muchas veces el destino de los hombres y los grandes cambios de los hombres; a veces su felicidad, a veces su infortunio. Tal le aconteció a Juan Gómez, de veintisiete años, recién casado, usuario de una vivienda protegida de fuera del puente. Hasta aquel día ella no se había dado cuenta de nada. De que le amaba, no le cabía la menor duda. Y, sin embargo, si era así, nada justificaba aquel extraño retorcimiento, algo blando como un asco, que aquella mañana constataba en el fondo de sus entrañas. Que a Juan le faltasen las gafas no justificaba en apariencia nada trascendental, ni había tampoco nada de trascendental en la forma de producirse la rotura, al caer en la nieve la tarde anterior de regreso de la oficina. Y no obstante, al verle desayunar ahora ante ella, indefenso, con el largo pescuezo emergiendo de un cuello desproporcionado y con el borde sucio, mirándola fijamente con aquellas pupilas mates y como cocidas, sintió una sacudida horrible.

-¿Te ocurre algo? ¿Tienes frío? -dijo él.

La interrogaba solícito, suavemente afectuoso, como tantas otras veces, mas hoy a ella le lastimaba el tonillo melifluo que empleaba, su conato de blanda protección.

-¡Qué tontería! ¿Por qué habría de ocurrirme nada? -dijo ella, y pensó para sí: “¿Será un hijo? ¿Será un hijo este asco insufrible que noto hoy dentro de mí?”.

Se removía inquieta en la silla como si algo urgente la apremiase y unas manos invisibles la aplastasen implacables contra el asiento. Detrás de los cristales volvía a nevar. Y a ella debería servirle ver caer la nieve tras la ventana, como tantas veces, para apreciar la confortabilidad del hogar, su vida íntima bien asentada, caliente y apetecible. Pero no. Hoy estaba él allí. Juan migaba el pan en el café y mascaba las sopas resultantes con ruidosa voracidad. De repente alzó la cabeza. Dijo:

-Dejaré las gafas en el óptico antes de ir a la oficina. No en Pérez Fernández. Ya estoy escarmentado. Ese lo hace todo caro y mal. Se las dejaré a este de la esquina. Me ha dicho Marcelino que trabaja bien y rápido. Me corren prisa.

Ella no respondió. No tenía nada que decir; por primera vez en diez años le faltaban palabras para dirigirse a Juan Gómez. Sí, no tenía ninguna palabra a punto disponible. Estaba vacía como un tambor. Acumuló sus últimas fuerzas para mirar los ojos romos de él, desguarnecidos, y, por primera vez en la vida, los vio tal cual eran, directamente, sin ser velados por el brillante artificio del cristal. Experimentó un escalofrío. Aquellos ojos evidentemente no eran los de Juan. A ella siempre le gustaron los hombres con lentes; las gafas prestaban al hombre un aire adorable de intelectualidad, de ser superior, cerebral y diligente. Y los de Juan, amparados por los cristales, eran, además, unos ojos fulgurantes, descarados, audaces. Por eso se enamoró de él, por aquellos ojos tan despiadados que para contenerles era necesario preservarles con una valla de cristal. “Estoy pensando tonterías”, se dijo. “Lo más seguro es que esto sea un niño. Todas dicen que cuando va una a tener un niño se notan cosas raras y ascos y aversiones sin fundamento.” La voz de él frente a ella la asustó.

-¿Qué piensas, querida, si puede saberse?

El tono de voz de Juan era ahora irritado, suspicaz.

Ella sacudió la cabeza con violencia, y sintió una extraña rigidez en los miembros, algo así como una contenida rebelión. Dijo:

-No sé, no sé lo que pienso. Tengo muchas cosas en la cabeza.

No podía decirle que pensaba en sus ojos, que pensaba algo así como que él no era él: que su personalidad era tan menguada e inestable que desaparecía con las gafas rotas para transmudarle en un pelele. De repente ella se avergonzó de estar conviviendo tranquilamente con aquel hombre. ¿Qué diría Juan, su Juan, cuando regresase del óptico con las gafas arregladas y su mirada fulgurante, descarada y audaz? Volvía él a escrutarla maritalmente, con sus ojos insípidos, mientras sus dientes trituraban ferozmente el panecillo empapado en café con leche. Ella sintió que las pupilas de un extraño buceaban descaradamente bajo sus ropas, tratando de adivinar su escueta desnudez. “Este hombre no tiene ningún derecho a interpretarme así”, pensó. “Esto es un atrevimiento desvergonzado. Lo denunciaré, lo denunciaré por allanamiento de persona”, se dijo en un vuelo fantástico de la imaginación. Pensó en todo el horror y vergüenza de un adulterio y se puso de pie con violencia. Sin decir palabra dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, pero él se incorporó de un salto y la tomó por la cintura:

-Ven, criatura, dame un beso; me marcho ya.

Ella veía los dos ojos inexpresivos a un palmo de los suyos, dos ojos fofos, como empañados de un vaho indefinible. Y un surco pronunciado, seco como un hachazo, en la parte más alta de la nariz. Cerró los ojos al notar el cuerpo de él junto al suyo, tratando de serenarse. Luego los volvió a abrir. No, decididamente, aquél no era Juan, su Juan, Juan Gómez, de veintisiete años, con sus gafas siempre limpias, impolutas, y un destello vivaz en las pupilas. Era otro hombre; un hombre extraño, que se aprovechaba de la nieve endurecida sobre el pavimento, y de la caída, y de la rotura del cristal. Sintió un vértigo y gritó fuerte. Pero su resistencia avivaba en Juan Gómez una glotona sensualidad. Y Juan Gómez, al besar los labios de su mujer, se dio cuenta de que ella pendía inerte de sus brazos, de que se había desvanecido. Pero no se le ocurrió pensar en estas cosas menores: en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, se esconden muchas veces el destino y los grandes cambios de los hombres.

Fuente: Ciudad Seva


Otros relatos

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jueves, 12 de marzo de 2026

Bondad oculta, un relato para adultos de Pío Baroja

 

A continuación, te presento un relato para adultos de Pio Baroja, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

Resumen y significado del relato

En Bondad oculta, de Pío Baroja, se retrata la dura vida en una explotación minera marcada por la miseria, la injusticia social y la explotación de los trabajadores. En ese ambiente hostil vive una mujer de mala reputación que aparenta frialdad e indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, pero un acontecimiento inesperado despierta en ella una profunda compasión que transforma su manera de actuar. El cuento muestra cómo incluso en las personas juzgadas con mayor dureza puede existir una capacidad sincera de bondad y sacrificio. Su significado gira en torno a la redención moral, la crítica a la desigualdad social y la idea de que la verdadera nobleza nace de los actos y no de las apariencias ni del pasado.

 

Bondad oculta de Pio Baroja

(Relato completo)


El monte estaba lleno de altas escombreras negruzcas, agujereado en todas partes por bocas de galerías obstruidas y cortado en muchos sitios por profundas trincheras. Los mineros talaron el monte; las aguas, cargadas de mineral de plomo, destruyeron toda vegetación, y de aquellos lugares, antes frondosos, poblados de encinas y de robles, no quedaban más que eriales llenos de pedruscos: un paisaje de una amarga y desoladora tristeza.

Ni un helecho ni una humilde aliaga crecía entre los escombros; en vez de árboles, salían del suelo los soportes de los cables, rígidos y severos, con sus brazos de espectros.

En la cumbre del monte había una ancha meseta, lisa como la palma de la mano, y en ella se asentaba la casa de la Mina, una antigua casa fuerte, de piedra-sillería, con aspilleras y ventanas enrejadas, que le daban aspecto de cárcel.

Frente a la casa de la Mina se veían las de los obreros, hechas de adobe; viviendas de aspecto sórdido y miserable, de piso bajo sólo, en las cuales parecía haberse economizado hasta el aire al construirlas: tan pequeños eran los agujeros de sus ventanas.

En la casa de la Mina vivía el representante de la Sociedad minera La Previsión; todo un caballero de industria, del cual nadie conocía su pasado; hombre viejo, presuntuoso, con el bigote y el pelo teñidos, tipo clavado de rufián. Su gran vanidad era creerse un seductor terrible, y para adquirir y sostener esa reputación llevaba a vivir en su compañía alguna moza del partido, recogida en cualquier rincón de la ciudad, a la cual, con su fantasía andaluza, transformaba en una niña de alta posición, enamorada perdidamente de él, hasta el extremo de seguirle, abandonando su familia.

Aquel hombre vanidoso era, a pesar de sus fatuidades, de una dureza de roca; sabía hacer trabajar de firme al rebaño de obreros que estaban bajo sus órdenes; sabía extraer de sus fibras musculares, aún no atrofiadas por los vapores de plomo, energías para arrancar y triturar el mineral.

Presenciaba los dos relevos, a las seis de la mañana y a la misma hora de la tarde, por si alguien faltaba al trabajo. Se daba la señal con un toque de bocina, e iban saliendo de las galerías hombres lívidos, macilentos, algunos temblorosos, todos con las espaldas torcidas y las cabezas bajas. Subían en grupos por un antiguo plano inclinado a la meseta del monte, y entraban en sus casuchas a comer y descansar; poco después salían otros grupos de obreros para desaparecer en el fondo de las minas.

Los muchachos trabajaban llevando el mineral en cestos sobre la cabeza; las mujeres se pasaban el día trayendo haces de leña de un monte lejano; los chiquillos, sucios, haraposos, medio desnudos, jugaban bulliciosamente a las puertas de sus casas. Y en medio de aquel ambiente de miserias, ella, la señorita Julia, la buscona de la capital, convertida en señora por el capricho de un hombre, paseaba con languidez, acompañada de su criada, por delante de la casa de la Mina, luciendo sus trajes vaporosos, saludando desdeñosamente a los mineros, como una reina a sus vasallos.

No los miraba, no quería conocerlos siquiera. Bastante la habían pisoteado a ella los hombres; ahora le tocaba a ella pisotearlos.

Julia tenía mala fama entre la gente. «Hay perdidas — decía su criada — que tienen buenas entrañas; pero ésta…, ésta es la mujer más perra del mundo.» Y todos decían lo mismo: era una mala hembra, una mujer sin corazón…

Durante la primavera de aquel año se presentaron en el pueblo próximo algunos casos de viruela; un barrenero llevó la enfermedad a su casa, y la infección se extendió rápidamente, sobre todo en los niños, que casi todos cayeron enfermos. Ya no se veía aquel enjambre de chiquillos, sucios y haraposos, jugando a las puertas de sus casas.

Julia se enteró de lo que sucedía porque una comisión de obreros fue a visitarla, pidiéndole que escribiese al representante, que estaba fuera, para ver si les podía adelantar una quincena de jornales y hacer frente con aquel dinero a los gastos ocasionados por la epidemia. Ella se negó en redondo. No la engañaban a la hija de su madre con aquellos pretextos. ¡Valientes granujas! Siempre querían los cuartos para emborracharse. Tanto les daba a ellos por sus hijos como si fueran perros.

En un día murieron dos niños; a la mañana siguiente, el médico del pueblo inmediato se presentó sin que nadie le avisara. Julia le vio venir desde la ventana; montaba un caballejo tordo; era un hombre pequeño, moreno, de barba negra cerrada, de movimientos muy vivos. Ató el caballo en una de las rejas de la casa de la Mina y fue corriendo a visitar a los enfermos. Julia, por curiosidad, descendió al piso bajo, abrió la ventana y se puso tras la reja, sin que pudiera ser vista. Al cabo de media hora oyó la voz del médico, enérgica y dura, y la del capataz, que le respondía tras de largos intervalos.

—Aquello era un abandono incalificable — decía el médico —; allá iban a morirse los niños como chinches. Estaban en malísimas condiciones, revolcándose en porquería, dos y tres en una misma cama.

El capataz contestaba por lo bajo, diciendo que el representante estaba fuera; se había escrito a la Sociedad, y ésta no hacía caso.

—Pero ¿no hay aquí nadie a quien se pueda acudir?—replicaba el médico—. ¿No vive en esta casa la mujer o la querida de ese hombre?

—Sí—decía el capataz—; pero es una mala hembra, de la que no se puede esperar nada.

Julia no quiso oír más; se marchó a su habitación, enfurecida, rabiosa; fraguó mil proyectos para despedir al capataz; descargó su furia contra los muebles, y luego empezó a llorar desconsolada, y así pasó todo el día, llorando con amargura, preocupada por la opinión que iba a tener de ella aquel médico desconocido.

A la mañana siguiente, vestida con uno de sus trajes menos llamativos, empezó Julia a visitar las viviendas de los obreros. Las mujeres, asombradas de verla, le hacían pasar a cuartos estrechos, sin luz, sin ventilación, llenos de un aire caliente, cargado de olores nauseabundos, de miseria, entre los cuales se destacaba un olor punzante de pan tostado que exhalaban los cuerpos de los variolosos. Allá, en los sucios camastros, se veían los niños enfermos mezclados con los convalecientes y los sanos; los padres, acostados, sin desnudarse, en el suelo, roncaban con la boca abierta, con un bestial ronquido.

En una casa, una chiquilla rubia, muy mona, con la cara llena de costras, tendió sus bracitos delgados al ver a Julia; ella la tomó en sus brazos, la meció en su falda, y en la frente rojiza, llena de pústulas, depositó un beso, sin miedo a contagiarse, beso místico que repercutió en su corazón, como aquellos que transformaban en santos a los pecadores.

Y al terminar su visita encontró su espíritu lleno de piedad para todo y para todos. Pensó en recoger y cuidar a los niños enfermos en la casa de la Mina, y así lo hizo, y durante semanas enteras los cuidó, los limpió; pasó por ellos las noches en claro, sacrificada en ansia inagotable de hacer el bien, en un inmenso anhelo de maternidad, por todos los que sufrían y temblaban por el dolor.

Cuando llegó el amo, hubo entre los dos un terrible altercado; el hombre, en el colmo de la indignación, mandó que inmediatamente echaran a todos aquellos chiquillos fuera de casa; ella se opuso con una enérgica mansedumbre; él levantó la mano, y algo vio en aquellos ojos negros, algo extraño que le hizo contenerse. No dijo nada; no volvió a hablar del asunto, y los niños siguieron en la casa de la Mina hasta su completa curación.

Julia siguió visitando a los obreros; cada miseria que veía trataba de remediarla; obligó a su hombre a subir los jornales, a abaratar los géneros que se vendían, malos y caros, en el almacén,

—Pero, hija —decía él—, la Compañía se va a disgustar si hago esto.

—¿No es lo justo?—replicaba ella.

Y él cedía; cedía ante las palabras apasionadas de la muchacha, a pesar de comprender claramente los peligros a que en su situación se iba exponiendo.

Así pasaron meses enteros, llevados por un afán de mejorar la vida de los trabajadores; a él ya no se le importaba manifestar su vejez; dejó de teñirse, y su cabello blanco daba cierta serenidad y placidez a su cara.

Pronto los obreros comenzaron a abusar; el representante no tenía energía para contener sus ademanes; se susurraba que la Sociedad estaba muy descontenta de su gestión, y él, que había perdido su instinto de hombre práctico en aquella corriente de piedad que le arrastraba, seguía su obra, viendo cada vez más próxima su caída.

Una tarde, al anochecer, sin previo aviso, a consecuencia de una medida absurda por su generosidad, tomada por el representante, el director de la Compañía le comunicó que, habiendo encontrado otra persona para aquel cargo, cesara en su destino y desalojase la casa.

No le asombró aquello, ni a Julia tampoco. Los dos. al anochecer, abandonaron la casa de la Mina; agarrados de la mano, bajaron el monte hasta la carretera, quizá confiando en la Providencia, y la perdida y el viejo aventurero, regenerados ambos por la piedad, siguieron andando en busca de lo desconocido, ante el campo oscuro, silencioso y triste, bajo el cielo negro y tachonado de estrellas.

Fuente: Lecturia


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La espera, un relato para adultos de Borges

 

Relato para adultos de Borges

A continuación, te presento La espera, un relato para adultos de Jorge Luis Borges, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube o Spotify.

En este cuento para adultos, un hombre que vive oculto bajo una identidad falsa lleva una existencia solitaria y rutinaria, marcada por el miedo constante y la sensación de que su pasado todavía lo persigue. Mientras intenta diluirse en la monotonía del presente, su vida se convierte en una espera silenciosa e inevitable cuyo desenlace parece escrito de antemano. El cuento reflexiona sobre la culpa, el destino y la imposibilidad de escapar de uno mismo, mostrando cómo el temor y la conciencia del pasado pueden convertirse en una prisión más poderosa que cualquier encierro físico.

 

La espera

[Cuento completo de Jorge Luis Borges]

El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.

El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: “Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación”.

Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.

El señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un personaje del arte.

No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término —salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quería cosas particulares: solo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.

Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.

Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.

Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.

Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, 1eía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.

Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villar entraban con revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. A1 fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra lo hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a matarlos.

Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?

En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.

Fuente: Ciudad Seva

 

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martes, 10 de marzo de 2026

Réquiem con tostadas de Benedetti

 Cuento para adultos de Mario Benedetti

A continuación, te presento un cuento para adultos de Mario Benedetti, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

En Réquiem con tostadas de Mario Benedetti, una adolescente conversa con el hombre que fue importante en la vida de su madre y reconstruye, con una mezcla de inocencia y madurez precoz, la historia de violencia, miedo y silencios que marcó a su familia. A través de su voz íntima y contenida, el relato muestra cómo el cariño puede sobrevivir incluso en ambientes de dolor, y cómo la comprensión humana a veces nace en medio de la pérdida. El cuento reflexiona sobre la violencia doméstica, la compasión y la necesidad universal de afecto, revelando que incluso en las realidades más duras persiste el deseo de amar y ser amado.

 

Réquiem con tostadas

 (Cuento completo)

 

Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en este mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era como levantar un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ése que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de medianoche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca pude decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miguelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos, hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Fuente: Lecturia


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