martes, 16 de junio de 2026

La leyenda del Rey Indio de Hermann Hesse

 

Hermann Hesse

A continuación, te presento La Leyenda del Rey Indio de Hermann Hesse. En este cuento para adultos, se narra la historia de un joven rey en la antigua India que, guiado por sabios brahmanes, intenta alcanzar la verdad última del universo mediante el estudio de los textos sagrados, la disciplina, el ayuno y la participación en debates filosóficos sobre la naturaleza de los dioses, el alma y la unidad del Todo. Aunque progresa en autocontrol y conocimiento intelectual, se siente cada vez más frustrado porque ninguna explicación ni discusión logra darle una certeza definitiva, ya que todo parece quedarse en palabras y teorías.

El significado del relato es que la verdad esencial no se alcanza a través del pensamiento racional ni de las disputas intelectuales, sino mediante una experiencia interior de recogimiento profundo, en la que la mente se aquieta y se percibe una unidad total de la existencia. En ese estado, el individuo trasciende las explicaciones y las emociones ordinarias, y accede a una comprensión silenciosa e intuitiva donde desaparecen las separaciones entre el yo y el mundo. El cuento plantea así una visión mística: la verdad no se demuestra, sino que se vive desde dentro.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.


La Leyenda del Rey Indio 

(Cuento completo)

En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.

En efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de… se manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.

Y también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia, solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento? No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».

Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:

-Muchos son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.

El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y cariacontecido.

Entonces decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía. Superada esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.

Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su esencia o sólo una creación de ésta.

Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.

Por eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que percibía, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y más cerca del resplandor de la salida.

Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían correspondido a otros.

Hasta que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca. Interrumpiendo su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e hizo lo mismo, y el vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.

Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.

Luego volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre.

 

Fuente: La cuentoneta


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo El vestido de terciopelo de Silvina Ocampo.

 

domingo, 14 de junio de 2026

El vestido de terciopelo de Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

A continuación, te presento “El vestido de terciopelo” de Silvina Ocampo. Un cuento surrealista para adultos que narra la visita de una modista y una niña a la casa de una mujer adinerada para probarle un vestido de terciopelo negro muy elegante y sofisticado. A medida que la prueba avanza, el vestido comienza a sentirse pesado, incómodo y casi opresivo para la señora, mientras la narradora infantil observa todo con una mezcla de ingenuidad y fascinación, repitiendo constantemente “¡Qué risa!” incluso en momentos inquietantes. 

El significado del cuento gira alrededor de la obsesión por la belleza, el lujo y las apariencias sociales, mostrando cómo aquello que parece refinado y deseable también puede convertirse en una prisión o en algo destructivo. El terciopelo simboliza esa atracción peligrosa por lo sofisticado: algo hermoso que seduce pero también asfixia, y la mirada inocente de la niña vuelve todavía más perturbadora la tragedia final.

 Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify

El vestido de terciopelo

Cuento completo

Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!

Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre, nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!

Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:

–¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un campo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.

Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!

–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.

–¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.

La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.

–¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.

La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!

–El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.

–Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.

Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.

–¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.

–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio y brillante.

–Se va a París, ¿no?

–Iré también a Italia.

–¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.

La señora asintió dando un suspiro.

–Levante los dos brazos para que pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo.

Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!

–¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–-. ¿No le agrada, señora?

–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.

–¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.

–El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.

Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!

En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.

–Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?

–Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas. ¡Qué risa!

–Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.

Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.

–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.

–Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.

La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:

–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!

–¡Qué risa!

(de La furia, 1959)

Fuente: Pagina 12

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos surrealistas, te recomiendo La mujer parecida a mí de Felisberto Hernández.

jueves, 11 de junio de 2026

La mujer parecida a mí de Felisberto Hernández

 

 Felisberto Hernández

A continuación, te presento un cuento surrealista de Felisberto Hernández: La mujer parecida a mí. En este cuento para adultos, se presenta la extraña historia de un hombre que cree haber sido un caballo y revive sus recuerdos desde esa identidad, mezclando realidad, sueño y memoria en una narración profundamente surrealista. A través de sus experiencias de maltrato, cansancio, afecto y deseo de libertad, el protagonista atraviesa situaciones absurdas y conmovedoras que lo acercan tanto a lo humano como a lo animal. 

El significado del cuento gira alrededor de la identidad, la soledad y la sensibilidad de los seres marginados, mostrando cómo la conciencia y las emociones pueden existir incluso en aquello que parece incomprendido. Felisberto Hernández utiliza la transformación del hombre en caballo para hablar de la humillación, el deseo de pertenecer y la necesidad de afecto, en una atmósfera melancólica y poética donde lo fantástico se siente completamente natural.

Este cuento breve para adultos, lo puedes escuchar en YouTube y Spotify.


La mujer parecida a mí

[Cuento completo]

Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento venía a mí como a un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de hombre, ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.

En una de las noches yo andaba por un camino de tierra y pisaba las manchas que hacían las sombras de los árboles. De un lado me seguía la luna; en el lado opuesto se arrastraba mi sombra; ella, al mismo tiempo que subía y bajaba los terrones, iba tapando las huellas. En dirección contraria venían llegando, con gran esfuerzo, los árboles, y mi sombra se estrechaba con la de ellos.

Yo iba arropado en mi carne cansada y me dolían las articulaciones próximas a los cascos. A veces olvidaba la combinación de mis manos con mis patas traseras, daba un traspiés y estaba a punto de caerme.

De pronto sentía olor a agua; pero era un agua pútrida que había en una laguna cercana. Mis ojos eran también como lagunas y en sus superficies lacrimosas e inclinadas se reflejaban simultáneamente cosas grandes y chicas, próximas y lejanas. Mi única ocupación era distinguir las sombras malas y las amenazas de los animales y los hombres; y si bajaba la cabeza hasta el suelo para comer los pastitos que se guarecían junto a los árboles, debía evitar también las malas hierbas. Si se me clavaban espinas tenía que mover los belfos hasta que ellas se desprendieran.

En las primeras horas de la noche y a pesar del hambre, yo no me detenía nunca. Había encontrado en el caballo algo muy parecido a lo que había dejado hacía poco en el hombre: una gran pereza; en ella podían trabajar a gusto los recuerdos. Además, yo había descubierto que para que los recuerdos anduvieran, tenía que darles cuerda caminando. En esa época yo trabajaba con un panadero. Fue él quien me dio la ilusión de que todavía podía ser feliz. Me tapaba los ojos con una bolsa; me prendía a un balancín enganchado a una vara que movía un aparato como el de las norias, pero que él utilizaba para la máquina de amasar. Yo daba vueltas horas enteras llevando la vara, que giraba como un minutero. Y así, sin tropiezos, y con el ruido de mis pasos y de los engranajes, iba pasando mis recuerdos.

Trabajábamos hasta tarde de la noche; después él me daba de comer y con el ruido que hacía el maíz entre los dientes seguían deslizándose mis pensamientos.

(En este instante, siendo caballo, pienso en lo que me pasó hace poco tiempo, cuando todavía era hombre. Una noche que no podía dormir porque sentía hambre, recordé que en el ropero tenía un paquete de pastillas de menta. Me las comí; pero al masticarlas hacían un ruido parecido al maíz.)

Ahora, de pronto, la realidad me trae a mi actual sentido de caballo. Mis pasos tienen un eco profundo; estoy haciendo sonar un gran puente de madera.

Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos. De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país. Algunas veces yo los contemplo; y otras veces ellos se desbordan.

*

En mi adolescencia tuve un odio muy grande por el peón que me cuidaba. Él también era adolescente. Ya se había entrado el sol cuando aquel desgraciado me pegó en los hocicos; rápidamente corrió el incendio por mi sangre y me enloquecí de furia. Me paré de manos y derribé al peón mientras le mordía la cabeza; después le trituré un muslo y alguien vio cómo me volaba la crin cuando me di vuelta y lo rematé con las patas de atrás.

Al otro día mucha gente abandonó el velorio para venir a verme en el instante en que varios hombres vengaron aquella muerte. Me mataron el potro y me dejaron hecho un caballo.

Al poco tiempo tuve una noche muy larga; conservaba de mi vida anterior algunas “mañas” y esa noche utilicé la de saltar un cerco que daba sobre un camino; apenas pude hacerlo y salí lastimado. Empecé a vivir una libertad triste. Mi cuerpo no solo se había vuelto pesado sino que todas sus partes querían vivir una vida independiente y no realizar ningún esfuerzo; parecían sirvientes que estaban contra el dueño y hacían todo de mala gana. Cuando yo estaba echado y quería levantarme, tenía que convencer a cada una de las partes. Y a último momento siempre había protestas y quejas imprevistas. El hambre tenía mucha astucia para reunirlas; pero lo que más pronto las ponía de acuerdo era el miedo de la persecución. Cuando un mal dueño apaleaba a una de las partes, todas se hacían solidarias y procuraban evitar mayores males a las desdichadas; además, ninguna estaba segura. Yo trataba de elegir dueños de cercos bajos; y después de la primera paliza me iba y empezaba el hambre y la persecución.

Una vez me tocó un dueño demasiado cruel. Al principio me pegaba nada más que cuando yo lo llevaba encima y pasábamos frente a la casa de la novia. Después empezó a colocar la carga del carro demasiado atrás; a mí me levantaba en vilo y yo no podía apoyarme para hacer fuerza; él, furioso, me pegaba en la barriga, en las patas y en la cabeza. Me fui una tardecita; pero tuve que correr mucho antes de poder esconderme en la noche. Crucé por la orilla de un pueblo y me detuve un instante cerca de una choza; había fuego encendido y a través del humo y de una pequeña llama inconstante veía en el interior a un hombre con el sombrero puesto. Ya era la noche; pero seguí.

Apenas empecé a andar de nuevo me sentí más liviano. Tuve la idea de que algunas partes de mi cuerpo se habrían quedado o andarían perdidas en la noche. Entonces, traté de apurar el paso.

Había unos árboles lejanos que tenían luces movedizas entre las copas. De pronto comprendí que en la punta del camino se encendía un resplandor. Tenía hambre, pero decidí no comer hasta llegar a la orilla de aquel resplandor. Sería un pueblo. Yo iba recogiendo el camino cada vez más despacio y el resplandor que estaba en la punta no llegaba nunca. Poco a poco me fui dando cuenta que ninguna de mis partes había desertado. Me venían alcanzando una por una; la que no tenía hambre tenía cansancio; pero habían llegado primero las que tenían dolores. Yo ya no sabía cómo engañarlas; les mostraba el recuerdo del dueño en el momento que las desensillaba; su sombra corta y chata se movía lentamente alrededor de todo mi cuerpo. Era a ese hombre a quien yo debía haber matado cuando era potro, cuando mis partes no estaban divididas, cuando yo, mi furia y mi voluntad éramos una sola cosa.

*

Empecé a comer algunos pastos alrededor de las primeras casas. Yo era una cosa fácil de descubrir porque mi piel tenía grandes manchas blancas y negras; pero ahora la noche estaba avanzada y no había nadie levantado. A cada momento yo resoplaba y levantaba polvo; yo no lo veía, pero me llegaba a los ojos. Entré a una calle dura donde había un portón grande. Apenas crucé el portón vi manchas blancas que se movían en la oscuridad. Eran guardapolvos de niños. Me espantaron y yo subí una escalerita de pocos escalones. Entonces me espantaron otros que había arriba. Yo hice sonar mis cascos en un piso de madera y de pronto aparecí en una salita iluminada que daba a un público. Hubo una explosión de gritos y de risas. Los niños vestidos de largo que había en la salita salieron corriendo; y del público ensordecedor, donde también había muchos niños, sobresalían voces que decían: “Un caballo, un caballo…” Y un niño que tenía las orejas como si se las hubiera doblado encajándose un sombrero grande, gritaba: “Es el tubiano de los Méndez”. Por fin apareció, en el escenario, la maestra. Ella también se reía; pero pidió silencio, dijo que faltaba poco para el fin de la pieza y empezó a explicar cómo terminaba. Pero fue interrumpida de nuevo. Yo estaba muy cansado, me eché en la alfombra y el público volvió a aplaudirme y a desbordarse. Se dio por terminada la función y algunos subieron al escenario. Una niña como de tres años se le escapó a la madre, vino hacia mí y puso su mano, abierta como una estrellita, en mi lomo húmedo de sudor. Cuando la madre se la llevó, ella levantaba la manita abierta y decía: “Mamita, el caballo está mojado”.

Un señor, aproximando su dedo índice a la maestra como si fuera a tocar un timbre, le decía con suspicacia: “Usted no nos negará que tenía preparada la sorpresa del caballo y que él entró antes de lo que usted pensaba. Los caballos son muy difíciles de enseñar. Yo tenía uno…” El niño que tenía las orejas dobladas me levantó el belfo superior y mirándome los dientes dijo: “Este caballo es viejo”. La maestra dejaba que creyeran que ella había preparado la sorpresa del caballo. Vino a saludarla una amiga de la infancia. La amiga recordó un enojo que habían tenido cuando iban a la escuela; y la maestra recordó a su vez que en aquella oportunidad la amiga le había dicho que tenía cara de caballo. Yo miré sorprendido, pues la maestra se me parecía. Pero de cualquier manera aquello era una falta de respeto para con los seres humildes. La maestra no debía haber dicho eso estando yo presente.

Cuando el éxito y las resonancias se iban apagando, apareció un joven en el pasillo de la platea, interrumpió a la maestra —que estaba hablándoles a la amiga de la infancia y al hombre que movía el índice como si fuera a apretar un timbre— y él gritó:

—Tomasa, dice don Santiago que sería más conveniente que fuéramos a conversar a la confitería, que aquí se está gastando mucha luz.

—¿Y el caballo?

—Pero, querida, no te vas a quedar toda la noche ahí con él.

—Ahora va a venir Alejandro con una cuerda y lo llevaremos a casa.

El joven subió al escenario, siguió conversando para los tres y trabajando contra mí.

—A mí me parece que Tomasa se expone demasiado llevando ese caballo a casa de ella. Ya las de Zubiría iban diciendo que una mujer sola en su casa, con un caballo que no piensa utilizar para nada, no tiene sentido; y mamá también dice que ese caballo le va a traer muchas dificultades.

Pero Tomasa dijo:

—En primer lugar yo no estoy sola en mi casa porque Candelaria algo me ayuda. Y en segundo lugar, podría comprar una volanta¹, si es que esas solteronas me lo consienten.

Después entró Alejandro con la cuerda; era el chiquilín de las orejas dobladas. Me ató la soga al pescuezo y cuando quisieron hacerme levantar yo no podía moverme. El hombre del índice, dijo:

—Este animal tiene las patas varadas; van a tener que hacerle una sangría.

Yo me asusté mucho, hice un gran esfuerzo y logré pararme. Caminaba como si fuera un caballo de madera; me hicieron salir por la escalerita trasera y cuando estuvimos en el patio Alejandro me hizo un medio bozal, se me subió encima y empezó a pegarme con los talones y con la punta de la cuerda. Di la vuelta al teatro con increíble sufrimiento; pero apenas nos vio la maestra hizo bajar a Alejandro.

*

Mientras cruzábamos el pueblo y a pesar del cansancio y de la monotonía de mis pasos, yo no me podía dormir. Estaba obligado, como un organito roto y desafinado, a ir repitiendo siempre el mismo repertorio de mis achaques. El dolor me hacía poner atención en cada una de las partes del cuerpo, a medida que ellas iban entrando en el movimiento de los pasos. De vez en cuando, y fuera de este ritmo, me venía un escalofrío en el lomo; pero otras veces sentía pasar, como una brisa dichosa, la idea de lo que ocurriría después, cuando estuviera descansando; yo tendría una nueva provisión de cosas para recordar.

La confitería era más bien un café; tenía billares de un lado y salón para familias del otro. Estas dos reparticiones estaban separadas por una baranda de anchas columnas de madera. Encima de la baranda había dos macetas forradas de papel crêpe amarillo; una de ellas tenía una planta casi seca y la otra no tenía planta; en medio de las dos había una gran pecera con un solo pez. El novio de la maestra seguía discutiendo: casi seguro que era por mí. En el momento en que habíamos llegado, la gente que había en el café y en el salón de familias —muchos de ellos habían estado en el teatro— se rieron y se renovó un poco mi éxito. Al rato vino el mozo del café con un balde de agua; el balde tenía olor a jabón y a grasa, pero el agua estaba limpia. Yo bebía brutalmente y el olor del balde me traía recuerdos de la intimidad de una casa donde había sido feliz. Alejandro no había querido atarme ni ir para adentro con los demás; mientras yo tomaba agua me tenía de la cuerda y golpeaba con la punta del pie como si llevara el compás a una música. Después me trajeron pasto seco. El mozo dijo:

—Yo conozco este tubiano².

Y Alejandro, riéndose, lo desengañó:

—Yo también creí que era el tubiano de los Méndez.

—No, ese no —contestó en seguida el mozo—; yo digo otro que no es de aquí.

La niña de tres años que me había tocado en el escenario apareció de la mano de otra niña mayor; y en la manita libre traía un puñadito de pasto verde que quiso agregar al montón donde yo hundía mis dientes; pero me lo tiró en la cabeza y dentro de una oreja.

Esa noche me llevaron a la casa de la maestra y me encerraron en un granero; ella entró primero; iba cubriendo la luz de la vela con una mano.

Al otro día yo no me podía levantar. Corrieron una ventana que daba al cielo y el señor del índice me hizo una sangría. Después vino Alejandro, puso un banquito cerca de mí, se sentó y empezó a tocar una armónica. Cuando me pude parar me asomé a la ventana; ahora daba sobre una bajada que llegaba hasta unos árboles; por entre sus troncos veía correr, continuamente, un río. De allí me trajeron agua; y también me daban maíz y avena. Ese día no tuve deseos de recordar nada. A la tarde vino el novio de la maestra; estaba mejor dispuesto hacia mí; me acarició el cuello y yo me di cuenta, por la manera de darme los golpecitos, que se trataba de un muchacho simpático. Ella también me acarició; pero me hacía daño; no sabía acariciar a un caballo; me pasaba las manos con demasiada suavidad y me producía cosquillas desagradables. En una de las veces que me tocó la parte de adelante de la cabeza, yo dije para mí: “¿Se habrá dado cuenta que ahí es donde nos parecemos?” Después el novio fue del lado de afuera y nos sacó una fotografía a ella y a mí asomados a la ventana. Ella me había pasado un brazo por el pescuezo y había recostado su cabeza en la mía.

Esa noche tuve un susto muy grande. Yo estaba asomado a la ventana, mirando el cielo y oyendo el río, cuando sentí arrastrar pasos lentos y vi una figura agachada. Era una mujer de pelo blanco. Al rato volvió a pasar en dirección contraria. Y así todas las noches que viví en aquella casa. Al verla de atrás con sus caderas cuadradas, las piernas torcidas y tan agachada, parecía una mesa que se hubiera puesto a caminar. El primer día que salí la vi sentada en el patio pelando papas con un cuchillo de mango de plata. Era negra. Al principio me pareció que su pelo blanco, mientras inclinaba la cabeza sobre las papas, se movía de una manera rara; pero después me di cuenta que, además del pelo, tenía humo; era de un cachimbo pequeño que apretaba a un costado de la boca. Esa mañana Alejandro le preguntó:

—Candelaria, ¿le gusta el tubiano?

Y ella contestó:

—Ya vendrá el dueño a buscarlo.

Yo seguía sin ganas de recordar.

Un día Alejandro me llevó a la escuela. Los niños armaron un gran alboroto. Pero hubo uno que me miraba fijo y no decía nada. Tenía orejas grandes y tan separadas de la cabeza que parecían alas en el momento de echarse a volar; los lentes también eran muy grandes; pero los ojos, bizcos, estaban junto a la nariz. En un momento en que Alejandro se descuidó, el bizco me dio tremenda patada en la barriga. Alejandro fue corriendo a contarle a la maestra; cuando volvió, una niña que tenía un tintero de tinta colorada me pintaba la barriga con el tapón en un lugar donde yo tenía una mancha blanca; en seguida Alejandro volvió a la maestra diciéndole: “Y esta niña le pintó un corazón en la barriga”.

A la hora del recreo otra niña trajo una gran muñeca y dijo que a la salida de la escuela la iban a bautizar. Cuando terminaron las clases, Alejandro y yo nos fuimos en seguida; pero Alejandro me llevó por otra calle y al dar vuelta la iglesia me hizo parar en la sacristía. Llamó al cura y le preguntó:

—Diga, padre, ¿cuánto me cobraría por bautizarme el caballo?

—¡Pero mi hijo! Los caballos no se bautizan.

Y se puso a reír con toda la barriga.

Alejandro insistió:

—¿Usted se acuerda de aquella estampita donde está la virgen montada en el burro?

—Sí.

—Bueno, si bautizan el burro, también pueden bautizar el caballo.

—Pero el burro no estaba bautizado.

—¿Y la virgen iba a ir montada en un burro sin bautizar?

El cura quería hablar; pero se reía.

Alejandro siguió:

—Usted, bendijo la estampita; y en la estampita estaba el burro.

Nos fuimos muy tristes.

A los pocos días nos encontramos con un negrito y Alejandro le preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos al caballo?

El negrito hacía esfuerzo por recordar algo. Al fin dijo:

—¿Cómo nos enseñó la maestra que había que decir cuando una cosa era linda?

—Ah, ya sé —dijo Alejandro—, “ajetivo”.

A la noche Alejandro estaba sentado en el banquito, cerca de mí, tocando la armónica, y vino la maestra.

—Alejandro, vete para tu casa que te estarán esperando.

—Señorita: ¿Sabe qué nombre le pusimos al tubiano? “Ajetivo”.

—En primer lugar, se dice “adjetivo”; y en segundo lugar, adjetivo no es nombre; es… adjetivo —dijo la maestra después de un momento de vacilación.

*

Una tarde que llegamos a casa yo estaba complacido porque había oído decir detrás de una persiana: “Ahí va la maestra y el caballo”.

Al poco rato de hallarme en el granero —era uno de los días que no estaba Alejandro— vino la maestra, me sacó de allí y con un asombro que yo nunca había tenido, vi que me llevaba a su dormitorio. Después me hizo las cosquillas desagradables y me dijo: “Por favor, no vayas a relinchar”. No sé por qué salió en seguida. Yo, solo en aquel dormitorio, no hacía más que preguntarme: “¿Pero qué quiere esta mujer de mí?” Había ropas revueltas en las sillas y en la cama. De pronto levanté la cabeza y me encontré conmigo mismo, con mi olvidada cabeza de caballo desdichado. El espejo también mostraba partes de mi cuerpo; mis manchas blancas y negras parecían también ropas revueltas. Pero lo que más me llamaba la atención era mi propia cabeza; cada vez yo la levantaba más. Estaba tan deslumbrado que tuve que bajar los párpados y buscarme por un instante a mí mismo, a mi propia idea de caballo cuando yo era ignorado por mis ojos.

Recibí otras sorpresas. Al pie del espejo estábamos los dos, Tomasa y yo, asomados a la ventana en la foto que nos sacó el novio. Y de pronto las patas se me aflojaron; parecía que ellas hubieran comprendido, antes que yo, de quién era la voz que hablaba afuera. No pude entender lo que “él” decía, pero comprendí la voz de Tomasa cuando le contestó: “Conforme se fue de su casa, también se fue de la mía. Esta mañana le fueron a traer el pienso y el granero estaba tan vacío como ahora”.

Después las voces se alejaron. En cuanto me quedé solo se me vinieron encima los pensamientos que había tenido hacía unos instantes y no me atrevía a mirarme al espejo. ¡Parecía mentira! ¡Uno podía ser un caballo y hacerse esas ilusiones! Al mucho rato volvió la maestra. Me hizo las cosquillas desagradables; pero más daño me hacía su inocencia.

Pocas tardes después Alejandro estaba tocando la armónica cerca de mí. De pronto se acordó de algo; guardó la armónica, se levantó del banquito y sacó de un bolsillo la foto donde estábamos asomados Tomasa y yo. Primero me la puso cerca de un ojo; viendo que a mí no me ocurría nada, me la puso un poco más lejos; después hizo lo mismo con el otro ojo y por último me la puso de frente y a distancia de un metro. A mí me amargaban mis pensamientos culpables. Una noche que estaba absorto escuchando al río, desconocí los pasos de Candelaria, me asusté y pegué una patada al balde de agua. Cuando la negra pasó dijo: “No te asustes, que ya volverá tu dueño”. Al otro día Alejandro me llevó a nadar al río; él iba encima mío y muy feliz en su bote caliente. A mí se me empezó a oprimir el corazón y casi en seguida sentí un silbido que me heló la sangre; yo daba vuelta mis orejas como si fueran periscopios. Y al fin llegó la voz de “él” gritando: “Ese caballo es mío”. Alejandro me sacó a la orilla y sin decir nada me hizo galopar hasta la casa de la maestra. El dueño venía corriendo detrás y no hubo tiempo de esconderme. Yo estaba inmóvil en mi cuerpo como si tuviera puesto un ropero. La maestra le ofreció comprarme. Él le contestó: “Cuando tenga sesenta pesos, que es lo que me costó a mí, vaya a buscarlo”. Alejandro me sacó el freno, añadido con cuerdas pero que era de él. El dueño me puso el que traía. La maestra entró en su dormitorio y yo alcancé a ver la boca cuadrada que puso Alejandro antes de echarse a llorar. A mí me temblaban las patas; pero él me dio un fuerte rebencazo y eché a andar. Apenas tuve tiempo de acordarme que yo no le había costado sesenta pesos: él me había cambiado por una pobre bicicleta celeste sin gomas ni inflador. Ahora empezó a desahogar su rabia pegándome seguido y con todas sus fuerzas. Yo me ahogaba porque estaba muy gordo. ¡Bastante que me había cuidado Alejandro! Además, yo había entrado a aquella casa por un éxito que ahora quería recordar y había conocido la felicidad hasta el momento en que ella me trajo pensamientos culpables. Ahora me empezaba a subir de las entrañas un mal humor inaguantable. Tenía mucha sed y recordaba que pronto cruzaría un arroyito donde un árbol estiraba un brazo seco casi hasta el centro del camino. La noche era de luna y de lejos vi brillar las piedras del arroyo como si fueran escamas. Casi sobre el arroyito empecé a detenerme; él comprendió y me empezó a pegar de nuevo. Por unos instantes me sentí invadido por sensaciones que se trababan en lucha como enemigos que se encuentran en la oscuridad y que primero se tantean olfateándose apresuradamente. Y en seguida me tiré para el lado del arroyito donde estaba el brazo seco del árbol. Él no tuvo tiempo más que para colgarse de la rama dejándome libre a mí; pero el brazo seco se partió y los dos cayeron al agua luchando entre las piedras. Yo me di vuelta y corrí hacia él en el momento en que él también se daba vuelta y salía de abajo de la rama. Alcancé a pisarlo cuando su cuerpo estaba de costado; mi pata resbaló sobre su espalda; pero con los dientes le mordí un pedazo de la garganta y otro pedazo de la nuca. Apreté con toda mi locura y me decidí a esperar, sin moverme. Al poco rato, y después de agitar un brazo, él también dejó de moverse. Yo sentía en mi boca su carne ácida y su barba me pinchaba la lengua. Ya había empezado a sentir el gusto a la sangre cuando vi que se manchaban el agua y las piedras.

Crucé varias veces el arroyito de un lado para otro sin saber qué hacer con mi libertad. Al fin decidí ir a lo de la maestra; pero a los pocos pasos me volví y tomé agua cerca del muerto.
Iba despacio porque estaba muy cansado; pero me sentía libre y sin miedo. ¡Qué contento se quedaría Alejandro! ¿Y ella? Cuando Alejandro me mostraba aquel retrato yo tenía remordimientos. Pero ahora, ¡cuánto deseaba tenerlo!

Llegué a la casa a pasos lentos; pensaba entrar al granero; pero sentí una discusión en el dormitorio de Tomasa. Oí la voz del novio hablando de los sesenta pesos; sin duda los que hubiera necesitado para comprarme. Yo ya iba a alegrarme de pensar que no les costaría nada, cuando sentí que él hablaba de casamiento; y al final, ya fuera de sí y en actitud de marcharse, dijo: “O el caballo o yo”.

Al principio la cabeza se me iba cayendo sobre la ventana colorada que daba al dormitorio de ella. Pero después, y en pocos instantes, decidí mi vida. Me iría. Había empezado a ser noble y no quería vivir en un aire que cada día se iría ensuciando más. Si me quedaba llegaría a ser un caballo indeseable. Ella misma tendría para mí, después, momentos de vacilación.

No sé bien cómo es que me fui. Pero por lo que más lamentaba no ser hombre era por no tener un bolsillo donde llevarme aquel retrato.

Fuente: Ciudad Seva

 Otros cuentos

Si te gustan los cuentos surrealistas, te recomiendo La dama oval de Leonora Carrington.

 

 

martes, 9 de junio de 2026

La dama oval de Leonora Carrington

 

Leonora Carrington

A continuación, te presento La dama oval de Leonora Carrington. En este cuento para adultos se presenta a Lucrecia, una joven extraña y melancólica que vive encerrada en una mansión elegante y opresiva bajo la autoridad cruel de su padre. La narradora descubre un mundo surrealista donde los juguetes parecen vivos, una urraca habla y Lucrecia imagina convertirse en caballo para escapar de la realidad y conservar su libertad infantil. Sin embargo, su padre le prohíbe ese juego y finalmente destruye a “Tártaro”, el caballo que simboliza su imaginación y su independencia. El significado del cuento gira alrededor de la represión de la fantasía, el control autoritario y el paso traumático de la infancia a la edad adulta: Lucrecia representa el deseo de libertad y creatividad, mientras que el padre encarna las normas rígidas y el poder que destruye la inocencia y obliga a abandonar el mundo mágico interior.

Tengo la impresión de que en este relato se esconde una especie de biografía emocional de la autora. Aunque la historia está construida desde lo fantástico y lo surrealista, muchos de los elementos parecen reflejar conflictos profundamente humanos; principalmente, la necesidad de escapar a través de la imaginación. En muchos casos, el dolor emocional provocado por traumas infantiles genera la necesidad de transformarlo en arte o en escritura, como si narrarlo fuera una forma de comprenderlo o sobrevivirlo.

Además, creo que la autora utiliza lo surrealista no para escapar de la realidad, sino para expresar emociones que resultarían difíciles de explicar de manera directa.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La dama oval

(Cuento completo)

Había una dama muy alta y delgada de pie junto a la ventana. La ventana era muy alta y delgada también. La dama tenía el rostro pálido y triste. Estaba inmóvil, y nada se movía en la ventana salvo la pluma de faisán que ella llevaba en el pelo. Esta pluma temblona atrajo mi mirada: ¡tanto se agitaba en esta ventana donde nada se movía!

Era la séptima vez que pasaba por delante de la ventana. La dama triste no se había movido; a pesar del frío de esa tarde, me detuve. Quizá los muebles eran tan altos y delgados como la ventana y la dama. Quizá el gato, si es que había un gato, se conformaba también a sus elegantes proporciones. Quería saberlo, me devoraba la curiosidad; un deseo irresistible de entrar en la casa, sólo para comprobarlo, se apoderó de mí.

Antes de saber exactamente lo que hacía, me hallaba en el vestíbulo. La puerta se cerró en silencio tras de mí, y por primera vez en mi vida me encontré en una morada suntuosa. Para empezar, reinaba un silencio tan distinguido que apenas me atrevía a respirar. Luego estaba la extrema elegancia de los muebles y los bibelots. Cada silla era lo que menos el doble de alta que una silla normal, y mucho más estrecha. Entre estos aristócratas, hasta los platos eran ovalados, no redondos como los de las personas corrientes. El salón, donde seguía la dama triste, estaba decorado con una chimenea; y había una mesa puesta con tazas de té y pastas. Cerca del fuego esperaba apaciblemente una tetera a que sirviesen su contenido.

Vista de espaldas, la dama parecía más alta aún. Lo menos medía tres metros. Yo no sabía cómo hacer para dirigirle la palabra. ¿Empezar comentando el tiempo, y decirle lo malo que hacía? Demasiado banal. ¿Hablarle de poesía? Pero ¿de qué poesía?

-Señora, ¿le gusta la poesía?

-No; odio la poesía –respondió con voz ahogada de aburrimiento, sin volverse hacia mí.

-Tome una taza de té, le sentara bien.

-Yo no bebo; yo no como. En protesta contra mi padre, el muy hijo de perra.

Tras un cuarto de hora de silencio, se volvió; y me dejó asombrada su juventud. Tendría quizá dieciséis años.

-Es muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años no era ni la mitad de alta que usted.

-Me da igual. Bueno, sírveme un poco de té, pero no lo digas a nadie. Tal vez me tome también una pasta de ésas; pero hagas lo que hagas, recuerda no decir nada.

Comió con un apetito absolutamente asombroso. Cuando iba por la pasta número veinte dijo:

-Aunque me muera de hambre, no se saldrá con la suya. Ya veo el cortejo fúnebre, con cuatro grandes caballos negros y relucientes. Van despacio, con mi pequeño ataúd blanco entre un montón de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Se echó a llorar.

-Mira el pequeño cadáver de la hermosa Lucrecia. Y ¿sabes una cosa?: una vez que estás muerta no hay mucho que hacer. Me gustaría morir de hambre, sólo para fastidiarle. ¡El cerdo!

Tras estas palabras, abandono lentamente la habitación. La seguí.

Cuando llegamos a la tercera planta, entramos en un inmenso cuarto de niños donde había centenares de juguetes rotos y destrozados, diseminados pro todas partes. Lucrecia se acercó a un caballo de madera. Pese a lo antiguo que era –no tendría menos de cien años-, estaba congelado en pleno galope.

-“Tártaro” es mi favorito –dijo, acariciando el hocico del caballo-. Detesta a mi padre.

“Tártaro” se meció graciosamente sobre sus balancines; y yo pregunté cómo podía moverse por sí solo. Lucrecia lo miró pensativa, juntando las manos.

-Irá lejísimos, así –dijo-. Y cuando vuelva, me contará cosas interesantes.

Al asomarme al exterior vi que estaba nevando. Hacía mucho frío, pero Lucrecia no lo notaba. Un leve ruido en la ventana atrajo mi atención.

-Es Matilde –dijo-. Debía haberle dejado la ventana abierta. Por otra parte, se sofoca una aquí –tras lo cual rompió los cristales, y entró la nieve junto con una urraca que dio tres vueltas volando a la habitación.

“Matilde habla como nosotros. Hace diez años que le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!

-Herrrmosa crrriatura –graznó Matilde con voz brujeril-. HHerrmosa crrriatura.

Matilde fue a posarse sobre la cabeza de “Tártaro”. El caballo seguía galopando suavemente. Estaba cubierto de nieve.

-¿Has venido a jugar con nosotras? –preguntó Lucrecia-. Me alegro, porque me aburro muchísimo aquí. Hagamos como que éramos caballos. Voy a convertirme en caballo con un poco de nieve, resultará más convincente. Tú serás caballo también, Matilde.

-Caballo, caballo, caballo –chilló Matilde, danzando histéricamente sobre la cabeza de “Tártaro”.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que era ya espesa, y rodó por ella gritando:

-¡Todos somos caballos!

Cuando se levantó, el efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era Lucrecia, habría jurado que se trataba de un caballo. Era hermoso, de un blanco cegador y con sus cuatro patas finas como agujas y una crin que le caía como agua alrededor de su larga cara. Se echó a reír de alegría y se puso a bailar locamente en la nieve.

-Galopa, galopa, “Tártaro”; pero yo iré más deprisa que tú.

“Tártaro” no modificó su marcha, pero sus ojos centellearon. No se le veían más que los ojos, dado que estaba cubierto de nieve. Matilde graznaba y se daba cabezazos contra las paredes. En cuanto a mí, bailaba una especie de polca para no perecer de frío.

De repente, observé que la puerta estaba abierta y que había una vieja enmarcada en el vano. Llevaba allí mucho rato, quizá, sin que yo me hubiese percatado. Observaba a Lucrecia con expresión de desagrado.

-Pare ahora mismo –gritó, temblando súbitamente de furor-. ¿Qué es todo esto? ¿Eh, señoritas? Lucrecia, ¿no sabe usted que su padre le tiene rigurosamente prohibido este juego? ¡Es un juego ridículo! Ya no es usted una niña.

Lucrecia seguía bailando, largando sus cuatro patas peligrosamente cerca de la vieja; su risa era estridente.

¡Pare, Lucrecia!

La voz de Lucrecia se volvía cada vez más aguda; se desternillaba de risa.

-Muy bien –dijo la vieja-; con que no me quiere obedecer. ¿eh? Muy bien, pues lo lamentará. Voy a llevarla a su padre.

Tenía una de sus manos escondida detrás de la espalda; pero con una rapidez asombrosa en una persona tan vieja, saltó sobre el lomo de Lucrecia y le metió a la fuerza el freno entre los dientes. Lucrecia saltó en el aire relinchando de rabia, pero la vieja se sujetó a ella. Después nos agarró a cada una de nosotras, a mi por el pelo y a Matilde por la cabeza, e iniciamos las cuatro una danza frenética. En el corredor Lucrecia daba coces en todas direcciones, destrozando cuadros y sillas y piezas de porcelana. La vieja se sujetaba a su lomo como una lapa a la roca. Yo estaba cubierta de heridas y magulladuras, y pensaba que Matilde había muerto, porque la mano de la vieja la agitaba lastimosamente como un trapo.

Llegamos al comedor en una auténtica orgía de alboroto. Sentado a la cabecera de una mesa larga, un señor anciano, con la figura más geométrica del mundo, acababa de comer. De repente, se hizo un completo silencio en la habitación. Lucrecia miró a su padre con gesto arrogante.

-Así que vuelves a las andadas –dijo él, cascando una avellana-. Ha hecho bien señorita De la Rochefroide en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí que jugaras a los caballos. Es la séptima vez que tengo que castigarte, y sin duda sabes que en nuestra familia, el siete es el último número. Me temo, mi querida Lucrecia, que esta vez te tengo que castigar con bastante severidad.

La joven, que había adoptado aspecto de caballo, no se movió; pero le temblaban los ollares.

-Lo que voy a ha hacer es sólo por tu bien, cariño –su voz era muy suave-. Eres demasiado mayor para jugar con “Tártaro”. “Tártaro” es para los niños. Así que voy a quemarlo, hasta que no quede nada de él.

Lucrecia profirió un alarido terrible y cayó de rodillas.

-Eso no, papá; eso no.

El anciano sonrió con gran suavidad y cascó otra avellana.

-Es la séptima vez, cariño.

De los grandes ojos del caballo brotaron lágrimas que excavaron dos surcos en sus mejillas de nieve. Lucrecia se volvió tan deslumbrantemente blanca que brillaba como una estrella.

-Piedad, papá, piedad. No quemes a “Tártaro”.

Su voz se fue volviendo más débil cada vez, y no tardó en encontrarse de rodillas en un charco de agua; yo tenía miedo de que fuera a derretirse del todo.

-Mademoiselle De la Rochefroide, llévese a la señorita Lucrecia –dijo el padre, y la vieja hizo salir a la temblorosa criatura, que había vuelto delgadísima, de la habitación.

Creo que no notó mi presencia. Me escondí detrás de la puerta y oí subir al anciano al cuarto de los niños. Poco después me taponé los oídos con los dedos; porque arriba se oían los relinchos más espantosos, como si un animal estuviese sufriendo torturas extremas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos Fragmentos de El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky.

sábado, 6 de junio de 2026

Fragmentos de El tesoro de la sombra por Alejandro Jodorowsky

Alejandro Jodorowsky

A continuación, me gustaría compartir algunos Fragmentos de El tesoro de la sombra por Alejandro Jodorowsky. Este libro recopila cerca de 200 historias breves, fábulas, aforismos y reflexiones. A través de ellas, el autor invita a un viaje introspectivo para explorar nuestro lado oscuro y enfrentar nuestros miedos internos. El título El tesoro de la sombra y su sinopsis me recuerdan a la teoría de la sombra de Carl Gustav Jung, ya que ambos plantean la idea de explorar nuestro lado oscuro y enfrentar los miedos internos para conocernos mejor. 

La “sombra” representa aquellas partes de nosotros que reprimimos o evitamos ver, y el libro parece mostrar que justamente en esa oscuridad puede encontrarse un “tesoro”: crecimiento personal, autoconocimiento y transformación interior. Estos fragmentos puedes escucharlos en YouTube y Spotify.

En cuanto al autor de este libro, Alejandro Jodorowsky, es un artista, escritor y cineasta chileno-francés conocido por su carrera multidisciplinar, sus obras surrealistas y por crear la psicomagia, una técnica que une arte y misticismo.

 

Fragmentos de El tesoro de la sombra

Ideal loco

Un arquero quiso cazar a la luna. Noche tras noche, sin descansar, lanzó sus flechas hacia el astro. Los vecinos comenzaron a burlarse de él. Inmutable, siguió lanzando sus flechas. Nunca cazó a la luna, pero se convirtió en el mejor arquero del mundo.

 

Arte marcial

Una vez le preguntaron a un guerrero invencible por qué se paseaba por las calles con un aire tan humilde. Mostró una mano extendida y contestó: “Mis dedos son cinco señores. Estos cinco señores se inclinan ante mí”. Fue cerrando la mano hasta convertirla en un puño. “Mientras más humildes se hacen, más fuerza me dan”.

 

Adán, poeta

Quiso decir “fuego”, le salió una llamarada por la boca. Con terror dijo “abejas”, vomitó un enjambre. Ya más cauteloso murmuró “trigo”, la lengua se le cubrió de semillas. Estuvo tentado de decir diamantes, perlas, oro, pero aquello se le mezcló con tarántulas, tigres, excremento. Después de horas de mudez, concretando sus ensueños, exclamó “¡Eva!”. Le vino un dolor atroz a las mandíbulas, la boca se le fue abriendo de más en más. Mientras una cabeza provista de abundante cabellera comenzaba a surgir partiéndole los dientes, fue perdiendo la respiración y luego la conciencia. El cuerpo de la hermosa mujer, formada con los huesos y la carne de aquel primer hombre, surgió de la piel vacía.

 

Ser y parecer

Aquella sombra trabajó esforzadamente la mayor parte de su vida, privándose de lujos y placeres. Al fin reunió la suma que necesitaba para comprarse un cuerpo de carne y hueso. Con gran orgullo se lo pegó en los pies y lo obligó a hacer todo tipo de actividades inútiles sólo para lucir su posesión ante las demás sombras que, cansadas de manejar tantos años sus cuerpos, los movían siguiendo un diagrama de gestos banales y fáciles de ejecutar.

 

La libertad

El hombre libre tenía junto a su camino mil otros caminos. Aunque podía elegir cualquiera de ellos, no lo hizo. Siguió por donde iba.

 

Pesadilla

El viejo sabio se despertó lanzando un alarido. Había soñado que la realidad era real.

 

Un cobarde

Para esconderse de su enemigo caminó toda su vida detrás de él.

 

Cuento de hadas

Una rana que lleva una corona en la cabeza le dice a un señor: “Béseme, por favor”. El señor piensa: “Este animal está encantado. Puede convertirse en una hermosa princesa, heredera de un reino. Nos casaremos y seré rico”. Besa a la rana. Al instante mismo se encuentra convertido en un sapo viscoso. La rana exclama, feliz: “¡Amor mío, hace tanto tiempo que estabas encantado, pero al fin te pude salvar!”.

 

Inversamente proporcional

Un señor utiliza sus energías en coleccionar objetos. Otro decide eliminar los que tiene. Cuando no le quedan objetos materiales, comienza a eliminar movimientos, ideas, recuerdos, sentimientos, que considera innecesarios. Llega a una inmovilidad completa. El coleccionista lo recoge para colocarlo en un gran armario entre sus otros objetos.

 

Dentrofuera

Iba atravesando el desierto. No sabía si el cuerpo que lo llevaba era suyo. No necesitaba darle órdenes: avanzaba en línea recta, dando pasos regulares, siempre con el mismo ritmo. La extensión de arena llegaba hasta el horizonte. Sentía la garganta reseca y la lengua hinchada, pero ese dolor no era suyo. Se había despertado bruscamente dentro de un organismo ajeno que marchaba desnudo por el desierto. Quizás durmiéndose otra vez lograría escapar. Trató. Imposible. Quiso que los pasos cesaran. Tampoco pudo. Luchó por concentrarse en un solo átomo para tocar cada vez menos aquella prisión de carne. Así lo hizo. Al cabo de recorrer innumerables kilómetros, el cuerpo estornudó. Salió disparado por la nariz. Millares de millones de metros cúbicos de arena lo tragaron. Ahora, su cárcel era ese desierto infinito, plano, sin plantas ni animales, con un solo cuerpo humano recorriéndolo en línea recta.

 

Ausencia

—Maestro, ¿dónde está Dios?

—Aquí mismo.

—¿Dónde está el paraíso?

—Aquí mismo.

—¿Y el infierno?

—Aquí mismo. Todo está aquí mismo. El presente, el pasado, el futuro, están aquí mismo. Aquí está la vida y aquí está la muerte. Es aquí donde los contrarios se confunden.

—¿Y yo dónde estoy?

—Tú eres el único que no está aquí.

 

Fuente: Latin American Literature Today

 

Otras recomendaciones

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo La marcha del caracol de Carlos Fuentes

 

jueves, 4 de junio de 2026

La marcha del caracol de Carlos Fuentes

 

Carlos Fuentes

A continuación, te presento La marcha del caracol, un microrrelato escondido de Carlos Fuentes, hallado por Ernesto Bustos Garrido en la novela Cambio de piel, Alfaguara, 1997.  En este relato para adultos de Carlos Fuentes se presenta una escena íntima y aparentemente cotidiana en la habitación de un hotel, donde la observación lenta de unos caracoles refleja las emociones y tensiones silenciosas entre los personajes. A través de una descripción minuciosa y simbólica, el cuento transmite una atmósfera de deseo, distancia y contemplación, mostrando cómo los pequeños detalles pueden revelar aspectos profundos de las relaciones humanas y del paso del tiempo.

En cuanto al autor, Carlos Fuentes fue un destacado escritor y ensayista mexicano, pilar fundamental del Boom latinoamericano. Cosmopolita y profundamente comprometido con la identidad y la historia de su país, Fuentes renovó la narrativa en español con obras maestras como La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Aura (1962). Este microrrelato de Carlos Fuentes puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La marcha del caracol

Carlos Fuentes

Me ibas a contar algún día, Elizabeth, que el caracol avanzó por la pared y tú, desde la cama, levantaste la cabeza y prim

ero viste la estela plateada del molusco, la seguiste con la mirada tan lentamente que tardaste varios segundos en llegar al caparazón opaco que se desplazaba por la pared del cuarto del hotel. Te sentías adormilada y estabas ahí, con el cuello alargado y las manos escondidas en las axilas; sólo viste un caracol sobre el muro de pintura verde desflecada. Javier había manipulado las persianas y el cuarto estaba en penumbra. Ahora desempacaba. Tú, recortada en la cama, lo viste librar las correas de esta maleta de cuero azul, correr el zipper y levantar la tapa. Al mismo tiempo, Javier levantó la cabeza y vio otro caracol, éste veteado de gris, que permanecía inmóvil, escondido dentro de su caparazón. El primer caracol se iba acercando al detenido. Javier bajó la mirada y admiró el perfecto orden con que había dispuesto las prendas que escogió para el viaje. Tú doblaste la rodilla hasta unir el talón a la nalga y te diste cuenta de que había otro caracol sobre la pared. El primero se detuvo cerca del segundo y asomó a cabeza con los cuatro tentáculos. Tú te alisaste la falda con la mano y viste la boca del caracol, rasgada en medio de esa cabeza húmeda y corneada. El otro caracol asomó la cabeza. Las dos conchas parecían hélices pegadas a la pared y derramaban su baba. Los tentáculos hicieron contacto. Tú abriste los ojos y quisiste escuchar mejor, microscópicamente. Los dos cuerpos blancos y babosos salieron lentamente de las conchas y en seguida, con el suave vigor de sus pieles lisas, se trenzaron. Javier, de pie, los miró y tú, recostada, soltaste los brazos. Los moluscos temblaron ligeramente antes de zafarse con lentitud y observarse por un momento y luego regresaron sus cuerpos secos y arrugados a las cuevas húmedas del caparazón. Alargaste la mano y encontraste un paquete de cigarrillos sobre la mesa de noche. Encendiste uno, frunciste el entrecejo. Javier sacó de la maleta los pantalones de lino azul, los de lino crema, los de seda gris y los estiró, pasó la mano sobre las arrugas y los colgó en los ganchos que sonaron como cascabeles de fierro cuando abrió el armario del año de la nana, los corrió, escogió los menos torcidos y regresó a la maleta detenida sobre el borde de la cama. Tú observaste todos sus movimientos y reíste con el cigarrillo apoyado contra la mejilla.

 

–Cualquiera diría que piensas quedarte a vivir aquí.

Fuente: Narrativa breve

Otros cuentos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo "El hombre que riñe con los gatos" de Mark Twain.

 

martes, 2 de junio de 2026

El hombre que riñe con los gatos de Mark Twain

 

Mark Twain

A continuación, te presento “El hombre que riñe con los gatos”, de Mark Twain. En este cuento para adultos, se muestra de forma humorística a un hombre llamado Smith que intenta desmentir una noticia absurda publicada en un periódico, pero termina enredándose cada vez más por culpa de juegos de palabras y respuestas irónicas de los periodistas. Sin revelar demasiado, el cuento muestra cómo el lenguaje puede manipularse para confundir, ridiculizar o evitar la verdad. Su significado gira en torno a la sátira del periodismo sensacionalista y de las discusiones inútiles: mientras Smith intenta defender su dignidad, los redactores deforman constantemente sus palabras hasta convertirlo en objeto de burla. Twain critica así la mala fe, la manipulación verbal y lo difícil que puede ser combatir una mentira cuando quien la controla domina también la conversación.

En cuanto al autor de este cuento, Mark Twain fue novelista, cuentista, periodista y humorista, y está considerado una de las figuras más influyentes de la literatura estadounidense. Destacó por su estilo satírico, su dominio del lenguaje coloquial y su aguda crítica social, además de crear obras que, más de un siglo después de su muerte, continúan siendo referentes culturales y literarios.

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El hombre que riñe con los gatos

[Cuento - Texto completo]

A falta de otra cosa, contamos una vez en nuestro periódico la aventura de un desgraciado que, según nuestro relato, para poner término al infernal estrépito de unos gatos enamorados, se había encaramado en camisa en el tejado la noche del 31 de diciembre, provisto de zapatos viejos a guisa de proyectiles. Después de haber continuado la caza airadamente sobre siete u ocho tejados, el hombre se había resbalado por un tragaluz y había caído en una habitación desconocida, de la que escapó perseguido por un hombre espantado, teniendo que ocultarse tras una chimenea y esperar el alba tiritando, con miedo de que la policía lo descubriese y le descerrajase un tiro. El episodio era pura invención, y al héroe se le había dado un nombre cualquiera muy común: el de Smith; pero una semana después, entró en la redacción un anciano caballero, en cuya fisonomía se pintaba formidable ingenuidad. Se llamaba Smith, vivía en una casa como la descrita en el cuento, y venía a declarar que la anécdota era completamente falsa y extremadamente ofensiva para él.

-Cuide mucho, querido señor -le dijimos, mirándolo fríamente- cuide mucho cómo habla. Conocemos a fondo todas las circunstancias del hecho. ¿Querría usted negar, acaso, que ha andado a zapatazos con aquellos gatos?

-¡Nunca! ¡Nunca! -exclamó Smith-. En mi vida he estado sobre ningún tejado en camisa.

-Y nadie ha dicho que usted haya estado. ¿Quién diablo ha oído hablar nunca de tejados en camisa? Sería un tejado muy raro, por cierto.

-Quiero decir -replicó Smith- que no es verdad que yo haya saltado de la cama en camisa.

-Tampoco encontrará usted eso en el periódico. ¿Dónde hay camas en camisa?

-¡Pardiez! -objetó Smith-. Lo que quiero decir es que nunca he pegado a los gatos en camisa.

-Y se comprende, querido señor. Y ¡ojalá no tenga usted nunca que tratar con gatos en camisa, ni siquiera en pantalones!

-Pero, ¡por Dios! -imploró Smith, esforzándose por permanecer tranquilo-. Ustedes han escrito que yo he salido al tejado con mi camisa solamente para espantar a los gatos.

-Dispense usted. Nosotros no hemos dicho que usted se haya puesto la camisa solamente con ese objeto, ni menos nos hemos metido en si la camisa era o no la suya. Por lo que sabemos de ella, podría ser hasta la camisa de Mahoma.

-Pero si, según ustedes, yo he puesto en fuga a los gatos con zapatos viejos.

-Nosotros no hemos hablado de gatos con zapatos.

-¡No quieren entenderme! -aulló Smith, exasperado-. Nunca jamás he tenido que hacer con gatos en los tejados, ni he tirado zapatos en camisa.

-Señor Smith, ¡seamos formales! Si puede usted indicar un párrafo del periódico en que se le acuse de poner camisas a los zapatos para tirarlas a los gatos, estamos prontos a escribir una apología de cuatro columnas, y además, cuando muera, le haremos un monumento. Usted no puede ser capaz de semejantes extravagancias… ¡Oh, no!

-¡Dios los maldiga! -rugió Smith-. Yo le digo que todo el maldito relato de la caza gatuna y del tirar zapatos, y del quedarme en el tejado pegado a la chimenea para estar caliente, es una calumnia descarada.

-¿Y para qué pegarse a la chimenea sino para calentarse?

-Yo no me he pegado a la chimenea. Yo no he visto acabar el año sobre el tejado, pegado a la chimenea.

-Pero vea usted, señor Smith, vea usted. ¿Cuándo hemos dicho nosotros que el año haya concluido sobre el tejado pegado a la chimenea? Usted desvaría, señor Smith.

-¡Basta! ¡Lo veremos! -gritó Smith, furibundo-. ¡Yo no he tirado zapatos! ¡Nada es verdad! ¡Toda la noche he estado en la cama! ¡Quiero una rectificación! ¡Quiero una rectificación… sí, los acuso de libelistas! ¡Los acuso, los acuso!

Y el pobre Smith salió frenético. Queriendo darle una especie de reparación, preparamos la rectificación siguiente:

Para aquellos a quienes pueda interesar. Sepan todos por la presente declaración que si se ha hecho alguna de las siguientes afirmaciones en estas columnas, la retractamos y la declaramos inexacta. Que un hombre llamado Smith, y que vive en la calle X, tenga un tejado en camisa; que el llamado Smith tenga la costumbre de hacer frente a legiones enteras de gatos en camisa, y los desafíe y combata; que vista los zapatos con camisas; que haya visto al año último espirar adosado a una chimenea; que haya encontrado gatos en zapatos; que acostumbre a tirar tragaluces por el aire; que se haya puesto la camisa propia para combatir a los gatos, o haya hecho otra cosa durante los últimos seis meses que dormir como un lirón, excepto una noche en que le pareció sentir ladrones en casa y mandó a su encuentro a su mujer, armada con el asador, mientras él se echaba a temblar y ponía las sábanas sobre la cabeza.

Fuente: Ciudad Seva


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