Abraham Valdelomar
A continuación, te presento El alfarero de Abraham Valdelomar. En este relato para adultos, se cuenta la historia de Apumarcu, un hombre solitario y talentoso que vive apartado de la sociedad y se dedica a crear figuras de barro. Su vida cambia cuando conoce a Yactan Nanay, un músico con quien entabla una profunda amistad. Apumarcu desea expresar mediante su arte la belleza de la naturaleza y todo lo que siente, pero se frustra porque los materiales que tiene no le permiten representar exactamente lo que imagina. Su búsqueda por alcanzar la perfección artística se vuelve cada vez más intensa.
El significado de El alfarero va más allá del arte: representa la lucha del ser humano por expresar aquello que lleva dentro y que muchas veces no puede explicar con palabras. Apumarcu simboliza al artista que busca alcanzar un ideal de belleza y perfección, aunque sabe que sus recursos son limitados. El cuento también muestra cómo la soledad puede a
compañar al talento y cómo la amistad permite comprender y valorar aquello que los demás no entienden. En ese sentido, Valdelomar presenta el arte como una forma de dejar una huella y acercarse a algo que parece imposible de alcanzar.
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El Alfarero
Su
frente ancha, su cabellera crecida, sus ojos hondos, su mirada dulce. Una
vincha de plata ataba sobre las sienes la rebelde cabellera. Sencillo era su
traje y apenas en la blanca umpi de lana un dibujo sencillo, orlaba los
contornos. Nadie había oído de sus labios una frase. Sólo hablaba a los
desdichados para regalarles su bolsa de cancha y sus hojas de coca. Vivía fuera
de la ciudad en una cabaña. Los Camayoc habían acordado no ocuparse de él y
dejarle hacer su voluntad inofensiva para el orden del imperio. De vez en
cuando encargábanle un trabajo o él mismo lo ofrecía de grado para el Inca o
para el servicio del Sol. Las gentes del pueblo lo tenían por loco, su familia
no le veía y él huía de todo trato. Trabajaba febrilmente. Veíasele a veces
largas horas contemplando el cielo. Muchos de los pobladores encontrabánle
solo, en la selva, cogiendo arcilla de colores u hojas para preparar su
pintura, o cargando grandes masas de tierra para su labor. Pero nadie veía sus
trabajos. Nadie jamás había entrado a su cabaña. Una vez un Curaca le mandó a
su hijo para que aprendiera a su lado el noble y difícil arte de la alfarería.
El muchacho era despierto y alegre. Tenía afán creciente por aprender, y labró
su primera obra. Pero cuando más contento estaba el Curaca, recibió un día a su
hijo despavorido. Temblaba el niño, todo lleno de barro, y sólo musitaba
temeroso y con los ojos desmesurados.
–¡Supay!
¡Supay! ¡Supay!
Y
no quiso volver más a la casa del artista. Porque un día mientras él labraba
afuera, mandó al muchacho a sacar un jarrón fresco. El niño, solícito, acudió y
en la oscura habitación buscó el objeto a tientas. Pero he aquí que cuando
menos pensó, encontróse con una enorme sombra y quiso salir precipitadamente;
sintió sus manos detenidas por un monstruo enorme que luchaba con él. Era una
estatua de Supay, que secaba en la habitación. Y el niño, al querer huir, había
metido en la fresca arcilla sus manos y a medida que quería desprenderse, más
se aprisionaba en el barro y gritaba despavorido y el Supay se derribó y cayó
sobre él y llegó el artista y lo liberó. Desde entonces cortó toda relación con
los del pueblo. El mismo se procuraba su alimento. El iba en pos de las frutas
del valle, canjeaba a los viajeros huacos por coca, y así vivía, libre como un
pajarillo. Un día le envió al Inca una serpiente de barro que silbaba al
recibir el agua, y causó tal espanto que el Inca hubo de mandarla al Templo del
Sol. Otro día hizo una danza de la muerte. Cada vez que trabajaba, decían oír gritos
de dolor en la covacha, y llegaron a no pasar cerca de sus linderos los
traficantes. Una tarde en que Apumarcu había ido al río en pos de agua para
deshacer el barro, sintió tocar una antara en la fronda. Y él nunca había oído
dulces canciones. Y poco a poco se fue acercando y vio a un hombre que sobre
una roca, solitario, a la orilla del río, tocaba. Y le habló.
–¿Y
quién eres tú que así vienes a estos lugares donde sólo hay un recuerdo que es
mío?.....
–Yo
soy Apumarcu el alfarero .
–Ah
hermano, yo soy Yactan Nanay, el que toca el antara…
–¿Y
de qué ayllu eres tú, Yactan Nanay?....
–Yo
no tengo Ayllu……..Y tu Ayllu ¿cuál es?..
–Mi
barro. Y desde entonces fueron como grandes hermanos. No se separaban nunca.
Juntos iban en pos de la fruta escondida entre el follaje rumoroso. Juntos
pasaban largas horas y conversaban largamente. Apumarcu le hablaba de las cosas
que él nunca había escuchado a nadie. Y Yactan le decía cómo una tarde su amada
habríase perdido… Y le relataba algunos viajes hechos por países desconocidos y
le hablaba de sus dudas respecto a la divinidad .Una vez hizo Apumarcu una
cabeza del amigo. El la llevaba consigo porque no era más grande que un puño. Y
tanto hablábale de su amada y de tal manera le describía su cara que un día
Apumarcu le hizo una cabeza de ella. Y él le explicaba, y el otro realizaba. Y
cuando estuvo concluida, Yactan Nanay le dijo:
–Yo
no tocaré sino para ti, hermano, porque tú la has comprendido y me la has
devuelto. Creo que el barro en que ella está aquí en tu obra vivirá
eternamente. Eres más grande que el Sol porque él la hizo y la llevó, mientras
que tú las hecho en dura arcilla y no morirá nunca. Pero yo he perdido a mi
amada y ya no puedo ser alegre. Tú que no las has perdido, que no la tienes
¿Por qué eres tan triste?... Tú podías hacer que el Inca te diera por esposa a
la más bella dama de la corte… ¿Por qué vives solitario hermano?… –Yo siento
que algo me falta… Yo siento una ansia inexplicable en mi alma… Yo siento que
hay algo que yo podría hacer y sé que podría ser feliz… Tengo un incendio en el
alma, veo una serie de cosas pero no puedo expresarlas. Tú sufres y cantas en
la antara tú dolor y haces llorar a los que te escuchan, pero yo siento, veo,
imagino grandes cosas y soy incapaz de realizarlas. ¿Sabes? Yo quisiera pintar
la vida tal como la vida es. Yo quisiera representar en un pequeño trozo lo que
ven mis ojos. Aprisionar la naturaleza. Hacer lo que hace el río con los
árboles y con el cielo. Reproducirlos. Pero yo no puedo; me faltan colores, los
colores no me dan la idea de lo que yo tengo en el alma. He ensayado con todos
los jugos de las hojas a reproducir un pedazo de la naturaleza, pero me sale muerto.
No puedo hacer la alegría del bosque, ni la azul belleza del cielo, ni puedo
hacer una sonrisa, sino en el tosco barro.
¿Tú
no crees que se puede hacer otra naturaleza como la que se ve?... Los hombres
del Imperio no comprenden esto. El barro es tosco; yo puedo hacer todo con el
barro, pero ¿cómo haría yo a un hombre que pensara, cómo pondría en su cara la
palidez del insomnio?... ¡Ah, cuán desgraciado y pequeño soy hermano…! Y lo
llevó hasta su covacha y le mostró un muro en el cual veía, vago y lleno de
durezas a trozos, un pedazo de campo. Pero allí faltaba un color… El color de
un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol
cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas.
–Esto no es, no es, hermano… Esto no es como el crepúsculo… –El crepúsculo sólo
lo puede hacer el Sol, hermanito ¿Por qué te empeñas en igualarlo?... –Yo
quiero hacer lo que hace el Sol, lo que hace el día, lo que hace la naturaleza.
Un día \ se había alejado en busca de una semilla, que es rosada, para
ofrecérsela a Apumarcu. Y cuando volvió por la tarde encontró solo el lugar
donde solía estar el artista. Entro hasta su cuarto y no lo encontró. Un día
Apumarcu se empeño en hacer sobre el muro los colores de una tarde, de aquella
tarde en la cual había visto a Yactan Nanay. Cogió hojas y empezó a
restregarlas contra los muros y con unas flores iba dando las notas de color.
–Tráeme hojas y florecillas de molle, le dijo. A poco volvió. –Esto no es, no
es, hermano… Pero puede ser…
Entonces,
como poseído de una fuerza extraña, empezó a restregar febrilmente contra el
muro los diversos colores, y en su rostro iba creciendo una extraña fiebre, y
trabajaba cálidamente y seguía copiando la luz y el paisaje que por la ventana
veía. De pronto se detuvo. Faltaba algo, un algo sólo, un tono, un color que él
no tenía; ¿cómo hallarlo? Sacó un cuchillo de chilliza y apasionadamente se
cortó el puño y surgió la sangre con el agua de un vaso y vio el color que le
faltaba y siguió poniendo las notas hasta que cayó exámine sobre su lecho.
Cuando Yactan Nanay volvió, encontró a Apumarcu tendido sobre el lecho, la
sangre coagulada y morada había hecho un pequeño lago en la tierra, y en el
muro vio el paisaje de la última tarde. Besó su frente y llorando, tocó a sus
pies la canción del crepúsculo. El oro del Sol caía por la ventana estrecha y
se desleía en la ropa del artista, en cuyo rostro anguloso había un tono verde
y en cuyos ojos señoreaba esa humedad trágica de los ojos que ya no tienen
vida. A sus pies encontró Yactan Nanay una cabecita de barro con la imagen del
amigo muerto. Y siguió tocando, tocando, hasta que la noche cayó, como una sola
sombra inerte sobre el mundo silencioso.
Fuente: textos.info Biblioteca digital abierta
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