martes, 3 de febrero de 2026

El fin, un cuento breve para adultos de Borges

 

El fin de Borges

A continuación, te presento: El fin, un cuento breve para adultos de Borges, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en Youtube.

En “El fin”, Borges sitúa la acción en una pulpería perdida en la llanura, donde un hombre paralizado presencia la llegada de un forastero que viene a encontrarse con otro, unidos por un pasado que pesa más que sus palabras. El relato avanza con sobriedad, en diálogos breves y tensos, mientras el paisaje abierto y casi abstracto amplifica la sensación de fatalidad. Sin revelar el desenlace, el cuento sugiere que los personajes no actúan con plena libertad, sino que obedecen a una lógica anterior a ellos, como si repitieran un gesto ya inscrito en la historia. Su significado apunta a la idea borgiana del destino y de la identidad como algo que se cumple más que se elige: el verdadero “fin” no es solo el cierre de un duelo, sino la consumación de un papel que parecía inevitable.

 

El fin

(Cuento completo de Jorge Luis Borges)

         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…

         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.

         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:

         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

         El otro, con voz áspera, replicó:

         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.

         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:

         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

         El otro explicó sin apuro:

         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.

         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.

         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.

         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.

         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:

         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.

         El negro, como si no lo oyera, observó:

         —Con el otoño se van acortando los días.

         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.

         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:

         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:

         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.

         El otro contestó con seriedad:

         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.

         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:

         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.

         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.

         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

 

Fuente: Literatura.us

 

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sábado, 31 de enero de 2026

Cuento breve de Amado Nervo

 

Amado Nervo

A continuación, te presento “La gota de agua que no quería perder su «individualidad»”, de Amado Nervo, que también puedes escuchar en formato de audiocuento en Spotify o ver en video en YouTube.

 

En este cuento, una gota de agua que ha pasado la noche sobre el pétalo de una rosa disfruta de su belleza y de cómo refleja la luz y los colores del mundo, sintiéndose única y valiosa en su pequeña existencia. Cuando el sol comienza a calentarla, la gota percibe que está a punto de evaporarse y suplica no desaparecer, pues teme perder su “individualidad”, es decir, su identidad como gota concreta y distinta. Sin revelar el desenlace, el relato utiliza esta escena sencilla y poética para reflexionar sobre el miedo al cambio y a la disolución del yo, mostrando cómo la resistencia a formar parte de algo más grande —el ciclo natural— simboliza el temor humano a dejar de ser lo que creemos que somos.


La gota de agua que no quería perder su «individualidad»

Cuento completo de Amado Nervo

Por la noche, en el verano, a partir de las doce pueden regarse los tiestos. Se supone que a las doce —y se supone mal— nadie pasará ya bajo los balcones enmacetados de Madrid; pero si pasa, y es abrupto en riego helado cae sobre su cabeza, ni tiene derecho a quejarse, ni vale la pena, porque el agua, aun así, es bienvenida en pleno agosto. Las flores, “por su parte”, es indecible lo que gozan con ese riego nocturno, cuya frescura se perpetúa, sobre todo en los balcones de Luis, que miran al Poniente, hasta bien entrada la mañana. El otro día, a las doce, sobre el pétalo aterciopelado de una rosa, como sobre la tela de un estuche, radiaba aún una gruesa gota de agua. Había pasado allí buena parte de la noche, fresca por excepción, dejándose penetrar por la luna. Un viento suave la balanceaba en su hamaca olorosa de seda. Pero avanzaba la mañana. El dios trasponía ya el meridiano, y una saeta de oro del arquero divino hirió en pleno corazón a la gota, tocándola en chispa maravillosa. Luis, que de antaño comprende el lenguaje del agua, como el sultán Mahmoud comprendía a los pájaros, oyó quejarse a la gota, la cual decía entre suaves quejumbres: —Tengo miedo, ¡ay!, tengo miedo. Siento que empiezo a evaporarme... ¡Oh sol, no me beses, por Dios! Tus besos hacen un espantoso daño. Me penetran toda, me abrasan, me disgregan... Yo no quiero deshacerme, no quiero volatilizarme... ¡No quiero perder mi individualidad!... ¿Entiendes, oh sol? No quiero perder mi individualidad. «Yo reflejo e mi modo la naturaleza. Soy un pequeño ojo cristalino, muy abierto, que la ve, que la admira desde este nido de terciopelo, desde esta cuna suave y bienoliente. Llevo ya muchas horas divinas de vida harmoniosa. Durante buena parte de la noche he reflejado la luna. He sido, ya una perla, un zafiro místico, ya una turquesa celeste. Después, la bóveda se ha pintado de un amarillo suave, y yo me he vuelto topacio. A poco el cielo se tiñó de rosa, y he sido rubí. Ahora soy diamante. Y cuando las hojas del rosal se miran en mi espejo para contemplar su traje nuevo, recién cortado en punta, me convierto en esmeralda

»No me beses, ¡oh sol! No sabes besar: haces mucho daño. No eres como la luna. Ella sí que sabía besar blandamente: al fin, mujer. Tú te pareces a un hombre sanguíneo, tosco y premioso. »¡Ay!, siento que me deshago, que me desvanezco, que me pierdo... »Sí, comprendo que eso de la transparencia absoluta es una cosa muy buena; que ser parte de la atmósfera húmeda es cosa muy conveniente; que flotar, volar, es cosa muy apetecible. Comprendo también que un poco de frío puede condensar mi humedad, y entonces ser yo parte mínima de una nube de esas que he visto pasar por la mañana y que parecen cuentos y milagros... Todo eso, sin duda, es bueno. Pero yo dejaría de ser gota, de ser gotita diáfana y temblorosa que soy: esta gotita acurrucada en el pétalo de una rosa, ¡y no quiero perder mi individualidad! »¡Ay! ¡Ay!, que daño me haces..., ¡oh sol! Ya no me beses, ya no me be...ses. Yo soy u...na gotita... de agua..., una lu...mi...no...sa go...tita de agua... sobre un rosa..., sobre una ro...» Estas fueron las últimas palabras de la gotita trémula que brillaba sobre el pétalo de una rosa en el balcón de Luis. El sol, brutal y sordo como la muerte, había hecho su obra.

 

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jueves, 29 de enero de 2026

Cuente breve de Fernanda Ampuero

 

Fernanda Ampuero

A continuación, te presento un cuento breve de Fernanda Ampuero: La apuesta que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El cuento narra un encuentro casual durante un viaje en carretera, donde un hombre corriente se cruza con un desconocido que le propone una apuesta aparentemente trivial, pero que pronto se vuelve inquietante, transformando una charla cualquiera en una experiencia imposible de olvidar; lo extraordinario irrumpe en medio de la rutina, sin explicaciones claras, y deja al protagonista atrapado en una duda persistente. El significado del relato apunta a que la realidad no siempre es tan sólida como creemos: basta un hecho inexplicable para resquebrajar nuestras certezas, recordándonos que el mundo aún guarda zonas de misterio que la razón no puede dominar y que, a veces, una historia mínima puede alterar para siempre nuestra manera de mirar lo cotidiano.

La apuesta

Cuento completo de Fernanda Ampuero

Es tanta la gente que cuenta historias y son tan pocas las personas que las escuchan, que lo lógico es que mu- chas acaben en el olvido. Los casuales oyentes, quizá por indiferencia o por menosprecio al cotorreo, suponen que les endilgan cualquier tontería. Y, bueno, probablemente no les falta razón. Sin embargo, algo sucede en la memoria de uno que otro oyente —de un oyente impresionable como yo, quiero decir—, donde el recuerdo de un detalle determina que las historias mantengan su inexplicable frescura. No me refiero a todas, desde luego; no soy Funes, el memorioso. Hablo sólo de esa clase de extrañas historias que, en definitiva, perduran como una inquietud.

Voy a referir ahora un cuento de mi amigo Enrique. De él suelo decir que es un hombre sencillo y campechano, sin afanes de hacerse el interesante o de querer perturbar a nadie; detesta llamar la atención. Pero esto último, para Enrique, no resulta fácil: el mundo ordinario en el que se mueve se declara a veces en rebeldía ante la normalidad. A mí, digamos, siempre me cuenta cosas raras y locas; o, por decir lo menos, curiosas. De cualquier modo, lo suyo no aporta grandes tragedias o catástrofes; nada de eso. Son más bien pequeñeces, cosas irrelevantes. Como, por ejemplo, la historia de aquel pasajero de una destartalada combi de provincia —uno de sus más antiguos cuentos—, a quien conoció un día mientras viajaba de Trujillo a Lima.

Enrique subió a esa combi porque el vehículo que conducía, su vieja ranchera pickup, empezó a humear y se plantó por una avería en el radiador. Decidió entonces empujarla hacia el carril auxiliar de la carretera y estacionarla; luego, en pos de un taller mecánico, trepó a la combi que lo llevaría a Casma, cerca de Huarmey.

El trayecto, según le informó el chofer, tomaba unos cincuenta minutos. La combi iba llena, pero encontró un sitio libre en la tercera fila, junto a un sujeto de barba y expresión pacífica. Se sentó en el lado del pasillo y estuvo veinte minutos en silencio, como la mayoría de pasajeros, dedicados a dormitar o contemplar el desierto.

Enrique, por contraste, lucía bastante despierto e inquieto. Fue en ese ánimo cuando su vecino de asiento se volvió hacia él y le habló con un tono de voz apagado.

—Tengo una pregunta que hacer —dijo—. ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Mi amigo se sorprendió, pero supo moderar su reacción con una amable sonrisa.

—¡Qué pregunta!

—Es una pregunta simple —dijo el sujeto—. Todos los niños la formulan.

—No lo dudo —comentó Enrique—. Los niños siempre están haciendo ese tipo de preguntas.

—¡Y otras más interesantes! Yo sospecho que la mayoría de filósofos de la Antigüedad escuchaban con fervor las preguntas de los niños y, estimulados por éstas, mientras las contestaban, fueron forjando sus ideas filosóficas. Los niños son filósofos naturales… Pero, en fin, me gustaría que me responda…

—¿Qué?

—La pregunta que le hice… ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Enrique soltó esta vez una risita.

—No lo sé —replicó—. Me imagino que el mismo tiempo que podría resistir un hombre dentro del agua…

Tres minutos, cuatro minutos… Desconozco el récord humano bajo el agua.

—¿Ésa es su respuesta?

—Sí —titubeó Enrique.

—Mire, le hago una apuesta… ¡Cinco soles! No es mucha plata, pero le pone emoción al asunto. Si usted gana, se acordará de esto para siempre; y si pierde, también se acordará. ¿Qué le parece?

Meneando la cabeza, Enrique se animó:

—La acepto —dijo—. Aunque no me imagino cómo podría probarlo en este momento.

—Podré probarlo ahora mismo.

—¿Ah, sí? A ver, diga: ¿cuánto tiempo vive un pez fuera del agua?

—Una hora, más o menos.

—¡Imposible! —gruñó Enrique sacudiendo la cabeza—. No le creo… Pero me intriga qué prueba va a presentar…

—La más convincente de las pruebas —enfatizó el sujeto—. Míreme bien.

—Lo estoy viendo.

Con estudiada parsimonia, el sujeto introdujo una mano en el bolsillo interior de su casaca y la volvió a sacar aferrando un pez.

—Este pez es la prueba… ¡Tóquelo!… ¡Sienta cómo se mueve!

Atónito, observando al escamoso pez de ojos enormes que se movía en la mano de aquel sujeto, Enrique no sabía qué pensar, pero balbuceó:

—¿Qué es eso?

—¡Un pez! ¡Un tramboyo! ¡Y está vivo!… ¡Vamos, tóquelo!

Mi amigo lo tocó y, en efecto, sintió vida en ese contacto resbaladizo.

—¿Cuánto tiempo llevamos de viaje? —acometió el sujeto—. ¡Casi media hora! No han sido diez minutos o menos. Y cuando en la próxima media hora lleguemos al pueblo, lo aseguro, este pez seguirá moviéndose.

Enrique le pidió bruscamente al sujeto que se abriera la casaca y le mostrara el bolsillo de donde había sacado al pez.

—¿Tiene un frasco con agua en ese bolsillo?

—¡Claro que no! Revise usted.

Tras revisar el bolsillo, no encontró el pequeño depósito de agua que había imaginado. Ni siquiera perci- bió algo húmedo.

—¿Satisfecho? —se ufanó el sujeto. Enrique asintió—. Bueno, me debe cinco soles. Nos tomaremos una cerveza en la próxima parada. Usted paga.

Mi amigo nunca descubrió cuál era el truco.

Y luego, sentándose a la mesa de un quiosco, se tomó una cerveza grande con el sujeto. Mientras tanto, sobre la mesa, junto a la botella, el pez movía la cola.

 

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Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento para adultos de Edgar Allan Poe. 


lunes, 26 de enero de 2026

El corazón delator de Edgar Allan Poe

 

Literatura gótica

A continuación te presento El corazón delator, de Edgar Allan Poe, una joya del terror psicológico y de la literatura gótica. Este relato nos sumerge en la voz de un narrador inquieto, atrapado por una obsesión que crece en silencio y lo conduce a un territorio donde la razón y el delirio se confunden. Se puede interpretar como una metáfora del enfrentamiento con la autoridad o la figura paterna, el cuento también habla de la vigilancia interior: esa conciencia que observa, juzga y no permite huir de uno mismo. El verdadero horror no proviene de fuerzas externas, sino de una mente que se convierte en su propio carcelero, en un panóptico invisible donde cada pensamiento queda expuesto. Puedes escucharlo en formato de audiocuento en Spotify y YouTube.

 

El corazón delator

[Cuento completo] Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre. Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía. Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente. Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: -¿Quién está ahí? Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte. Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación. Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito. ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora? Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima. Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos. Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte! -¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Fuente: Ciudad Seva


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viernes, 23 de enero de 2026

Escalones y otros poemas de Hermann Hesse

Hermann Hesse

A continuación, te presento a uno de mis escritores preferidos, Hermann Hesse, entre cuyas obras se encuentra Escalones, uno de sus poemas más conocidos, que puedes escuchar en formato de video en YouTube y en audio en Spotify

 

El poema “Escalones” (Stufen) de Hermann Hesse es una meditación profunda sobre el cambio y el sentido del crecimiento humano. En él, Hesse propone que la vida no es algo fijo ni un lugar al que se llega, sino una sucesión de etapas que debemos atravesar con valentía: cada “escalón” representa una fase —una relación, una identidad, una forma de ver el mundo— que en algún momento deja de servirnos. Aferrarse a un escalón viejo, por cómodo que sea, significa estancarse espiritualmente.

El mensaje central del poema es que toda despedida es necesaria, aunque duela. Hesse no ve el cambio como una pérdida, sino como una condición para seguir vivos por dentro. Cuando una etapa termina, no es un fracaso: es una invitación a transformarnos. Por eso el poema insiste en la idea de partir, de soltar, de no convertir ninguna forma de vida en una prisión.

También hay una dimensión existencial muy fuerte: cada escalón que subimos nos acerca a lo desconocido. No sabemos qué viene después, y sin embargo debemos avanzar. Hesse sugiere que la madurez consiste justamente en aceptar la incertidumbre y confiar en que el movimiento mismo es lo que nos mantiene íntegros. Vivir bien no es permanecer seguros, sino estar dispuestos a cambiar.

En ese sentido, Escalones es un poema sobre el coraje de ser uno mismo una y otra vez, reinventándose. Nos recuerda que la vida pide despedidas constantes —de personas, de ideas, de versiones de nosotros— y que solo quien se atreve a subir el siguiente escalón puede realmente crecer.

 

Escalones

[Poema completo]

Hermann Hesse

 

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.
Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.
Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros…
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado!

 

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miércoles, 21 de enero de 2026

Cuento para adultos de Benedetti

 

De puro distraído

A continuación, un cuento para adultos de Benedetti: De puro distraído, que puedes escuchar en Spotify o ver en YouTube.

El cuento narra la vida errante de un hombre que recorre países y ciudades sin rumbo fijo, movido por una mezcla de incomodidad con su país de origen y una vocación casi natural por el vagabundeo, la libertad y la distracción, viviendo al margen de los centros de poder y de las certezas, guiado más por impulsos que por mapas; a través de este personaje, Benedetti construye una metáfora del exilio y de la fragilidad humana frente a los sistemas políticos y sociales, mostrando cómo alguien puede huir sin declararse perseguido, no por ideología explícita sino por una sensibilidad que no soporta la injusticia, la hipocresía y la violencia, y sugiere que, en contextos de represión, incluso la distracción y la inocencia pueden volverse una forma de resistencia… pero también una peligrosa vulnerabilidad.

 

Cuento de Mario Benedetti: De puro distraído

(Cuento completo)

Nunca se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito. 

Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.

Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.

Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.

Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.

A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.

Cierto mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.

De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.

En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.

Fuente: Narrativa breve

 

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domingo, 18 de enero de 2026

Los censores de Luisa Valenzuela

 

Panóptico de Foucault

A continuación, te presento un cuento para adultos de Luisa Valenzuela que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y Spotify. Los censores de Luisa Valenzuela es sobre un hombre que, por amor y miedo, se introduce en un sistema de vigilancia que controla cada palabra escrita, creyendo que desde dentro podrá proteger a quien ama. Lo que el cuento revela es un mecanismo muy cercano al panóptico de Foucault: un poder que no necesita vigilar todo el tiempo porque ha logrado algo más eficaz —que las personas se vigilen a sí mismas. A medida que Juan avanza en la burocracia de la censura, interioriza la mirada del poder y empieza a pensar, sospechar y juzgar como el sistema mismo. Así, el relato muestra cómo los regímenes autoritarios no sólo reprimen desde afuera, sino que producen sujetos que colaboran activamente con su propia dominación, hasta perder de vista dónde termina el control y dónde empieza su propia voluntad.

 

Los censores

Cuento completo de Luisa Valenzuela

¡Pobre Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno se descuida, y así como me oyen uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, ¿qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le envió a Mariana?)

Juan sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.

Entonces hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar de sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.

Fue con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.

En los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.

El edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran explosivo alguno.

Cierto es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando como antes aunque bastante más inquietos. Otro compañero intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.

Una vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse en asuntos ajenos.

De la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después de una larguísima procesión por otras dependencias.

Poco a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin piedad muchas cartas al canasto de las condenadas. Días de horror ante las formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple «el tiempo se ha vuelto inestable» o «los precios siguen por las nubes» detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.

Tanto celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan, que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.

Su canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.

Fuente: Lecturia

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