domingo, 4 de octubre de 2026

El piano viejo de Rómulo Gallegos

Rómulo Gallegos

A continuación, te presento El piano viejo de Rómulo Gallegos. La historia narra la vida de Luisana, una mujer considerada insignificante por sus hermanos, quienes se marchan del hogar paterno para seguir ambiciones egoístas. Cumpliendo una promesa a su padre, Luisana permanece en la casa familiar manteniendo cada habitación impecable y actuando como un vínculo silencioso de paz que, sin que ellos lo noten, frena los conflictos y resentimientos entre sus hermanos. Su vida, tan humilde como una tecla desafinada de su viejo piano que siempre suena a destiempo, encuentra su significado en este sacrificio invisible; tras su muerte, mientras los hermanos se enfrentan violentamente por la herencia, esa misma tecla del piano emite un sonido espontáneo que detiene la disputa, recordándoles que su presencia espiritual sigue siendo el único lazo de concordia capaz de salvarlos de su propia codicia.

El significado del cuento reside en la reivindicación de los seres humildes y su papel fundamental como cohesión ética en la sociedad. Gallegos utiliza la metáfora de la tecla desafinada para mostrar que, aunque alguien parezca "no encajar" o no brillar bajo los estándares del éxito material, su valor espiritual puede ser el pilar que sostiene a una familia entera. Es una reflexión profunda sobre cómo la bondad genuina no necesita ser celebrada para ser eficaz, y como el amor desinteresado puede trascender incluso la muerte para apaciguar las sombras del egoísmo humano.

Sin embargo, no puedo evitar ver también en Luisana  otra realidad más sombría: la de un alma marcada por el trauma. Su entrega absoluta es también el reflejo de una persona que aprendió a anular sus propios deseos para existir solo a través de los demás, recordándonos que priorizar siempre al resto antes que a una mismo puede ser, más que una virtud, el refugio silencioso de un corazón que nunca se sintió con derecho a brillar por sí solo. 

Este relato para adultos de Rómulo Gallegos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.


El piano viejo de Rómulo Gallegos

Eran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ramón, Ester, María. La vida los fue dispersando, llevándoselos por distintos caminos, alejándolos, maleándolos. Primero, Ester, casada con un hombre rico y fastuoso; María, después, unida a un joven de nombre sin brillo y de fama sin limpieza; en seguida, Carlos, el aventurero, acometedor de toda suerte de locas empresas; finalmente Ramón, el misántropo que desde niño revelara su insana pasión por el dinero y su áspero amor a la soledad; todos se fueron con una diversa fortuna hacia un destino diferente.

Solo permaneció en la casa paterna Luisana, la hermana mayor, cuidando al padre, que languidecía paralítico lamentándose de aquellos hijos en cuyos corazones no viera jamás ni un impulso bueno ni un sentimiento generoso. Y cuando el viejo moría, de su boca recogió Luisana el consejo suplicante de conservar la casa de la familia dispersa, siempre abierta para todos, para lo cual se la adjudicaba en su testamento, junto con el resto de su fortuna, a título de dote.

Luisana cumplió la promesa hecha al padre, y en la casa de todos, donde vivía sola, conservó a cada uno su habitación, tal como la había dejado, manteniendo siempre el agua fresca en la jarra de los aguamaniles, como si de un momento a otro sus hermanos vinieran a lavarse las manos, y en la mesa común, siempre aderezados los puestos de todos.

Tú serás la paz y la concordia, le había dicho el viejo, previendo el porvenir, y desde entonces ella sintió sobre su vida el dulce peso de una noble predestinación.

Menuda, feúcha, insignificante, era una de esas personas de quienes nadie se explica por qué ni para qué viven. Ella misma estaba acostumbrada a juzgarse como usurpadora de la vida, parecía hacer todo lo posible para pasar inadvertida: huía de la luz, refugiándose en la penumbra de su alcoba, austera como una celda; hablaba muy poco, como si temiera fatigar el aire con la carga de su voz desapacible, y respiraba furtivamente el poquito de aliento que cabía en su pecho hundido, seco y duro como un yermo.

Desde pequeñita tuvo este humildoso concepto de sí misma: mientras sus hermanos jugaban al pleno sol de los patios o corrían por la casa alborotando y atropellando con todo, porque tomaban la vida como cosa propia, con esa confianza que da el sentimiento de ser fuertes, ella, refugiada en un rincón, ahogaba el dulce deseo de llorar, único de su niñez enfermiza, como si tampoco se creyera con derecho a este disfrute inofensivo y simple. Crecieron, sus hermanas se volvieron mujeres, y fueron celebradas y cortejadas, y amaron, y tuvieron hijos; a ella, siempre preterida – que hasta su padre se olvidaba de contarla entre sus hijos -, nadie le dijo nunca una palabra amable ni quiso saber cómo eran las ilusiones de su corazón. Se daba por sabido que no las poseía. Y fue así como adquirió el hábito de la renunciación sin dolor y sin virtud.

Ahora, en la soledad de la casa, seguía discurriendo la vida simple de Luisana, como agua sin rumor hacia un remanso subterráneo; pero ahora la confortaba un íntimo contentamiento. ¡Tú serás la paz!… Y estas palabras, las únicas lisonjeras que jamás escuchó, le habían revelado de pronto aquella razón de ser de su existencia, que ni ella misma ni nadie encontrara nunca.

Ahora quería vivir, ya no pensaba que la luz del día se desdeñase de su insignificancia, y todas las mañanas, al correr las habitaciones desiertas, sacudiendo el polvo de los muebles, aclarando los espejos empañados y remudando el agua fresca en las jarras; y cada vez que aderezaba en la mesa los puestos de sus hermanos ausentes, convencida de que esta práctica mantenía y anudaba invisibles lazos entre las almas discordes de ellos, reconocía que estaba cumpliendo con un noble destino de amor, silencioso, pero eficaz, y en místicos transportes, sin sombra de vanagloria, sentía ya que su humildad había sido buena y que su simpleza era ya santa.

Terminados sus quehaceres y anegada el alma en la dulce fruición de encontrarse buena, se entregaba a sus cadenetas; y a veces turbada por aquel silencio de la casa y por aquel claro sol de las mañanas que se rompía en los patios, se hilaba por las rendijas y se esparcía sin brillo por todas partes arrebañando la penumbra de los rincones; mareada por aquella paz que le producía suavísimos arrobos, se sentaba al piano, un viejo piano donde su madre hiciera sus primeras escalas, y cuyas voces desafinadas tenían para ella el encanto de todo lo que fuera como ella, humilde y desprovisto de atractivos.

Tocaba a la sordina unos aires sencillos que fueran dulces. Muchas teclas no sonaban ya; una, rompiendo las armonías, daba su nota a destiempo, cuando la mano dejaba de hacer presión sobre ella; o no sonaba, quedándose hundida largo rato. Esta tecla hacía sonreír a Luisana. Decía:

«Se parece a mí. No servimos sino para romper las armonías».

Precisamente por esto la quería, la amaba, como hubiera amado a un hijo suyo, y cuando, al cabo de un rato, después que había dejado de tocar, aquella tecla, subiendo inopinadamente, daba su nota en el silencio de la sala, Luisana sonreía y se decía a sí misma: «¡Oigan a Luisana! ¡Ahora es cuando viene a sonar!»

Una mañana Luisana se quedó muerta sobre el piano, oprimiendo aquella tecla. Fue una muerte dulce que llegó furtiva y acariciadora, como la amante que se acerca al amado distraído y suavemente le cubre los ojos para que adivine quién es.

Vinieron sus hermanos; la amortajaron; la llevaron a enterrar. Ester y María la lloraron un poco; Carlos y Ramón corrieron a la casa, registrando gavetas, revolviendo papeles. En la tarde se reunieron en la sala a tratar sobre la partición de los bienes de la muerta.

La vida y la contraria fortuna habían resentido el lazo fraternal, y cada alma alimentaba o un secreto rencor o una envidia secreta. Carlos, el aventurero, había sido desgraciado: fracasó en una empresa quimérica, arrastrando en su bancarrota dinero del marido de Ester, el cual no se lo perdonó y quiso infamarlo, acusándolo de quiebra fraudulenta; María no le perdonaba a Ester que fuera rica y no partiera con ella su boato y la estimación social que disfrutaba; Ester se desdeñaba de aceptarla en su círculo, por la obscuridad del nombre que había adoptado; y todos despreciaban a Ramón, que había adquirido fama de usurero y los avergonzaba con su sordidez.

Pero todas estas malas pasiones se habían mantenido hasta entonces agazapadas, sordas y latentes, pero secretas; había algo que les impedía estallar, una dulce violencia que acallaba el rencor y desamargaba la envidia: Luisana. Ella intercedió por Carlos, y porque ella lo exigía, el marido de Ester no le lanzó a la vergüenza y a la ruina; ella intercedió siempre para que Ester invitase a María a sus fiestas; ella pidió al hermano avaro dinero para el hermano pobre, y a todos amor para el avaro; pero siempre de tal modo, que el favorecido nunca supo que era ella a quien le debía agradecer, y hasta el mismo que otorgaba se quedaba convencido y complacido de su propia generosidad.

Ahora, reunidos para partirse los despojos de la muerta, cada uno comprendía que se había roto definitivamente el vínculo que hasta allí los uniera, y que iban a decirse unos a otros la última palabra; y en la expectativa de la discordia tanto tiempo latente, que por fin iba a estallar, enmudecieron con ese recogimiento instintivo de los momentos en que se va a echar la suerte, y al mismo tiempo la idea de la hermana pasó por todos los pensamientos, como una última tentativa conciliadora a cumplir el encargo paterno: ¡Tú serás la paz y la concordia!

Entonces comprendieron a aquella hermana simple que había vivido como un ser insignificante e inútil y que, sin embargo, cumplía un noble destino de amor y de bondad, y fue así cómo vinieron a explicarse por qué ellos inconscientemente le habían profesado aquel respeto que los obligaba a esconder en su presencia las malas pasiones.

En un instante de honda vida interior, temerosos de lo que iba a suceder, sintieron que se les estremeció el fondo incontaminado del alma, y a un mismo tiempo se vieron las caras, asustándose de encontrarse solos.

Pero fue necesario hablar, y la palabra dinero violó el recogimiento de las almas. Rebulleron en sus asientos, como si se apercibieran para la defensa, y cada cual comenzó a exponer la opinión que debía prevalecer sobre el modo de efectuar el reparto de los bienes de la hermana y a disputarse la mejor porción.

La disputa fue creciendo, convirtiéndose en querella, rayando en pelea, y a poco se cruzaron los reproches, las invectivas, las injurias brutales, hasta que por fin los hombres, ciegos de ira y de codicia, saltaron de sus asientos, con el arma en la mano, desafiándose a muerte.

Las mujeres intercedían suplicantes, sin lograr aplacarlos, y entonces, en un súbito receso del clamor de aquellas voces descompuestas, todos oyeron indistintamente el sonido de una nota que salía del piano cerrado.

Volvieron a verse las caras y, sobrecogidos del temor a lo misterioso, guardaron las armas, así como antes escondían las torpes pasiones en presencia de Luisana: todos sintieron que ella había vuelto, anunciándose con aquel suave sonido, dulce, aunque destemplado, como su alma simple, pero buena.

Era la nota de Luisana, sobre cuya tecla se había quedado apoyado su dedo inerte, y que de pronto sonaba, como siempre, a destiempo.

Y Ester dijo, con las mismas palabras que tanto le oyera a la hermana, cuando en el silencio de la sala gemía aquella nota solitaria:

«¡Oigan a Luisana!»

Fuente: Elvickablog 

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Te recomiendo descubrir a un autor imprescindible de la literatura: Franz Kafka, a través de algunos de sus aforismos, pequeñas reflexiones que nos invitan a pensar y a mirar la vida desde otra perspectiva.

martes, 1 de septiembre de 2026

2 relatos magistrales de Lydia Davis


 

Lydia Davis 

A continuación, te presento dos relatos breves de Lydia Davis considerada candidata para obtener el Premio Nobel de Literatura en varias ocasiones. 

El primer relato es La transformación. Narra el extraño proceso por el cual una joven, que anteriormente había sido un árbol, comienza a convertirse lentamente en piedra, ante la sorpresa de los habitantes de la ciudad. El cuento muestra cómo las personas intentan comprender y aceptar cambios que parecen imposibles. Su significado se relaciona con la transformación constante de la identidad y con los límites de nuestra capacidad para aceptar lo desconocido: aunque nos acostumbramos a los cambios, siempre hay un punto en el que aquello que ocurre desafía nuestra idea de lo que es posible y normal.

El segundo relato es Una segunda oportunidad, que reflexiona sobre el deseo de volver a vivir momentos importantes para corregir los errores cometidos. La narradora piensa en situaciones como el matrimonio, la maternidad y la muerte de un ser querido, y explica que, aunque aprendiéramos de nuestros errores, cada nueva experiencia sería diferente y volveríamos a enfrentarnos a nuevas decisiones. El cuento significa que la vida no ofrece una verdadera segunda oportunidad idéntica a la primera, porque cada momento es único; por ello, muestra la dificultad de aprender completamente de los errores y la imposibilidad de controlar o repetir las experiencias importantes de nuestra vida.

Estos relatos breves de Lydia Davis puedes escucharlos en YouTube y Spotify. 

 

Dos relatos breves de Lydia Davis

La transformación

No era posible, pero pasó; y no de una manera repentina, sino con gran lentitud, no fue un milagro, sino algo muy natural, a pesar de ser imposible. Una chica de nuestra ciudad se convirtió en piedra. Pero es cierto que tampoco había sido una chica normal antes de eso: había sido un árbol. Sabemos que a los árboles los mueve el viento. Pero en algún momento a finales de septiembre comenzó a dejar de moverse con el viento. Pasaron varias semanas y cada vez se movía menos. Después, nunca se movió. Cuando sus hojas caían lo hacían repentinamente y con sonidos terribles. Caían sobre las piedras y a veces se partían en pedazos y a veces permanecían intactas. Salían chispas donde caían y un poco de polvo blanco alrededor. La gente, aclaro que yo no, recogía las hojas y las ponían sobre manteles. Nunca existió una ciudad como ésa, con hojas de piedra sobre cada mantel. Luego comenzó a cambiar de color: primero pensamos que era por la luz. Algo frustrados, a veces algunos rodeábamos el árbol abriendo y cerrando los ojos, boquiabierto –y tan pocos dientes había entre nosotros que también era algo para verse– y decíamos que era la hora del día o el cambio de estación lo que la hacía verse gris. Pero pronto fue claro que ahora simplemente era gris, así nomás, así como hace unos años tuvimos que aceptar que ahora simplemente era árbol y no una chica. Pero un árbol es una cosa y una piedra es otra. Hay límites en lo que puedes aceptar, incluso cuando se trata de cosas imposibles.

 

Una segunda oportunidad

Si tan solo tuviera la oportunidad de aprender de mis errores, lo haría, pero hay demasiadas cosas que no haces dos veces; de hecho, la mayor parte de las cosas importantes son cosas que no haces dos veces, así que no las puedes hacer mejor la segunda vez. Haces algo mal y luego ves lo que hubiera sido mejor hacer y estás preparada para hacerlo, de presentarse la oportunidad, pero la próxima experiencia es muy diferente y tu juicio de nuevo será erróneo y aunque luego estés preparada para esta experiencia si habría de repetirse, no estás preparada para la experiencia siguiente. Si, por ejemplo, pudieras casarte a los dieciocho años dos veces, la segunda vez podrías asegurarte de que no fueras tan joven para hacerlo, porque tendrías la perspectiva de ser mayor y sabrías que la persona que te aconseja casarte con este hombre te está dando un mal consejo pues sus razones son las mismas que te dio la última vez que te aconsejo casarte a los dieciocho. Si pudieras traer un hijo de un primer matrimonio a un segundo matrimonio por segunda vez, sabrías que la generosidad puede convertirse en resentimiento si no haces las cosas bien y el resentimiento en amabilidad si las haces, a menos que el hombre con el que te cases cuando te cases por segunda vez una segunda vez tuviera un temperamento muy diferente al del hombre con quien te casaste por segunda vez la primera vez, en ese caso tendrías que casarte con ese hombre dos veces para saber cuál sería el mejor camino que tomar al casarse con un hombre de su temperamento. Si pudieras ver a tu madre morirse por segunda vez podrías estar preparada para pelear por conseguir una habitación privada donde no hubiera nadie viendo la televisión mientras ella muere, pero si estuvieras preparada para pelear por eso, y lo hicieras, tendrías que perder a tu madre de nuevo para saber lo suficiente como para decirles que coloquen bien su dentadura y no mal como lo hicieron antes en su habitación y la vieron por última vez sonriendo tan extrañamente, y luego una vez más para asegurarte que sus cenizas no fueran  guardadas de nuevo en esa especie de contenedor de correos aéreos donde la mandaron al norte a un cementerio.

Fuente: Circulo de poesia


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos te recomiendo La hora de los monos de Federico Falco. 

 


domingo, 30 de agosto de 2026

La hora de los monos, un cuento de Federico Falco

 

Federico Falco

A continuación, te presento La hora de los monos de Federico Falco, escritor argentino considerado uno de los escritores más destacados de la literatura argentina contemporánea.


Este cuento para adultos narra la llegada de un circo a un pueblo y la presencia de un chico que, aunque forma parte de ese mundo, se siente diferente y aislado de los demás. Su comportamiento genera rumores y rechazo, mientras que, tras la partida del circo, queda abandonado un elefante enfermo que finalmente muere.


El significado del cuento gira en torno a la marginación, la crueldad y la falta de empatía: tanto el chico como el elefante son tratados como seres extraños, observados y juzgados sin que los demás intenten comprender realmente lo que sienten. El cuento muestra cómo una sociedad puede convertir a alguien diferente en un “espectáculo” y cómo la indiferencia y el maltrato pueden llevar al aislamiento y al abandono.

Este cuento de Federico Falco puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La hora de los monos

Llegó el circo y armó su carpa en los terrenos del ferrocarril, a un costado de la estación. Tardaron tres días enteros en armarla. Enseguida trazaron un gran círculo sobre la tierra y alisaron el piso, esa sería la pista. Después acomodaron las casillas y los carromatos y las jaulas con los leones y los tigres alrededor de ese círculo. Bastante alejadas. El segundo día clavaron estacas durante toda la mañana; el pueblo se llenó de ruido a martillazos. Durante la tarde levantaron los mástiles. Muchos hombres asieron una soga gruesa y tiraron, gritando acompasados. Los dirigía un viejo en camiseta. El poste central se alzó hasta quedar perpendicular al suelo.

El último día cubrieron los mástiles con las lonas y la carpa tomó forma.

Mientras tanto, las mujeres escuálidas que en la función volarían por los aires leían revistas junto a sus casas rodantes y tendían ropa sobre las ramas de los árboles. Desde lejos podía verse al hombre de goma acostado sobre el techo de su casilla, tomando sol vestido solo con un slip diminuto, y al mago puliendo una inmensa caja de cristal.

La gente del pueblo encerró a sus perros y a sus gatos, porque se decía que los del circo eran capaces de robarlos para alimentar a sus animales. Las madres tampoco dejaban a sus hijos acercarse al baldío por miedo a que los raptaran o se los llevaran al partir, convertidos en saltimbanquis o en malabaristas. Igual, muchos se escapaban de la escuela para ver cómo les daban de comer a los leones y se quedaban mirando desde la calle las cosas del circo. Había monos que se rascaban las pulgas. Había perros saltarines que corrían desesperados tras un señor que les tiraba galletas. Había dos caballos blancos, uno con una cola larga hasta el piso. Y había un elefante. Gris. Perfecto. Alto. Un poco triste.

La primera función fue un lleno total. La gente del pueblo hablaba de las maravillas que habían visto: el hombre bala, la pirámide humana, la mujer que galopaba sobre los caballos y lanzaba fuego por la boca, el domador y los leones, un tigrecito al que le habían puesto un sombrero y actuaba con los payasos. Los que no habían asistido esperaban ansiosos el siguiente fin de semana. Los que sí fueron, caminaban inflados de orgullo.

El dueño del circo tenía un hijo y lo mandó a la escuela para que tomara clases mientras el circo estuviera en el pueblo. Iba a sexto grado. Sus compañeros lo rodearon esperando que contara miles de aventuras porque pensaban que la vida en el circo debía ser extraordinaria, pero el chico se negó a hablar de eso. Era un chico huraño y de ojos duros, impiadosos. Odiaba que lo vieran como a un fenómeno. No salía a los recreos y se quedaba en su banco, mirando por la ventana hacia fuera, a la calle. A la salida lo venían a buscar en un Rastrojero cargado con dos parlantes que anunciaban las próximas funciones. A medida que la voz grabada del payaso se acercaba gritando la publicidad, el chico del circo se ponía más y más colorado. Después, solo quedaba formar y arriar la bandera.

Una tarde, una de las compañeras del chico del circo entró corriendo al aula antes de que sonara la campana y le dio un rápido beso en los labios. Después la chica intentó escaparse, pero el chico del circo la sostuvo por el pelo y la obligó a darle otro beso. Abrió grande la boca, como si se la fuera a tragar, y empujó con la lengua hasta que los labios de la chica cedieron. El chico del circo metió entonces la lengua dentro y dejó allí depositado, en la concavidad rosa, un chicle de menta ya desabrido y sin color. Cuando el resto del curso entró al aula, la chica lloraba sentada en su banco, con las dos piernas muy juntas y el delantal estirado sobre las rodillas. El chico del circo seguía mirando por la ventana.

Al poco tiempo corrió un rumor entre los cursos más bajos. Decían que el chico del circo había arrastrado a una de sus compañeritas hacia el hueco que se formaba debajo de las enredaderas del patio y la había obligado a desnudarse. Aseguraban que habían hecho caca juntos.

La directora desestimó los cuchicheos, pero igual llamó al chico del circo a su oficina y mantuvieron una extensa entrevista en la que lo interrogó acerca de cómo se sentía en su nueva escuela y si creía que se estaba integrando bien al resto del grupo.

El chico del circo habló poco y nada.

Un día, sin previo aviso, y después de dos exitosos fines de semana, el circo se fue y el chico no volvió a la escuela. El baldío en que se había asentado la carpa amaneció liso y vacío. Solo quedaba, en una esquina, el elefante parado, alto y triste, con su grillete en la pierna y una cadena que lo ataba a su estaca.

La policía hizo averiguaciones. Dijeron que los del circo no tenían los papeles del animal en regla y que por eso lo habían dejado. Vino el veterinario y revisó al elefante.

Este animal está muy enfermo, dijo. Está a un pie de la muerte, dijo.

Todos se pusieron muy tristes. ¿No se puede hacer nada?, ¿no hay modo de salvarlo?, preguntaron.

El veterinario respondió que no, que solo era cuestión de horas.

¿Y qué vamos a hacer con un elefante muerto?, preguntaron.

No tengo ni idea, dijo el veterinario.

Los chicos, mientras tanto, rodeaban al elefante y corrían entre sus piernas. El desafío era pasar bajo la panza del animal sin que este lo advirtiera. Más tarde se colgaron de su cola y también uno, el más sabandija de todos, se le subió al lomo. Después de un rato de saludar desde allí, bajó sin pena ni gloria. El elefante, parado en medio de los terrenos del ferrocarril, apenas si movía las orejas para espantar las moscas. No comía. La trompa le caía derecha y arrastraba por el suelo. Tenía los ojos lagañosos y entrecerrados.

Dos días más tarde, se murió.

Nadie sabía qué hacer con el elefante muerto. Cortaron el candado que ataba el grillete a la pata y, con una pala excavadora y la ayuda de muchos hombres, lo subieron al camión de la municipalidad y lo llevaron al basural. Allí lo dejaron.

Algunos chicos todavía fueron un tiempo más a jugar sobre el elefante. Un día dejaron de ir. Había olor.

Fuente: Escaramuza 

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Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo el El sí de Yoko Ono de Cristina Rivera Garza

martes, 25 de agosto de 2026

La sabiduría en Franz Kafka

 

Franz Kafka

A continuación, te presento una selección de aforismos de Franz Kafka, recogidos en Los aforismos de Zürau. La obra reúne 109 aforismos escritos por Kafka entre el 9 de octubre de 1917 y el 26 de febrero de 1918, durante su estancia en Zürau, en Bohemia occidental. Allí se alojó con su hermana Ottla mientras se recuperaba de la tuberculosis. 

Estos aforismos de Kafka que he seleccionado para esta ocasión reflexionan sobre la vida, la libertad, el conocimiento, la verdad y la condición humana. Muchos expresan la tensión entre luchar contra el mundo o aceptarlo, y entre buscar respuestas o aprender a convivir con la incertidumbre. En conjunto, invitan a detenerse, observar y cuestionar la realidad, mostrando que el camino hacia la verdad y la libertad no siempre es fácil ni evidente.

Estos aforismos puedes escucharlos en YouTube y Spotify. 

 

Aforismos de Kafka

Ø  A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto.
Ø  En la lucha entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo.
Ø  No es necesario que salgas de casa. Quédate sentado a tu mesa y escucha atentamente. No escuches siquiera, limítate a esperar. Ni siquiera esperes, simplemente quédate callado y solo. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; extasiado, se contoneará ante ti.
Ø  Cualquier cosa que me saque de entre las dos ruedas de molino que normalmente me machacan, representa para mí un alivio, a no ser que conlleve un excesivo dolor físico.
Ø  Me he pasado la vida resistiéndome al placer de acabar con ella.
Ø  Mantener la calma; alejarse al máximo de las exigencias de la pasión; conocer la corriente y a partir de ahí nadar contra ella; nadar contra la corriente por el placer de dejarse llevar.
Ø  Una jaula fue en busca de un ave.
Ø  No permitas que el Mal te haga creer que puedes tener secretos frente a él.
Ø  Del verdadero enemigo te llega una valentía ilimitada.
Ø  Comprender la fortuna de que el suelo que pisas no puede ser más grande que los dos pies que lo cubren.
Ø  ¿Cómo alegrarse del mundo sino cuando se refugia uno en él?
Ø  El camino verdadero pasa por una cuerda que no está tendida en lo alto, sino muy cerca del suelo. Parece hecha más para tropezar que para andar por ella.
Ø  El conocimiento es algo que poseemos. Quien se esfuerza demasiado por alcanzarlo, se vuelve sospechoso de actuar contra él.
Ø  El espíritu solo se vuelve libre cuando deja de ser apoyo.
Ø  El mutismo es uno de los atributos de la perfección.
Ø  El primer animal doméstico de Adán después de la expulsión del Paraíso fue la serpiente.
Ø  En un mundo de mentira, para echar a la mentira del mundo no basta con su opuesto: hace falta un mundo de verdad.
Ø  Es la vieja broma: sostenemos el mundo y nos quejamos de que él nos sostiene.
Ø  Hay preguntas que jamás lograríamos dejar atrás si no estuviéramos liberados de ellas por naturaleza.
Ø  La única verdad es la acción emitida desde la contemplación, o mejor dicho, la que regresa hacia ella.
Ø  Lo absurdo de separar lo propio de lo ajeno en el combate intelectual.
Ø  No es posible complacerse en el mundo, a menos que uno se refugie en él.
Ø  No somos pecadores solo por haber comido del árbol de la ciencia, sino también porque todavía no hemos comido del árbol de la vida.
Ø  Nuestra misión es exactamente tan grande como nuestra vida, y eso es lo que la hace parecer infinita.
Ø  Si no nos hubieran expulsado del Paraíso, habría sido necesario destruirlo.
Ø  Una fe como la hoja de la guillotina: así de pesada, así de ligera.
Ø  Vivir significa estar en el centro de la vida; ver la vida con la mirada con la que la he creado.

Grandes autores en pequeños relatos

Te recomiendo “El sí de Yoko Ono”, de Cristina Rivera Garza, destacada escritora, historiadora y académica mexicana reconocida internacionalmente.

 

domingo, 23 de agosto de 2026

El sí de Yoko Ono, un relato de Cristina Rivera Garza

 

Cristina Rivera Garza


A continuación, te presento el cuento “El sí de Yoko Ono”, de Cristina Rivera Garza, destacada escritora, historiadora y académica mexicana, reconocida internacionalmente. En 2024, recibió el Premio Pulitzer en la categoría de Memoria o Autobiografía por su obra El invencible verano de Liliana.

El relato presenta una escena surrealista y teatral en la que aparecen Yoko Ono, una alberca, escaleras, una bailarina y una serie de instrucciones dirigidas a los habitantes de una ciudad. 

Muchas veces necesitamos encontrar, entre el ruido de los demás, una señal que nos recuerde que está bien simplemente ser y estar. En este cuento, esa respuesta aparece en lo alto de una escalera, bajo la forma de una palabra breve, pero infinita: “Sí”. 

El “sí” más importante es el que nos permite abrazar nuestra vulnerabilidad, aceptar nuestro cansancio y darnos permiso para no tener que poder con todo. Porque validar el alma del otro también es decirle: “Te veo. Entiendo tu cansancio. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Te doy permiso para, simplemente, estar y respirar.”

 Y quizá ese sea el verdadero significado de este cuento: aprender a decirnos “sí” a nosotros mismos, a nuestra historia, a nuestra vulnerabilidad y a todo aquello que somos🤍 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

El sí de Yoko Ono – Cristina Rivera Garza

Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.

Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.

Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.

Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).

Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).

Ex-intempéricos (pareciera que lo repite, aunque en realidad lo dice por primera vez).

Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.

Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).

Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.

Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.

Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.

Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.

Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.

Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren:

(y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)

Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:

DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.

Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.

La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultrasecretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.

Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.

Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.

Ahora es cuando sonrío. Y, sí, alguien tose. 

Fuente: Vicka Boleyn

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: La mujer de vapor de Zafon.

martes, 18 de agosto de 2026

La brevedad del asombro | 10 microrrelatos inolvidables


 

10 microrrelatos de grandes autores


Los microrrelatos demuestran que una gran historia puede contarse en muy pocas palabras. En apenas unas líneas, estos relatos cortos son capaces de sorprender, emocionar y dejar al lector reflexionando mucho después de haber llegado al final.

En esta selección encontrarás 10 microrrelatos inolvidables de grandes autores como Rubén Darío, Ernesto Sábato, Julio Torri, y otros escritores que han convertido la brevedad en una auténtica forma de arte. Cada historia ofrece un giro inesperado, una reflexión o una imagen inolvidable que confirma que, en literatura, no siempre hace falta escribir mucho para decirlo todo.

Si te apasionan los cuentos breves, la literatura y las historias con finales sorprendentes, esta recopilación es una invitación a descubrir el enorme poder de las palabras cuando se utilizan con precisión. También puedes escucharlos en YouTube y Spotify.

 

La brevedad del asombro

El nacimiento de la col

Microrrelato de Rubén Darío

En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.

-Eres bella.

-Lo soy -dijo la rosa.

-Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…

-¿Pero?…

-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…

La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.

Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

-Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?

-Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col.


El emigrante

Microrrelato de Luis Felipe Lomelí

- ¿Olvida usted algo? - Ojalá.


70 (La sueñera)

Microrrelato de Ana María Shua

Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo separa las mandíbulas y desnuda los colmillos amarillos. Un curioso zumbido perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista también.


Primicia 

Microrrelato de Manuel Pastrana Lozano

Vio la noticia de su muerte en el periódico. Había sido el primero en darla desde el cielo.


Armisticio

Microrrelato de Juan José Arreola

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas.


Pelo de perro

Microrrelato de Lydia Davis

El perro se ha ido. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde a casa, no hay nadie esperándonos. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro.


Sola y su alma. 

Microrrelato de Thomas Bailey Aldrich

Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay más en el mundo: todos los seres han muerto. Golpean a la puerta.


Narcisa

Microrrelato de Luisa Valenzuela

Como quien mira por la ventana del bar, miro la ventana. El tipo que me ve desde afuera entra para interpelarme.

–Me gustás.

–Lo mismo digo.

–¿Yo también te gusto?

–Nada de eso, me gusto yo. Me estaba mirando en el reflejo.


¿Y tú quién eres?

Microrrelato de Francisco Rodríguez Criado

Allí estaba, huesudo, esclavo de los dolores y desmemoriado, y aun así afable con quienes íbamos a achucharle un poco. Cada vez que me veía entrar decía que yo debía de ser buena persona. Y acto seguido, sonriente, me preguntaba quién era yo.

–No lo sé, aún no lo sé… Escribo libros para intentar averiguarlo.

Y, apurando aquellos últimos jirones de vida, mi padre redoblaba la sonrisa y me cogía afectuosamente la mano.

 

Lenguaje

Microrrelato de Ernesto Sábato

El lenguaje comienza siendo un simple gruñido para designar todas las cosas; luego se va diversificando y especializando; este proceso se llama enriquecimiento y es alentado por los padres y profesores de lenguas.

Pero cuando se llega a tener cien o doscientas mil palabras, se encuentra que el ideal consiste en expresarse con diez o veinte. El lenguaje del filósofo es muy reducido: objeto, sujeto, materia, causa, espacio, tiempo, fin y alguna otra más.

Si lo apuran mucho se arregla con una sola palabra, como apeirón o sustancia.

Es probable que el ideal de muchos filósofos sea terminar finalmente en el gruñido único y monista.

 

Otros microrrelatos

Si te gustan los microrrelatos, te recomiendo Los 10 mejores microrrelatos de la historia (Borges, García Márquez y más).

 

domingo, 16 de agosto de 2026

La mujer de vapor de Carlos Ruiz Zafón


Un relato de Carlos Ruiz Zafón

A continuación, te presento La mujer de vapor de Carlos Ruiz Zafón. En este relato para adultos, Zafón nos presenta la historia de un hombre que, después de pasar varios años en prisión, encuentra un inesperado refugio en un antiguo edificio de la ciudad. Allí conoce a Laura, una joven misteriosa con la que establece una relación muy especial, y poco a poco empieza a sentirse acogido por los vecinos del inmueble. Durante un tiempo, aquel lugar se convierte para él en un hogar y en una oportunidad para recuperar algo que creía perdido: la sensación de ser querido y de pertenecer a algún sitio. Sin embargo, la tranquilidad de esta nueva vida se ve amenazada por un acontecimiento que cambiará por completo su percepción de lo que está viviendo.

Este relato combina misterio, fantasía y melancolía para hablar de la soledad, el amor y la necesidad humana de encontrar un lugar al que pertenecer. Laura representa ese deseo de afecto y de esperanza que permite al protagonista escapar, aunque sea momentáneamente, de una existencia marcada por el dolor. El edificio, por su parte, funciona como un refugio para personajes olvidados y marginados, un espacio donde la realidad y la imaginación parecen confundirse. 


Como es habitual en Zafón, la atmósfera oscura y misteriosa adquiere tanta importancia como la propia historia y nos invita a preguntarnos hasta qué punto necesitamos, en algunas ocasiones, construir nuestro propio refugio para poder seguir adelante. 

Os invito a leer esta historia y escucharla en YouTube y Spotify. 

 

La mujer de vapor

Relato breve de Carlos Ruiz Zafón

Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.

Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven -me informó el ingeniero-. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin reme-dio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.

 Fuente: Narrativa breve


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