Cuento con moraleja
A continuación,
te presento un cuento con moraleja de Horacio Quiroga: El hombre muerto.
Este cuento para adultos es uno de los más famosos de Horacio Quiroga. En un
episodio cotidiano en la vida de un trabajador del campo, tras un accidente
aparentemente menor, comienza a experimentar una intensa y progresiva
conciencia de su destino. En medio de un entorno natural descrito con precisión
y normalidad, el relato explora cómo la mente del protagonista se resiste a
aceptar lo inevitable, mientras el mundo sigue su curso con normalidad.
El
significado del cuento se centra en la fragilidad de la vida humana, y la
ilusión de tener un tiempo asegurado. La moraleja que nos deja hoy Horacio
Quiroga es simple pero poderosa: No se trata de vivir solo en el futuro ni de
exigirnos disfrutar siempre el presente, sino de no perder del todo lo que nos
rodea mientras lo atravesamos. Incluso en los momentos difíciles, la vida
también ocurre aquí, aunque a veces sea de forma frágil o silenciosa.
Vivir
enfocados únicamente en las proyecciones del futuro puede hacernos perder de
vista lo que ya está ocurriendo a nuestro alrededor, como si el presente fuera
solo una etapa de paso y no un lugar donde la vida también se despliega con
intensidad. Sin embargo, esta idea no puede sostenerse de manera simplista:
para muchas personas, el presente no es un espacio de calma al que “solo hay
que prestar atención”, sino un escenario atravesado por la incertidumbre, la
precariedad o el miedo, donde resulta difícil (e incluso injusto exigir) que se
experimente plenitud.
En
ese sentido, más que oponer presente y futuro, la reflexión invita a reconocer
la complejidad de ambas dimensiones: hay quienes se refugian en el futuro como
forma de esperanza, y quienes, por las condiciones que viven, apenas pueden
habitar el presente sin peso. En estos casos, el consuelo no pasa por forzar
una mirada positiva del ahora, sino por reconocer y validar esa dificultad sin
negarla.
A
veces, lo más honesto es acompañar desde la comprensión: entender que no
siempre es posible “disfrutar el presente”, pero que incluso en medio de la
dureza pueden existir pequeños puntos de sostén. Quizá una palabra, un gesto,
una pausa, una presencia compartida que, aunque no resuelven la realidad, la
hacen un poco más habitable. Pensar así también implica desplazar la exigencia
de felicidad constante y sustituirla por algo más humano: la posibilidad de
atravesar el presente sin sentirse culpable por no poder celebrarlo.
Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify.
El hombre muerto de Horacio Quiroga
[Cuento completo]
El
hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal.
Faltábanles aún dos calles; pero como en estas abundaban las chircas y malvas
silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó,
en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el
alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa
y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza
desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano.
Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el
machete de plano en el suelo.
Ya
estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él
quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también
de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano
izquierda sobre el pecho. Solo que tras el antebrazo, e inmediatamente por
debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del
machete, pero el resto no se veía.
El
hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la
empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la
extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría,
matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su
existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en
que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a
nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista;
tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese
momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el
instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas
y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena
de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es este el consuelo, el
placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la
muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?
No
han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras
no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre
tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede
considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira.
¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué
trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va
a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El
hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla;
¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No
viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente
el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy
cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del
mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el
hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé
el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que
a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su
cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago.
Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y
solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos
que pronto tendrá que cambiar…
¡Muerto!
¿pero es posible? ¿no es este uno de los tantos días en que ha salido al
amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el
machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su
malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba.
No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el
puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas
hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando… Desde el poste
descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que
separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente
bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué
pasa, entonces? ¿Es ese o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en
su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos
de hormigas, silencio, sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Solo él es
distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada
tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco
meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su
familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara
lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.
El
hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se
resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto
normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El
muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero
no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá
cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su
mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien
cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de
esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba…? ¡Pero esa
gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes
de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ese es su bananal; y ese es su
malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente;
sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado
casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor
que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy
grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ese, ha
visto las mismas cosas.
…Muy
fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las
doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se
desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para
almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere
soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No
es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué
pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está!
Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne,
que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
…Muy
cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha
cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes
había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete
pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la
mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde
el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo
volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado
empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún
ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado,
echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos
los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la
gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero
el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del
alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal
como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo,
largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a
pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.
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