Samanta Schweblin
A continuación, os presento dos cuentos cortos de Samanta Schweblin que también puedes escuchar en YouTube y Spotify. La escritora argentina Samanta Schweblin es una de las voces más destacadas de la narrativa actual en español, especialmente reconocida por sus cuentos inquietantes que combinan lo cotidiano con lo extraño. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios literarios, y recientemente consolidó su prestigio al ganar en 2026 el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por su libro El buen mal, un galardón de gran relevancia en el mundo hispano por su alcance y dotación económica. Su obra se caracteriza por explorar temas como la fragilidad de los vínculos, la inquietud psicológica y los límites entre la realidad y lo fantástico, lo que la ha convertido en una autora clave del cuento contemporáneo.
En el primer cuento, Perdiendo velocidad, el narrador recuerda a Tego, un viejo artista de circo que antes era lanzado como bala humana y que ahora, envejecido y torpe, siente que “pierde velocidad” hasta morir poco después; el cuento contrapone el pasado espectacular con el presente decadente para mostrar cómo la pérdida de habilidades y del propósito vital se asocia con la cercanía de la muerte. El detalle final, cuando el narrador ya no logra encender el fósforo, sugiere que esa pérdida no era solo de Tego sino compartida: simboliza el paso del tiempo, la fragilidad humana y cómo la identidad ligada a lo que uno sabe hacer termina desmoronándose.
En Mariposas, u
Cuentos cortos de Samanta Schweblin
Perdiendo velocidad
Tego se hizo unos huevos revueltos,
pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era
incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que
estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de
una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome,
como esperando mi veredicto.
—No tengo la menor idea de qué estás
hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el
teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los
dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a
cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón
hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos
el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco
plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo
brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y
metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían
silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran
los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los
fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja
pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las
gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la
caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido
surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia
todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que
algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de
pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda
velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se
levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con
un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los
pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse,
parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente
suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se
detuvo.
—Yo sí creo que estoy perdiendo
velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa,
nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer
bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban
fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos
torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local
viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota,
en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo
de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere
saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir
sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me
ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar
dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de
plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.
Fuente: Narrativa Breve
Mariposas
Ya vas a ver qué lindo vestido tiene
hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos
almendrados, por el color, viste; y esos piecitos… Están junto al resto de los
padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla, Gorriti mira
las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que
quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de
dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el
cuento de los ratones…? Ah, no, con la mía no se puede, es demasiado
inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y
los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces
manchados de témpera, o de chocolate. Por alguna razón, el timbre se retrasa.
Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura
a atraparla. La mariposa lucha por escapar, él une las alas y la sostiene de
las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape. Vas a ver cuando la vea,
le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que
empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y
comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude, y una de
las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, cuando intenta
inmovilizarla para ver bien los daños termina por quedarse con parte del ala
pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto
para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con
torpeza, intenta volar pero no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto
una de sus alas, y ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso
de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con
firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede.
Mira hacia las puertas y, como si un viento repentino hubiese violado las
cerraduras, estas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y
tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo,
tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las
mariposas solo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al
resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del
hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente
a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas
ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres
intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a
apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas
los colores de la suya.
Fuente: Lecturia.org
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