Margaret Atwood
A continuación, te presento cinco poemas
de Margaret Atwood. Estos poemas pertenecen al poemario Sinceramente,
la edición en español de Dearly (2020). En esta colección, Atwood reúne
poemas escritos desde una perspectiva madura e íntima, donde reflexiona sobre
el envejecimiento, la pérdida, el amor, la muerte y la crisis medioambiental.
Con un lenguaje claro y lleno de imágenes simbólicas, la autora invita al
lector a contemplar la fragilidad de la vida y la importancia de preservar
tanto los vínculos humanos como el mundo natural.
Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) es una
de las escritoras más importantes de la literatura contemporánea. Aunque es
conocida internacionalmente por novelas como El cuento de la criada, su
trayectoria abarca también la poesía, el ensayo y el relato breve. A lo largo
de más de seis décadas de carrera ha explorado temas como la condición humana,
el feminismo, el poder, la memoria, el paso del tiempo y la relación entre las
personas y la naturaleza.
Estos poemas puedes escucharlos en Carla Narraciones
(YouTube y Spotify)
Poemas de Margaret Atwood
La Mujer de Hojalata recibe un masaje
Sobre la sábana de franela
en la postura de un hombre haciendo el muerto,
boca abajo. Las manos descienden,
ignoran la piel,
el xilófono de la columna,
esquivan los bultos y los lóbulos,
se dirigen al tejido profundo,
van a las pequeñas bisagras
que crujen como pequeñas ranas;
tañen las cuerdas de tripa
de los tensos tendones magullados.
Qué oxidada estoy,
qué cerrada, qué bloqueada.
Como una lata vieja de judías cocidas,
la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.
El movimiento implica dolor.
Qué corroída.
¿Quién se quejaba
de no tener cerebro?
Algún espantapájaros de tela.
A mí, es el corazón:
ésa es la parte que me falta.
Antes deseaba uno:
un delicado cojín de seda roja
colgando de una cinta de sangre,
perfecto para clavar alfileres.
Pero he cambiado de opinión.
Los corazones duelen.
***
Traición
Cuando te topas con tu amante y tu amiga
desnudos en tu cama
hay cosas que podrían decirse.
Adiós no es una de ellas.
Nunca cierres esa puerta torpemente abierta,
se quedarán encerrados en esa habitación para
siempre.
Pero ¿tenían que estar tan desnudos?
¿Tan poca clase?
¿Revolcándose como en un charco primaveral?
Las piernas demasiado largas, las cinturas
demasiado gruesas,
las lorzas por aquí y por allá,
los mechones de pelo…
Sí, fue una traición,
pero no a ti.
Sólo a la idea que tenías
de ellos, con luz suave y mística,
con la nieve cayendo lentamente
y un atardecer malva de diciembre;
no ese destello torpe,
esa carne desparramada,
atrapada en el brillo de tu mirada.
***
Pluma
Las plumas cayeron a puñados.
Por el mero viento, la decoloración del sol,
la guerra de
lechuzas,
algún asesino con una escopeta,
¿quién sabe?
Pero las encontré aquí en el césped:
piel desgarrada no sé de quién;
caligrafía de alas destrozadas,
restos de un dios que se derritió
demasiado cerca de la luna.
Una vez voló alto,
como todos lo hicimos.
Toda vida es un fracaso
en el último momento,
la hora de la sangre seca.
Pero nada, queremos creer,
se desperdicia, así que tomé una pluma de la
matanza,
afilé y partí el cálamo,
busqué tinta,
y dibujé este poema
contigo, pájaro muerto.
Con tu vuelo agotado,
con tu pánico desvaneciéndose,
con tu mirada cayendo en espiral,
con tu noche.
***
¡Oh, niños!
¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin
pájaros?
¿Habrá grillos donde estéis?
¿Habrá margaritas?
Almejas, por lo menos.
Tal vez ni almejas.
Sabemos que habrá olas.
Éstas no necesitan mucha vida.
Una brisa, una tormenta, un ciclón.
Mareas, también. Piedras.
Las piedras son un consuelo.
Habrá puestas de sol, mientras haya polvo.
Habrá polvo.
¡Oh niños!, ¿creceréis en un mundo sin
canciones?
¿Sin pinos, sin musgo?
¿Pasaréis la vida en una cueva,
una cueva sellada con una línea de oxígeno,
hasta que haya un corte de luz?
¿Se os quedarán los ojos en blanco como los
ojos de clara de huevo
de los peces sin sol?
Allí dentro, ¿qué desearéis?
¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin hielo?
¿Sin ratones, sin líquenes?
¡Oh, niños!, ¿creceréis?
***
Dentro
Desde fuera vemos un marchitamiento,
pero por dentro, como lo sienten
el corazón y el aliento y la piel interior,
qué diferente,
qué vasto qué sereno qué parte de todo
qué oscuridad estrellada. Último aliento.
Divino
tal vez. Tal vez alivio. Los amantes atrapados
y lacrados dentro de una caverna,
las voces alzadas en un último dueto flotante,
hasta que la pequeña luz de cera
se apaga. En fin, de todos modos
yo te sostuve la mano y tal vez
tú sostuviste la mía
mientras la piedra o el universo se cerraban
a tu alrededor.
Aunque no del mío. Yo sigo estando fuera.
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