Cuentos cortos de Julio Cortázar que te van a inquietar
A continuación,
te presento unos microrrelatos de Cortázar que te van a inquietar. En estos
cuentos breves de Julio Cortázar se juega con el lenguaje y la percepción para
revelar lo absurdo y lo profundo de la experiencia humana: en “Instrucciones
para llorar” ironiza sobre algo íntimo al convertirlo en un procedimiento
mecánico, mostrando la artificialidad de las emociones; el capítulo 68 de
Rayuela usa un lenguaje inventado para transmitir el erotismo y la conexión
emocional más allá de las palabras convencionales; “Página asesina” plantea lo
fantástico como irrupción inquietante en lo cotidiano, sugiriendo el poder
oculto de la lectura; “Instrucciones para dar cuerda a un reloj” reflexiona
sobre el tiempo y la muerte, insinuando que al intentar dominar el tiempo en
realidad nos sometemos a él; “Las líneas de la mano” mezcla realidad y fantasía
en un recorrido imposible que termina en un acto fatal, sugiriendo el destino
como algo que se extiende más allá del cuerpo; y “Aplastamiento de las gotas”
transforma una escena trivial en una visión casi existencial, donde la lluvia
simboliza la monotonía, la fugacidad y la fragilidad de la vida. Estos
microrrelatos de Cortázar puedes escucharlo en
Mircrorrelatos de Cortázar
Instrucciones para llorar
Dejando
de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo
por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa
con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una
contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y
mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno
se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y
si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo
exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho
de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará
con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños
llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón
del cuarto. Duración media del
llanto, tres minutos.
Capítulo 68 de 'Rayuela
Apenas
él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en
hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él
procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y
tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las
arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar
tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas
fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un
momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara
suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los
encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa
convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los
esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!
Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos.
Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un
profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles
que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Página asesina
En
un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún
lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la
tarde, muere.
Instrucciones para dar cuerda a un reloj
Allá
al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano,
tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre
otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el
tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las
brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más
quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad,
imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo
alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la
fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y
llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
Las líneas de la mano
De
una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino
y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continua por
el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro
de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin
escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos
hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención
se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva
al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia,
entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta
el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para
trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la
cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una
cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida,
remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia
el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que
en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola".
Aplastamiento de las gotas
Yo
no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y
gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se
aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una
gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el
cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a
caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no
quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la
barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf,
deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se
entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la
vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las
emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas
inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
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