domingo, 17 de mayo de 2026

5 poemas de Sylvia Plath que debes leer

 

Sylvia Plath

A continuación, te presento cinco poemas de Sylvia Plath que debes leer.

Sylvia plath considerada una de las voces más importantes de la poesía confesional del siglo XX, Plath convirtió su experiencia íntima en literatura universal. Sylvia Plath no escribe poemas: abre heridas, las ilumina y nos obliga a mirarlas de frente. Su poesía habita el límite entre la belleza y el dolor, entre la fragilidad humana y una lucidez casi feroz. En cada verso aparecen la identidad, la maternidad, el cuerpo, la soledad y el deseo de desaparecer o transformarse. Leerla es entrar en un territorio íntimo donde lo cotidiano —un espejo, unas flores, una habitación de hospital— adquiere una intensidad emocional inquietante y profundamente humana.

En esta selección de poemas, Plath nos enfrenta a distintas versiones de sí misma: la mujer que se observa en el espejo y descubre el paso del tiempo; la paciente que busca el silencio absoluto mientras los tulipanes la obligan a volver a la vida; la madre que contempla con asombro y cierta distancia a su hijo recién nacido; la existencia suspendida y silenciosa de “Una vida”; y la voz melancólica de “Soy vertical”, donde el descanso definitivo parece más natural que la propia vida.

Su lenguaje es delicado y brutal al mismo tiempo. Cada imagen tiene una fuerza simbólica que permanece mucho después de terminar el poema. Sylvia Plath convierte la vulnerabilidad en arte y hace de sus emociones más oscuras una experiencia universal. Estos poemas no solo se leen: se sienten, incomodan y permanecen.

Ahora es el momento de presentarte estos poemas de Sylvia Plath que debes leer y que puedes escucharlos en YouTube y Spotify. Textos intensos, incómodos pero profundamente hermosos, puesto que siguen dialogando con nuestras inquietudes, heridas e incluso contradicciones más humanas. 



Poemas de Sylvia Plath


ESPEJO

Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.

Todo lo que que veo lo trago de inmediato

tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.

No soy cruel, soy sincero,

el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.

La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.

Es rosada, con manchas. Tanto la miré que

me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

 

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mi,

buscando en mi extensión su verdadero ser.

Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Ella viene y va.

Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.

En mi, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja

se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.

 

 

TULIPANES

Los tulipanes se alteran con demasiada facilidad, y aquí es invierno.

Mira cuán blanco está todo, qué callado, qué sepultado en nieve.

Estoy aprendiendo la paz, acostada sola en silencio,

como la luz reposa sobre estas paredes blancas, esta cama, estas manos.

 

No soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.

He entregado mi nombre y mi ropa diaria a las enfermeras,

mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

 

Han acomodado mi cabeza entre la almohada y el pliegue de la sábana

como un ojo entre dos párpados blancos que no se cierran.

Pupila tonta, tiene que absorberlo todo.

Las enfermeras pasan y pasan, no molestan,

pasan como gaviotas volando tierra adentro con sus gorros blancos,

haciendo cosas con las manos, una igual a la otra,

tanto que es imposible saber cuántas hay.

 

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo cuidan como el agua

cuida las piedras que debe pasar por encima, alisándolas suavemente.

Me traen entumecimiento en sus agujas brillantes, me traen sueño.

Ahora que me he perdido, estoy harta del equipaje——

mi valijita de charol como una cajita negra de píldoras,

mi esposo y mi hijo sonriendo desde la foto familiar;

sus sonrisas se enganchan a mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

 

He dejado que todo se deslice, como un viejo carguero de treinta años

aferrado con terquedad a mi nombre y dirección.

Me han limpiado de todas mis asociaciones amorosas.

Asustada y desnuda en la camilla con almohadas de plástico verde,

vi hundirse mi juego de té, mis cajones de lino, mis libros,

desaparecer bajo el agua, y el agua pasar sobre mi cabeza.

Ahora soy una monja, nunca he sido tan pura.

 

No quería flores, solo quería

acostarme con las manos abiertas y estar completamente vacía.

Qué libre se siente, no tienes idea de cuán libre——

la paz es tan vasta que aturde,

y no pide nada, una plaquita con mi nombre, algunos adornos.

Es lo que los muertos encuentran al fin; me los imagino

cerrando la boca sobre ello, como una hostia de comunión.

 

Los tulipanes son demasiado rojos desde el principio, me lastiman.

Incluso a través del papel de regalo los oía respirar

ligeramente, bajo sus vendas blancas, como un bebé terrible.

Su rojo habla a mi herida, le responde.

Son sutiles: parecen flotar, aunque me pesan,

me alteran con sus lenguas súbitas y su color,

una docena de pesas de plomo rojo atadas a mi cuello.

 

Nadie me observaba antes, ahora sí.

Los tulipanes me miran, y también la ventana detrás de mí

donde una vez al día la luz se ensancha y se afina lentamente,

y me veo a mí misma, plana, ridícula, una sombra de papel recortado

entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,

y no tengo rostro, he querido borrarme.

Los tulipanes vivos devoran mi oxígeno.

 

Antes de que llegaran, el aire era lo bastante calmo,

entrando y saliendo, aliento por aliento, sin alboroto.

Entonces los tulipanes lo llenaron como un estruendo.

Ahora el aire se arremolina a su alrededor como un río

que se enreda en un motor oxidado y hundido.

Concentran mi atención, que antes era feliz

jugando y descansando sin comprometerse.

 

Las paredes, también, parecen estarse calentando.

Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos;

se abren como la boca de algún gran felino africano,

y me doy cuenta de mi corazón: se abre y se cierra

su cuenco de flores rojas por puro amor a mí.

El agua que pruebo es cálida y salada, como el mar,

y viene de un país tan lejano como la salud.

 

CANCIÓN DE LA MAÑANA

El amor te puso en marcha como un reloj de oro macizo.

La partera te golpeó las plantas de los pies, y tu llanto calvo

tomó su lugar entre los elementos.

 

Nuestras voces resuenan, magnificando tu llegada. Nueva estatua.

En un museo con corrientes de aire, tu desnudez

arroja sombras sobre nuestra seguridad. Nos quedamos alrededor, blancos como paredes.

 

No soy más tu madre

que la nube que destila un espejo para reflejar su propia lenta

borradura a manos del viento.

 

Toda la noche tu aliento de polilla

titila entre las rosas planas y rosadas. Me despierto para oír:

un mar lejano se mueve en mi oído.

 

Un solo llanto, y tropiezo fuera de la cama, pesada como una vaca y floral

en mi camisón victoriano.

 

Tu boca se abre limpia como la de un gato. El cuadro de la ventana

se blanquea y traga sus estrellas apagadas. Y ahora intentas

tu puñado de notas;

las vocales claras se elevan como globos.

 

UNA VIDA

Tócala: no se encogerá como pupila

esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,

azucena, como flora distinta

de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

 

Toca este vaso con los dedos: sonará

como campana china al mínimo temblor del aire

aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,

todos ocupadísimos para siempre jamás.

 

A sus pies las olas, en fila india,

no reventando nunca de irritación, se inclinan:

en el aire se atascan,

frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

 

Como almohadones victorianos. Esta familia

de rostros habituales, a un coleccionista,

por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

 

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

 

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo

platillo de hospital en torno, parece

la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

 

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa

anticuada, el mar, plano como una postal,

que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,

ahora dejad la en paz.

 

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

 

SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal. Yo
No soy un árbol enrizado en la tierra,
Absorbiendo minerales y amor materno
Para rebrotar esplendoroso cada mes de marzo,
Ni tampoco la belleza del arriate del jardín
Que deja boquiabierto a todo el mundo y a la que
Todo el mundo quiere pintar maravillosamente,
Ignorando que muy pronto se deshojará.
Comparados conmigo, un árbol es inmortal,
Una cabezuela, no muy alta, aunque más llamativa,
Y yo anhelo la longevidad del uno y la osadía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de los astros,
Los árboles y las flores han estado esparciendo sus aromas frescos.
Yo paseo entre ellos, aunque no se percaten de mi presencia.
A veces pienso que cuando duermo
Es cuando más me parezco a ellos -
Desvanecidos ya los pensamientos.
En mí, el estar tendida es algo connatural.
Entonces el cielo y yo conversamos abiertamente.
Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
Entonces quizás los árboles me toquen por una vez,
Y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.

 

 

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jueves, 14 de mayo de 2026

Un relato para adultos de Lucia Berlin

 

Lucia Berlin 

A continuación, te presento un relato de Lucia Berlin considerada hoy una de las mejores cuentistas del siglo XX. Con un estilo que muchos comparan con el de Alice Munro o Raymond Carver, Berlin logra transformar lo cotidiano y lo doméstico en pura poesía emocional.

El relato es Punto de vista incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza, que puedes escuchar en YouTube y Spotify.  

El texto reflexiona sobre cómo el punto de vista transforma nuestra percepción de los personajes y del dolor humano. La narradora explica que, si una historia se cuenta en primera persona, el lector puede sentirse incómodo o rechazar a alguien solitario y triste; en cambio, la tercera persona crea una distancia que despierta compasión y dignidad, como ocurre con el cochero de “Tristeza” de Chéjov. A partir de ahí presenta a Henrietta, una mujer rutinaria, solitaria y enamorada de un médico indiferente y cruel, cuya vida está llena de pequeños hábitos y silencios. Aunque “no pasa nada” extraordinario, el relato busca que el lector comprenda la tristeza cotidiana y la necesidad humana de afecto. El significado del cuento está en mostrar cómo la literatura puede convertir vidas aparentemente insignificantes en algo profundamente humano y conmovedor, revelando la soledad, la costumbre y el deseo de ser visto por alguien.

 

Punto de vista

(cuento completo de  Lucia Berlin)

Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina, pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena. Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección «Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la misma persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus» doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado. El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos guantes de ciclista.
En mi relato el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín, es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban andadores.) Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y se la llevaba a casa en autobús, y no solo lavaba, sino que además la almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta. Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas. Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo, siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio, ¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo de Stove Top con salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diana Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios, fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj. El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna. Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño, mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su vieja manta eléctrica con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica. Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro antes de que nadie la vea.

*Lucia Berlin (1936-2004)
De Manual para mujeres de la limpieza.
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino (Alfaguara, 2017)

Fuente: El taller de Ana Haro

 

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Te recomiendo  En el invierno de las ciudades, un relato de Sylvia Iparraguirre

martes, 12 de mayo de 2026

En el invierno de las ciudades de Sylvia Iparraguirre

Sylvia Iparraguirre 

A continuación, te presento En el invierno de las ciudades, un cuento de Sylvia Iparraguirre que forma parte del libro homónimo, una de las obras más reconocidas de la autora. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

Este relato de Sylvia Iparraguirre nos sumerge en la psique de una mujer que combate la apatía y la soledad observando obsesivamente a los demás desde el banco de una plaza, hasta que un encuentro inesperado con un joven desconocido quiebra su aislamiento. El significado profundo del cuento reside en la necesidad de conexión humana en medio de la alienación urbana: ambos personajes, descritos como "náufragos" en una ciudad fría e indiferente, logran reconocerse a través del intercambio de sueños y pequeños gestos simbólicos, sugiriendo que la empatía es el único amuleto real capaz de darnos refugio frente a la desolación de la vida moderna.

 

En el invierno de las ciudades

(cuento de Sylvia Iparraguirre)

A veces, como hoy, le daba por sentarse en las plazas. Entonces se quedaba absorta, observando. Inventándole historias a la gente. Historias que después no iban a ninguna parte, no estallaban en ningún lado. Pero sabía algo: debía tener cuidado al observar. El puesto de observador encierra riesgos temibles para una naturaleza obsesiva. Por ejemplo, el chico de piernas flacas y moradas que terminaban en pies descalzos. La ropa seguramente de otro, el pantalón a mitad de las rodillas de cuatro años. El chico flaco condenado a vivir durante meses en su memoria la hostigaba sin descanso, la ahogaba en su propia inutilidad. Pero eso es cosa fácil. Lo desechaba de su mente por sufrimiento frívolo. ¿Qué tendría que haber hecho? Nadie lo sabe. Mientras tanto, el chico existe, crece en algún lugar mezquino con sus piernas moradas para siempre. Primer domingo de invierno, tarde tristísima. Había deambulado en la tarde como un barco perdido y al fin había llegado a la plaza. La plaza era una isla desierta y dentro de esa isla otra islita, su banco. Por ahora, su lugar en el mundo. Plantar un árbol en la islita, esperar que crezca y después abrazarse ferozmente a él. Entonces sí dejarse arrastrar por la corriente, que no era ya el río calmo de la vida, sino más bien una corriente turbia y tumultuosa, casi negra, como un túnel, en la que debía tratar de mantenerse arriba, en la islita. Una paloma se posó en el respaldo del banco. No debía distraerse de las palomas. Pero esa mañana, como muchas otras desde hacía un tiempo, no se había despertado con la imagen del chico sino con la carta. Las cartas suicidas también formaban parte de su actividad mental. Y las otras cartas. Insensatas pero reales. Cartas a tías solteronas en lejanos e imperceptibles pueblos de provincia. Tías a las que la casa paterna, solitaria, llena de espejos y de historias del pasado, se les caía encima. Entonces, cómo soportar esa soledad que grita a la distancia, ése no saber qué hacer con tantos recuerdos y la creencia en el Destino. La obligación de la carta optimista. Sobrina a la que se ha visto crecer sin sospechar nada, escribe cartas reconfortantes para usar de linterna cuando una se despierta a medianoche y los recuerdos son tantos en esa casa enorme y oscura. Como boca de lobo. Y los espejos. Y el reloj de la sala. Cartas con las que hacía o creía hacer señales a un náufrago. Pero ¿quién era el náufrago? Mejor mirar los coches, uno tras otro por la tarde invernal. Tarde que sedimenta dentro de su cabeza, como un montón de uvas aplastadas. Otro banco, no muy lejos del suyo. Muchacho que mira a chica en una plaza, sí. Tal vez un encuentro. Imposible. Los encuentros ya no se producen más. Mujer que en algún tiempo tuvo la cara parecida a una madonna. Sus tías lo decían. Ellas saben. Tías lejanas próximas a desaparecer. Por eso las cartas eran reales, estampilladas y mandadas. ¿Vería el muchacho del otro banco los últimos vestigios de su cara de madonna? El misterio de la forma. Cuidado con la apariencia. Si el muchacho del banco se acercaba, ella le iba a contar el sueño de hacía una noche. Así nomás. Una puerta alta y blanca de dos hojas, con filetes de oro, estilo Luis XV. El silencio es total. Las imágenes en colores. Tomo los picaportes dorados y abro las dos hojas a la vez. Un salón ovalado. El piso de mármol brilla; en los costados, ventanas curvas. Dorado y blanco y mármol, con una araña de luces que chisporrotea arriba, fría y remota como una constelación. Cierro las puertas y me quedo parada. Frente a mí, otra puerta igual a la anterior. El silencio vibra. Algo va a pasar. Lentamente, las dos hojas se abren, no hay nadie. Entonces, escucho los cascos. Nítidos, clarísimos sobre el mármol fulgurante. Aparece un centauro. No es el centauro convencional. Es más chico y feo. La parte de caballo parece la de un pony, un poco manchada y peluda. La parte del hombre se desdibuja. Yo estoy desnuda, pero también estoy vestida en el otro extremo de la habitación. Lindo tema para empezar una conversación en el banco de una plaza. Por qué atormentarse con las vidas imaginarias. Basta la propia. Algo había caído muerto a sus pies, hacía poco. Y ahí había quedado. Pero igual, todo seguía siendo palabras. El muchacho del banco se había levantado y caminaba hacia ella. No iba a ser fácil.
  

—¿Tenés hora?
  —No tengo —dije—, pero deben ser las seis y media.

  El muchacho miró su reloj:
   —Qué pálpito —dijo—. Las seis y veinticinco. ¿Puedo sentarme?
   —Es una plaza pública —dije.
   —Te vi tan pensativa que pensé que a lo mejor tenías ganas de charlar.
   —No veo la conexión —dije—, charlar, por ejemplo, ¿de qué?
   —No sé. De cualquier cosa. De vos.
   —¿Estás seguro? ¿No será que querés hablar de vos?
   —No tengo mucho para contar —dijo el muchacho—. Vos me gustás. Me gustaste   desde que te vi cuando te sentabas en el banco.
    Miré los autos que dejaban una estela de luces en el anochecer. Disgusto latente.
    —Pero vos a mí no me gustás. Quiero decir, por fuera. A lo mejor por dentro sí.
  —¿Por dentro…?

—Sí, por dentro. ¿Qué soñaste anoche?

—No soñé nada. No sueño casi nunca.

—Vamos mal. Si una persona no sueña no me interesa. Antes de anoche soñé que subía al bote en el que muere el Rey Arturo y que veía la espada Excalibur cuando el brazo sale del agua y la agarra. ¿Entendés algo de lo que digo?
 El muchacho me miró en silencio.

 —Vos sos una pedante —dijo al fin.

 —Y vos en cuanto me viste contaste la plata que tenías para saber si te alcanzaba para un hotel.

—¿Quién te creés que sos? ¿Marilyn Monroe? —dijo el muchacho con un gesto despectivo.
—Y vos, ¿acaso sos John Lennon para que a mí me parezca interesante hablar con vos?

Nos quedamos callados. Volví a mirar los autos que corrían en la tarde invernal. Me apaciguaba. Nada tenía demasiada importancia.
—Te mentí —dijo el muchacho—. Hace unos días tuve un sueño. 

Suspiré.   

 —¿Cómo era?
  —Alguien me perseguía; yo trataba de correr pero era como si corriera en cámara lenta.  Me desperté angustiado. Fue un sueño horrible.
—Lo acabás de inventar —dije—. No vale nada, lo sueña todo el mundo. Tratá otra vez.
—Si te lo conté a propósito. Querías sueños, ahí tenés uno —y se movió incómodo en el banco.
  —¿Para qué viniste a sentarte a mi banco?
  —Los bancos son de todos —dijo el muchacho.
  —Ahora te copiás de mí. Bueno, tratá de nuevo.
   —Una vez tuve un sueño. Había un hilo invisible. Atravesaba la pantalla y yo tenía que caminar sobre él.
    —Está bien —dije—. Me aburrí. No quiero hablar más de sueños. Estoy harta de sueños. ¿Sabés lo que es un centauro?

 —Sí —dijo el muchacho.
 —Si te suicidaras, ¿dejarías una carta?
  —Sí —dijo él.
  —¿Qué pondrías?
   —Pondría que me perdonaran.
  Me moví hacia él en el banco.
  —¿Por qué? ¿Por qué que te perdonaran?
  —No sé. Por todo, porque nadie tiene la culpa, porque uno tiene que aprender a vivir, adaptarse. —Se hizo un breve silencio con su respiración y la mía—. Estoy hecho pedazos —dijo.
 Le miré la cara por primera vez. Lloraba mansamente, sin ningún gesto. Miré las palomas, el cielo oscurecido y los autos incesantes. Pensé que uno podía ser una paloma o un monstruo e igual hacerse pedazos.

 —¿A qué viniste a mi banco?
 —No sé —dijo el muchacho—. Estaba buscando un amuleto, algo.
 —No sé qué te puedo dar. Solamente tengo un trébol de cuatro hojas que encontré sin querer. —Lo busqué en mi libreta de direcciones. Ahí estaba, fósil. Se lo di.
 —Hoy empieza el invierno —dijo el muchacho—. Me tengo que ir.
  —No te vayas todavía —le pedí yo.
  —Sí, me tengo que ir, pero te voy a dar algo. —Un sobre blanco doblado en dos apareció en su mano—. Vos me diste el trébol. —Me puso el sobre en la mano—. Chau —dijo el muchacho.
 —Chau —le dije.
  Algunas luces empezaron a encenderse. Caminó un poco, se dio vuelta y alzó la mano. Yo también. Una paloma oscura planeó suavemente y le rozó el hombro.

 

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sábado, 9 de mayo de 2026

La debutante cuento de Leonora Carrington

 Leonora Carrington 

A continuación, te presento un cuento corto de Leonora Carrington: La debutante. En este cuento de horror fantástico, una joven que detesta la vida social y los rituales de la alta sociedad encuentra en una hiena su única amiga y cómplice. Para evitar asistir a su propio baile de presentación, idea un plan insólito: que la hiena ocupe su lugar disfrazado, lo que desencadena una situación absurda y perturbadora que rompe con toda norma de comportamiento social. 

El cuento, es una crítica al carácter artificial, opresivo de las convenciones sociales, especialmente las impuestas a las mujeres; a través del humor negro y lo grotesco, Carrington sugiere que la “civilización” puede ser más salvaje que lo animal, y que la identidad social es una máscara frágil que puede desmoronarse con facilidad.

Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify


La debutante

[Cuento completo]

En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.

La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

–¡Qué asco! –le dije–. Esta noche me toca asistir a mi baile.

–Tienes suerte –dijo ella–; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

–Habrá muchas cosas de comer –dije–. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

–Y aún te quejas –replicó la hiena con desaliento–. Mírame a mí: yo solo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

–No tienes más que ir en mi lugar.

–No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría –dijo la hiena un poco triste.

–Escucha –dije–, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

–De acuerdo –dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

–Esta habitación huele mal –dijo mi madre, abriendo la ventana–; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

–Por supuesto –le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

–No te retrases para el desayuno –dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

–Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

–Sí –dije, perpleja.

–Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

–No lo veo muy práctico –dije yo–. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

–Tengo la suficiente hambre como para comérmela –replicó la hiena.

–¿Y los huesos?

–También –dijo–. ¿Te parece bien?

–Solo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

–Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

–Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

–En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

–Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

–Es verdad –dije–; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

–Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

–Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte –le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

–Acabábamos de sentarnos a la mesa –dijo–, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Conque mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación, se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Fuente: Ciudad Seva


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Te recomiendo escuchar Mitos fundacionales un fragmento de la novela Desierto Sonoro de Valeria Luiselli, una aclamada escritora y ensayista mexicana. 


 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

Mitos fundacionales, fragmento Desierto Sonoro de Valeria Luiselli

 

Valeria Luiselli

A continuación, te presento un fragmento de la novela de Valeria Luiselli: Desierto Sonoro (2019). Es una novela inspirada en la política migratoria de EE. UU., especialmente la separación de familias en la frontera. 

Es su primer libro escrito en inglés y fue muy reconocido, ganando premios como el Rathbones Folio (2020) y el Dublin Literary Award (2021), además de ser finalista del Booker.

Este fragmento es como un relato; la historia de una familia en un viaje por carretera de Nueva York a Arizona. En esta novela, la autora mezcla narrativa con fragmentos poéticos y recursos experimentales, como un capítulo de una sola oración y un cierre con fotografías.

En esta obra, Valeria Luiselli aborda la crisis migratoria en la frontera entre México y Estados Unidos, especialmente el aumento de familias y menores que cruzan debido a la violencia, la pobreza y las políticas migratorias más restrictivas.

Narrar un fragmento de esta novela es, en cierto modo, asomarse a ese desierto que no es solo geográfico, sino humano: un espacio donde el tránsito se vuelve espera, y la espera se vuelve pregunta. Luiselli escribe desde ahí, desde ese punto en que lo político deja de ser abstracto y se vuelve una historia concreta, frágil, imposible de ignorar.

Este fragmento de la novela puedes escucharlo en Carla Narraciones (YouTube y Spotify).

 

Fragmento Desierto Sonoro  de Valeria Luiselli

MITOS FUNDACIONALES


En nuestro principio hubo un departamento casi vacío y una ola de calor. Era la primera noche en ese departamento –el mismo que ahora acabamos de dejar atrás– y los cuatro estábamos en calzones, sentados en el piso de la sala, sudorosos y agotados, balanceando rebanadas de pizza en las palmas de las manos.

El niño oteó la sala, masticando un pedazo de pizza, y preguntó:

¿Y ahora qué?

Y la niña, que entonces tenía dos años y medio, remedó:

Sí, ¿ahora qué?

No supimos qué contestar, aunque creo que ambos lo pensamos detenidamente, buscando alguna respuesta, quizá porque también nos habíamos estado haciendo la misma pregunta frente a ese espacio ajeno. Habíamos terminado de desempacar lo esencial y salido a comprar unas cuantas cosas de último momento: sacacorchos, cuatro almohadas nuevas, líquido limpiavidrios, detergente, dos pequeños portarretratos, clavos y un martillo. Habíamos medido la altura de los niños y hecho una primera marca en la pared del pasillo: 84 y 106 centímetros. Luego habíamos fijado un par de clavos en el muro de la cocina, junto al refrigerador, para colgar dos postales que antes habían estado en nuestros respectivos departamentos: una era un retrato de Malcolm X, tomada justo antes de que lo mataran, donde se le ve reposando la cabeza sobre la mano izquierda y mirando hacia algo o alguien fuera de cuadro; la otra era de Zapata, muy erguido, sosteniendo un rifle en una mano y un sable en la otra, con una banda colgándole de un hombro y sus dobles cananas cruzándole el pecho.

Pero a pesar de esas primeras marcas de nuestra presencia, y de las muchas cajas de cartón y las maletas de todos, el espacio aún se sentía vacío.

¿Ahora qué?, preguntó otra vez el niño.

Por fin contesté yo:

Ahora vayan a lavarse los dientes.

Pero no hemos desempacado nuestros cepillos todavía, replicó.

Entonces enjuáguense la boca en el lavabo y a dormir, dijo su papá.

Regresaron del baño diciendo que les daba miedo dormir solos en el cuarto nuevo. Accedimos a que se quedaran en la sala con nosotros, por un rato, si prometían dormirse. Los dos se acomodaron dentro de una caja de cartón vacía y, después de cachorrear un rato hasta negociar la división de espacio que les pareció más justa, ambos cayeron súpitos.

Mi esposo y yo abrimos una botella de vino y, asomados a la ventana, nos fumamos un porro. Luego nos acomodamos otra vez en el piso de la sala, platicando a ratos, y a ratos viendo nomás a los dos niños, dormidos en su caja de cartón. Desde donde estábamos sentados alcanzábamos a ver solo un amasijo de cabezas y nalgas: el pelo del niño, recio de sebo, los chinos de la niña, un nido; él, nalgas de aspirina, y las de ella, amanzanadas. Parecían la miniatura de una pareja que ha estado demasiado tiempo unida, de esas que envejecen muy rápido porque se disponen a la comodidad de una promesa eterna y sin sobresaltos. Ambos dormían en absoluta soledad compartida, serenos. Pero de pronto, interrumpiendo ese silencio casi sacro, el niño empezó a roncar y la niña empezó a soltar largas yufas, seguidas de breves pero tronados pedos.

Ese mismo día, más temprano, habían dado un concierto parecido cuando íbamos en metro hacia la casa, volviendo del supermercado, rodeados de bolsas de plástico llenas de huevos enormes, jamón rosáceo, almendras orgánicas, pan de elote y pequeños tetrapacks de leche entera –los productos enriquecidos y vitaminados de nuestra nueva dieta: la dieta de una familia con dos salarios–. Tres paradas del metro, y los dos niños se habían quedado dormidos, las cabezas en nuestras piernas, su sudor oliendo a los pretzels tibios que nos habíamos comido en la calle unas horas antes. Acomodados los cuatro en el vagón de metro –los niños dormidos, angélicos casi, y nosotros dos lo bastante jóvenes–, conformábamos una tribu hermosa, envidiable.

Hasta que de repente, uno comenzó a roncar y la otra a tirarse pedos. Los pocos pasajeros que no llevaban audífonos se dieron cuenta, miraron a la niña, luego a nosotros, luego al niño, y sonrieron –no sé si por compasión o en complicidad o simplemente entretenidos por la total desvergüenza de nuestros hijos–. Mi esposo les devolvió la sonrisa a los pasajeros. Yo pensé por un momento en desviar la atención, distraerlos de algún modo, tal vez mirando acusatoriamente al viejo que dormía a pocos asientos de distancia, o a la joven en ropa deportiva.

Pero no hice nada. Solo asentí con la cabeza a modo de aceptación, o de resignación, y les devolví media sonrisa a los extraños del metro. Supongo que sentí el tipo de pánico escénico que sobreviene en ciertos sueños, cuando te das cuenta de que estás en la escuela sin ropa interior: un profundo sentimiento de vulnerabilidad frente a todas esas personas que se asomaban de pronto a nuestro mundo, un mundo frágil todavía.

Pero esa noche, de vuelta a la intimidad del departamento nuevo, mientras los niños dormían emitiendo nuevamente esos ruidos hermosos –la verdadera belleza, siempre involuntaria–, pude escucharlos con atención, ya sin el peso del bochorno público. La caja de cartón amplificaba los sonidos intestinales de la niña, que viajaban diáfanos por el espacio casi vacío de la sala. Después de un rato el niño los oyó también –o eso nos pareció– y le respondió desde la profundidad de sus sueños con una serie de gruñidos y murmullos. Mi marido advirtió que estábamos presenciando un idioma más del paisaje sonoro de la ciudad, puesto al servicio del acto siempre circular de la conversación:

Una boca que le responde a un culo.

Por un instante reprimí la risa, pero luego noté que mi marido contenía la respiración y cerraba los ojos para evitar reírse y despertar a los niños. Tal vez estábamos un poco más pachecos de lo que creíamos. Me distendí por completo en una carcajada. Él me hizo segunda con una serie de resoplidos y jadeos, sus fosas nasales aleteando, el gesto fruncido, los ojos casi borrados, su cuerpo entero balanceándose como piñata herida. La mayoría de la gente se vuelve aterradora cuando ríe desaforadamente. Siempre me han dado miedo los que castañetean los dientes, y los que se ríen sin emitir sonido alguno. Son desconcertantes las personas que se ríen como cantaba Chavela Vargas, que jalaba aire entre los dientes antes de soltar sus quejumbrosos pujidos. Y luego están los que clavan la cabeza hacia delante, contorsionándose, como si la alegría les doliera. En mi familia paterna tenemos un defecto genético, creo, que se manifiesta mediante bufidos nasales y ronquidos porcinos al final de cada ciclo de risas. Estos sonidos, quizá por su animalidad, desatan a su vez un nuevo ciclo de risas. Y así hasta que todos terminamos con lágrimas en los ojos y un sentimiento de vergüenza nos embarga.

Respiré profundamente y me limpié una lágrima del cachete.

Me di cuenta entonces de que era la primera vez que oíamos la risa del otro. Quiero decir, nuestras risas más profundas: risa desatada, inmoderada, risa plena y ridícula. Quizás nadie nos conoce realmente hasta que no conoce nuestra risa. Por fin recobramos la compostura.

¿Es terrible reírnos a costa de nuestros hijos mientras duermen?, le pregunté.

Sí sí, todo mal, dijo, los pliegues de su piel todavía reacomodándose, regresando poco a poco al semblante parco y sereno que suele tener.

Decidimos que había que documentar este preciso momento, así que sacamos nuestro equipo de grabación. Mi esposo empezó a recorrer el espacio con el brazo extensible de su boom; yo acerqué mi grabadora de mano a los niños lo más posible. Ella se chupaba el dedo y él murmuraba palabras y gruñidos oníricos para la grabadora. El micrófono de mi esposo captaba también los sonidos de la calle: coches, una pareja discutiendo, jóvenes echando desmadre. Con una complicidad infantil registramos los sonidos de esa noche. No estoy segura de qué motivos más profundos nos impulsaban. Quizás era solo el calor del verano, más el vino, menos el porro, multiplicado por la emoción de la mudanza, dividido por todo el reciclaje de cajas de cartón que teníamos por delante.

O quizás estábamos obedeciendo al impulso de permitir que aquel momento, que parecía el comienzo de algo, dejara una huella. Después de todo, nuestras mentes estaban entrenadas para detectar oportunidades de grabación, y nuestros oídos escuchaban la vida cotidiana como si fuera material para ser documentado. O tal vez las familias nuevas, como las naciones jóvenes después de una violenta guerra de independencia o una revolución, necesitan anclar sus comienzos en un momento simbólico y fijar ese instante en el tiempo. Esa noche fue nuestra fundación; fue la noche en que nuestro caos se convirtió en cosmos.

Más tarde, cansados y habiendo perdido momentum, cargamos a los niños hasta su nuevo cuarto y los dejamos sobre la cama –apenas más grande que la caja de cartón donde se habían dormido–. Después, ya en nuestro cuarto, nos metimos a la cama y entrelazamos las piernas sin decirnos nada, aunque comunicando algo con nuestros cuerpos, algo así como quizás más tard e, quizás mañana, mañana hacemos el amor, hacemos planes, mañana.

Buenas noches

Buenas noches

Fuente: Escaramuza


Otros relatos

Si te gustan los relatos, te recomiendo un relato de Valeria Luiselli: Pinche Tiresias un cuento con moraleja de Horacio Quiroga


 

martes, 5 de mayo de 2026

Cuento con moraleja de Horacio Quiroga

 

Cuento con moraleja

A continuación, te presento un cuento con moraleja de Horacio Quiroga: El hombre muerto. Este cuento para adultos es uno de los más famosos de Horacio Quiroga. En un episodio cotidiano en la vida de un trabajador del campo, tras un accidente aparentemente menor, comienza a experimentar una intensa y progresiva conciencia de su destino. En medio de un entorno natural descrito con precisión y normalidad, el relato explora cómo la mente del protagonista se resiste a aceptar lo inevitable, mientras el mundo sigue su curso con normalidad.

El significado del cuento se centra en la fragilidad de la vida humana, y la ilusión de tener un tiempo asegurado. La moraleja que nos deja hoy Horacio Quiroga es simple pero poderosa: No se trata de vivir solo en el futuro ni de exigirnos disfrutar siempre el presente, sino de no perder del todo lo que nos rodea mientras lo atravesamos. Incluso en los momentos difíciles, la vida también ocurre aquí, aunque a veces sea de forma frágil o silenciosa.

Vivir enfocados únicamente en las proyecciones del futuro puede hacernos perder de vista lo que ya está ocurriendo a nuestro alrededor, como si el presente fuera solo una etapa de paso y no un lugar donde la vida también se despliega con intensidad. Sin embargo, esta idea no puede sostenerse de manera simplista: para muchas personas, el presente no es un espacio de calma al que “solo hay que prestar atención”, sino un escenario atravesado por la incertidumbre, la precariedad o el miedo, donde resulta difícil (e incluso injusto exigir) que se experimente plenitud.

En ese sentido, más que oponer presente y futuro, la reflexión invita a reconocer la complejidad de ambas dimensiones: hay quienes se refugian en el futuro como forma de esperanza, y quienes, por las condiciones que viven, apenas pueden habitar el presente sin peso. En estos casos, el consuelo no pasa por forzar una mirada positiva del ahora, sino por reconocer y validar esa dificultad sin negarla.

A veces, lo más honesto es acompañar desde la comprensión: entender que no siempre es posible “disfrutar el presente”, pero que incluso en medio de la dureza pueden existir pequeños puntos de sostén. Quizá una palabra, un gesto, una pausa, una presencia compartida que, aunque no resuelven la realidad, la hacen un poco más habitable. Pensar así también implica desplazar la exigencia de felicidad constante y sustituirla por algo más humano: la posibilidad de atravesar el presente sin sentirse culpable por no poder celebrarlo.

Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify

 

El hombre muerto de Horacio Quiroga

[Cuento completo]

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en estas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Solo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es este el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?

No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…

¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es este uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando… Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

¿Qué pasa, entonces? ¿Es ese o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Solo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.

El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

¡Pero no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba…? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ese es su bananal; y ese es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ese, ha visto las mismas cosas.

…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!

¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.

…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.

Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

 

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