martes, 21 de julio de 2026

5 poemas de Margaret Atwood

 

Margaret Atwood

A continuación, te presento cinco poemas de Margaret Atwood. Estos poemas pertenecen al poemario Sinceramente, la edición en español de Dearly (2020). En esta colección, Atwood reúne poemas escritos desde una perspectiva madura e íntima, donde reflexiona sobre el envejecimiento, la pérdida, el amor, la muerte y la crisis medioambiental. Con un lenguaje claro y lleno de imágenes simbólicas, la autora invita al lector a contemplar la fragilidad de la vida y la importancia de preservar tanto los vínculos humanos como el mundo natural.

Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) es una de las escritoras más importantes de la literatura contemporánea. Aunque es conocida internacionalmente por novelas como El cuento de la criada, su trayectoria abarca también la poesía, el ensayo y el relato breve. A lo largo de más de seis décadas de carrera ha explorado temas como la condición humana, el feminismo, el poder, la memoria, el paso del tiempo y la relación entre las personas y la naturaleza.

Estos poemas puedes escucharlos en Carla Narraciones (YouTube y Spotify)


Poemas de Margaret Atwood


La Mujer de Hojalata recibe un masaje

Sobre la sábana de franela

en la postura de un hombre haciendo el muerto,

boca abajo. Las manos descienden,

ignoran la piel,

el xilófono de la columna,

esquivan los bultos y los lóbulos,

se dirigen al tejido profundo,

 

van a las pequeñas bisagras

que crujen como pequeñas ranas;

tañen las cuerdas de tripa

de los tensos tendones magullados.

 

Qué oxidada estoy,

qué cerrada, qué bloqueada.

Como una lata vieja de judías cocidas,

la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.

El movimiento implica dolor.

Qué corroída.

 

¿Quién se quejaba

de no tener cerebro?

Algún espantapájaros de tela.

 

A mí, es el corazón:

ésa es la parte que me falta.

Antes deseaba uno:

un delicado cojín de seda roja

colgando de una cinta de sangre,

perfecto para clavar alfileres.

Pero he cambiado de opinión.

Los corazones duelen.

 

***

 

Traición

 

Cuando te topas con tu amante y tu amiga

desnudos en tu cama

hay cosas que podrían decirse.

 

Adiós no es una de ellas.

Nunca cierres esa puerta torpemente abierta,

se quedarán encerrados en esa habitación para siempre.

 

Pero ¿tenían que estar tan desnudos?

¿Tan poca clase?

¿Revolcándose como en un charco primaveral?

 

Las piernas demasiado largas, las cinturas demasiado gruesas,

las lorzas por aquí y por allá,

los mechones de pelo…

 

Sí, fue una traición,

pero no a ti.

Sólo a la idea que tenías

 

de ellos, con luz suave y mística,

con la nieve cayendo lentamente

y un atardecer malva de diciembre;

 

no ese destello torpe,

esa carne desparramada,

atrapada en el brillo de tu mirada.

 

***

 

Pluma

 

Las plumas cayeron a puñados.

Por el mero viento, la decoloración del sol, la guerra de

lechuzas,

algún asesino con una escopeta,

 

¿quién sabe?

Pero las encontré aquí en el césped:

piel desgarrada no sé de quién;

 

caligrafía de alas destrozadas,

restos de un dios que se derritió

demasiado cerca de la luna.

 

Una vez voló alto,

como todos lo hicimos.

Toda vida es un fracaso

 

en el último momento,

la hora de la sangre seca.

Pero nada, queremos creer,

 

se desperdicia, así que tomé una pluma de la matanza,

afilé y partí el cálamo,

busqué tinta,

 

y dibujé este poema

contigo, pájaro muerto.

Con tu vuelo agotado,

 

con tu pánico desvaneciéndose,

con tu mirada cayendo en espiral,

con tu noche.

 

***

 

¡Oh, niños!

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin pájaros?

¿Habrá grillos donde estéis?

¿Habrá margaritas?

Almejas, por lo menos.

Tal vez ni almejas.

 

Sabemos que habrá olas.

Éstas no necesitan mucha vida.

Una brisa, una tormenta, un ciclón.

Mareas, también. Piedras.

Las piedras son un consuelo.

 

Habrá puestas de sol, mientras haya polvo.

Habrá polvo.

 

¡Oh niños!, ¿creceréis en un mundo sin canciones?

¿Sin pinos, sin musgo?

 

¿Pasaréis la vida en una cueva,

una cueva sellada con una línea de oxígeno,

hasta que haya un corte de luz?

¿Se os quedarán los ojos en blanco como los ojos de clara de huevo

de los peces sin sol?

Allí dentro, ¿qué desearéis?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin hielo?

¿Sin ratones, sin líquenes?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis?

 

***

 

Dentro

 

Desde fuera vemos un marchitamiento,

pero por dentro, como lo sienten

el corazón y el aliento y la piel interior, qué diferente,

qué vasto qué sereno qué parte de todo

qué oscuridad estrellada. Último aliento. Divino

tal vez. Tal vez alivio. Los amantes atrapados

y lacrados dentro de una caverna,

las voces alzadas en un último dueto flotante,

hasta que la pequeña luz de cera

se apaga. En fin, de todos modos

yo te sostuve la mano y tal vez

tú sostuviste la mía

mientras la piedra o el universo se cerraban

a tu alrededor.

Aunque no del mío. Yo sigo estando fuera.

 

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miércoles, 15 de julio de 2026

Puñaladas Morales de Carmen de Burgos

 

Carmen de Burgos

A continuación, te presento Puñaladas Morales de Carmen de Burgos. El cuento presenta a doña Cipriana, una viuda de edad avanzada que, después de una vida tranquila y llena de responsabilidades domésticas, descubre sentimientos que nunca había experimentado plenamente. La aparición de un joven cercano a ella despierta nuevas ilusiones y esperanzas, llevando a la protagonista a enfrentarse con sus emociones y con la forma en que la sociedad juzga el amor y la vejez.

 Este cuento para adultos critica la crueldad de jugar con los sentimientos de las personas, especialmente de quienes se encuentran en una situación de soledad o vulnerabilidad. Carmen de Burgos muestra que el daño emocional puede ser tan profundo como una herida física y denuncia los prejuicios sociales hacia las mujeres mayores, a quienes muchas veces se les niega el derecho a amar o ilusionarse. La obra invita a reflexionar sobre la importancia de la empatía, el respeto y la responsabilidad afectiva en las relaciones humanas.

Este cuento de Carmen de Burgos puedes escucharlo en YouTube y Spotify


Puñaladas Morales

Carmen de Burgos

Era doña Cipriana un tipo original: alta, huesuda, con la piel amarillenta y arrugada y el cabello encanecido. Los mechones blancos que orlaban su frente no eran esas coronas cantadas por los poetas, símbolos de ilusiones desaparecidas que animaron un corazón juvenil; representaban más bien una prematura decrepitud; una naturaleza ajada por el tiempo y la monotonía de la vida. Sus ojos llamaban la atención por la viveza de la mirada, á pesar de tener las órbitas hundidas y caídos los párpados, relampagueaba en ellos un rayo de vida, una luz extraña, algo que parecía indicar la llama del amor, viviendo todavía en aquella mujer de sesenta años. Casada con un honrado comerciante, su existencia se deslizó como la de tantas otras mujeres para las que la vida se reduce á las indispensables ocupaciones caseras y que sólo ven en el marido la llave de la despensa, y que no tienen más relaciones con el mundo que el chismorreo continuo del vecindario. La naturaleza le había negado el goce de la maternidad, y á la muerte de su esposo se encontró doña Cipriana con una fortuna regular y un corazón que jamás había latido á impulsos de la pasión amorosa. Y ocurrió que la pobre mujer, bajo la influencia de la mirada de Antonio, un joven antiguo amigo de la casa, sintió despertarse la vida con toda la ternura y todas las nimiedades encantadoras y delicadas que son propias del amor. Antonio era un joven alto, delgado, de correctas y nobles facciones, y de negros ojos, en los que se veía una mezcla extraña de energía, ternura, movilidad, viveza y melancolía. Más de una romántica señorita suspiraba por el mozo, y alguna dama le perseguía detrás de la per siana con miradas ansiosas

El joven conoció desde el primer instante la influencia que ejercía en el alma de doña Cipriana, y le fingió admirablemente un sentimiento enamorado. ¿Fué crueldad premeditada, vanidad ó complacencia? No lo sabemos; pero su conducta hizo que se albergaran las ilusiones en el corazón de la anciana. Las miradas de Antonio excitaban al amor, como esos nidos que los pájaros cuelgan en los aleros de los tejados, convidan á formar una familia, un hogar donde á los enamorados trinos de los padres, responda el poético gorjeo de los pequeñuelos. La ficción duró poco tiempo; Antonio se cansó de la comedia y doña Cipriana pudo sentir en su pecho todos los dolores del desengaño. Doña Cipriana languideció en algunas semanas; iba consumiendo su existencia como esas lamparillas que dejamos en nuestras alcobas, que lanzan débiles chisporreteos de luz y al fin se hacen parte de la negra sombra. —¡Los años!—decían sus amigos. —¡Los años!—repitió Antonio cuando la vió tendida en lujosa caja entre los cirios amarillos que la alumbraban; pero una voz potente pareció gritarle: —No, los años no; tú, tú fuistes su verdugo; tú, que sembrastes de ilusiones su corazón, riéndote de la vieja, que tenía ilusiones de niña, para clavar después un puñal, como los asesinos que hieren en la sombra. Hay crímenes que el Código no castiga, porque nada ha podido hacerse contra esas misteriosas puñaladas que matan una existencia, que destrozan un alma, que llevan un cerebro á la locura. Ve, muéstrate satisfecho; cuéntale á las mil mujeres que te prodigan sus sonrisas el amor extraño y ridiculo de la vieja; oye los elogios de los amigos, que te califican de cumplido caballero; pero procura no escuchar la voz de tu conciencia, que en lenguaje bien claro, te grita: ¡Asesino!

 

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Si te gustan los cuentos, te recomiendo Todo alrededor de Selva Almada.

martes, 7 de julio de 2026

Todo alrededor de Selva Almada

 

Selva Almada

A continuación, te presento un relato breve de Selva Almada: Todo alrededorEn este cuento narra un día en la vida de Rita, una mujer de campo que visita a su esposo, Vicente, internado por una grave enfermedad. Mientras conduce hacia el hospital, recuerda su infancia, el amor que los unió, la pérdida repetida de sus embarazos y los cambios que sufrió el campo y su propia vida. A través de estos recuerdos y de la descripción del paisaje, el relato muestra el desgaste del tiempo, la soledad y el dolor silencioso que acompañan a la protagonista. El significado del cuento radica en cómo refleja la fragilidad de la vida y la imposibilidad de controlar el destino: así como la tierra cambia y deja de dar los frutos de antes, Rita y Vicente también enfrentan pérdidas irreparables. El paisaje que los rodea funciona como un espejo de sus emociones, mostrando que todo alrededor continúa su curso, mientras ellos aprenden a convivir con la ausencia, la enfermedad y la esperanza que poco a poco se desvanece. Este cuento para adultos puedes en YouTube y Spotify

 

Selva Almada es una escritora argentina considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina, su obra ha sido comparada con la de William Faulkner, Juan Carlos Onetti, Carson McCullers y Flannery OConnor. 


Todo alrededor

Relato breve de Selva Almada

Las nubes se amontonaban sucias, pesadas como la panza de un animal cebado. Eran las once de la mañana y tal vez lloviera en un rato o no. Este verano seco el tiempo se armaba y se desarmaba a cada rato. La promesa de alivio duraba poco.

La luz era especial: deslumbrante y aterradora. Rita dio un paso atrás, alejándose de la mesada donde recién tomaba un vaso de agua de la canilla. Con el vaso todavía en la mano miró afuera. El marco de la ventana recortaba ese pedazo de campo como si fuera un cuadro.

En la distancia vio, débil, su reflejo en el vidrio. Le pareció que unas mechas se habían salido del rodete y levantó una mano para acomodarse. No se lo mostraba el reflejo pero sabía que también necesitaba retocarse la tintura. Las raíces blancas formaban una especie de corona, un halo alrededor de su frente. Sintió calor. Un sofocón que la obligó a abrirse la camisa de un tirón. Como el fuego que traía el viento norte, algo así pero que venía desde adentro. Aunque estaba sola enseguida cerró la prenda con una mano, cubriéndose.

Esa ventana estaba cerrada porque era la única sin mosquitero. Los vecinos tenían criadero de pollos y sobre todo los días pesados como este las moscas eran un infierno. A Vicente se le había ocurrido renovar todos los mosquiteros de la casa y esta ventana le había quedado sin terminar. Estaba en el hospital desde hacía unas semanas.

La camioneta daba barquinazos sobre el camino reseco. Las ventanillas abiertas. La radio encendida. Rita agarrando el volante con las dos manos. Manejaba desde los doce años. Le había enseñado el abuelo para que lo llevara al pueblo y lo trajera cuando se entretenía de más en el boliche. Le gustaba tomar y a ella no le molestaba. No era un cargoso. Solamente un hombre que empinaba el codo hasta que la cabeza se le doblaba sobre el pecho y se quedaba dormido. Siempre había uno o dos hombres un poco menos borrachos que la ayudaban a cargarlo hasta el vehículo. A veces, en vez de ir directo a la casa, manejaba hasta el arroyo y lo dejaba dormir allí un rato, con toda la camioneta abierta, el aire fresco y el olor a agua entrando, acunando el sueño del viejo. Ella daba vueltas por ahí, buscaba piedras, unas en particular que abundaban en el lecho de los arroyos de la zona: tenían forma de rosa y se decía que eran de la prehistoria. Fragmentos de la caparazón de tortugas gigantes o estampas de un crustáceo antiguo.

A los costados el campo, el verde áspero de la soja. Pronto comenzará la cosecha.

A veces recuerda el incendio del sorgo maduro. El lino florecido, azul como si el cielo se hubiera derramado sobre la tierra. La alfalfa. Los girasoles. El suelo dividido en parcelas coloridas. Ahora todo verde. El mismo verde desde hace años.

A su abuelo lo hubiera entristecido. Tampoco vería con buenos ojos que ella, su única heredera, arrendara la mayor parte de los campos en vez de trabajarlos con sus manos. Otros tiempos le habían tocado.

Los neumáticos mordieron el asfalto. Por fin quedó atrás el camino roto por las huellas secas de los tractores. Era mediodía y el calor dibujaba espejismos allá adelante. La ruta brillosa como si estuviera hecha de agua: angosta y sinuosa como los arroyitos que recorría de niña.

En la banquina había un viejo camión estacionado y una pila de sandías. Unos carteles escritos a mano y clavados al borde de la ruta anunciaban la mercadería: sandia 20 peso. Un hombre y una mujer estaban sentados al lado del camión, en unas sillas de playa. Niños en short, en cuero y descalzos se revolcaban con unos perros un poco más lejos.

Aminoró la velocidad y se quedó mirando a los chicos: los torsos marrones por el azote del sol, se reían a carcajadas, despreocupados, dichosos. Cuánto hacía que no escuchaba una risa así.

Cuando regresara, si todavía están, les compará dos o tres sandías. Ella no come y está sola en la casa, pero ya se las dará a un vecino o a las gallinas.

Estacionó bajo los eucaliptos. Apagó el motor y se recostó en el asiento. No le gustaba venir al hospital. Después de tanto tiempo debería estar acostumbrada pero no.

Adelante asomaba el edificio entre otros árboles. Los eucaliptos rodeaban el predio, pero ya ingresando había algunos álamos, robles y lapachos. Allí había nacido ella hacía casi medio siglo.  La primera bocanada de aire que había entrado en su cuerpo, había sido entre esas paredes viejas, revestidas de azulejos blancos, saturada de olor a lavandina. Bajo ese techo habían muerto sus padres. Su abuelo no; él murió en la casa. Vicente no había nacido aquí; sus padres se habían instalado en el pueblo con él de dos o tres años. Los hijos, de haberlos tenido, habrían nacido aquí. Desde hacía cinco años Vicente entraba y salía del hospital periódicamente.

Se habían conocido cuando ella tenía quince. En el campo. Toda la vida de Rita había transcurrido en el campo: las cosas fundamentales, las pequeñas, las que se olvidan rápido, las que permanecen. Recuerda la primera vez que lo vio como si fuera ayer. Había un grupo de hombres fumigando los sembrados cercanos a la casa. En esa época se hacía manualmente. Una decena de cuerpos blancos, con sombreros de paja, un tanque en la espalda, empuñando unos caños largos de los que salía el rocío venenoso. Parecían flotar entre el sembrado que apenas empezaba a crecer. Como astronautas o seres de otro planeta. ¿Cómo se fijó en él si con el traje blanco y el sombrero y el tanque era igual al resto? Quizá porque era más menudo. O porque se movía más rápido. Pero algo en esa figura parecida a las otras le llamó la atención.

Después averiguó y supo que el hijo de Fontana había dejado los estudios de agronomía y se había vuelto a trabajar con el padre. Ella ya sabía cómo se llamaba el hijo de Fontana, se habían cruzado en el pueblo varias veces, en la misa o en algunas fiestas los días patrios.

A los quince Rita había echado cuerpo. Había dejado el colegio porque la aburría el estudio. Como sus padres ya estaban muertos, el abuelo la dejaba hacer. Le estaba enseñando a administrar los campos. Eso sí le gustaba a Rita: los números, las fechas de siembra y cosecha, los porcentajes, hablar de toneladas, de silos, de cargas.

En el pasillo se cruzó con Adela, una de las mucamas. Iba empujando un carrito de bandejas con restos de comida. Se saludaron con un beso. Adela le dijo que Vicente ya había comido. Rita inventó una disculpa: algo la había retrasado y no había llegado a tiempo para ayudarlo a comer.

La verdad era que no le gustaba verlo en esos momentos. Darle la papilla en la boca como si fuera un bebé. Que se atragantara y tosiera y devolviera la comida. A veces se retrasaba a propósito y sabía que Adela y las enfermeras se daban cuenta.

El noviazgo no había durado mucho. Rita quedó embarazada y no es que los obligaran a casarse, si no que quisieron hacerlo. Estaban enamorados. En unos años Vicente tomaría las riendas de la pequeña empresa de su padre. El negocio de los agroquímicos estaba creciendo. Rita heredaría los campos del abuelo. Todo auguraba que sería una pareja de esas que los demás miran con envidia. Sin embargo el embarazo no prosperó. Unas semanas después de la fiesta de casamiento, Rita tuvo un sangrado. Era algo bastante común, había dicho el médico. No había de qué preocuparse.

La cara de Vicente, pálida y huesuda, casi una con la almohada, se iluminó cuando la vio asomarse en el vano de la puerta. Levantó apenas un brazo lleno de tubos, azul por los pinchazos y movió los dedos, saludándola. Tenía puesta la mascarilla de oxígeno. Rita imaginó su sonrisa debajo del plástico y sonrió también, intentando parecer despreocupada.

A cada confirmación de embarazo, le sobrevino el sangrado, la desilusión. Pasó bastante tiempo hasta que empezaron el peregrinaje por médicos, estudios, drogas, el sexo recetado con horarios y temperaturas. Pero la medicina tampoco trajo alivio, al contrario. Era insoportable la tristeza en la que caían los dos cada vez que fracasaban. Alguna vez también fue la fila interminable en lo de un cura sanador. Otra, un viaje a la otra punta del mapa donde una virgen concedía cosas imposibles.

Finalmente desistieron. No tendrían hijos.

El cuerpo de los dos era un terreno devastado donde no crecía nada.

Vicente se quitó la mascarilla. Ahora sí Rita vio la sonrisa antes imaginada o sabida de memoria. Hablaron un poco del campo, de algunas cosas de trabajo. Él hablaba despacio, administrando el poco aire que podía entrar a sus pulmones. Rita se sentó en el borde de la cama y se inclinó sobre su marido para escucharlo mejor. Pudo escuchar, o le pareció escuchar, el pecho de él rugiendo como una máquina recalentada.

Cuando abandonó la habitación Vicente dormía. Se había despejado y el sol pegaba fuerte. De nuevo no iba a llover. Las chicharras zarandeaban el silencio de la siesta. Rita había dejado las ventanillas de la camioneta abiertas y cuando entró vio coquitos de eucalipto esparcidos sobre el asiento. Eran diminutos conos de madera. Cuando era niña los ensartaba en un hilo y fabricaba collares y pulseras. Se llevó uno a la nariz. Aun ese fragmento pequeño olía al árbol de donde venía. 

 Fuente: Granta 

Otros cuentos 

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Pan de Margaret Atwood.

martes, 30 de junio de 2026

Pan, un relato breve de Margaret Atwood

 

Pan de Margaret Atwood

A continuación, te presento Pan de Margaret Atwood. En este relato breve para adultos, Margaret Atwood utiliza un simple pedazo de pan para transportar al lector por distintas situaciones humanas, desde la vida cotidiana hasta escenarios de hambre, guerra, culpa y sacrificio. A través de una serie de escenas y preguntas dirigidas al lector, el cuento invita a imaginar cómo un mismo objeto puede adquirir significados completamente diferentes según las circunstancias, convirtiendo una experiencia común en una profunda reflexión sobre la condición humana.

El cuento muestra que el valor de las cosas depende del contexto y de las decisiones morales que enfrentamos. El pan deja de ser solo un alimento para simbolizar la vida, la esperanza, la memoria, la solidaridad y, en algunos casos, la supervivencia o la traición. Atwood busca que el lector se ponga en el lugar de otras personas y reflexione sobre los privilegios cotidianos, la empatía y los dilemas éticos que surgen cuando los recursos son escasos o la vida está en peligro.

 Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify


Pan

Margaret ATWOOD (Canadá, 1939)

Imagina un pedazo de pan. No hace falta imaginarlo, está aquí en la cocina, sobre la tabla del pan, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. Ese cuchillo es uno muy viejo que conseguiste en una subasta, la palabra PAN está tallada en el mango de madera. Abres la bolsa, pliegas el envoltorio hacia atrás, cortas una rebanada. La untas con mantequilla, con mantequilla de cacahuete, después miel, y lo doblas hacia adentro. Un poco de miel se te escurre entre los dedos y la lames con la lengua. Te lleva cerca de un minuto comer el pan. Este pan es negro, pero también hay pan blanco, en el frigorífico, y un poco de pan de centeno de la semana pasada, antes redondo como un estómago lleno, ahora a punto de echarse a perder. De vez en cuando haces pan. Lo ves como algo relajante que puedes elaborar con las manos. Imagina una hambruna. Ahora imagina un pedazo de pan. Ambas cosas son reales pero tú estás en el mismo cuarto con sólo una de ellas. Ponte en otro cuarto, para eso sirve la mente. Ahora te encuentras sobre un colchón delgado en un cuarto caluroso. Las paredes están hechas de tierra seca, y tu hermana, más joven que tú, está contigo en el cuarto. Tiene mucha hambre, su vientre está hinchado, las moscas se le posan en los ojos, tú las espantas con las manos. Tienes un trapo, sucio pero húmedo, y se lo pones en los labios y en la frente. El pedazo de pan es el mismo pan que has estado guardando desde hace días. Sientes la misma hambre que ella, pero todavía no te sientes tan débil. ¿Cuánto va durar esto? ¿Cuándo vendrá alguien con más pan? Piensas en salir a ver si encuentras algo para comer, pero afuera las calles están infestadas de carroñeros y el hedor de los cuerpos lo llena todo. ¿Deberías compartir el pan o dárselo todo a tu hermana? ¿Deberías comer tú el pedazo de pan? Después de todo, tú tienes una mejor oportunidad de sobrevivir, eres más fuerte. ¿Cuánto tiempo tardarás en decidirlo? Imagina una prisión. Hay algo que tú conoces, pero que todavía no se lo has contado a nadie. Los controladores de la prisión saben que tú lo sabes y todos los demás también lo saben. Si hablas, treinta o cuarenta o cien de tus amigos, tus compañeros, serán detenidos y morirán. Si te niegas a hablar, esta noche sucederá lo mismo que la noche anterior. Siempre eligen la noche. Sin embargo, no piensas en la noche, sino en el pedazo de pan que te ofrecieron. ¿Cuánto tiempo tardarás en decidirte? El pedazo de pan era negro y fresco y te recordó un rayo de sol que cae sobre un pedazo de madera. Te recordó un bol, un bol amarillo que había en tu casa. Contenía manzanas y peras, y estaba sobre una mesa de madera que también recuerdas. No es el hambre o el dolor lo que te está matando sino la ausencia de aquel bol amarillo. Si tan solo pudieras sostener el bol en tus manos, aquí mismo, podrías aguantar lo que sea, te dices a ti mismo. El pan que te ofrecieron es peligroso y traicionero, significa la muerte. Hubo una vez dos hermanas. Una era rica y no tenía hijos, la otra tenía cinco hijos y era viuda, tan pobre que ya no le quedaba nada de comer. Fue a ver a su hermana y le pidió un pedazo de pan. ‘Mis hijos se están muriendo’, dijo. La hermana rica respondió, ‘No tengo suficiente para mí’, y la echó de su casa. Luego el marido de la hermana rica llegó a su casa y quiso cortar un trozo de pan, pero al hacer el primer corte, brotó sangre roja. Todos sabían lo que eso significaba. Es un cuento maravilloso, un cuento tradicional alemán. La hogaza de pan que he creado para ti flota unos centímetros por encima de la mesa de la cocina. La mesa es normal, no tiene ninguna trampa. Un paño azul de cocina flota bajo el pan y no hay hilos que sujeten al techo el paño o el pan ni la mesa al paño; ya lo has comprobado al pasar la mano por debajo y por arriba, y no has tocado el pan. ¿Qué te detuvo? No quieres saber si el pan es real o si es sólo una alucinación que te hice ver. No existen dudas de que puedes ver el pan, hasta puedes olerlo, huele a levadura, y parece lo bastante sólido, tan sólido como tu propio brazo. ¿Pero puedes confiar en él? ¿Puedes comerlo? No quieres saberlo, imagínalo.

Fuente: Narrativa breve


Otros relatos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Orientación de los gatos de Cortázar.

domingo, 28 de junio de 2026

Orientación de los gatos, cuento para adultos de Julio Cortázar

 

Julio Cortázar

A continuación, te presento un relato para adultos de Cortázar: Orientación de los gatos. En este cuento, Julio Cortázar narra la historia de un hombre profundamente enamorado de su esposa, Alana, pero obsesionado con conocer aquello que siente oculto en ella. Aunque Alana se muestra transparente y sincera, el narrador percibe que existe una dimensión interior que nunca logra comprender por completo. A través de la música, el arte y la observación de sus reacciones ante distintas obras, intenta descubrir las múltiples facetas de su personalidad. Paralelamente, el gato Osiris aparece como una figura misteriosa que parece compartir con Alana una forma especial de percibir la realidad, inaccesible para el narrador.

 

El cuento reflexiona sobre el misterio de la identidad y los límites del conocimiento en las relaciones humanas. Cortázar sugiere que, por más amor e intimidad que existan, siempre hay una parte del otro que permanece inaccesible. Alana y el gato simbolizan una sensibilidad capaz de percibir una realidad más profunda o diferente, mientras que el narrador representa el deseo humano de comprender totalmente a quien ama. La historia plantea que el amor no consiste en poseer o descifrar por completo al otro, sino en aceptar que siempre existe un espacio de misterio que ninguna explicación puede agotar.


Este cuento para adultos de Cortázar puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

Orientación de los gatos

A Juan Soriano

Cuando Alana y Osiris me miran no puedo quejarme del menor disimulo, de la menor duplicidad. Me miran de frente, Alana su luz azul y Osiris su rayo verde. También entre ellos se miran así, Alana acariciando el negro lomo de Osiris que alza el hocico del plato de leche y maúlla satisfecho, mujer y gato conociéndose desde planos que se me escapan, que mis caricias no alcanzan a rebasar. Hace tiempo que he renunciado a todo dominio sobre Osiris, somos buenos amigos desde una distancia infranqueable; pero Alana es mi mujer y la distancia entre nosotros es otra, algo que ella no parece sentir pero que se interpone en mi felicidad cuando Alana me mira, cuando me mira de frente igual que Osiris y me sonríe o me habla sin la menor reserva, dándose en cada gesto y cada cosa como se da en el amor, allí donde todo su cuerpo es como sus ojos, una entrega absoluta, una reciprocidad ininterrumpida.

Es extraño; aunque he renunciado a entrar de lleno en el mundo de Osiris, mi amor por Alana no acepta esa llaneza de cosa concluida, de pareja para siempre, de vida sin secretos. Detrás de esos ojos azules hay más, en el fondo de las palabras y los gemidos y los silencios alienta otro reino, respira otra Alana. Nunca se lo he dicho, la quiero demasiado para trizar esta superficie de felicidad por la que ya se han deslizado tantos días, tantos años. A mi manera me obstino en comprender, en descubrir; la observo pero sin espiarla; la sigo pero sin desconfiar; amo una maravillosa estatua mutilada, un texto no terminado, un fragmento de cielo inscrito en la ventana de la vida.

Hubo un tiempo en que la música me pareció el camino que me llevaría de verdad a Alana; mirándola escuchar nuestros discos de Bártok, de Duke Ellington, de Gal Costa, una transparencia paulatina me ahondaba en ella, la música la desnudaba de una manera diferente, la volvía cada vez más Alana porque Alana no podía ser solamente esa mujer que siempre me había mirado de lleno sin ocultarme nada. Contra Alana, más allá de Alana, yo la buscaba para amarla mejor; y si al principio la música me dejó entrever otras Alanas, llegó el día en que frente a un grabado de Rembrandt la vi cambiar todavía más, como si un juego de nubes en el cielo alterara bruscamente las luces y las sombras de un paisaje. Sentí que la pintura la llevaba más allá de sí misma para ese único espectador que podía medir la instantánea metamorfosis nunca repetida, la entrevisión de Alana en Alana. Intercesores involuntarios, Keith Jarrett, Beethoven y Aníbal Troilo me habían ayudado a acercarme, pero frente a un cuadro o un grabado Alana se despojaba todavía más de eso que creía ser, por un momento entraba en un mundo imaginario para, sin saberlo, salir de sí misma, yendo de una pintura a otra, comentándolas o callando, juego de cartas que cada nueva contemplación barajaba para aquel que sigiloso y atento, un poco atrás o llevándola del brazo, veía sucederse las reinas y los ases, los piques y los tréboles, Alana.

¿Qué se podía hacer con Osiris? Darle su leche, dejarlo en su ovillo negro satisfactorio y ronroneante; pero a Alana yo podía traerla a esta galería de cuadros como lo hice ayer, una vez más asistir a un teatro de espejo y de cámaras oscuras, de imágenes tensas en la tela frente a esa otra imagen de alegres jeans y blusa roja que después de aplastar el cigarrillo a la entrada iba de cuadro en cuadro, deteniéndose exactamente a la distancia que su mirada requería, volviéndose a mí de tanto en tanto para comentar o comparar. Jamás hubiera podido descubrir que yo no estaba ahí por los cuadros, que un poco atrás o de lado mi manera de mirar nada tenía que ver con la suya. Jamás se daría cuenta de que su lento y reflexivo paso de cuadro en cuadro la cambiaba hasta obligarme a cerrar los ojos y luchar para no apretarla en los brazos y llevármela al delirio, a una locura de carrera en plena calle. Desenvuelta, liviana en su naturalidad de goce y descubrimiento, sus altos y sus demoras se inscribían en un tiempo diferente del mío, ajeno a la crispada espera de mi sed.

Hasta entonces todo había sido un vago anuncio, Alana en la música, Alana frente a Rembrandt. Pero ahora mi esperanza empezaba a cumplirse casi insoportablemente; desde nuestra llegada Alana se había dado a las pinturas con una atroz inocencia de camaleón, pasando de un estado a otro sin saber que un espectador agazapado acechaba en su actitud, en la inclinación de su cabeza, en el movimiento de sus manos o sus labios el cromatismo interior que la recorría hasta mostrarla otra, allí donde la otra era siempre Alana sumándose a Alana, las cartas agolpándose hasta completar la baraja. A su lado, avanzando poco a poco a lo largo de los muros de la galería, la iba viendo darse a cada pintura, mis ojos multiplicaban un triángulo fulminante que se tendía de ella al cuadro y del cuadro a mí mismo para volver a ella y aprehender el cambio, la aureola diferente que la envolvía un momento para ceder después a un aura nueva, a una tonalidad que la exponía a la verdadera, a la última desnudez. Imposible prever hasta dónde se repetiría esa ósmosis, cuántas nuevas Alanas me llevarían por fin a la síntesis de la que saldríamos los dos colmados, ella sin saberlo y encendiendo un nuevo cigarrillo antes de pedirme que la llevara a tomar un trago, yo sabiendo que mi larga búsqueda había llegado a puerto y que mi amor abarcaría desde ahora lo visible y lo invisible, aceptaría la limpia mirada de Alana sin incertidumbres de puertas cerradas, de pasajes vedados.

Frente a una barca solitaria y un primer plano de rocas negras, la vi quedarse inmóvil largo tiempo; un imperceptible ondular de las manos la hacía como nadar en el aire, buscar el mar abierto, una fuga de horizontes. Ya no podía extrañarme que esa otra pintura donde una reja de agudas puntas vedaba el acceso a los árboles linderos la hiciera retroceder como buscando un punto de mira; de golpe era la repulsa, el rechazo de un límite inaceptable. Pájaros, monstruos marinos, ventanas dándose al silencio o dejando entrar un simulacro de la muerte, cada nueva pintura arrasaba a Alana despojándola de su color anterior, arrancando de ella las modulaciones de la libertad, del vuelo, de los grandes espacios, afirmando su negativa frente a la noche y a la nada, su ansiedad solar, su casi terrible impulso de ave fénix. Me quedé atrás sabiendo que no me sería posible soportar su mirada, su sorpresa interrogativa cuando viera en mi cara el deslumbramiento de la confirmación, porque eso era también yo, eso era mi proyecto Alana, mi vida Alana, eso había sido deseado por mí y refrenado por un presente de ciudad y parsimonia, eso ahora al fin Alana, al fin Alana y yo desde ahora, desde ya mismo. Hubiera querido tenerla desnuda en los brazos, amarla de tal manera que todo quedara claro, todo quedara dicho para siempre entre nosotros, y que de esa interminable noche de amor, nosotros que ya conocíamos tantas, naciera la primera alborada de la vida.

Llegábamos al final de la galería; me acerqué a la puerta de salida ocultando todavía la cara, esperando que el aire y las luces de la calle me volvieran a lo que Alana conocía de mí. La vi detenerse ante un cuadro que otros visitantes me habían ocultado, quedarse largamente inmóvil mirando la pintura de una ventana y un gato. Una última transformación hizo de ella una lenta estatua nítidamente separada de los demás, de mí que me acercaba indeciso buscándole los ojos perdidos en la tela. Vi que el gato era idéntico a Osiris y que miraba a lo lejos algo que el muro de la ventana no nos dejaba ver. Inmóvil en su contemplación, parecía menos inmóvil que la inmovilidad de Alana. De alguna manera sentí que el triángulo se había roto; cuando Alana volvió hacia mí la cabeza el triángulo ya no existía, ella había ido al cuadro pero no estaba de vuelta, seguía del lado del gato mirando más allá de la ventana donde nadie podía ver lo que ellos veían, lo que solamente Alana y Osiris veían cada vez que me miraban de frente.

Fuente: Cuentoneta

 

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