jueves, 12 de marzo de 2026

Bondad oculta, un relato para adultos de Pío Baroja

 

A continuación, te presento un relato para adultos de Pio Baroja, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

Resumen y significado del relato

En Bondad oculta, de Pío Baroja, se retrata la dura vida en una explotación minera marcada por la miseria, la injusticia social y la explotación de los trabajadores. En ese ambiente hostil vive una mujer de mala reputación que aparenta frialdad e indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, pero un acontecimiento inesperado despierta en ella una profunda compasión que transforma su manera de actuar. El cuento muestra cómo incluso en las personas juzgadas con mayor dureza puede existir una capacidad sincera de bondad y sacrificio. Su significado gira en torno a la redención moral, la crítica a la desigualdad social y la idea de que la verdadera nobleza nace de los actos y no de las apariencias ni del pasado.

 

Bondad oculta de Pio Baroja

(Relato completo)


El monte estaba lleno de altas escombreras negruzcas, agujereado en todas partes por bocas de galerías obstruidas y cortado en muchos sitios por profundas trincheras. Los mineros talaron el monte; las aguas, cargadas de mineral de plomo, destruyeron toda vegetación, y de aquellos lugares, antes frondosos, poblados de encinas y de robles, no quedaban más que eriales llenos de pedruscos: un paisaje de una amarga y desoladora tristeza.

Ni un helecho ni una humilde aliaga crecía entre los escombros; en vez de árboles, salían del suelo los soportes de los cables, rígidos y severos, con sus brazos de espectros.

En la cumbre del monte había una ancha meseta, lisa como la palma de la mano, y en ella se asentaba la casa de la Mina, una antigua casa fuerte, de piedra-sillería, con aspilleras y ventanas enrejadas, que le daban aspecto de cárcel.

Frente a la casa de la Mina se veían las de los obreros, hechas de adobe; viviendas de aspecto sórdido y miserable, de piso bajo sólo, en las cuales parecía haberse economizado hasta el aire al construirlas: tan pequeños eran los agujeros de sus ventanas.

En la casa de la Mina vivía el representante de la Sociedad minera La Previsión; todo un caballero de industria, del cual nadie conocía su pasado; hombre viejo, presuntuoso, con el bigote y el pelo teñidos, tipo clavado de rufián. Su gran vanidad era creerse un seductor terrible, y para adquirir y sostener esa reputación llevaba a vivir en su compañía alguna moza del partido, recogida en cualquier rincón de la ciudad, a la cual, con su fantasía andaluza, transformaba en una niña de alta posición, enamorada perdidamente de él, hasta el extremo de seguirle, abandonando su familia.

Aquel hombre vanidoso era, a pesar de sus fatuidades, de una dureza de roca; sabía hacer trabajar de firme al rebaño de obreros que estaban bajo sus órdenes; sabía extraer de sus fibras musculares, aún no atrofiadas por los vapores de plomo, energías para arrancar y triturar el mineral.

Presenciaba los dos relevos, a las seis de la mañana y a la misma hora de la tarde, por si alguien faltaba al trabajo. Se daba la señal con un toque de bocina, e iban saliendo de las galerías hombres lívidos, macilentos, algunos temblorosos, todos con las espaldas torcidas y las cabezas bajas. Subían en grupos por un antiguo plano inclinado a la meseta del monte, y entraban en sus casuchas a comer y descansar; poco después salían otros grupos de obreros para desaparecer en el fondo de las minas.

Los muchachos trabajaban llevando el mineral en cestos sobre la cabeza; las mujeres se pasaban el día trayendo haces de leña de un monte lejano; los chiquillos, sucios, haraposos, medio desnudos, jugaban bulliciosamente a las puertas de sus casas. Y en medio de aquel ambiente de miserias, ella, la señorita Julia, la buscona de la capital, convertida en señora por el capricho de un hombre, paseaba con languidez, acompañada de su criada, por delante de la casa de la Mina, luciendo sus trajes vaporosos, saludando desdeñosamente a los mineros, como una reina a sus vasallos.

No los miraba, no quería conocerlos siquiera. Bastante la habían pisoteado a ella los hombres; ahora le tocaba a ella pisotearlos.

Julia tenía mala fama entre la gente. «Hay perdidas — decía su criada — que tienen buenas entrañas; pero ésta…, ésta es la mujer más perra del mundo.» Y todos decían lo mismo: era una mala hembra, una mujer sin corazón…

Durante la primavera de aquel año se presentaron en el pueblo próximo algunos casos de viruela; un barrenero llevó la enfermedad a su casa, y la infección se extendió rápidamente, sobre todo en los niños, que casi todos cayeron enfermos. Ya no se veía aquel enjambre de chiquillos, sucios y haraposos, jugando a las puertas de sus casas.

Julia se enteró de lo que sucedía porque una comisión de obreros fue a visitarla, pidiéndole que escribiese al representante, que estaba fuera, para ver si les podía adelantar una quincena de jornales y hacer frente con aquel dinero a los gastos ocasionados por la epidemia. Ella se negó en redondo. No la engañaban a la hija de su madre con aquellos pretextos. ¡Valientes granujas! Siempre querían los cuartos para emborracharse. Tanto les daba a ellos por sus hijos como si fueran perros.

En un día murieron dos niños; a la mañana siguiente, el médico del pueblo inmediato se presentó sin que nadie le avisara. Julia le vio venir desde la ventana; montaba un caballejo tordo; era un hombre pequeño, moreno, de barba negra cerrada, de movimientos muy vivos. Ató el caballo en una de las rejas de la casa de la Mina y fue corriendo a visitar a los enfermos. Julia, por curiosidad, descendió al piso bajo, abrió la ventana y se puso tras la reja, sin que pudiera ser vista. Al cabo de media hora oyó la voz del médico, enérgica y dura, y la del capataz, que le respondía tras de largos intervalos.

—Aquello era un abandono incalificable — decía el médico —; allá iban a morirse los niños como chinches. Estaban en malísimas condiciones, revolcándose en porquería, dos y tres en una misma cama.

El capataz contestaba por lo bajo, diciendo que el representante estaba fuera; se había escrito a la Sociedad, y ésta no hacía caso.

—Pero ¿no hay aquí nadie a quien se pueda acudir?—replicaba el médico—. ¿No vive en esta casa la mujer o la querida de ese hombre?

—Sí—decía el capataz—; pero es una mala hembra, de la que no se puede esperar nada.

Julia no quiso oír más; se marchó a su habitación, enfurecida, rabiosa; fraguó mil proyectos para despedir al capataz; descargó su furia contra los muebles, y luego empezó a llorar desconsolada, y así pasó todo el día, llorando con amargura, preocupada por la opinión que iba a tener de ella aquel médico desconocido.

A la mañana siguiente, vestida con uno de sus trajes menos llamativos, empezó Julia a visitar las viviendas de los obreros. Las mujeres, asombradas de verla, le hacían pasar a cuartos estrechos, sin luz, sin ventilación, llenos de un aire caliente, cargado de olores nauseabundos, de miseria, entre los cuales se destacaba un olor punzante de pan tostado que exhalaban los cuerpos de los variolosos. Allá, en los sucios camastros, se veían los niños enfermos mezclados con los convalecientes y los sanos; los padres, acostados, sin desnudarse, en el suelo, roncaban con la boca abierta, con un bestial ronquido.

En una casa, una chiquilla rubia, muy mona, con la cara llena de costras, tendió sus bracitos delgados al ver a Julia; ella la tomó en sus brazos, la meció en su falda, y en la frente rojiza, llena de pústulas, depositó un beso, sin miedo a contagiarse, beso místico que repercutió en su corazón, como aquellos que transformaban en santos a los pecadores.

Y al terminar su visita encontró su espíritu lleno de piedad para todo y para todos. Pensó en recoger y cuidar a los niños enfermos en la casa de la Mina, y así lo hizo, y durante semanas enteras los cuidó, los limpió; pasó por ellos las noches en claro, sacrificada en ansia inagotable de hacer el bien, en un inmenso anhelo de maternidad, por todos los que sufrían y temblaban por el dolor.

Cuando llegó el amo, hubo entre los dos un terrible altercado; el hombre, en el colmo de la indignación, mandó que inmediatamente echaran a todos aquellos chiquillos fuera de casa; ella se opuso con una enérgica mansedumbre; él levantó la mano, y algo vio en aquellos ojos negros, algo extraño que le hizo contenerse. No dijo nada; no volvió a hablar del asunto, y los niños siguieron en la casa de la Mina hasta su completa curación.

Julia siguió visitando a los obreros; cada miseria que veía trataba de remediarla; obligó a su hombre a subir los jornales, a abaratar los géneros que se vendían, malos y caros, en el almacén,

—Pero, hija —decía él—, la Compañía se va a disgustar si hago esto.

—¿No es lo justo?—replicaba ella.

Y él cedía; cedía ante las palabras apasionadas de la muchacha, a pesar de comprender claramente los peligros a que en su situación se iba exponiendo.

Así pasaron meses enteros, llevados por un afán de mejorar la vida de los trabajadores; a él ya no se le importaba manifestar su vejez; dejó de teñirse, y su cabello blanco daba cierta serenidad y placidez a su cara.

Pronto los obreros comenzaron a abusar; el representante no tenía energía para contener sus ademanes; se susurraba que la Sociedad estaba muy descontenta de su gestión, y él, que había perdido su instinto de hombre práctico en aquella corriente de piedad que le arrastraba, seguía su obra, viendo cada vez más próxima su caída.

Una tarde, al anochecer, sin previo aviso, a consecuencia de una medida absurda por su generosidad, tomada por el representante, el director de la Compañía le comunicó que, habiendo encontrado otra persona para aquel cargo, cesara en su destino y desalojase la casa.

No le asombró aquello, ni a Julia tampoco. Los dos. al anochecer, abandonaron la casa de la Mina; agarrados de la mano, bajaron el monte hasta la carretera, quizá confiando en la Providencia, y la perdida y el viejo aventurero, regenerados ambos por la piedad, siguieron andando en busca de lo desconocido, ante el campo oscuro, silencioso y triste, bajo el cielo negro y tachonado de estrellas.

Fuente: Lecturia


Otros relatos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Réquiem  con tostadas de Benedetti.

martes, 10 de marzo de 2026

Réquiem con tostadas de Benedetti

 Cuento para adultos de Mario Benedetti

A continuación, te presento un cuento para adultos de Mario Benedetti, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

En Réquiem con tostadas de Mario Benedetti, una adolescente conversa con el hombre que fue importante en la vida de su madre y reconstruye, con una mezcla de inocencia y madurez precoz, la historia de violencia, miedo y silencios que marcó a su familia. A través de su voz íntima y contenida, el relato muestra cómo el cariño puede sobrevivir incluso en ambientes de dolor, y cómo la comprensión humana a veces nace en medio de la pérdida. El cuento reflexiona sobre la violencia doméstica, la compasión y la necesidad universal de afecto, revelando que incluso en las realidades más duras persiste el deseo de amar y ser amado.

 

Réquiem con tostadas

 (Cuento completo)

 

Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en este mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era como levantar un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ése que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata. Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de medianoche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca pude decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miguelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos, hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Fuente: Lecturia


Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo Las manos que crecen de Cortázar.

sábado, 7 de marzo de 2026

Las manos que crecen de Julio Cortázar

 

Cuento para adultos de Cortázar

A continuación, te presento un cuento para adultos de Cortázar, que puedes escuchar en Spotify o Youtube.

En “Las manos que crecen” de Julio Cortázar, un hombre violento vive una experiencia extraña y perturbadora después de una pelea que parece alterar su cuerpo y su percepción de la realidad. A medida que avanza por la ciudad, lo absurdo se mezcla con el miedo y la culpa, creando una sensación de pesadilla donde lo físico refleja su estado interior. El cuento explora cómo la agresividad y el orgullo pueden deshumanizarnos, mostrando que cuando actuamos dominados por la violencia perdemos el control de nosotros mismos; su significado apunta a que las acciones impulsivas pueden tener consecuencias que van más allá de lo visible, convirtiendo la culpa y la conciencia en castigos más inquietantes que cualquier herida externa.

Las manos que crecen

Julio Cortázar
(Cuento completo)

Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida.

Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.

Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.

Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:

—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.

Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.

Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.

El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos…? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.

Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos… Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.

La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.

Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.

Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.

A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.

Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.

El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.

—Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.

Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.

En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.

Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía…?

El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.

—Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.

Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas. Había un negro en el volante.

—¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!

—Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.

—¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?

Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.

—Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.

Golpeó con la frente el cristal delantero.

—Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.

Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.

El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.

—Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.

Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.

Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.

—¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack?

Plack lo miró con lástima.

—Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?

—¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!

Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.

—Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.

—¿A usted le parece?

—Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos… digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.

Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.

—No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la… Bueno, ellos vendrán.

—Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus…

—El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme… ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre…, no sea criminal!!… ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene…; a mí, sí!!!

Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.

El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.

Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.

—Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte… ya no estarán con usted.

Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente…

Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa. Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.

Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.

—¡Dios mío..! Plack, viejo… Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así…

Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.

—¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te… te sientes mejor?

Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos…».

Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.

—¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco…, te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama…!

Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.

Fuente: Lecturia

 

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Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Tres hombres junto al rio de René Marqués.

jueves, 5 de marzo de 2026

Un relato para adultos de René Marqués

 Cuento  puertorriqueño

A continuación, te presento un cuento para adultos de René Marqués, reconocido autor puertorriqueño de la llamada Generación del 50. Destacado por sus cuentos y obras teatrales, también cultivó la novela, el ensayo, el periodismo y el guion cinematográfico. Este relato también puedes escucharlo en formato audiocuento en Spotify o YouTube.

En Tres hombres junto al río, tres indígenas permanecen en vigilia ante el cuerpo de un conquistador al que han dado muerte, decididos a comprobar si los “dioses” blancos realmente poseen el poder de resucitar como proclaman. En una atmósfera intensa y simbólica, la espera se transforma en un acto de desafío espiritual. El cuento reflexiona sobre el miedo como instrumento de dominación y sobre el instante decisivo en que un pueblo rompe el hechizo de la opresión: cuando comprende que quienes parecían dioses son mortales, y que la libertad comienza al vencer el temor que los hacía invencibles.

Tres hombres junto al río

[Cuento completo]

Mataréis al Dios del Miedo, y solo entonces seréis libres.

R. M.

 

Vio la hormiga titubear un instante y al fin subir decidida por el lóbulo y desaparecer luego en el oído del hombre. Como si hubiesen percibido el alerta de un fotuto, para él inaudible, las otras emprendieron la misma ruta, sin vacilar siquiera, invadiendo la oreja de un color tan absurdamente pálido.

Observaba en cuclillas, como un cacique en su dujo, inmóvil, con la misma inexpresividad de un cemí que hubiesen tallado en tronco de guayacán en vez de labrado en piedra. Seguía sin pestañear la invasión de los insectos en la oreja del hombre. No experimentaba ansiedad, ni alegría, ni odio. Observaba, sencillamente. Un fenómeno ajeno a él, fatal, inexorable.

El crepúsculo teñía de achiote el azul del cielo sobre aquel claro junto al río. Pero las sombras empezaban a alongarse en el bosque cercano. Toda voz humana callaba ante el misterio. Solo las higuacas en la espesura ponían una nota discordante en el monótono areyto del coquí.

Alzó la vista y vio a sus dos compañeros. En cuclillas también, inmóviles como él, observando al hombre cuya piel tenía ese color absurdo del casabe. Pensó que la espera había sido larga. Dos veces el sol se había alzado sobre la Tierra del Altivo Señor y otras tantas la había abandonado. Sintió una gran gratitud hacia ellos. No por el valor demostrado. Ni siquiera por la paciencia en la espera, sino por compartir su fe en el acto sacrílego.

Tenía sed, pero no quiso mirar hacia el río. El rumor de las aguas poseía ahora un sentido nuevo: voz agónica de un dios que musitara cosas de muerte. No pudo menos que estremecerse. El frío baja ya de la montaña. Pero en verdad no estaba seguro de que así fuese. Es el frío, repitió para sí tercamente. Y apretó sus mandíbulas con rabia.

Era preciso estar seguro, seguro de algo en un mundo que súbitamente había perdido todo su sentido, como si los dioses se hubiesen vuelto locos, y el Hombre solo fuese una flor de majagua lanzada al torbellino de un río, flotando apenas, a punto de naufragio, girando, sin rumbo ni destino, sobre las aguas. No como antes, cuando había un orden en las cosas de la tierra y de los dioses. Un orden cíclico para los hombres: la paz del yucayeke y el ardor de la guasábara, la bendición de Yuquiyú y la furia de Jurakán, la vida siempre buena y la muerte mala siempre. Y un orden inmutable para los dioses: vida eternamente invisible en lo alto de la Montaña. Todo en el universo había tenido un sentido, pues aquello que no lo tenía era obra de los dioses y había en ello una sabiduría que no discutian los hombres, pues los hombres no son dioses y su única responsabilidad es vivir la vida buena, en plena libertad. Y defenderla contra los caribes, que son parte del orden cíclico, la parte que procede de las tinieblas. Pero nunca las tinieblas prevalecieron. Porque la vida libre es la luz. Y la luz ha de poner en fuga a las tinieblas. Desde siempre. Desde que del mar surgiera la Gran Montaña. Pero ocurrió la catástrofe. Y los dioses vinieron a habitar entre los hombres. Y la tierra tuvo un nombre, un nuevo nombre: Infierno.

Desvió la vista de sus dos compañeros y dejó escurrir su mirada sobre el cuerpo tendido junto al río. Sus ojos se detuvieron en el vientre. Estaba horriblemente hinchado. La presión había desgarrado las ropas y un trozo de piel quedaba al descubierto. Pensó que aquella carne era tan blanca como la pulpa del guamá. Pero la imagen le produjo una sensación de náusea. Como si hubiese inhalado la primera bocanada de humo sagrado en el ritual embriagante de la cojoba. Y, sin embargo, no podía apartar los ojos de aquella protuberancia que tenía la forma mística de la Gran Montaña. Y a la luz crepuscular le pareció que el vientre crecía ante sus ojos. Monstruosamente creciendo, amenazador, ocupando el claro junto al río, invadiendo la espesura, creciendo siempre, extendiéndose por la tierra, destruyendo, aplastando, arrollando los valles, absorbiendo dentro de sí los más altos picos, extinguiendo implacable y para siempre la vida… ¿La vida?

Cerró los ojos bruscamente. No creo en su poder. No creo. Volvió a mirar. Ya el mundo había recobrado su justa perspectiva. El vientre hinchado era otra vez solo eso. Sintió un gran alivio y pudo sonreír. Pero no lo hizo. No permitió que a su rostro se asomara el mínimo reflejo de lo que en su interior pasaba. Había aprendido con los dioses nuevos.

Ellos sonreían cuando odiaban: Tras de su amistad se agazapaba la muerte. Hablaban del amor y esclavizaban al hombre. Tenían una religión de caridad y perdón, y flagelaban las espaldas de aquellos que deseaban servirles libremente. Decían llevar en sí la humildad del niño misterioso nacido en un pesebre, y pisoteaban con furiosa soberbia los rostros de los vencidos. Eran tan feroces como los caribes. Excepto quizá por el hecho de no comer carne de hombre. Eran dioses, sin embargo. Lo eran por su aspecto, distinto a todo lo por el hombre conocido. Y por el trueno que encerraban sus fotutos negros. Eran dioses. Mis amigos son dioses, había dicho Agüeybana el Viejo.

Sintió sobre sí la mirada de los otros, y alzó los ojos hacia ellos. Se miraron en silencio. Creyó que iban a decir algo, a sugerir quizá que abandonaran la espera. Pero en los rostros amigos no pudo discernir inquietud o impaciencia. Sus miradas eran firmes, tranquilizadoras. Casi como si fuesen ellos los que trataran de infundirle ánimo. Otra vez tuvo deseos de sonreír. Pero su rostro permaneció duro como una piedra.

Alzó la cabeza para mirar a lo alto. Las nubes tenían ahora el color de la tierra. Más arriba, no obstante, había reflejos amarillos. Y era justo que así fuese, porque ese era el color del metal que adoraban los dioses nuevos. Y allá, en lo alto invisible llamado Cielo, donde habitaba el dios supremo de los extraños seres, todo, sin duda, sería amarillo. Raro, inexplicable dios supremo, que se hizo hombre, y habitó entre los hombres, y por estos fue sacrificado.

-¿Pero era hombre? ¿Hombre de carne y hueso, como nosotros? -sorprendió con su pregunta al consejero blanco de nagua parda, y cabeza monda, como fruto de higuero.

-Sí, hijo mío. Hombre.

-¿Y lo mataron?

-Sí, lo mataron.

-¿Y murió de verdad? ¿Como muere un hombre?

-Como muere un hombre. Pero al tercer día había resucitado.

-¿Resucitado?

-Se levantó de entre los muertos. Volvió a la vida.

-¿Al tercer día?

-Resucitado.

Y si a ustedes los matan, ¿volverán a estar vivos al tercer día?

-Solo resucitaremos para ser juzgados.

-¿Juzgados?

-En el Juicio del Dios Padre.

-¿Y cuándo será ese día?

-Cuando no exista el mundo.

¿Tardará mucho?

-¿Mucho? Quizá. Cientos, miles de años.

Y el dios de nagua parda había sonreído. Y posando la mano derecha sobre su hombro desnudo, le empezó a hablar de cosas aún más extrañas con voz que sonaba agridulce, como la jagua.

-Tú también, hijo mío, si vivieras en la fe de Cristo, vivirías eternamente…

Él oía la voz, pero ya no percibía las palabras. Ciertamente no tenía interés en vivir la eternidad bajo el yugo de los dioses nuevos. Agüeybana el Viejo había muerto. Le sucedía ahora Agüeybana el Bravo. Eran otros tiempos. Y si la magia de los dioses blancos no tenía el poder de volverlos a la vida hasta el fin del mundo…

La idea surgió súbita como un fogonazo lanzado por Jurakán. Su ser, hasta las más hondas raíces, experimentó el aturdimiento. Casi cayó de bruces. Sintió un miedo espantoso de haberlo pensado. Pero simultáneamente surgió en él una sensación liberadora. Se puso en pie con ganas de reír y llorar. Y echó a correr dando alaridos. Atrás quedo la risa de los seres blancos. Y entre carcajadas oyó cómo repetían las voces: ¡Loco! ¡Loco!

Bajó la vista y observó la marcha implacable de las hormigas. Ya no subían por la ruta inicial del lóbulo. Habían asaltado la oreja por todos los flancos y avanzaban en masa, atropelladamente, con una prisa desconcertante, como si en el interior del hombre se celebrase una gran guasábara.

-Necesito una prueba, una prueba de lo que dices.

-Yo te traeré la prueba -dijo él a Agüeybana el Bravo.

Obtenerla era un riesgo demoníaco. Lo sabía. Pero había fe en su corazón. E insufló su fe segura en dos naborías rebeldes. Cruzaron los tres el bosque y se pusieron en acecho, dominando aquel paraje junto al río. Esperaron. Terminaba el día cuando llegó a la orilla el hombre color de yuca. Intentó dos veces vadear el río. Podría creerse que no sabía nadar. O quizá solo trataba de no echar a perder sus ropas nuevas. Miedo no sentiría. Era uno de los bravos. Él lo sabía.

Hizo seña a los otros de que estuvieran listos. Y salió de la espesura. Saludó sonriendo. Él podía conducir al dios blanco por un vado seguro. El otro, sin vacilar, le extendió la mano.

La mano color de yuca era fina como helecho. Y tibia como el casabe que se ha tostado al sol. La suya, en cambio, ardía como tea encendida de tabonuco. En el lugar previsto, dio un brutal tirón de la mano blanca. Aprovechando la momentánea pérdida de equilibrio, se abalanzó sobre el cuerpo. Y hundió sus dedos en el cuello fino, y sumergió la dorada cabeza en el agua, que se rompió en burbujas. Los otros ya habían acudido en su ayuda. Aquietaban tenazmente los convulsos movimientos, manteniendo todo el cuerpo bajo el agua. Y fluyó el tiempo. Y fluyó el río. Y el fluir de la brisa sorprendió la inmovilidad de tres cuerpos en el acto sacrílego.

Se miraron. Esperaban una manifestación de magia. No podían evitar el esperarlo. Surgiría de las aguas como un dios de la venganza.

Pero el dios no se movía. Lo sacaron de las aguas. Y tendieron sus despojos en un claro junto al río.

-Esperemos a que el sol muera y nazca por tres veces -dijo él.

Esperaban en cuclillas. Se iniciaba el día tercero y la cosa nunca vista aún podía suceder.

Desde el río subió súbito un viento helado que agitó las yerbas junto al cuerpo. Y el hedor subió hasta ellos. Y los tres aspiraron aquel vaho repugnante con fruición, con deleite casi. Las miradas convergieron en un punto: el vientre hinchado.

Había crecido desmesuradamente. Por la tela desgarrada quedaba ya al desnudo todo el tope de piel tirante y lívida. Hipnotizados, no podían apartar sus ojos de aquella cosa monstruosa. Respiraban apenas. También la tierra contenía su aliento. Callaban las higuacas en el bosque. No se oían los coquíes. Allá abajo, el río enmudeció el rumor del agua. Y la brisa se detuvo para dar paso al silencio. Los tres hombres esperaban. De pronto, ocurrió, ocurrió ante sus ojos.

Fue un estampido de espanto. El vientre hinchado se abrió, esparciendo por los aires toda la podredumbre que puede contener un hombre. El hedor era capaz de ahuyentar una centena. Pero ellos eran tres. Solo tres. Y permanecieron quietos.

Hasta que él se puso en pie y dijo:

-No son dioses.

A una seña suya, los otros procedieron a colocar los despojos en una hamaca de algodón azul. Luego cada cual se echó un extremo de la hamaca al hombro. Inmóviles ya, esperaron sus órdenes.

Los miró un instante con ternura. Sonriendo al fin, dio la señal de partida.

-Será libre mi pueblo. Será libre.

No lo dijo. Lo pensó tan solo. Y acercando sus labios al fotuto, echó al silencio de la noche el ronco sonido prolongado de su triunfo.

Fuente: Ciudad Seva


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martes, 3 de marzo de 2026

Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez

 

Cuento breve de Gabriel García Marquez

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Gabriel García Marquez, que también puedes escuchar en Youtube o en Spotify.

El cuento Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez retrata la convivencia silenciosa con una mujer que, encerrada en su propio mundo interior, parece ir apagándose lentamente ante la mirada impotente de quienes la rodean. A través de una atmósfera densa y casi onírica, el relato explora la soledad, la incomunicación y el desgaste emocional que puede consumir a una persona desde dentro. Su significado apunta a la deshumanización progresiva causada por el aislamiento y la incomprensión, mostrando cómo la tristeza profunda no solo afecta a quien la padece, sino también a quienes la contemplan sin saber cómo salvarla.

 

Amargura para tres sonámbulos

(Cuento completo)


         Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
          Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
         “No volveré a sonreír”.
          Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
          Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
          sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
          Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
          Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
          Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
          Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
          Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
          De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa.
Para creer que había nacido nueva.

Fuente: Literatura.us

 

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Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Ser infeliz de Kafka.

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Ser infeliz, cuento para adultos de Kafka

 

Los maravillosos cuentos de Kafka

A continuación, te presento un cuento para adultos Ser infeliz de Kafka. Este cuento también puedes escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.

El cuento Ser infeliz de Franz Kafka retrata a un hombre que, en medio de una profunda inquietud interior, recibe la visita de una enigmática niña que parece encarnar su propio desasosiego. 

En este cuento para adultos de Franz Kafka, más que hablar de un espectro real, el relato sugiere que el verdadero conflicto está dentro del protagonista: su miedo, su soledad y su dificultad para vincularse con los demás. En el fondo, muestra cómo a veces resulta más “cómodo” enfrentar una presencia imaginaria que mirar de frente el propio vacío y reconocer la raíz de la propia infelicidad.

 

Ser infeliz

[Cuento completo de Franz Kafka]

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.

 

Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: “buenas tardes”, y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:

 

-¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?

 

-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.

 

-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.

 

-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.

 

-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.

 

-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?

 

-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?

 

-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?

 

-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.

 

-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.

 

-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.

 

-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.

 

-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.

 

-¿Es esto amable?

 

-Hablo de antes.

 

-¿Sabe usted cómo seré después?

 

-Nada sé yo.

 

Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.

 

-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.

 

-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.

 

-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.

 

-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.

 

-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?

 

-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?

 

-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.

 

-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.

 

De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.

 

-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.

 

-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.

 

-Pero yo he oído decir que se les puede seducir.

 

-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?

 

-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.

 

-¡Ah, sí…! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.

 

Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.

 

-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.

 

-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.

 

-Entonces está bien -dije.

 

Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.

Fuente: Ciudad Seva

 

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