Jorge Luis Borges
A continuación, te presento el cuento La
noche de los dones de Jorge Luis Borges relata la experiencia de un hombre
que recuerda una noche decisiva de su adolescencia en un pueblo de la provincia
de Buenos Aires. Invitado por un peón a salir por primera vez, el protagonista
descubre un ambiente desconocido y escucha historias sobre los malones y la
violencia de la frontera argentina. Durante esa noche vive experiencias
intensas que marcarán su vida para siempre y que, con el paso del tiempo, se
convierten en recuerdos casi míticos. El significado del cuento está en mostrar
cómo ciertas vivencias fundamentales —el amor, el miedo, la muerte y el paso a
la adultez— transforman a una persona y quedan grabadas en la memoria. Borges
también reflexiona sobre la naturaleza del recuerdo y de la narración,
sugiriendo que con los años no sabemos si recordamos en realidad los hechos o
solamente las palabras con las que los contamos. Este cuento para adultos de
Borges puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La noche de los dones
(cuento completo)
En la antigua Confitería del Águila,
en Florida a la altura de Piedad, oímos la historia.
Se debatía el problema del
conocimiento. Alguien invocó la tesis platónica de que ya todo lo hemos visto
en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer; mi padre, creo, dijo
que Bacon había escrito que si aprender es recordar, ignorar es de hecho haber
olvidado. Otro interlocutor, un señor de edad, que estaría un poco perdido en
esa metafísica, se resolvió a tomar la palabra. Dijo con lenta seguridad:
—No acabo de entender lo de los
arquetipos platónicos. Nadie recuerda la primera vez que vio el amarillo o el
negro o la primera vez que le tomó el gusto a una fruta, acaso porque era muy
chico y no podía saber que inauguraba una serie muy larga. Por supuesto, hay
otras primeras veces que nadie olvida. Yo les podría contar lo que me dejó
cierta noche que suelo traer a la memoria, la del treinta de abril del 74.
»Los veraneos de antes eran más
largos, pero no sé por qué nos demoramos hasta esa fecha en el establecimiento
de unos primos, los Dorna, a unas escasas leguas de Lobos. Por aquel tiempo,
uno de los peones, Rufino, me inició en las cosas de campo. Yo estaba por
cumplir mis trece años; él era bastante mayor y tenía fama de animoso. Era muy
diestro; cuando jugaban a vistear el que quedaba con la cara
tiznada era siempre el otro. Un viernes me propuso que el sábado a la noche
fuéramos a divertirnos al pueblo. Por supuesto accedí, sin saber muy bien de
qué se trataba. Le previne que yo no sabía bailar; me contestó que el baile se
aprende fácil. Después de la comida, a eso de las siete y media, salimos.
Rufino se había empilchado como quien va a una fiesta y lucía un puñal de
plata; yo me fui sin mi cuchillito, por temor a las bromas. Poco tardamos en
avistar las primeras casas. ¿Ustedes nunca estuvieron en Lobos? Lo mismo da; no
hay un pueblo de la provincia que no sea idéntico a los otros, hasta en lo de
creerse distinto. Los mismos callejones de tierra, los mismos huecos, las
mismas casas bajas, como para que un hombre a caballo cobre más importancia. En
una esquina nos apeamos frente a una casa pintada de celeste o de rosa, con
unas letras que decían La Estrella. Atados al palenque había unos
caballos con buen apero. Por la puerta de calle a medio entornar vi una hendija
de luz. En el fondo del zaguán había una pieza larga, con bancos laterales de
tabla y, entre los bancos, unas puertas oscuras que darían quién sabe dónde. Un
cuzco de pelaje amarillo salió ladrando a hacerme fiestas. Había bastante
gente; una media docena de mujeres con batones floreados iba y venía. Una
señora de respeto, trajeada enteramente de negro, me pareció la dueña de casa.
Rufino la saludó y le dijo:
»—Aquí le traigo un nuevo amigo, que
no es muy de a caballo.
»—Ya aprenderá, pierda cuidado
—contestó la señora.
»Sentí vergüenza. Para despistar o
para que vieran que yo era un chico, me puse a jugar con el perro, en la punta
de un banco. Sobre la mesa de cocina ardían unas velas de sebo en unas botellas
y me acuerdo también del braserito en un rincón del fondo. En la pared
blanqueada de enfrente había una imagen de la Virgen de la Merced.
»Alguien, entre una que otra broma,
templaba una guitarra que le daba mucho trabajo. De puro tímido no rehusé una
ginebra que me dejó la boca como un ascua. Entre las mujeres había una, que me
pareció distinta a las otras. Le decían la Cautiva. Algo de aindiado le noté,
pero los rasgos eran un dibujo y los ojos muy tristes. La trenza le llegaba
hasta la cintura. Rufino, que advirtió que yo la miraba, le dijo:
»—Volvé a contar lo del malón, para
refrescar la memoria.
»La muchacha habló como si estuviera
sola y de algún modo yo sentí que no podía pensar en otra cosa y que esa cosa
era lo único que le había pasado en la vida. Nos dijo así:
»—Cuando me trajeron de Catamarca yo
era muy chica. Qué iba yo a saber de malones. En la estancia ni los mentaban de
miedo. Como un secreto, me fui enterando que los indios podían caer como una
nube y matar a la gente y robarse los animales. A las mujeres las llevaban
a Tierra Adentro y les hacían de todo. Hice lo que pude para
no creer. Lucas mi hermano, que después lo lancearon, me perjuraba que eran
todas mentiras, pero cuando una cosa es verdad basta que alguien la diga una
sola vez para que uno sepa que es cierto. El gobierno les reparte vicios y
yerba para tenerlos quietos, pero ellos tienen brujos muy precavidos que les
dan su consejo. A una orden del cacique no les cuesta nada atropellar entre los
fortines, que están desparramados. De puro cavilar, yo casi tenía ganas que se
vinieran y sabía mirar para el rumbo que el sol se pone. No sé llevar la cuenta
del tiempo, pero hubo escarchas y veranos y yerras y la muerte del hijo del
capataz antes de la invasión. Fue como si los trajera el pampero. Yo vi una
flor de cardo en una zanja y soñé con los indios. A la madrugada ocurrió. Los
animales lo supieron antes que los cristianos, como en los temblores de tierra.
La hacienda estaba desasosegada y por el aire iban y venían las aves. Corrimos
a mirar por el lado que yo siempre miraba.
»—¿Quién les trajo el aviso? —preguntó
alguno.
»La muchacha, siempre como si
estuviera muy lejos, repitió la última frase.
»—Corrimos a mirar por el lado que yo
siempre miraba. Era como si todo el desierto se hubiera echado a andar. Por los
barrotes de la verja de fierro vimos la polvareda antes que los indios. Venían
a malón. Se golpeaban la boca con la mano y daban alaridos. En Santa Irene
había unas armas largas, que no sirvieron más que para aturdir y para que
juntaran más rabia.
»Hablaba la Cautiva como quien dice
una oración, de memoria, pero yo oí en la calle los indios del desierto y los
gritos. Un empellón y estaban en la sala y fue como si entraran a caballo, en
las piezas de un sueño. Eran orilleros borrachos. Ahora, en la memoria, los veo
muy altos. El que venía en punta le asestó un codazo a Rufino, que estaba cerca
de la puerta. Éste se demudó y se hizo a un lado. La señora, que no se había
movido de su lugar, se levantó y nos dijo:
»—Es Juan Moreira.
»Pasado el tiempo, ya no sé si me
acuerdo del hombre de esa noche o del que vería tantas veces después en el
picadero. Pienso en la melena y en la barba negra de Podestá, pero también en
una cara rubiona, picada de viruela. El cuzquito salió corriendo a hacerle
fiestas. De un talerazo, Moreira lo dejó tendido en el suelo. Cayó de lomo y se
murió moviendo las patas. Aquí empieza de veras la historia.
»Gané sin ruido una de las puertas,
que daba a un pasillo angosto y a una escalera. Arriba, me escondí en una pieza
oscura. Fuera de la cama, que era muy baja, no sé qué muebles habría ahí. Yo
estaba temblando. Abajo no cejaban los gritos y algo de vidrio se rompió. Oí
unos pasos de mujer que subían y vi una momentánea hendija de luz. Después la
voz de la Cautiva me llamó como en un susurro.
»—Yo estoy aquí para servir, pero a
gente de paz. Acercate que no te voy a hacer ningún mal.
»Ya se había quitado el batón. Me
tendí a su lado y le busqué la cara con las manos. No sé cuánto tiempo pasó. No
hubo una palabra ni un beso. Le deshice la trenza y jugué con el pelo, que era
muy lacio, y después con ella. No volveríamos a vernos y no supe nunca su
nombre.
»Un balazo nos aturdió. La Cautiva me
dijo:
»—Podés salir por la otra escalera.
»Así lo hice y me encontré en la calle
de tierra. La noche era de luna. Un sargento de policía, con rifle y bayoneta
calada, estaba vigilando la tapia. Se rió y me dijo:
»—A lo que veo, sos de los que
madrugan temprano.
»Algo debí de contestar, pero no me
hizo caso. Por la tapia un hombre se descolgaba. De un brinco, el sargento le
clavó el acero en la carne. El hombre se fue al suelo, donde quedó tendido de
espaldas, gimiendo y desangrándose. Yo me acordé del perro. El sargento, para
acabarlo de una buena vez, le volvió a hundir la bayoneta. Con una suerte de
alegría le dijo:
»—Moreira, lo que es hoy de nada te
valió disparar.
»De todos lados acudieron los de
uniforme que habían ido rodeando la casa y después los vecinos. Andrés Chirino
tuvo que forcejear para arrancar el arma. Todos querían estrecharle la mano.
Rufino dijo riéndose:
»—A este compadre ya se le acabaron
los cortes.
»Yo iba de grupo en grupo, contándole
a la gente lo que había visto. De golpe me sentí muy cansado; tal vez tuviera
fiebre. Me escurrí, lo busqué a Rufino y volvimos. Desde el caballo, vimos la
luz blanca del alba. Más que cansado, me sentí aturdido, por esa correntada de
cosas.
—Por el gran río de esa noche —dijo mi
padre.
El otro asintió.
—Así es. En el término escaso de unas
horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los
hombres le son reveladas todas las cosas o, por lo menos, todas aquellas cosas
que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas
dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces
que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo
recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva
con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar
a Moreira.
Fuente: La cuentoneta
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