Liliana Heker
A continuación, se presentan tres cuentos de Liliana
Heker que puedes escuchar en Spotify o en YouTube.
Postergaciones — Resumen
El relato sigue a una mujer que debe esperar largas horas
en un aeropuerto por la demora de su vuelo, situación que la irrita y la deja
sin rumbo. En medio de ese tiempo vacío atraviesa una reflexión inesperada
sobre su propia impaciencia y descubre que ese intervalo puede convertirse en
un espacio de libertad y sentido personal. Sin embargo, al retomar la rutina
cotidiana, esa revelación empieza a desvanecerse entre pequeñas frustraciones y
hábitos conocidos.
Postergaciones — Significado
El cuento explora la tendencia humana a aplazar la vida,
subordinando el presente a lo que vendrá, y cómo incluso las revelaciones sobre
la libertad personal pueden ser frágiles frente a la inercia cotidiana. Heker
sugiere que el sentido no está en controlar las circunstancias externas —que
siempre escapan— sino en la actitud ante ellas, y muestra con ironía lo difícil
que resulta sostener una conciencia lúcida: la comprensión del instante puede
aparecer con claridad… y perderse con la misma facilidad.
Mujer con gato — Resumen
La historia presenta a tres perspectivas: un hombre que
observa desde su ventana, una mujer que canta en el jardín y un gato que la
acompaña. Mientras el observador interpreta su comportamiento como señal de
felicidad, el relato deja ver que la escena es más compleja y que cada mirada
—humana o animal— construye una interpretación distinta de la realidad.
Mujer con gato — Significado
El cuento reflexiona sobre la apariencia y la percepción:
la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente, y cómo los otros
proyectan sus deseos o suposiciones sobre aquello que ven. Heker cuestiona la
ilusión de conocer la verdad ajena y sugiere que la autenticidad —representada
simbólicamente en la mirada instintiva del gato— contrasta con las
interpretaciones humanas, cargadas de idealización o autoengaño.
Horchata de chufa — Resumen
Una mujer llega a Barcelona y, fascinada por el ambiente
y por referencias literarias acumuladas en su imaginación, se entusiasma con la
idea de probar una bebida que para ella encarna la materialización de sus
lecturas y fantasías. La experiencia se convierte en un momento cargado de
expectativa, donde realidad e imaginación se encuentran.
Horchata de chufa — Significado
El relato aborda el choque entre idealización y
experiencia real: cómo la imaginación puede construir deseos intensos que la
realidad no siempre satisface. Heker plantea, con humor y sutileza, que la
literatura y la fantasía enriquecen la vida pero también generan expectativas
que pueden derivar en desencanto, revelando la tensión entre lo soñado y lo
vivido.
Cuentos Liliana Heker
Postergaciones
Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.
Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó
entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos
cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin
previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la
asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de
cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero
sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
Y fue así. Con la sencillez con la que una
manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y
cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de
perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le
impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no
jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba
abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que
una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto
que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía
consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en
el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y
supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de
este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del
camino.
Apaciguada, abrió el libro y, como si ese
instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes
de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era
justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier
responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi
perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la
tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo.
Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o
recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el
mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el
libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para
el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo
de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el
portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a
levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente
gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su
respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
Ahora mismo, en su casa, a punto de
remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una
hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan
estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto,
elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero
no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en
especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un
minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con
anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.
Mujer con gato
El
hombre que está asomado a la ventana envidia a la mujer que, en el jardín
de la planta baja, canturrea ante la mirada atenta del gato. Qué feliz es,
piensa el hombre. Ignora que la mujer no es feliz: con excepción del gato,
acaba de perder todo lo que amaba, y sospecha (alguna vez lo ha leído) que los
gatos se apartan de la desdicha. Moriría si el gato también la abandonara. Por
eso, ante la persistencia de la mirada de él, no para de cantar y se ríe de
cualquier cosa. El hombre de la ventana le envidia la alegría porque no
advierte el simulacro. El gato sí lo advierte. Recela de esta actitud
incongruente de la mujer, ¿por qué no se largará a llorar de una buena vez como
desea? La observa un momento más, a la expectativa: ha vivido momentos muy lindos
con ella. La mujer, consciente de la mirada del gato, hace una divertida
pirueta de baile. Sin duda le ocurrió algo extraordinario, piensa el hombre de
la ventana. No hay nada que hacer, concluye el gato, ya no es confiable. Alarga
infinitamente su cuerpo gozoso, se da vuelta y, sin volver la vista atrás,
salta la medianera y se va para siempre.
Horchata de chufa
Acaba
de sentarse a la mesa de un bar y mira a su alrededor con avidez. Es su
primera tarde en Barcelona, todo le llama la atención. Detrás de la barra
descubre el cartelito: Horchata de chufa. Apenas puede creerlo: el
brebaje desconocido que hasta hoy —como la espada Excalibur o las alubias
maravillosas— había estado construido con la materia sutil de lo leído está acá
mismo, a su alcance, y ella, como tantos personajes de novela que han transitado
por España, sólo tiene que llamar al mozo y, con la naturalidad de quien pide
un cortado con medialunas, decirle (le está diciendo) Por favor, una
horchata de chufa. La espera es un espacio delicioso en el que puede
volverse real toda expresión extraña que alguna vez la haya hecho ensoñar. Está
tan inmersa en su deseo que desatiende el momento superfluo en que el mozo deja
el vaso alto, lleno hasta el borde de un líquido blancuzco. Con voracidad, como
quien va a tragarse la luna, acerca el vaso a su boca.
Se ve que es demasiado soñadora o medio
atolondrada porque ¿quién con dos dedos de frente accedería a beberse así, de
un solo trago, la desilusión?
Otros cuentos
Si te gustan los cuentos para adultos,
puedes escuchar cuentos escritos por mí.