Emilia Pardo Bazán
A continuación,
te presento el cuento “Casi artista” de Emilia Pardo Bazán que narra la
historia de Dolores, una mujer pobre cuyo marido, Frutos, la abandona para irse
a América. Obligada por la necesidad, ella retoma el oficio de costurera y,
gracias a su esfuerzo, disciplina y talento, logra construir un pequeño negocio
exitoso de ropa blanca fina. Con el tiempo, su trabajo deja de ser solo un
medio de supervivencia y se convierte en una verdadera expresión artística y de
dignidad personal. Sin embargo, cuando el marido regresa, su comportamiento
vulgar y destructivo amenaza tanto la reputación como la obra de Dolores. El
significado del cuento está en mostrar cómo el trabajo y el arte pueden
transformar a una persona y darle independencia, pero también cómo la violencia
y el machismo intentan destruir esa superación. Pardo Bazán critica la
situación de la mujer en la sociedad y destaca la fuerza, el sacrificio y el
valor creativo femenino.
Este
cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Casi artista
(cuento completo)
Después
de una semana de zarandeo, del Gobierno Civil a las oficinas municipales, y de
las tabernas al taller donde él trabajaba -es un modo de decir-, preguntando a
todos y a «todas», con los ojos como puños y el pañuelo echado a la cara para
esconder el sofoco de la vergüenza, Dolores, la Cartera -apodábanla así por
haber sido cartero su padre-, se retiró a su tugurio con el alma más triste que
el día, y éste era de los turbios, revueltos y anegruzados de Marineda, en que
la bóveda del cielo parece descender hacia la tierra para aplastarla, con la
indiferencia suprema del hermoso dosel por lo que ocurre y duele más abajo...
Sentose
en una silleta paticoja y lloró amargamente. No cabía duda que aquel pillo
había embarcado para América. Dinero no tenía; pero ya se sabe que ahora
facilitan tales cosas, garantizando desde allá el billete. En Buenos Aires no
van a saber que el carpintero a quien llaman para ejercer su oficio es un
borracho y deja en su tierra obligaciones. La ley dicen que prohíbe que se
embarquen los casados sin permiso de sus mujeres... ¡Sí, fíate en la ley! Ella,
a prohibir, y los tunos, a embarcar... y los señorones y las autoridades, a
hacerles la capa..., ¡y arriba!
Bebedor
y holgazán, mujeriego, timbista y perdido como era su Frutos, alias Verderón,
siempre acompañaba y traía a casa una corteza de pan... Corteza escasa, reseca,
insegura; pero corteza al fin. Por eso (y no por amorosos melindres que la
miseria suprime pronto) lloraba Dolores la desaparición, y mientras corría su
llanto, discurría qué hacer para llenar las dos boquitas ansiosas de los niños.
Acordose
de que allá en tiempos fue pizpireta aprendiza en un taller que surtía de ropa
blanca a un almacén de la calle Mayor. Casada, había olvidado la aguja, y
ahora, ante la necesidad, volvía a pensar en su dedal de acero gastado por el
uso y sus tijeras sutiles pendientes de la cintura. A boca de noche,
abochornada -¡como si fuera ella quien hubiese hecho el mal!-, se deslizó en el
almacén, y en voz baja pidió labor «para su casa», pues no podía abandonar a
las criaturas... La retribución, irrisoria; no hay nada peor pagado que «lo
blanco»...
Dolores
no la discutió. Era la corteza -muy dura, muy menguada, eventual- que volvía a
su hogar pobre...
Corrió
el tiempo. Habitaba hoy la Cartera un piso modesto, limpio, con vista al mar:
su chico concurría a un colegio; la pequeña ayudaba a su madre, entre las
oficialas del obrador. Porque Dolores tenía obrador y oficialas; hacía por
cuenta propia equipos, canastillas, y poseía una clientela de señoras, que iban
personalmente a encargar, probar y charlar su rato.
-¡Buena
mujer! ¡Y muy puntual, y habilísima! -repetían al bajar las escaleras,
despidiéndose todavía, con una sonrisa, de la costurera, que salía al
descansillo, a murmurar por última vez:
-Se
hará, señora... No tenga cuidado... Como guste...
Así
se ha ganado la parroquia, por medio de humildades dulces, de discretas
confidencias de esas penas domésticas con que toda hembra simpatiza, y poniendo
cuidado exquisito en entregar la labor deslumbrante de blancura, primorosa de
cosido y rematado, espumosa de valenciennes, hecha un merengue a fuerza de
esmero. Con la reputación de tantas virtudes obreras vino el crédito, el
desahogo; con el desahogo, el trabajo suave y halagador y el cariño intenso del
artífice a la obra perfecta, en la cual se recrea y goza antes de enviarla a su
destino. En la Cartera había desaparecido la esposa del carpintero vicioso,
chapucero y zafio, en chancletas y desgreñada, y nacido una pulcra trabajadora,
semiartista, encantada, aun desinteresadamente, con los lazos de seda crespos y
coquetones, los entredoses y calados de filigrana, las ondulaciones flexibles
de la batista y las gracias del corte, que señala y realza las líneas del
cuerpo femenil. Algo de la delicadeza de su trabajo se había comunicado a todo
su vivir, a su manera de cuidar a los niños, al claro aseo de sus habitaciones,
a la frugalidad de su mesa. Aunque todavía fresca y apetecible, la Cartera
guardaba su honra con cuidado religioso -no por miramientos al pillo, de quien
no se sabía palabra, sino porque esas cosas estropean la vida y dan mal
nombre-, y era preciso que a su casa viniesen sin recelo sus parroquianas, las
señoras principales...
Extendida
estaba sobre las mesas del obrador una canastilla de hijo de millonario -la más
cara y completa que le había encargado a la costurera, un poema de
incrustaciones, realces y pliegues-, cuando se entró habitación adelante, entre
las risas fisgonas de las oficialas un hombre de trazas equívocas. Venía
fumando un pitillo, y al preguntar por «Dolores» y oír que no se podía hablar
con ella -lo cual era un modo de despedirle-, soltó a la vez un terno y la
colilla ardiendo; el terno sólo produjo alarma en las chiquillas; la colilla,
chamuscó el encaje de Richelieu de una sábana de cuna.
-¡Soy
su marido! -gritó el intruso-, y a cualquier hora «me se» figura que la podré
ver...
No
cabía réplica. Corrieron a avisar a la maestra; se presentó temblona, y se
retiraron a un cuarto, allá dentro. No se sabe lo que conversarían; acaso el
Verderón confesase que se hallaba ya convencido de que también en el Nuevo
Continente tienen la absurda exigencia de que se trabaje, si se ha de ganar la
plata... Lo cierto es que se hizo un convenio: el Verderón comería a cuenta de
su mujer, y hasta bebería y fumaría, comprometiéndose a respetar la labor de
ella, su negocio, su industria ya fundada, su arte elegante. Y Frutos prometió.
Mas
no era el holgazán del escaso número de los que cumplen lo pactado, y su
orgullo de varón y dueño tampoco se avenía a aquella dependencia, a aquel papel
accesorio... ¡Vamos, que él tenía derecho a entrar y salir en «su casa» cuándo
y cómo se le antojase! ¡Bueno fuera que por cuatro pingos de cuatro señorones
que venían allí se le privase de pasarse horas en el taller requebrando a las
oficialas! Y así lo hizo, a pesar del enojo y las protestas de Dolores.
-Tienes
celos, ¿eh, salada? -preguntábale él, sarcástico.
-¡Celos!
-repetía ella-. Si te gustan las oficialas, llévatelas a todas..., pero fuera
de aquí, ¡entiendes!... A un sitio en que tus diversiones no me manchen la
labor. ¡Eso no! Eso no te lo aguanto y te lo aviso... ¡No me toca a mis
encargos un puerco como tú!
Con
la malicia de los borrachos, así que Frutos comprendió que ahí le dolía a su
mujer, empezó a meterse con la ropa blanca. Escupía en el suelo, tiraba los
cigarros sin mirar, manoseaba las prendas, se ponía las enaguas bromeando, se
probaba los camisones. Naturalmente, cualquier desmán de las oficialas lo
disculpaban achacándolo al marido de la señora maestra. Venían ya quejas de
clientes, recados agrios: el descrédito que principia... Un día «se perdieron»
unos ricos almohadones... Dolores averiguó que estaban empeñados por Frutos
para beber.
Una tarde de exposición de equipo de novia, anunciada hasta en periódicos, el carpintero volvió a su casa chispo y maligno. La madre de la novia, la novia y parte de la familia examinaban el ajuar. Entró el Verderón, y su boca hedionda, de alcohólico, comenzó a disparar pullas picantes, a glosar, en el vocabulario de la taberna, los pantalones y los corsés, las prendas íntimas, florecidas de azahar... Cuando las señoras hubieron escapado, despavoridas e indignadas, exigiendo el envío inmediato de su ropa y jurando no volver más a tal casa y contárselo a las amigas, Dolores, pálida, tranquila, se plantó ante el esposo.
-Vuelve
a hacer lo que hiciste hoy... y sales de aquí y no entras nunca...
-¿Tú
a mí? -rugió el borracho-. ¿Tú a mí? Ahora mismo voy a patear esas payaserías
que haces... ¿Ves? Las pateo porque me da la gana.
Y
agarrando a puñados las blancuras vaporosas de tela diáfana, orladas de encajes
preciosos, las echó al suelo, danzando encima con sus zapatos sucios... Dolores
se arrojó sobre él... La pacífica, la mansa, la sufrida de tantos años se había
vuelto leona. Defendía su labor, defendía, no ya la corteza para comer, sino el
ideal de hermosura cifrado en la obra. Sus manos arañaron, sus pies magullaron,
la vara de metrar puntilla fue arma terrible... Apaleado, subyugado, huyó
Verderón a la antesala y abrió la puerta para evadirse. Todavía allí Dolores le
perseguía, y el borracho, tropezando, rodó la escalera. La cabeza fue a rebotar
contra los últimos peldaños, de piedra granítica, quedando tendido inerte en el
fondo del portal... Su mujer, atónita, no comprendía... ¿Era ella quien había
sacudido así? ¿Era ella la que todavía apretaba la vara hecha astillas?... El
chiquillo de una oficiala que subía la aterró... El hombre no se movía, y por
su sien corría un hilo de sangre.
Fuente: Lecturia.org
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