El fin de Borges
A continuación,
te presento: El fin, un cuento breve para adultos de Borges, que también
puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en Youtube.
En “El fin”, Borges sitúa la acción en una pulpería perdida en la llanura, donde un hombre paralizado presencia la llegada de un forastero que viene a encontrarse con otro, unidos por un pasado que pesa más que sus palabras. El relato avanza con sobriedad, en diálogos breves y tensos, mientras el paisaje abierto y casi abstracto amplifica la sensación de fatalidad. Sin revelar el desenlace, el cuento sugiere que los personajes no actúan con plena libertad, sino que obedecen a una lógica anterior a ellos, como si repitieran un gesto ya inscrito en la historia. Su significado apunta a la idea borgiana del destino y de la identidad como algo que se cumple más que se elige: el verdadero “fin” no es solo el cierre de un duelo, sino la consumación de un papel que parecía inevitable.
El fin
(Cuento completo de Jorge Luis Borges)
Recabarren, tendido, entreabrió los
ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un
rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y
desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las
cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran
cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera,
más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde;
había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo
tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos
veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes.
El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de
cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de
contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de
alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar;
acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese
hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese
contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había
muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de
apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos
con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó
la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América.
Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y
pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
Un chico de rasgos aindiados (hijo
suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si
había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el
negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un
rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era
casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y
creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren
vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del
hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas
doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse,
atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento,
donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
—Ya sabía yo, señor, que podía contar
con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
—Y yo con vos, moreno. Una porción de
días te hice esperar, pero aquí he venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro
respondió:
—Me estoy acostumbrando a esperar. He
esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
—Más de siete años pasé yo sin ver a
mis hijos.
Los encontré ese día y no quise
mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
—Ya me hice cargo —dijo el negro—.
Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se había sentado en
el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
—Les di buenos consejos —declaró—, que
nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el
hombre no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta
de negro:
—Hizo bien. Así no se parecerán a
nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo el forastero
y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y
ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera,
observó:
—Con el otoño se van acortando los
días.
—Con la luz que queda me basta
—replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como
cansado:
—Dejá en paz la guitarra, que hoy te
espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El
negro, al salir, murmuró:
—Tal vez en éste me vaya tan mal como
en el primero.
El otro contestó con seriedad:
—En el primero no te fue mal. Lo que
pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas,
caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna
resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las
espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
—Una cosa quiero pedirle antes que nos
trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en
aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo,
Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron
y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la
llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no
lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su
catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie,
amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en
el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no
se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el
facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar
para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era
el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.
Fuente:
Literatura.us
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