domingo, 24 de mayo de 2026

Un cuento fascinante de Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada

Margaret Atwood

Hace apenas unos días, Margaret Atwood fue galardonada con el III Premio Internacional Joan Margarit de Poesía. Durante la entrega, se pronunció unas palabras que resonaron profundamente en mí y que hoy quiero compartir con vosotros:

"Gracias por enseñar a la sociedad a leer mejor, a leer nuestro tiempo, a leer nuestras sociedades y a leernos a nosotros mismos".

Esa es precisamente la esencia que busco cultivar en este espacio: entender la literatura como un espejo donde descubrir nuestra propia naturaleza y la de aquello que nos rodea, guiados por la voz de los grandes maestros. El reciente reconocimiento a Margaret Atwood con el Premio Joan Margarit ha sido la chispa que me motivó a traer este relato. 

Siempre he sentido una profunda admiración por su capacidad de disección social; en obras como El cuento de la criada, Atwood demuestra matices brillantes que van mucho más allá del rol de la mujer, alzándose como una crítica feroz y necesaria a las derivas de la política actual. Por eso, hoy quiero que exploremos juntos su faceta más breve pero igualmente punzante en 'Finales Felices', donde su lucidez vuelve a ponernos frente al espejo.

En este relato, Margaret Atwood despliega un ingenioso juego literario que disecciona la anatomía de las historias de amor y la inevitabilidad del destino humano. A través de una estructura experimental que ofrece múltiples trayectorias para sus protagonistas, John y Mary, la autora demuestra con una ironía magistral que, aunque los nudos de la trama pueden variar entre el romance idílico, la tragedia o el cinismo, el desenlace último es siempre el mismo. Más que un simple relato, el cuento funciona como una aguda crítica a las convenciones burguesas y una invitación a valorar el "cómo" y el "porqué" de la existencia por encima del "qué", recordándonos que la verdadera esencia de la vida —y de la literatura— no reside en un final estático, sino en la complejidad del camino recorrido entre el inicio y el fin.

Puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

 Finales Felices

Cuento completo de Margaret Atwood 

John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

A.

John y Mary se enamoran y se casan. Ambos tienen trabajos dignos y muy lucrativos, que les parecen interesantes y estimulantes. Compran una casa encantadora. El valor de las propiedades sube. Cuando finalmente pueden pagar por un servicio de limpieza, tienen dos hijos, a quienes adoran. Los niños crecen bien. John y Mary tienen una estimulante y a la vez desafiante vida sexual, y también amigos que valen la pena. Juntos disfrutan de divertidas vacaciones. Se jubilan. Ambos tienen pasatiempos que encuentran estimulantes y desafiantes. Por último, mueren. Este es el final de la historia.

B.

Mary se enamora de John pero John no corresponde a sus sentimientos. Tan sólo usa su cuerpo para saciar su propio placer y, de una manera indiferente, para satisfacer su ego. Va a su departamento dos veces a la semana y ella le cocina (notarás que él ni siquiera cree que ella merece una cena fuera), después de que come se la coge y finalmente se duerme mientras ella lava los platos, para que no piense que es desaseada con todos esos platos sucios tirados por doquier, y se pone lápiz de labios para verse bien cuando él despierte, pero cuando se despierta él ni se da cuenta, se pone sus calcetines y sus pantalones y su camisa, y su corbata y sus zapatos, justamente al revés de como se los quitó. No desnuda a Mary, ella lo tiene que hacer, actúa como si se muriera de ganas cada vez, no porque le guste mucho el sexo, no le gusta, pero quiere que John piense que sí le gusta porque si lo hacen con regularidad seguro que él se acostumbrará a ella, aprenderá a depender de ella y se casarán, pero John difícilmente se despide cuando cruza la puerta para irse y tres días después regresa a las seis en punto y repiten todo lo anterior.

Mary se quiebra. Llorar hace que una cara parezca deslucida, todos lo saben, incluso Mary, pero no puede parar. En su trabajo lo empiezan a notar. Sus amigos le dicen que John es una rata, un cerdo, un perro, que no la merece, pero ella no lo puede creer. Dentro de John, ella piensa, hay otro John que es mucho mejor. Ese otro John surgiría como una mariposa de su capullo, como un muñeco de una caja de resorte, como un hueso de una ciruela, si tan sólo exprimiera lo suficiente al primer John.

Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.

Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.

John se casa con Madge y todo sigue como en A.

C.

John, que es un hombre maduro, se enamora de Mary, y a ella, que tan sólo tiene veintidós, le causa compasión porque está preocupado por su incipiente calvicie. Se acuesta con él aunque no está enamorada. Lo conoció en el trabajo. Está enamorada de un tipo llamado James, quien, como ella, tiene veintidós, pero que no está listo para sentar cabeza.

John, por el contrario, sentó cabeza hace mucho tiempo: esto es lo que le está fastidiando. John tiene un trabajo fijo y respetable y está ascendiendo en su área, pero Mary no está impresionada, le fascina James, que tiene una motocicleta y una increíble colección de discos. Pero James monta en su motocicleta en busca de la libertad demasiado seguido. La libertad no es lo mismo para las chicas, así que, por mientras, Mary pasa los jueves con John. Los jueves son los únicos días que John tiene libres.

John está casado con una mujer llamada Madge, y ellos tienen dos hijos, una casa encantadora que compraron justo antes de que las propiedades subieran de precio, y pasatiempos que ambos encuentran estimulantes y desafiantes… cuando tienen tiempo. John le dice a Mary que ella realmente le importa, pero que por supuesto no puede dejar a su esposa, porque un compromiso es un compromiso. Él repite esto más veces de las necesarias y Mary encuentra el tema realmente fastidioso, pero los hombres maduros pueden hacerlo por mucho más tiempo así que no se la pasa tan mal.

Un día, el viento trae consigo a James, a su motocicleta y a un híbrido de California genial; James y Mary están más drogados de lo que podrías creer y así se van a la cama. Todo parece como si sucediera por debajo del agua, pero el viento trae también John, quien tiene las llaves del departamento de Mary. Los encuentra drogados y pegados. Difícilmente está en una posición de tener celos si se toma en cuenta a Madge, pero aun así enloquece. Después de todo se encuentra en la crisis de los cuarenta; en dos años se quedará tan pelón como un huevo y simplemente no puede soportarlo. Compra una pistola diciendo que la necesita para practicar el tiro al blanco —esta es la parte más sutil de la historia, pero se puede retomar más tarde— y les dispara a los dos y luego a sí mismo.

Madge, después de guardar luto durante un periodo razonable, se casa con un comprensivo hombre llamado Fred y todo continúa como en A pero con nombres diferentes.

D.

Fred y Madge no tienen problemas. Tienen una relación excepcionalmente buena y son capaces de solucionar cualquier dificultad que pueda surgir, por pequeña que sea. Sin embargo, su encantadora casa está cerca de la costa y un día un gigantesco maremoto se aproxima. Los valores de bienes raíces bajan. El resto de la historia trata de qué fue lo que causó el maremoto y cómo ellos logran escapar. Lo logran, aunque miles mueren ahogados. Una parte de la historia trata sobre las circunstancias de la muerte de los ahogados, pero Fred y Madge son virtuosos y afortunados. Cuando al fin llegan a un terreno alto se abrazan —empapados, chorreando, agradecidos—, y todo continúa como en A.

E.

Sí, pero Fred sufre del corazón. El resto de la historia gira sobre cuán amables y compresivos son hasta la muerte de Fred. Entonces Madge se dedica a obras de caridad y termina como en A. Si quieres, puede ser “Madge”, “cáncer”, “confundida y culpable” y “aficionada a la ornitología”.

F.

Si piensas que lo anterior es demasiado burgués, convierte a John en revolucionario y a Mary en una agente de contraespionaje, a ver qué tan lejos llegas. Recuerda que estamos en Canadá. Aunque en el intermedio desarrolles una saga escandalosa y excitante, de carácter pasional, una crónica fuera de tiempo más o menos, de todos modos terminarás en A.

Tendrás que enfrentar que los finales siempre son los mismos sin importar cómo construyas la historia. No te engañes con otros desenlaces, son todos falsos, ya porque sean engaños maliciosos y deliberados, ya porque hayan sido motivados por un excesivo optimismo, por no llamarle sentimentalismo.

El único final auténtico es el que viene a continuación:
John y Mary mueren. John y Mary mueren. John y Mary mueren.

Eso es todo lo que hay que decir sobre los finales. Los inicios son siempre más divertidos. No obstante, se sabe que los verdaderos conocedores prefieren alargar el espacio entre uno y otro, ya que es lo más difícil de trabajar.

Eso es básicamente todo lo que se puede decir de las tramas: que al final no son más que una acción tras otra, un qué y un qué y un qué.

Ahora intenta con Cómo y Por Qué.

Fuente: El taller de Ana Haro

 

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jueves, 21 de mayo de 2026

La noche de los dones de Jorge Luis Borges

 

Jorge Luis Borges

A continuación, te presento el cuento La noche de los dones de Jorge Luis Borges relata la experiencia de un hombre que recuerda una noche decisiva de su adolescencia en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Invitado por un peón a salir por primera vez, el protagonista descubre un ambiente desconocido y escucha historias sobre los malones y la violencia de la frontera argentina. Durante esa noche vive experiencias intensas que marcarán su vida para siempre y que, con el paso del tiempo, se convierten en recuerdos casi míticos. El significado del cuento está en mostrar cómo ciertas vivencias fundamentales —el amor, el miedo, la muerte y el paso a la adultez— transforman a una persona y quedan grabadas en la memoria. Borges también reflexiona sobre la naturaleza del recuerdo y de la narración, sugiriendo que con los años no sabemos si recordamos en realidad los hechos o solamente las palabras con las que los contamos. Este cuento para adultos de Borges puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La noche de los dones

(cuento completo)

En la antigua Confitería del Águila, en Florida a la altura de Piedad, oímos la historia.

Se debatía el problema del conocimiento. Alguien invocó la tesis platónica de que ya todo lo hemos visto en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer; mi padre, creo, dijo que Bacon había escrito que si aprender es recordar, ignorar es de hecho haber olvidado. Otro interlocutor, un señor de edad, que estaría un poco perdido en esa metafísica, se resolvió a tomar la palabra. Dijo con lenta seguridad:

—No acabo de entender lo de los arquetipos platónicos. Nadie recuerda la primera vez que vio el amarillo o el negro o la primera vez que le tomó el gusto a una fruta, acaso porque era muy chico y no podía saber que inauguraba una serie muy larga. Por supuesto, hay otras primeras veces que nadie olvida. Yo les podría contar lo que me dejó cierta noche que suelo traer a la memoria, la del treinta de abril del 74.

»Los veraneos de antes eran más largos, pero no sé por qué nos demoramos hasta esa fecha en el establecimiento de unos primos, los Dorna, a unas escasas leguas de Lobos. Por aquel tiempo, uno de los peones, Rufino, me inició en las cosas de campo. Yo estaba por cumplir mis trece años; él era bastante mayor y tenía fama de animoso. Era muy diestro; cuando jugaban a vistear el que quedaba con la cara tiznada era siempre el otro. Un viernes me propuso que el sábado a la noche fuéramos a divertirnos al pueblo. Por supuesto accedí, sin saber muy bien de qué se trataba. Le previne que yo no sabía bailar; me contestó que el baile se aprende fácil. Después de la comida, a eso de las siete y media, salimos. Rufino se había empilchado como quien va a una fiesta y lucía un puñal de plata; yo me fui sin mi cuchillito, por temor a las bromas. Poco tardamos en avistar las primeras casas. ¿Ustedes nunca estuvieron en Lobos? Lo mismo da; no hay un pueblo de la provincia que no sea idéntico a los otros, hasta en lo de creerse distinto. Los mismos callejones de tierra, los mismos huecos, las mismas casas bajas, como para que un hombre a caballo cobre más importancia. En una esquina nos apeamos frente a una casa pintada de celeste o de rosa, con unas letras que decían La Estrella. Atados al palenque había unos caballos con buen apero. Por la puerta de calle a medio entornar vi una hendija de luz. En el fondo del zaguán había una pieza larga, con bancos laterales de tabla y, entre los bancos, unas puertas oscuras que darían quién sabe dónde. Un cuzco de pelaje amarillo salió ladrando a hacerme fiestas. Había bastante gente; una media docena de mujeres con batones floreados iba y venía. Una señora de respeto, trajeada enteramente de negro, me pareció la dueña de casa. Rufino la saludó y le dijo:

»—Aquí le traigo un nuevo amigo, que no es muy de a caballo.

»—Ya aprenderá, pierda cuidado —contestó la señora.

»Sentí vergüenza. Para despistar o para que vieran que yo era un chico, me puse a jugar con el perro, en la punta de un banco. Sobre la mesa de cocina ardían unas velas de sebo en unas botellas y me acuerdo también del braserito en un rincón del fondo. En la pared blanqueada de enfrente había una imagen de la Virgen de la Merced.

»Alguien, entre una que otra broma, templaba una guitarra que le daba mucho trabajo. De puro tímido no rehusé una ginebra que me dejó la boca como un ascua. Entre las mujeres había una, que me pareció distinta a las otras. Le decían la Cautiva. Algo de aindiado le noté, pero los rasgos eran un dibujo y los ojos muy tristes. La trenza le llegaba hasta la cintura. Rufino, que advirtió que yo la miraba, le dijo:

»—Volvé a contar lo del malón, para refrescar la memoria.

»La muchacha habló como si estuviera sola y de algún modo yo sentí que no podía pensar en otra cosa y que esa cosa era lo único que le había pasado en la vida. Nos dijo así:

»—Cuando me trajeron de Catamarca yo era muy chica. Qué iba yo a saber de malones. En la estancia ni los mentaban de miedo. Como un secreto, me fui enterando que los indios podían caer como una nube y matar a la gente y robarse los animales. A las mujeres las llevaban a Tierra Adentro y les hacían de todo. Hice lo que pude para no creer. Lucas mi hermano, que después lo lancearon, me perjuraba que eran todas mentiras, pero cuando una cosa es verdad basta que alguien la diga una sola vez para que uno sepa que es cierto. El gobierno les reparte vicios y yerba para tenerlos quietos, pero ellos tienen brujos muy precavidos que les dan su consejo. A una orden del cacique no les cuesta nada atropellar entre los fortines, que están desparramados. De puro cavilar, yo casi tenía ganas que se vinieran y sabía mirar para el rumbo que el sol se pone. No sé llevar la cuenta del tiempo, pero hubo escarchas y veranos y yerras y la muerte del hijo del capataz antes de la invasión. Fue como si los trajera el pampero. Yo vi una flor de cardo en una zanja y soñé con los indios. A la madrugada ocurrió. Los animales lo supieron antes que los cristianos, como en los temblores de tierra. La hacienda estaba desasosegada y por el aire iban y venían las aves. Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba.

»—¿Quién les trajo el aviso? —preguntó alguno.

»La muchacha, siempre como si estuviera muy lejos, repitió la última frase.

»—Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba. Era como si todo el desierto se hubiera echado a andar. Por los barrotes de la verja de fierro vimos la polvareda antes que los indios. Venían a malón. Se golpeaban la boca con la mano y daban alaridos. En Santa Irene había unas armas largas, que no sirvieron más que para aturdir y para que juntaran más rabia.

»Hablaba la Cautiva como quien dice una oración, de memoria, pero yo oí en la calle los indios del desierto y los gritos. Un empellón y estaban en la sala y fue como si entraran a caballo, en las piezas de un sueño. Eran orilleros borrachos. Ahora, en la memoria, los veo muy altos. El que venía en punta le asestó un codazo a Rufino, que estaba cerca de la puerta. Éste se demudó y se hizo a un lado. La señora, que no se había movido de su lugar, se levantó y nos dijo:

»—Es Juan Moreira.

»Pasado el tiempo, ya no sé si me acuerdo del hombre de esa noche o del que vería tantas veces después en el picadero. Pienso en la melena y en la barba negra de Podestá, pero también en una cara rubiona, picada de viruela. El cuzquito salió corriendo a hacerle fiestas. De un talerazo, Moreira lo dejó tendido en el suelo. Cayó de lomo y se murió moviendo las patas. Aquí empieza de veras la historia.

»Gané sin ruido una de las puertas, que daba a un pasillo angosto y a una escalera. Arriba, me escondí en una pieza oscura. Fuera de la cama, que era muy baja, no sé qué muebles habría ahí. Yo estaba temblando. Abajo no cejaban los gritos y algo de vidrio se rompió. Oí unos pasos de mujer que subían y vi una momentánea hendija de luz. Después la voz de la Cautiva me llamó como en un susurro.

»—Yo estoy aquí para servir, pero a gente de paz. Acercate que no te voy a hacer ningún mal.

»Ya se había quitado el batón. Me tendí a su lado y le busqué la cara con las manos. No sé cuánto tiempo pasó. No hubo una palabra ni un beso. Le deshice la trenza y jugué con el pelo, que era muy lacio, y después con ella. No volveríamos a vernos y no supe nunca su nombre.

»Un balazo nos aturdió. La Cautiva me dijo:

»—Podés salir por la otra escalera.

»Así lo hice y me encontré en la calle de tierra. La noche era de luna. Un sargento de policía, con rifle y bayoneta calada, estaba vigilando la tapia. Se rió y me dijo:

»—A lo que veo, sos de los que madrugan temprano.

»Algo debí de contestar, pero no me hizo caso. Por la tapia un hombre se descolgaba. De un brinco, el sargento le clavó el acero en la carne. El hombre se fue al suelo, donde quedó tendido de espaldas, gimiendo y desangrándose. Yo me acordé del perro. El sargento, para acabarlo de una buena vez, le volvió a hundir la bayoneta. Con una suerte de alegría le dijo:

»—Moreira, lo que es hoy de nada te valió disparar.

»De todos lados acudieron los de uniforme que habían ido rodeando la casa y después los vecinos. Andrés Chirino tuvo que forcejear para arrancar el arma. Todos querían estrecharle la mano. Rufino dijo riéndose:

»—A este compadre ya se le acabaron los cortes.

»Yo iba de grupo en grupo, contándole a la gente lo que había visto. De golpe me sentí muy cansado; tal vez tuviera fiebre. Me escurrí, lo busqué a Rufino y volvimos. Desde el caballo, vimos la luz blanca del alba. Más que cansado, me sentí aturdido, por esa correntada de cosas.

—Por el gran río de esa noche —dijo mi padre.

El otro asintió.

—Así es. En el término escaso de unas horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los hombres le son reveladas todas las cosas o, por lo menos, todas aquellas cosas que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar a Moreira.

Fuente: La cuentoneta

 

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martes, 19 de mayo de 2026

Casi artista, un cuento de Emilia Pardo Bazán

 

Emilia Pardo Bazán

A continuación, te presento el cuento “Casi artista” de Emilia Pardo Bazán que narra la historia de Dolores, una mujer pobre cuyo marido, Frutos, la abandona para irse a América. Obligada por la necesidad, ella retoma el oficio de costurera y, gracias a su esfuerzo, disciplina y talento, logra construir un pequeño negocio exitoso de ropa blanca fina. Con el tiempo, su trabajo deja de ser solo un medio de supervivencia y se convierte en una verdadera expresión artística y de dignidad personal. Sin embargo, cuando el marido regresa, su comportamiento vulgar y destructivo amenaza tanto la reputación como la obra de Dolores. El significado del cuento está en mostrar cómo el trabajo y el arte pueden transformar a una persona y darle independencia, pero también cómo la violencia y el machismo intentan destruir esa superación. Pardo Bazán critica la situación de la mujer en la sociedad y destaca la fuerza, el sacrificio y el valor creativo femenino.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

Casi artista

(cuento completo)

Después de una semana de zarandeo, del Gobierno Civil a las oficinas municipales, y de las tabernas al taller donde él trabajaba -es un modo de decir-, preguntando a todos y a «todas», con los ojos como puños y el pañuelo echado a la cara para esconder el sofoco de la vergüenza, Dolores, la Cartera -apodábanla así por haber sido cartero su padre-, se retiró a su tugurio con el alma más triste que el día, y éste era de los turbios, revueltos y anegruzados de Marineda, en que la bóveda del cielo parece descender hacia la tierra para aplastarla, con la indiferencia suprema del hermoso dosel por lo que ocurre y duele más abajo...

 

Sentose en una silleta paticoja y lloró amargamente. No cabía duda que aquel pillo había embarcado para América. Dinero no tenía; pero ya se sabe que ahora facilitan tales cosas, garantizando desde allá el billete. En Buenos Aires no van a saber que el carpintero a quien llaman para ejercer su oficio es un borracho y deja en su tierra obligaciones. La ley dicen que prohíbe que se embarquen los casados sin permiso de sus mujeres... ¡Sí, fíate en la ley! Ella, a prohibir, y los tunos, a embarcar... y los señorones y las autoridades, a hacerles la capa..., ¡y arriba!

 

Bebedor y holgazán, mujeriego, timbista y perdido como era su Frutos, alias Verderón, siempre acompañaba y traía a casa una corteza de pan... Corteza escasa, reseca, insegura; pero corteza al fin. Por eso (y no por amorosos melindres que la miseria suprime pronto) lloraba Dolores la desaparición, y mientras corría su llanto, discurría qué hacer para llenar las dos boquitas ansiosas de los niños.

 

Acordose de que allá en tiempos fue pizpireta aprendiza en un taller que surtía de ropa blanca a un almacén de la calle Mayor. Casada, había olvidado la aguja, y ahora, ante la necesidad, volvía a pensar en su dedal de acero gastado por el uso y sus tijeras sutiles pendientes de la cintura. A boca de noche, abochornada -¡como si fuera ella quien hubiese hecho el mal!-, se deslizó en el almacén, y en voz baja pidió labor «para su casa», pues no podía abandonar a las criaturas... La retribución, irrisoria; no hay nada peor pagado que «lo blanco»...

 

Dolores no la discutió. Era la corteza -muy dura, muy menguada, eventual- que volvía a su hogar pobre...

 

Corrió el tiempo. Habitaba hoy la Cartera un piso modesto, limpio, con vista al mar: su chico concurría a un colegio; la pequeña ayudaba a su madre, entre las oficialas del obrador. Porque Dolores tenía obrador y oficialas; hacía por cuenta propia equipos, canastillas, y poseía una clientela de señoras, que iban personalmente a encargar, probar y charlar su rato.

 

-¡Buena mujer! ¡Y muy puntual, y habilísima! -repetían al bajar las escaleras, despidiéndose todavía, con una sonrisa, de la costurera, que salía al descansillo, a murmurar por última vez:

 

-Se hará, señora... No tenga cuidado... Como guste...

 

Así se ha ganado la parroquia, por medio de humildades dulces, de discretas confidencias de esas penas domésticas con que toda hembra simpatiza, y poniendo cuidado exquisito en entregar la labor deslumbrante de blancura, primorosa de cosido y rematado, espumosa de valenciennes, hecha un merengue a fuerza de esmero. Con la reputación de tantas virtudes obreras vino el crédito, el desahogo; con el desahogo, el trabajo suave y halagador y el cariño intenso del artífice a la obra perfecta, en la cual se recrea y goza antes de enviarla a su destino. En la Cartera había desaparecido la esposa del carpintero vicioso, chapucero y zafio, en chancletas y desgreñada, y nacido una pulcra trabajadora, semiartista, encantada, aun desinteresadamente, con los lazos de seda crespos y coquetones, los entredoses y calados de filigrana, las ondulaciones flexibles de la batista y las gracias del corte, que señala y realza las líneas del cuerpo femenil. Algo de la delicadeza de su trabajo se había comunicado a todo su vivir, a su manera de cuidar a los niños, al claro aseo de sus habitaciones, a la frugalidad de su mesa. Aunque todavía fresca y apetecible, la Cartera guardaba su honra con cuidado religioso -no por miramientos al pillo, de quien no se sabía palabra, sino porque esas cosas estropean la vida y dan mal nombre-, y era preciso que a su casa viniesen sin recelo sus parroquianas, las señoras principales...

 

Extendida estaba sobre las mesas del obrador una canastilla de hijo de millonario -la más cara y completa que le había encargado a la costurera, un poema de incrustaciones, realces y pliegues-, cuando se entró habitación adelante, entre las risas fisgonas de las oficialas un hombre de trazas equívocas. Venía fumando un pitillo, y al preguntar por «Dolores» y oír que no se podía hablar con ella -lo cual era un modo de despedirle-, soltó a la vez un terno y la colilla ardiendo; el terno sólo produjo alarma en las chiquillas; la colilla, chamuscó el encaje de Richelieu de una sábana de cuna.

 

-¡Soy su marido! -gritó el intruso-, y a cualquier hora «me se» figura que la podré ver...

 

No cabía réplica. Corrieron a avisar a la maestra; se presentó temblona, y se retiraron a un cuarto, allá dentro. No se sabe lo que conversarían; acaso el Verderón confesase que se hallaba ya convencido de que también en el Nuevo Continente tienen la absurda exigencia de que se trabaje, si se ha de ganar la plata... Lo cierto es que se hizo un convenio: el Verderón comería a cuenta de su mujer, y hasta bebería y fumaría, comprometiéndose a respetar la labor de ella, su negocio, su industria ya fundada, su arte elegante. Y Frutos prometió.

 

Mas no era el holgazán del escaso número de los que cumplen lo pactado, y su orgullo de varón y dueño tampoco se avenía a aquella dependencia, a aquel papel accesorio... ¡Vamos, que él tenía derecho a entrar y salir en «su casa» cuándo y cómo se le antojase! ¡Bueno fuera que por cuatro pingos de cuatro señorones que venían allí se le privase de pasarse horas en el taller requebrando a las oficialas! Y así lo hizo, a pesar del enojo y las protestas de Dolores.

 

-Tienes celos, ¿eh, salada? -preguntábale él, sarcástico.

 

-¡Celos! -repetía ella-. Si te gustan las oficialas, llévatelas a todas..., pero fuera de aquí, ¡entiendes!... A un sitio en que tus diversiones no me manchen la labor. ¡Eso no! Eso no te lo aguanto y te lo aviso... ¡No me toca a mis encargos un puerco como tú!

 

Con la malicia de los borrachos, así que Frutos comprendió que ahí le dolía a su mujer, empezó a meterse con la ropa blanca. Escupía en el suelo, tiraba los cigarros sin mirar, manoseaba las prendas, se ponía las enaguas bromeando, se probaba los camisones. Naturalmente, cualquier desmán de las oficialas lo disculpaban achacándolo al marido de la señora maestra. Venían ya quejas de clientes, recados agrios: el descrédito que principia... Un día «se perdieron» unos ricos almohadones... Dolores averiguó que estaban empeñados por Frutos para beber.

 

Una tarde de exposición de equipo de novia, anunciada hasta en periódicos, el carpintero volvió a su casa chispo y maligno. La madre de la novia, la novia y parte de la familia examinaban el ajuar. Entró el Verderón, y su boca hedionda, de alcohólico, comenzó a disparar pullas picantes, a glosar, en el vocabulario de la taberna, los pantalones y los corsés, las prendas íntimas, florecidas de azahar... Cuando las señoras hubieron escapado, despavoridas e indignadas, exigiendo el envío inmediato de su ropa y jurando no volver más a tal casa y contárselo a las amigas, Dolores, pálida, tranquila, se plantó ante el esposo.

 

-Vuelve a hacer lo que hiciste hoy... y sales de aquí y no entras nunca...

 

-¿Tú a mí? -rugió el borracho-. ¿Tú a mí? Ahora mismo voy a patear esas payaserías que haces... ¿Ves? Las pateo porque me da la gana.

 

Y agarrando a puñados las blancuras vaporosas de tela diáfana, orladas de encajes preciosos, las echó al suelo, danzando encima con sus zapatos sucios... Dolores se arrojó sobre él... La pacífica, la mansa, la sufrida de tantos años se había vuelto leona. Defendía su labor, defendía, no ya la corteza para comer, sino el ideal de hermosura cifrado en la obra. Sus manos arañaron, sus pies magullaron, la vara de metrar puntilla fue arma terrible... Apaleado, subyugado, huyó Verderón a la antesala y abrió la puerta para evadirse. Todavía allí Dolores le perseguía, y el borracho, tropezando, rodó la escalera. La cabeza fue a rebotar contra los últimos peldaños, de piedra granítica, quedando tendido inerte en el fondo del portal... Su mujer, atónita, no comprendía... ¿Era ella quien había sacudido así? ¿Era ella la que todavía apretaba la vara hecha astillas?... El chiquillo de una oficiala que subía la aterró... El hombre no se movía, y por su sien corría un hilo de sangre.

Fuente: Lecturia.org

 

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domingo, 17 de mayo de 2026

5 poemas de Sylvia Plath que debes leer

 

Sylvia Plath

A continuación, te presento cinco poemas de Sylvia Plath que debes leer.

Sylvia plath considerada una de las voces más importantes de la poesía confesional del siglo XX, Plath convirtió su experiencia íntima en literatura universal. Sylvia Plath no escribe poemas: abre heridas, las ilumina y nos obliga a mirarlas de frente. Su poesía habita el límite entre la belleza y el dolor, entre la fragilidad humana y una lucidez casi feroz. En cada verso aparecen la identidad, la maternidad, el cuerpo, la soledad y el deseo de desaparecer o transformarse. Leerla es entrar en un territorio íntimo donde lo cotidiano —un espejo, unas flores, una habitación de hospital— adquiere una intensidad emocional inquietante y profundamente humana.

En esta selección de poemas, Plath nos enfrenta a distintas versiones de sí misma: la mujer que se observa en el espejo y descubre el paso del tiempo; la paciente que busca el silencio absoluto mientras los tulipanes la obligan a volver a la vida; la madre que contempla con asombro y cierta distancia a su hijo recién nacido; la existencia suspendida y silenciosa de “Una vida”; y la voz melancólica de “Soy vertical”, donde el descanso definitivo parece más natural que la propia vida.

Su lenguaje es delicado y brutal al mismo tiempo. Cada imagen tiene una fuerza simbólica que permanece mucho después de terminar el poema. Sylvia Plath convierte la vulnerabilidad en arte y hace de sus emociones más oscuras una experiencia universal. Estos poemas no solo se leen: se sienten, incomodan y permanecen.

Ahora es el momento de presentarte estos poemas de Sylvia Plath que debes leer y que puedes escucharlos en YouTube y Spotify. Textos intensos, incómodos pero profundamente hermosos, puesto que siguen dialogando con nuestras inquietudes, heridas e incluso contradicciones más humanas. 



Poemas de Sylvia Plath


ESPEJO

Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.

Todo lo que que veo lo trago de inmediato

tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.

No soy cruel, soy sincero,

el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.

La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.

Es rosada, con manchas. Tanto la miré que

me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

 

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mi,

buscando en mi extensión su verdadero ser.

Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Ella viene y va.

Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.

En mi, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja

se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.

 

 

TULIPANES

Los tulipanes se alteran con demasiada facilidad, y aquí es invierno.

Mira cuán blanco está todo, qué callado, qué sepultado en nieve.

Estoy aprendiendo la paz, acostada sola en silencio,

como la luz reposa sobre estas paredes blancas, esta cama, estas manos.

 

No soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.

He entregado mi nombre y mi ropa diaria a las enfermeras,

mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

 

Han acomodado mi cabeza entre la almohada y el pliegue de la sábana

como un ojo entre dos párpados blancos que no se cierran.

Pupila tonta, tiene que absorberlo todo.

Las enfermeras pasan y pasan, no molestan,

pasan como gaviotas volando tierra adentro con sus gorros blancos,

haciendo cosas con las manos, una igual a la otra,

tanto que es imposible saber cuántas hay.

 

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo cuidan como el agua

cuida las piedras que debe pasar por encima, alisándolas suavemente.

Me traen entumecimiento en sus agujas brillantes, me traen sueño.

Ahora que me he perdido, estoy harta del equipaje——

mi valijita de charol como una cajita negra de píldoras,

mi esposo y mi hijo sonriendo desde la foto familiar;

sus sonrisas se enganchan a mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

 

He dejado que todo se deslice, como un viejo carguero de treinta años

aferrado con terquedad a mi nombre y dirección.

Me han limpiado de todas mis asociaciones amorosas.

Asustada y desnuda en la camilla con almohadas de plástico verde,

vi hundirse mi juego de té, mis cajones de lino, mis libros,

desaparecer bajo el agua, y el agua pasar sobre mi cabeza.

Ahora soy una monja, nunca he sido tan pura.

 

No quería flores, solo quería

acostarme con las manos abiertas y estar completamente vacía.

Qué libre se siente, no tienes idea de cuán libre——

la paz es tan vasta que aturde,

y no pide nada, una plaquita con mi nombre, algunos adornos.

Es lo que los muertos encuentran al fin; me los imagino

cerrando la boca sobre ello, como una hostia de comunión.

 

Los tulipanes son demasiado rojos desde el principio, me lastiman.

Incluso a través del papel de regalo los oía respirar

ligeramente, bajo sus vendas blancas, como un bebé terrible.

Su rojo habla a mi herida, le responde.

Son sutiles: parecen flotar, aunque me pesan,

me alteran con sus lenguas súbitas y su color,

una docena de pesas de plomo rojo atadas a mi cuello.

 

Nadie me observaba antes, ahora sí.

Los tulipanes me miran, y también la ventana detrás de mí

donde una vez al día la luz se ensancha y se afina lentamente,

y me veo a mí misma, plana, ridícula, una sombra de papel recortado

entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,

y no tengo rostro, he querido borrarme.

Los tulipanes vivos devoran mi oxígeno.

 

Antes de que llegaran, el aire era lo bastante calmo,

entrando y saliendo, aliento por aliento, sin alboroto.

Entonces los tulipanes lo llenaron como un estruendo.

Ahora el aire se arremolina a su alrededor como un río

que se enreda en un motor oxidado y hundido.

Concentran mi atención, que antes era feliz

jugando y descansando sin comprometerse.

 

Las paredes, también, parecen estarse calentando.

Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos;

se abren como la boca de algún gran felino africano,

y me doy cuenta de mi corazón: se abre y se cierra

su cuenco de flores rojas por puro amor a mí.

El agua que pruebo es cálida y salada, como el mar,

y viene de un país tan lejano como la salud.

 

CANCIÓN DE LA MAÑANA

El amor te puso en marcha como un reloj de oro macizo.

La partera te golpeó las plantas de los pies, y tu llanto calvo

tomó su lugar entre los elementos.

 

Nuestras voces resuenan, magnificando tu llegada. Nueva estatua.

En un museo con corrientes de aire, tu desnudez

arroja sombras sobre nuestra seguridad. Nos quedamos alrededor, blancos como paredes.

 

No soy más tu madre

que la nube que destila un espejo para reflejar su propia lenta

borradura a manos del viento.

 

Toda la noche tu aliento de polilla

titila entre las rosas planas y rosadas. Me despierto para oír:

un mar lejano se mueve en mi oído.

 

Un solo llanto, y tropiezo fuera de la cama, pesada como una vaca y floral

en mi camisón victoriano.

 

Tu boca se abre limpia como la de un gato. El cuadro de la ventana

se blanquea y traga sus estrellas apagadas. Y ahora intentas

tu puñado de notas;

las vocales claras se elevan como globos.

 

UNA VIDA

Tócala: no se encogerá como pupila

esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,

azucena, como flora distinta

de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

 

Toca este vaso con los dedos: sonará

como campana china al mínimo temblor del aire

aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,

todos ocupadísimos para siempre jamás.

 

A sus pies las olas, en fila india,

no reventando nunca de irritación, se inclinan:

en el aire se atascan,

frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

 

Como almohadones victorianos. Esta familia

de rostros habituales, a un coleccionista,

por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

 

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

 

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo

platillo de hospital en torno, parece

la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

 

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa

anticuada, el mar, plano como una postal,

que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,

ahora dejad la en paz.

 

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

 

SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal. Yo
No soy un árbol enrizado en la tierra,
Absorbiendo minerales y amor materno
Para rebrotar esplendoroso cada mes de marzo,
Ni tampoco la belleza del arriate del jardín
Que deja boquiabierto a todo el mundo y a la que
Todo el mundo quiere pintar maravillosamente,
Ignorando que muy pronto se deshojará.
Comparados conmigo, un árbol es inmortal,
Una cabezuela, no muy alta, aunque más llamativa,
Y yo anhelo la longevidad del uno y la osadía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de los astros,
Los árboles y las flores han estado esparciendo sus aromas frescos.
Yo paseo entre ellos, aunque no se percaten de mi presencia.
A veces pienso que cuando duermo
Es cuando más me parezco a ellos -
Desvanecidos ya los pensamientos.
En mí, el estar tendida es algo connatural.
Entonces el cielo y yo conversamos abiertamente.
Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
Entonces quizás los árboles me toquen por una vez,
Y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.

 

 

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jueves, 14 de mayo de 2026

Un relato para adultos de Lucia Berlin

 

Lucia Berlin 

A continuación, te presento un relato de Lucia Berlin considerada hoy una de las mejores cuentistas del siglo XX. Con un estilo que muchos comparan con el de Alice Munro o Raymond Carver, Berlin logra transformar lo cotidiano y lo doméstico en pura poesía emocional.

El relato es Punto de vista incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza, que puedes escuchar en YouTube y Spotify.  

El texto reflexiona sobre cómo el punto de vista transforma nuestra percepción de los personajes y del dolor humano. La narradora explica que, si una historia se cuenta en primera persona, el lector puede sentirse incómodo o rechazar a alguien solitario y triste; en cambio, la tercera persona crea una distancia que despierta compasión y dignidad, como ocurre con el cochero de “Tristeza” de Chéjov. A partir de ahí presenta a Henrietta, una mujer rutinaria, solitaria y enamorada de un médico indiferente y cruel, cuya vida está llena de pequeños hábitos y silencios. Aunque “no pasa nada” extraordinario, el relato busca que el lector comprenda la tristeza cotidiana y la necesidad humana de afecto. El significado del cuento está en mostrar cómo la literatura puede convertir vidas aparentemente insignificantes en algo profundamente humano y conmovedor, revelando la soledad, la costumbre y el deseo de ser visto por alguien.

 

Punto de vista

(cuento completo de  Lucia Berlin)

Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina, pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena. Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección «Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la misma persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus» doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado. El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos guantes de ciclista.
En mi relato el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín, es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban andadores.) Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y se la llevaba a casa en autobús, y no solo lavaba, sino que además la almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta. Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas. Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo, siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio, ¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo de Stove Top con salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diana Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios, fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj. El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna. Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño, mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su vieja manta eléctrica con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica. Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro antes de que nadie la vea.

*Lucia Berlin (1936-2004)
De Manual para mujeres de la limpieza.
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino (Alfaguara, 2017)

Fuente: El taller de Ana Haro

 

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Te recomiendo  En el invierno de las ciudades, un relato de Sylvia Iparraguirre

martes, 12 de mayo de 2026

En el invierno de las ciudades de Sylvia Iparraguirre

Sylvia Iparraguirre 

A continuación, te presento En el invierno de las ciudades, un cuento de Sylvia Iparraguirre que forma parte del libro homónimo, una de las obras más reconocidas de la autora. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

Este relato de Sylvia Iparraguirre nos sumerge en la psique de una mujer que combate la apatía y la soledad observando obsesivamente a los demás desde el banco de una plaza, hasta que un encuentro inesperado con un joven desconocido quiebra su aislamiento. El significado profundo del cuento reside en la necesidad de conexión humana en medio de la alienación urbana: ambos personajes, descritos como "náufragos" en una ciudad fría e indiferente, logran reconocerse a través del intercambio de sueños y pequeños gestos simbólicos, sugiriendo que la empatía es el único amuleto real capaz de darnos refugio frente a la desolación de la vida moderna.

 

En el invierno de las ciudades

(cuento de Sylvia Iparraguirre)

A veces, como hoy, le daba por sentarse en las plazas. Entonces se quedaba absorta, observando. Inventándole historias a la gente. Historias que después no iban a ninguna parte, no estallaban en ningún lado. Pero sabía algo: debía tener cuidado al observar. El puesto de observador encierra riesgos temibles para una naturaleza obsesiva. Por ejemplo, el chico de piernas flacas y moradas que terminaban en pies descalzos. La ropa seguramente de otro, el pantalón a mitad de las rodillas de cuatro años. El chico flaco condenado a vivir durante meses en su memoria la hostigaba sin descanso, la ahogaba en su propia inutilidad. Pero eso es cosa fácil. Lo desechaba de su mente por sufrimiento frívolo. ¿Qué tendría que haber hecho? Nadie lo sabe. Mientras tanto, el chico existe, crece en algún lugar mezquino con sus piernas moradas para siempre. Primer domingo de invierno, tarde tristísima. Había deambulado en la tarde como un barco perdido y al fin había llegado a la plaza. La plaza era una isla desierta y dentro de esa isla otra islita, su banco. Por ahora, su lugar en el mundo. Plantar un árbol en la islita, esperar que crezca y después abrazarse ferozmente a él. Entonces sí dejarse arrastrar por la corriente, que no era ya el río calmo de la vida, sino más bien una corriente turbia y tumultuosa, casi negra, como un túnel, en la que debía tratar de mantenerse arriba, en la islita. Una paloma se posó en el respaldo del banco. No debía distraerse de las palomas. Pero esa mañana, como muchas otras desde hacía un tiempo, no se había despertado con la imagen del chico sino con la carta. Las cartas suicidas también formaban parte de su actividad mental. Y las otras cartas. Insensatas pero reales. Cartas a tías solteronas en lejanos e imperceptibles pueblos de provincia. Tías a las que la casa paterna, solitaria, llena de espejos y de historias del pasado, se les caía encima. Entonces, cómo soportar esa soledad que grita a la distancia, ése no saber qué hacer con tantos recuerdos y la creencia en el Destino. La obligación de la carta optimista. Sobrina a la que se ha visto crecer sin sospechar nada, escribe cartas reconfortantes para usar de linterna cuando una se despierta a medianoche y los recuerdos son tantos en esa casa enorme y oscura. Como boca de lobo. Y los espejos. Y el reloj de la sala. Cartas con las que hacía o creía hacer señales a un náufrago. Pero ¿quién era el náufrago? Mejor mirar los coches, uno tras otro por la tarde invernal. Tarde que sedimenta dentro de su cabeza, como un montón de uvas aplastadas. Otro banco, no muy lejos del suyo. Muchacho que mira a chica en una plaza, sí. Tal vez un encuentro. Imposible. Los encuentros ya no se producen más. Mujer que en algún tiempo tuvo la cara parecida a una madonna. Sus tías lo decían. Ellas saben. Tías lejanas próximas a desaparecer. Por eso las cartas eran reales, estampilladas y mandadas. ¿Vería el muchacho del otro banco los últimos vestigios de su cara de madonna? El misterio de la forma. Cuidado con la apariencia. Si el muchacho del banco se acercaba, ella le iba a contar el sueño de hacía una noche. Así nomás. Una puerta alta y blanca de dos hojas, con filetes de oro, estilo Luis XV. El silencio es total. Las imágenes en colores. Tomo los picaportes dorados y abro las dos hojas a la vez. Un salón ovalado. El piso de mármol brilla; en los costados, ventanas curvas. Dorado y blanco y mármol, con una araña de luces que chisporrotea arriba, fría y remota como una constelación. Cierro las puertas y me quedo parada. Frente a mí, otra puerta igual a la anterior. El silencio vibra. Algo va a pasar. Lentamente, las dos hojas se abren, no hay nadie. Entonces, escucho los cascos. Nítidos, clarísimos sobre el mármol fulgurante. Aparece un centauro. No es el centauro convencional. Es más chico y feo. La parte de caballo parece la de un pony, un poco manchada y peluda. La parte del hombre se desdibuja. Yo estoy desnuda, pero también estoy vestida en el otro extremo de la habitación. Lindo tema para empezar una conversación en el banco de una plaza. Por qué atormentarse con las vidas imaginarias. Basta la propia. Algo había caído muerto a sus pies, hacía poco. Y ahí había quedado. Pero igual, todo seguía siendo palabras. El muchacho del banco se había levantado y caminaba hacia ella. No iba a ser fácil.
  

—¿Tenés hora?
  —No tengo —dije—, pero deben ser las seis y media.

  El muchacho miró su reloj:
   —Qué pálpito —dijo—. Las seis y veinticinco. ¿Puedo sentarme?
   —Es una plaza pública —dije.
   —Te vi tan pensativa que pensé que a lo mejor tenías ganas de charlar.
   —No veo la conexión —dije—, charlar, por ejemplo, ¿de qué?
   —No sé. De cualquier cosa. De vos.
   —¿Estás seguro? ¿No será que querés hablar de vos?
   —No tengo mucho para contar —dijo el muchacho—. Vos me gustás. Me gustaste   desde que te vi cuando te sentabas en el banco.
    Miré los autos que dejaban una estela de luces en el anochecer. Disgusto latente.
    —Pero vos a mí no me gustás. Quiero decir, por fuera. A lo mejor por dentro sí.
  —¿Por dentro…?

—Sí, por dentro. ¿Qué soñaste anoche?

—No soñé nada. No sueño casi nunca.

—Vamos mal. Si una persona no sueña no me interesa. Antes de anoche soñé que subía al bote en el que muere el Rey Arturo y que veía la espada Excalibur cuando el brazo sale del agua y la agarra. ¿Entendés algo de lo que digo?
 El muchacho me miró en silencio.

 —Vos sos una pedante —dijo al fin.

 —Y vos en cuanto me viste contaste la plata que tenías para saber si te alcanzaba para un hotel.

—¿Quién te creés que sos? ¿Marilyn Monroe? —dijo el muchacho con un gesto despectivo.
—Y vos, ¿acaso sos John Lennon para que a mí me parezca interesante hablar con vos?

Nos quedamos callados. Volví a mirar los autos que corrían en la tarde invernal. Me apaciguaba. Nada tenía demasiada importancia.
—Te mentí —dijo el muchacho—. Hace unos días tuve un sueño. 

Suspiré.   

 —¿Cómo era?
  —Alguien me perseguía; yo trataba de correr pero era como si corriera en cámara lenta.  Me desperté angustiado. Fue un sueño horrible.
—Lo acabás de inventar —dije—. No vale nada, lo sueña todo el mundo. Tratá otra vez.
—Si te lo conté a propósito. Querías sueños, ahí tenés uno —y se movió incómodo en el banco.
  —¿Para qué viniste a sentarte a mi banco?
  —Los bancos son de todos —dijo el muchacho.
  —Ahora te copiás de mí. Bueno, tratá de nuevo.
   —Una vez tuve un sueño. Había un hilo invisible. Atravesaba la pantalla y yo tenía que caminar sobre él.
    —Está bien —dije—. Me aburrí. No quiero hablar más de sueños. Estoy harta de sueños. ¿Sabés lo que es un centauro?

 —Sí —dijo el muchacho.
 —Si te suicidaras, ¿dejarías una carta?
  —Sí —dijo él.
  —¿Qué pondrías?
   —Pondría que me perdonaran.
  Me moví hacia él en el banco.
  —¿Por qué? ¿Por qué que te perdonaran?
  —No sé. Por todo, porque nadie tiene la culpa, porque uno tiene que aprender a vivir, adaptarse. —Se hizo un breve silencio con su respiración y la mía—. Estoy hecho pedazos —dijo.
 Le miré la cara por primera vez. Lloraba mansamente, sin ningún gesto. Miré las palomas, el cielo oscurecido y los autos incesantes. Pensé que uno podía ser una paloma o un monstruo e igual hacerse pedazos.

 —¿A qué viniste a mi banco?
 —No sé —dijo el muchacho—. Estaba buscando un amuleto, algo.
 —No sé qué te puedo dar. Solamente tengo un trébol de cuatro hojas que encontré sin querer. —Lo busqué en mi libreta de direcciones. Ahí estaba, fósil. Se lo di.
 —Hoy empieza el invierno —dijo el muchacho—. Me tengo que ir.
  —No te vayas todavía —le pedí yo.
  —Sí, me tengo que ir, pero te voy a dar algo. —Un sobre blanco doblado en dos apareció en su mano—. Vos me diste el trébol. —Me puso el sobre en la mano—. Chau —dijo el muchacho.
 —Chau —le dije.
  Algunas luces empezaron a encenderse. Caminó un poco, se dio vuelta y alzó la mano. Yo también. Una paloma oscura planeó suavemente y le rozó el hombro.

 

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