domingo, 2 de agosto de 2026

Relatos de Haruki Murakami que dejan huella

Relatos que dejan huella

A continuación, te presento «El año de los espaguetis», de Haruki Murakami, uno de los relatos que dejan huella. Quizá porque, detrás de una historia aparentemente sencilla y cotidiana, se esconde una reflexión muy profunda sobre la soledad, la incomunicación y la dificultad de conectar con los demás.

El relato nos presenta a un hombre profundamente solitario que encuentra en la preparación repetitiva de espaguetis una forma de refugiarse del mundo y mantener a los demás a una distancia segura. Su rutina, aparentemente tranquila, se ve alterada por una llamada inesperada que lo enfrenta, aunque sea brevemente, con los problemas de otra persona y con la posibilidad de tender una mano.

El año de los espaguetis de Haruki Murakami

Este cuento para adultos nos invita a reflexionar sobre nuestra tendencia a refugiarnos en las rutinas y en nuestro propio mundo para evitar aquello que nos incomoda o nos obliga a implicarnos emocionalmente. Los espaguetis se convierten así en un símbolo de ese aislamiento: una actividad cotidiana que el protagonista repite una y otra vez mientras intenta mantener el mundo exterior lejos de su vida.

Murakami nos muestra cómo la indiferencia y el deseo de proteger nuestra propia tranquilidad pueden convertirse, sin que apenas nos demos cuenta, en una forma de desconexión emocional. Y es precisamente ahí donde el relato deja su huella: en esa sensación de vacío y melancolía que aparece cuando comprendemos que, quizá, hubo momentos en los que podríamos haber hecho algo por alguien y decidimos mirar hacia otro lado. Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

El año de los espaguetis

Haruki Murakami

1971 fue el año de los espaguetis. En 1971 yo hacía espaguetis para vivir y vivía para hacer espaguetis. El vapor que se alzaba de la olla de aluminio era mi orgullo, la salsa de tomate que se cocía a fuego lento en la cazuela haciendo ¡chup!, ¡chup!, mi esperanza. Fui a una tienda de artículos de cocina y adquirí una enorme olla de aluminio en la que hubiera podido bañarse un perro pastor alemán; compré un cronómetro de cocina; recorrí supermercados especializados en productos extranjeros e hice acopio de especias de curiosos nombres; encontré, en una librería occidental, unos libros de recetas de espaguetis y, además, compré montones de tomates. Adquirí pasta de espaguetis de todas las clases habidas y por haber, elaboré todos los tipos imaginables de salsas. Minúsculas partículas de olor a ajo, a cebolla, a aceite de oliva flotaban en el aire y, fundidas en un todo armonioso, llenaban todos los rincones del pequeño piso de un solo ambiente en el que yo vivía. El suelo, el techo, las paredes, los libros, las fundas de los discos, mi raqueta de tenis, los pliegos de viejas cartas, todo estaba impregnado de su olor. Un olor parecido al de las alcantarillas de la antigua Roma. Esta historia tuvo lugar en el año 1971 d.C., el año de los espaguetis. En principio, yo hacía los espaguetis solo y me los comía solo. Podía resultar que, por una u otra razón, tuviera que comer acompañado, pero yo prefería mil veces comérmelos solo. Para empezar, en aquella época, yo estaba convencido de que los espaguetis eran un plato para degustarlo solo. Aunque no tengo la menor idea de por qué creía eso. Con los espaguetis siempre tomaba té. También me preparaba una ensalada. Una ensalada sencilla de lechuga y pepino. Ambos en generosas cantidades. Lo disponía todo cuidadosamente sobre la mesa y me iba comiendo los espaguetis yo solo, despacio, tomándome mi tiempo mientras le echaba ojeadas al periódico que tenía junto al plato. Los días de los espaguetis se sucedían uno tras otro, de domingo a sábado, y al terminar volvía a iniciarse, a partir del nuevo sábado, un nuevo ciclo de días de los espaguetis.

Mientras comía espaguetis solo, a menudo me daba la sensación de que alguien estaba a punto de llamar a la puerta y de entrar en casa. Eso me sucedía especialmente las tardes lluviosas. El visitante difería según la ocasión. Unas veces era un desconocido y otras alguien a quien había visto alguna vez. O una chica de piernas delgadas con quien había salido en una ocasión cuando iba al instituto, o yo mismo, tal como era hacía unos años, o William Holden acompañado de Jennifer Jones. ¿William Holden? Sin embargo, jamás entró uno de ellos en mi casa. Todos, como retazos de memoria que eran, permanecían vagando delante y, al final, se iban sin haber llamado siquiera a la puerta. Fuera llovía.

Primavera, verano, otoño... Y yo continuaba haciendo espaguetis. Como si fuera un acto de venganza. De la misma manera que una chica sola, traicionada por su novio, arrojaría al fuego las viejas cartas que éste le escribió, yo iba haciendo espaguetis, eternamente, en silencio. En un bol amasé las sombras del tiempo ya vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua hirviendo y le eché una pizca de sal. Y me planté ante la olla de aluminio con unos palillos largos en la mano, sin apartarme de su lado hasta que el cronómetro de cocina soltó un gritito plañidero. No podía quitarles el ojo de encima a aquellos tramposos. Porque parecía que los espaguetis se dispusieran a deslizarse fuera de la olla y a desaparecer en la oscuridad de la noche. Y de la misma forma que la jungla tropical engulle, sin hacer ruido, dentro de su tiempo eterno una mariposa de colores, así mismo la noche parecía estar aguardando, inmóvil, conteniendo el aliento, la llegada de los espaguetis. Spaghetti alla parmigiana Spaghetti alla napoletana Spaghetti alla prematura Spaghetti al cartoccio Spaghetti al aglio e olio Spaghetti alla carbonara Spaghetti della pina Y luego están los desgraciados espaguetis sin nombre arrojados descuidadamente como sobras dentro del frigorífico. Los espaguetis nacieron dentro del vapor de agua, descendieron el d

declive de 1971 como la corriente de un río y desaparecieron. Lo lamento por ellos. Los espaguetis de 1971. Cuando a las tres y veinte minutos de la tarde sonó el teléfono, yo estaba tumbado sobre el tatami con la vista clavada en el techo. Los rayos de sol invernal formaban una isla de luz justo donde yo estaba tendido. Me había quedado distraídamente tumbado, durante horas, dentro de la luz de diciembre de 1971, como una mosca muerta. Al principio no me pareció que se tratara del timbre del teléfono. Conforme sonaba, fue tomando la forma de timbre hasta que, al final, no me cupo la menor duda. Sonaba un timbre cien por cien real que hacía vibrar un aire cien por cien real. Sin cambiar de posición alargué la mano hacia el auricular. La que llamaba era una chica con una personalidad tan indefinida que parecía que, antes de las cuatro y media de la tarde, fuera a esfumarse en alguna parte. Era la antigua novia de un conocido. Él y esa chica de personalidad indefinida se habían juntado vete a saber por qué y se habían separado vete a saber por qué. Pero la primera vez que se encontraron yo tuve (aunque no muy activamente) algo que ver. —Oye, siento molestarte, pero ¿podrías decirme dónde puedo encontrarlo? —me dijo. Yo contemplé el auricular y seguí el cable con la mirada. Estaba bien conectado al teléfono. Le di una respuesta vaga. En su voz había advertido una resonancia funesta y prefería no verme involucrado en el asunto. Nadie me lo quiere decir —replicó ella con frialdad—. Todo el mundo simula que no lo sabe. Pero es muy importante. Por favor, dímelo. No te ocasionaré ningún problema. Dime. ¿Dónde está? No lo sé, de verdad. Hace mucho que no lo veo —contesté. Me había salido una voz que no parecía la mía. Era cierto que hacía mucho tiempo que no lo veía. Pero conocía su dirección y su número de teléfono. Y yo, cuando mentía, ponía una voz muy extraña. Ella enmudeció. El auricular me pareció de pronto tan frío como una vara de hielo. Todo a mi alrededor se había convertido en una vara de hielo. Igual que en una escena de ciencia ficción de J.G. Ballard. —No lo sé, de verdad —repetí—. Hace tiempo que desapareció sin decir nada. Al otro lado del teléfono ella se rió. —Bromeas, ¿no? No es tan listo como para hacer algo así. Eso lo sé hasta yo. Es incapaz de vivir sin gritarle a alguien. Realmente, tenía razón. El tipo no era tan listo. Pero yo no podía decirle dónde se encontraba. Si llegaba a saber que yo se lo había dicho, el siguiente en llamar sería él. Y yo no tenía ningunas ganas de meterme en berenjenales. Yo, en cierto momento, hice un hoyo en el jardín trasero y lo enterré todo allí. No quería que ahora vinieran los demás a abrirme de nuevo el hoyo. —Lo siento —me disculpé. —Oye, yo a ti te caigo mal, ¿verdad? —me espetó de repente. No supe qué responderle. Yo no sentía por ella ninguna antipatía en especial. En primer lugar, porque no tenía una impresión determinada de ella. Y no puedes tener una mala impresión de una persona que no te produce impresión alguna. —Lo siento —repetí—. Es que ahora tengo los espaguetis al fuego. —¿Ah, sí? —Estoy haciendo espaguetis —mentí. No sé cómo se me ocurrió soltarle eso. Pero esa mentira me pareció muy convincente. Tanto que ni siquiera me dio la sensación de que estuviera mintiendo. Metí un agua imaginaria dentro de la olla, encendí un fuego imaginario con unas cerillas imaginarias. —¿Y entonces qué? —dijo ella. Metí una pizca de sal imaginaria en el agua hirviendo, eché con cuidado un puñado de espaguetis imaginarios dentro y programé a veinte minutos el cronómetro de cocina imaginario. —Ahora no puedo hablar contigo. Se me pegarían los espaguetis. Ella se calló. Lo siento, pero es que hervir espaguetis es una operación muy delicada. Ella calló. En mi mano, el auricular empezó a descender la pendiente la del bajo cero. Precipitadamente, añadí: —¿Podrías llamarme más tarde? —¿Porque tienes los espaguetis al fuego? —Sí, exacto. —Esos espaguetis, ¿los haces para alguien o son para comértelos ? —Para comérmelos yo solo —respondí. tú solo Ella contuvo el aliento. Luego aspiró despacio una bocanada de aire..—Seguro que tú no lo sabes, pero me encuentro en un apuro muy serio. Y no sé qué hacer. —Siento no poder ayudarte —dije. —También es una cuestión de dinero. —¿Ah, sí? —Quiero que me devuelva un dinero —dijo—. Le presté dinero. No tenía que haberlo hecho. Pero no pude evitarlo. Permanecí unos instantes en silencio, pensando en los espaguetis. —Lo siento —repetí. —Pero tienes los espaguetis al fuego. —Sí. Ella se rió sin fuerzas. —Adiós. Y recuerdos a tus espaguetis. Espero que estén buenos. —Adiós —dije yo también. Al colgar, la isla de luz del suelo se había desplazado unos centímetros. Volví a tenderme dentro y alcé los ojos hacia el techo. A mí me parece que es triste pensar eternamente en un puñado de espaguetis que no se van a hervir nunca. Ahora me arrepiento un poco de no haberle dicho a aquella chica lo que quería saber. Total, el tipo no era nada del otro mundo. Un tipo superficial, sin ningún contenido, que se creía un artista. Un su — jeto con mucha labia del que casi nadie se fiaba. Y quizás ella necesitaba el dinero. Además, el dinero que te han prestado sea como sea, tienes que devolverlo. ¿Qué habrá sido de ella? A veces pienso en ello. Por lo general, mientras como espaguetis. ¿Desapareció, realmente, después de colgar, absorbida por las sombras de las cuatro y media de la tarde? ¿Tuve yo, en ese caso, parte de la culpa? Pero quiero que me comprendas. En aquella época, yo no quería mantener ninguna relación con nadie. Justamente por eso iba haciendo yo solo espaguetis un día tras otro. En aquella enorme olla donde habría cabido un perro pastor alemán. Durum semolina. Un trigo dorado que crece en los campos de Italia. Los italianos se habrían quedado estupefactos si hubieran sabido que lo que exportaban en 1971 no era más que soledad.


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo "Estación de la mano" de Julio Cortázar.

miércoles, 29 de julio de 2026

El misterio del cuento inédito que Cortázar ocultó durante décadas

Cuento inédito de Cortázar 

Estación de la mano de Cortázar

A continuación, te presento un cuento inédito de Cortázar. «Estación de la mano» es un relato temprano de Julio Cortázar —firmado inicialmente bajo el seudónimo de Julio Denis—. Publicado originalmente en 1945 en la revista Égloga y revisado más tarde en 1967 para La vuelta al día en ochenta mundos.

Cortázar escribió este cuento para incluirlo en La otra orilla, su primer libro de relatos, pero las editoriales de los años 40 lo rechazaron por su estilo disruptivo. Aunque el texto apareció de forma aislada en una revista local de tiraje muy limitado, el proyecto del libro original quedó guardado en un cajón. Décadas después, al rescatar el relato en 1967, el autor le hizo más de 70 modificaciones; por esta razón, la versión original de los años 40 se mantuvo como un secreto desconocido para la crítica.

Este relato para adultos de Julio Cortázar es un relato extraño y fascinante sobre la soledad, la imaginación y el encuentro con aquello que escapa a toda explicación. Una mano misteriosa comienza a visitar cada tarde la casa de un hombre solitario, entrando poco a poco en su mundo y estableciendo con él una relación tan insólita como íntima. Entre libros, flores, palomas y silencios, ambos construyen una convivencia basada en la libertad y el respeto por el misterio. Pero cuando la necesidad de comprender y controlar lo inexplicable se cruza en su camino, esa armonía comienza a ponerse en peligro. Un cuento lleno de simbolismo que nos invita a preguntarnos si todo aquello que amamos necesita ser comprendido para poder ser real.

Este cuento de Julio Cortázar puedes escucharlo en Youtube y Spotify.  

 

Estación de la mano

Julio Cortázar 

La dejaba entrar por la tarde, abriéndole un poco la hoja de mi ventana que da al jardín, y la mano descendía ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo apoyándose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distraídos, hasta venir a quedar inmóvil sobre el piano, o en el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino.

Amaba yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y de hoja seca. ¿Sabía ella algo de mí? Sin titubear llegaba a la ventana por las tardes, a veces de prisa —con su pequeña sombra que de pronto se proyectaba sobre los papeles— y como urgiendo que le abriese; y otras lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de escalarla, había calado un camino profundo. Las palomas de la casa la conocían bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un arrullar ansioso y sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuecándose para contener los pechos de tiza de los más jóvenes, la pluma áspera de los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca; cuántas veces la encontré al borde de un vaso de cristal, con los dedos levemente mojados en el agua que se complacía y danzaba. Nunca la toqué; comprendía que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de un acaecer misterioso. Y muchos días anduvo la mano por mis cosas, abrió libros y cuadernos, puso su índice —con el cual sin duda leía— sobre mis más bellos poemas y los fue aprobando uno a uno.

El tiempo transcurría. Los sucesos exteriores a los cuales debía mi vida someterse con dolor, principiaron a ondular como curvas que sólo de sesgo me alcanzaban. Descuidé mi aritmética, vi cubrirse de musgo mi más prolijo traje; apenas salía ahora de mi cuarto, a la espera cadenciosa de la mano, atisbando con ansiedad el primer —y más lejano y hundido— roce en la hiedra. 

Le puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre sólo para pensarse. Incité su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces creí que se adornaría con las joyas, pero ella las estudiaba dando vueltas en torno sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y aunque un día llegó a ponerse un anillo de amatista fue sólo por un instante y lo abandonó como si le quemara. Yo me apresuré a esconder las joyas en su ausencia y desde entonces me pareció que estaba más complacida.

Así declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de luces violentas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro ámbito. Todas las tardes volvía la mano, mojada con frecuencia por las lluvias otoñales, y la veía ponerse de espaldas sobre la alfombra, secarse prolijamente uno dedo con otro, a veces con menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de frío su sombra se teñía de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se acurrucaba y apenas bullía, salvo para recibir, displicente, un álbum con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y retorcer. Era incapaz, lo advertí pronto, de estarse largo rato quieta. Un día encontró una artesa de arcilla y se precipitó sobre la novedad; horas y horas modeló la arcilla mientras yo, de espaldas, fingía no preocuparme por su tarea. Naturalmente, modeló una mano. La dejé secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me agradaba. Pero era un error: como a todo artista, a Dg terminó por molestarle la contemplación de esa otra mano rígida y algo convulsa. Al retirarla de la habitación, ella fingió por pudor no haberlo advertido.

Mi interés se tornó bien pronto analítico. Cansado de maravillarme, quise saber; he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura. Surgían las preguntas acerca de mi huésped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama? Imaginé “tests”, tendí lazos, apronté experimentos. Había advertido que la mano, aunque capaz de leer, jamás escribía. Una tarde abrí la ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando entró Dg me marché para dejarla libre de toda timidez. Por la cerradura vi que hacía sus paseos habituales y luego, vacilante, iba hasta el escritorio y tomaba el lapicero. Oí el arañar de la pluma, y después de un tiempo ansioso entré en el cuarto. Sobre el papel, en diagonal y con letra perfilada, Dg había escrito: “Esta resolución anula todas las anteriores hasta nueva orden”. Jamás pude lograr que volviese a escribir.

Transcurrido el periodo de análisis, comencé a querer de veras a Dg. Amaba su manera de mirar las flores de los búcaros, su rotación acompasada en torno a una rosa, aproximando la yema de los dedos hasta rozar los pétalos, y ese modo de ahuecarse para envolver una flor, sin tocarla, acaso su manera de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las páginas de un libro recién comprado, observé que Dg parecía secretamente deseosa de imitarme. Salí entonces a buscar más libros, y pensé que tal vez le agradaría formar su propia biblioteca. Encontré curiosas obras que parecían escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquirí también un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra —su lugar predilecto— Dg lo observó con su cautela acostumbrada. 

Parecía temerosa del puñal, y recién días después se decidió a tocarlo. Yo seguía cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que sólo al alba se marchaba, llevándose las sombras?) principió ella a abrir sus libros y separar las páginas. Pronto se desempeñó con una destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas con gracia centelleante. Terminada la tarea colocaba el cortapapel sobre una repisa —donde había acumulado objetos de su preferencia: lanas, dibujos, fósforos usados, un reloj pulsera, montoncitos de ceniza— y descendía para acostarse de bruces en la alfombra y principiar la lectura. Leía a gran velocidad, rozando las palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la página y parecía como dormida. Noté que mi selección de libros había sido acertada; volvía una y otra vez a ciertas páginas (“Etude de Mains” de Gautier; un lejano poema mío que comienza: “Poder tomar tus manos...”; “le Gant de Crin” de Reverdy) y colocaba hebras de lana para recordarlas. Antes de irse, cuando yo dormía ya en mi diván, encerraba sus volúmenes en un pequeño mueble que a tal propósito le destiné; y nunca hubo nada en desorden al despertar

De esta manera sin razones —plenamente basada en la simplicidad del misterio— convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagación superada, toda sorpresa abolida, ¡qué acaecer total de perfección nos contenía! Nuestra vida, así, era una alabanza sin destino, canto puro y jamás presupuesto. Por mi ventana entraba Dg y con ella el ingreso de lo absolutamente mío, rescatado al fin de la limitación de los parientes y las obligaciones, recíproco en mi voluntad de complacer a aquella que de tal forma me liberaba. Y vivimos así, por un tiempo que no podría contar, hasta que la sanción de lo real vino a incidir en mi flaqueza, ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus cárceles pintadas. Una noche soñé: Dg se había enamorado de mis manos —la izquierda, sin duda, pues ella era diestra— y aprovechaba mi sueño para raptar a la amada cortándola de mi muñeca con el puñal. Me desperté aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar una arma en poder de aquella mano. Busqué a Dg, aún batido por las turbias aguas de la visión; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parecía atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levanté y fui a guardar el puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero después me arrepentí y se lo traje, haciéndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y tenía los dedos entreabiertos en una misteriosa sonrisa de tristeza.

Yo sé que no volverá más. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. ¡Yo sé que no volverá más! ¿Por qué reprochármelo, palomas, clamando allá arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qué afanarse así, rosa de Flandes, si ella no te incluirá ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.

Fuente: Biblioteca ignoria

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo El carrito de César Aira, otro escritor argentino considerado uno de los más destacados y prolíferos escritores latinoamericanos y de la Argentina. 

  

sábado, 25 de julio de 2026

El carrito de César Aira

 

César Aira

A continuación, te presento El carrito de César Aira considerado uno de los más destacados y prolíferos escritores latinoamericanos y de la Argentina. En este relato para adultos, un hombre cree descubrir un fenómeno prodigioso en la rutina de un supermercado: un carrito que se mueve solo, con una voluntad lenta y constante que pasa desapercibida para todos los demás. Lo que comienza como una observación curiosa se convierte en una profunda identificación personal, donde el protagonista proyecta sus propios sentimientos de soledad y su búsqueda de sentido en este objeto inanimado. 

El significado del cuento explora cómo la atención y la imaginación humana pueden transformar lo más vulgar en algo sagrado, pero también nos advierte sobre el peligro de idealizar lo desconocido; es una reflexión sobre la delgada línea que separa la sensibilidad poética de la alienación, sugiriendo que aquello que creemos que nos "entiende" o se parece a nosotros puede guardar una naturaleza completamente distinta a la que soñamos.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

El carrito

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. En nada se lo habría podido distinguir entre los doscientos carritos del supermercado, que era enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El establecimiento era tan grande y laberíntico que ese olvido no habría tenido nada de raro. Si al encontrarlo lo veían avanzar, y si notaban el avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos. Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconsciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más.

Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras,

de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas? Y aun así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con

él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración.

Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

Fuente: Eterna cadencia 

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Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Puñaladas morales de Carmen de Burgos.


martes, 21 de julio de 2026

5 poemas de Margaret Atwood

 

Margaret Atwood

A continuación, te presento cinco poemas de Margaret Atwood. Estos poemas pertenecen al poemario Sinceramente, la edición en español de Dearly (2020). En esta colección, Atwood reúne poemas escritos desde una perspectiva madura e íntima, donde reflexiona sobre el envejecimiento, la pérdida, el amor, la muerte y la crisis medioambiental. Con un lenguaje claro y lleno de imágenes simbólicas, la autora invita al lector a contemplar la fragilidad de la vida y la importancia de preservar tanto los vínculos humanos como el mundo natural.

Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) es una de las escritoras más importantes de la literatura contemporánea. Aunque es conocida internacionalmente por novelas como El cuento de la criada, su trayectoria abarca también la poesía, el ensayo y el relato breve. A lo largo de más de seis décadas de carrera ha explorado temas como la condición humana, el feminismo, el poder, la memoria, el paso del tiempo y la relación entre las personas y la naturaleza.

Estos poemas puedes escucharlos en Carla Narraciones (YouTube y Spotify)


Poemas de Margaret Atwood


La Mujer de Hojalata recibe un masaje

Sobre la sábana de franela

en la postura de un hombre haciendo el muerto,

boca abajo. Las manos descienden,

ignoran la piel,

el xilófono de la columna,

esquivan los bultos y los lóbulos,

se dirigen al tejido profundo,

 

van a las pequeñas bisagras

que crujen como pequeñas ranas;

tañen las cuerdas de tripa

de los tensos tendones magullados.

 

Qué oxidada estoy,

qué cerrada, qué bloqueada.

Como una lata vieja de judías cocidas,

la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.

El movimiento implica dolor.

Qué corroída.

 

¿Quién se quejaba

de no tener cerebro?

Algún espantapájaros de tela.

 

A mí, es el corazón:

ésa es la parte que me falta.

Antes deseaba uno:

un delicado cojín de seda roja

colgando de una cinta de sangre,

perfecto para clavar alfileres.

Pero he cambiado de opinión.

Los corazones duelen.

 

***

 

Traición

 

Cuando te topas con tu amante y tu amiga

desnudos en tu cama

hay cosas que podrían decirse.

 

Adiós no es una de ellas.

Nunca cierres esa puerta torpemente abierta,

se quedarán encerrados en esa habitación para siempre.

 

Pero ¿tenían que estar tan desnudos?

¿Tan poca clase?

¿Revolcándose como en un charco primaveral?

 

Las piernas demasiado largas, las cinturas demasiado gruesas,

las lorzas por aquí y por allá,

los mechones de pelo…

 

Sí, fue una traición,

pero no a ti.

Sólo a la idea que tenías

 

de ellos, con luz suave y mística,

con la nieve cayendo lentamente

y un atardecer malva de diciembre;

 

no ese destello torpe,

esa carne desparramada,

atrapada en el brillo de tu mirada.

 

***

 

Pluma

 

Las plumas cayeron a puñados.

Por el mero viento, la decoloración del sol, la guerra de

lechuzas,

algún asesino con una escopeta,

 

¿quién sabe?

Pero las encontré aquí en el césped:

piel desgarrada no sé de quién;

 

caligrafía de alas destrozadas,

restos de un dios que se derritió

demasiado cerca de la luna.

 

Una vez voló alto,

como todos lo hicimos.

Toda vida es un fracaso

 

en el último momento,

la hora de la sangre seca.

Pero nada, queremos creer,

 

se desperdicia, así que tomé una pluma de la matanza,

afilé y partí el cálamo,

busqué tinta,

 

y dibujé este poema

contigo, pájaro muerto.

Con tu vuelo agotado,

 

con tu pánico desvaneciéndose,

con tu mirada cayendo en espiral,

con tu noche.

 

***

 

¡Oh, niños!

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin pájaros?

¿Habrá grillos donde estéis?

¿Habrá margaritas?

Almejas, por lo menos.

Tal vez ni almejas.

 

Sabemos que habrá olas.

Éstas no necesitan mucha vida.

Una brisa, una tormenta, un ciclón.

Mareas, también. Piedras.

Las piedras son un consuelo.

 

Habrá puestas de sol, mientras haya polvo.

Habrá polvo.

 

¡Oh niños!, ¿creceréis en un mundo sin canciones?

¿Sin pinos, sin musgo?

 

¿Pasaréis la vida en una cueva,

una cueva sellada con una línea de oxígeno,

hasta que haya un corte de luz?

¿Se os quedarán los ojos en blanco como los ojos de clara de huevo

de los peces sin sol?

Allí dentro, ¿qué desearéis?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin hielo?

¿Sin ratones, sin líquenes?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis?

 

***

 

Dentro

 

Desde fuera vemos un marchitamiento,

pero por dentro, como lo sienten

el corazón y el aliento y la piel interior, qué diferente,

qué vasto qué sereno qué parte de todo

qué oscuridad estrellada. Último aliento. Divino

tal vez. Tal vez alivio. Los amantes atrapados

y lacrados dentro de una caverna,

las voces alzadas en un último dueto flotante,

hasta que la pequeña luz de cera

se apaga. En fin, de todos modos

yo te sostuve la mano y tal vez

tú sostuviste la mía

mientras la piedra o el universo se cerraban

a tu alrededor.

Aunque no del mío. Yo sigo estando fuera.

 

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