Cuento para adultos de Cortázar
A continuación,
te presento un cuento para adultos de Cortázar, que puedes escuchar en Spotify
o Youtube.
En
“Las manos que crecen” de Julio Cortázar, un hombre violento vive una
experiencia extraña y perturbadora después de una pelea que parece alterar su
cuerpo y su percepción de la realidad. A medida que avanza por la ciudad, lo
absurdo se mezcla con el miedo y la culpa, creando una sensación de pesadilla
donde lo físico refleja su estado interior. El cuento explora cómo la
agresividad y el orgullo pueden deshumanizarnos, mostrando que cuando actuamos
dominados por la violencia perdemos el control de nosotros mismos; su
significado apunta a que las acciones impulsivas pueden tener consecuencias que
van más allá de lo visible, convirtiendo la culpa y la conciencia en castigos
más inquietantes que cualquier herida externa.
Las manos que crecen
Julio
Cortázar
(Cuento
completo)
Él
no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un
mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele
ocurrir en esta vida.
Plack
avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary
le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que,
a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban
a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el
pecho, en los hombros de Cary.
Bien
de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack
golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta
del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien
cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa
que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le
pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una
masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el
corazón lleno de júbilo.
Por
fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya
tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó
a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que
conducía lejanamente a la calle.
Plack
estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para
admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos
se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de
boxear como cualquiera.
El
corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en
recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las
manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción
física. ¿Las manos…? No existía en el mundo mano comparable a sus manos;
probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a
mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió
profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de
las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba,
marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba
una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba
después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría
a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con
Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a
cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban
todas las manos para cubrir la tarea. Las manos… Pero las suyas sí que habían
estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le
pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.
La
luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de
silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin
significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo.
Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.
Miró
hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
Los
dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el
cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no
lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante
africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.
A
pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de
los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por
la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar
cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños
que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary,
sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno
de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las
uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma
de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las
manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de
tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando
canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
Plack
alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el
suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de
sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba
rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.
El
problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole
una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo,
las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer
pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de
las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.
—Absurdo
—murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.
Trató
de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le
quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró
atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar
derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador,
mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía
en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse;
el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera
que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le
señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño.
De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó
una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio,
calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a
la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la
esquina y tomar en seguida un ómnibus.
En
la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía;
mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un
violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la
misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó
al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían
del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera
acababan de desvanecerse en serie.
Plack
seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras,
de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus.
¿Acaso el tranvía…?
El
tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir
aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y
pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara
sin esperar. Plack no pudo subir.
—Tomaré
un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
Abundaban
los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas. Había un
negro en el volante.
—¡Praderas
verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
—Abre
la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano
derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien.
Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete
al mismo infierno, negro de todos los diablos.
—¡Praderas
verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro
que esas manos son las suyas, señor?
Plack
gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el
piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó.
Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el
brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban
sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una
columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.
—Iré
a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por
Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me
aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo
sueño.
Golpeó
con la frente el cristal delantero.
—Llévame
a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del
doctor September.
Después
se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir
el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó
estar.
El
negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa
corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus
manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.
—Llévame
hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu
mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro,
criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y
adiós.
Se
desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión
racial, acaso, claro está que sin porqués.
Ya
dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack
apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del
consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de
mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el
asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una
sonrisa.
—¿Qué
lo trae por aquí, amigo Plack?
Plack
lo miró con lástima.
—Nada
—repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos,
pedazo de facultativo?
—¡Oh,
oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
Se
puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la
impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las
habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso
fenómeno.
—Muy
raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
—¿A
usted le parece?
—Sí,
es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar
algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto?
Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y
reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo
por él. Un reportaje al hombre de las manos… digamos, de las manos
extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia,
¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.
Plack
escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No,
no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute
esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre
estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto
sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la… Bueno, ellos
vendrán.
—Usted
dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son
las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese
transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la
noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus…
—El
peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a
la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme… ¡Le digo que me opere!
¡¡Opéreme, hombre…, no sea criminal!!… ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le
crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene…; a mí, sí!!!
Lloraba,
y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en
las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en
el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
El
doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a
cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las
manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en
el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en
siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos.
Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de
la anestesia.
Lo
acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol
donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo
por debajo de la mascarilla.
—Korinkus
vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas
alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte…
ya no estarán con usted.
Plack
hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra.
«Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os
destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad
en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la
paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente…
Habían
acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce
y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal
negativa. Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran,
entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no
había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un
mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele
ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle.
Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía
nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse
fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en
las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Lentamente,
tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos
fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante
sobre él.
—¡Dios
mío..! Plack, viejo… Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así…
Plack
no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de
una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además
de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que
se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.
—¿Cómo
estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te… te sientes mejor?
Entonces,
de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado!
«Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado
ese horror de las manos…».
Lanzó
una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo
contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
—¡Oh,
gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me
venciste, pero espera a que me reponga un poco…, te voy a dar una paliza que te
tendrá un año en cama…!
Alzó
los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.
Fuente: Lecturia
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