lunes, 16 de febrero de 2026

Poemas para reencontrarte con la felicidad

 

Poemas para reencontrarte con la felicidad

Lo que se abre ante el lector no es solo un listado de poemas, sino un mapa de introspecciones donde distintas sensibilidades han interrogado la experiencia de sentirse pleno.

La felicidad aparece ahí menos como un objeto que como una construcción interior: una percepción moldeada por la conciencia, el deseo y la memoria. Desde la perspectiva de algunos, surge de la reconciliación con lo inmediato; para otros, se configura en el vínculo afectivo, en la integración con el entorno vivo o en la elaboración de un sentido que otorgue coherencia a la propia existencia.

Estos poemas puedes escucharlo en Spotify y en YouTube. Espero que sean de tu agrado.

Poemas inspiradores

Si yo pudiera morder la tierra toda - Fernando Pessoa

Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.

 

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida - Anne Sexton

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.
Lavé las sábanas.
Tendí las sábanas y las vi
aletear y elevarse como gaviotas.
Cuando estuvieron secas las descolgué
y hundí mi cabeza en ellas.
Todo el oxígeno de la tierra en ellas.
Todos los pies de todo los bebés del mundo en ellas.
Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.
Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.
Todos los juegos de saltar pintados sobre las aceras en ellas.
Todos los caballitos hechos de trapo en ellas.

Así que esto es la felicidad—
ese agente viajero.

 

Defensa de la alegría - Mario Benedetti

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Formularbeginn

Explosión - Delmira Agustini

Si la vida es amor, ¡bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!

Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
Rotas las alas, mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor

En la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

 

Oda al día feliz - Pablo Neruda

Esta vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la tierra
el aire canta como una guitarra.

Tú a mi lado en la arena
eres arena,
tú cantas y eres canto,
el mundo
es hoy mi alma,
canto y arena,
el mundo
es hoy tu boca,
dejadme
en tu boca y en la arena
ser feliz,
ser feliz porque si, porque respiro
y porque tú respiras,
ser feliz porque toco
tu rodilla
y es como si tocara
la piel azul del cielo
y su frescura.

Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz,
contigo, con tu boca,
ser feliz.

 

Vida - Alfonsina Storni

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

El tiempo sigue adelante - Emily Dickinson

El tiempo sigue adelante-
con alegría lo digo a todos los que sufren ahora-
ellos sobrevivirán-
Hay un sol-
Ellos ahora no lo creen-

Bajo el cielo nacido tras la lluvia - Jorge Teillier

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer,
y el ruido de una puerta cerrándose tras la fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa en calma
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros con los cuales forma brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.

Alegría - William Blake

“No poseo nombre: pero nací hace dos días.”
¿Cómo te llamaré?
“Soy feliz.
Me llamo alegría.”
¡Que el dulce júbilo sea contigo!

¡Bonita alegría!
Dulce alegría, de apenas dos días,
te llamo dulce alegría:
así tú sonríes,
mientras yo canto.
¡Que el dulce júbilo sea contigo!


Égloga I (fragmento) - Garcilaso de la Vega

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.

 

Otros poemas

Si te gustan los poemas, te recomiendo Poemas inspiradores de Hermann Hesse.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Dos cuentos breves de Carla Narraciones

 

Cinco años en YouTube

A continuación, te presento dos cuentos breves que he escrito en estos últimos meses, y quiero compartirlos cuando se cumplen cinco años desde que comenzó esta aventura en YouTube. Son relatos que nacen de aprendizajes y también de dudas; historias que hablan de identidad, memoria y búsqueda interior.  

Quiero agradecer especialmente a quienes me escuchan, a quienes leen el blog, a quienes regresan cada semana o descubren el canal por primera vez. Gracias por el tiempo que me regaláis, por cada comentario, por cada mensaje, por sostener este espacio con vuestra presencia.

Estos cuentos existen porque hay alguien al otro lado dispuesto a escucharlos. Podéis encontrarlos en formato audiocuento en Spotify y en YouTube. Espero que os acompañen tanto como a mí me acompañó escribirlos.

Callacuentos

Resumen y significado del cuento

En “Callacuentos”, un hombre que ha vivido de narrar historias enfrenta la disolución de su identidad cuando el mundo cambia y su voz pierde lugar entre el ruido y la inmediatez. Al tambalearse su oficio, comprende que había confundido su esencia con su función, y que el reconocimiento externo sostenía una parte frágil de su ser. El silencio al que se ve empujado no es simple renuncia, sino una búsqueda: se vuelve “callacuentos” porque entiende que debe atravesar el vacío para reencontrar aquello que existía antes de las palabras, antes del rol. El protagonista va en busca de su esencia, de esa verdad interior que no depende de la utilidad ni de la mirada ajena. El cuento sugiere que solo al despojarse de lo que creemos ser podemos acercarnos a lo que verdaderamente somos, y que, a veces, el silencio es la forma más profunda de narración.

 

Los ojos que no parpadean

Resumen y significado del cuento

En “Los ojos que no parpadean”, una mujer que viaja cada día en tren ve su rutina resquebrejada cuando una niña desconocida comienza a mirarla con una intensidad fija e inexpresiva que la descoloca profundamente. Esa presencia silenciosa, que parece surgir cuando baja la guardia, despierta una inquietud que pronto se transforma en una confrontación interior. El cuento sugiere que la niña encarna a la parte vulnerable, olvidada y silenciada por años de resistencia y autocontrol. La mirada que no parpadea es la conciencia que exige ser atendida. El espejo final, en el que la mujer se contempla sin máscaras simboliza el reconocimiento de esa verdad interior: mirarse de frente, aceptar la herida y comprender que solo al permitirnos sentir podemos empezar a sanar.


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo El hombre dormido  de Rosario Ferré. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El hombre dormido de Rosario Ferré

 Rosario Ferré

A continuación, te presento un cuento breve de Rosario Ferré que puedes escuchar también en YouTube o en Spotify.

Resumen del cuento

El hombre dormido de Rosario Ferré narra la obsesión de un artista que, tarde tras tarde, observa y dibuja a un hombre que duerme profundamente. Entre ambos se establece una relación extraña y simbólica: el pintor espera su despertar para enfrentarse a él en un combate que mezcla creación y destrucción, admiración y rabia. Mientras el hombre duerme cada vez más hondamente y su fuerza parece disminuir, el narrador continúa intentando capturarlo en un retrato que ha querido pintar desde la infancia. El relato se mueve en una atmósfera onírica y poética donde el acto de pintar se convierte en una lucha íntima y constante.

Significado del cuento

En El hombre dormido, de Rosario Ferré, el enfrentamiento con el “hombre dormido” puede entenderse como una metáfora compleja que une lo psicológico, lo artístico y lo social. La figura simboliza tanto el conflicto interior del individuo como el peso de la tradición, la autoridad y la herencia cultural interiorizadas  (incluido el poder patriarcal) que condicionan la identidad. La lucha representa así un proceso doloroso pero necesario de confrontación y ruptura: el intento de liberarse de aquello que domina desde dentro para afirmar una voz propia. Desde esta perspectiva, el cuento sugiere que la identidad y la creación surgen del enfrentamiento con esas fuerzas (personales y sociales), y que solo atravesando esa tensión es posible alcanzar autenticidad.

El hombre dormido

Papeles de Pandora
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016) 

      El hombre sigue durmiendo en medio del zumbido luctuoso y brillante de los zánganos, arañado de cuando en cuando por la ira de las avispas como por la punta de una plumilla afilada sobre la plancha de acero. Pero no es así que este hombre debe alcanzar la inmortalidad, no con el odio impersonal del ácido sobre la plancha, no con medidas matemáticas de espacio blanco encasillado en celdas de bordes cortantes y filos delgados de tinta negra sino suavemente, blandamente, manchando, acariciando el cabello de espuma vieja, las manos cruzadas sobre el pecho, la red algodonosa y polvorienta que lo abriga desde hace tanto tiempo. Las losas del piso se van enfriando bajo mis manos que no cesan de dibujar, el hombre siempre duerme. No tengo prisa. Todas las tardes es igual, espero a que se duerma, vengo y me siento cerca de él sin hacer ruido, esparzo mis papeles sobre las losas, atisbo su respiración cada vez más pausada, más reseca. Todas las tardes me siento en este mismo lugar y espero, arranco las raíces de mis pensamientos y las coloco sobre el blanco del papel para verlas agitarse cegadas por la luz. Todas las tardes aguardo que el hombre dormido despierte, espero el combate. Entonces se levanta, su traje de hilo almidonado se derrumba como una montaña de sal, los ojos le saltan fuera como el sol por la boca de la mina, me arrebata las libretas de dibujo, las hace pedazos, las tira por la ventana. Entonces vuelvo a quedarme solo pero ahora consolado, sentado en medio del derrumbe que se va enfriando puedo pintar con más facilidad, cierro los ojos y oigo el clarinete del niño ciego escindir limpiamente los grumos de niebla que se han quedado adheridos a los costados de los montes.

       Yo no comprendo la vida, no la he comprendido nunca. La mancho, la borro con las yemas de los dedos, unjo sus cabellos, paso y repaso mi mano abierta sobre su cabeza angustiada, siento la tibieza de sus sienes y el arrebato que la sacude cuando se me escapa, dejándome las manos vacías. Han pasado muchos años y hoy comencé por fin el cuadro que he estado pintando desde niño, el retrato del hombre dormido. Quizá sea el cuadro más difícil que tenga que pintar, quizá nunca llegue a pintarlo. Me ha empujado a hacerlo un deseo extraño de sentir lástima, de que llueva, de que por fin empiece a llover. He pintado mucho desde que me fui de la casa y dejé atrás el huerto de árboles injertados y la escalera de hiedra. Antes de pintar cada uno de mis cuadros he pensado en el hombre dormido, en su despertar, en el combate. Últimamente he notado que duerme más profundamente. Cada vez se le hace más difícil despertar. He notado que su ira ha ido menguando, ya no me acomete con la misma agresividad de antes, con todo y contra todo, los ojos saltando fuera por la boca de la mina, que lo hacía estremecerse de indignación, sacudir desafiante la enredadera quebradiza de sus huesos frente a mi cara obstinada. Poco a poco lo ha ido cubriendo el polvo, se han congelado las telarañas que le empañaban los ojos, por las noches se encoje y arrulla a sí mismo en un rincón. Sólo yo puedo ahora tratar de que no muera, obligarlo a que resista, hacer al menos que perezca resistiendo, en retribución por la lealtad de un combate diario.

       Me le enfrento ahora pincel en mano. Está profundamente dormido, con la cabeza apoyada en el codo. Los filodendros alargan hacia él sus tentáculos por la ventana abierta, las espadas sangrientas de las bromelias se desbordan por encima del marco y resquebrajan el hilo reseco de su traje, la espuma inmóvil del tiempo. Comienzo a manchar y a borrar, el abismo se abre de nuevo entre nosotros. Pero estamos habituados al combate. Trabamos lucha cuerpo a cuerpo, sin miedo, como siempre. De mi pincel van saliendo los grumos de niebla, los contornos torturados, el gesto de su rostro entregado. Una mujer con el cabello espeso de agua se ha sentado junto a él y ha tomado su cabeza entre los brazos.


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos te recomiendo cuento con valores y sabiduría de AdelaZamudio. 

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio

 

Adela Zamudio

A continuación, te presento tres cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

En “La conciencia”, un personaje que ha cometido una falta intenta aliviar su culpa examinando solo los argumentos que la justifican, hasta convencerse de que su acción no fue tan grave. La historia revela cómo el ser humano puede deformar su propia percepción moral para evitar el remordimiento, enseñando que la verdadera sabiduría exige honestidad interior y valentía para reconocer los propios errores.

 

En “El diamante”, una piedra preciosa desprecia a sus hermanos por considerarlos inferiores, pero estos le recuerdan que su valor radica en la utilidad y el servicio que prestan a la humanidad. El relato subraya que el brillo externo y el lujo no equivalen a verdadera grandeza, y que la dignidad auténtica se encuentra en la humildad y en contribuir al bien común.

Tres cuentos completos de Adela Zamudio

La razón y la fuerza


La razón y la fuerza se presentaron un día ante el tribunal de la Justicia a resolver un reñido litigio. La Justicia se declaró en favor de la Razón. La Fuerza alegó sus glorias que llenan la historia y su innegable preponderancia universal en todas las épocas; pero la Justicia se mostró inflexible. —Tus triunfos no significan para mí más que barbarie; solo sentenciaré a tu favor cuando te halles de acuerdo con la Razón— le dijo. Las dos litigantes se retiraron, cada cual por su lado, y en el camino, la Fuerza se encontró con la Hipocresía y le contó el fracaso que acababa de sufrir. —Has declarado tus ambiciones con demasiada franqueza— díjole esta. —Si te hubieses revestido de los atributos de tu enemiga, el resultado hubiera sido distinto. La Fuerza aprovechó el consejo: Aguardó a que la Razón estuviese dormida o descuidada, le robó sus vestiduras, se disfrazó con ellas, y adoptando sus maneras y lenguaje, se presentó a la Justicia con su memorial en la mano. —Leedlo, señora, —le dijo—. Todo lo que pido es en nombre de la Patria, de la Humanidad, de la Religión. La justicia que es algo cegatona, se colocó los anteojos, puso su visto bueno al documento y le imprimió el sello augusto de su ministerio.

La Fuerza se fue en busca de la Hipocresía. —Eres hábil, —le dijo—, y me conviene tomarte a mi servicio; pero la vileza repugnante de tu aspecto podría perjudicarme. Es necesario que cambies de traje. La Hipocresía se dirigió a casa de la Prudencia. —Vecina, —dijo—, hágame el favor de prestarme uno de sus trajes, el más decente. Me propongo una loable empresa.

La Prudencia mantiene su lámpara encendida y goza de muy buena vista, pero el papel había estado tan bien representado que se engañó: Creyó en las buenas intenciones de aquella vecina y le confió un traje de diplomático. Desde entonces, cuando la Fuerza no puede realizar por sí sola alguna de sus hazañas, se asocia a la Hipocresía y casi siempre logra triunfar.

La conciencia

Acababa de cometer un crimen, y horrorizada llamé en mi auxilio a la religión. Con ademán solemne, la religión puso en mis manos una moneda, cuyas dos caras representaban mis buenas y malas acciones. Emprendí la subida por un sendero escarpado que se elevaba al cielo, y al avanzar, examiné la moneda. Desde luego, hallé pintada en ella, con vivo colorido, toda la fealdad odiosa y repugnante de mi mala acción. Rápida, instintivamente, volquéla al punto, y en el reverso, traté de descubrir, con trabajo, algunas sutiles circunstancias que atenuaban mi culpa. Así marché examinando alternativamente, las dos caras opuestas de la moneda. Mas, como siempre que fijaba mis ojos en el mal lado, sentía la punzada insufrible del remordimiento, di en examinar con más frecuencia el lado bueno, en el cual fui descubriendo multitud de razones y circunstancias, cada vez más marcadas, que, no solamente disculpaban, sino que justificaban aquella acción. Y sucedió que cuando más examinaba el lado bueno, los caracteres fuertemente grabados en el mal lado fueron debilitándose poco a poco, hasta quedar casi borrados. Cuando llegué a la cumbre de aquel sendero, me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas culpas, más no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis ojos, en una acción laudable.

El diamante

El Diamante dijo un día a sus hermanos: –No pueden alabar nuestro común origen, son mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones, les harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar frentes de sus soberanos. La negrura de ustedes y fetidez les denuncian, están mezclados con sustancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan solo me acompañan el oro, la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza mares y desciende a los abismos. –Nosotros nos hallamos allá donde podemos serles útiles–dijo la Hulla–; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades domésticas. –Son despedazados por el hacha y luego cruje bajo su planta, continuó el Diamante. Aprendan de mí; soy el más duro de los cuerpos de la Naturaleza, ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes. –Eres duro, pero frágil– observó el Grafito a media voz. –¡El plebeyo cristal se enorgullece de semejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas mujeres sonríen satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo más que la vida.

 –Si, tú fomentas la vanidad femenina, no lo negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo tiempo, fue el cáncer de la sociedad. Por ti son sacrificados honra e inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores que se resuelven crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo? ¡Cuéntanos! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo, porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien. –Mi aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las callejuelas más apartadas; fui el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una lámpara! Aunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la humanidad. –Allá donde falta Hulla yo acudo a reemplazarla– dijo la Turba. –Yo purifico el vino y los jarabes– agregó modestamente el Carbón animal. –La quimera moderna, –continuó el Grafito–, ha desmentido tu decantada fortaleza; se te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos! El Diamante no tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron las espaldas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo Trenzador de Ricardo Güiraldes.

viernes, 6 de febrero de 2026

Cuento breve de Ricardo Güiraldes

 

Ricardo Güiraldes

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos cortos para adultos de Ricardo Güiraldes, destacado escritor y poeta argentino. Este cuento breve para adultos también puedes escucharlo en formato audiocuento en Spotify y en video en YouTube.

En “Trenzador”, Ricardo Güiraldes narra la vida de Núñez, un artesano excepcional que consagra su existencia al arte de trenzar cuero con una dedicación casi sagrada. Desde sus aprendizajes humildes hasta alcanzar una maestría admirada por todos, su talento lo lleva a la fama y al reconocimiento, pero también lo aparta silenciosamente de algo más íntimo y personal. Sin revelar el desenlace, el cuento explora la figura del artista que vive para su obra y cuya identidad se confunde con su oficio. Su significado apunta a la tensión entre el éxito exterior y la fidelidad a la creación más profunda: el arte como destino absoluto, como pasión que da sentido a la vida pero que también la consume, y como misterio final que ni la gloria ni el tiempo logran descifrar del todo.

 

Trenzador 

[Cuento - Texto completo.] 

Núñez trenzó, como hizo música Bach, pintura Goya, versos el Dante. Su organización de genio le encauzó en senda fija y vivió con la única preocupación de su arte. Sufrió la eterna tragedia del grande. Engendró y parió en el dolor según la orden divina. Dejó a sus discípulos, con el ejemplo, mil modos de realizarse, y se fue, atesorando un secreto que sus más instruídos profetas no han sabido aclarar. Fueron para el comienzo los botones tiocos del viejo Nicasio, que escupía los tientos hasta hacerlos escurridizos. Luego otras, las enseñanzas de saber más complejo. Núñez miraba, sin una pregunta, asimilando con facilidad voraz los diferentes modos, mientras la Babel del innovador trepaba sobre sí misma, independientemente de lo enseñable. Una vez adquirida la técnica necesaria, quiso hacer materia de su sueño. Para eso se encerró en los momentos ociosos y en el secreto del cuarto, mientras los otros sesteaban, comenzó un trabajo complicado de trenzas y botones que vencía con simplicidad. Era un bozal a su manera, dificultoso en su diafanidad de ñandutí. A los motivos habituales de decoración, uniría inspiraciones personales de árboles y animales varios. Iba despacio, debido al tiempo que requería la preparación de los tientos, finos como cerda, a la escasez de los ratos libres, a las pullas de los compañeros, que trataba de eludir como espuela enconosa, llevadera a malos desenlaces. ¿Qué haría Núñez, tan a menudo encerrado en su cuarto? Esa curiosidad del peonaje llegó al patrón, que quiso saber. Entró de sorpresa, encontrando a Núñez tan absorbido en un entrevero de lonjas, que pudo retirarse sin ser sentido. Al concluir la siesta, mandole llamar, encargándole, irónicamente, compusiera unas riendas en las cuales tenía que echar cuatro botones, sobre el modelo inimitable de un trenzador muerto. Al día siguiente estaba la orden cumplida. La obra antigua parecía de aprendiz. Fue un advenimiento. Así como un pedazo de grasa se extiende sobre la sartén caldeada, corrió la fama de Núñez. Los encargos se amontonaron. El hombre tuvo que dejar su labor para atender pedidos. Todos sus días, a partir de entonces, fueron atosigados de trabajo, no teniendo un momento para mirar hacia atrás y arrepentirse o alegrarse del cambio impuesto. Meses más tarde, para responder a las exigencias de su clientela, mudose al pueblo, donde mantuvo una casa suficiente a sus necesidades de obrero. Perfeccionábase, malgrado lo cual una sombra de tristeza parecía empañar su gloria. Nunca fue nadie más admirado. Decíanlo capaz de trenzar un poncho tan fino, tan flexible y sobado como la más preciada vicuña. Remataba botones con perfección que hacía temer brujería; ingería costuras invisibles; le nombraban como rebenquero. La maceta de sobar era parte de su puño; el cuchillo, prolongación de sus dedos hábiles. Entre el filo y el pulgar salían los tientos, que se enrulaban al separarse de la hoja. Aleznas de diferentes tamaños y formas asentaban sus cabos en el hueco de la mano como en nicho habitual. Humedecía los tientos, haciéndolos patinar entre sus labios; después corríalos contra el lomo del cuchillo, hasta dejarlos dúctiles e inquebrables. Corre también que poseyó una curiosa yegua tobiana. Cada año le daba un potrillo obscuro y otro palomo. Núñez los degollaba a los tres meses para lonjearlos, combinando luego blancos y negros en sabias e inconcluibles variaciones nunca repetidas. Durante cuarenta años, puso el suficiente talento para concluir lo acordado con el cliente. Hizo plata, mucha plata; lo mimaron los ricachos del partido, pero hubo siempre una cerrazón en su mirada. Viejo ya, la vista le flaqueaba a ratos, y no alcanzó a trabajar más de cuatro horas al día. Cuando insistía sobre el cansancio, las trenzas salían desparejas. Entonces fue cuando Núñez dejó el oficio. El pobre, casi decrépito, pudo al fin disponer libremente de su vida. No quería para nada tocar una lonja, y evitaba las conversaciones sobre su oficio, hasta que, de pronto, pareció recaer en niñez. Le tomó ese mal un día que, por acomodar un ropero, dio con el bozal que empezara en sus mocedades. El viejo, desde ese momento, perdió la cabeza; abrazó las guascas enmohecidas, y olvidando su promesa de no trenzar más, recomenzó la obra abandonada cincuenta años antes, sin dejarla un minuto, en detrimento de sus ojos gastados y de su cuerpo, cuya postura encorvada le acalambraba. Cada vez más doblado, en la atención fatal de aquel trabajo, murió don Crisanto Núñez. Cuando lo encontraron duro y amontonado sobre sí mismo, como peludo, fue imposible arrancarle el bozal que atenazaba contra el pecho con garras de hueso. Con él tuvieron que acostarlo en el lecho de muerte. Los amigos, la familia, los admiradores, cayeron al velorio, y se comentó aquella actitud desesperada con que oprimía el trabajo inconcluso. Alguien, asegurando era su mejor obra, propuso cortarle al viejo los dedos para no enterrarle con aquella maravilla. Todos le miraron con enojo: ¡cortar los dedos a Núñez, los divinos dedos de Núñez! Un recuerdo curioso e indescifrable queda del gesto de zozobra con que el viejo oprimía lo que fue su primera y última obra. ¿Era por no dejar algo que consideraba malo? ¿Era por cariño? ¿O simplemente por un pudor de artista, que entierra con él la más personal de sus creaciones?

Fuente: Ciudad Seva

 

Otros cuentos para adultos

Si te gustan los cuentos breves, te recomiendo El fin de Borges.

martes, 3 de febrero de 2026

El fin, un cuento breve para adultos de Borges

 

El fin de Borges

A continuación, te presento: El fin, un cuento breve para adultos de Borges, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en Youtube.

En “El fin”, Borges sitúa la acción en una pulpería perdida en la llanura, donde un hombre paralizado presencia la llegada de un forastero que viene a encontrarse con otro, unidos por un pasado que pesa más que sus palabras. El relato avanza con sobriedad, en diálogos breves y tensos, mientras el paisaje abierto y casi abstracto amplifica la sensación de fatalidad. Sin revelar el desenlace, el cuento sugiere que los personajes no actúan con plena libertad, sino que obedecen a una lógica anterior a ellos, como si repitieran un gesto ya inscrito en la historia. Su significado apunta a la idea borgiana del destino y de la identidad como algo que se cumple más que se elige: el verdadero “fin” no es solo el cierre de un duelo, sino la consumación de un papel que parecía inevitable.

 

El fin

(Cuento completo de Jorge Luis Borges)

         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…

         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.

         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:

         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

         El otro, con voz áspera, replicó:

         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.

         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:

         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

         El otro explicó sin apuro:

         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.

         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.

         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.

         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.

         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:

         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.

         El negro, como si no lo oyera, observó:

         —Con el otoño se van acortando los días.

         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.

         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:

         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:

         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.

         El otro contestó con seriedad:

         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.

         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:

         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.

         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.

         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

 

Fuente: Literatura.us

 

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sábado, 31 de enero de 2026

Cuento breve de Amado Nervo

 

Amado Nervo

A continuación, te presento “La gota de agua que no quería perder su «individualidad»”, de Amado Nervo, que también puedes escuchar en formato de audiocuento en Spotify o ver en video en YouTube.

 

En este cuento, una gota de agua que ha pasado la noche sobre el pétalo de una rosa disfruta de su belleza y de cómo refleja la luz y los colores del mundo, sintiéndose única y valiosa en su pequeña existencia. Cuando el sol comienza a calentarla, la gota percibe que está a punto de evaporarse y suplica no desaparecer, pues teme perder su “individualidad”, es decir, su identidad como gota concreta y distinta. Sin revelar el desenlace, el relato utiliza esta escena sencilla y poética para reflexionar sobre el miedo al cambio y a la disolución del yo, mostrando cómo la resistencia a formar parte de algo más grande —el ciclo natural— simboliza el temor humano a dejar de ser lo que creemos que somos.


La gota de agua que no quería perder su «individualidad»

Cuento completo de Amado Nervo

Por la noche, en el verano, a partir de las doce pueden regarse los tiestos. Se supone que a las doce —y se supone mal— nadie pasará ya bajo los balcones enmacetados de Madrid; pero si pasa, y es abrupto en riego helado cae sobre su cabeza, ni tiene derecho a quejarse, ni vale la pena, porque el agua, aun así, es bienvenida en pleno agosto. Las flores, “por su parte”, es indecible lo que gozan con ese riego nocturno, cuya frescura se perpetúa, sobre todo en los balcones de Luis, que miran al Poniente, hasta bien entrada la mañana. El otro día, a las doce, sobre el pétalo aterciopelado de una rosa, como sobre la tela de un estuche, radiaba aún una gruesa gota de agua. Había pasado allí buena parte de la noche, fresca por excepción, dejándose penetrar por la luna. Un viento suave la balanceaba en su hamaca olorosa de seda. Pero avanzaba la mañana. El dios trasponía ya el meridiano, y una saeta de oro del arquero divino hirió en pleno corazón a la gota, tocándola en chispa maravillosa. Luis, que de antaño comprende el lenguaje del agua, como el sultán Mahmoud comprendía a los pájaros, oyó quejarse a la gota, la cual decía entre suaves quejumbres: —Tengo miedo, ¡ay!, tengo miedo. Siento que empiezo a evaporarme... ¡Oh sol, no me beses, por Dios! Tus besos hacen un espantoso daño. Me penetran toda, me abrasan, me disgregan... Yo no quiero deshacerme, no quiero volatilizarme... ¡No quiero perder mi individualidad!... ¿Entiendes, oh sol? No quiero perder mi individualidad. «Yo reflejo e mi modo la naturaleza. Soy un pequeño ojo cristalino, muy abierto, que la ve, que la admira desde este nido de terciopelo, desde esta cuna suave y bienoliente. Llevo ya muchas horas divinas de vida harmoniosa. Durante buena parte de la noche he reflejado la luna. He sido, ya una perla, un zafiro místico, ya una turquesa celeste. Después, la bóveda se ha pintado de un amarillo suave, y yo me he vuelto topacio. A poco el cielo se tiñó de rosa, y he sido rubí. Ahora soy diamante. Y cuando las hojas del rosal se miran en mi espejo para contemplar su traje nuevo, recién cortado en punta, me convierto en esmeralda

»No me beses, ¡oh sol! No sabes besar: haces mucho daño. No eres como la luna. Ella sí que sabía besar blandamente: al fin, mujer. Tú te pareces a un hombre sanguíneo, tosco y premioso. »¡Ay!, siento que me deshago, que me desvanezco, que me pierdo... »Sí, comprendo que eso de la transparencia absoluta es una cosa muy buena; que ser parte de la atmósfera húmeda es cosa muy conveniente; que flotar, volar, es cosa muy apetecible. Comprendo también que un poco de frío puede condensar mi humedad, y entonces ser yo parte mínima de una nube de esas que he visto pasar por la mañana y que parecen cuentos y milagros... Todo eso, sin duda, es bueno. Pero yo dejaría de ser gota, de ser gotita diáfana y temblorosa que soy: esta gotita acurrucada en el pétalo de una rosa, ¡y no quiero perder mi individualidad! »¡Ay! ¡Ay!, que daño me haces..., ¡oh sol! Ya no me beses, ya no me be...ses. Yo soy u...na gotita... de agua..., una lu...mi...no...sa go...tita de agua... sobre un rosa..., sobre una ro...» Estas fueron las últimas palabras de la gotita trémula que brillaba sobre el pétalo de una rosa en el balcón de Luis. El sol, brutal y sordo como la muerte, había hecho su obra.

 

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