Gabriela Mistral
La escritora chilena Gabriela Mistral nos invita a reflexionar sobre la vida y el comportamiento humano a través de relatos breves en los que la naturaleza se convierte en protagonista. La charca, La raíz del rosal y Por qué las rosas tienen espinas son tres historias que transmiten enseñanzas sobre la esperanza, la humildad, la belleza y la necesidad de proteger aquello que valoramos.
Estos
relatos forman parte de Desolación, obra publicada en Nueva York en 1922 por el
Instituto de las Españas. Allí fueron incluidos en la sección «Prosa escolar –
Cuentos escolares», dedicada a textos que combinan la sensibilidad literaria
con una intención reflexiva y educativa.
Tres cuentos de Gabriela Mistral y sus moralejas
Estos textos presentan características de la fábula y la leyenda: los elementos de la naturaleza adquieren cualidades humanas y participan en situaciones que nos llevan a pensar sobre nuestra propia conducta.
En La charca, Gabriela Mistral cuenta la historia de una charca oscura que, al recibir la luz del sol, se transforma en un lugar lleno de belleza antes de evaporarse. El relato simboliza la esperanza y el poder transformador de las oportunidades.
- Moraleja: Incluso en la oscuridad más
profunda, una oportunidad puede transformarlo todo.
En La raíz del rosal, un hilo de agua se burla de una raíz por su
apariencia, hasta que descubre que gracias a su esfuerzo crecen hermosas rosas.
La historia nos enseña a no juzgar por las apariencias y a valorar el trabajo
silencioso.
- Moraleja: No juzgues por las
apariencias; la verdadera belleza puede estar oculta.
Por último, Por qué las rosas tienen espinas narra cómo Dios protege las rosas del maltrato humano concediéndoles espinas. Este cuento nos invita a reflexionar sobre la ingratitud y la necesidad de proteger la bondad frente al abuso. Protegerse no significa perder la bondad, sino comprender que no podemos seguir entregándonos a quienes nos hacen daño.
- Moraleja: La bondad también necesita
protección cuando otros abusan de ella.
A
través de estas tres historias, Gabriela Mistral nos recuerda la importancia de
la esperanza, la humildad y el respeto hacia aquello que nos rodea.
Una invitación a reflexionar
Leer a Gabriela Mistral es descubrir que, a veces, las enseñanzas más profundas se encuentran en las cosas más pequeñas de la naturaleza. También puedes escuchar estos relatos breves de Gabriela Mistral en YouTube y Spotify.
Relatos de Gabriela Mistral
LA
CHARCA
Era
una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro: las hojas
del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más
negros que los de otras pozas. En los bordes, ni una brizna verde.
El
árbol vecino y unas grandes piedras la rodeaban de tal modo, que el sol no la
miró nunca ni ella supo de él en su vida.
Mas,
un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros
en busca de las grandes piedras.
Fué
eso en un crepúsculo. Al día siguiente, el primer rayo cayó sobre la copa del
árbol y se deslizó hacia la charca.
Hundió
el rayo en ella su dedo de oro, y el agua, negra como un betún, se aclaró: fué
rosada, fué violeta, tuvo todos los colores: ¡un ópalo maravilloso!
Primero,
un asombro, casi un estupor, al traspasarla la flecha luminosa; luego, un
placer desconocido mirándose transfigurada; después... el éxtasis, la callada
adoración de la presencia divina descendida hacia ella.
Los
vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su
morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la contemplación de la
placa áurea que tenían por cielo.
Así,
la mañana, el medio día, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño
del nido, sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se
realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una
cosa insólita.
Y
al descender el sol, vieron una cosa más insólita aún.
La
caricia cálida fué, durante todo el día, absorbiendo el agua impura lenta,
insensiblemente. Con el último rayo, subió la última gota. El hueco gredoso
quedó abierto, como la órbita de un gran ojo vaciado.
Cuando
el árbol y el pájaro vieron correr por el cielo una nube flexible y algodonosa,
nunca hubieran creído que esa gala del aire fuera su camarada, la charca de
vientre impuro.
.
. . . . . . . .
Para
las demás charcas de aquí abajo, ¿no hay obreros providenciales que quiten las
piedras ocultadoras del sol?
LA
RAIZ DEL ROSAL
Bajo
la tierra como sobre ella, hay una vida, un conjunto de seres, que trabajan y
luchan, que aman y odian.
Viven
allí los gusanos más oscuros, y son como cordones negros; las raíces de las
plantas, y los hilos de agua subterráneos, prolongados como un lino palpitador.
Dicen
que hay otros aún: los gnomos, no más altos que una vara de nardo, barbudos y
regocijados.
He
aquí lo que hablaron cierto día al encontrarse, un hilo de agua y una raíz de
rosal:
—Vecina
raíz, nunca vieron mis ojos nada tan feo como tú. Cualquiera diría que un mono
plantó su larga cola en la tierra y se fué dejándola. Parece que quisiste ser
una lombriz, pero no alcanzaste su movimiento en curvas graciosas, y sólo le
has aprendido a beberme mi leche azul. Cuando paso tocándote, me la reduces a
la mitad. Feísima, dime, ¿qué haces con ella?
Y
la raíz humilde respondió:
—Verdad,
hermano hilo de agua, que debo aparecer ingrata a tus ojos. El contacto largo
con la tierra me ha hecho parda, y la labor excesiva me ha deformado, como
deforma los brazos al obrero. También yo soy una obrera; trabajo para la bella
prolongación de mi cuerpo que mira al sol. Es a ella a quien envío la leche
azul que te bebo; para mantenerla fresca, cuando tú te apartas, voy a buscar
los jugos vitales lejos. Hermano hilo de agua, sacarás cualquier día tus platas
al sol. Busca entonces la criatura de belleza que soy bajo la luz.
El
hilo de agua, incrédulo, pero prudente, calló, resignado a la espera.
Cuando
su cuerpo palpitador, ya más crecido, salió a la luz, su primer cuidado fué
buscar aquella prolongación de que la raíz hablara.
Y
¡oh Dios! lo que sus ojos vieron.
Primavera
reinaba, espléndida, y en el sitio mismo en que la raíz se hundía, una forma
rosada, graciosa, engalanaba la tierra.
Se
fatigaban las ramas con una carga de cabecitas rosadas, que hacían el aire
aromoso y lleno de secreto encanto.
Y
el arroyo se fué, meditando por la pradera en flor:
—¡Oh,
Dios! ¡Cómo lo que abajo era hilacha áspera y parda, se torna arriba seda
rosada! ¡Oh, Dios! ¡Cómo hay fealdades que son prolongaciones de belleza!...
POR
QUE LAS ROSAS TIENEN ESPINAS
Ha
pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio
fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se las colocara.
Nadie
creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje, hayan sido hechas
para embellecer los caminos.
Y
fué así, sin embargo.
Había
andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al
volver al cielo se le oyó decir:
—¡Son
muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto
por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se
quejaban las bestias en su ingrato lenguaje y los hombres blasfemaban. ¡Además,
qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!
Y
los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre
va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas, si mercader; con
el alma extasiada, si peregrino.
Bueno
será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas:
sombra y motivos de alegría.
E
hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos,
que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de
las pardas murallas.
Eran
los rosales, por aquel tiempo, pomposos y abarcadores; el cultivo, y la
reproducción, repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.
Y
los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile
de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias
bajo los frescos sauces.
Su
sonrisa fué emoción, al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de
manchas rojas, blancas y amarillas, que eran gasa viva, carne perfumada. Las
bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la
paz del campo, cantos de un extraño misticismo, por el prodigio.
Pero
sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para
su alegría y confiadas a su amor.
La
altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce, no tenían atractivo;
en cambio, las rosas sí que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e
indefensas como una niña en la montaña.
Al
mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con
tres o cuatro rosas heridas.
Las
rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fué llevada al Señor.
Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola.
—Ingratos
son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco
tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.
Quisimos
ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola
ampliamente, para dar más aroma; fatigábamos los tallos, a fuerza de chuparles
savia, para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fué fatal.
Pasó
un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el
truhán:
“Parecen
un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos.”
Y
nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.
Tras
él venía un labriego. Abrió los ojos asombrado, gritando:
“¡Prodigio!
La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja
alegre!”
Y
luego:
“Para
la añuca y su muñeca.”
Y
sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.
Pasó
un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.
Exclamó:
“¡Alabado
sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!”
Y
se llevó nuestra más bella hermana.
Pasó
un pilluelo.
“¡Qué
comodidad!—dijo.—¡Flores en el caminito mismo!”
Y
se alejó con una brazada, cantando por el sendero.
Señor,
la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes:
nosotras habremos desaparecido.
—¿Y
qué queréis?
—¡Defensa!
Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes
realizar en nosotras.
Sonrió
con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y
benévola, y repuso:
—¡Sea!
Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner
en mis hechuras hostilidad y daño, ya que abusan de las criaturas dulces.
En
los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos
agudos: las espinas.
Y
el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de
su creación.
Fuente:
Wikisource
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