sábado, 7 de marzo de 2026

Las manos que crecen de Julio Cortázar

 

Cuento para adultos de Cortázar

A continuación, te presento un cuento para adultos de Cortázar, que puedes escuchar en Spotify o Youtube.

En “Las manos que crecen” de Julio Cortázar, un hombre violento vive una experiencia extraña y perturbadora después de una pelea que parece alterar su cuerpo y su percepción de la realidad. A medida que avanza por la ciudad, lo absurdo se mezcla con el miedo y la culpa, creando una sensación de pesadilla donde lo físico refleja su estado interior. El cuento explora cómo la agresividad y el orgullo pueden deshumanizarnos, mostrando que cuando actuamos dominados por la violencia perdemos el control de nosotros mismos; su significado apunta a que las acciones impulsivas pueden tener consecuencias que van más allá de lo visible, convirtiendo la culpa y la conciencia en castigos más inquietantes que cualquier herida externa.

Las manos que crecen

Julio Cortázar
(Cuento completo)

Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida.

Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.

Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.

Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:

—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.

Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.

Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.

El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos…? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.

Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos… Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.

La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.

Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.

Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.

A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.

Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.

El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.

—Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.

Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.

En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.

Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía…?

El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.

—Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.

Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas. Había un negro en el volante.

—¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!

—Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.

—¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?

Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.

—Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.

Golpeó con la frente el cristal delantero.

—Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.

Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.

El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.

—Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.

Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.

Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.

—¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack?

Plack lo miró con lástima.

—Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?

—¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!

Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.

—Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.

—¿A usted le parece?

—Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos… digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.

Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.

—No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la… Bueno, ellos vendrán.

—Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus…

—El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme… ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre…, no sea criminal!!… ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene…; a mí, sí!!!

Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.

El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.

Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.

—Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte… ya no estarán con usted.

Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente…

Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa. Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.

Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.

—¡Dios mío..! Plack, viejo… Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así…

Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.

—¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te… te sientes mejor?

Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos…».

Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.

—¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco…, te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama…!

Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.

Fuente: Lecturia

 

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jueves, 5 de marzo de 2026

Un relato para adultos de René Marqués

 Cuento  puertorriqueño

A continuación, te presento un cuento para adultos de René Marqués, reconocido autor puertorriqueño de la llamada Generación del 50. Destacado por sus cuentos y obras teatrales, también cultivó la novela, el ensayo, el periodismo y el guion cinematográfico. Este relato también puedes escucharlo en formato audiocuento en Spotify o YouTube.

En Tres hombres junto al río, tres indígenas permanecen en vigilia ante el cuerpo de un conquistador al que han dado muerte, decididos a comprobar si los “dioses” blancos realmente poseen el poder de resucitar como proclaman. En una atmósfera intensa y simbólica, la espera se transforma en un acto de desafío espiritual. El cuento reflexiona sobre el miedo como instrumento de dominación y sobre el instante decisivo en que un pueblo rompe el hechizo de la opresión: cuando comprende que quienes parecían dioses son mortales, y que la libertad comienza al vencer el temor que los hacía invencibles.

Tres hombres junto al río

[Cuento completo]

Mataréis al Dios del Miedo, y solo entonces seréis libres.

R. M.

 

Vio la hormiga titubear un instante y al fin subir decidida por el lóbulo y desaparecer luego en el oído del hombre. Como si hubiesen percibido el alerta de un fotuto, para él inaudible, las otras emprendieron la misma ruta, sin vacilar siquiera, invadiendo la oreja de un color tan absurdamente pálido.

Observaba en cuclillas, como un cacique en su dujo, inmóvil, con la misma inexpresividad de un cemí que hubiesen tallado en tronco de guayacán en vez de labrado en piedra. Seguía sin pestañear la invasión de los insectos en la oreja del hombre. No experimentaba ansiedad, ni alegría, ni odio. Observaba, sencillamente. Un fenómeno ajeno a él, fatal, inexorable.

El crepúsculo teñía de achiote el azul del cielo sobre aquel claro junto al río. Pero las sombras empezaban a alongarse en el bosque cercano. Toda voz humana callaba ante el misterio. Solo las higuacas en la espesura ponían una nota discordante en el monótono areyto del coquí.

Alzó la vista y vio a sus dos compañeros. En cuclillas también, inmóviles como él, observando al hombre cuya piel tenía ese color absurdo del casabe. Pensó que la espera había sido larga. Dos veces el sol se había alzado sobre la Tierra del Altivo Señor y otras tantas la había abandonado. Sintió una gran gratitud hacia ellos. No por el valor demostrado. Ni siquiera por la paciencia en la espera, sino por compartir su fe en el acto sacrílego.

Tenía sed, pero no quiso mirar hacia el río. El rumor de las aguas poseía ahora un sentido nuevo: voz agónica de un dios que musitara cosas de muerte. No pudo menos que estremecerse. El frío baja ya de la montaña. Pero en verdad no estaba seguro de que así fuese. Es el frío, repitió para sí tercamente. Y apretó sus mandíbulas con rabia.

Era preciso estar seguro, seguro de algo en un mundo que súbitamente había perdido todo su sentido, como si los dioses se hubiesen vuelto locos, y el Hombre solo fuese una flor de majagua lanzada al torbellino de un río, flotando apenas, a punto de naufragio, girando, sin rumbo ni destino, sobre las aguas. No como antes, cuando había un orden en las cosas de la tierra y de los dioses. Un orden cíclico para los hombres: la paz del yucayeke y el ardor de la guasábara, la bendición de Yuquiyú y la furia de Jurakán, la vida siempre buena y la muerte mala siempre. Y un orden inmutable para los dioses: vida eternamente invisible en lo alto de la Montaña. Todo en el universo había tenido un sentido, pues aquello que no lo tenía era obra de los dioses y había en ello una sabiduría que no discutian los hombres, pues los hombres no son dioses y su única responsabilidad es vivir la vida buena, en plena libertad. Y defenderla contra los caribes, que son parte del orden cíclico, la parte que procede de las tinieblas. Pero nunca las tinieblas prevalecieron. Porque la vida libre es la luz. Y la luz ha de poner en fuga a las tinieblas. Desde siempre. Desde que del mar surgiera la Gran Montaña. Pero ocurrió la catástrofe. Y los dioses vinieron a habitar entre los hombres. Y la tierra tuvo un nombre, un nuevo nombre: Infierno.

Desvió la vista de sus dos compañeros y dejó escurrir su mirada sobre el cuerpo tendido junto al río. Sus ojos se detuvieron en el vientre. Estaba horriblemente hinchado. La presión había desgarrado las ropas y un trozo de piel quedaba al descubierto. Pensó que aquella carne era tan blanca como la pulpa del guamá. Pero la imagen le produjo una sensación de náusea. Como si hubiese inhalado la primera bocanada de humo sagrado en el ritual embriagante de la cojoba. Y, sin embargo, no podía apartar los ojos de aquella protuberancia que tenía la forma mística de la Gran Montaña. Y a la luz crepuscular le pareció que el vientre crecía ante sus ojos. Monstruosamente creciendo, amenazador, ocupando el claro junto al río, invadiendo la espesura, creciendo siempre, extendiéndose por la tierra, destruyendo, aplastando, arrollando los valles, absorbiendo dentro de sí los más altos picos, extinguiendo implacable y para siempre la vida… ¿La vida?

Cerró los ojos bruscamente. No creo en su poder. No creo. Volvió a mirar. Ya el mundo había recobrado su justa perspectiva. El vientre hinchado era otra vez solo eso. Sintió un gran alivio y pudo sonreír. Pero no lo hizo. No permitió que a su rostro se asomara el mínimo reflejo de lo que en su interior pasaba. Había aprendido con los dioses nuevos.

Ellos sonreían cuando odiaban: Tras de su amistad se agazapaba la muerte. Hablaban del amor y esclavizaban al hombre. Tenían una religión de caridad y perdón, y flagelaban las espaldas de aquellos que deseaban servirles libremente. Decían llevar en sí la humildad del niño misterioso nacido en un pesebre, y pisoteaban con furiosa soberbia los rostros de los vencidos. Eran tan feroces como los caribes. Excepto quizá por el hecho de no comer carne de hombre. Eran dioses, sin embargo. Lo eran por su aspecto, distinto a todo lo por el hombre conocido. Y por el trueno que encerraban sus fotutos negros. Eran dioses. Mis amigos son dioses, había dicho Agüeybana el Viejo.

Sintió sobre sí la mirada de los otros, y alzó los ojos hacia ellos. Se miraron en silencio. Creyó que iban a decir algo, a sugerir quizá que abandonaran la espera. Pero en los rostros amigos no pudo discernir inquietud o impaciencia. Sus miradas eran firmes, tranquilizadoras. Casi como si fuesen ellos los que trataran de infundirle ánimo. Otra vez tuvo deseos de sonreír. Pero su rostro permaneció duro como una piedra.

Alzó la cabeza para mirar a lo alto. Las nubes tenían ahora el color de la tierra. Más arriba, no obstante, había reflejos amarillos. Y era justo que así fuese, porque ese era el color del metal que adoraban los dioses nuevos. Y allá, en lo alto invisible llamado Cielo, donde habitaba el dios supremo de los extraños seres, todo, sin duda, sería amarillo. Raro, inexplicable dios supremo, que se hizo hombre, y habitó entre los hombres, y por estos fue sacrificado.

-¿Pero era hombre? ¿Hombre de carne y hueso, como nosotros? -sorprendió con su pregunta al consejero blanco de nagua parda, y cabeza monda, como fruto de higuero.

-Sí, hijo mío. Hombre.

-¿Y lo mataron?

-Sí, lo mataron.

-¿Y murió de verdad? ¿Como muere un hombre?

-Como muere un hombre. Pero al tercer día había resucitado.

-¿Resucitado?

-Se levantó de entre los muertos. Volvió a la vida.

-¿Al tercer día?

-Resucitado.

Y si a ustedes los matan, ¿volverán a estar vivos al tercer día?

-Solo resucitaremos para ser juzgados.

-¿Juzgados?

-En el Juicio del Dios Padre.

-¿Y cuándo será ese día?

-Cuando no exista el mundo.

¿Tardará mucho?

-¿Mucho? Quizá. Cientos, miles de años.

Y el dios de nagua parda había sonreído. Y posando la mano derecha sobre su hombro desnudo, le empezó a hablar de cosas aún más extrañas con voz que sonaba agridulce, como la jagua.

-Tú también, hijo mío, si vivieras en la fe de Cristo, vivirías eternamente…

Él oía la voz, pero ya no percibía las palabras. Ciertamente no tenía interés en vivir la eternidad bajo el yugo de los dioses nuevos. Agüeybana el Viejo había muerto. Le sucedía ahora Agüeybana el Bravo. Eran otros tiempos. Y si la magia de los dioses blancos no tenía el poder de volverlos a la vida hasta el fin del mundo…

La idea surgió súbita como un fogonazo lanzado por Jurakán. Su ser, hasta las más hondas raíces, experimentó el aturdimiento. Casi cayó de bruces. Sintió un miedo espantoso de haberlo pensado. Pero simultáneamente surgió en él una sensación liberadora. Se puso en pie con ganas de reír y llorar. Y echó a correr dando alaridos. Atrás quedo la risa de los seres blancos. Y entre carcajadas oyó cómo repetían las voces: ¡Loco! ¡Loco!

Bajó la vista y observó la marcha implacable de las hormigas. Ya no subían por la ruta inicial del lóbulo. Habían asaltado la oreja por todos los flancos y avanzaban en masa, atropelladamente, con una prisa desconcertante, como si en el interior del hombre se celebrase una gran guasábara.

-Necesito una prueba, una prueba de lo que dices.

-Yo te traeré la prueba -dijo él a Agüeybana el Bravo.

Obtenerla era un riesgo demoníaco. Lo sabía. Pero había fe en su corazón. E insufló su fe segura en dos naborías rebeldes. Cruzaron los tres el bosque y se pusieron en acecho, dominando aquel paraje junto al río. Esperaron. Terminaba el día cuando llegó a la orilla el hombre color de yuca. Intentó dos veces vadear el río. Podría creerse que no sabía nadar. O quizá solo trataba de no echar a perder sus ropas nuevas. Miedo no sentiría. Era uno de los bravos. Él lo sabía.

Hizo seña a los otros de que estuvieran listos. Y salió de la espesura. Saludó sonriendo. Él podía conducir al dios blanco por un vado seguro. El otro, sin vacilar, le extendió la mano.

La mano color de yuca era fina como helecho. Y tibia como el casabe que se ha tostado al sol. La suya, en cambio, ardía como tea encendida de tabonuco. En el lugar previsto, dio un brutal tirón de la mano blanca. Aprovechando la momentánea pérdida de equilibrio, se abalanzó sobre el cuerpo. Y hundió sus dedos en el cuello fino, y sumergió la dorada cabeza en el agua, que se rompió en burbujas. Los otros ya habían acudido en su ayuda. Aquietaban tenazmente los convulsos movimientos, manteniendo todo el cuerpo bajo el agua. Y fluyó el tiempo. Y fluyó el río. Y el fluir de la brisa sorprendió la inmovilidad de tres cuerpos en el acto sacrílego.

Se miraron. Esperaban una manifestación de magia. No podían evitar el esperarlo. Surgiría de las aguas como un dios de la venganza.

Pero el dios no se movía. Lo sacaron de las aguas. Y tendieron sus despojos en un claro junto al río.

-Esperemos a que el sol muera y nazca por tres veces -dijo él.

Esperaban en cuclillas. Se iniciaba el día tercero y la cosa nunca vista aún podía suceder.

Desde el río subió súbito un viento helado que agitó las yerbas junto al cuerpo. Y el hedor subió hasta ellos. Y los tres aspiraron aquel vaho repugnante con fruición, con deleite casi. Las miradas convergieron en un punto: el vientre hinchado.

Había crecido desmesuradamente. Por la tela desgarrada quedaba ya al desnudo todo el tope de piel tirante y lívida. Hipnotizados, no podían apartar sus ojos de aquella cosa monstruosa. Respiraban apenas. También la tierra contenía su aliento. Callaban las higuacas en el bosque. No se oían los coquíes. Allá abajo, el río enmudeció el rumor del agua. Y la brisa se detuvo para dar paso al silencio. Los tres hombres esperaban. De pronto, ocurrió, ocurrió ante sus ojos.

Fue un estampido de espanto. El vientre hinchado se abrió, esparciendo por los aires toda la podredumbre que puede contener un hombre. El hedor era capaz de ahuyentar una centena. Pero ellos eran tres. Solo tres. Y permanecieron quietos.

Hasta que él se puso en pie y dijo:

-No son dioses.

A una seña suya, los otros procedieron a colocar los despojos en una hamaca de algodón azul. Luego cada cual se echó un extremo de la hamaca al hombro. Inmóviles ya, esperaron sus órdenes.

Los miró un instante con ternura. Sonriendo al fin, dio la señal de partida.

-Será libre mi pueblo. Será libre.

No lo dijo. Lo pensó tan solo. Y acercando sus labios al fotuto, echó al silencio de la noche el ronco sonido prolongado de su triunfo.

Fuente: Ciudad Seva


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martes, 3 de marzo de 2026

Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez

 

Cuento breve de Gabriel García Marquez

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Gabriel García Marquez, que también puedes escuchar en Youtube o en Spotify.

El cuento Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez retrata la convivencia silenciosa con una mujer que, encerrada en su propio mundo interior, parece ir apagándose lentamente ante la mirada impotente de quienes la rodean. A través de una atmósfera densa y casi onírica, el relato explora la soledad, la incomunicación y el desgaste emocional que puede consumir a una persona desde dentro. Su significado apunta a la deshumanización progresiva causada por el aislamiento y la incomprensión, mostrando cómo la tristeza profunda no solo afecta a quien la padece, sino también a quienes la contemplan sin saber cómo salvarla.

 

Amargura para tres sonámbulos

(Cuento completo)


         Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.
          Todo eso —y mucho más— lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo:
         “No volveré a sonreír”.
          Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
          Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
          sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
          Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
          Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
          Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
          Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.
          Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
          De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa.
Para creer que había nacido nueva.

Fuente: Literatura.us

 

Otros cuentos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Ser infeliz de Kafka.

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Ser infeliz, cuento para adultos de Kafka

 

Los maravillosos cuentos de Kafka

A continuación, te presento un cuento para adultos Ser infeliz de Kafka. Este cuento también puedes escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.

El cuento Ser infeliz de Franz Kafka retrata a un hombre que, en medio de una profunda inquietud interior, recibe la visita de una enigmática niña que parece encarnar su propio desasosiego. 

En este cuento para adultos de Franz Kafka, más que hablar de un espectro real, el relato sugiere que el verdadero conflicto está dentro del protagonista: su miedo, su soledad y su dificultad para vincularse con los demás. En el fondo, muestra cómo a veces resulta más “cómodo” enfrentar una presencia imaginaria que mirar de frente el propio vacío y reconocer la raíz de la propia infelicidad.

 

Ser infeliz

[Cuento completo de Franz Kafka]

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.

 

Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: “buenas tardes”, y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:

 

-¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?

 

-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.

 

-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.

 

-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.

 

-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.

 

-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?

 

-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?

 

-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?

 

-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.

 

-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.

 

-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.

 

-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.

 

-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.

 

-¿Es esto amable?

 

-Hablo de antes.

 

-¿Sabe usted cómo seré después?

 

-Nada sé yo.

 

Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.

 

-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.

 

-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.

 

-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.

 

-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.

 

-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?

 

-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?

 

-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.

 

-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.

 

De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.

 

-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.

 

-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.

 

-Pero yo he oído decir que se les puede seducir.

 

-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?

 

-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.

 

-¡Ah, sí…! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.

 

Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.

 

-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.

 

-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.

 

-Entonces está bien -dije.

 

Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.

Fuente: Ciudad Seva

 

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Si te gusta este género literario, te recomiendo Agujeros negros de Samanta Schweblin.

jueves, 26 de febrero de 2026

Agujeros negros, un cuento fascinante de Samanta Schweblin

 

Cuento fascinante de Samanta Schweblin

A continuación, te presento un cuento que me ha parecido fascinante de Samanta Schweblin. También dispones del formato audiocuento en YouTube y Spotify.

En este cuento, dos médicos intentan comprender el caso de una paciente que afirma sufrir “agujeros negros”, lapsos en los que pierde la continuidad del tiempo y aparece de pronto en otros lugares sin saber cómo llegó allí. A medida que buscan una explicación racional, comienzan ellos mismos a experimentar fallas similares en la percepción, escenas que se repiten o se alteran, y una sensación creciente de desorientación. El significado del relato apunta a la fragilidad de la realidad y a la inquietante idea de que nadie está completamente a salvo de aquello que cree analizar desde afuera.

Mi interpretación de este cuento es que todos son en el fondo el mismo personaje: los médicos, la paciente e incluso el portero podrían ser fragmentos de una sola conciencia dividida. Entonces, esos “agujeros negros” no serían solo quiebres del tiempo, sino más bien, fracturas del yo, momentos en que una parte de la identidad reemplaza a otra sin recordar la transición. Asimismo, el hospital deja de ser un espacio físico para convertirse en un escenario mental donde la verdadera amenaza no es perderse en el espacio, sino perder la unidad de uno mismo.

 

Agujeros negros

(Cuento completo)

l doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren los pasillos del hospital, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una respuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: «…Agujeros negros ¿Me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el pijama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el pijama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…»

El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.

—Lea la página quince —dice Ottone.

Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.

—¿Y usted cree en esto, Ottone?

—¿En agujeros negros?

—¿De qué estamos hablando?

Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder solo con preguntas y eso lo pone nervioso.

—Hablamos de agujeros negros, Messina…

—¿Y usted cree en eso, Ottone?

—No. ¿Y usted?

Messina abre otra vez su cajón.

—¿Quiere otra galleta, Ottone?

Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece.

—¿Cree o no cree? —insiste Ottone.

—¿Yo conozco a esta señora…?

—…Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, solo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.

Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:

—¿Qué necesita, Sánchez?

El portero dice que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.

—Está en pijama, sentada en la sala, y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone. Qué quiere que le haga yo…

—¿Por qué no la trajo, entonces? —pregunta Messina mientras mira la estatuilla.

—¿La traigo acá? ¿O al consultorio del doctor Ottone?

—¿Qué le pregunté yo a usted?

—Que por qué no la traje.

—¿No la trajo adónde, Sánchez?

—Acá.

—¿Dónde es acá?

—A su consultorio, doctor.

—¿Adónde tiene que traerla entonces, Sánchez?

—A su consultorio, doctor.

Sánchez saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta:

—¿Se va?

—¿Me necesita para algo?

—Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?

Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.

—¿Qué diferencia hay entre la señora Fritchs y el resto de sus pacientes?

Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice atina a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.

—¿A qué le tiene miedo, Ottone? —pregunta Messina, y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un pijama celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.

—Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.

—Si usted no me soluciona este problema, yo lo denuncio, doctor, esto ya es un abuso.

—Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.

La señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla:

—¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?

Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.

—Mire —dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies—, cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital.

La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga.

—Siéntese, por favor, relájese, vamos a hablar un rato —dice Ottone.

—No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.

Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.

—¿Tiene dinero para regresar?

—No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa…

—Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…

—Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.

—Señora…

—No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba. ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver. ¿Sabe, doctor, qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se dé cuenta, tomar un taxi, todo en pijama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.

Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.

—Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.

—¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?

—Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuantas horas, diga que ahí sé dónde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza.

Ottone piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizá cinco, quizá diez, no sabe.

Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:

—¿Qué pasa, Sánchez?

—Lo busca el doctor Messina.

—¿Cómo? ¿No se fue?

—Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.

—¿Qué pregunta, Sánchez?

—Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Parece enojado…

El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.

—Va a tener que disculparme.

—No, lo acompaño.

—No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema.

Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora unos metros detrás.

Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.

—¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?

—El doctor Ottone dijo…

—¿Por qué está en pijama?

—El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…

—¿Usted es la señora Fritchs?

—Usted también está en pijama —dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.

Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que este queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.

—¿Usted es la señora Fritchs?

—El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.

—¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?

—Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.

—¿Le parece que este puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?

—No sé, puede que no, yo solamente lo espero.

Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.

—¿Usted es la señora que tiene problemas con los agujeros negros?

—¿Usted no los tiene?

En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que solo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:

—¿Por qué espera al doctor Ottone?

—Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall. ¿Usted es el doctor…?

—¿Messina?

—Eso, Messina, necesito que alguien me ayude.

Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en pijama y estatuillas. Pregunta:

—¿Qué cree usted que nos está pasando?

—A usted no sé, doctor, pero a mí nada —responde Sánchez, que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.

—¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer? Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:

—Acá tiene las llaves, doctor. Yo me voy.

—¿Adónde se va usted? ¿Dónde está la señora Fritchs?

—Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.

—¿Dónde está la señora Fritchs?

—No sé, doctor, por favor tome las llaves.

—¿Y Ottone? ¿Dónde está Ottone?

—Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.

Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone.

Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora a elaborar una definición correcta.

Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.

Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.

—¿Está usted bien? —pregunta Ottone.

—¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?

Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.

—¿Qué opina ahora de esto, Messina?

—¿De qué?

—De los agujeros negros.

—¿Dónde está la señora Fritchs?

—Está en su consultorio.

—¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?

Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien va a contar un secreto. Ottone escucha:

—¿No se da cuenta de que ella sabe?

—¿Que sabe qué cosa?

—¿Por qué cree usted que corre así la señora?

Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:

—¿No se dio cuenta?

—¿De qué?

—¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?

—¿Estuvimos ahí?

—¿En un agujero negro?

—¿Sí?

—¿Hace falta que le responda?

Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:

—Las llaves, yo me voy. Propone Messina a Sánchez:

—¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora? A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:

—Sí, traiga a la señora y le aceptamos las llaves.

Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:

—Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.

Mira Sánchez hacia los pasillos y luego a los doctores. Deja las llaves sobre la mesada del hall y dice:

—Veo que tienen algunos problemas. Pero yo soy el portero, y mi turno terminó a las diez. —Y se retira.

Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:

—¿Vio eso, Ottone?

—¿Ver qué?

—¿No vio eso?

Ottone está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en pijama.

En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

Fuente: Cósmica calavera

 

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