Toni Morrison
A continuación,
te presento un relato de Toni Morrison, una influyente escritora
estadounidense, primera mujer afroamericana en ganar el Premio Nobel de
Literatura (1993) y reconocida por novelas magistrales como Beloved (Pulitzer
1988) y Ojos azules. De esta escritora he escogido el relato Dulzura que
presenta la voz de una madre afroamericana de piel clara y recuerda el
nacimiento de su hija, cuya piel muy oscura despierta en ella miedo, vergüenza,
además de un profundo conflicto interior marcado por el racismo y el colorismo
aprendidos desde su infancia.
En este relato, la protagonista, a través de sus recuerdos, justifica la dureza con la que la crio a su hija como una forma de “protección” ante un mundo discriminatorio, mientras deja entrever la culpa y la distancia emocional que se abrió entre ambas con el paso del tiempo. El cuento explora cómo la discriminación racial puede internalizarse hasta afectar el amor materno, mostrando que el miedo social puede deformar los afectos más íntimos. Su significado gira en torno al peso del prejuicio heredado, las heridas invisibles que deja la crianza basada en el temor y la dolorosa comprensión de que las decisiones tomadas “para proteger” también pueden causar heridas profundas.
Dulzura
Relato corto de Tony Morrison
No
es mi culpa, así que no pueden culparme. Yo no hice nada y no tengo idea de
cómo pasó. Me tomó menos de una hora darme cuenta de que algo andaba mal. Muy
mal. Era tan negra que me dio miedo. Negro medianoche, negro sudanés. Mi piel
es clara, tengo buen pelo, soy lo que llaman “cobriza”, lo mismo que el padre
de Lula Ann. No hay nadie en mi familia que se acerque a ese color. La brea es
lo más parecido que se me ocurre. Pero su pelo no va con la piel. Es diferente
–liso, pero con rizos, como el de esas tribus desnudas de Australia–. Podrían
pensar que es cuestión de herencia, ¿pero herencia de quién? Deberían haber
visto a mi abuela: pasaba por blanca. Se casó con un blanco y no le volvió a
dirigir la palabra a ninguna de sus hijas. Todas las cartas que recibía de mi
madre o mis tías las devolvía enseguida, sin abrir. Finalmente, entendieron el
mensaje de “no más mensajes”, y la dejaron tranquila. Casi cualquier mulato o
cuarterón hacía eso en aquella época (si tenía el pelo adecuado). ¿Se imaginan
cuántos blancos andan por ahí con sangre de negro escondida en sus venas?
Adivinen. Escuché que un veinte por ciento. Mi propia madre, Lula Mae, podría
haber pasado por una fácilmente, pero decidió no hacerlo. Me contaba el precio
que pagó por esa decisión. Cuando fue con mi padre al juzgado para casarse
había dos Biblias, y ellos tuvieron que poner la mano en la que estaba
reservada para los negros. La otra era para manos blancas. ¡La Biblia! ¿Pueden
creerlo? Mi madre era empleada en la casa de una pareja rica de blancos. Se
comían todo lo que les preparaba, insistían en que les restregara la espalda
cuando se metían a la bañera, y solo Dios sabe qué otras cosas íntimas la
ponían a hacer, pero no podían tocar la misma Biblia.
Puede
que alguno de ustedes piense que está mal separarnos por tonos de piel (entre
más claro mejor) en clubes sociales, barrios, iglesias, hermandades, incluso
escuelas segregadas. ¿Pero de qué otra forma podríamos aferrarnos a un poco de
dignidad? ¿De qué otra forma podríamos evitar que nos escupan en una farmacia,
recibir un codazo en la parada del bus, tener que caminar por la zanja para
dejar a los blancos todo el andén, que en la tienda nos cobren un centavo por
una bolsa de papel que es gratis para los clientes blancos? Sin mencionar los
insultos. Yo supe de todo aquello y mucho, mucho más. Pero, gracias al tono de
su piel, a mi madre no le impedían probarse un sombrero o usar el baño de damas
en un almacén. Y mi padre podía probarse unos zapatos en la parte delantera de
la zapatería en vez de la trastienda. Aun muriéndose de sed, ninguno de los dos
se hubiera permitido tomar agua de una fuente “solo para gente de color”.
Odio
decirlo, pero sentí vergüenza de Lula Ann desde el comienzo, en la sala de
maternidad. Su piel era pálida, como la de todos los bebes al nacer (incluso
los africanos), pero cambió rápidamente. Pensé que me estaba volviendo loca
cuando se puso azul oscura frente a mis ojos. Sé que enloquecí por un momento
porque, solo por unos segundos, puse una manta sobre su cabeza y presioné. Pero
no pude hacerlo, no importa cuánto hubiera querido que ella no naciera con ese
terrible color. Incluso se me ocurrió dejarla en algún orfanato. Pero temí ser
uno de esos monstruos que dejan a sus bebés en las escaleras de una iglesia.
Hace poco escuché de una pareja en Alemania (ambos blancos como la nieve) que
tuvo un hijo de piel oscura que nadie pudo explicar. Gemelos, creo, uno blanco
y uno negro. Pero no sé si es cierto. Lo que sé es que para mí amamantarla era
como tener un pigmeo succionando mi pezón. Pasé a darle tetero apenas volví a
la casa.
Mi
esposo Louis es maletero, y cuando regresó de las vías me miró como si en serio
me hubiera vuelto loca, y miró a la bebé como si viniera de Júpiter. No era
hombre de decir groserías, así que cuando dijo “Maldita sea, ¿qué demonios es
eso?”, supe que estábamos en problemas. Esa fue la razón, lo que comenzó las
peleas entre nosotros. Rompió nuestro matrimonio en pedazos. Habíamos tenido
tres buenos años, pero cuando ella nació él me echó la culpa, y trataba a Lula
Ann como si fuera una intrusa, o mucho peor, una enemiga. Nunca la tocó.
No
pude convencerlo de que jamás, jamás me había metido con otro hombre. Estaba
rotundamente seguro de que le estaba mintiendo. Discutíamos y discutíamos hasta
que le dije que esa negrura tenía que provenir de su familia, no de la mía. Ahí
fue que todo se puso peor, tan mal, que simplemente se paró y se fue, y yo tuve
que buscar un lugar más barato donde vivir. Hice lo mejor que pude. No era tan
ingenua como para llevarla conmigo cuando me entrevistaban los arrendadores,
así que la dejaba con una prima adolescente para que la cuidara. De todas
formas, no la sacaba mucho, porque cuando la paseaba en el coche la gente se
agachaba para mirar y decir algo lindo pero enseguida saltaban hacia atrás y
arrugaban la frente. Eso dolía. Si los colores de nuestra piel se invirtieran,
hubieran creído que yo era su niñera. Para una mujer de color –incluso siendo
cobriza– ya era bastante difícil rentar algo en un lugar decente de la ciudad.
En los noventa, cuando Lula Ann nació, la ley prohibía discriminar a los
arrendatarios, pero pocos propietarios le prestaban atención. Se inventaban
razones para excluirte. Sin embargo, tuve suerte con el señor Leigh, aunque sé
que le aumentó siete dólares al precio que pedía en el anuncio y le daba un
ataque si te retrasabas un minuto con el pago del alquiler.
Le
dije que me llamara “Dulzura” en vez de “madre” o “mamá”. Era más seguro así.
Era tan negra y tenía esos labios, que me parecían excesivamente gruesos, y si
me hubiera dicho “mamá” eso habría confundido a la gente. Además, el color de
sus ojos era extraño: negros como un cuervo, con un matiz azulado –había algo
de bruja en ellos–.
Así
que por un largo rato solo fuimos las dos, y no necesito decirles lo duro que
es ser una esposa abandonada. Supongo que Louis se sintió un poquito mal
después de dejarnos así porque, unos meses más tarde, averiguó a dónde nos
habíamos mudado y empezó a mandarme dinero una vez al mes, aunque yo nunca se
lo pedí, ni fui a la Corte para que lo hiciera. Los cincuenta dólares que me
enviaba y mi trabajo nocturno nos sacaron a Lula Ann y a mí de la asistencia
social. Eso fue bueno. Ojalá dejaran de decirle asistencia social y
volvieran a la palabra que usaban cuando mi madre era una niña; en aquel tiempo
se llamaba “alivio”. Suena mucho mejor, como si sólo fuera un breve respiro
mientras te vuelves a poner en pie. Además, tratar a los empleados de la
asistencia social es como recibir un escupitajo. Cuando finalmente encontré
trabajo y no los necesité más, estaba ganando más plata de la que ellos habían
ganado nunca. Supongo que su tacañería provenía de los suelditos mezquinos que
recibían, y por eso nos trataban como mendigas. Sobre todo cuando miraban a
Lula Ann, y luego me miraban a mí (como si estuviéramos tratando de hacer
trampa o algo así). Las cosas mejoraron, pero todavía debía tener cuidado,
mucho cuidado de cómo la educaba. Debía ser estricta, muy estricta. Lula Ann
tenía que aprender a comportarse, a agachar la cabeza y no dar problemas. No me
importa cuántas veces se cambie el nombre, su color es una cruz que siempre va
a cargar. Pero no es mi culpa. No es mi culpa. No lo es.
Pues
sí, a veces me siento mal por cómo traté a Lula Ann cuando era pequeña. Pero
entiendan: tenía que protegerla. Ella no conocía el mundo. Con esa piel no
tenía sentido ser difícil o presumido, incluso si tenías razón. No en un mundo
en el que te podían mandar a una correccional por ser impertinente o por
pelearte en el colegio; un mundo en el que te contratan de último y te despiden
de primero. Ella no sabía nada de eso, ni de que su piel negra asustaría a los
blancos, o haría que se rieran de ella y trataran de hacerle bromas pesadas.
Una vez vi cómo un niño de un grupo de chicos blancos le hacía zancadilla a una
niña que no podía tener más de diez años, cuya piel no estaba ni cerca de ser
tan oscura como la de Lula Ann. Y cuando ella se intentó levantar, otro niño le
puso un pie sobre la espalda y la tumbó de nuevo. Los chicos se partían de la
risa. Mucho después de que se les escapó, algunos seguían con risitas, tan
orgullosos de sí mismos. Si no hubiera estado mirando a través de la ventana
del bus la habría ayudado, alejándola de esa gentuza blanca. Miren: si no
hubiera adiestrado a Lula Ann correctamente, ella no habría sabido que siempre
debía cruzar la calle y evitar a los chicos blancos. Pero las lecciones que le
di dieron frutos, y a fin de cuentas ahora estoy muy orgullosa.
No
fui una mala madre, sépanlo, pero puede que haya lastimado a mi única hija por
tener que protegerla. Tenía que hacerlo. Todo por privilegios de piel. Al
principio no pude ver a través de todo ese negro para entender quién era ella y
simplemente amarla. Pero la amo. En serio que sí. Creo que ella lo entiende
ahora. Eso creo.
Las
últimas dos veces que la vi, me pareció que estaba… bueno, despampanante.
Atrevida y segura de sí misma. Cada vez que me venía a visitar olvidaba lo
negra que en realidad era porque ella lo usaba a su favor con hermosas ropas
blancas.
Me
enseñó algo que debí haber sabido desde siempre. Lo que le haces a un niño es
importante. A veces nunca olvidan. Apenas le fue posible, me abandonó en ese
horrible apartamento. Se alejó tanto de mí como pudo; se emperifolló y se
consiguió un trabajo superimportante en California. Ya no llama, ni me visita.
Me manda plata y cosas de vez en cuando, pero no sé hace cuánto no la veo.
Prefiero
este lugar, la Casa Winston, a esos grandes y costosos ancianatos en las
afueras de la ciudad. El mío es más pequeño, casero, menos costoso, con
enfermeras las veinticuatro horas y un doctor que nos visita dos veces por
semana. Solo tengo sesenta y tres años –muy joven para andar retirada–, pero
resulté con una enfermedad crónica en los huesos, así que es vital un buen
cuidado. El aburrimiento es peor que la debilidad o el dolor, pero las
enfermeras son adorables. Una me acabó de besar en la mejilla cuando le dije
que voy a ser abuela. Su sonrisa y sus felicitaciones fueron como para alguien
a punto de ser coronada. Le mostré la nota en papel azul que recibí de Lula Ann
–bueno, firmó “La novia”, pero nunca le presto atención–. Sus palabras suenan atolondradas:
“Adivina qué D., estoy tan, pero tan feliz de dar esta noticia. Voy a tener un
bebé. Estoy muy, muy emocionada, y espero que tú también lo estés”. Supongo que
la emoción es por el bebé y no por el padre, porque no lo menciona en absoluto.
Me pregunto si es tan negro como ella. Si es así, no necesita preocuparse como
lo hice yo. Las cosas han cambiado un tris desde que yo era joven. En
televisión, revistas de modas, comerciales, por todos lados hay negros-azules,
incluso protagonizando películas.
No
hay dirección del remitente en el sobre. Así que supongo que sigo siendo la
mala madre, por siempre castigada hasta que muera, por la manera bien
intencionada y, de hecho necesaria, como la crié. Sé que me odia. Nuestra
relación consiste en que ella me envía dinero. Tengo que admitir que se lo
agradezco, porque así no tengo que rogar por cosas extras, como algunos de los
otros pacientes. Si quiero un mazo de cartas nuevecito para jugar solitario
puedo comprarlo, y no tengo que jugar con el sucio y gastado que hay en el
salón. Y puedo comprar mi crema especial para la cara. Pero no me engaño. Sé
que la plata que me envía es una forma de mantenerse alejada y acallar el poco
de conciencia que aún le queda.
Si
sueno amargada, desagradecida, es en parte porque en el fondo hay
arrepentimiento. Todas esas pequeñas cosas que no hice o hice mal. Recuerdo la
primera vez que le llegó el período y cómo reaccioné. O cómo le gritaba cuando
se tropezaba o dejaba caer algo. Es cierto. Me molestaba, incluso me repelía su
piel negra cuando nació y al principio pensé en… no. Tengo que alejar esos
recuerdos, rápido. No tiene caso. Sé que hice lo mejor para ella dadas las
circunstancias. Cuando mi esposo huyó de nosotras, Lula Ann era una carga, y
pesada. Pero la llevé bien.
Sí,
fui dura con ella, pueden apostarlo. Cuando tenía doce años e iba para trece
tuve que ser aun más dura. Andaba respondona, no quería comer lo que le
preparaba, se hacía peinados. Yo le trenzaba el pelo, y cuando se iba al
colegio ella se lo destrenzaba. No podía dejar que se me dañara. Me planté
fuerte y le advertí cómo la llamarían. En todo caso, algo de lo que le enseñé
debió pegársele. ¿Ven en qué se convirtió? Una chica rica y con estudios. ¿Qué
tal?
Ahora
está embarazada. Buena jugada, Lula Ann. Si piensas que la maternidad es puro
arrullo, zapatitos y pañales, te espera una gran sorpresa. Bien grande. A ti y
al anónimo de tu novio, esposo, amante –lo que sea–. Imagínate, “Oh, ¡un bebé!
¡Cuchi cuchi cu!”.
Ponme
atención. Estás a punto de darte cuenta de lo que se necesita, de cómo es el
mundo, cómo funciona, y cómo cambia cuando te conviertes en madre.
Buena
suerte, y que Dios ayude a la criatura.
Fuente: Narrativa breve
Otros cuentos
Si
te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo cuentos breves de Sara Gallardo.
