Microrrelatos de Borges que desafían la realidad y el tiempo
A continuación,
te presento unos microrrelatos de Borges que desafían la realidad y el tiempo. Jorge Luis Borges presenta en estos relatos breves pequeñas ficciones filosóficas donde la percepción, el tiempo y la identidad se
vuelven inestables: en Argumentum ornithologicum, el narrador duda del
número de pájaros que vio y convierte esa incertidumbre en un argumento lógico
para la existencia de Dios, sugiriendo que lo definido requiere una mente
absoluta que lo conozca; en Mutaciones, Borges reflexiona sobre cómo los
objetos (flechas, lazos, cruces) cambian de función y significado a lo largo de
la historia, mostrando que nada conserva una identidad fija y que la memoria y
el olvido transforman la realidad; en Nota para un cuento fantástico,
imagina un universo donde el pasado puede modificarse, alterando la historia
entera del mundo y revelando lo frágil que es la idea de un tiempo único e
inmutable; y en Episodio del enemigo, el relato culmina con un giro
onírico en el que el encuentro con el enemigo y la amenaza de muerte se revelan
como un sueño, cuestionando la frontera entre realidad, culpa y fantasía, y
mostrando cómo la mente puede construir y deshacer el destino. Estos relatos breves
para adultos puedes escucharlos en
Microrrelatos de Borges
Argumentum ornithologicum
Cierro
los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos;
no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema
involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido,
porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es
indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez
pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco,
cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve,
ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo,
Dios existe.
Mutaciones
En
un corredor vi una flecha que indicaba una dirección y pensé que aquel símbolo
inofensivo había sido alguna vez una cosa de hierro, un proyectil inevitable y
mortal, que entró en la carne de los hombres y de los leones y nubló el sol en
las Termópilas y dio a Harald Sigurdarson, para siempre, seis pies de tierra
inglesa. Días después, alguien me mostró una fotografía de un jinete magiar; un
lazo dado vueltas rodeaba el pecho de su cabalgadura. Supe que el lazo, que
antes anduvo por el aire y sujetó a los toros del pastizal, no era sino una
gala insolente del apero de los domingos.
En
el cementerio del Oeste vi una cruz rúnica, labrada en mármol rojo; los brazos
eran curvos y se ensanchaban y los rodeaba un círculo. Esa cruz apretada y
limitada figuraba la otra, de brazos libres, que a su vez figura el patíbulo en
que un dios padeció, la «máquina vil» insultada por Luciano de Samosata. Cruz,
lazo y flecha, viejos utensilios del hombre, hoy rebajados o elevados a
símbolos; no sé por qué me maravillan, cuando no hay en la tierra una sola cosa
que el olvido no borre o que la memoria no altere y cuando nadie sabe en qué
imágenes lo traducirá el porvenir.
Nota para un cuento fantástico
En
Wisconsin o en Texas o en Alabama los chicos juegan a la guerra y los dos
bandos son el Norte y el Sur. Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una
dignidad que la ruidosa victoria no merece, pero también sé imaginar que ese
juego, que abarca más de un siglo y un continente, descubrirá algún día el arte
divino de destejer el tiempo o, como dijo Pietro Damiano, de modificar el
pasado.
Si
ello acontece, si en el decurso de los largos juegos el Sur humilla al Norte,
el hoy gravitará sobre el ayer y los hombres de Lee serán vencedores en
Gettysburg en los primeros días de julio de 1863 y la mano de Donne podrá dar
fin a su poema sobre las transmigraciones de un alma y el viejo hidalgo Alonso
Quijano conocerá el amor de Dulcinea y los ocho mil sajones de Hastings
derrotarán a los normandos, como antes derrotaron a los noruegos, y Pitágoras
no reconocerá en un pórtico de Argos el escudo que usó cuando era Euforbo.
Episodio del enemigo
Tantos
años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana
lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un
bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino
un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta.
Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el
tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no
sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que
el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no
volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas
veces, pero solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al
último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me
incliné sobre él para que me oyera.
—Uno
cree que los años pasan para uno —le dije—, pero pasan también para los demás.
Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras
yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el
bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me
dijo entonces con voz firme:
—Para
entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no
soy misericordioso.
Ensayé
unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían salvarme.
Atiné a decir:
—En
verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo
aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el
perdón.
—Precisamente
porque ya no soy aquel niño —me replicó— tengo que matarlo. No se trata de una
venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras
estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
—Puedo
hacer una cosa —le contesté.
—¿Cuál?
—me preguntó.
—Despertarme.
Y
así lo hice.
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