domingo, 22 de febrero de 2026

El duende, un cuento para adultos de Elena Garro

 

Cuento para adultos de Elena Garro

A continuación, te presento un cuento para adultos de Elena Garro: El duende, que puedes escuchar también en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El Duende narra la vida de dos niñas que pasan sus días en un jardín cargado de calor, silencio y una atmósfera casi mágica, donde lo real y lo fantástico conviven sin fronteras claras; entre juegos, palabras misteriosas y la presencia invisible del Duende —una figura que parece gobernar ese espacio—, se va revelando un mundo infantil que no es inocente, sino lleno de deseos, celos, miedo y una conciencia precoz de la muerte. El cuento muestra cómo la infancia puede ser un territorio tan cruel y complejo como el de los adultos: las niñas usan la fantasía para explicar lo que no comprenden, para protegerse del dolor y también para justificar sus impulsos más oscuros. El Duende no es simplemente un ser mágico, sino el símbolo de la mentira, la imaginación y la coartada emocional con la que los niños (y los adultos) evitan asumir la culpa de sus actos. Elena Garro plantea que el mal no llega desde fuera, sino que nace dentro, y que la fantasía puede ser tanto refugio como instrumento para ocultar la verdad. El jardín, que se va deteriorando, refleja la pérdida de la inocencia: cuando la verdad se rompe, también se rompe el mundo que la sostenía.

 

El Duende

(Cuento completo de Elena Garro)

A las tres de la tarde el sol se detenía en la mitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Sólo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y venir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

—Eva, ¿te da miedo morir?

—No, el otro mundo es tan bonito como éste.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un orden diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. «El otro mundo es tan bonito como éste»… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego, la puerta que la esperaba y que conducía al vacío, volvió a tomar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a precipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Sólo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

—¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito como éste?

—Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recordar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

—Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió vergüenza al sorprender a Eva en una mentira.

—¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ramas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía columpiarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

—Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron hasta las palmeras, sesgaron un poco hacia la izquierda y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas, rezumaba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cortó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimientos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. «Estoy envenenada», se dijo.

—No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

—No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. «Estoy envenenada», se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasaba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y sólo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúsculas las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni dejarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su hermana. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. «¡Dios mío, haz que se las coma!». Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. «¡Dios mío, que se muera!». Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

—¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

—¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. «El otro mundo es tan bonito como éste, allí no se suda porque no tenemos cuerpo»… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blanco. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocupada.

—¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amistad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja verde les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

—No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

—Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estupor al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pusieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asustados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habitación, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.

Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos segundos hacía la cama de Eva. Los niños lo siguieron, Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida escuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama, asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre tomó en brazos a su hermana y salió con ella de la habitación. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero ésta sólo le contestó con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le interesaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desaparecido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumentaban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pregunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asustados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó parsimoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró parpadeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, sólo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita permaneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

—Estrellita, dime, ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

—No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

—No. Desde allí sólo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre.

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados, flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solemnidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

—Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la hoja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

—Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

—Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávida, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… No me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gustar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

—Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la colocó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcanzar un vaso de refresco.

—Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

—No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Sólo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados. En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por mentirosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la espalda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una decisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pletórico de hojas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

—¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

—Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

—No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvidado que Eva no tenía ningún secreto.

—Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

—¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, parpadeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

—Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

—¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrellita Garro.

Fuente: Ciudad Seva

 

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miércoles, 18 de febrero de 2026

Tres cuentos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, se presentan tres cuentos de Liliana Heker que puedes escuchar en Spotify o en YouTube.

Postergaciones — Resumen

El relato sigue a una mujer que debe esperar largas horas en un aeropuerto por la demora de su vuelo, situación que la irrita y la deja sin rumbo. En medio de ese tiempo vacío atraviesa una reflexión inesperada sobre su propia impaciencia y descubre que ese intervalo puede convertirse en un espacio de libertad y sentido personal. Sin embargo, al retomar la rutina cotidiana, esa revelación empieza a desvanecerse entre pequeñas frustraciones y hábitos conocidos.

 

Postergaciones — Significado

El cuento explora la tendencia humana a aplazar la vida, subordinando el presente a lo que vendrá, y cómo incluso las revelaciones sobre la libertad personal pueden ser frágiles frente a la inercia cotidiana. Heker sugiere que el sentido no está en controlar las circunstancias externas —que siempre escapan— sino en la actitud ante ellas, y muestra con ironía lo difícil que resulta sostener una conciencia lúcida: la comprensión del instante puede aparecer con claridad… y perderse con la misma facilidad.

 

Mujer con gato — Resumen

La historia presenta a tres perspectivas: un hombre que observa desde su ventana, una mujer que canta en el jardín y un gato que la acompaña. Mientras el observador interpreta su comportamiento como señal de felicidad, el relato deja ver que la escena es más compleja y que cada mirada —humana o animal— construye una interpretación distinta de la realidad.

 

Mujer con gato — Significado

El cuento reflexiona sobre la apariencia y la percepción: la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente, y cómo los otros proyectan sus deseos o suposiciones sobre aquello que ven. Heker cuestiona la ilusión de conocer la verdad ajena y sugiere que la autenticidad —representada simbólicamente en la mirada instintiva del gato— contrasta con las interpretaciones humanas, cargadas de idealización o autoengaño.

 

Horchata de chufa — Resumen

Una mujer llega a Barcelona y, fascinada por el ambiente y por referencias literarias acumuladas en su imaginación, se entusiasma con la idea de probar una bebida que para ella encarna la materialización de sus lecturas y fantasías. La experiencia se convierte en un momento cargado de expectativa, donde realidad e imaginación se encuentran.

 

Horchata de chufa — Significado

El relato aborda el choque entre idealización y experiencia real: cómo la imaginación puede construir deseos intensos que la realidad no siempre satisface. Heker plantea, con humor y sutileza, que la literatura y la fantasía enriquecen la vida pero también generan expectativas que pueden derivar en desencanto, revelando la tensión entre lo soñado y lo vivido.

 

Cuentos Liliana Heker

Postergaciones

      Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.

       Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
       Y fue así. Con la sencillez con la que una manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del camino.
       Apaciguada, abrió el libro y, como si ese instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo. Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
       Ahora mismo, en su casa, a punto de remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto, elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.


Mujer con gato

      El hombre que está asomado a la ventana envidia a la mujer que, en el jardín de la planta baja, canturrea ante la mirada atenta del gato. Qué feliz es, piensa el hombre. Ignora que la mujer no es feliz: con excepción del gato, acaba de perder todo lo que amaba, y sospecha (alguna vez lo ha leído) que los gatos se apartan de la desdicha. Moriría si el gato también la abandonara. Por eso, ante la persistencia de la mirada de él, no para de cantar y se ríe de cualquier cosa. El hombre de la ventana le envidia la alegría porque no advierte el simulacro. El gato sí lo advierte. Recela de esta actitud incongruente de la mujer, ¿por qué no se largará a llorar de una buena vez como desea? La observa un momento más, a la expectativa: ha vivido momentos muy lindos con ella. La mujer, consciente de la mirada del gato, hace una divertida pirueta de baile. Sin duda le ocurrió algo extraordinario, piensa el hombre de la ventana. No hay nada que hacer, concluye el gato, ya no es confiable. Alarga infinitamente su cuerpo gozoso, se da vuelta y, sin volver la vista atrás, salta la medianera y se va para siempre.


Horchata de chufa

      Acaba de sentarse a la mesa de un bar y mira a su alrededor con avidez. Es su primera tarde en Barcelona, todo le llama la atención. Detrás de la barra descubre el cartelito: Horchata de chufa. Apenas puede creerlo: el brebaje desconocido que hasta hoy —como la espada Excalibur o las alubias maravillosas— había estado construido con la materia sutil de lo leído está acá mismo, a su alcance, y ella, como tantos personajes de novela que han transitado por España, sólo tiene que llamar al mozo y, con la naturalidad de quien pide un cortado con medialunas, decirle (le está diciendo) Por favor, una horchata de chufa. La espera es un espacio delicioso en el que puede volverse real toda expresión extraña que alguna vez la haya hecho ensoñar. Está tan inmersa en su deseo que desatiende el momento superfluo en que el mozo deja el vaso alto, lleno hasta el borde de un líquido blancuzco. Con voracidad, como quien va a tragarse la luna, acerca el vaso a su boca.
       Se ve que es demasiado soñadora o medio atolondrada porque ¿quién con dos dedos de frente accedería a beberse así, de un solo trago, la desilusión?

 

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lunes, 16 de febrero de 2026

Poemas para reencontrarte con la felicidad

 

Poemas para reencontrarte con la felicidad

Lo que se abre ante el lector no es solo un listado de poemas, sino un mapa de introspecciones donde distintas sensibilidades han interrogado la experiencia de sentirse pleno.

La felicidad aparece ahí menos como un objeto que como una construcción interior: una percepción moldeada por la conciencia, el deseo y la memoria. Desde la perspectiva de algunos, surge de la reconciliación con lo inmediato; para otros, se configura en el vínculo afectivo, en la integración con el entorno vivo o en la elaboración de un sentido que otorgue coherencia a la propia existencia.

Estos poemas puedes escucharlo en Spotify y en YouTube. Espero que sean de tu agrado.

Poemas inspiradores

Si yo pudiera morder la tierra toda - Fernando Pessoa

Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.

 

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida - Anne Sexton

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.
Lavé las sábanas.
Tendí las sábanas y las vi
aletear y elevarse como gaviotas.
Cuando estuvieron secas las descolgué
y hundí mi cabeza en ellas.
Todo el oxígeno de la tierra en ellas.
Todos los pies de todo los bebés del mundo en ellas.
Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.
Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.
Todos los juegos de saltar pintados sobre las aceras en ellas.
Todos los caballitos hechos de trapo en ellas.

Así que esto es la felicidad—
ese agente viajero.

 

Defensa de la alegría - Mario Benedetti

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Formularbeginn

Explosión - Delmira Agustini

Si la vida es amor, ¡bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!

Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
Rotas las alas, mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor

En la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

 

Oda al día feliz - Pablo Neruda

Esta vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la tierra
el aire canta como una guitarra.

Tú a mi lado en la arena
eres arena,
tú cantas y eres canto,
el mundo
es hoy mi alma,
canto y arena,
el mundo
es hoy tu boca,
dejadme
en tu boca y en la arena
ser feliz,
ser feliz porque si, porque respiro
y porque tú respiras,
ser feliz porque toco
tu rodilla
y es como si tocara
la piel azul del cielo
y su frescura.

Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz,
contigo, con tu boca,
ser feliz.

 

Vida - Alfonsina Storni

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

El tiempo sigue adelante - Emily Dickinson

El tiempo sigue adelante-
con alegría lo digo a todos los que sufren ahora-
ellos sobrevivirán-
Hay un sol-
Ellos ahora no lo creen-

Bajo el cielo nacido tras la lluvia - Jorge Teillier

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer,
y el ruido de una puerta cerrándose tras la fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa en calma
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros con los cuales forma brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.

Alegría - William Blake

“No poseo nombre: pero nací hace dos días.”
¿Cómo te llamaré?
“Soy feliz.
Me llamo alegría.”
¡Que el dulce júbilo sea contigo!

¡Bonita alegría!
Dulce alegría, de apenas dos días,
te llamo dulce alegría:
así tú sonríes,
mientras yo canto.
¡Que el dulce júbilo sea contigo!


Égloga I (fragmento) - Garcilaso de la Vega

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.

 

Otros poemas

Si te gustan los poemas, te recomiendo Poemas inspiradores de Hermann Hesse.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Dos cuentos breves de Carla Narraciones

 

Cinco años en YouTube

A continuación, te presento dos cuentos breves que he escrito en estos últimos meses, y quiero compartirlos cuando se cumplen cinco años desde que comenzó esta aventura en YouTube. Son relatos que nacen de aprendizajes y también de dudas; historias que hablan de identidad, memoria y búsqueda interior.  

Quiero agradecer especialmente a quienes me escuchan, a quienes leen el blog, a quienes regresan cada semana o descubren el canal por primera vez. Gracias por el tiempo que me regaláis, por cada comentario, por cada mensaje, por sostener este espacio con vuestra presencia.

Estos cuentos existen porque hay alguien al otro lado dispuesto a escucharlos. Podéis encontrarlos en formato audiocuento en Spotify y en YouTube. Espero que os acompañen tanto como a mí me acompañó escribirlos.

Callacuentos

Resumen y significado del cuento

En “Callacuentos”, un hombre que ha vivido de narrar historias enfrenta la disolución de su identidad cuando el mundo cambia y su voz pierde lugar entre el ruido y la inmediatez. Al tambalearse su oficio, comprende que había confundido su esencia con su función, y que el reconocimiento externo sostenía una parte frágil de su ser. El silencio al que se ve empujado no es simple renuncia, sino una búsqueda: se vuelve “callacuentos” porque entiende que debe atravesar el vacío para reencontrar aquello que existía antes de las palabras, antes del rol. El protagonista va en busca de su esencia, de esa verdad interior que no depende de la utilidad ni de la mirada ajena. El cuento sugiere que solo al despojarse de lo que creemos ser podemos acercarnos a lo que verdaderamente somos, y que, a veces, el silencio es la forma más profunda de narración.

 

Los ojos que no parpadean

Resumen y significado del cuento

En “Los ojos que no parpadean”, una mujer que viaja cada día en tren ve su rutina resquebrejada cuando una niña desconocida comienza a mirarla con una intensidad fija e inexpresiva que la descoloca profundamente. Esa presencia silenciosa, que parece surgir cuando baja la guardia, despierta una inquietud que pronto se transforma en una confrontación interior. El cuento sugiere que la niña encarna a la parte vulnerable, olvidada y silenciada por años de resistencia y autocontrol. La mirada que no parpadea es la conciencia que exige ser atendida. El espejo final, en el que la mujer se contempla sin máscaras simboliza el reconocimiento de esa verdad interior: mirarse de frente, aceptar la herida y comprender que solo al permitirnos sentir podemos empezar a sanar.


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo El hombre dormido  de Rosario Ferré. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El hombre dormido de Rosario Ferré

 Rosario Ferré

A continuación, te presento un cuento breve de Rosario Ferré que puedes escuchar también en YouTube o en Spotify.

Resumen del cuento

El hombre dormido de Rosario Ferré narra la obsesión de un artista que, tarde tras tarde, observa y dibuja a un hombre que duerme profundamente. Entre ambos se establece una relación extraña y simbólica: el pintor espera su despertar para enfrentarse a él en un combate que mezcla creación y destrucción, admiración y rabia. Mientras el hombre duerme cada vez más hondamente y su fuerza parece disminuir, el narrador continúa intentando capturarlo en un retrato que ha querido pintar desde la infancia. El relato se mueve en una atmósfera onírica y poética donde el acto de pintar se convierte en una lucha íntima y constante.

Significado del cuento

En El hombre dormido, de Rosario Ferré, el enfrentamiento con el “hombre dormido” puede entenderse como una metáfora compleja que une lo psicológico, lo artístico y lo social. La figura simboliza tanto el conflicto interior del individuo como el peso de la tradición, la autoridad y la herencia cultural interiorizadas  (incluido el poder patriarcal) que condicionan la identidad. La lucha representa así un proceso doloroso pero necesario de confrontación y ruptura: el intento de liberarse de aquello que domina desde dentro para afirmar una voz propia. Desde esta perspectiva, el cuento sugiere que la identidad y la creación surgen del enfrentamiento con esas fuerzas (personales y sociales), y que solo atravesando esa tensión es posible alcanzar autenticidad.

El hombre dormido

Papeles de Pandora
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016) 

      El hombre sigue durmiendo en medio del zumbido luctuoso y brillante de los zánganos, arañado de cuando en cuando por la ira de las avispas como por la punta de una plumilla afilada sobre la plancha de acero. Pero no es así que este hombre debe alcanzar la inmortalidad, no con el odio impersonal del ácido sobre la plancha, no con medidas matemáticas de espacio blanco encasillado en celdas de bordes cortantes y filos delgados de tinta negra sino suavemente, blandamente, manchando, acariciando el cabello de espuma vieja, las manos cruzadas sobre el pecho, la red algodonosa y polvorienta que lo abriga desde hace tanto tiempo. Las losas del piso se van enfriando bajo mis manos que no cesan de dibujar, el hombre siempre duerme. No tengo prisa. Todas las tardes es igual, espero a que se duerma, vengo y me siento cerca de él sin hacer ruido, esparzo mis papeles sobre las losas, atisbo su respiración cada vez más pausada, más reseca. Todas las tardes me siento en este mismo lugar y espero, arranco las raíces de mis pensamientos y las coloco sobre el blanco del papel para verlas agitarse cegadas por la luz. Todas las tardes aguardo que el hombre dormido despierte, espero el combate. Entonces se levanta, su traje de hilo almidonado se derrumba como una montaña de sal, los ojos le saltan fuera como el sol por la boca de la mina, me arrebata las libretas de dibujo, las hace pedazos, las tira por la ventana. Entonces vuelvo a quedarme solo pero ahora consolado, sentado en medio del derrumbe que se va enfriando puedo pintar con más facilidad, cierro los ojos y oigo el clarinete del niño ciego escindir limpiamente los grumos de niebla que se han quedado adheridos a los costados de los montes.

       Yo no comprendo la vida, no la he comprendido nunca. La mancho, la borro con las yemas de los dedos, unjo sus cabellos, paso y repaso mi mano abierta sobre su cabeza angustiada, siento la tibieza de sus sienes y el arrebato que la sacude cuando se me escapa, dejándome las manos vacías. Han pasado muchos años y hoy comencé por fin el cuadro que he estado pintando desde niño, el retrato del hombre dormido. Quizá sea el cuadro más difícil que tenga que pintar, quizá nunca llegue a pintarlo. Me ha empujado a hacerlo un deseo extraño de sentir lástima, de que llueva, de que por fin empiece a llover. He pintado mucho desde que me fui de la casa y dejé atrás el huerto de árboles injertados y la escalera de hiedra. Antes de pintar cada uno de mis cuadros he pensado en el hombre dormido, en su despertar, en el combate. Últimamente he notado que duerme más profundamente. Cada vez se le hace más difícil despertar. He notado que su ira ha ido menguando, ya no me acomete con la misma agresividad de antes, con todo y contra todo, los ojos saltando fuera por la boca de la mina, que lo hacía estremecerse de indignación, sacudir desafiante la enredadera quebradiza de sus huesos frente a mi cara obstinada. Poco a poco lo ha ido cubriendo el polvo, se han congelado las telarañas que le empañaban los ojos, por las noches se encoje y arrulla a sí mismo en un rincón. Sólo yo puedo ahora tratar de que no muera, obligarlo a que resista, hacer al menos que perezca resistiendo, en retribución por la lealtad de un combate diario.

       Me le enfrento ahora pincel en mano. Está profundamente dormido, con la cabeza apoyada en el codo. Los filodendros alargan hacia él sus tentáculos por la ventana abierta, las espadas sangrientas de las bromelias se desbordan por encima del marco y resquebrajan el hilo reseco de su traje, la espuma inmóvil del tiempo. Comienzo a manchar y a borrar, el abismo se abre de nuevo entre nosotros. Pero estamos habituados al combate. Trabamos lucha cuerpo a cuerpo, sin miedo, como siempre. De mi pincel van saliendo los grumos de niebla, los contornos torturados, el gesto de su rostro entregado. Una mujer con el cabello espeso de agua se ha sentado junto a él y ha tomado su cabeza entre los brazos.


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos te recomiendo cuento con valores y sabiduría de AdelaZamudio. 

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio

 

Adela Zamudio

A continuación, te presento tres cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

En “La conciencia”, un personaje que ha cometido una falta intenta aliviar su culpa examinando solo los argumentos que la justifican, hasta convencerse de que su acción no fue tan grave. La historia revela cómo el ser humano puede deformar su propia percepción moral para evitar el remordimiento, enseñando que la verdadera sabiduría exige honestidad interior y valentía para reconocer los propios errores.

 

En “El diamante”, una piedra preciosa desprecia a sus hermanos por considerarlos inferiores, pero estos le recuerdan que su valor radica en la utilidad y el servicio que prestan a la humanidad. El relato subraya que el brillo externo y el lujo no equivalen a verdadera grandeza, y que la dignidad auténtica se encuentra en la humildad y en contribuir al bien común.

Tres cuentos completos de Adela Zamudio

La razón y la fuerza


La razón y la fuerza se presentaron un día ante el tribunal de la Justicia a resolver un reñido litigio. La Justicia se declaró en favor de la Razón. La Fuerza alegó sus glorias que llenan la historia y su innegable preponderancia universal en todas las épocas; pero la Justicia se mostró inflexible. —Tus triunfos no significan para mí más que barbarie; solo sentenciaré a tu favor cuando te halles de acuerdo con la Razón— le dijo. Las dos litigantes se retiraron, cada cual por su lado, y en el camino, la Fuerza se encontró con la Hipocresía y le contó el fracaso que acababa de sufrir. —Has declarado tus ambiciones con demasiada franqueza— díjole esta. —Si te hubieses revestido de los atributos de tu enemiga, el resultado hubiera sido distinto. La Fuerza aprovechó el consejo: Aguardó a que la Razón estuviese dormida o descuidada, le robó sus vestiduras, se disfrazó con ellas, y adoptando sus maneras y lenguaje, se presentó a la Justicia con su memorial en la mano. —Leedlo, señora, —le dijo—. Todo lo que pido es en nombre de la Patria, de la Humanidad, de la Religión. La justicia que es algo cegatona, se colocó los anteojos, puso su visto bueno al documento y le imprimió el sello augusto de su ministerio.

La Fuerza se fue en busca de la Hipocresía. —Eres hábil, —le dijo—, y me conviene tomarte a mi servicio; pero la vileza repugnante de tu aspecto podría perjudicarme. Es necesario que cambies de traje. La Hipocresía se dirigió a casa de la Prudencia. —Vecina, —dijo—, hágame el favor de prestarme uno de sus trajes, el más decente. Me propongo una loable empresa.

La Prudencia mantiene su lámpara encendida y goza de muy buena vista, pero el papel había estado tan bien representado que se engañó: Creyó en las buenas intenciones de aquella vecina y le confió un traje de diplomático. Desde entonces, cuando la Fuerza no puede realizar por sí sola alguna de sus hazañas, se asocia a la Hipocresía y casi siempre logra triunfar.

La conciencia

Acababa de cometer un crimen, y horrorizada llamé en mi auxilio a la religión. Con ademán solemne, la religión puso en mis manos una moneda, cuyas dos caras representaban mis buenas y malas acciones. Emprendí la subida por un sendero escarpado que se elevaba al cielo, y al avanzar, examiné la moneda. Desde luego, hallé pintada en ella, con vivo colorido, toda la fealdad odiosa y repugnante de mi mala acción. Rápida, instintivamente, volquéla al punto, y en el reverso, traté de descubrir, con trabajo, algunas sutiles circunstancias que atenuaban mi culpa. Así marché examinando alternativamente, las dos caras opuestas de la moneda. Mas, como siempre que fijaba mis ojos en el mal lado, sentía la punzada insufrible del remordimiento, di en examinar con más frecuencia el lado bueno, en el cual fui descubriendo multitud de razones y circunstancias, cada vez más marcadas, que, no solamente disculpaban, sino que justificaban aquella acción. Y sucedió que cuando más examinaba el lado bueno, los caracteres fuertemente grabados en el mal lado fueron debilitándose poco a poco, hasta quedar casi borrados. Cuando llegué a la cumbre de aquel sendero, me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas culpas, más no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis ojos, en una acción laudable.

El diamante

El Diamante dijo un día a sus hermanos: –No pueden alabar nuestro común origen, son mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones, les harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar frentes de sus soberanos. La negrura de ustedes y fetidez les denuncian, están mezclados con sustancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan solo me acompañan el oro, la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza mares y desciende a los abismos. –Nosotros nos hallamos allá donde podemos serles útiles–dijo la Hulla–; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades domésticas. –Son despedazados por el hacha y luego cruje bajo su planta, continuó el Diamante. Aprendan de mí; soy el más duro de los cuerpos de la Naturaleza, ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes. –Eres duro, pero frágil– observó el Grafito a media voz. –¡El plebeyo cristal se enorgullece de semejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas mujeres sonríen satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo más que la vida.

 –Si, tú fomentas la vanidad femenina, no lo negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo tiempo, fue el cáncer de la sociedad. Por ti son sacrificados honra e inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores que se resuelven crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo? ¡Cuéntanos! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo, porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien. –Mi aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las callejuelas más apartadas; fui el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una lámpara! Aunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la humanidad. –Allá donde falta Hulla yo acudo a reemplazarla– dijo la Turba. –Yo purifico el vino y los jarabes– agregó modestamente el Carbón animal. –La quimera moderna, –continuó el Grafito–, ha desmentido tu decantada fortaleza; se te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos! El Diamante no tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron las espaldas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo Trenzador de Ricardo Güiraldes.

viernes, 6 de febrero de 2026

Cuento breve de Ricardo Güiraldes

 

Ricardo Güiraldes

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos cortos para adultos de Ricardo Güiraldes, destacado escritor y poeta argentino. Este cuento breve para adultos también puedes escucharlo en formato audiocuento en Spotify y en video en YouTube.

En “Trenzador”, Ricardo Güiraldes narra la vida de Núñez, un artesano excepcional que consagra su existencia al arte de trenzar cuero con una dedicación casi sagrada. Desde sus aprendizajes humildes hasta alcanzar una maestría admirada por todos, su talento lo lleva a la fama y al reconocimiento, pero también lo aparta silenciosamente de algo más íntimo y personal. Sin revelar el desenlace, el cuento explora la figura del artista que vive para su obra y cuya identidad se confunde con su oficio. Su significado apunta a la tensión entre el éxito exterior y la fidelidad a la creación más profunda: el arte como destino absoluto, como pasión que da sentido a la vida pero que también la consume, y como misterio final que ni la gloria ni el tiempo logran descifrar del todo.

 

Trenzador 

[Cuento - Texto completo.] 

Núñez trenzó, como hizo música Bach, pintura Goya, versos el Dante. Su organización de genio le encauzó en senda fija y vivió con la única preocupación de su arte. Sufrió la eterna tragedia del grande. Engendró y parió en el dolor según la orden divina. Dejó a sus discípulos, con el ejemplo, mil modos de realizarse, y se fue, atesorando un secreto que sus más instruídos profetas no han sabido aclarar. Fueron para el comienzo los botones tiocos del viejo Nicasio, que escupía los tientos hasta hacerlos escurridizos. Luego otras, las enseñanzas de saber más complejo. Núñez miraba, sin una pregunta, asimilando con facilidad voraz los diferentes modos, mientras la Babel del innovador trepaba sobre sí misma, independientemente de lo enseñable. Una vez adquirida la técnica necesaria, quiso hacer materia de su sueño. Para eso se encerró en los momentos ociosos y en el secreto del cuarto, mientras los otros sesteaban, comenzó un trabajo complicado de trenzas y botones que vencía con simplicidad. Era un bozal a su manera, dificultoso en su diafanidad de ñandutí. A los motivos habituales de decoración, uniría inspiraciones personales de árboles y animales varios. Iba despacio, debido al tiempo que requería la preparación de los tientos, finos como cerda, a la escasez de los ratos libres, a las pullas de los compañeros, que trataba de eludir como espuela enconosa, llevadera a malos desenlaces. ¿Qué haría Núñez, tan a menudo encerrado en su cuarto? Esa curiosidad del peonaje llegó al patrón, que quiso saber. Entró de sorpresa, encontrando a Núñez tan absorbido en un entrevero de lonjas, que pudo retirarse sin ser sentido. Al concluir la siesta, mandole llamar, encargándole, irónicamente, compusiera unas riendas en las cuales tenía que echar cuatro botones, sobre el modelo inimitable de un trenzador muerto. Al día siguiente estaba la orden cumplida. La obra antigua parecía de aprendiz. Fue un advenimiento. Así como un pedazo de grasa se extiende sobre la sartén caldeada, corrió la fama de Núñez. Los encargos se amontonaron. El hombre tuvo que dejar su labor para atender pedidos. Todos sus días, a partir de entonces, fueron atosigados de trabajo, no teniendo un momento para mirar hacia atrás y arrepentirse o alegrarse del cambio impuesto. Meses más tarde, para responder a las exigencias de su clientela, mudose al pueblo, donde mantuvo una casa suficiente a sus necesidades de obrero. Perfeccionábase, malgrado lo cual una sombra de tristeza parecía empañar su gloria. Nunca fue nadie más admirado. Decíanlo capaz de trenzar un poncho tan fino, tan flexible y sobado como la más preciada vicuña. Remataba botones con perfección que hacía temer brujería; ingería costuras invisibles; le nombraban como rebenquero. La maceta de sobar era parte de su puño; el cuchillo, prolongación de sus dedos hábiles. Entre el filo y el pulgar salían los tientos, que se enrulaban al separarse de la hoja. Aleznas de diferentes tamaños y formas asentaban sus cabos en el hueco de la mano como en nicho habitual. Humedecía los tientos, haciéndolos patinar entre sus labios; después corríalos contra el lomo del cuchillo, hasta dejarlos dúctiles e inquebrables. Corre también que poseyó una curiosa yegua tobiana. Cada año le daba un potrillo obscuro y otro palomo. Núñez los degollaba a los tres meses para lonjearlos, combinando luego blancos y negros en sabias e inconcluibles variaciones nunca repetidas. Durante cuarenta años, puso el suficiente talento para concluir lo acordado con el cliente. Hizo plata, mucha plata; lo mimaron los ricachos del partido, pero hubo siempre una cerrazón en su mirada. Viejo ya, la vista le flaqueaba a ratos, y no alcanzó a trabajar más de cuatro horas al día. Cuando insistía sobre el cansancio, las trenzas salían desparejas. Entonces fue cuando Núñez dejó el oficio. El pobre, casi decrépito, pudo al fin disponer libremente de su vida. No quería para nada tocar una lonja, y evitaba las conversaciones sobre su oficio, hasta que, de pronto, pareció recaer en niñez. Le tomó ese mal un día que, por acomodar un ropero, dio con el bozal que empezara en sus mocedades. El viejo, desde ese momento, perdió la cabeza; abrazó las guascas enmohecidas, y olvidando su promesa de no trenzar más, recomenzó la obra abandonada cincuenta años antes, sin dejarla un minuto, en detrimento de sus ojos gastados y de su cuerpo, cuya postura encorvada le acalambraba. Cada vez más doblado, en la atención fatal de aquel trabajo, murió don Crisanto Núñez. Cuando lo encontraron duro y amontonado sobre sí mismo, como peludo, fue imposible arrancarle el bozal que atenazaba contra el pecho con garras de hueso. Con él tuvieron que acostarlo en el lecho de muerte. Los amigos, la familia, los admiradores, cayeron al velorio, y se comentó aquella actitud desesperada con que oprimía el trabajo inconcluso. Alguien, asegurando era su mejor obra, propuso cortarle al viejo los dedos para no enterrarle con aquella maravilla. Todos le miraron con enojo: ¡cortar los dedos a Núñez, los divinos dedos de Núñez! Un recuerdo curioso e indescifrable queda del gesto de zozobra con que el viejo oprimía lo que fue su primera y última obra. ¿Era por no dejar algo que consideraba malo? ¿Era por cariño? ¿O simplemente por un pudor de artista, que entierra con él la más personal de sus creaciones?

Fuente: Ciudad Seva

 

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