Leonora Carrington
A continuación,
te presento La dama oval de Leonora Carrington. En este cuento para adultos se
presenta a Lucrecia, una joven extraña y melancólica que vive encerrada en una
mansión elegante y opresiva bajo la autoridad cruel de su padre. La narradora
descubre un mundo surrealista donde los juguetes parecen vivos, una urraca
habla y Lucrecia imagina convertirse en caballo para escapar de la realidad y
conservar su libertad infantil. Sin embargo, su padre le prohíbe ese juego y
finalmente destruye a “Tártaro”, el caballo que simboliza su imaginación y su
independencia. El significado del cuento gira alrededor de la represión de la
fantasía, el control autoritario y el paso traumático de la infancia a la edad
adulta: Lucrecia representa el deseo de libertad y creatividad, mientras que el
padre encarna las normas rígidas y el poder que destruye la inocencia y obliga
a abandonar el mundo mágico interior.
Tengo
la impresión de que en este relato se esconde una especie de biografía
emocional de la autora. Aunque la historia está construida desde lo fantástico
y lo surrealista, muchos de los elementos parecen reflejar conflictos
profundamente humanos: principalmente, la
necesidad de escapar a través de la imaginación. En muchos casos, el dolor
emocional provocado por traumas infantiles genera la necesidad de transformarlo
en arte o en escritura, como si narrarlo fuera una forma de comprenderlo o
sobrevivirlo.
Además, creo que la autora utiliza lo
surrealista no para escapar de la realidad, sino para expresar emociones que
resultarían difíciles de explicar de manera directa.
Este
cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La dama oval
(Cuento completo)
Había
una dama muy alta y delgada de pie junto a la ventana. La ventana era muy alta
y delgada también. La dama tenía el rostro pálido y triste. Estaba inmóvil, y
nada se movía en la ventana salvo la pluma de faisán que ella llevaba en el
pelo. Esta pluma temblona atrajo mi mirada: ¡tanto se agitaba en esta ventana
donde nada se movía!
Era
la séptima vez que pasaba por delante de la ventana. La dama triste no se había
movido; a pesar del frío de esa tarde, me detuve. Quizá los muebles eran tan
altos y delgados como la ventana y la dama. Quizá el gato, si es que había un
gato, se conformaba también a sus elegantes proporciones. Quería saberlo, me
devoraba la curiosidad; un deseo irresistible de entrar en la casa, sólo para
comprobarlo, se apoderó de mí.
Antes
de saber exactamente lo que hacía, me hallaba en el vestíbulo. La puerta se
cerró en silencio tras de mí, y por primera vez en mi vida me encontré en una
morada suntuosa. Para empezar, reinaba un silencio tan distinguido que apenas
me atrevía a respirar. Luego estaba la extrema elegancia de los muebles y
los bibelots. Cada silla era lo que menos el doble de alta que una
silla normal, y mucho más estrecha. Entre estos aristócratas, hasta los platos
eran ovalados, no redondos como los de las personas corrientes. El salón, donde
seguía la dama triste, estaba decorado con una chimenea; y había una mesa
puesta con tazas de té y pastas. Cerca del fuego esperaba apaciblemente una
tetera a que sirviesen su contenido.
Vista
de espaldas, la dama parecía más alta aún. Lo menos medía tres metros. Yo no
sabía cómo hacer para dirigirle la palabra. ¿Empezar comentando el tiempo, y
decirle lo malo que hacía? Demasiado banal. ¿Hablarle de poesía? Pero ¿de qué
poesía?
-Señora,
¿le gusta la poesía?
-No;
odio la poesía –respondió con voz ahogada de aburrimiento, sin volverse hacia
mí.
-Tome
una taza de té, le sentara bien.
-Yo
no bebo; yo no como. En protesta contra mi padre, el muy hijo de perra.
Tras
un cuarto de hora de silencio, se volvió; y me dejó asombrada su juventud.
Tendría quizá dieciséis años.
-Es
muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años no era ni la
mitad de alta que usted.
-Me
da igual. Bueno, sírveme un poco de té, pero no lo digas a nadie. Tal vez me
tome también una pasta de ésas; pero hagas lo que hagas, recuerda no decir
nada.
Comió
con un apetito absolutamente asombroso. Cuando iba por la pasta número veinte
dijo:
-Aunque
me muera de hambre, no se saldrá con la suya. Ya veo el cortejo fúnebre, con
cuatro grandes caballos negros y relucientes. Van despacio, con mi pequeño
ataúd blanco entre un montón de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…
Se
echó a llorar.
-Mira
el pequeño cadáver de la hermosa Lucrecia. Y ¿sabes una cosa?: una vez que
estás muerta no hay mucho que hacer. Me gustaría morir de hambre, sólo para
fastidiarle. ¡El cerdo!
Tras
estas palabras, abandono lentamente la habitación. La seguí.
Cuando
llegamos a la tercera planta, entramos en un inmenso cuarto de niños donde
había centenares de juguetes rotos y destrozados, diseminados pro todas partes.
Lucrecia se acercó a un caballo de madera. Pese a lo antiguo que era –no
tendría menos de cien años-, estaba congelado en pleno galope.
-“Tártaro”
es mi favorito –dijo, acariciando el hocico del caballo-. Detesta a mi padre.
“Tártaro”
se meció graciosamente sobre sus balancines; y yo pregunté cómo podía moverse
por sí solo. Lucrecia lo miró pensativa, juntando las manos.
-Irá
lejísimos, así –dijo-. Y cuando vuelva, me contará cosas interesantes.
Al
asomarme al exterior vi que estaba nevando. Hacía mucho frío, pero Lucrecia no
lo notaba. Un leve ruido en la ventana atrajo mi atención.
-Es
Matilde –dijo-. Debía haberle dejado la ventana abierta. Por otra parte, se
sofoca una aquí –tras lo cual rompió los cristales, y entró la nieve junto con
una urraca que dio tres vueltas volando a la habitación.
“Matilde
habla como nosotros. Hace diez años que le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa
criatura!
-Herrrmosa
crrriatura –graznó Matilde con voz brujeril-. HHerrmosa crrriatura.
Matilde
fue a posarse sobre la cabeza de “Tártaro”. El caballo seguía galopando
suavemente. Estaba cubierto de nieve.
-¿Has
venido a jugar con nosotras? –preguntó Lucrecia-. Me alegro, porque me aburro
muchísimo aquí. Hagamos como que éramos caballos. Voy a convertirme en caballo
con un poco de nieve, resultará más convincente. Tú serás caballo también,
Matilde.
-Caballo,
caballo, caballo –chilló Matilde, danzando histéricamente sobre la cabeza de
“Tártaro”.
Lucrecia
se arrojó a la nieve, que era ya espesa, y rodó por ella gritando:
-¡Todos
somos caballos!
Cuando
se levantó, el efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era
Lucrecia, habría jurado que se trataba de un caballo. Era hermoso, de un blanco
cegador y con sus cuatro patas finas como agujas y una crin que le caía como
agua alrededor de su larga cara. Se echó a reír de alegría y se puso a bailar
locamente en la nieve.
-Galopa,
galopa, “Tártaro”; pero yo iré más deprisa que tú.
“Tártaro”
no modificó su marcha, pero sus ojos centellearon. No se le veían más que los
ojos, dado que estaba cubierto de nieve. Matilde graznaba y se daba cabezazos
contra las paredes. En cuanto a mí, bailaba una especie de polca para no
perecer de frío.
De
repente, observé que la puerta estaba abierta y que había una vieja enmarcada
en el vano. Llevaba allí mucho rato, quizá, sin que yo me hubiese percatado.
Observaba a Lucrecia con expresión de desagrado.
-Pare ahora mismo –gritó, temblando
súbitamente de furor-. ¿Qué es todo esto? ¿Eh, señoritas? Lucrecia, ¿no sabe
usted que su padre le tiene rigurosamente prohibido este juego? ¡Es un juego
ridículo! Ya no es usted una niña.
Lucrecia
seguía bailando, largando sus cuatro patas peligrosamente cerca de la vieja; su
risa era estridente.
–¡Pare,
Lucrecia!
La
voz de Lucrecia se volvía cada vez más aguda; se desternillaba de risa.
-Muy
bien –dijo la vieja-; con que no me quiere obedecer. ¿eh? Muy bien, pues lo
lamentará. Voy a llevarla a su padre.
Tenía
una de sus manos escondida detrás de la espalda; pero con una rapidez asombrosa
en una persona tan vieja, saltó sobre el lomo de Lucrecia y le metió a la
fuerza el freno entre los dientes. Lucrecia saltó en el aire relinchando de
rabia, pero la vieja se sujetó a ella. Después nos agarró a cada una de
nosotras, a mi por el pelo y a Matilde por la cabeza, e iniciamos las cuatro
una danza frenética. En el corredor Lucrecia daba coces en todas direcciones,
destrozando cuadros y sillas y piezas de porcelana. La vieja se sujetaba a su
lomo como una lapa a la roca. Yo estaba cubierta de heridas y magulladuras, y
pensaba que Matilde había muerto, porque la mano de la vieja la agitaba
lastimosamente como un trapo.
Llegamos
al comedor en una auténtica orgía de alboroto. Sentado a la cabecera de una
mesa larga, un señor anciano, con la figura más geométrica del mundo, acababa
de comer. De repente, se hizo un completo silencio en la habitación. Lucrecia
miró a su padre con gesto arrogante.
-Así
que vuelves a las andadas –dijo él, cascando una avellana-. Ha hecho bien
señorita De la Rochefroide en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres
días que te prohibí que jugaras a los caballos. Es la séptima vez que tengo que
castigarte, y sin duda sabes que en nuestra familia, el siete es el último
número. Me temo, mi querida Lucrecia, que esta vez te tengo que castigar con
bastante severidad.
La
joven, que había adoptado aspecto de caballo, no se movió; pero le temblaban
los ollares.
-Lo
que voy a ha hacer es sólo por tu bien, cariño –su voz era muy suave-. Eres
demasiado mayor para jugar con “Tártaro”. “Tártaro” es para los niños. Así que
voy a quemarlo, hasta que no quede nada de él.
Lucrecia
profirió un alarido terrible y cayó de rodillas.
-Eso
no, papá; eso no.
El
anciano sonrió con gran suavidad y cascó otra avellana.
-Es
la séptima vez, cariño.
De
los grandes ojos del caballo brotaron lágrimas que excavaron dos surcos en sus
mejillas de nieve. Lucrecia se volvió tan deslumbrantemente blanca que brillaba
como una estrella.
-Piedad,
papá, piedad. No quemes a “Tártaro”.
Su
voz se fue volviendo más débil cada vez, y no tardó en encontrarse de rodillas
en un charco de agua; yo tenía miedo de que fuera a derretirse del todo.
-Mademoiselle
De la Rochefroide, llévese a la señorita Lucrecia –dijo el padre, y la vieja
hizo salir a la temblorosa criatura, que había vuelto delgadísima, de la
habitación.
Creo
que no notó mi presencia. Me escondí detrás de la puerta y oí subir al anciano
al cuarto de los niños. Poco después me taponé los oídos con los dedos; porque
arriba se oían los relinchos más espantosos, como si un animal estuviese
sufriendo torturas extremas.
Otros cuentos
Si
te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos Fragmentos de El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky.