lunes, 13 de abril de 2026

Un cuento maravilloso de Liliana Bodoc

 

Liliana Bodoc

A continuación, te presento un cuento para adultos de Liliana Bodoc, Después de los lobos. Esta escritora argentina, fue también una poeta especializada en literatura juvenil e infantil. Su obra en prosa más famosa es la trilogía de la Saga de los confines. Este cuento también puedes escucharlo en Youtube y Spotify.

 El cuento Después de los lobos de Liliana Bodoc presenta la historia de una manada de lobos que vive siguiendo sus instintos tradicionales, hasta que algunos comienzan a cuestionar esa forma de vida y a comportarse de manera diferente, lo que genera rechazo, burlas y conflicto dentro del grupo. A partir de esta situación, el relato explora el significado de la diferencia y la elección personal: propone que apartarse de lo establecido puede implicar soledad o incomprensión, pero también la posibilidad de encontrar un camino propio y más humano. En el fondo, el cuento reflexiona sobre la importancia de aceptar la diversidad y de animarse a cambiar, sugiriendo que un mundo donde todos son iguales puede ser tan peligroso como uno sin colores, y que la verdadera libertad nace al atreverse a ser distinto.

 

 

"Después de los lobos" de Liliana Bodoc

("Amigos por el viento")

Un mundo sin diferencias es tan temible como un arco iris gris.

Andan los lobos en manadas. Su ferocidad va delante de ellos, y detrás van sus sombras, estiradas por el ultimo sol del atardecer.

Primero la ferocidad, después los lobos, después las sombras; las manadas recorren los caminos del bosque.

El bosque, que los conoce bien, sabe que se acerca una muerte. Porque los lobos tienen hambre. Un hambre enorme y antigua, tal como si jamás hubieran comido: ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos. Con las orejas alertas, los hocicos entreabiertos y los colmillos en su sitio, la manada va en busca de su presa.

Hace tiempo y más tiempo, en la gran manada de los lobos del mundo comenzó a suceder algo extraño. 

Para que no se advierta su llegada, los lobos se mueven con precaución. Tanta precaución que, más que decir que no hacen ruido, habría que decir que hacen silencio.

El bosque sabe lo que va a suceder... Tarde o temprano, los lobos hallarán un animal indefenso, lo cercarán en una rueda de ojos amarillos, y luego se abalanzarán sobre él. Un poco después, estarán aullándole a la luna para celebrar la cacería.

Van a hacerlo porque son lobos, y no ardillas, tortugas o ciervos. Y todos los lobos tienen un hambre armada de colmillos, caminan con sigilo y están enamorados de la luna.

 

Pero... (si no hay PERO, no hay cuento) a veces las cosas cambian. Se sacuden.

 

Hace tiempo y más tiempo, en la gran manada de lobos del mundo comenzó a suceder algo extraño.

Por aquí y por allá, en este bosque y en aquella pradera nacieron algunos lobos que no quisieron, no supieron o no pudieron ser iguales a todos. 

No quisieron, no pudieron o no supieron... ¡Eso no es li importante! Lo que realmente importa es que aquellos lobos se aburrían de tener hambre. Solamente tener hambre. Todo el día y la vida: cazar y seguir hambrientos.

Entonces lentamente comenzaron a cambiar sus costumbres. ¡Y terminaron haciendo cosas que a ningún lobo común y corriente se le hubiese ocurrido! Por ejemplo, dejaron de mirar la luna, y empezaron a mirar con curiosidad las luces de los fuegos que encendían los hombres.

Y bien, cuando sus compañeros notaron la diferencia, se inquietaron. Mejor dicho, algunos se inquietaron. "Qué sucedía con aquellos lobos... ¿Por qué se comportaban de esa ridícula manera?"

Otros, en cambio, se burlaron. "Vean estos lobos inútiles y débiles que no quieren tener hambre todo el día".

Algunos desconfiaron: "¿Sería conveniente que aquellos lobos permanecieran cerca...? ¿Y si sus rarezas y sus tonterías eran contagiosas?"

Finalmente, otros se enfurecieron: "¡No debemos aceptar esta insolencia!" Y hasta amenazaron: "Si no se comportan igual que nosotros, recibirán un castigo".

Con el tiempo los animales que no querían, no sabían o no podían ser iguales al resto de las manadas se fueron rezagando. La inquietud, las burlas y las rabias de sus compañeros crecían cada vez más. 

Entonces, un buen dia, aquí y allá, en esta pradera y en aquel bosque, ellos tomaron un nuevo camino. 

Los lobos en manada continúan andando por su propio sendero. Hambrientos, orgullosos y colmilludos; caminando con sigilo para atrapar una presa, aullándole a la luna llena.

Y quizá nunca sepan lo que nosotros sabemos...

 

Aquellos animales que se aburrieron de tener hambre, siempre y solamente hambre, no eran inútiles, débiles o insolentes. Tenían otros sueños, eso sí. Por eso, un día cambiaron de sendero y de destino.

Ellos viven hoy más cerca de los hombres que de la luna. Y tienen los nombres que les pone el amor.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Viejo con árbol de Roberto Fontanarrosa

sábado, 11 de abril de 2026

Un cuento maravilloso de Roberto Fontanarrosa

 

 Roberto Fontanarrosa

A continuación, te presento un cuento para adultos de Roberto Fontanarrosa, destacado humorista gráfico y escritor argentino. Asimismo, muchas de sus obras han sido adaptadas al teatro, al cine y a la televisión. Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify.

El cuento “Viejo con árbol” de Roberto Fontanarrosa narra, sin revelar giros clave, la presencia de un anciano solitario que asiste siempre a los partidos de un equipo amateur y observa el juego con una mirada muy particular: para él, el fútbol no es solo deporte sino una forma de arte en la que se mezclan escultura, pintura, danza, música y teatro. A través del diálogo con un jugador, el relato muestra cómo este hombre interpreta cada movimiento y detalle del partido desde una sensibilidad estética y casi poética; sin embargo, el significado del cuento apunta a un contraste profundo entre esa visión idealizada y la realidad pasional del fútbol, sugiriendo que, por más que intentemos intelectualizar o embellecer la vida, hay experiencias —como el fútbol— que inevitablemente nos devuelven a lo más visceral, humano y emocional.

 

Viejo con árbol

Cuento completo de Roberto Fontanarrosa

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga.

Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.

—Ojo con la vía —alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.

—No pasan trenes, casi —lo tranquilizaba Norberto.

Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.

—¿No vino la hinchada? —ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo—. ¿No vino la barra brava?

Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.

—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá —bromeó alguno.

—Por ahí es amigo del referí —dijo otro.

Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.

Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.

El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.

—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso.

El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.

—No —sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí.

El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado.

—Música —dijo después, mirándolo de nuevo.

—¿Algún tanguito? —probó el Soda.

—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.

El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.

—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.

El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.

—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.

El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.

—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...

El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.

—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y siena de los muslos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.

Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arremetió.

—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...

El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero solo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.

—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...

El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.

—Y vea usted a ese delantero... —señala ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.

El Soda se toma la cabeza.

—¡Qué cobra? —balbucea indignado.

—¿Cobra penal? —abría los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¡Qué cobras? —grita después, desaforado—. ¡Qué cobras, referí y la reputísima madre que te parió?

El Soda lo mira atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvía hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.

—... ¿Y eso? —se atrevía a preguntarle el Soda, señalándolo.

—Y eso... —Vacila el viejo, tocándose levemente la gorra—... Eso es el fútbol.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo Los objetos de Silvina Ocampo.

 

jueves, 9 de abril de 2026

Los objetos de Silvina Ocampo

 

Silvina Ocampo

El cuento Los objetos de Silvina Ocampo narra la vida de Camila, una mujer que parece no apegarse a las cosas materiales hasta que, años después de perder una pulsera, comienza a recuperarla y luego a reencontrarse misteriosamente con todos los objetos de su pasado. Este relato para adultos muestra cómo esa recuperación progresiva, que al principio le produce alegría, se vuelve inquietante y perturbadora, transformando su relación con esos objetos en algo cada vez más obsesivo.

El significado del cuento apunta a una idea profunda: los objetos no son realmente “reemplazables” porque guardan memoria, identidad y tiempo vivido. Ocampo sugiere como una reflexión sobre la nostalgia, y el peligro de dejar que lo material (cargado de significado emocional) termine dominando la vida interior y el presente. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

Los objetos

(cuento completo de Silvina Ocampo)

Alguien regaló a Camila Ersky, el día que cumplió veinte años, una pulsera de oro con una rosa de rubí. Era una reliquia de familia. La pulsera le gustaba y sólo la usaba en ciertas ocasiones, cuando iba a alguna reunión o al teatro, a una función de gala. Sin embargo, cuando la perdió, no compartió con el resto de la familia, el duelo de su pérdida. Por valiosos que fueran, los objetos le parecían reemplazables. Sólo apreciaba a las personas, a los canarios que adornaban su casa y a los perros. A lo largo de su vida, creo que lloró por la desaparición de una cadena de plata, con una medalla de la virgen de Luján, engarzada en oro, que uno de sus novios le había regalado. La idea de ir perdiendo las cosas, esas cosas que fatalmente perdemos, no la apenaba como al resto de su familia o a sus amigas, que eran todas tan vanidosas. Sin lágrimas había visto su casa natal despojarse, una vez por un incendio, otra vez por un empobrecimiento, ardiente como un incendio, de sus más preciados adornos (cuadros, mesas, consolas, biombos, jarrones, estatuas de bronce, abanicos, niños de mármol, bailarines de porcelana, perfumeros en forma de rábanos, vitrinas enteras con miniaturas, llenas de rulos y de barbas), horribles a veces pero valiosos. Sospecho que su conformidad no era un signo de indiferencia y que presentía con cierto malestar que los objetos la despojarían un día de algo muy precioso de su juventud. Le agradaban tal vez más a ella que a las demás personas que lloraban al perderlos. A veces los veía. Llegaban a visitarla como personas, en procesiones, especialmente de noche, cuando estaba por dormirse, cuando viajaba en tren o en automóvil, o simplemente cuando hacía el recorrido diario para ir a su trabajo. Muchas veces le molestaban como insectos: quería espantarlos, pensar en otras cosas. Muchas veces por falta de imaginación se los describía a sus hijos, en los cuentos que les contaba para entretenerlos, mientras comían. No les agregaba ni brillo, ni belleza, ni misterio: no hacía falta. Una tarde de invierno volvía de cumplir unas diligencias en las calles de la ciudad y al cruzar una plaza se detuvo a descansar en un banco. ¡Para qué imaginar Buenos Aires! Hay otras ciudades con plazas. Una luz crepuscular bañaba las ramas, los caminos, las casas que la rodeaban; esa luz que aumenta a veces la sagacidad de la dicha. Durante un largo rato miró el cielo, acariciando sus guantes de cabritilla manchados; luego, atraída por algo que brillaba en el suelo, bajó los ojos y vio, después de unos instantes, la pulsera que había perdido hacía más de quince años. Con la emoción que produciría a los santos el primer milagro, recogió el objeto. Cayó la noche antes que resolviera colocar como antaño en la muñeca de su brazo izquierdo la pulsera. Cuando llegó a su casa, después de haber mirado su brazo, para asegurarse de que la pulsera no se había desvanecido, dio la noticia a sus hijos, que no interrumpieron sus juegos, y a su marido, que la miró con recelo, sin interrumpir la lectura del diario. Durante muchos días, a pesar de la indiferencia de los hijos y de la desconfianza del marido, la despertaba la alegría de haber encontrado la pulsera. Las únicas personas que se hubieran asombrado debidamente habían muerto. Comenzó a recordar con más precisión los objetos que habían poblado su vida; los recordó con nostalgia, con ansiedad desconocida. Como en un inventario, siguiendo un orden cronológico invertido, aparecieron en su memoria la paloma de cristal de roca, con el pico y el ala rotos; la bombonera en forma de piano; la estatua de bronce, que sostenía una antorcha con bombitas de luz; el reloj de bronce; el almohadón de mármol, a rayas celestes, con borlas; el anteojo de larga vista, con empuñadura de nácar; la taza con inscripciones y los monos de marfil, con canastitas llenas de monitos. Del modo más natural para ella y más increíble para nosotros, fue recuperando paulatinamente los objetos que durante tanto tiempo habían morado en su memoria. Simultáneamente advirtió que la felicidad que había sentido al principio se transformaba en malestar, en un temor, en una preocupación. Apenas miraba las cosas, de miedo de descubrir un objeto perdido. Desde la estatua de bronce con la antorcha que iluminaba la entrada de la casa, hasta el dije con el corazón atravesado con una flecha, mientras Camila se inquietaba, tratando de pensar en otras cosas, en los mercados, en las tiendas, en los hoteles, en cualquier parte, los objetos aparecieron. La muñeca cíngara y el calidoscopio fueron los últimos. ¿Dónde encontró estos juguetes, que pertenecían a su infancia? Me da vergüenza decirlo, porque ustedes, lectores, pensarán que sólo busco el asombro y que no digo la verdad. Pensarán que los juguetes eran otros parecidos a aquéllos y no los mismos, que forzosamente no existirá una sola muñeca cíngara en el mundo ni un solo calidoscopio. El capricho quiso que el brazo de la muñeca estuviera tatuado con una mariposa en tinta china y que el calidoscopio tuviera, grabado sobre el tubo de cobre, el nombre de Camila Ersky. Si no fuera tan patética, esta historia resultaría tediosa. Si no les parece patética, lectores, por lo menos es breve, y contarla me servirá de ejercicio. En los camarines de los teatros que Camila solía frecuentar, encontró los juguetes que pertenecían, por una serie de coincidencias, a la hija de una bailarina que insistió en canjeárselos por un oso mecánico y un circo de material plástico. Volvió a su casa con los viejos juguetes envueltos en un papel de diario. Varias veces quiso depositar el paquete, durante el trayecto, en el descanso de una escalera o en el umbral de alguna puerta. No había nadie en su casa. Abrió la ventana de par en par, aspiró el aire de la tarde. Entonces vio los objetos alineados contra la pared de su cuarto, como había soñado que los vería. Se arrodilló para acariciarlos. Ignoró el día y la noche. Vio que los objetos tenían caras, esas horribles caras que se les forman cuando los hemos mirado durante mucho tiempo. A través de una suma de felicidades Camila Ersky había entrado, por fin, en el infierno.

 Fuente: Lecturia.org

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos cuentos breves deGuadalupe Dueñas.

martes, 7 de abril de 2026

Dos cuentos de Guadalupe Dueñas

 

Guadalupe Dueñas

A continuación, te presento los resúmenes y análisis de dos cuentos de Guadalupe Dueñas: No moriré del todo y Tiene la noche un árbol, que también puedes escuchar en YouTube y Spotify.  En esta ocasión, os puedo compartir solamente el cuento No moriré del todo, puesto que el otro cuento no lo he encontrado digitalmente

Estos cuentos para adultos están relacionados con la muerte, pero desde dos visiones distintas. En el cuento No moriré del todo, una mujer llamada Beatriz decide morir en un accidente de avión para que su familia cobre un seguro; sin embargo, durante el vuelo siente miedo y, al final, lucha por sobrevivir. Su significado muestra de forma irónica cómo el deseo de morir puede desaparecer cuando se enfrenta a la muerte real, revelando que incluso una vida triste tiene valor y que el instinto de vivir es más fuerte que cualquier cálculo o sacrificio.

Por otro lado, aunque también está relacionado con la muerte, el cuento Tiene la noche un árbol la presenta desde la visión de un niño. En este relato, un niño observa la muerte de su maestra Silvia y la extraña conducta de un hombre desconocido frente a su casa, creando una atmósfera inquietante donde no todo se explica. Su significado radica en mostrar cómo la infancia percibe la muerte y el misterio, mezclando realidad e imaginación y dejando una sensación de duda, tristeza y extrañeza.

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No moriré del todo

(Cuento completo de Guadalupe Dueñas)

Beatriz decidió morir. Compraría –eran sus últimos trescientos pesos- un boleto de avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima.

Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia.

Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexionar sobre otros puntos: que oficialmente cumplía los cincuenta; que la remotísima esperanza de matrimonio había desaparecido con el hundimiento del Doria, al poner fin a las débiles promesas del maquinista Krautzer; que padecía de un reumatismo progresivo y el negocio de botones estaba ya liquidado; que resultaría inútil el cariño frente a la importancia de los estudios de la prima y de los muchachos. Por otra parte la inversión no corría riesgo, ya que las informaciones obtenidas acerca del promedio de accidentes en la Compañía Maglioli podían considerarse exactas; en los últimos tres meses, las estadísticas arrojaban seis bajas por cada diez vuelos.

Tía, prima y sobrinos se hicieron mutuas recomendaciones en la tierna despedida. Rara vez triunfa un gesto de abnegación y un pariente recibe adioses tan calurosos.

Cuatro vuelos —sin contratiempo— esperaron los jóvenes, hasta que al fin subieron a la dama en el avión falible.

Tímida, Beatriz ocupó el tercer lugar junto a la ventanilla. El letrero luminoso le fascinó enseguida como un ojo de culebra. ¨Sujétese el cinturón¨. Ella cumplió la orden, invadida por un sentimiento de culpa. ¿Con qué derecho se ponía a salvo? ¨No fumar. Apriétese el cinturón: esta vez lo estrechó hasta ponerse anaranjada. La aeromoza acudió en su auxilio.

Un ruido de motores la hizo saltar. No, no habían despegado. Alguien colocó en sus rodillas una mesita con té y bocadillos exquisitos, para disimular el retraso diario, siempre imprevisto. La trataban igual que una visita. Estaba emocionada.

Las aspas sonaron a terremoto. El aparato se deslizó en la pista con lentitud de automóvil descompuesto. Por la ventanilla, la tía alcanzó a distinguir las manitas de sus familiares y los amorosos ojos bañados en lágrimas. Con la boca llena de pan de ciruela hizo una mueca de adiós.

El monstruo movióse velozmente hasta el final del campo. Era como si resoplaran cien hipopótamos. La señorita renovó las provisiones; ahora unos emparedados de gruyére derretido que infamemente le hacían ¨coger¨ amor a la vida.

Casi sin sentir, el avión se elevó. El último bocado de queso descendió como el de azogue en un termómetro, desde la garganta de Beatriz a los dedos del pie.

Apagaron el letrero. Los viajeros respiraron cómodos, pero ella no se atrevió a desatar el famoso cinturón que la apretaba como el de castidad.

Flotaban en un país de azúcar. ¡Maravilloso! La incansable proveedora repartía, esta vez, vinillo espléndido. La atención en la aeronave era celeste, incomparable, angélica. A nuestra heroína, con el oporto le entró una vitalidad y alegría nuevas. Le pareció haber alcanzado aquella ¨gracia¨ de que tanto hablan en Cuaresma. Se sentía pura, ingrávida… Por el cristal apareció el paisaje nacarado, las grutas marinas, las carreteras de nieve, los árboles incandescentes como el fuego de San Telmo.

Empero, un calofrío llegó a su corazón. ¡Tenía que morir! No podía fallarles.

Volaban sobre el mar, sobre un desierto azul, infinito, repentinamente oscurecido.

El aparato, al principio tan manso, dio una sacudida desconsiderada y ensayó un trote infernal. El letrero parpadeaba: ¨No fumar. Sujétese el cinturón¨. Y después el micrófono: ¨Conserven la calma. Regresamos a base¨.

Muy pálida, la aeromoza repartía chicles y bolsas de papel. ¨¿Para tronar?¨, pensó Beatriz. Eran misteriosas, sin nada adentro. Cuando la empleada pasó junto a su lugar, ella interrogó con ojos despavoridos.

—No se apure, señora, son bolsas de aire.
—¿Cuáles, éstas o las de afuera?

El micrófono enloquecedor continuaba su charla: ¨Tormenta. Aterrizaremos en una hora¨. Y luego: ¨Gasolina para cuarenta minutos ¨.

—¡Glorifica mi alma al Señor!, bramó una turista inglesa en el mejor castellano.
—Ya nos llevó la… (Eso lo dijo uno de aquí).

Beatriz comprendió que el único idioma adecuado para rezar era el español. Intentó el Viacrucis, siguió con la Salve y luego el Bendito. ¡Imposible! Se armó un lío cercano a la herejía. ¡Ay! Ninguna jaculatoria vino en su ayuda.

Pies para arriba arrancó el pájaro de hierro. Debería haber enloquecido el piloto, porque igual iban en picada como se elevaba. ¡Cien veces maldito!, exclamó Beatriz. Y olvidó su generosa promesa: hizo acopio de fuerza y, sobre bases de voluntad, comenzó a enderezar el aparato. Cuando parecía desplomarse, ella con su propio estómago lo levantaba; con los hombros lo ponía derecho; a puro soplido retiraba los rayos. En el balanceo capoteaba el movimiento con estrategia de experto. Otro desplome que casi tocaba el lomerío y: ¡para arriba, para arriba!, ¡mmk, mmk! ...Todos los músculos al servicio de los motores. Sudaba de pies a cabeza. La inflamación le llegaba hasta el ojo. El pasaje tendría que agradecérselo. Sola contra los elementos, devorando dulces, galletas, fruta, como cuando tenía siete años, ¡lista al menor desnivel del monstruo! Se tragó la bolsa de papel y ni siquiera tuvo conatos. Podía ver el fogonazo del motor; sin embargo, se desentendía, valiente. Ya en el cine había pasado los mismos trabajos: dirigía las prácticas de los aviones norteamericanos, siempre victoriosos. ¡Qué satisfacción haber manejado con tanta pericia! Llevaba más horas de vuelo que las que pudieran pagar todos los pasajeros.

De pronto, el silencio. Los motores enmudecen. El aeroplano es una cáscara. El ojo de víbora avisa que planean. Debía ser broma, porque la máquina es un papalote: tiembla como impermeable de celofán. El letrero incandescente se funde. Bajan sin fuerzas. Pero nuevamente se apodera de ella tenaz determinación. Salva escollos, árboles, cerros, piedras, hasta llegar con la dulzura de una sandalia a la pista de regreso. Los pasajeros lloran, se besan. De improviso, la conciencia le estruja la razón a Beatriz: ¡Está viva! ¡Traición! Ha hecho víctima de su estúpida maniobra a tres seres que confiaban en ella. Está de regreso con su vida inútil, incolora, simple, solitaria, inservible, sin pasado, asquerosamente buena… Una indemnización desperdiciada, nula. Todo por la absurda euforia que le hizo sentir amor por la vida. En el aire los conceptos son distintos. Desde lo alto el hombre es bueno, amable, indefenso. La tierra firme e amarga. Los seres son lobos llenos de mentira. Hay que dar a esos tigres tajadas si descanso, tiras de corazón, de salud, de vida…

Al abandonar el aparato, Beatriz advierte que no tiene a dónde ir. Mira rencorosa a los aviones. Se encamina a la sala de espera y en un rincón se le da la tarea de repasar su infortunio. Se ahoga de pena; no se atreve con la carga de su vida. Avergonzada de que su imprudencia haya frustrado las codiciadas ventajas, piensa en que tal vez consiga otro boleto; que quizás lo sobrinos puedan ayudarla y le den otra oportunidad y perdonen su regreso. Pero no, no puede enfrentarse a la desilusión de que su presencia ha de causar a esas sensibles criaturas. Y solloza con desconsuelo, mientras palpa su inflamación.

 

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martes, 31 de marzo de 2026

Cuento de Juan Rulfo

 

Juan Rulfo

A continuación, te presento un relato para adultos de Juan Rulfo, que también puedes escuchar en Youtube y Spotify.

Acuérdate de Juan Rulfo es un cuento narrado en segunda persona, como si alguien le hablara a un interlocutor para que recuerde a Urbano Gómez, un antiguo compañero de infancia en un pueblo rural. A través de recuerdos fragmentados, se reconstruye su vida desde niño: su entorno familiar marcado por la pobreza y los conflictos, sus travesuras y engaños en la escuela, y su relación complicada con los demás habitantes del pueblo. 

El significado del cuento puede entenderse no solo como la transformación de un individuo por su entorno, sino también como una denuncia de la forma en que la violencia y la exclusión social se normalizan dentro del pueblo, ya que Urbano no es solo producto de su ambiente, sino alguien también marcado y construido por la memoria colectiva de la comunidad, que lo señala y  lo juzga mostrando así que la violencia no solo es únicamente individual, sino también depende de otros factores. 

 

Acuérdate

Cuento completo de Juan Rulfo

 Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

 

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te mando, Señor, otro angelito”. De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.

 

La debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña “para que se les endulzara la boca a sus hijos”. Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

 

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.

 

Nos traficaba a todos, acuérdate.

 

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Natalia, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.

 

Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

 

Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.

 

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro.”

 

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

 

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.

 

Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

 

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

 

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido.

 

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

 

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.

 

Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

Fuente: Lecturia.org

 

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Si te gustan los cuentos, te recomiendo tres cuentos breves de Cortázar.

jueves, 26 de marzo de 2026

Tres minicuentos de Julio Cortázar

 

Julio Cortázar

Te presento tres cuentos breves de Julio Cortázar: “Toco tu boca”, “Vestir una sombra” y “Peripecias del agua”, que puedes escuchar en YouTube y Spotify.

En estos tres minicuentos, Julio Cortázar  explora distintas formas de percibir la realidad a través de lo sensorial, lo imaginario y lo poético. Toco tu boca retrata la intimidad amorosa como una experiencia donde el deseo y la percepción transforman el cuerpo del otro en creación y juego compartido; Vestir una sombra convierte la ausencia en presencia mediante un proceso casi onírico donde lo invisible cobra forma y sugiere la tensión entre imaginación, deseo y materia; y Peripecias del agua personifica la naturaleza para reflexionar con humor y delicadeza sobre el anhelo de transformación y la fragilidad de los estados. En conjunto, los relatos muestran cómo lo cotidiano puede volverse extraordinario cuando se mira desde la sensibilidad poética, y cómo la realidad no es fija, sino moldeada por la percepción, el deseo y la imaginación.

 

Minicuentos - Julio Cortázar

Toco tu boca

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

 

Vestir una sombra

Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la .blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo, tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la visitó, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.

 

Peripecias del agua

Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general solo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles.

Pienso que deberíamos ayudar a la nieve en su reiterada pero efímera batalla, y que para eso habría que escoger un árbol nevado, un negro esqueleto sobre cuyos brazos incontables baja a establecerse la blanca réplica perfecta. No es fácil, pero si en previsión de la nevada aserráramos el tronco de manera que el árbol se mantuviera en pie sin saber que ya está muerto, como el mandarín memorablemente decapitado por un verdugo sutil, bastaría esperar a que la nieve repitiera el árbol en todos sus detalles y entonces retirarlo a un lado sin la menor sacudida, en un leve y perfecto desplazamiento.

No creo que la gravedad deshiciera el albo castillo de naipes, todo ocurriría como en una suspensión de lo vulgar y lo rutinario; en un tiempo indefinible, un árbol de nieve sostendría el realizado sueño del agua. Quizá le tocara a un pájaro destruirlo, o el primer sol de la mañana lo empujara hacia la nada con un dedo tibio. Son experiencias que habría que intentar para que el agua esté contenta y vuelva a llenarnos jarras y vasos con esa resoplante alegría que por ahora solo guarda para los niños y los gorriones.

Fuente: Ciudad Seva


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo Dulzura de Toni Morrison.

 

 

 

martes, 24 de marzo de 2026

Cuento breve de Toni Morrison

 Toni Morrison

A continuación, te presento un relato de Toni Morrison, una influyente escritora estadounidense, primera mujer afroamericana en ganar el Premio Nobel de Literatura (1993) y reconocida por novelas magistrales como Beloved (Pulitzer 1988) y Ojos azules. De esta escritora he escogido el relato Dulzura que presenta la voz de una madre afroamericana de piel clara y recuerda el nacimiento de su hija, cuya piel muy oscura despierta en ella miedo, vergüenza, además de un profundo conflicto interior marcado por el racismo y el colorismo aprendidos desde su infancia. Puedes escuchar este cuento en Spotify y en Youtube

 En este relato, la protagonista, a través de sus recuerdos, justifica la dureza con la que la crio a su hija como una forma de “protección” ante un mundo discriminatorio, mientras deja entrever la culpa y la distancia emocional que se abrió entre ambas con el paso del tiempo. El cuento explora cómo la discriminación racial puede internalizarse hasta afectar el amor materno, mostrando que el miedo social puede deformar los afectos más íntimos. Su significado gira en torno al peso del prejuicio heredado, las heridas invisibles que deja la crianza basada en el temor y la dolorosa comprensión de que las decisiones tomadas “para proteger” también pueden causar heridas profundas.

Dulzura

Relato corto de Tony Morrison

No es mi culpa, así que no pueden culparme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Me tomó menos de una hora darme cuenta de que algo andaba mal. Muy mal. Era tan negra que me dio miedo. Negro medianoche, negro sudanés. Mi piel es clara, tengo buen pelo, soy lo que llaman “cobriza”, lo mismo que el padre de Lula Ann. No hay nadie en mi familia que se acerque a ese color. La brea es lo más parecido que se me ocurre. Pero su pelo no va con la piel. Es diferente –liso, pero con rizos, como el de esas tribus desnudas de Australia–. Podrían pensar que es cuestión de herencia, ¿pero herencia de quién? Deberían haber visto a mi abuela: pasaba por blanca. Se casó con un blanco y no le volvió a dirigir la palabra a ninguna de sus hijas. Todas las cartas que recibía de mi madre o mis tías las devolvía enseguida, sin abrir. Finalmente, entendieron el mensaje de “no más mensajes”, y la dejaron tranquila. Casi cualquier mulato o cuarterón hacía eso en aquella época (si tenía el pelo adecuado). ¿Se imaginan cuántos blancos andan por ahí con sangre de negro escondida en sus venas? Adivinen. Escuché que un veinte por ciento. Mi propia madre, Lula Mae, podría haber pasado por una fácilmente, pero decidió no hacerlo. Me contaba el precio que pagó por esa decisión. Cuando fue con mi padre al juzgado para casarse había dos Biblias, y ellos tuvieron que poner la mano en la que estaba reservada para los negros. La otra era para manos blancas. ¡La Biblia! ¿Pueden creerlo? Mi madre era empleada en la casa de una pareja rica de blancos. Se comían todo lo que les preparaba, insistían en que les restregara la espalda cuando se metían a la bañera, y solo Dios sabe qué otras cosas íntimas la ponían a hacer, pero no podían tocar la misma Biblia.

Puede que alguno de ustedes piense que está mal separarnos por tonos de piel (entre más claro mejor) en clubes sociales, barrios, iglesias, hermandades, incluso escuelas segregadas. ¿Pero de qué otra forma podríamos aferrarnos a un poco de dignidad? ¿De qué otra forma podríamos evitar que nos escupan en una farmacia, recibir un codazo en la parada del bus, tener que caminar por la zanja para dejar a los blancos todo el andén, que en la tienda nos cobren un centavo por una bolsa de papel que es gratis para los clientes blancos? Sin mencionar los insultos. Yo supe de todo aquello y mucho, mucho más. Pero, gracias al tono de su piel, a mi madre no le impedían probarse un sombrero o usar el baño de damas en un almacén. Y mi padre podía probarse unos zapatos en la parte delantera de la zapatería en vez de la trastienda. Aun muriéndose de sed, ninguno de los dos se hubiera permitido tomar agua de una fuente “solo para gente de color”.

Odio decirlo, pero sentí vergüenza de Lula Ann desde el comienzo, en la sala de maternidad. Su piel era pálida, como la de todos los bebes al nacer (incluso los africanos), pero cambió rápidamente. Pensé que me estaba volviendo loca cuando se puso azul oscura frente a mis ojos. Sé que enloquecí por un momento porque, solo por unos segundos, puse una manta sobre su cabeza y presioné. Pero no pude hacerlo, no importa cuánto hubiera querido que ella no naciera con ese terrible color. Incluso se me ocurrió dejarla en algún orfanato. Pero temí ser uno de esos monstruos que dejan a sus bebés en las escaleras de una iglesia. Hace poco escuché de una pareja en Alemania (ambos blancos como la nieve) que tuvo un hijo de piel oscura que nadie pudo explicar. Gemelos, creo, uno blanco y uno negro. Pero no sé si es cierto. Lo que sé es que para mí amamantarla era como tener un pigmeo succionando mi pezón. Pasé a darle tetero apenas volví a la casa.

Mi esposo Louis es maletero, y cuando regresó de las vías me miró como si en serio me hubiera vuelto loca, y miró a la bebé como si viniera de Júpiter. No era hombre de decir groserías, así que cuando dijo “Maldita sea, ¿qué demonios es eso?”, supe que estábamos en problemas. Esa fue la razón, lo que comenzó las peleas entre nosotros. Rompió nuestro matrimonio en pedazos. Habíamos tenido tres buenos años, pero cuando ella nació él me echó la culpa, y trataba a Lula Ann como si fuera una intrusa, o mucho peor, una enemiga. Nunca la tocó.

No pude convencerlo de que jamás, jamás me había metido con otro hombre. Estaba rotundamente seguro de que le estaba mintiendo. Discutíamos y discutíamos hasta que le dije que esa negrura tenía que provenir de su familia, no de la mía. Ahí fue que todo se puso peor, tan mal, que simplemente se paró y se fue, y yo tuve que buscar un lugar más barato donde vivir. Hice lo mejor que pude. No era tan ingenua como para llevarla conmigo cuando me entrevistaban los arrendadores, así que la dejaba con una prima adolescente para que la cuidara. De todas formas, no la sacaba mucho, porque cuando la paseaba en el coche la gente se agachaba para mirar y decir algo lindo pero enseguida saltaban hacia atrás y arrugaban la frente. Eso dolía. Si los colores de nuestra piel se invirtieran, hubieran creído que yo era su niñera. Para una mujer de color –incluso siendo cobriza– ya era bastante difícil rentar algo en un lugar decente de la ciudad. En los noventa, cuando Lula Ann nació, la ley prohibía discriminar a los arrendatarios, pero pocos propietarios le prestaban atención. Se inventaban razones para excluirte. Sin embargo, tuve suerte con el señor Leigh, aunque sé que le aumentó siete dólares al precio que pedía en el anuncio y le daba un ataque si te retrasabas un minuto con el pago del alquiler.

Le dije que me llamara “Dulzura” en vez de “madre” o “mamá”. Era más seguro así. Era tan negra y tenía esos labios, que me parecían excesivamente gruesos, y si me hubiera dicho “mamá” eso habría confundido a la gente. Además, el color de sus ojos era extraño: negros como un cuervo, con un matiz azulado –había algo de bruja en ellos–.

Así que por un largo rato solo fuimos las dos, y no necesito decirles lo duro que es ser una esposa abandonada. Supongo que Louis se sintió un poquito mal después de dejarnos así porque, unos meses más tarde, averiguó a dónde nos habíamos mudado y empezó a mandarme dinero una vez al mes, aunque yo nunca se lo pedí, ni fui a la Corte para que lo hiciera. Los cincuenta dólares que me enviaba y mi trabajo nocturno nos sacaron a Lula Ann y a mí de la asistencia social. Eso fue bueno. Ojalá dejaran de decirle asistencia social y volvieran a la palabra que usaban cuando mi madre era una niña; en aquel tiempo se llamaba “alivio”. Suena mucho mejor, como si sólo fuera un breve respiro mientras te vuelves a poner en pie. Además, tratar a los empleados de la asistencia social es como recibir un escupitajo. Cuando finalmente encontré trabajo y no los necesité más, estaba ganando más plata de la que ellos habían ganado nunca. Supongo que su tacañería provenía de los suelditos mezquinos que recibían, y por eso nos trataban como mendigas. Sobre todo cuando miraban a Lula Ann, y luego me miraban a mí (como si estuviéramos tratando de hacer trampa o algo así). Las cosas mejoraron, pero todavía debía tener cuidado, mucho cuidado de cómo la educaba. Debía ser estricta, muy estricta. Lula Ann tenía que aprender a comportarse, a agachar la cabeza y no dar problemas. No me importa cuántas veces se cambie el nombre, su color es una cruz que siempre va a cargar. Pero no es mi culpa. No es mi culpa. No lo es.

Pues sí, a veces me siento mal por cómo traté a Lula Ann cuando era pequeña. Pero entiendan: tenía que protegerla. Ella no conocía el mundo. Con esa piel no tenía sentido ser difícil o presumido, incluso si tenías razón. No en un mundo en el que te podían mandar a una correccional por ser impertinente o por pelearte en el colegio; un mundo en el que te contratan de último y te despiden de primero. Ella no sabía nada de eso, ni de que su piel negra asustaría a los blancos, o haría que se rieran de ella y trataran de hacerle bromas pesadas. Una vez vi cómo un niño de un grupo de chicos blancos le hacía zancadilla a una niña que no podía tener más de diez años, cuya piel no estaba ni cerca de ser tan oscura como la de Lula Ann. Y cuando ella se intentó levantar, otro niño le puso un pie sobre la espalda y la tumbó de nuevo. Los chicos se partían de la risa. Mucho después de que se les escapó, algunos seguían con risitas, tan orgullosos de sí mismos. Si no hubiera estado mirando a través de la ventana del bus la habría ayudado, alejándola de esa gentuza blanca. Miren: si no hubiera adiestrado a Lula Ann correctamente, ella no habría sabido que siempre debía cruzar la calle y evitar a los chicos blancos. Pero las lecciones que le di dieron frutos, y a fin de cuentas ahora estoy muy orgullosa.

No fui una mala madre, sépanlo, pero puede que haya lastimado a mi única hija por tener que protegerla. Tenía que hacerlo. Todo por privilegios de piel. Al principio no pude ver a través de todo ese negro para entender quién era ella y simplemente amarla. Pero la amo. En serio que sí. Creo que ella lo entiende ahora. Eso creo.

Las últimas dos veces que la vi, me pareció que estaba… bueno, despampanante. Atrevida y segura de sí misma. Cada vez que me venía a visitar olvidaba lo negra que en realidad era porque ella lo usaba a su favor con hermosas ropas blancas.

Me enseñó algo que debí haber sabido desde siempre. Lo que le haces a un niño es importante. A veces nunca olvidan. Apenas le fue posible, me abandonó en ese horrible apartamento. Se alejó tanto de mí como pudo; se emperifolló y se consiguió un trabajo superimportante en California. Ya no llama, ni me visita. Me manda plata y cosas de vez en cuando, pero no sé hace cuánto no la veo.

Prefiero este lugar, la Casa Winston, a esos grandes y costosos ancianatos en las afueras de la ciudad. El mío es más pequeño, casero, menos costoso, con enfermeras las veinticuatro horas y un doctor que nos visita dos veces por semana. Solo tengo sesenta y tres años –muy joven para andar retirada–, pero resulté con una enfermedad crónica en los huesos, así que es vital un buen cuidado. El aburrimiento es peor que la debilidad o el dolor, pero las enfermeras son adorables. Una me acabó de besar en la mejilla cuando le dije que voy a ser abuela. Su sonrisa y sus felicitaciones fueron como para alguien a punto de ser coronada. Le mostré la nota en papel azul que recibí de Lula Ann –bueno, firmó “La novia”, pero nunca le presto atención–. Sus palabras suenan atolondradas: “Adivina qué D., estoy tan, pero tan feliz de dar esta noticia. Voy a tener un bebé. Estoy muy, muy emocionada, y espero que tú también lo estés”. Supongo que la emoción es por el bebé y no por el padre, porque no lo menciona en absoluto. Me pregunto si es tan negro como ella. Si es así, no necesita preocuparse como lo hice yo. Las cosas han cambiado un tris desde que yo era joven. En televisión, revistas de modas, comerciales, por todos lados hay negros-azules, incluso protagonizando películas.

No hay dirección del remitente en el sobre. Así que supongo que sigo siendo la mala madre, por siempre castigada hasta que muera, por la manera bien intencionada y, de hecho necesaria, como la crié. Sé que me odia. Nuestra relación consiste en que ella me envía dinero. Tengo que admitir que se lo agradezco, porque así no tengo que rogar por cosas extras, como algunos de los otros pacientes. Si quiero un mazo de cartas nuevecito para jugar solitario puedo comprarlo, y no tengo que jugar con el sucio y gastado que hay en el salón. Y puedo comprar mi crema especial para la cara. Pero no me engaño. Sé que la plata que me envía es una forma de mantenerse alejada y acallar el poco de conciencia que aún le queda.

Si sueno amargada, desagradecida, es en parte porque en el fondo hay arrepentimiento. Todas esas pequeñas cosas que no hice o hice mal. Recuerdo la primera vez que le llegó el período y cómo reaccioné. O cómo le gritaba cuando se tropezaba o dejaba caer algo. Es cierto. Me molestaba, incluso me repelía su piel negra cuando nació y al principio pensé en… no. Tengo que alejar esos recuerdos, rápido. No tiene caso. Sé que hice lo mejor para ella dadas las circunstancias. Cuando mi esposo huyó de nosotras, Lula Ann era una carga, y pesada. Pero la llevé bien.

Sí, fui dura con ella, pueden apostarlo. Cuando tenía doce años e iba para trece tuve que ser aun más dura. Andaba respondona, no quería comer lo que le preparaba, se hacía peinados. Yo le trenzaba el pelo, y cuando se iba al colegio ella se lo destrenzaba. No podía dejar que se me dañara. Me planté fuerte y le advertí cómo la llamarían. En todo caso, algo de lo que le enseñé debió pegársele. ¿Ven en qué se convirtió? Una chica rica y con estudios. ¿Qué tal?

Ahora está embarazada. Buena jugada, Lula Ann. Si piensas que la maternidad es puro arrullo, zapatitos y pañales, te espera una gran sorpresa. Bien grande. A ti y al anónimo de tu novio, esposo, amante –lo que sea–. Imagínate, “Oh, ¡un bebé! ¡Cuchi cuchi cu!”.

Ponme atención. Estás a punto de darte cuenta de lo que se necesita, de cómo es el mundo, cómo funciona, y cómo cambia cuando te conviertes en madre.

Buena suerte, y que Dios ayude a la criatura.

Fuente: Narrativa breve

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