jueves, 26 de febrero de 2026

Agujeros negros, un cuento fascinante de Samanta Schweblin

 

Cuento fascinante de Samanta Schweblin

A continuación, te presento un cuento que me ha parecido fascinante de Samanta Schweblin. También dispones del formato audiocuento en YouTube y Spotify.

En este cuento, dos médicos intentan comprender el caso de una paciente que afirma sufrir “agujeros negros”, lapsos en los que pierde la continuidad del tiempo y aparece de pronto en otros lugares sin saber cómo llegó allí. A medida que buscan una explicación racional, comienzan ellos mismos a experimentar fallas similares en la percepción, escenas que se repiten o se alteran, y una sensación creciente de desorientación. El significado del relato apunta a la fragilidad de la realidad y a la inquietante idea de que nadie está completamente a salvo de aquello que cree analizar desde afuera.

Mi interpretación de este cuento es que todos son en el fondo el mismo personaje: los médicos, la paciente e incluso el portero podrían ser fragmentos de una sola conciencia dividida. Entonces, esos “agujeros negros” no serían solo quiebres del tiempo, sino más bien, fracturas del yo, momentos en que una parte de la identidad reemplaza a otra sin recordar la transición. Asimismo, el hospital deja de ser un espacio físico para convertirse en un escenario mental donde la verdadera amenaza no es perderse en el espacio, sino perder la unidad de uno mismo.

 

Agujeros negros

(Cuento completo)

l doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren los pasillos del hospital, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una respuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: «…Agujeros negros ¿Me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el pijama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el pijama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…»

El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.

—Lea la página quince —dice Ottone.

Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.

—¿Y usted cree en esto, Ottone?

—¿En agujeros negros?

—¿De qué estamos hablando?

Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder solo con preguntas y eso lo pone nervioso.

—Hablamos de agujeros negros, Messina…

—¿Y usted cree en eso, Ottone?

—No. ¿Y usted?

Messina abre otra vez su cajón.

—¿Quiere otra galleta, Ottone?

Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece.

—¿Cree o no cree? —insiste Ottone.

—¿Yo conozco a esta señora…?

—…Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, solo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.

Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:

—¿Qué necesita, Sánchez?

El portero dice que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.

—Está en pijama, sentada en la sala, y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone. Qué quiere que le haga yo…

—¿Por qué no la trajo, entonces? —pregunta Messina mientras mira la estatuilla.

—¿La traigo acá? ¿O al consultorio del doctor Ottone?

—¿Qué le pregunté yo a usted?

—Que por qué no la traje.

—¿No la trajo adónde, Sánchez?

—Acá.

—¿Dónde es acá?

—A su consultorio, doctor.

—¿Adónde tiene que traerla entonces, Sánchez?

—A su consultorio, doctor.

Sánchez saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta:

—¿Se va?

—¿Me necesita para algo?

—Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?

Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.

—¿Qué diferencia hay entre la señora Fritchs y el resto de sus pacientes?

Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice atina a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.

—¿A qué le tiene miedo, Ottone? —pregunta Messina, y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un pijama celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.

—Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.

—Si usted no me soluciona este problema, yo lo denuncio, doctor, esto ya es un abuso.

—Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.

La señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla:

—¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?

Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.

—Mire —dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies—, cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital.

La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga.

—Siéntese, por favor, relájese, vamos a hablar un rato —dice Ottone.

—No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.

Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.

—¿Tiene dinero para regresar?

—No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa…

—Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…

—Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.

—Señora…

—No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba. ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver. ¿Sabe, doctor, qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se dé cuenta, tomar un taxi, todo en pijama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.

Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.

—Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.

—¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?

—Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuantas horas, diga que ahí sé dónde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza.

Ottone piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizá cinco, quizá diez, no sabe.

Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:

—¿Qué pasa, Sánchez?

—Lo busca el doctor Messina.

—¿Cómo? ¿No se fue?

—Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.

—¿Qué pregunta, Sánchez?

—Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Parece enojado…

El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.

—Va a tener que disculparme.

—No, lo acompaño.

—No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema.

Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora unos metros detrás.

Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.

—¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?

—El doctor Ottone dijo…

—¿Por qué está en pijama?

—El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…

—¿Usted es la señora Fritchs?

—Usted también está en pijama —dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.

Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que este queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.

—¿Usted es la señora Fritchs?

—El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.

—¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?

—Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.

—¿Le parece que este puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?

—No sé, puede que no, yo solamente lo espero.

Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.

—¿Usted es la señora que tiene problemas con los agujeros negros?

—¿Usted no los tiene?

En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que solo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:

—¿Por qué espera al doctor Ottone?

—Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall. ¿Usted es el doctor…?

—¿Messina?

—Eso, Messina, necesito que alguien me ayude.

Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en pijama y estatuillas. Pregunta:

—¿Qué cree usted que nos está pasando?

—A usted no sé, doctor, pero a mí nada —responde Sánchez, que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.

—¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer? Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:

—Acá tiene las llaves, doctor. Yo me voy.

—¿Adónde se va usted? ¿Dónde está la señora Fritchs?

—Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.

—¿Dónde está la señora Fritchs?

—No sé, doctor, por favor tome las llaves.

—¿Y Ottone? ¿Dónde está Ottone?

—Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.

Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone.

Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora a elaborar una definición correcta.

Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.

Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.

—¿Está usted bien? —pregunta Ottone.

—¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?

Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.

—¿Qué opina ahora de esto, Messina?

—¿De qué?

—De los agujeros negros.

—¿Dónde está la señora Fritchs?

—Está en su consultorio.

—¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?

Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien va a contar un secreto. Ottone escucha:

—¿No se da cuenta de que ella sabe?

—¿Que sabe qué cosa?

—¿Por qué cree usted que corre así la señora?

Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:

—¿No se dio cuenta?

—¿De qué?

—¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?

—¿Estuvimos ahí?

—¿En un agujero negro?

—¿Sí?

—¿Hace falta que le responda?

Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:

—Las llaves, yo me voy. Propone Messina a Sánchez:

—¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora? A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:

—Sí, traiga a la señora y le aceptamos las llaves.

Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:

—Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.

Mira Sánchez hacia los pasillos y luego a los doctores. Deja las llaves sobre la mesada del hall y dice:

—Veo que tienen algunos problemas. Pero yo soy el portero, y mi turno terminó a las diez. —Y se retira.

Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:

—¿Vio eso, Ottone?

—¿Ver qué?

—¿No vio eso?

Ottone está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en pijama.

En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

Fuente: Cósmica calavera

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo Once de Sandra Cisneros.

martes, 24 de febrero de 2026

Once de Sandra Cisneros

 

Sandra Cisneros

El cuento Once de Sandra Cisneros, una novelista, poeta y cuentista estadounidense, que presenta la experiencia de una niña que cumple once años y reflexiona sobre lo que significa crecer mientras enfrenta una situación incómoda en la escuela que la confronta con sus emociones. A través de su voz íntima y honesta, el relato muestra cómo la identidad y la edad no avanzan de forma lineal, sino que se superponen como capas de memoria y sensibilidad. Su significado apunta a la vulnerabilidad de la infancia, la construcción del yo y la dificultad de hacerse escuchar en espacios de autoridad, recordándonos que madurar no implica dejar atrás nuestras versiones pasadas, sino aprender a convivir con ellas. Este cuento, también puedo escucharlo en Spotify y en Youtube.

 

Once

Cuento completo de Sandra Cisneros

Lo que no entienden de los cumpleaños y lo que nunca te dicen, es que cuando tienes once también tienes diez y nueve y ocho y siete y seis y cinco y cuatro y tres y dos y uno. Y cuando te despiertas el día que cumples once años, esperas sentirte de once, pero no te sientes. Abres los ojos y todo está igualito que ayer, sólo que es hoy y no te sientes como si tuvieras once para nada. Todavía te sientes como si tuvieras diez. Y sí los tienes, por debajo del año que te vuelve once.
Como algunos días puede que digas algo estúpido y ésa es la parte de ti que todavía tiene diez. Y otros días puede que necesites sentarte en el regazo de tu mamá porque tienes miedo y ésa es la parte de ti que tiene cinco. Y tal vez un día cuando ya seas grande necesites llorar como si tuvieras tres y está bien. Eso es lo que le digo a mamá cuando está triste y necesita llorar. Tal vez se siente como si tuviera tres.
Porque el modo como uno se hace viejo es un poco como una cebolla o los anillos dentro de un tronco de árbol o como mis muñequitas de madera que embonan una dentro de la otra, cada año dentro del siguiente. Así es como es tener once años.
No te sientes de once años. No luego luego. Tarda varios días, hasta semanas, a veces hasta meses antes de que digas once cuando te preguntan. Y no te sientes como una niña inteligente de once años, no hasta que ya casi tienes doce. Así es.
Sólo que hoy quisiera no tener tan sólo once años repiqueteando dentro de mí como centavitos en una caja de Curitas. Hoy quisiera tener ciento dos años en lugar de once porque si tuviera ciento dos hubiera sabido qué decir cuando la Miss Price puso el suéter rojo sobre mi escritorio. Hubiera sabido cómo decirle que no era mío en lugar de quedarme sentada ahí con esa carota y sin poder decir ni pío.
¿De quién es esto? dice la Miss Price y levanta el suéter para que toda la clase lo vea.
¿De quién? Ha estado metido en el ropero durante un mes.
No es mío, dice todo mundo. No, no, mío no.
Tiene que ser de alguien, la Miss Price sigue diciendo, pero nadie se puede acordar. Es un suéter bien feo con botones de plástico rojos y un cuello y unas mangas tan tan estiradas que lo podrías usar como cuerda de saltar. Tal vez tiene mil años y aunque fuera mío nunca de los nuncas lo diría.
Tal vez porque soy flaquita, tal vez porque no le caigo bien, esa estúpida de Sylvia Saldívar dice, Creo que es de Raquel. Un suéter tan feo como ése, todo raído y viejo, pero la Miss Price se lo cree. Miss Price agarra el suéter y lo pone justo en mi escritorio, pero cuando abro la boca no sale nada.
Ese no es, yo no, usted no está.... No es mío, digo por fin con una vocecita que tal vez era yo cuando tenía cuatro.
Claro que es tuyo, dice la Miss Price. Me acuerdo que lo usaste una vez. Porque ella es más grande y la maestra, tiene la razón y yo no.
No es mío, no es mío, no es mío, pero Miss Price ya está pasando a la página treinta y dos y al problema de matemáticas número cuatro. No sé por qué pero de repente me siento enferma adentro, como si la parte de mí que tiene tres quisiera salirme por los ojos, sólo que los cierro con todas mis ganas y aprieto bien duro los dientes y me trato de acordar que hoy tengo once años, once. Mamá me está haciendo un pastel para hoy en la noche y cuando papá venga a casa todos van a cantar Happy birthday, happy birthday to you.
Pero cuando se me pasan las ganas de vomitar y abro los ojos, el suéter rojo todavía está ahí parado como una montañota roja. Muevo el suéter rojo a la esquina de mi escritorio con la regla. Muevo mi lápiz y libros y goma tan lejos de él como sea posible. Hasta muevo mi silla un poquito pa'la derecha. No es mío, no es mío, no es mío.
Estoy pensando por dentro cuánto falta para el recreo, cuánto falta para que pueda agarrar el suéter rojo y tirarlo por encima de la barda de la escuela o dejarlo ahí colgado sobre un parquímetro o hacerlo bolita y aventarlo al callejón. Excepto que cuando acaba la clase de matemáticas, la Miss Price dice fuerte y enfrente de todos, Vamos, Raquel, ya basta, porque ve que empujé el suéter rojo hasta la orillita de mi escritorio donde cuelga como una cascada, pero no me importa.
Raquel, dice la Miss Price. Lo dice como si se estuviera enojando. Ponte ese suéter inmediatamente y déjate de tonterías.
Pero si no es...
¡Ahora mismo! dice Miss Price.
Es cuando quisiera no tener once, porque todos los años dentro de mí—diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno— están queriéndose salir desde adentro de mis ojos mientras meto un brazo por una manga del suéter que huele a queso añejo y luego el otro brazo por la otra y me paro con los brazos abiertos como si el suéter me hiciera daño y sí me hace, todo sarnoso y lleno de microbios que ni siquiera son míos.
Y de repente todo lo que he estado guardando dentro desde esta mañana, desde cuando la Miss Price puso el suéter en mi escritorio, por fin sale y de pronto estoy llorando enfrente de todo mundo. Quisiera ser invisible pero no lo soy. Tengo once años y hoy es mi cumpleaños y estoy llorando enfrente de todos como si tuviera tres. Pongo la cabeza sobre el escritorio y entierro la cara en mi estúpido suéter de mangas de payaso. Mi cara toda caliente y la baba escurriéndome de la boca porque no puedo parar los ruiditos de animal que salen de mí hasta que ya no me quedan lágrimas en los ojos y mi cuerpo está temblando como cuando tienes hipo y me duele toda la cabeza como cuando bebes leche demasiado aprisa.
Pero lo peor sucede justo antes de que suene la campana para el recreo. Esa estúpida Phyllis López, que es todavía más tonta que Sylvia Saldívar, dice que se acuerda que el suéter rojo ¡es suyo! Me lo quito inmediatamente y se lo doy, pero la Miss Price hace de cuenta que no hubiera pasado nada.
Hoy cumplo once años. Mamá está haciendo un pastel para hoy y cuando papá llegue a casa del trabajo nos lo vamos a comer. Va a haber velitas y regalos y todos van a cantar Happy birthday, happy birthday to you, Raquel; sólo que ya pa'qué.
Hoy cumplo once años. Hoy tengo once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno, pero quisiera tener ciento dos. Quisiera tener cualquier cosa menos once, porque quiero que el día de hoy esté ya muy lejos, tan lejos como un globo que se escapa, como una pequeña "o" en el cielo, tan chiquitita chiquitita que tienes que cerrar los ojos para verla.

 

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo El duende de Elena Garro.

domingo, 22 de febrero de 2026

El duende, un cuento para adultos de Elena Garro

 

Cuento para adultos de Elena Garro

A continuación, te presento un cuento para adultos de Elena Garro: El duende, que puedes escuchar también en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El Duende narra la vida de dos niñas que pasan sus días en un jardín cargado de calor, silencio y una atmósfera casi mágica, donde lo real y lo fantástico conviven sin fronteras claras; entre juegos, palabras misteriosas y la presencia invisible del Duende —una figura que parece gobernar ese espacio—, se va revelando un mundo infantil que no es inocente, sino lleno de deseos, celos, miedo y una conciencia precoz de la muerte. El cuento muestra cómo la infancia puede ser un territorio tan cruel y complejo como el de los adultos: las niñas usan la fantasía para explicar lo que no comprenden, para protegerse del dolor y también para justificar sus impulsos más oscuros. El Duende no es simplemente un ser mágico, sino el símbolo de la mentira, la imaginación y la coartada emocional con la que los niños (y los adultos) evitan asumir la culpa de sus actos. Elena Garro plantea que el mal no llega desde fuera, sino que nace dentro, y que la fantasía puede ser tanto refugio como instrumento para ocultar la verdad. El jardín, que se va deteriorando, refleja la pérdida de la inocencia: cuando la verdad se rompe, también se rompe el mundo que la sostenía.

 

El Duende

(Cuento completo de Elena Garro)

A las tres de la tarde el sol se detenía en la mitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Sólo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y venir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

—Eva, ¿te da miedo morir?

—No, el otro mundo es tan bonito como éste.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un orden diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. «El otro mundo es tan bonito como éste»… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego, la puerta que la esperaba y que conducía al vacío, volvió a tomar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a precipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Sólo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

—¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito como éste?

—Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recordar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

—Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió vergüenza al sorprender a Eva en una mentira.

—¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ramas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía columpiarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

—Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron hasta las palmeras, sesgaron un poco hacia la izquierda y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas, rezumaba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cortó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimientos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. «Estoy envenenada», se dijo.

—No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

—No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. «Estoy envenenada», se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasaba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y sólo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúsculas las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni dejarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su hermana. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. «¡Dios mío, haz que se las coma!». Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. «¡Dios mío, que se muera!». Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

—¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

—¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. «El otro mundo es tan bonito como éste, allí no se suda porque no tenemos cuerpo»… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blanco. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocupada.

—¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amistad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja verde les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

—No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

—Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estupor al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pusieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asustados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habitación, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.

Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos segundos hacía la cama de Eva. Los niños lo siguieron, Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida escuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama, asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre tomó en brazos a su hermana y salió con ella de la habitación. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero ésta sólo le contestó con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le interesaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desaparecido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumentaban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pregunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asustados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó parsimoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró parpadeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, sólo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita permaneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

—Estrellita, dime, ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

—No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

—No. Desde allí sólo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre.

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados, flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solemnidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

—Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la hoja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

—Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

—Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávida, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… No me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gustar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

—Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la colocó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcanzar un vaso de refresco.

—Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

—No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Sólo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados. En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por mentirosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la espalda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una decisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pletórico de hojas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

—¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

—Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

—No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvidado que Eva no tenía ningún secreto.

—Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

—¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, parpadeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

—Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

—¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrellita Garro.

Fuente: Ciudad Seva

 

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miércoles, 18 de febrero de 2026

Tres cuentos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, se presentan tres cuentos de Liliana Heker que puedes escuchar en Spotify o en YouTube.

Postergaciones — Resumen

El relato sigue a una mujer que debe esperar largas horas en un aeropuerto por la demora de su vuelo, situación que la irrita y la deja sin rumbo. En medio de ese tiempo vacío atraviesa una reflexión inesperada sobre su propia impaciencia y descubre que ese intervalo puede convertirse en un espacio de libertad y sentido personal. Sin embargo, al retomar la rutina cotidiana, esa revelación empieza a desvanecerse entre pequeñas frustraciones y hábitos conocidos.

 

Postergaciones — Significado

El cuento explora la tendencia humana a aplazar la vida, subordinando el presente a lo que vendrá, y cómo incluso las revelaciones sobre la libertad personal pueden ser frágiles frente a la inercia cotidiana. Heker sugiere que el sentido no está en controlar las circunstancias externas —que siempre escapan— sino en la actitud ante ellas, y muestra con ironía lo difícil que resulta sostener una conciencia lúcida: la comprensión del instante puede aparecer con claridad… y perderse con la misma facilidad.

 

Mujer con gato — Resumen

La historia presenta a tres perspectivas: un hombre que observa desde su ventana, una mujer que canta en el jardín y un gato que la acompaña. Mientras el observador interpreta su comportamiento como señal de felicidad, el relato deja ver que la escena es más compleja y que cada mirada —humana o animal— construye una interpretación distinta de la realidad.

 

Mujer con gato — Significado

El cuento reflexiona sobre la apariencia y la percepción: la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente, y cómo los otros proyectan sus deseos o suposiciones sobre aquello que ven. Heker cuestiona la ilusión de conocer la verdad ajena y sugiere que la autenticidad —representada simbólicamente en la mirada instintiva del gato— contrasta con las interpretaciones humanas, cargadas de idealización o autoengaño.

 

Horchata de chufa — Resumen

Una mujer llega a Barcelona y, fascinada por el ambiente y por referencias literarias acumuladas en su imaginación, se entusiasma con la idea de probar una bebida que para ella encarna la materialización de sus lecturas y fantasías. La experiencia se convierte en un momento cargado de expectativa, donde realidad e imaginación se encuentran.

 

Horchata de chufa — Significado

El relato aborda el choque entre idealización y experiencia real: cómo la imaginación puede construir deseos intensos que la realidad no siempre satisface. Heker plantea, con humor y sutileza, que la literatura y la fantasía enriquecen la vida pero también generan expectativas que pueden derivar en desencanto, revelando la tensión entre lo soñado y lo vivido.

 

Cuentos Liliana Heker

Postergaciones

      Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.

       Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
       Y fue así. Con la sencillez con la que una manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del camino.
       Apaciguada, abrió el libro y, como si ese instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo. Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
       Ahora mismo, en su casa, a punto de remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto, elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.


Mujer con gato

      El hombre que está asomado a la ventana envidia a la mujer que, en el jardín de la planta baja, canturrea ante la mirada atenta del gato. Qué feliz es, piensa el hombre. Ignora que la mujer no es feliz: con excepción del gato, acaba de perder todo lo que amaba, y sospecha (alguna vez lo ha leído) que los gatos se apartan de la desdicha. Moriría si el gato también la abandonara. Por eso, ante la persistencia de la mirada de él, no para de cantar y se ríe de cualquier cosa. El hombre de la ventana le envidia la alegría porque no advierte el simulacro. El gato sí lo advierte. Recela de esta actitud incongruente de la mujer, ¿por qué no se largará a llorar de una buena vez como desea? La observa un momento más, a la expectativa: ha vivido momentos muy lindos con ella. La mujer, consciente de la mirada del gato, hace una divertida pirueta de baile. Sin duda le ocurrió algo extraordinario, piensa el hombre de la ventana. No hay nada que hacer, concluye el gato, ya no es confiable. Alarga infinitamente su cuerpo gozoso, se da vuelta y, sin volver la vista atrás, salta la medianera y se va para siempre.


Horchata de chufa

      Acaba de sentarse a la mesa de un bar y mira a su alrededor con avidez. Es su primera tarde en Barcelona, todo le llama la atención. Detrás de la barra descubre el cartelito: Horchata de chufa. Apenas puede creerlo: el brebaje desconocido que hasta hoy —como la espada Excalibur o las alubias maravillosas— había estado construido con la materia sutil de lo leído está acá mismo, a su alcance, y ella, como tantos personajes de novela que han transitado por España, sólo tiene que llamar al mozo y, con la naturalidad de quien pide un cortado con medialunas, decirle (le está diciendo) Por favor, una horchata de chufa. La espera es un espacio delicioso en el que puede volverse real toda expresión extraña que alguna vez la haya hecho ensoñar. Está tan inmersa en su deseo que desatiende el momento superfluo en que el mozo deja el vaso alto, lleno hasta el borde de un líquido blancuzco. Con voracidad, como quien va a tragarse la luna, acerca el vaso a su boca.
       Se ve que es demasiado soñadora o medio atolondrada porque ¿quién con dos dedos de frente accedería a beberse así, de un solo trago, la desilusión?

 

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lunes, 16 de febrero de 2026

Poemas para reencontrarte con la felicidad

 

Poemas para reencontrarte con la felicidad

Lo que se abre ante el lector no es solo un listado de poemas, sino un mapa de introspecciones donde distintas sensibilidades han interrogado la experiencia de sentirse pleno.

La felicidad aparece ahí menos como un objeto que como una construcción interior: una percepción moldeada por la conciencia, el deseo y la memoria. Desde la perspectiva de algunos, surge de la reconciliación con lo inmediato; para otros, se configura en el vínculo afectivo, en la integración con el entorno vivo o en la elaboración de un sentido que otorgue coherencia a la propia existencia.

Estos poemas puedes escucharlo en Spotify y en YouTube. Espero que sean de tu agrado.

Poemas inspiradores

Si yo pudiera morder la tierra toda - Fernando Pessoa

Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.

 

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida - Anne Sexton

Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.
Lavé las sábanas.
Tendí las sábanas y las vi
aletear y elevarse como gaviotas.
Cuando estuvieron secas las descolgué
y hundí mi cabeza en ellas.
Todo el oxígeno de la tierra en ellas.
Todos los pies de todo los bebés del mundo en ellas.
Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.
Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.
Todos los juegos de saltar pintados sobre las aceras en ellas.
Todos los caballitos hechos de trapo en ellas.

Así que esto es la felicidad—
ese agente viajero.

 

Defensa de la alegría - Mario Benedetti

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Formularbeginn

Explosión - Delmira Agustini

Si la vida es amor, ¡bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!

Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
Rotas las alas, mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor

En la sombra lejana se deslíe...
¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

 

Oda al día feliz - Pablo Neruda

Esta vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la tierra
el aire canta como una guitarra.

Tú a mi lado en la arena
eres arena,
tú cantas y eres canto,
el mundo
es hoy mi alma,
canto y arena,
el mundo
es hoy tu boca,
dejadme
en tu boca y en la arena
ser feliz,
ser feliz porque si, porque respiro
y porque tú respiras,
ser feliz porque toco
tu rodilla
y es como si tocara
la piel azul del cielo
y su frescura.

Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz,
contigo, con tu boca,
ser feliz.

 

Vida - Alfonsina Storni

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

El tiempo sigue adelante - Emily Dickinson

El tiempo sigue adelante-
con alegría lo digo a todos los que sufren ahora-
ellos sobrevivirán-
Hay un sol-
Ellos ahora no lo creen-

Bajo el cielo nacido tras la lluvia - Jorge Teillier

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer,
y el ruido de una puerta cerrándose tras la fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa en calma
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros con los cuales forma brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.

Alegría - William Blake

“No poseo nombre: pero nací hace dos días.”
¿Cómo te llamaré?
“Soy feliz.
Me llamo alegría.”
¡Que el dulce júbilo sea contigo!

¡Bonita alegría!
Dulce alegría, de apenas dos días,
te llamo dulce alegría:
así tú sonríes,
mientras yo canto.
¡Que el dulce júbilo sea contigo!


Égloga I (fragmento) - Garcilaso de la Vega

Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.

 

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