A continuación,
te presento un relato para adultos de Pio Baroja, que también puedes escuchar
en formato audiocuento en
Resumen y significado del relato
En
Bondad oculta, de Pío Baroja, se retrata la dura vida en una
explotación minera marcada por la miseria, la injusticia social y la
explotación de los trabajadores. En ese ambiente hostil vive una mujer de mala
reputación que aparenta frialdad e indiferencia hacia el sufrimiento ajeno,
pero un acontecimiento inesperado despierta en ella una profunda compasión que
transforma su manera de actuar. El cuento muestra cómo incluso en las personas
juzgadas con mayor dureza puede existir una capacidad sincera de bondad y
sacrificio. Su significado gira en torno a la redención moral, la crítica a la
desigualdad social y la idea de que la verdadera nobleza nace de los actos y no
de las apariencias ni del pasado.
Bondad oculta de Pio Baroja
(Relato completo)
El monte estaba lleno de altas escombreras negruzcas, agujereado en todas
partes por bocas de galerías obstruidas y cortado en muchos sitios por
profundas trincheras. Los mineros talaron el monte; las aguas, cargadas de
mineral de plomo, destruyeron toda vegetación, y de aquellos lugares, antes
frondosos, poblados de encinas y de robles, no quedaban más que eriales llenos
de pedruscos: un paisaje de una amarga y desoladora tristeza.
Ni
un helecho ni una humilde aliaga crecía entre los escombros; en vez de árboles,
salían del suelo los soportes de los cables, rígidos y severos, con sus brazos
de espectros.
En la cumbre del monte había una ancha meseta, lisa como la palma de la mano, y en ella se asentaba la casa de la Mina, una antigua casa fuerte, de piedra-sillería, con aspilleras y ventanas enrejadas, que le daban aspecto de cárcel.
Frente
a la casa de la Mina se veían las de los obreros, hechas de adobe; viviendas de
aspecto sórdido y miserable, de piso bajo sólo, en las cuales parecía haberse
economizado hasta el aire al construirlas: tan pequeños eran los agujeros de
sus ventanas.
En
la casa de la Mina vivía el representante de la Sociedad minera La Previsión;
todo un caballero de industria, del cual nadie conocía su pasado; hombre viejo,
presuntuoso, con el bigote y el pelo teñidos, tipo clavado de rufián. Su gran
vanidad era creerse un seductor terrible, y para adquirir y sostener esa
reputación llevaba a vivir en su compañía alguna moza del partido, recogida en
cualquier rincón de la ciudad, a la cual, con su fantasía andaluza,
transformaba en una niña de alta posición, enamorada perdidamente de él, hasta
el extremo de seguirle, abandonando su familia.
Aquel
hombre vanidoso era, a pesar de sus fatuidades, de una dureza de roca; sabía
hacer trabajar de firme al rebaño de obreros que estaban bajo sus órdenes;
sabía extraer de sus fibras musculares, aún no atrofiadas por los vapores de
plomo, energías para arrancar y triturar el mineral.
Presenciaba
los dos relevos, a las seis de la mañana y a la misma hora de la tarde, por si
alguien faltaba al trabajo. Se daba la señal con un toque de bocina, e iban
saliendo de las galerías hombres lívidos, macilentos, algunos temblorosos,
todos con las espaldas torcidas y las cabezas bajas. Subían en grupos por un
antiguo plano inclinado a la meseta del monte, y entraban en sus casuchas a
comer y descansar; poco después salían otros grupos de obreros para desaparecer
en el fondo de las minas.
Los
muchachos trabajaban llevando el mineral en cestos sobre la cabeza; las mujeres
se pasaban el día trayendo haces de leña de un monte lejano; los chiquillos,
sucios, haraposos, medio desnudos, jugaban bulliciosamente a las puertas de sus
casas. Y en medio de aquel ambiente de miserias, ella, la señorita Julia, la
buscona de la capital, convertida en señora por el capricho de un hombre,
paseaba con languidez, acompañada de su criada, por delante de la casa de la
Mina, luciendo sus trajes vaporosos, saludando desdeñosamente a los mineros,
como una reina a sus vasallos.
No
los miraba, no quería conocerlos siquiera. Bastante la habían pisoteado a ella
los hombres; ahora le tocaba a ella pisotearlos.
Julia
tenía mala fama entre la gente. «Hay perdidas — decía su criada — que tienen
buenas entrañas; pero ésta…, ésta es la mujer más perra del mundo.» Y todos
decían lo mismo: era una mala hembra, una mujer sin corazón…
Durante
la primavera de aquel año se presentaron en el pueblo próximo algunos casos de
viruela; un barrenero llevó la enfermedad a su casa, y la infección se extendió
rápidamente, sobre todo en los niños, que casi todos cayeron enfermos. Ya no se
veía aquel enjambre de chiquillos, sucios y haraposos, jugando a las puertas de
sus casas.
Julia
se enteró de lo que sucedía porque una comisión de obreros fue a visitarla,
pidiéndole que escribiese al representante, que estaba fuera, para ver si les
podía adelantar una quincena de jornales y hacer frente con aquel dinero a los
gastos ocasionados por la epidemia. Ella se negó en redondo. No la engañaban a
la hija de su madre con aquellos pretextos. ¡Valientes granujas! Siempre
querían los cuartos para emborracharse. Tanto les daba a ellos por sus hijos
como si fueran perros.
En
un día murieron dos niños; a la mañana siguiente, el médico del pueblo
inmediato se presentó sin que nadie le avisara. Julia le vio venir desde la
ventana; montaba un caballejo tordo; era un hombre pequeño, moreno, de barba
negra cerrada, de movimientos muy vivos. Ató el caballo en una de las rejas de
la casa de la Mina y fue corriendo a visitar a los enfermos. Julia, por
curiosidad, descendió al piso bajo, abrió la ventana y se puso tras la reja,
sin que pudiera ser vista. Al cabo de media hora oyó la voz del médico,
enérgica y dura, y la del capataz, que le respondía tras de largos intervalos.
—Aquello
era un abandono incalificable — decía el médico —; allá iban a morirse los
niños como chinches. Estaban en malísimas condiciones, revolcándose en
porquería, dos y tres en una misma cama.
El
capataz contestaba por lo bajo, diciendo que el representante estaba fuera; se
había escrito a la Sociedad, y ésta no hacía caso.
—Pero
¿no hay aquí nadie a quien se pueda acudir?—replicaba el médico—. ¿No vive en
esta casa la mujer o la querida de ese hombre?
—Sí—decía
el capataz—; pero es una mala hembra, de la que no se puede esperar nada.
Julia
no quiso oír más; se marchó a su habitación, enfurecida, rabiosa; fraguó mil
proyectos para despedir al capataz; descargó su furia contra los muebles, y
luego empezó a llorar desconsolada, y así pasó todo el día, llorando con
amargura, preocupada por la opinión que iba a tener de ella aquel médico
desconocido.
A
la mañana siguiente, vestida con uno de sus trajes menos llamativos, empezó
Julia a visitar las viviendas de los obreros. Las mujeres, asombradas de verla,
le hacían pasar a cuartos estrechos, sin luz, sin ventilación, llenos de un
aire caliente, cargado de olores nauseabundos, de miseria, entre los cuales se
destacaba un olor punzante de pan tostado que exhalaban los cuerpos de los
variolosos. Allá, en los sucios camastros, se veían los niños enfermos
mezclados con los convalecientes y los sanos; los padres, acostados, sin
desnudarse, en el suelo, roncaban con la boca abierta, con un bestial ronquido.
En
una casa, una chiquilla rubia, muy mona, con la cara llena de costras, tendió
sus bracitos delgados al ver a Julia; ella la tomó en sus brazos, la meció en
su falda, y en la frente rojiza, llena de pústulas, depositó un beso, sin miedo
a contagiarse, beso místico que repercutió en su corazón, como aquellos que
transformaban en santos a los pecadores.
Y
al terminar su visita encontró su espíritu lleno de piedad para todo y para
todos. Pensó en recoger y cuidar a los niños enfermos en la casa de la Mina, y
así lo hizo, y durante semanas enteras los cuidó, los limpió; pasó por ellos
las noches en claro, sacrificada en ansia inagotable de hacer el bien, en un
inmenso anhelo de maternidad, por todos los que sufrían y temblaban por el
dolor.
Cuando
llegó el amo, hubo entre los dos un terrible altercado; el hombre, en el colmo
de la indignación, mandó que inmediatamente echaran a todos aquellos chiquillos
fuera de casa; ella se opuso con una enérgica mansedumbre; él levantó la mano,
y algo vio en aquellos ojos negros, algo extraño que le hizo contenerse. No
dijo nada; no volvió a hablar del asunto, y los niños siguieron en la casa de
la Mina hasta su completa curación.
Julia
siguió visitando a los obreros; cada miseria que veía trataba de remediarla;
obligó a su hombre a subir los jornales, a abaratar los géneros que se vendían,
malos y caros, en el almacén,
—Pero,
hija —decía él—, la Compañía se va a disgustar si hago esto.
—¿No
es lo justo?—replicaba ella.
Y
él cedía; cedía ante las palabras apasionadas de la muchacha, a pesar de
comprender claramente los peligros a que en su situación se iba exponiendo.
Así
pasaron meses enteros, llevados por un afán de mejorar la vida de los
trabajadores; a él ya no se le importaba manifestar su vejez; dejó de teñirse,
y su cabello blanco daba cierta serenidad y placidez a su cara.
Pronto
los obreros comenzaron a abusar; el representante no tenía energía para
contener sus ademanes; se susurraba que la Sociedad estaba muy descontenta de
su gestión, y él, que había perdido su instinto de hombre práctico en aquella
corriente de piedad que le arrastraba, seguía su obra, viendo cada vez más
próxima su caída.
Una
tarde, al anochecer, sin previo aviso, a consecuencia de una medida absurda por
su generosidad, tomada por el representante, el director de la Compañía le
comunicó que, habiendo encontrado otra persona para aquel cargo, cesara en su
destino y desalojase la casa.
No
le asombró aquello, ni a Julia tampoco. Los dos. al anochecer, abandonaron la
casa de la Mina; agarrados de la mano, bajaron el monte hasta la carretera,
quizá confiando en la Providencia, y la perdida y el viejo aventurero,
regenerados ambos por la piedad, siguieron andando en busca de lo desconocido,
ante el campo oscuro, silencioso y triste, bajo el cielo negro y tachonado de
estrellas.
Fuente: Lecturia
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