Mario Benedetti
A continuación,
te presento unos relatos de Benedetti que invitan a detenerse, sentir y mirar
la vida con otros ojos. Son historias breves que tocan el alma y dejan una
reflexión que perdura. Estos relatos breves de Benedetti puedes escucharlos en
En
estos microrrelatos, Mario Benedetti demuestra una audacia narrativa
extraordinaria, capaz de decirlo todo con casi nada. Su escritura se mueve con
soltura entre el humor, la ironía y la crítica social, abordando temas
complejos, con giros inesperados y finales que descolocan al lector. Con una
aparente sencillez, logra provocar reflexión profunda: convierte lo cotidiano
en inquietante, lo absurdo en revelador y lo íntimo en universal. Su estilo
directo, pero cargado de intención, evidencia una mirada lúcida y valiente,
donde cada palabra está medida para impactar y permanecer.
Estos cuentos cortos de Benedetti puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Relatos breves de Mario Benedetti
Su amor no era sencillo
Los
detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la
mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía
claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los
umbrales.
Eso
Al
preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quién le había
enseñado eso». Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el
teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.
Un
día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: «Marx. Sí, ahora lo
recuerdo, fue Marx.» El teniente, asombrado pero alerta, atinó a preguntar:
«Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?». El preso, ya en disposición de hacer
concesiones, agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»
El
teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional,
alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania.»
Rutinas
A
mediados de 1974 explotaban en Buenos Aires diez o doce bombas por la noche. De
distinto signo, pero explotaban. Despertarse a las dos o las tres de la
madrugada con varios estruendos en cadena, era casi una costumbre. Hasta los
niños se hacían a esa rutina.
Un
amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche
en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo,
de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
“¿Qué
fue eso?”, preguntó. Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para
tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad:
“Fue una bomba”. “¡Qué suerte!”, dijo el niño. “Yo creí que era un trueno”.
El sexo de los ángeles
Una
de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y
mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato,
nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no
lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra
versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles
no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los
mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así,
cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias,
empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas
que, por supuesto, son angelicales.
Y
si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo,
responde: “Surco”. El dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.
Las
palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel
dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.
Aletean
por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte,
viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su
amor.
Él
dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.
Las
sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve,
circulan el aire y su expectativa.
Ángel
dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. El dice: “Tañido”, y ella:
“Rebato”.
Y
en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los
estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles
llueve copiosamente sobre el mundo.
Mucho gusto
Se
habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de
cerveza, y habían empezado a conversar, al principio, como es lo normal, sobre
el tiempo y la crisis, luego de temas varios y no siempre racionalmente
encadenados.
Al parecer el flaco era escritor; el otro, un señor cualquiera. No bien supo
que el flaco era literato, el señor cualquiera empezó a elogiar la condición de
artista, eso que llamaba «el sencillo privilegio de poder escribir».
«No crea que es algo tan estupendo», dijo el flaco. «También hay momentos de
profundo desamparo, en los que uno llega a la conclusión de que todo lo que ha
escrito es una basura. Probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Mire, sin
ir más lejos, no hace mucho junté todos mis inéditos (o sea el trabajo de
varios años), llamé a mi mejor amigo y le dije: "Mira, esto no sirve, pero
comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo. Así que hazme un
favor: quémalo. Júrame que lo vas a quemar". Y me lo juró.»
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico,
pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se
rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza. «Oiga, don», dijo sin pestañear.
«Hace rato que hablamos y ni siquiera nos hemos presentado. Mi nombre es
Ernesto Chávez, viajante de comercio.» Y le tendió la mano.
«Mucho gusto», dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos. «Franz
Kafka, para servirle.»
Otros relatos breves
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