Mostrando entradas con la etiqueta Guadalupe Dueñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guadalupe Dueñas. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de abril de 2026

Dos cuentos de Guadalupe Dueñas

 

Guadalupe Dueñas

A continuación, te presento los resúmenes y análisis de dos cuentos de Guadalupe Dueñas: No moriré del todo y Tiene la noche un árbol, que también puedes escuchar en YouTube y Spotify.  En esta ocasión, os puedo compartir solamente el cuento No moriré del todo, puesto que el otro cuento no lo he encontrado digitalmente

Estos cuentos para adultos están relacionados con la muerte, pero desde dos visiones distintas. En el cuento No moriré del todo, una mujer llamada Beatriz decide morir en un accidente de avión para que su familia cobre un seguro; sin embargo, durante el vuelo siente miedo y, al final, lucha por sobrevivir. Su significado muestra de forma irónica cómo el deseo de morir puede desaparecer cuando se enfrenta a la muerte real, revelando que incluso una vida triste tiene valor y que el instinto de vivir es más fuerte que cualquier cálculo o sacrificio.

Por otro lado, aunque también está relacionado con la muerte, el cuento Tiene la noche un árbol la presenta desde la visión de un niño. En este relato, un niño observa la muerte de su maestra Silvia y la extraña conducta de un hombre desconocido frente a su casa, creando una atmósfera inquietante donde no todo se explica. Su significado radica en mostrar cómo la infancia percibe la muerte y el misterio, mezclando realidad e imaginación y dejando una sensación de duda, tristeza y extrañeza.

.

No moriré del todo

(Cuento completo de Guadalupe Dueñas)

Beatriz decidió morir. Compraría –eran sus últimos trescientos pesos- un boleto de avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima.

Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia.

Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexionar sobre otros puntos: que oficialmente cumplía los cincuenta; que la remotísima esperanza de matrimonio había desaparecido con el hundimiento del Doria, al poner fin a las débiles promesas del maquinista Krautzer; que padecía de un reumatismo progresivo y el negocio de botones estaba ya liquidado; que resultaría inútil el cariño frente a la importancia de los estudios de la prima y de los muchachos. Por otra parte la inversión no corría riesgo, ya que las informaciones obtenidas acerca del promedio de accidentes en la Compañía Maglioli podían considerarse exactas; en los últimos tres meses, las estadísticas arrojaban seis bajas por cada diez vuelos.

Tía, prima y sobrinos se hicieron mutuas recomendaciones en la tierna despedida. Rara vez triunfa un gesto de abnegación y un pariente recibe adioses tan calurosos.

Cuatro vuelos —sin contratiempo— esperaron los jóvenes, hasta que al fin subieron a la dama en el avión falible.

Tímida, Beatriz ocupó el tercer lugar junto a la ventanilla. El letrero luminoso le fascinó enseguida como un ojo de culebra. ¨Sujétese el cinturón¨. Ella cumplió la orden, invadida por un sentimiento de culpa. ¿Con qué derecho se ponía a salvo? ¨No fumar. Apriétese el cinturón: esta vez lo estrechó hasta ponerse anaranjada. La aeromoza acudió en su auxilio.

Un ruido de motores la hizo saltar. No, no habían despegado. Alguien colocó en sus rodillas una mesita con té y bocadillos exquisitos, para disimular el retraso diario, siempre imprevisto. La trataban igual que una visita. Estaba emocionada.

Las aspas sonaron a terremoto. El aparato se deslizó en la pista con lentitud de automóvil descompuesto. Por la ventanilla, la tía alcanzó a distinguir las manitas de sus familiares y los amorosos ojos bañados en lágrimas. Con la boca llena de pan de ciruela hizo una mueca de adiós.

El monstruo movióse velozmente hasta el final del campo. Era como si resoplaran cien hipopótamos. La señorita renovó las provisiones; ahora unos emparedados de gruyére derretido que infamemente le hacían ¨coger¨ amor a la vida.

Casi sin sentir, el avión se elevó. El último bocado de queso descendió como el de azogue en un termómetro, desde la garganta de Beatriz a los dedos del pie.

Apagaron el letrero. Los viajeros respiraron cómodos, pero ella no se atrevió a desatar el famoso cinturón que la apretaba como el de castidad.

Flotaban en un país de azúcar. ¡Maravilloso! La incansable proveedora repartía, esta vez, vinillo espléndido. La atención en la aeronave era celeste, incomparable, angélica. A nuestra heroína, con el oporto le entró una vitalidad y alegría nuevas. Le pareció haber alcanzado aquella ¨gracia¨ de que tanto hablan en Cuaresma. Se sentía pura, ingrávida… Por el cristal apareció el paisaje nacarado, las grutas marinas, las carreteras de nieve, los árboles incandescentes como el fuego de San Telmo.

Empero, un calofrío llegó a su corazón. ¡Tenía que morir! No podía fallarles.

Volaban sobre el mar, sobre un desierto azul, infinito, repentinamente oscurecido.

El aparato, al principio tan manso, dio una sacudida desconsiderada y ensayó un trote infernal. El letrero parpadeaba: ¨No fumar. Sujétese el cinturón¨. Y después el micrófono: ¨Conserven la calma. Regresamos a base¨.

Muy pálida, la aeromoza repartía chicles y bolsas de papel. ¨¿Para tronar?¨, pensó Beatriz. Eran misteriosas, sin nada adentro. Cuando la empleada pasó junto a su lugar, ella interrogó con ojos despavoridos.

—No se apure, señora, son bolsas de aire.
—¿Cuáles, éstas o las de afuera?

El micrófono enloquecedor continuaba su charla: ¨Tormenta. Aterrizaremos en una hora¨. Y luego: ¨Gasolina para cuarenta minutos ¨.

—¡Glorifica mi alma al Señor!, bramó una turista inglesa en el mejor castellano.
—Ya nos llevó la… (Eso lo dijo uno de aquí).

Beatriz comprendió que el único idioma adecuado para rezar era el español. Intentó el Viacrucis, siguió con la Salve y luego el Bendito. ¡Imposible! Se armó un lío cercano a la herejía. ¡Ay! Ninguna jaculatoria vino en su ayuda.

Pies para arriba arrancó el pájaro de hierro. Debería haber enloquecido el piloto, porque igual iban en picada como se elevaba. ¡Cien veces maldito!, exclamó Beatriz. Y olvidó su generosa promesa: hizo acopio de fuerza y, sobre bases de voluntad, comenzó a enderezar el aparato. Cuando parecía desplomarse, ella con su propio estómago lo levantaba; con los hombros lo ponía derecho; a puro soplido retiraba los rayos. En el balanceo capoteaba el movimiento con estrategia de experto. Otro desplome que casi tocaba el lomerío y: ¡para arriba, para arriba!, ¡mmk, mmk! ...Todos los músculos al servicio de los motores. Sudaba de pies a cabeza. La inflamación le llegaba hasta el ojo. El pasaje tendría que agradecérselo. Sola contra los elementos, devorando dulces, galletas, fruta, como cuando tenía siete años, ¡lista al menor desnivel del monstruo! Se tragó la bolsa de papel y ni siquiera tuvo conatos. Podía ver el fogonazo del motor; sin embargo, se desentendía, valiente. Ya en el cine había pasado los mismos trabajos: dirigía las prácticas de los aviones norteamericanos, siempre victoriosos. ¡Qué satisfacción haber manejado con tanta pericia! Llevaba más horas de vuelo que las que pudieran pagar todos los pasajeros.

De pronto, el silencio. Los motores enmudecen. El aeroplano es una cáscara. El ojo de víbora avisa que planean. Debía ser broma, porque la máquina es un papalote: tiembla como impermeable de celofán. El letrero incandescente se funde. Bajan sin fuerzas. Pero nuevamente se apodera de ella tenaz determinación. Salva escollos, árboles, cerros, piedras, hasta llegar con la dulzura de una sandalia a la pista de regreso. Los pasajeros lloran, se besan. De improviso, la conciencia le estruja la razón a Beatriz: ¡Está viva! ¡Traición! Ha hecho víctima de su estúpida maniobra a tres seres que confiaban en ella. Está de regreso con su vida inútil, incolora, simple, solitaria, inservible, sin pasado, asquerosamente buena… Una indemnización desperdiciada, nula. Todo por la absurda euforia que le hizo sentir amor por la vida. En el aire los conceptos son distintos. Desde lo alto el hombre es bueno, amable, indefenso. La tierra firme e amarga. Los seres son lobos llenos de mentira. Hay que dar a esos tigres tajadas si descanso, tiras de corazón, de salud, de vida…

Al abandonar el aparato, Beatriz advierte que no tiene a dónde ir. Mira rencorosa a los aviones. Se encamina a la sala de espera y en un rincón se le da la tarea de repasar su infortunio. Se ahoga de pena; no se atreve con la carga de su vida. Avergonzada de que su imprudencia haya frustrado las codiciadas ventajas, piensa en que tal vez consiga otro boleto; que quizás lo sobrinos puedan ayudarla y le den otra oportunidad y perdonen su regreso. Pero no, no puede enfrentarse a la desilusión de que su presencia ha de causar a esas sensibles criaturas. Y solloza con desconsuelo, mientras palpa su inflamación.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Bajo el agua negra de Mariana Enriquez.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas

 

Cuentos para reflexionar

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas es un cuento para adultos que mezcla lo cotidiano con lo inquietante a través de la voz de una narradora que recuerda su infancia en una familia marcada por un secreto inusual. Un cuento para reflexionar, con un tono entre tierno y sombrío. El relato aborda temas como el peso del pasado, el duelo, la memoria y la extrañeza dentro de lo familiar. Dueñas utiliza el humor negro y una narrativa íntima para explorar cómo ciertos vínculos y ausencias pueden acompañar toda una vida.

Otros cuentos de Guadalupe Dueñas

Si te gustan los cuentos de Guadalupe Dueñas, descubre otro de sus cuentos aquí y déjate envolver por su estilo único.

Si prefieres escuchar este cuento para adultos, te invito a mi canal de YouTube: Carla Narraciones. ¡Suscríbete y acompáñame a revivir grandes historias contadas con el corazón!

 

Historia de mariquita

Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.

Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita.

Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés.

Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial.

La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias.

Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje.

Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario.

Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas.

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.

Fuente: Lecturia 

 Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para reflexionar, te recomiendo Debo olvidar... de Elena Garro

 

martes, 19 de agosto de 2025

Cuento de Guadalupe Dueñas

 

Cuento de Guadalupe Dueñas

A continuación, te presento Yo vendí mi nombre, un cuento de Guadalupe Dueñas, destacada cuentista y ensayista mexicana del siglo XX (puedes consultarsu biografía aquí), acompañado de un resumen y una reflexión sobre su significado.

Resumen y reflexión del cuento

En este cuento, una voz en primera persona relata cómo vendió su nombre, el cual en otro tiempo tuvo gran prestigio. Con el paso del tiempo, ese nombre comenzó a desvanecerse poco a poco —letra por letra— hasta casi desaparecer por completo. La narradora vive con profunda angustia este proceso de olvido progresivo, sintiendo que, a medida que su nombre se borra del mundo, también se borra su propia existencia. El relato convierte el olvido externo en una forma de muerte simbólica.

El cuento plantea el drama de una persona que construyó su ego sobre el prestigio y la validación social: su valor estaba en su nombre y en cómo los demás lo admiraban. Cuando ese reconocimiento desaparece, también lo hace su sentido de identidad. Esto revela la fragilidad de vivir para el aplauso externo.

Pero entre líneas, el texto sugiere una verdad más profunda: quien no se ha encontrado consigo mismo, se pierde cuando los demás dejan de mirarlo. La historia invita a reflexionar sobre la necesidad de construir una identidad interna, independiente del éxito o la fama. Solo al encontrarse con uno mismo —más allá del nombre, la imagen o el reconocimiento— se puede sostener el sentido de la existencia, incluso en el silencio o el olvido.

 

Yo vendí mi nombre

Como algunos venden su alma y otros venden su cuerpo y otros más su sombra y hay quienes venden pájaros, yo vendí mi nombre. Consta de cinco letras. Es un nombre pequeño y un apellido muy largo, que en tiempo no remoto alcanzó fama y pudo cotizarse como alta moneda. Apareció junto a plumas reconocidas y estuvo precedido por títulos de sabios y prohombres. El misterio de su ampulosidad no viene a cuento. Baste saber que conservo en oro sus iniciales y que existen aulas y bibliotecas señaladas con mi nombre. Grabado estuve en universidades y no faltaron editores que lo adoptaron por bandera izándola en las cúpulas. Otros muchos lo esculpieron en muros y portadas. Entretejían las mayúsculas con hilos de plata y sombreaban las vocales con acerinas y esmalte. Convirtiose en símbolo, en aleluya, en buen agüero, en triunfo y en sonido glorioso. Periódicos y revistas nacionales y extranjeros lucharon por consignarlo, por encabezar sus columnas con los augustos rasgos bautismales. Los lectores saltaban de emoción al hallarlo en enciclopedias, en semblanzas, en biografías y volúmenes antológicos destinados a la posteridad y hasta en reseñas de modas. El mundo lo alquilaba sin reparar en el precio. Avanzó en popularidad como los mitos que la credulidad agranda. Adorno fue de la palabra. Labios encumbrados lo envidiaban; hasta que un día, un desdichado día, empezó a apagarse con prisa de luciérnaga y dejó sin sombra el paraje de la noche más oscura.

Restos de su gloria quedaron atrapados en artículos de segunda. Revistas no informadas retuvieron los jirones alfabéticos, los caracteres degradados, las letras que al envejecer perdían equilibrio como epitafios de tumbas olvidadas por los deudos. Las vocales disparándose a manera de luces pirotécnicas.

Fue el comienzo de tortura mortal. La mengua reducía el nombre cada vez más y más. Aparecía distorsionado con letrilla microscópica del todo indistinguible. Nadie exigía las bélicas mayúsculas de trazo gótico; nadie extrañaba las alas de cuervo que rubricaron el nombre caído en desgracia, sucio de polvo como corcel abatido y sin dueño.

La adversidad propició el desacato de escribir las iniciales como cuando se habla de la ONU. Sí, los letreros fueron empalideciendo. Las publicaciones que ostentaron escandalosos ribetes con gualdas, suprimieron las gárgolas y los arabescos hasta que las consonantes danzaron derrengadas y sonámbulas. Con frecuencia faltaban letras o aparecían tan borrosas como si un designio infernal se anticipará a su cancelación.

El calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer puesto, al vendedor más cercano; al gacetillero, al pepenador, para revisar meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre, aunque sea en el directorio. Con mano temblorosa y ávida, abro las páginas; los dedos se me hacen huéspedes. Con esfuerzo olvido el llanto que me cause ver en algún rincón mi nombre de pila o la inicial pérdida del apelativo que ya nadie reconoce.

Confidencias afanosas o malignas me hacen saber que las Directivas tratan el conflicto de suprimir el nombre que se les ha quedado fijo como una alcayata. Sé que quienes votan por el aniquilamiento encuentran tibia resistencia en románticos añorantes de la firma que no tiene valor para desterrarla de su paginario.

Un sudor no exento de amargura me hace cavilar en la manera de liberarlos a todos de la pesantez de mi nombre, cuyas letras cadavéricas encenizan sus revistas. He llegado a sentir agradecimiento cuando alguien lo suprime sin ceremonias. Insoportable es irse muriendo a pedazos, mejor dicho a letras; un puntillo hoy y un acento mañana; ahora el rasgo de la T no aparece; más adelante la diéresis y luego la r y la m y aun la Y, que es tan poco socorrida en nuestro idioma. ¡Lo capto todo! La fisura de mis tímpanos recoge las murmuraciones y a pesar de núbiles cataratas que entresolan mis pupilas, adivino el desdén y las muecas de repudio. Con las yemas de mis dedos palpo negativas y razones. En la rajadura de mis labios y en mi lengua reseca, sopla el aire salado que dispersa mi nombre. Padezco comentarios y juicios sin poder darme a la fuga: «Dicen que está ciega». «Bueno… estar ciega es estar muerto».

A veces rampo, me agazapo, ruego hasta redacciones donde otrora pidieron de rodillas mi colaboración eterna y, disimulan mi presencia.

Un terror supersticioso me invade, un terror ajeno a vanidades y esperanzas: la certidumbre de que en cuanto la última letra se esfume y el punto final se diluya sobre el papel como una lágrima, mi vida, mi frágil e inútil vida, será un renglón en blanco.

Fuente: https://www.isliada.org/relatos/yo-vendi-mi-nombre/

 

Cuentos para adultos

Si te gusta este genero literario, te recomiendo La ventana de enfrente  de Kristin Dimitrova.

 

 

 

Mitos fundacionales, fragmento Desierto Sonoro de Valeria Luiselli

  Valeria Luiselli A continuación, te presento un fragmento de la novela de Valeria Luiselli : Desierto Sonoro (2019) . Es una novela ins...