Cuento de Guadalupe Dueñas
A
continuación, te presento Yo vendí mi nombre, un cuento de Guadalupe
Dueñas, destacada cuentista y ensayista mexicana del siglo XX (puedes consultarsu biografía aquí), acompañado de un resumen y una reflexión sobre su
significado.
Resumen y reflexión del cuento
En
este cuento, una voz en primera persona relata cómo vendió su nombre, el cual
en otro tiempo tuvo gran prestigio. Con el paso del tiempo, ese
nombre comenzó a desvanecerse poco a poco —letra por letra— hasta casi
desaparecer por completo. La narradora vive con profunda angustia este proceso
de olvido progresivo, sintiendo que, a medida que su nombre se borra del mundo,
también se borra su propia existencia. El relato convierte el olvido externo en
una forma de muerte simbólica.
El
cuento plantea el drama de una persona que construyó su ego sobre el prestigio
y la validación social: su valor estaba en su nombre y en cómo los demás lo
admiraban. Cuando ese reconocimiento desaparece, también lo hace su sentido de
identidad. Esto revela la fragilidad de vivir para el aplauso externo.
Pero
entre líneas, el texto sugiere una verdad más profunda: quien no se ha
encontrado consigo mismo, se pierde cuando los demás dejan de mirarlo. La
historia invita a reflexionar sobre la necesidad de construir una identidad
interna, independiente del éxito o la fama. Solo al encontrarse con uno
mismo —más allá del nombre, la imagen o el reconocimiento— se puede sostener el
sentido de la existencia, incluso en el silencio o el olvido.
Yo vendí mi nombre
Como
algunos venden su alma y otros venden su cuerpo y otros más su sombra y hay
quienes venden pájaros, yo vendí mi nombre. Consta de cinco letras. Es un
nombre pequeño y un apellido muy largo, que en tiempo no remoto alcanzó fama y
pudo cotizarse como alta moneda. Apareció junto a plumas reconocidas y estuvo
precedido por títulos de sabios y prohombres. El misterio de su ampulosidad no
viene a cuento. Baste saber que conservo en oro sus iniciales y que existen
aulas y bibliotecas señaladas con mi nombre. Grabado estuve en universidades y
no faltaron editores que lo adoptaron por bandera izándola en las cúpulas.
Otros muchos lo esculpieron en muros y portadas. Entretejían las mayúsculas con
hilos de plata y sombreaban las vocales con acerinas y esmalte. Convirtiose en
símbolo, en aleluya, en buen agüero, en triunfo y en sonido glorioso.
Periódicos y revistas nacionales y extranjeros lucharon por consignarlo, por
encabezar sus columnas con los augustos rasgos bautismales. Los lectores
saltaban de emoción al hallarlo en enciclopedias, en semblanzas, en biografías
y volúmenes antológicos destinados a la posteridad y hasta en reseñas de modas.
El mundo lo alquilaba sin reparar en el precio. Avanzó en popularidad como los
mitos que la credulidad agranda. Adorno fue de la palabra. Labios encumbrados
lo envidiaban; hasta que un día, un desdichado día, empezó a apagarse con prisa
de luciérnaga y dejó sin sombra el paraje de la noche más oscura.
Restos
de su gloria quedaron atrapados en artículos de segunda. Revistas no informadas
retuvieron los jirones alfabéticos, los caracteres degradados, las letras que
al envejecer perdían equilibrio como epitafios de tumbas olvidadas por los
deudos. Las vocales disparándose a manera de luces pirotécnicas.
Fue
el comienzo de tortura mortal. La mengua reducía el nombre cada vez más y más.
Aparecía distorsionado con letrilla microscópica del todo indistinguible. Nadie
exigía las bélicas mayúsculas de trazo gótico; nadie extrañaba las alas de
cuervo que rubricaron el nombre caído en desgracia, sucio de polvo como corcel
abatido y sin dueño.
La
adversidad propició el desacato de escribir las iniciales como cuando se habla
de la ONU. Sí, los letreros fueron empalideciendo. Las publicaciones que
ostentaron escandalosos ribetes con gualdas, suprimieron las gárgolas y los
arabescos hasta que las consonantes danzaron derrengadas y sonámbulas. Con
frecuencia faltaban letras o aparecían tan borrosas como si un designio
infernal se anticipará a su cancelación.
El
calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer
puesto, al vendedor más cercano; al gacetillero, al pepenador, para revisar
meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre, aunque
sea en el directorio. Con mano temblorosa y ávida, abro las páginas; los dedos
se me hacen huéspedes. Con esfuerzo olvido el llanto que me cause ver en algún
rincón mi nombre de pila o la inicial pérdida del apelativo que ya nadie
reconoce.
Confidencias
afanosas o malignas me hacen saber que las Directivas tratan el conflicto de
suprimir el nombre que se les ha quedado fijo como una alcayata. Sé que quienes
votan por el aniquilamiento encuentran tibia resistencia en románticos
añorantes de la firma que no tiene valor para desterrarla de su paginario.
Un
sudor no exento de amargura me hace cavilar en la manera de liberarlos a todos
de la pesantez de mi nombre, cuyas letras cadavéricas encenizan sus revistas.
He llegado a sentir agradecimiento cuando alguien lo suprime sin ceremonias.
Insoportable es irse muriendo a pedazos, mejor dicho a letras; un puntillo hoy
y un acento mañana; ahora el rasgo de la T no aparece; más adelante la diéresis
y luego la r y la m y aun la Y, que es tan poco socorrida en nuestro idioma.
¡Lo capto todo! La fisura de mis tímpanos recoge las murmuraciones y a pesar de
núbiles cataratas que entresolan mis pupilas, adivino el desdén y las muecas de
repudio. Con las yemas de mis dedos palpo negativas y razones. En la rajadura
de mis labios y en mi lengua reseca, sopla el aire salado que dispersa mi
nombre. Padezco comentarios y juicios sin poder darme a la fuga: «Dicen que
está ciega». «Bueno… estar ciega es estar muerto».
A
veces rampo, me agazapo, ruego hasta redacciones donde otrora pidieron de
rodillas mi colaboración eterna y, disimulan mi presencia.
Un
terror supersticioso me invade, un terror ajeno a vanidades y esperanzas: la
certidumbre de que en cuanto la última letra se esfume y el punto final se
diluya sobre el papel como una lágrima, mi vida, mi frágil e inútil vida, será
un renglón en blanco.
Fuente: https://www.isliada.org/relatos/yo-vendi-mi-nombre/
Cuentos para adultos
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Dimitrova.
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