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miércoles, 28 de octubre de 2026

El alfarero de Abraham Valdelomar

 

Abraham Valdelomar


A continuación, te presento El alfarero de Abraham Valdelomar. En este relato para adultos, se cuenta la historia de Apumarcu, un hombre solitario y talentoso que vive apartado de la sociedad y se dedica a crear figuras de barro. Su vida cambia cuando conoce a Yactan Nanay, un músico con quien entabla una profunda amistad. Apumarcu desea expresar mediante su arte la belleza de la naturaleza y todo lo que siente, pero se frustra porque los materiales que tiene no le permiten representar exactamente lo que imagina. Su búsqueda por alcanzar la perfección artística se vuelve cada vez más intensa.

El significado de El alfarero va más allá del arte: representa la lucha del ser humano por expresar aquello que lleva dentro y que muchas veces no puede explicar con palabras. Apumarcu simboliza al artista que busca alcanzar un ideal de belleza y perfección, aunque sabe que sus recursos son limitados. El cuento también muestra cómo la soledad puede a
compañar al talento y cómo la amistad permite comprender y valorar aquello que los demás no entienden. En ese sentido, Valdelomar presenta el arte como una forma de dejar una huella y acercarse a algo que parece imposible de alcanzar.

Este relato puedes escucharlo en YouTube y Spotify. 


El Alfarero

Su frente ancha, su cabellera crecida, sus ojos hondos, su mirada dulce. Una vincha de plata ataba sobre las sienes la rebelde cabellera. Sencillo era su traje y apenas en la blanca umpi de lana un dibujo sencillo, orlaba los contornos. Nadie había oído de sus labios una frase. Sólo hablaba a los desdichados para regalarles su bolsa de cancha y sus hojas de coca. Vivía fuera de la ciudad en una cabaña. Los Camayoc habían acordado no ocuparse de él y dejarle hacer su voluntad inofensiva para el orden del imperio. De vez en cuando encargábanle un trabajo o él mismo lo ofrecía de grado para el Inca o para el servicio del Sol. Las gentes del pueblo lo tenían por loco, su familia no le veía y él huía de todo trato. Trabajaba febrilmente. Veíasele a veces largas horas contemplando el cielo. Muchos de los pobladores encontrabánle solo, en la selva, cogiendo arcilla de colores u hojas para preparar su pintura, o cargando grandes masas de tierra para su labor. Pero nadie veía sus trabajos. Nadie jamás había entrado a su cabaña. Una vez un Curaca le mandó a su hijo para que aprendiera a su lado el noble y difícil arte de la alfarería. El muchacho era despierto y alegre. Tenía afán creciente por aprender, y labró su primera obra. Pero cuando más contento estaba el Curaca, recibió un día a su hijo despavorido. Temblaba el niño, todo lleno de barro, y sólo musitaba temeroso y con los ojos desmesurados.

–¡Supay! ¡Supay! ¡Supay!

Y no quiso volver más a la casa del artista. Porque un día mientras él labraba afuera, mandó al muchacho a sacar un jarrón fresco. El niño, solícito, acudió y en la oscura habitación buscó el objeto a tientas. Pero he aquí que cuando menos pensó, encontróse con una enorme sombra y quiso salir precipitadamente; sintió sus manos detenidas por un monstruo enorme que luchaba con él. Era una estatua de Supay, que secaba en la habitación. Y el niño, al querer huir, había metido en la fresca arcilla sus manos y a medida que quería desprenderse, más se aprisionaba en el barro y gritaba despavorido y el Supay se derribó y cayó sobre él y llegó el artista y lo liberó. Desde entonces cortó toda relación con los del pueblo. El mismo se procuraba su alimento. El iba en pos de las frutas del valle, canjeaba a los viajeros huacos por coca, y así vivía, libre como un pajarillo. Un día le envió al Inca una serpiente de barro que silbaba al recibir el agua, y causó tal espanto que el Inca hubo de mandarla al Templo del Sol. Otro día hizo una danza de la muerte. Cada vez que trabajaba, decían oír gritos de dolor en la covacha, y llegaron a no pasar cerca de sus linderos los traficantes. Una tarde en que Apumarcu había ido al río en pos de agua para deshacer el barro, sintió tocar una antara en la fronda. Y él nunca había oído dulces canciones. Y poco a poco se fue acercando y vio a un hombre que sobre una roca, solitario, a la orilla del río, tocaba. Y le habló.

–¿Y quién eres tú que así vienes a estos lugares donde sólo hay un recuerdo que es mío?.....

–Yo soy Apumarcu el alfarero .

–Ah hermano, yo soy Yactan Nanay, el que toca el antara…

–¿Y de qué ayllu eres tú, Yactan Nanay?....

–Yo no tengo Ayllu……..Y tu Ayllu ¿cuál es?..

–Mi barro. Y desde entonces fueron como grandes hermanos. No se separaban nunca. Juntos iban en pos de la fruta escondida entre el follaje rumoroso. Juntos pasaban largas horas y conversaban largamente. Apumarcu le hablaba de las cosas que él nunca había escuchado a nadie. Y Yactan le decía cómo una tarde su amada habríase perdido… Y le relataba algunos viajes hechos por países desconocidos y le hablaba de sus dudas respecto a la divinidad .Una vez hizo Apumarcu una cabeza del amigo. El la llevaba consigo porque no era más grande que un puño. Y tanto hablábale de su amada y de tal manera le describía su cara que un día Apumarcu le hizo una cabeza de ella. Y él le explicaba, y el otro realizaba. Y cuando estuvo concluida, Yactan Nanay le dijo:

–Yo no tocaré sino para ti, hermano, porque tú la has comprendido y me la has devuelto. Creo que el barro en que ella está aquí en tu obra vivirá eternamente. Eres más grande que el Sol porque él la hizo y la llevó, mientras que tú las hecho en dura arcilla y no morirá nunca. Pero yo he perdido a mi amada y ya no puedo ser alegre. Tú que no las has perdido, que no la tienes ¿Por qué eres tan triste?... Tú podías hacer que el Inca te diera por esposa a la más bella dama de la corte… ¿Por qué vives solitario hermano?… –Yo siento que algo me falta… Yo siento una ansia inexplicable en mi alma… Yo siento que hay algo que yo podría hacer y sé que podría ser feliz… Tengo un incendio en el alma, veo una serie de cosas pero no puedo expresarlas. Tú sufres y cantas en la antara tú dolor y haces llorar a los que te escuchan, pero yo siento, veo, imagino grandes cosas y soy incapaz de realizarlas. ¿Sabes? Yo quisiera pintar la vida tal como la vida es. Yo quisiera representar en un pequeño trozo lo que ven mis ojos. Aprisionar la naturaleza. Hacer lo que hace el río con los árboles y con el cielo. Reproducirlos. Pero yo no puedo; me faltan colores, los colores no me dan la idea de lo que yo tengo en el alma. He ensayado con todos los jugos de las hojas a reproducir un pedazo de la naturaleza, pero me sale muerto. No puedo hacer la alegría del bosque, ni la azul belleza del cielo, ni puedo hacer una sonrisa, sino en el tosco barro.

¿Tú no crees que se puede hacer otra naturaleza como la que se ve?... Los hombres del Imperio no comprenden esto. El barro es tosco; yo puedo hacer todo con el barro, pero ¿cómo haría yo a un hombre que pensara, cómo pondría en su cara la palidez del insomnio?... ¡Ah, cuán desgraciado y pequeño soy hermano…! Y lo llevó hasta su covacha y le mostró un muro en el cual veía, vago y lleno de durezas a trozos, un pedazo de campo. Pero allí faltaba un color… El color de un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas. –Esto no es, no es, hermano… Esto no es como el crepúsculo… –El crepúsculo sólo lo puede hacer el Sol, hermanito ¿Por qué te empeñas en igualarlo?... –Yo quiero hacer lo que hace el Sol, lo que hace el día, lo que hace la naturaleza. Un día \ se había alejado en busca de una semilla, que es rosada, para ofrecérsela a Apumarcu. Y cuando volvió por la tarde encontró solo el lugar donde solía estar el artista. Entro hasta su cuarto y no lo encontró. Un día Apumarcu se empeño en hacer sobre el muro los colores de una tarde, de aquella tarde en la cual había visto a Yactan Nanay. Cogió hojas y empezó a restregarlas contra los muros y con unas flores iba dando las notas de color. –Tráeme hojas y florecillas de molle, le dijo. A poco volvió. –Esto no es, no es, hermano… Pero puede ser…

Entonces, como poseído de una fuerza extraña, empezó a restregar febrilmente contra el muro los diversos colores, y en su rostro iba creciendo una extraña fiebre, y trabajaba cálidamente y seguía copiando la luz y el paisaje que por la ventana veía. De pronto se detuvo. Faltaba algo, un algo sólo, un tono, un color que él no tenía; ¿cómo hallarlo? Sacó un cuchillo de chilliza y apasionadamente se cortó el puño y surgió la sangre con el agua de un vaso y vio el color que le faltaba y siguió poniendo las notas hasta que cayó exámine sobre su lecho. Cuando Yactan Nanay volvió, encontró a Apumarcu tendido sobre el lecho, la sangre coagulada y morada había hecho un pequeño lago en la tierra, y en el muro vio el paisaje de la última tarde. Besó su frente y llorando, tocó a sus pies la canción del crepúsculo. El oro del Sol caía por la ventana estrecha y se desleía en la ropa del artista, en cuyo rostro anguloso había un tono verde y en cuyos ojos señoreaba esa humedad trágica de los ojos que ya no tienen vida. A sus pies encontró Yactan Nanay una cabecita de barro con la imagen del amigo muerto. Y siguió tocando, tocando, hasta que la noche cayó, como una sola sombra inerte sobre el mundo silencioso.

Fuente: textos.info Biblioteca digital abierta

 

Otros relatos

Si te gusta este género literario, te recomiendo Si yo fuera un hombre...de Charlotte Perkins Gilman. 


viernes, 8 de octubre de 2021

El vuelo de los cóndores de Abraham Valdelomar

 

El mejor cuentista de Perú

Pedro Abraham Valdelomar Pinto (Ica, 27 de abril de 1888-Ayacucho, 3 de noviembre de  1919)  fue un  narrador,  poeta,  periodista,  dibujante,  ensayista  y  dramaturgo  peruano, hoy considerado el mejor cuentista de Perú. Le otorgó buena fama como literato mucho antes de acabar sus estudios universitarios. Sus cuentos se publicaron en revistas y periódicos de la época, y en ellos se encuentran los primeros 18 testimonios del cuento neocriollo  peruano,  de  rasgos  posmodernistas,  que marcaron  el  punto  de  partida  de  la  narrativa  moderna  del  Perú.  Pese a que su tránsito por este mundo fue muy corto,

Pedro Abraham Valdelomar y Pinto, nombre completo de este escritor iqueño, estudió la secundaria en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, en Lima. Luego, al paso de algunos años, en abril de 1905, se matriculó en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Con 19 años Abraham Valdelomar publicó sus primeros versos. Tras decidir abandonar sus estudios, la precocidad en los escritos de Abraham Valdelomar, la formación dejó de interesarle cuando descubrió el amplio horizonte que se abría ante él como narrador, cuentista, dibujante, ilustrador y periodista. Ese mismo año el joven escritor también publicó sus primeros cuentos en las revistas. Además, fue igual de creador a la hora de escribir que de fundar publicaciones, especialmente revistas. Tampoco se mantuvo al margen de la política y su vida personal y su trabajo fueran alabados y atacados casi a partes iguales. Fue una persona desafiante, al estilo de Oscar Wilde, a quien seguramente quiso imitar.

Otro hecho que cambió su vida ocurrió en 1913, cuando fue nombrado segundo secretario de la delegación diplomática de Perú en Italia. Su estancia en Roma la aprovechó para escribir una serie de artículos. Sin embargo, lo más importante de su estancia en Italia fue su participación en un concurso literario con el cuento ‘El Caballero Carmelo’, que resultó ganador, a principios de 1914. Regresó a Lima, donde hasta sufrió una detención acusado de conspiración contra el nuevo gobierno.

Posteriormente, colaboró sobre todo con el diario ‘La Prensa’, donde estuvo al frente de la sección política ‘Palabras’ y se hizo conocido por el seudónimo de ‘El Conde de Lemos’. También publicó en el diario limeño sus crónicas tituladas ‘Impresiones’; la columna irónica. A pesar, de la fama, fue siempre una persona humilde, con una gran sensibilidad, tal y como supo trasladar en sus obras. Sin embargo, él mismo explicaba que la razón de su actitud arrogante y provocadora era para que todos, en especial la alta sociedad limeña, prestaran atención a un escritor provinciano como él. Abraham Valdelomar abanderó el tránsito definitivo del modernismo a las vanguardias y por eso es considerado, uno de los forjadores de la literatura peruana contemporánea.

El 1 de noviembre de 1919, con 31 años, Abraham Valdelomar sufrió un accidente, una grave caída desde una altura considerable y con graves daños en la columna vertebral, a consecuencia de la cual murió al cabo de dos días, el 3 de noviembre. Fue un animador cultural del postmodernismo peruano con un gran talento polifacético, un poeta prevanguardista, agudo ensayista, dramaturgo frustrado y, sobre todo, un cuentista versátil y sumamente expresivo orientándose hacia una narrativa genuinamente peruana.

Cuento peruano para adultos

He escogido, para esta ocasión, El vuelo de los cóndores, y si te gustan los cuentos, te recomiendo escuchar tres cuentos peruanos para adultos. 

 

 

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