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domingo, 17 de mayo de 2026

5 poemas de Sylvia Plath que debes leer

 

Sylvia Plath

A continuación, te presento cinco poemas de Sylvia Plath que debes leer.

Sylvia plath considerada una de las voces más importantes de la poesía confesional del siglo XX, Plath convirtió su experiencia íntima en literatura universal. Sylvia Plath no escribe poemas: abre heridas, las ilumina y nos obliga a mirarlas de frente. Su poesía habita el límite entre la belleza y el dolor, entre la fragilidad humana y una lucidez casi feroz. En cada verso aparecen la identidad, la maternidad, el cuerpo, la soledad y el deseo de desaparecer o transformarse. Leerla es entrar en un territorio íntimo donde lo cotidiano —un espejo, unas flores, una habitación de hospital— adquiere una intensidad emocional inquietante y profundamente humana.

En esta selección de poemas, Plath nos enfrenta a distintas versiones de sí misma: la mujer que se observa en el espejo y descubre el paso del tiempo; la paciente que busca el silencio absoluto mientras los tulipanes la obligan a volver a la vida; la madre que contempla con asombro y cierta distancia a su hijo recién nacido; la existencia suspendida y silenciosa de “Una vida”; y la voz melancólica de “Soy vertical”, donde el descanso definitivo parece más natural que la propia vida.

Su lenguaje es delicado y brutal al mismo tiempo. Cada imagen tiene una fuerza simbólica que permanece mucho después de terminar el poema. Sylvia Plath convierte la vulnerabilidad en arte y hace de sus emociones más oscuras una experiencia universal. Estos poemas no solo se leen: se sienten, incomodan y permanecen.

Ahora es el momento de presentarte estos poemas de Sylvia Plath que debes leer y que puedes escucharlos en YouTube y Spotify. Textos intensos, incómodos pero profundamente hermosos, puesto que siguen dialogando con nuestras inquietudes, heridas e incluso contradicciones más humanas. 



Poemas de Sylvia Plath


ESPEJO

Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.

Todo lo que que veo lo trago de inmediato

tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.

No soy cruel, soy sincero,

el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.

La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.

Es rosada, con manchas. Tanto la miré que

me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.

Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

 

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mi,

buscando en mi extensión su verdadero ser.

Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.

Veo su espalda y la reflejo fielmente.

Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.

Soy importante para ella. Ella viene y va.

Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.

En mi, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja

se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.

 

 

TULIPANES

Los tulipanes se alteran con demasiada facilidad, y aquí es invierno.

Mira cuán blanco está todo, qué callado, qué sepultado en nieve.

Estoy aprendiendo la paz, acostada sola en silencio,

como la luz reposa sobre estas paredes blancas, esta cama, estas manos.

 

No soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.

He entregado mi nombre y mi ropa diaria a las enfermeras,

mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

 

Han acomodado mi cabeza entre la almohada y el pliegue de la sábana

como un ojo entre dos párpados blancos que no se cierran.

Pupila tonta, tiene que absorberlo todo.

Las enfermeras pasan y pasan, no molestan,

pasan como gaviotas volando tierra adentro con sus gorros blancos,

haciendo cosas con las manos, una igual a la otra,

tanto que es imposible saber cuántas hay.

 

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo cuidan como el agua

cuida las piedras que debe pasar por encima, alisándolas suavemente.

Me traen entumecimiento en sus agujas brillantes, me traen sueño.

Ahora que me he perdido, estoy harta del equipaje——

mi valijita de charol como una cajita negra de píldoras,

mi esposo y mi hijo sonriendo desde la foto familiar;

sus sonrisas se enganchan a mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

 

He dejado que todo se deslice, como un viejo carguero de treinta años

aferrado con terquedad a mi nombre y dirección.

Me han limpiado de todas mis asociaciones amorosas.

Asustada y desnuda en la camilla con almohadas de plástico verde,

vi hundirse mi juego de té, mis cajones de lino, mis libros,

desaparecer bajo el agua, y el agua pasar sobre mi cabeza.

Ahora soy una monja, nunca he sido tan pura.

 

No quería flores, solo quería

acostarme con las manos abiertas y estar completamente vacía.

Qué libre se siente, no tienes idea de cuán libre——

la paz es tan vasta que aturde,

y no pide nada, una plaquita con mi nombre, algunos adornos.

Es lo que los muertos encuentran al fin; me los imagino

cerrando la boca sobre ello, como una hostia de comunión.

 

Los tulipanes son demasiado rojos desde el principio, me lastiman.

Incluso a través del papel de regalo los oía respirar

ligeramente, bajo sus vendas blancas, como un bebé terrible.

Su rojo habla a mi herida, le responde.

Son sutiles: parecen flotar, aunque me pesan,

me alteran con sus lenguas súbitas y su color,

una docena de pesas de plomo rojo atadas a mi cuello.

 

Nadie me observaba antes, ahora sí.

Los tulipanes me miran, y también la ventana detrás de mí

donde una vez al día la luz se ensancha y se afina lentamente,

y me veo a mí misma, plana, ridícula, una sombra de papel recortado

entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,

y no tengo rostro, he querido borrarme.

Los tulipanes vivos devoran mi oxígeno.

 

Antes de que llegaran, el aire era lo bastante calmo,

entrando y saliendo, aliento por aliento, sin alboroto.

Entonces los tulipanes lo llenaron como un estruendo.

Ahora el aire se arremolina a su alrededor como un río

que se enreda en un motor oxidado y hundido.

Concentran mi atención, que antes era feliz

jugando y descansando sin comprometerse.

 

Las paredes, también, parecen estarse calentando.

Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos;

se abren como la boca de algún gran felino africano,

y me doy cuenta de mi corazón: se abre y se cierra

su cuenco de flores rojas por puro amor a mí.

El agua que pruebo es cálida y salada, como el mar,

y viene de un país tan lejano como la salud.

 

CANCIÓN DE LA MAÑANA

El amor te puso en marcha como un reloj de oro macizo.

La partera te golpeó las plantas de los pies, y tu llanto calvo

tomó su lugar entre los elementos.

 

Nuestras voces resuenan, magnificando tu llegada. Nueva estatua.

En un museo con corrientes de aire, tu desnudez

arroja sombras sobre nuestra seguridad. Nos quedamos alrededor, blancos como paredes.

 

No soy más tu madre

que la nube que destila un espejo para reflejar su propia lenta

borradura a manos del viento.

 

Toda la noche tu aliento de polilla

titila entre las rosas planas y rosadas. Me despierto para oír:

un mar lejano se mueve en mi oído.

 

Un solo llanto, y tropiezo fuera de la cama, pesada como una vaca y floral

en mi camisón victoriano.

 

Tu boca se abre limpia como la de un gato. El cuadro de la ventana

se blanquea y traga sus estrellas apagadas. Y ahora intentas

tu puñado de notas;

las vocales claras se elevan como globos.

 

UNA VIDA

Tócala: no se encogerá como pupila

esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,

azucena, como flora distinta

de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

 

Toca este vaso con los dedos: sonará

como campana china al mínimo temblor del aire

aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,

todos ocupadísimos para siempre jamás.

 

A sus pies las olas, en fila india,

no reventando nunca de irritación, se inclinan:

en el aire se atascan,

frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

 

Como almohadones victorianos. Esta familia

de rostros habituales, a un coleccionista,

por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

 

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

 

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo

platillo de hospital en torno, parece

la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

 

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa

anticuada, el mar, plano como una postal,

que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,

ahora dejad la en paz.

 

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

 

SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal. Yo
No soy un árbol enrizado en la tierra,
Absorbiendo minerales y amor materno
Para rebrotar esplendoroso cada mes de marzo,
Ni tampoco la belleza del arriate del jardín
Que deja boquiabierto a todo el mundo y a la que
Todo el mundo quiere pintar maravillosamente,
Ignorando que muy pronto se deshojará.
Comparados conmigo, un árbol es inmortal,
Una cabezuela, no muy alta, aunque más llamativa,
Y yo anhelo la longevidad del uno y la osadía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de los astros,
Los árboles y las flores han estado esparciendo sus aromas frescos.
Yo paseo entre ellos, aunque no se percaten de mi presencia.
A veces pienso que cuando duermo
Es cuando más me parezco a ellos -
Desvanecidos ya los pensamientos.
En mí, el estar tendida es algo connatural.
Entonces el cielo y yo conversamos abiertamente.
Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
Entonces quizás los árboles me toquen por una vez,
Y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.

 

 

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