Sylvia Plath
A continuación, te presento cinco poemas
de Sylvia Plath que debes leer.
Sylvia plath considerada una de las
voces más importantes de la poesía confesional del siglo XX, Plath convirtió su
experiencia íntima en literatura universal. Sylvia Plath no escribe poemas:
abre heridas, las ilumina y nos obliga a mirarlas de frente. Su poesía habita
el límite entre la belleza y el dolor, entre la fragilidad humana y una lucidez
casi feroz. En cada verso aparecen la identidad, la maternidad, el cuerpo, la
soledad y el deseo de desaparecer o transformarse. Leerla es entrar en un
territorio íntimo donde lo cotidiano —un espejo, unas flores, una habitación de
hospital— adquiere una intensidad emocional inquietante y profundamente humana.
En esta selección de poemas, Plath nos
enfrenta a distintas versiones de sí misma: la mujer que se observa en el
espejo y descubre el paso del tiempo; la paciente que busca el
silencio absoluto mientras los tulipanes la obligan a volver a la vida; la
madre que contempla con asombro y cierta distancia a su hijo recién nacido; la
existencia suspendida y silenciosa de “Una vida”; y la voz melancólica de “Soy
vertical”, donde el descanso definitivo parece más natural que la propia vida.
Su lenguaje es delicado y brutal al
mismo tiempo. Cada imagen tiene una fuerza simbólica que permanece mucho
después de terminar el poema. Sylvia Plath convierte la vulnerabilidad en arte
y hace de sus emociones más oscuras una experiencia universal. Estos poemas no
solo se leen: se sienten, incomodan y permanecen.
Ahora es el momento de presentarte
estos poemas de Sylvia Plath que debes leer y que puedes
escucharlos en YouTube y Spotify. Textos intensos, incómodos pero profundamente
hermosos, puesto que siguen dialogando con nuestras inquietudes, heridas e incluso contradicciones
más humanas.
Poemas de Sylvia Plath
ESPEJO
Soy plateado y exacto. No tengo
prejuicios.
Todo lo que que veo lo trago de
inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el
amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro
ángulos.
La mayor parte del tiempo la paso
meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré
que
me parece que ya forma parte de mi
corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan
una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se
inclina sobre mi,
buscando en mi extensión su verdadero
ser.
Después se vuelve hacia esas
mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y
agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y
va.
Es su cara, cada mañana, la que
reemplaza la oscuridad.
En mi, ella ahogó a una muchacha, y en
mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como
un pez terrible.
TULIPANES
Los tulipanes se alteran con demasiada facilidad, y aquí es invierno.
Mira cuán blanco está todo, qué
callado, qué sepultado en nieve.
Estoy aprendiendo la paz, acostada
sola en silencio,
como la luz reposa sobre estas paredes
blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie; no tengo nada que ver
con explosiones.
He entregado mi nombre y mi ropa
diaria a las enfermeras,
mi historia al anestesista y mi cuerpo
a los cirujanos.
Han acomodado mi cabeza entre la
almohada y el pliegue de la sábana
como un ojo entre dos párpados blancos
que no se cierran.
Pupila tonta, tiene que absorberlo
todo.
Las enfermeras pasan y pasan, no
molestan,
pasan como gaviotas volando tierra
adentro con sus gorros blancos,
haciendo cosas con las manos, una
igual a la otra,
tanto que es imposible saber cuántas
hay.
Mi cuerpo es un guijarro para ellas,
lo cuidan como el agua
cuida las piedras que debe pasar por
encima, alisándolas suavemente.
Me traen entumecimiento en sus agujas
brillantes, me traen sueño.
Ahora que me he perdido, estoy harta
del equipaje——
mi valijita de charol como una cajita
negra de píldoras,
mi esposo y mi hijo sonriendo desde la
foto familiar;
sus sonrisas se enganchan a mi piel,
pequeños anzuelos sonrientes.
He dejado que todo se deslice, como un
viejo carguero de treinta años
aferrado con terquedad a mi nombre y
dirección.
Me han limpiado de todas mis
asociaciones amorosas.
Asustada y desnuda en la camilla con
almohadas de plástico verde,
vi hundirse mi juego de té, mis
cajones de lino, mis libros,
desaparecer bajo el agua, y el agua
pasar sobre mi cabeza.
Ahora soy una monja, nunca he sido tan
pura.
No quería flores, solo quería
acostarme con las manos abiertas y
estar completamente vacía.
Qué libre se siente, no tienes idea de
cuán libre——
la paz es tan vasta que aturde,
y no pide nada, una plaquita con mi
nombre, algunos adornos.
Es lo que los muertos encuentran al
fin; me los imagino
cerrando la boca sobre ello, como una
hostia de comunión.
Los tulipanes son demasiado rojos
desde el principio, me lastiman.
Incluso a través del papel de regalo
los oía respirar
ligeramente, bajo sus vendas blancas,
como un bebé terrible.
Su rojo habla a mi herida, le
responde.
Son sutiles: parecen flotar, aunque me
pesan,
me alteran con sus lenguas súbitas y
su color,
una docena de pesas de plomo rojo
atadas a mi cuello.
Nadie me observaba antes, ahora sí.
Los tulipanes me miran, y también la
ventana detrás de mí
donde una vez al día la luz se
ensancha y se afina lentamente,
y me veo a mí misma, plana, ridícula,
una sombra de papel recortado
entre el ojo del sol y los ojos de los
tulipanes,
y no tengo rostro, he querido
borrarme.
Los tulipanes vivos devoran mi
oxígeno.
Antes de que llegaran, el aire era lo
bastante calmo,
entrando y saliendo, aliento por
aliento, sin alboroto.
Entonces los tulipanes lo llenaron
como un estruendo.
Ahora el aire se arremolina a su
alrededor como un río
que se enreda en un motor oxidado y
hundido.
Concentran mi atención, que antes era
feliz
jugando y descansando sin
comprometerse.
Las paredes, también, parecen estarse
calentando.
Los tulipanes deberían estar
enjaulados como animales peligrosos;
se abren como la boca de algún gran
felino africano,
y me doy cuenta de mi corazón: se abre
y se cierra
su cuenco de flores rojas por puro
amor a mí.
El agua que pruebo es cálida y salada,
como el mar,
y viene de un país tan lejano como la
salud.
CANCIÓN DE LA MAÑANA
El amor te puso en marcha como un reloj de oro macizo.
La partera te golpeó las plantas de
los pies, y tu llanto calvo
tomó su lugar entre los elementos.
Nuestras voces resuenan, magnificando
tu llegada. Nueva estatua.
En un museo con corrientes de aire, tu
desnudez
arroja sombras sobre nuestra
seguridad. Nos quedamos alrededor, blancos como paredes.
No soy más tu madre
que la nube que destila un espejo para
reflejar su propia lenta
borradura a manos del viento.
Toda la noche tu aliento de polilla
titila entre las rosas planas y
rosadas. Me despierto para oír:
un mar lejano se mueve en mi oído.
Un solo llanto, y tropiezo fuera de la
cama, pesada como una vaca y floral
en mi camisón victoriano.
Tu boca se abre limpia como la de un
gato. El cuadro de la ventana
se blanquea y traga sus estrellas
apagadas. Y ahora intentas
tu puñado de notas;
las vocales claras se elevan como
globos.
UNA VIDA
Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una
lágrima.
He aquí ayer, el año pasado:
palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre
vasta.
Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor
del aire
aunque nadie lo note o se anime a
contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.
A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se
inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en
plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas,
encima.
Como almohadones victorianos. Esta
familia
de rostros habituales, a un
coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena,
gustaría.
En otros lugares el paisaje es más
franco.
Las luces mueren súbitas,
cegadoramente.
Una mujer arrastra, circular, su
sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel
intacto.
Se diría que ha sufrido una particular
guerra relámpago.
Vive silente.
Y sin vínculos, cual feto en frasco,
la casa
anticuada, el mar, plano como una
postal,
que una dimensión de más le impide
penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.
El porvenir es una gaviota gris,
charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la
cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se
agazapa
saliendo a la orilla.
SOY VERTICAL
Pero preferiría ser horizontal. Yo
No soy un árbol enrizado en la tierra,
Absorbiendo minerales y amor materno
Para rebrotar esplendoroso cada mes de marzo,
Ni tampoco la belleza del arriate del jardín
Que deja boquiabierto a todo el mundo y a la que
Todo el mundo quiere pintar maravillosamente,
Ignorando que muy pronto se deshojará.
Comparados conmigo, un árbol es inmortal,
Una cabezuela, no muy alta, aunque más llamativa,
Y yo anhelo la longevidad del uno y la osadía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de los astros,
Los árboles y las flores han estado esparciendo sus aromas frescos.
Yo paseo entre ellos, aunque no se percaten de mi presencia.
A veces pienso que cuando duermo
Es cuando más me parezco a ellos -
Desvanecidos ya los pensamientos.
En mí, el estar tendida es algo connatural.
Entonces el cielo y yo conversamos abiertamente.
Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
Entonces quizás los árboles me toquen por una vez,
Y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.
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