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domingo, 20 de julio de 2025

Dimensiones, cuento de Alice Munro

 

Alice Munro y sus cuentos

A continuación, te presento el cuento Dimensiones de Alice Munro. Alice Ann Laidlaw, conocida como Alice Munro, fue una cuentista canadiense considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa, apodada la «Chéjov canadiense». En 2013 recibió el Premio Nobel de Literatura.

En Lecturia puedes leer otros cuentos de esta gran autora, así como el resumen y análisis de este relato para adultos. Si prefieres no leer el cuento, te recomiendo escuchar el audiocuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.


Dimensiones

Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.

Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente.

Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tres niños: el recién nacido, Dimitri, en sus brazos, y Barbara Ann y Sasha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella que cómo quería verla él.

Desde entonces llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora la llamaban por su segundo nombre, Fleur. Además, el trabajo que le habían encontrado estaba en un pueblo bastante alejado de donde vivía antes.

Era la tercera vez que hacía la excursión. Las dos primeras, él se había negado a verla. Si se negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor no volvería durante una temporada. No quería pasarse. En realidad, no sabía qué haría.

En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.

En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.

Doree no encajaba en ninguna de las dos categorías. Durante el año y medio que llevaba trabajando no se había comprado ropa. En el trabajo llevaba el uniforme, y en los demás sitios, vaqueros. Había dejado de maquillarse porque él no se lo consentía, y ahora, aunque podría hacerlo, no lo hacía. El pelo de punta de color maíz no pegaba con su cara lavada y huesuda, pero no importaba.

En el tercer autobús encontró un asiento junto a la ventanilla e intentó mantener la calma leyendo los rótulos, los de los anuncios y los de las calles. Tenía un truco para mantener la cabeza ocupada. Cogía las letras de cualquier palabra en la que se fijara e intentaba ver cuántas palabras nuevas podía formar con ellas. De «cafetería», por ejemplo, le salían «te», «té», «fea», «cara», «cafre», «rifa», «cate» y…, un momento…, «aire». Las palabras no escaseaban a la salida de la ciudad, pues el autobús pasaba por delante de vallas publicitarias, tiendas gigantescas, aparcamientos e incluso globos amarrados a los tejados con anuncios de rebajas.


Doree no le había hablado a la señora Sands de sus dos últimas tentativas y probablemente tampoco le hablaría de esta. Según la señora Sands, a quien veía los lunes por la tarde, había que seguir adelante, aunque llevara tiempo, sin forzar las cosas. Ella decía que lo estaba haciendo bien, que estaba descubriendo poco a poco su propia fortaleza.

—Ya sé que te dan ganas de matar a quien te dice esas palabras, pero es verdad —dijo.

Se sonrojó al oírse decir aquello, «matar», pero no quiso empeorarlo disculpándose.


Cuando Doree tenía dieciséis años —de eso hacía siete— iba a ver a su madre al hospital todos los días al salir del colegio. Su madre se recuperaba de una operación en la espalda, que al parecer era grave pero no peligrosa. Lloyd era celador. Tenía algo en común con la madre de Doree: los dos habían sido hippies, aunque Lloyd era unos años más joven. Siempre que tenía tiempo Lloyd entraba a charlar con ella sobre los conciertos y las manifestaciones de protesta a los que habían asistido, la gente estrambótica que habían conocido, los viajes y colocones que los habían dejado hechos polvo y cosas así.

Lloyd caía bien a los pacientes, por sus bromas y porque transmitía seguridad y fuerza. Era fornido, de hombros anchos, y lo suficientemente serio para que a veces lo tomaran por médico. (No le hacía ninguna gracia; opinaba que gran parte de la medicina era una mentira y que muchos médicos eran unos gilipollas.) Tenía la piel rojiza y sensible, el pelo claro y la mirada insolente.

Un día besó a Doree en el ascensor y le dijo que era una flor en el desierto. Después se rió de lo que había dicho y añadió:

—¿Has visto lo original que puede llegar a ser uno?

—Es que eres poeta, pero no lo sabes —dijo Doree, por cortesía.

La madre de Doree murió una noche, de repente, de una embolia. Tenía muchas amigas, que habrían recogido a Doree —de hecho, se quedó con una de ellas una temporada—, pero ella prefería a su nuevo amigo, Lloyd. Antes de su siguiente cumpleaños estaba embarazada, y poco después casada. Lloyd no se había casado nunca, aunque tenía al menos dos hijos, de cuyo paradero no sabía gran cosa. De todos modos, ya serían mayores. Con la edad, Lloyd había adoptado otra filosofía de vida: creía en el matrimonio y en la fidelidad, pero no en el control de la natalidad. Y le pareció que la península de Sechelt, donde vivían Doree y él, estaba en aquella época demasiado llena de gente: viejos amigos, viejas maneras de vivir, antiguas amantes. Al poco Doree y él se trasladaron a la otra punta del país, a un pueblo que eligieron por el nombre mirando un mapa: Mildmay. No se instalaron en el pueblo; alquilaron una casa en el campo. Lloyd encontró trabajo en una fábrica de helados. Plantaron un jardín. Lloyd sabía mucho de jardinería; también de carpintería, y de cómo encender una estufa de leña y mantener bien un coche viejo.

Nació Sasha.


—Es muy natural —comentó la señora Sands.

—¿Sí? —dijo Doree.

Doree siempre se sentaba en una silla de respaldo recto ante una mesa, no en el sofá, con tapicería de flores y cojines. La señora Sands movió su silla hacia un lado de la mesa, para poder hablar sin ninguna barrera entre las dos.

—Casi me lo esperaba —dijo—. Creo que yo a lo mejor habría hecho lo mismo en tu lugar.

La señora Sands no habría dicho eso al principio. Hace un año, sin ir más lejos, habría sido más prudente, consciente de que Doree se habría sublevado ante la idea de que alguien, algún ser viviente, pudiera ponerse en su lugar. Ahora sabía que Doree se lo tomaría como una manera, una manera humilde incluso, de intentar comprender.

La señora Sands no era como algunas de las demás. No era dinámica, ni delgada, ni guapa. Ni tampoco demasiado mayor. Tenía más o menos la edad que tendría la madre de Doree, pero no el aspecto de una antigua hippy. Llevaba el pelo entrecano muy corto y tenía una verruga en lo alto de un pómulo. Vestía zapatos planos, pantalones holgados y blusas de flores. Aunque fueran de color frambuesa o turquesa, las blusas no transmitían una verdadera preocupación por la ropa; más bien parecía que alguien le había dicho que tenía que arreglarse un poco y ella, obediente, había ido a comprarse algo que pensaba que podía servirle. La amable, impersonal y sincera sobriedad de la señora Sands despojaba aquellas prendas de todo entusiasmo agresivo, de toda ofensa.

—Pues las dos primeras veces ni lo vi —dijo Doree—. No quiso salir.

—¿Y esta vez sí? ¿Salió?

—Sí, pero apenas lo reconocí.

—¿Había envejecido?

—Supongo. Supongo que ha adelgazado un poco. Y esa ropa. De uniforme. Nunca lo había visto así.

—¿Te pareció una persona diferente?

—No.

Doree se mordió el labio superior, intentando pensar cuál era la diferencia. Estaba tan quieto… Doree nunca lo había visto tan quieto. Ni siquiera pareció darse cuenta de que tenía que sentarse enfrente de ella. Lo primero que le dijo Doree fue: «¿No te vas a sentar?».

Y él contestó: «¿Estará bien?».

—Parecía ausente —dijo Doree—. ¿Lo tendrán drogado?

—Quizá le dan algo para mantenerlo estable. Pero la verdad, no lo sé. ¿Entablasteis una conversación?

Doree pensó si de verdad había sido una conversación. Le había hecho unas cuantas preguntas, normales, absurdas. ¿Qué tal estaba? (Bien.) ¿Le daban suficiente de comer? (Él creía que sí.) ¿Había algún sitio donde pudiera ir a pasear si le apetecía? (Con vigilancia, sí. Él suponía que podía decirse que era un sitio. Suponía que podía decirse que era pasear.)

—Tienes que tomar el aire —le dijo Doree.

—Es verdad —le dijo Lloyd.

Doree estuvo a punto de preguntarle si tenía amigos. Como le preguntas a tu hijo por el colegio. Como se lo preguntarías a tus hijos, si fueran al colegio.

—Sí, sí —dijo la señora Sands, empujando suavemente la oportuna caja de kleenex.

A Doree no le hacía falta, tenía los ojos secos. El problema estaba en la boca del estómago. Las náuseas.

La señora Sands se limitó a esperar. Era lo bastante lista para no meterse en más honduras.

Y, como si hubiese adivinado lo que Doree estaba a punto de decir, Lloyd le había contado que había un psiquiatra que iba a verlo para hablar con él cada dos por tres.

—Yo le digo que está perdiendo el tiempo —añadió Lloyd—. Yo sé tanto como él.

Fue el único momento en que a Doree le pareció que volvía a ser el de antes. Durante toda la visita el corazón le latió con fuerza. Pensó que igual se desmayaba o se moría. Le cuesta tanto trabajo mirarlo, encajar en su campo de visión a aquel hombre delgado y canoso, inseguro pero frío, que se mueve mecánicamente pero sin coordinación…

No le había contado nada de eso a la señora Sands. La señora Sands podría haber preguntado —con mucho tacto— de quién tenía miedo. ¿De él o de sí misma?

Pero Doree no tenía miedo.


Cuando Sasha tenía un año y medio nació Barbara Ann, y cuando Barbara Ann tenía dos años, tuvieron a Dimitri. Habían elegido el nombre de Sasha entre los dos, y después hicieron un pacto: él elegiría los nombres de los niños y ella los de las niñas.

Dimitri fue el primero con cólicos. Doree pensó que a lo mejor no tenía suficiente leche, o que su leche no era lo bastante nutritiva. ¿O era demasiado nutritiva? Lloyd llevó a una señora de la Liga de La Leche para que hablara con Doree. Pase lo que pase, no le dé ningún biberón complementario, dijo la señora. Eso sería el principio del fin, porque dentro de poco el niño rechazaría el pecho.

No sabía la señora que Doree ya le estaba dando biberones complementarios. Y parecía verdad que el niño los prefería; cada día estaba más tiquismiquis con el pecho. Al cabo de tres meses solo tomaba biberón, y entonces ya no hubo forma de ocultárselo a Lloyd. Doree le dijo que se había quedado sin leche y que había tenido que empezar a darle el complemento. Lloyd le apretujó un pecho y después el otro con frenética determinación, y logró sacarle unas tristes gotitas de leche. La llamó mentirosa. Se pelearon. Él le dijo que era una puta, como su madre. Dijo que las hippies esas eran todas unas putas.

Pronto hicieron las paces. Pero siempre que Dimitri se quejaba de algo, o estaba resfriado, o le daba miedo el conejito que tenía algún niño por mascota, o cuando seguía agarrándose a las sillas a la edad en que su hermano y su hermana ya andaban solos, salía a relucir el fracaso en lo de darle de mamar.


La primera vez que Doree fue al despacho de la señora Sands, una de las otras mujeres le dio un folleto. En la cubierta había una cruz dorada y varias palabras en morado y oro. «Cuando tu pérdida parece insufrible…» Dentro había una imagen de Jesucristo en colores pálidos y unos caracteres más menudos que Doree no llegó a leer.

Sentada ante la mesa, aferrando el folleto, Doree se echó a temblar. La señora Sands se lo tuvo que arrancar de la mano.

—¿Te lo ha dado alguien? —preguntó la señora Sands.

Doree dijo:

—Esa. —Y señaló con la cabeza la puerta cerrada.

—¿No te interesa?

—Cuando estás fatal es cuando intentan pillarte —dijo Doree, y entonces cayó en la cuenta de que era algo que había dicho su madre cuando fueron a verla al hospital unas señoras con un mensaje parecido—. Se creen que vas a ponerte de rodillas y que todo irá estupendamente.

La señora Sands suspiró.

—Bueno, en realidad no es tan sencillo —dijo.

—Ni siquiera posible —añadió Doree.

—Quizá no.

Nunca hablaban de Lloyd en aquellos días. Doree nunca pensaba en él, si podía evitarlo, y si no podía pensaba en él como si fuera un terrible accidente de la naturaleza.

—Aunque creyera en esas cosas —dijo, refiriéndose a lo que había en el folleto—, solo sería para…

Lo que quería decir era que creer en eso le resultaría muy práctico, pues así podría imaginarse a Lloyd ardiendo en el infierno o algo por el estilo, pero fue incapaz de continuar, porque le parecía una estupidez hablar de algo así. Y porque se lo impedía algo ya muy conocido, una especie de martilleo en la tripa.


Lloyd era partidario de que sus hijos estudiaran en casa. No por razones religiosas —como no creer en los dinosaurios, los hombres de las cavernas, los monos y todas esas cosas—, sino porque quería que estuvieran junto a sus padres y que se adentrasen en el mundo poco a poco y con cuidado, no que los lanzaran a él de golpe. «Es que da la casualidad de que pienso que son mi hijos —decía—. O sea, nuestros hijos, no los hijos del Departamento de Educación.»

Doree no estaba muy segura de poder manejar aquello, pero resulta que el Departamento de Educación tenía sus directrices y sus planes de estudios, que podían encontrarse en la escuela del pueblo. Sasha era un chico inteligente que prácticamente aprendió a leer solo, y los otros dos eran demasiado pequeños para aprender gran cosa. Por las noches y los fines de semana Lloyd le enseñaba a Sasha geografía, el sistema solar, la hibernación de los animales y cómo funciona un coche, tratando cada tema a medida que surgían las preguntas. Sasha enseguida se adelantó a los planes de estudios de la escuela, pero Doree iba a recogerlos de todos modos y lo ponía a hacer los ejercicios a tiempo para cumplir con la ley.

Había otra madre del barrio que también educaba a los niños en casa. Se llamaba Maggie y tenía una furgoneta pequeña. Lloyd necesitaba el coche para ir a trabajar y Doree, que no había aprendido a conducir, se alegró cuando Maggie se ofreció a llevarla una vez a la semana para entregar los ejercicios terminados y recoger los nuevos. Naturalmente, se llevaban a todos los niños. Maggie tenía dos chicos. El mayor sufría tantas alergias que la madre tenía que vigilar estrechamente todo lo que comía; por eso le daba clase en casa. Y después Maggie pensó que el pequeño también podía quedarse allí. El niño quería estar con su hermano, y además tenía problemas de asma.

Qué agradecida se sintió Doree, al compararlos con los tres suyos, tan sanos. Lloyd decía que era porque los había tenido de joven, mientras que Maggie había esperado hasta llegar casi a la menopausia. Lloyd exageraba la edad de Maggie, pero era cierto que había esperado. Maggie era optometrista. Su marido y ella habían sido compañeros de trabajo y no tuvieron familia hasta que ella pudo dejar la consulta y encontraron una casa en el campo.

Maggie tenía el pelo entrecano, muy corto y pegado al cráneo. Era alta, de pecho plano, jovial y de ideas fijas. Lloyd la llamaba la Lesbi. Solo a sus espaldas, claro. Bromeaba con ella por teléfono pero a Doree le decía, solo moviendo los labios: «Es la Lesbi». A Doree no le importaba mucho, Lloyd llamaba lesbis a muchas mujeres, pero le daba miedo que a Maggie las bromas le parecieran demasiado amistosas, inoportunas o al menos una pérdida de tiempo.

—¿Quieres hablar con mi señora? Sí. Aquí la tengo, dándole a la tabla de lavar. Sí, soy un auténtico negrero. ¿No te lo ha contado?


Doree y Maggie adquirieron la costumbre de ir juntas a la compra después de recoger los papeles en el colegio. Luego a veces se llevaban unos cafés de Tim Hortons e iban con los niños al Riverside Park. Se sentaban en un banco mientras Sasha y los hijos de Maggie echaban carreras o se subían a los aparatos, Barbara Ann se columpiaba enérgicamente y Dimitri jugaba en el cajón de arena. O se sentaban en la furgoneta, si hacía frío. Hablaban sobre todo de los niños y de lo que cocinaban, pero de algún modo Doree averiguó que Maggie se había pateado media Europa antes de estudiar optometría, y Maggie se enteró de lo joven que era Doree cuando se casó. También de la facilidad con la que se había quedado embarazada al principio, de que ya no le resultaba tan fácil, y de que eso despertaba las sospechas de Lloyd, que registraba los cajones del tocador de Doree en busca de píldoras anticonceptivas, pensando que debía de estar tomándolas a escondidas.

—¿Y lo haces?

Doree se quedó horrorizada. Dijo que ni se le ocurriría.

—O sea, me parecería una cosa terrible, sin decírselo a él. Es una especie de broma lo que hace cuando las busca.

—Ah —dijo Maggie.

Y en una ocasión Maggie preguntó:

—¿Te va todo bien? O sea, en tu matrimonio. ¿Eres feliz?

Doree dijo que sí, sin dudarlo. Después empezó a tener más cuidado con lo que contaba. Comprendió que había ciertas cosas a las que ella estaba acostumbrada que otra persona quizá no entendería. Lloyd veía las cosas de una manera especial; era su forma de ser. Ya era así cuando lo conoció en el hospital. La enfermera jefe era muy estirada, y él la llamaba señora Malbicho en lugar de por su apellido, Mitchell. Lo decía tan deprisa que costaba trabajo darse cuenta. Pensaba que tenía sus favoritos y que él no era uno de ellos. Ahora, en la fábrica de helados, detestaba a una persona a quien llamaba Louie Chupapalos. Doree no sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, pero al menos eso demostraba que no eran solo las mujeres quienes lo irritaban.

Doree estaba segura de que esa gente no era tan mala como creía Lloyd, pero de nada valía contradecirlo. Quizá los hombres necesitaban tener enemigos, como necesitan gastar sus bromitas. Y a veces Lloyd hacía broma de sus enemigos, como si se riera de sí mismo. Incluso le permitía a Doree reírse también, siempre y cuando no fuera ella quien empezara.

Doree esperaba que Lloyd no se pusiera en ese plan con Maggie. A veces tenía miedo de que la mujer se viera venir algo así. Si él no la dejara ir en el coche al colegio y a la compra con Maggie sería un fastidio, y grande. Pero peor sería la vergüenza. Tendría que inventarse alguna mentira absurda para explicarlo. Pero Maggie se daría cuenta; como mínimo se daría cuenta de que Doree mentía y lo interpretaría como que estaba peor de lo que realmente estaba.

Y Doree se preguntó por qué tenía que importarle lo que Maggie pensara. Maggie era una extraña, ni siquiera se sentía a gusto con ella. Fue Lloyd quien lo dijo, y tenía razón. La verdad de las cosas entre ellos, su vínculo, no era algo que pudiera entender nadie y no era asunto de nadie. Si Doree podía mantener su lealtad, todo iría bien.


Todo empeoró, poco a poco. Ninguna prohibición directa, pero sí más críticas. Lloyd dejaba caer la teoría de que las alergias y el asma de los hijos de Maggie podían ser culpa de la madre. Muchas veces el motivo es la madre, decía. Lo había visto en el hospital. Una madre demasiado dominante, normalmente demasiado culta.

—Algunos niños simplemente nacen con algo —dijo Doree, imprudente—. No puedes decir que siempre es la madre.

—Ah. ¿Y por qué no puedo?

—No quiero decir tú. No quiero decir que no puedes. O sea, ¿no pueden nacer con cosas?

—¿Desde cuándo eres una eminencia médica?

—Yo no he dicho que lo sea.

—No. Es que no lo eres.

De mal en peor. Lloyd quería saber de qué hablaban, Maggie y ella.

—No sé. De nada en particular.

—Qué curioso. Dos mujeres en un coche. La primera vez que lo oigo, que dos mujeres no hablen de nada. Lo que quiere es separarnos.

—¿Quién? ¿Maggie?

—Conozco a esa clase de mujeres.

—¿Qué clase?

—Su clase.

—No seas tonto.

—Cuidadito. No me llames tonto.

—¿Para qué querría hacer algo así?

—¿Y yo cómo lo voy a saber? Solo quiere hacerlo. Espera y verás. Irás a su casa llorando a mares por lo hijo de puta que soy. Un día de estos.


Y así ocurrió, tal y como él había dicho. Al menos eso debió de parecerle a Lloyd. Doree se vio una noche en la cocina de la casa de Maggie, alrededor de las diez, sonándose y tomando una infusión. El marido de Maggie dijo: «¿Qué demonios…?» cuando llamó a la casa; Doree lo oyó desde detrás de la puerta. Él no sabía quién era Doree. Ella dijo: «Siento muchísimo molestar…» mientras él se quedaba mirándola, con las cejas enarcadas y los labios apretados. Y entonces apareció Maggie.

Doree había ido hasta allí andando en la oscuridad, primero por la pista de gravilla junto a su casa, después por la carretera. Cada vez que se acercaba un coche se apartaba hasta la cuneta, y eso la retrasó considerablemente. Echaba un vistazo a los coches que pasaban, pensando que en uno de ellos podía ir Lloyd. No quería que la encontrase, todavía no, no hasta que se hubiera asustado de su propia locura. Otras veces ella había sido capaz de atemorizarlo, llorando, dando alaridos, incluso golpeándose la cabeza contra el suelo mientras salmodiaba: «No es verdad, no es verdad, no es verdad». Al final él se echaba atrás. Decía: «Vale, vale. Te creo. Tranquila, cariño. Piensa en los niños. Te creo, en serio. Déjalo ya».

Pero esa noche Doree se había plantado aun antes de empezar el número. Se puso el abrigo y salió por la puerta mientras él gritaba: «¡No lo hagas! ¡Te lo advierto!».

El marido de Maggie, que no parecía muy contento con la situación, se había ido a la cama mientras Doree no paraba de decir: «Lo siento. Lo siento mucho, presentarme así en tu casa a estas horas de la noche».

—Venga, cállate —dijo Maggie, en tono serio pero amable—. ¿Quieres una copa de vino?

—Yo no bebo.

—Entonces mejor que no empieces ahora. Voy a prepararte una infusión. Te relajará. Manzanilla y frambuesa. No es por los niños, ¿verdad?

—No.

Maggie le quitó el abrigo y le dio un montón de kleenex para la nariz y los ojos.

—No me cuentes nada todavía. Enseguida te tranquilizarás.

Ni siquiera cuando se calmó un poco Doree quiso soltar toda la verdad y dejar que Maggie se enterase de que ella era el meollo del problema. Además, no quería tener que explicar nada de Lloyd. Por muy agotada que la dejara, él seguía siendo la persona a quien estaba más unida en el mundo y Doree tenía la sensación de que todo se vendría abajo si se atreviese a contarle a alguien cómo era él exactamente, si le fuera tan desleal.

Dijo que Lloyd y ella habían retomado una antigua discusión y que estaba tan harta de todo que lo único que quería era salir de allí. Pero ya se le pasaría, dijo. A los dos.

—A todas las parejas les ocurre alguna vez —dijo Maggie.

Entonces sonó el teléfono y Maggie contestó.

—Sí. Está bien. Solo quería dar un paseo para desahogarse un poco. Muy bien. Vale. La llevaré a casa por la mañana. Ningún problema. Vale. Buenas noches.

—Era él —dijo—. Supongo que lo has oído.

—¿Cómo hablaba? ¿Parecía normal?

Maggie se echó a reír.

—Bueno, yo no sé cómo habla cuando está normal, ¿no? Pero no parecía borracho.

—Él tampoco bebe. En casa no tenemos ni café.

—¿Quieres una tostada?


Maggie la llevó a casa por la mañana temprano. El marido de Maggie todavía no se había ido a trabajar y se quedó con los niños.

Como Maggie tenía prisa por volver, se limitó a decir: «Adiós. Llámame si necesitas hablar», mientras daba la vuelta con la furgoneta en el jardín.

Era una mañana fría de principios de primavera, aún había nieve en el suelo, pero Lloyd estaba sentado en las escaleras, sin chaqueta.

—Buenos días —dijo en voz alta, en tono sarcástico y cortés—.

Y Doree le dio los buenos días, fingiendo que no había notado su retintín.

Él no se apartó para dejarla pasar.

—No puedes entrar.

Doree decidió no tomárselo en serio.

—¿Ni siquiera si lo pido por favor? Por favor.

Lloyd la miró pero no contestó. Sonrió con los labios apretados.

—Lloyd —dijo Doree—. ¡Lloyd!

—Será mejor que no entres.

—No le he contado nada, Lloyd. Siento haberme marchado. Supongo que necesitaba respirar un poco.

—Mejor que no entres.

—¿Qué te pasa? ¿Dónde están los niños?

Lloyd movió la cabeza, como cuando Doree decía algo que no le gustaba, una pequeña ordinariez, por ejemplo «me cago en…».

—Lloyd. ¿Dónde están los niños?

Lloyd se apartó un poco, justo para que Doree pudiera pasar si quería.

Dimitri todavía en la cuna, tumbado de costado. Barbara Ann en el suelo, al lado de su cama, como si se hubiera caído o la hubieran sacado a empujones. Sasha junto a la puerta de la cocina; había intentado escapar. Era el único con moretones en el cuello. La almohada se había encargado de los otros dos.

—Cuando llamé por teléfono anoche, ¿sabes? —dijo Lloyd—, cuando llamé ya había ocurrido. Tú te lo buscaste.


Lo declararon demente y no pudieron juzgarlo. Era un delincuente psicótico, había que llevarlo a una institución segura.

Doree había salido corriendo de la casa e iba dando traspiés por el jardín, apretándose el estómago con los brazos como si la hubieran abierto de un tajo e intentara que no se le salieran las tripas. Esa fue la escena que vio Maggie cuando regresó. Había tenido un presentimiento y al llegar a la carretera dio la vuelta. Lo primero que pensó es que a Doree su marido le había dado un puñetazo o una patada en el estómago. No supo interpretar los gemidos de Doree. Pero Lloyd, que seguía sentado en las escaleras, se apartó cortésmente para dejarla pasar, sin pronunciar palabra, y ella entró en la casa y se encontró con lo que ya esperaba encontrarse. Llamó a la policía.

Doree se pasó un buen rato metiéndose en la boca cuanto tenía a mano. Después de la tierra y la hierba, sábanas, toallas y su propia ropa. Como si intentara ahogar no solo los alaridos, sino la escena que veía en su cabeza. Le pusieron una inyección de algo, cada cierto tiempo, para calmarla, y funcionó. Lo cierto es que se quedó muy tranquila, aunque no catatónica. Dijeron que se mantenía estable. Cuando salió del hospital y la trabajadora social la llevó a otro sitio, la señora Sands se hizo cargo de ella, le encontró una casa donde vivir y un trabajo, e impuso la rutina de hablar con ella una vez a la semana. Maggie habría ido a verla, pero era la única persona a la que Doree no soportaba ver. La señora Sands aseguraba que ese sentimiento era natural, que era la asociación. También decía que Maggie lo comprendería.


La señora Sands dijo que si Doree quería seguir visitando a Lloyd era cosa suya.

—Yo no estoy aquí para autorizar o desautorizar. ¿Te sentiste bien al verlo? ¿O mal?

—No lo sé.

Doree no era capaz de explicar que en realidad tenía la sensación de que no lo veía a él. Era casi como ver un fantasma. Tan pálido. Con ropa holgada de colores claros, zapatos que no hacían ruido, probablemente zapatillas. Le daba la impresión de que se le había caído un poco de pelo, su pelo abundante, ondulado, del color de la miel. Parecía haber perdido la anchura de los hombros, el hueco de la clavícula donde ella apoyaba la cabeza.

Lo que Lloyd dijo después a la policía —y apareció textualmente en los periódicos— fue lo siguiente: «Lo hice para evitarles el sufrimiento».

¿Qué sufrimiento?

«El sufrimiento de saber que su madre los había abandonado.»

A Doree esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro, y quizá cuando decidió intentar verlo fue con la idea de obligarlo a retirarlas. Hacerle ver, y reconocer, qué había ocurrido en realidad.

«Me dijiste que o dejaba de contradecirte o me marchaba de casa. Así que me marché. Solo pasé una noche en casa de Maggie. Tenía intención de volver. No había abandonado a nadie.»

Doree recordaba perfectamente cómo había empezado la discusión. Había comprado una lata de espaguetis con una ligera abolladura. Por eso estaba de oferta, y Doree se puso muy contenta de haber ahorrado. Pensó que era muy lista. Sin embargo, no se lo dijo a Lloyd cuando empezó a interrogarla. Por alguna razón pensó que era mejor fingir que no se había dado cuenta.

Cualquiera se habría dado cuenta, dijo él. Podríamos habernos intoxicado todos. Pero ¿qué le pasaba? ¿O era eso lo que tenía en mente? ¿Quería probarlo con los niños o con él?

Doree le dijo que si se había vuelto loco.

Lloyd dijo que no era él quien estaba loco ¿Quién sino una mujer loca compraría veneno para su familia?

Los niños se quedaron observando desde la puerta del salón. Esa fue la última vez que Doree los vio con vida.


De modo que ¿eso era lo que Doree estaba pensando, que al final podría hacerle comprender quién de los dos estaba loco?

Cuando se dio cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, Doree debería haberse bajado del autobús. Podría haberse bajado incluso ante la verja, con las pocas mujeres que subían lentamente por el camino. Podría haber cruzado la carretera y esperar el autobús para volver a la ciudad. Probablemente había gente que lo hacía. Iban allí de visita y de repente decidían que no. La gente seguramente lo hacía a menudo.

Pero quizá había sido mejor seguir adelante y verlo tan raro y destrozado. No era ya una persona a la que merece la pena culpar de algo. Ni siquiera una persona. Era como un personaje de un sueño.

Doree tenía sueños. En uno de los sueños huía de la casa después de haberlos encontrado y Lloyd se echaba a reír como antes, con su risa fácil. Después oía a Sasha riéndose detrás de ella y entonces caía en la cuenta, encantada, de que todos estaban gastándole una broma.


—¿Me preguntó usted que si me había sentido bien o mal al verlo? ¿La última vez que me lo preguntó?

—Sí —dijo la señora Sands.

—Tuve que pensármelo.

—Sí.

—Llegué a la conclusión de que me sentí mal. Así que no he vuelto.

Con la señora Sands nunca se sabía, pero que asintiera con la cabeza dio a entender cierta satisfacción o aprobación.

Así que cuando Doree decidió volver a pesar de todo, pensó que sería mejor no hablar del asunto. Y como resultaba difícil no hablar de cualquier cosa que le ocurriera —porque la mayoría de las veces era tan poco—, llamó y canceló la cita. Dijo que se iba de vacaciones. Empezaba el verano y las vacaciones eran lo normal. Con una amiga, dijo.


—No llevas la misma chaqueta que la semana pasada.

—No fue la semana pasada.

—¿No?

—Fue hace tres semanas. Ahora hace calor. Esta es más fina, pero la verdad es que no la necesito. No hace falta chaqueta.

Él le preguntó por el viaje, qué autobuses tenía que coger desde Mildmay.

Ella le contó que ya no vivía allí. Le dijo dónde vivía y lo de los tres autobuses.

—Es un buen trecho. ¿Te gusta vivir en un sitio más grande?

—Allí es más fácil encontrar trabajo.

—¿Así que trabajas?

La última vez le había contado dónde vivía, lo de los autobuses, dónde trabajaba.

—Trabajo en un motel, limpiando habitaciones —dijo Doree—. Te lo conté.

—Ah, sí. Se me había olvidado. Perdona. ¿Has pensado en volver a la escuela? ¿A la escuela nocturna?

Doree dijo que sí lo pensaba pero que nunca lo bastante en serio para hacer nada. También que no le importaba trabajar de limpiadora.

Y después se quedaron como si no se les ocurriera nada más que decir.

Lloyd suspiró.

—Perdona —dijo—. Perdona. Supongo que no estoy acostumbrado a una conversación.

—¿Y cómo pasas el tiempo?

—Pues leo. Medito. De todo un poco.

—Ah.

—Te agradezco que vengas. Significa mucho para mí. Pero no pienses que tienes que seguir. O sea, hazlo cuando quieras. Si pasa algo, y si te apetece… Lo que quiero decir es que el solo hecho de que quizá vengas, aunque vinieras una sola vez, es mucho para mí. ¿Me entiendes?

Doree dijo que sí, que eso creía.

Él dijo que no quería entrometerse en su vida.

—No lo haces —contestó ella.

—¿Era eso lo que ibas a decir? Pensaba que ibas a decir otra cosa.

En realidad, Doree había estado a punto de decir: ¿qué vida?

No, en serio, nada más, dijo Doree.

—Bien.


Tres semanas más tarde la llamaron por teléfono. Era la señora Sands, no una de las mujeres de la oficina.

—Ah, Doree. Pensaba que a lo mejor no habías vuelto. De las vacaciones. ¿Así que ya has vuelto?

—Sí —dijo Doree, intentando pensar dónde diría que había estado.

—Pero aún no te ha dado tiempo de concertar otra cita, ¿no?

—No. Todavía no.

—No importa. Solo quería estar segura. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Estupendo. Ya sabes dónde estoy si me necesitas. Si quieres charlar un rato.

—Sí.

—Bueno, cuídate.

No mencionó a Lloyd, no preguntó si habían continuado las visitas. Bueno, por supuesto, Doree dijo que no habían seguido, pero a la señora Sands normalmente se le daba muy bien percatarse de lo que pasaba. Y también se le daba muy bien callarse cuando comprendía que con preguntar no llegaría a ninguna parte. Doree no sabía qué habría contestado si le hubiera preguntado, si habría dado marcha atrás y habría contado una mentira o si habría soltado la verdad. Lo cierto era que había vuelto el domingo siguiente de que él le dijera, más o menos, que no importaba que fuera a verlo o no.

Lloyd estaba resfriado. No sabía cómo lo había pillado.

A lo mejor ya lo tenía la última vez que la vio y por eso había estado tan taciturno, dijo.

«Taciturno.» Ahora Doree casi nunca se relacionaba con gente que empleara una palabra así, y le pareció raro. Pero Lloyd siempre había tenido la costumbre de utilizar palabras como esa, y por supuesto antes a Doree no le impresionaban tanto como ahora.

—¿Te parezco una persona distinta? —preguntó Lloyd.

—Bueno, eres distinto —dijo Doree con prudencia—. ¿Yo no?

—Tú estás preciosa —dijo él con tristeza.

Doree se ablandó un poco, pero se resistió.

—¿Te sientes distinta? —preguntó Lloyd—. ¿Te sientes una persona distinta?

Ella dijo que no lo sabía.

—¿Y tú?

—Totalmente —dijo él.


Días más tarde, esa misma semana, a Doree le dieron un sobre en el trabajo. Llevaba la dirección del motel e iba dirigido a su atención. Dentro había varias hojas, escritas por las dos caras. Al principio no pensó que fuera de Lloyd; tenía la idea de que en la cárcel no se permitía escribir cartas. Pero claro, él era otra clase de preso. No era un delincuente, era un delincuente psicótico.

En el escrito no había fecha, ni siquiera un «Querida Doree». Empezaba hablándole de tal manera que Doree pensó que sería una especie de invitación religiosa.

La gente anda buscando la solución. Tienen la mente irritada (de tanto buscar). Hay tantas cosas que los zarandean, que les hacen daño… En sus caras se ven todos sus dolores y sus heridas. Están preocupados. Van de un sitio a otro. Tienen que ir de compras y a la lavandería y a cortarse el pelo y ganarse la vida o recoger el cheque del paro. Los pobres tiene que hacer eso y los ricos tienen que buscar con todas sus fuerzas la mejor manera de gastarse el dinero. Eso también es trabajo. Tienen que construir las mejores casas con grifos de oro para el agua caliente y la fría. Y sus Audi y los cepillos de dientes mágicos y todos los artilugios imaginables y las alarmas antirrobo para protegerse de las matanzas y ni (ve) viejos ni jóvenes, pobres o ricos, tienen paz de espíritu. Iba a escribir «vecinos» en lugar de viejos, ¿por qué sería? Aquí no tengo vecinos. Donde estoy al menos la gente ha superado mucha confusión. Saben lo que poseen y siempre poseerán y ni siquiera tienen que comprar la comida ni cocinar. Ni elegirla. Toda posibilidad de elección queda eliminada.

Lo único que podemos conseguir los que estamos aquí es lo que saquemos de nuestra mente.

Al principio en la cabeza solo tenía perturvación (¿se escribe así?). Era una continua tormenta y me daba golpes contra el cementó con la esperanza de librarme de ella. Parar mi sufrimiento y mi vida. Y me impusieron castigos. Me redujeron con una manguera, me ataron y me introdujeron drogas en el torrente sanguíneo. No es que me queje, porque tenía que aprender que de eso no se saca ningún provecho. Ni tampoco hay diferencia con el llamado mundo real, donde la gente bebe, monta escándalos y comete crímenes para eliminar los pensamientos dolorosos. Y muchas veces se los llevan y los encarcelan pero no es suficiente para que salgan al otro lado. ¿Y qué es eso? Es la demencia absoluta o la paz.

La paz. Yo he alcanzado la paz y sigo cuerdo. Supongo que al leer esto pensarás que voy a decir algo de Jesucristo o quizá de Buda como si me hubiera convertido a alguna religión. No. No cierro los ojos y me siento elevado por ningún Poder Superior concreto. La verdad es que no sé qué quieren decir con todo eso. Lo que hago es Conocerme a Mí Mismo. Conócete a Ti Mismo es una especie de Mandamiento de algún sitio, probablemente de la Biblia, así que al menos he seguido el Cristianismo. También Sé Fiel a Ti Mismo, eso lo he intentado si es lo que también está en la Biblia. No dice a qué partes, las buenas o las malas, ser fiel, o sea, que no se trata de una guía de moralidad. Tampoco Conócete a Ti Mismo tiene relación con la moralidad como la entendemos en Conducta. Pero la Conducta en realidad no me preocupa porque me han juzgado correctamente como persona en la que no se puede confiar para que juzgue cómo debería comportarse y esa es la razón por la que estoy aquí.

Volvamos a la parte del Conocer del Conócete a Ti Mismo. Puedo decir con toda seriedad que me conozco a mí mismo y sé lo peor de lo que soy capaz y sé que lo he hecho. El Mundo me considera un Monstruo y no tengo nada en contra de eso, aunque de paso podría decir que a los que sueltan bombas o queman ciudades o matan de hambre o asesinan a cientos de miles de personas normalmente no se los considera Monstruos sino que les llueven medallas y honores, pues solo los actos contra pocas personas se consideran malos y terribles. Lo cual no es una excusa sino una simple observación.

Lo que Conozco de Mí Mismo es mi propia Maldad. Ese es el secreto de mi consuelo. Quiero decir que conozco lo Peor de mí. Puede que sea peor que lo peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un Monstruo? El Mundo dice que sí y si lo dice yo estoy de acuerdo. No obstante, también digo que el Mundo no tiene ningún significado real para mí. Yo soy Yo y no tengo posibilidades de ser otro Yo. Podría decir que entonces estaba loco, pero ¿qué significa eso? Loco. Cuerdo. Yo soy Yo. No podía cambiar mi yo entonces y no puedo cambiarlo ahora.

Doree, si has seguido leyendo hasta aquí, hay algo especial que quiero contarte pero que no puedo escribir. Si tienes pensado volver aquí alguna vez, a lo mejor lo haré. No pienses que soy cruel. No es que no quisiera cambiar las cosas si pudiera, es que no puedo.

Voy a enviarte esto a tu trabajo, pues lo recuerdo y recuerdo el nombre del pueblo, así que mi cerebro funciona bien en algunos aspectos.


Ella pensó que tendrían que hablar de esa carta la próxima vez que se vieran y la leyó varias veces, pero no se le ocurrió nada que decir. De lo que realmente quería hablar era de lo que él decía que no podía poner por escrito. Pero cuando volvió a verlo, él actuó como si no le hubiera escrito nada. Ella, por sacar un tema de conversación, le contó que un cantante de folk, famoso en su momento, se había alojado en el motel. Le sorprendió que él supiera más cosas que ella sobre la trayectoria del cantante. Resulta que tenía televisión, o que al menos podía verla, y solía ver algunos programas y, por supuesto, las noticias. Eso les dio algo más de lo que hablar, hasta que Doree ya no pudo reprimirse más.

—¿Qué es eso que solo puedes contarme personalmente?

Lloyd dijo que ojalá no se lo hubiera preguntado. No sabía si estaban preparados para hablar de ello.

Y entonces a Doree le dio miedo de que fuera algo que no pudiera controlar, algo insufrible, como que él seguía amándola. No soportaba oír la palabra «amor».

—Vale —dijo—. Quizá no lo estamos. —Y añadió—: De todos modos, será mejor que me lo cuentes. Si al salir de aquí me atropellara un coche nunca lo sabría, y tú ya no tendrías otra oportunidad de contármelo.

—Es verdad —dijo él.

—Bueno, ¿qué es?

—El próximo día. El próximo día. A veces no puedo hablar. Quiero hablar, pero me quedo en blanco.

Doree, he estado pensando en tí desde que te marchaste y lamento haberte decepcionado. Cuando estás sentada enfrente de mí me emociono más de lo que quizá demuestro. No tengo derecho a emocionarme delante de ti, puesto que tú tienes más derecho que yo y tú siempre te controlas. Así que voy a invertir lo que dije porque he llegado a la conclusión de que en realidad me cuesta menos escribirte que hablarte.

A ver por dónde empiezo.

El Cielo existe.

Esa es una forma, pero no está bien porque yo nunca he creído en el Cielo y el Infierno, etc. Para mí todo eso eran gilipolleces, así que debe de parecer muy raro que saque a relucir el tema.

De modo que lo único que voy a decir es que he visto a los niños.

Los he visto y he hablado con ellos.

Ya está. ¿Qué piensas en este momento? Estarás pensando: bueno, este está como una auténtica cabra. O: es un sueño y no sabe distinguir un sueño, no entiende la diferencia entre estar dormido y estar despierto. Pero quiero decirte que entiendo la diferencia y que sé que existen. Digo que existen, no que están vivos, porque vivos significa en nuestra misma Dimensión, y no estoy diciendo que estén aquí. La verdad es que creo que no. Aunque existen y debe de ser que hay otra Dimensión o a lo mejor innumerables Dimensiones, pero lo que sé es que yo he llegado a la que están ellos. Posiblemente lo he conseguido porque paso tanto tiempo solo y tengo que pensar y pensar y porque tengo tanto en que pensar. Así que después de este sufrimiento y soledad hay una Gracia que ha visto la manera de darme una recompensa. A mí, precisamente el que menos la merece según el modo de pensar del mundo.

Bueno, si has seguido leyendo hasta aquí y no has roto esto en mil pedazos, querrás saber algo. Cómo están, por ejemplo.

Están bien. Son muy felices y muy listos. No parecen tener ningún recuerdo de nada malo. A lo mejor están un poco mayores que antes pero es difícil saberlo. Parecen comprender a diferentes niveles. Sí. A Dimitri le notas que ha aprendido a hablar, cosa que antes no podía hacer. Están en una habitación que reconozco en parte. Es como nuestra casa pero más espaciosa y bonita. Les pregunté qué tal los cuidaban y se rieron y dijeron algo como que podían cuidarse solos. Creo que fue Sasha quien lo dijo. A veces no hablan por separado, al menos yo no puedo distinguir sus voces, pero sus personalidades son muy claras y debo decir que muy alegres.

Por favor, no llegues a la conclusión de que estoy loco. Ese es el miedo que me impidió contártelo antes. Estuve loco una época pero créeme que me he librado de mi antigua locura como el oso muda el pelaje. O quizá debería decir como la serpiente muda la piel. Sé que si no lo hubiera hecho no se me habría concedido esta capacidad para reconectar con Sasha, Barbara Ann y Dimitri. Ojalá también te la dieran a ti, porque, si es una cuestión de méritos, tú me sacas ventaja. Puede que a ti te cueste más trabajo porque vives mucho más en el mundo que yo, pero al menos puedo darte esta información, la Verdad, y al decirte que los he visto espero que te animes.


Doree se preguntó qué diría o pensaría la señora Sands si le leía esta carta. Naturalmente, la señora Sands tendría cuidado. Procuraría no emitir un veredicto rotundo de locura, sino que encauzaría con cautela y delicadeza a Doree en esa dirección.

O quizá se podría decir que no la encauzaría, sino que despejaría la confusión para que Doree tuviera que enfrentarse con una conclusión a la que parecería haber llegado ella sola. Tendría que quitarse de la cabeza esos disparates peligrosos (así hablaría la señora Sands).

Por eso Doree no quería ni verla.

Doree tenía la certeza de que Lloyd estaba loco. Y en lo que había escrito había indicios de su antigua chulería. Ella no le contestó. Pasaron los días, las semanas. No cambió de opinión, pero siguió guardando en secreto sus escritos. Y de vez en cuando, mientras estaba pulverizando el líquido limpiador en el espejo de un cuarto de baño o estirando una sábana, la embargaba una emoción. Durante casi dos años no se había fijado en las cosas que solían alegrar a la gente, como el buen tiempo o las flores o el olor de una panadería. Aún no experimentaba esa sensación espontánea de felicidad, no la sentía, pero sí había algo que le recordaba cómo era. No tenía nada que ver con el tiempo que hiciera ni con las flores. Era la idea de que los niños estaban en lo que él llamaba su Dimensión lo que se adentraba furtivamente en ella y por primera vez le proporcionaba una sensación de tranquilidad, no de dolor.

Desde que pasó lo que pasó siempre había tenido que librarse de cualquier pensamiento relacionado con los niños, sacárselo inmediatamente de la cabeza como un cuchillo clavado en el cuello. No podía pensar en sus nombres, y si oía un nombre parecido a los de sus hijos, también tenía que arrancárselo. Incluso tenía que echar las voces de los niños, sus chillidos y el chapoteo de sus pies cuando entraban y salían de la piscina del motel por una especie de puerta que ella era capaz de cerrar de golpe para dejar de oír. En cambio ahora tenía un refugio al que podía acudir en cuanto la acechaban esos peligros.

¿Y quién se lo había proporcionado? Desde luego, no la señora Sands, con tantas horas que había pasado ante la mesa con los kleenex discretamente a mano.

Se lo había proporcionado Lloyd. Lloyd, esa persona terrible, esa persona aislada y demente.

Demente, por llamarle de alguna manera. Pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal viaje no significaran algo?

Esa idea se coló en su cerebro y allí se quedó.

Junto al pensamiento de que quizá Lloyd fuera la única persona con quien debería estar. ¿Para qué otra cosa serviría ella en el mundo —le parecía estar diciéndoselo a otra persona, probablemente a la señora Sands—, para qué estaba allí si no era al menos para escucharlo?

No he dicho «perdonar», le contó mentalmente a la señora Sands. Jamás lo diría. Jamás lo haría.

Pero a ver. ¿No me rechazan a mí tanto como a él por lo que pasó? Nadie que lo supiera me querría a su lado. Lo único que hago es recordarle a la gente lo que nadie puede soportar que le recuerden.

Era imposible disfrazarse, francamente. Esa corona de pinchos amarillos daba lástima.


Y un día se vio otra vez en el autobús, por la carretera. Recordó aquellas noches después de la muerte de su madre, cuando se escapaba para ver a Lloyd, mintiéndole a la amiga de su madre, la mujer con quien vivía, sobre adónde iba. Recordaba el nombre de la amiga, el nombre de la amiga de la madre. Laurie.

¿Quién sino Lloyd recordaría ahora los nombres de los niños, o el color de sus ojos? Cuando tenía que hablar de ellos la señora Sands los llamaba «tu familia» y los metía a todos en el mismo saco.

En aquella época, cuando iba a ver a Lloyd, cuando mentía a Laurie, no se sentía culpable; solo tenía una sensación de fatalidad, de sumisión. Tenía la impresión de que la habían puesto en la tierra únicamente para que estuviera con él e intentara comprenderlo.

Pues ya no era así. Ya no era lo mismo.

Iba sentada en el asiento delantero, al otro lado del conductor. Tenía una buena vista por la ventana. Y por eso fue la única pasajera del autobús, la única persona aparte del conductor, que vio una camioneta saliendo de una carretera lateral sin siquiera disminuir la velocidad, que la vio enfrente de ellos al otro lado de la carretera, vacía aquel domingo por la mañana, dar sacudidas y caer en la cuneta. Y la única que vio algo aún más extraño: al conductor de la camioneta volando por los aires de una manera que pareció al mismo tiempo rápida y lenta, absurda y digna. Aterrizó en la grava, junto a la acera.

Los demás pasajeros no sabían por qué el conductor había frenado y había parado de forma tan brusca y desabrida. Al principio lo único que pensó Doree fue: ¿cómo ha salido? El joven o el chaval, que debía de haberse quedado dormido al volante. ¿Cómo había salido volando de la camioneta y se había lanzado con tanta elegancia al aire?

—Ese tipo se nos ha puesto delante —les dijo el conductor a los pasajeros. Intentaba hablar alto, con calma, pero su voz temblaba de asombro, entre el respeto y el temor—. Se ha estrellado contra la cuneta. Continuaremos en cuanto podamos, pero mientras tanto, por favor, no bajen del autobús.

Como si no lo hubiera oído, o como si tuviera un derecho especial a ser útil, Doree bajó detrás del conductor. Él no la reprendió.

—Si será gilipollas… —dijo el conductor mientras cruzaban la carretera. En su voz solo había rabia e indignación—. Gilipollas de chaval. Pero ¿usted ha visto?

El chico estaba tumbado de espaldas, con las piernas y los brazos extendidos, como si hiciera el ángel en la nieve. Sin embargo, a su alrededor había grava, no nieve. No tenía los ojos completamente cerrados. Era muy joven, un niño que había dado el estirón antes de empezar a afeitarse. Posiblemente sin carné de conducir.

El conductor hablaba por teléfono.

—Como a kilómetro y medio de Bayfteld, en la Veintiuno, el lado este de la carretera.

Un hilillo de espuma rosa salía por debajo de la cabeza del chico, junto a la oreja. No parecía sangre, sino la espuma que se retira de las fresas cuando se hace mermelada.

Doree se agachó junto a él. Le puso una mano en el pecho. No se movía. Doree acercó una oreja. Le habían planchado la camisa hacía poco; desprendía ese olor.

No respiraba.

Pero los dedos de Doree encontraron pulso en el cuello terso del chico.

Recordó algo que le habían contado. Se lo había contado Lloyd, por si uno de los niños tenía un accidente y él no estaba. La lengua. La lengua puede impedir la respiración si se ha desplazado al fondo de la garganta. Puso los dedos de una mano sobre la frente del chico y dos dedos de la otra mano bajo la barbilla. Apretar la frente, presionar la barbilla hacia arriba, para despejar la laringe. Una inclinación leve pero firme.

Si seguía sin respirar, Doree tendría que insuflarle aire.

Le pellizca las aletas de la nariz, aspira una bocanada de aire, sella la boca del chico con sus labios y espira. Espirar dos veces y comprobar. Espirar dos veces y comprobar.

Otra voz masculina, no la del conductor. Debía de haberse parado un automovilista. «¿Le pongo esta manta debajo de la cabeza?» Doree negó con un leve movimiento de cabeza. Acababa de recordar otra cosa, que no hay que mover a la víctima para no lesionar la médula espinal. Cubrió la boca del chico. Apretó su piel cálida, lozana. Espiró y esperó. Espiró y volvió a esperar. Y le pareció que una ligera humedad le ascendía a la cara.

El conductor dijo algo pero Doree no podía levantar la vista. Entonces lo notó, sin lugar a dudas: de la boca del chico salía aliento. Extendió una mano sobre la piel del pecho y al principio no sabía si subía o bajaba porque ella estaba temblando.

Sí, sí.

Era aliento de verdad. La laringe estaba abierta. Respiraba él solo. Estaba respirando.

—Póngasela encima —le dijo Doree al hombre de la manta—. Para que no se enfríe.

—¿Está vivo? —preguntó el conductor, inclinándose sobre ella.

Doree asintió. Sus dedos volvieron a encontrar el pulso. La espantosa sustancia rosa había dejado de manar. A lo mejor no era nada importante, no salía del cerebro.

—No puedo retener el autobús para esperarla —dijo el conductor—. Ya vamos con retraso.

El automovilista dijo:

—Está bien. Ya me encargo yo.

Callaos, callaos, habría querido decirles Doree. Le parecía que era necesario que hubiese silencio, que el mundo entero tenía que concentrarse alrededor del cuerpo del chico, ayudarlo a no perder de vista su obligación de respirar.

Tímidos soplidos, pero regulares, una mansa obediencia bajo el pecho. Sigue, sigue.

—¿Lo ha oído? Este hombre dice que se queda a vigilarlo —insistió el conductor—. Los de la ambulancia van a venir lo más rápidamente posible.

—Usted siga —dijo Doree—. Iré con ellos al pueblo y lo alcanzaré a usted cuando vuelva esta noche.

El conductor tuvo que inclinarse para oírla. Doree había hablado con desdén, sin levantar la cabeza, como si su respiración fuera la que estuviera en juego.

—¿Seguro? —dijo el conductor.

Seguro.

—¿No tiene que ir a London?

No.

Fuente: Lecturia

 

 

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jueves, 23 de enero de 2025

Noche, un relato para adultos de Alice Munro


Alice Munro

A continuación, te presento un relato para adultos de Alice Munro, una cuentista canadiense considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa. Si deseas escuchar este relato, te invito a visitar mi canal de YouTube, Carla Narraciones. Si quieres conocer otros relatos de esta escritora, te recomiendo: Las lunas de Júpiter. 

 

Noche

 

En mi juventud parecía que no hubiese nunca un parto, o un apéndice reventado, o ninguna otra incidencia física de consideración si no ocurría a la vez que una tormenta de nieve. Las carreteras estarían cortadas, así que de todos modos no se podría pensar en sacar un coche, y habría que enganchar varios caballos para llegar al pueblo e ir al hospital. Era una suerte que siguiera habiendo caballos: en circunstancias normales la gente ya se hubiera deshecho de ellos, pero la guerra y el racionamiento de combustible habían alterado todo eso, al menos temporalmente.

Por eso cuando me empezó el dolor en el costado tenían que ser las once de la noche, y soplaba una ventisca y, como en ese momento en nuestro establo no había caballos, hubo que recurrir al tiro de los vecinos para llevarme al hospital. Un trayecto de apenas una milla y media, pero una aventura de todos modos. El médico estaba esperando, y nadie se sorprendió cuando se dispuso para extirparme el apéndice.

 

¿Se extirpaban más apéndices entonces? Sé que todavía sucede, y que es necesario, incluso sé de alguien que murió por no hacerlo a tiempo, pero en mi memoria ha quedado como una especie de rito al que pocas personas de mi edad debían someterse, o por lo menos no muchas, y no todas tan de improviso, y acaso no con tanta tristeza, porque traía consigo unas vacaciones de la escuela y daba cierta categoría: haber sido tocado por el ala de la mortalidad distinguía, aun fugazmente, del resto, en una época de la vida en que tal cosa podía llegar a ser grata.

 

Así que, ya sin apéndice, pasé varios días viendo por la ventana del hospital la nieve cernirse lóbregamente a través de unos árboles de hoja perenne. No creo que se me pasara por la cabeza en ningún momento pensar cómo iba a pagar mi padre esta distinción. (Creo que tuvo que desprenderse de una parcela de bosque que había conservado al vender la granja de su padre, con vistas a utilizarla para poner trampas, o hacer azúcar de arce, o tal vez movido por una nostalgia innombrable.)

 

Luego volví a la escuela, y disfruté que me dispensaran de Educación Física más tiempo del necesario, y un sábado por la mañana en que mi madre y yo estábamos solas en la cocina, me contó que en el hospital me habían extirpado el apéndice, tal y como yo pensaba, pero no fue lo único que me quitaron. Al médico le había parecido conveniente extirparlo, ya que estaba metido en faena, pero lo que más le preocupó fue un tumor. Un tumor, dijo mi madre, del tamaño de un huevo de pava.

Pero no te preocupes, dijo, ahora ya ha pasado todo.

La idea del cáncer en ningún momento se me ocurrió, y tampoco mi madre la mencionó nunca. No creo que hoy en día pueda hacerse una revelación como ésa sin alguna suerte de pregunta, alguna tentativa de esclarecer si lo era o no lo era. Maligno o benigno, querríamos saber inmediatamente. La única razón que se me ocurre para que no hablásemos de ello es que debía de ser una palabra envuelta en una neblina, similar a la neblina que envuelve la mención del sexo. O peor. El sexo era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego nosotros las conocíamos, aunque nuestras madres no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra «cáncer» evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera después de quitarla de en medio de una patada.

De modo que no pregunté, ni nadie me dijo nada, y sólo puedo suponer que era benigno o que lo extirparon con mucha eficacia, porque aquí estoy. Y tan poco pienso en ello porque toda la vida, cuando me piden que enumere las intervenciones quirúrgicas a las que me han sometido, automáticamente digo o escribo sólo «Apendicitis».

Esta conversación con mi madre probablemente tuvo lugar en las vacaciones de Semana Santa, cuando habían quedado atrás las ventiscas, la nieve de las montañas había desaparecido y los arroyos se desbordaban agarrándose a todo lo que se encontraran a su paso. El broncíneo verano estaba a la vuelta de la esquina. Nuestro clima no se andaba con devaneos, nada de clemencias.

En los primeros días calurosos de junio terminé la escuela con unas notas tan buenas como para librarme de los exámenes finales. Tenía buen aspecto, hacía las tareas de la casa, leía libros como de costumbre, nadie se percató de que me pasaba algo.

Tengo que describir ahora el dormitorio que ocupábamos mi hermana y yo. Era un cuarto pequeño en el que no cabían dos camas individuales, una al lado de la otra, de manera que la solución fue poner literas y colocar una escalerilla por la que trepaba la que dormía en la cama de arriba. Esa era yo. Cuando estaba en la edad de las tomaduras de pelo, levantaba una de las esquinas del fino colchón y amenazaba con escupir a mi hermana pequeña, indefensa en la litera de abajo. Claro que mi hermana, que se llamaba Catherine, no estaba indefensa del todo. Podía esconderse bajo las mantas; pero mi juego consistía en observar hasta que la asfixia o la curiosidad la hacían salir de nuevo, y en ese momento escupirle en plena cara, o fingir que lo hacía y conseguir el efecto deseado, enfureciéndola.

Ahora ya era demasiado mayor para hacer esas tonterías, desde luego. Mi hermana tenía nueve años y yo catorce. La relación entre nosotras siempre fue desigual. Cuando no estaba atormentándola, fastidiándola con alguna necedad, adoptaba el papel de sofisticada consejera o le contaba historias espeluznantes. La disfrazaba con la ropa vieja que se guardaba en el arcón del ajuar de mi madre, prendas demasiado buenas para cortarlas y hacer edredones, y demasiado raídas y preciosas para que nadie las usara. Le ponía el carmín endurecido de mi madre en los labios, le empolvaba la cara y le decía que estaba preciosa. Era preciosa, sin asomo de duda, pero cuando terminaba de pintarla parecía una muñeca extranjera estrafalaria.

No pretendo decir que ejercía sobre ella un dominio total, ni siquiera que nuestras vidas se entrelazaran constantemente. Ella tenía sus propios amigos, sus propios juegos. Juegos que tendían más a la domesticidad que al glamour. Sacar de paseo a las muñecas en sus carricoches, o a veces, en lugar de las muñecas, a algún gatito disfrazado que siempre desesperaba por escapar. Además había sesiones de juego en las que alguien era la maestra y podía pegar al resto en los antebrazos con una vara y hacerles llorar de mentirijilla, por infracciones y estupideces varias.

Ya he dicho que en el mes de junio quedé libre de ir a la escuela y me dejaron a mi aire, como no recuerdo haberlo estado en ninguna otra época de mi crecimiento. Ya he dicho que hacía algunas tareas en la casa, pero mi madre aún debía de encontrarse con las fuerzas necesarias para ocuparse de la mayor parte de ellas. O quizá teníamos bastante dinero en esa época para contratar alguien a quien mi madre se referiría como «una sirvienta», aunque todo el mundo dijera «una empleada». En cualquier caso no recuerdo haberme enfrentado a ninguno de los trabajos que se me amontonaron los veranos siguientes, cuando luché por mantener la dignidad de nuestra casa. Por lo visto el misterioso huevo de pava me concedía cierta condición de inválida, así que a ratos podía deambular por ahí como alguien de visita.

Aunque sin darme aires de ser especial. Nadie en nuestra familia se hubiera salido con la suya en eso. Iba todo por dentro, esa inutilidad y extrañeza que sentía. Y tampoco era una inutilidad constante. Recuerdo haberme agachado a entresacar los brotes de zanahorias, igual que todas las primaveras, para que las raíces alcanzaran un tamaño decente.

Debió de ser simplemente que no había cosas por hacer a todas horas, como ocurrió los veranos de antes y después.

Quizá fue esa la razón de que empezara a costarme conciliar el sueño. Al principio, creo que me limitaba a quedarme despierta en la cama hasta cosa de medianoche y me asombraba estar tan despabilada, mientras el resto de la casa dormía. Había leído, me cansaba como de costumbre, apagaba la luz y esperaba. Nadie había venido a decirme que apagara la luz y me durmiera. Por primera vez en la vida (y esto también debió de marcar una condición especial) me dejaban a mí decidir esas cosas.

La casa iba transformándose, de la luz del día hasta que las luces de la casa se encendían a última hora de la tarde, del trajín general de las cosas por hacer, tender y terminar, hasta convertirse en un lugar más extraño, en el que las personas y el trabajo que gobernaba sus vidas languidecían, las necesidades de cuanto les rodeaba languidecían, y los muebles se retraían hacia dentro sin menoscabo ni requerir atención alguna.

Podría pensarse que era un alivio. Al principio tal vez lo fuera. La libertad. La novedad. Sin embargo, a medida que mi dificultad para conciliar el sueño se extendía y finalmente se apoderaba completamente de mí hasta el amanecer, se convirtió en una creciente preocupación. Empecé a recitar rimas, luego poesía de verdad, primero para obligarme a perder la conciencia, y ya después al margen de mi voluntad. Aun así, era una actividad que parecía burlarse de mí. Era yo quien me burlaba de mí misma a medida que las palabras terminaban en el absurdo, en un discurso tonto sin pies ni cabeza.

No era yo.

Había oído decir eso a veces de otra gente, toda la vida, sin pensar qué podía significar.

¿Quién crees que eres, entonces?

También había oído decir eso, sin atribuirle una verdadera amenaza al comentario, tomándolo simplemente como una especie de mofa rutinaria.

Vuelta a pensar.

Para entonces no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá ni siquiera era deseable. Había algo que se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba. Había algo intentando decirme que hiciera cosas, no por una razón concreta sino sólo por ver si tales actos eran posibles. Algo me estaba informando de que no hacían falta motivos.

Sólo hacía falta rendirse. Qué extraño. No por venganza, ni siquiera por crueldad, sino sólo por haber acariciado una idea.

Y desde luego lo había hecho. Cuanto más me esforzaba por desterrar esa idea, más acudía. Sin deseo de venganza, sin odio: ya digo, sin otra razón que una suerte de pensamiento profundo y absolutamente frío, no tanto un impulso como una contemplación, pudiera apoderarse de mí. Algo en lo que no debía pensar, pero en lo que pensaba.

La idea existía y persistía en mi cabeza. La idea de que yo pudiera estrangular a mi hermana pequeña, que dormía en la litera de abajo y a la que quería más que a nadie en el mundo.

No lo haría por celos de ninguna clase, malevolencia o rabia, sino en un acceso de locura, la locura que acaso yacía junto a mí ahí mismo durante la noche. Y tampoco una locura feroz, sino algo más próximo a una broma pesada. Una insinuación perezosa, burlona, medio indolente, que parecía llevar al acecho mucho tiempo.

Sería decir por qué no. ¿Por qué no probar lo peor?

Y lo peor ahí, en el lugar más familiar de todos, la habitación en la que habíamos dormido toda la vida y donde nos creíamos a salvo. Y lo haría sin ninguna razón que yo misma o cualquiera fuese capaz de entender, más que por no haber podido evitarlo.

La única solución era levantarse, salir de esa habitación y de la casa. Bajé los travesaños de la escalerilla sin mirar en ningún momento hacia el lugar donde mi hermana dormía. Luego, en silencio, hasta la planta de abajo sin despertar a nadie y llegar a la cocina, que conocía tan bien como para orientarme sin luz. La puerta de la cocina no estaba cerrada con llave, ni siquiera estoy segura de que la hubiera. Encajábamos una silla bajo el pomo de la puerta, para que si entraba alguien hiciese mucho alboroto. Despacio y con cuidado se podía quitar la silla sin el menor ruido.

 Tras la primera noche logré encadenar mis movimientos sin interrupción y salir de la casa en un par de segundos.

Listo. Al principio todo estaba oscuro, porque habría pasado mucho rato en vela y se habría ocultado la luna. Varias noches me quedé en la cama hasta que creí que no podía más, como si fuese una derrota dejar de intentar dormir, pero al cabo empecé a abandonar la cama por costumbre, en cuanto la casa parecía estar soñando. Y también la luna tenía sus propias costumbres, así que a veces me daba la impresión de salir a un estanque de plata.

Por supuesto no había alumbrado público: vivíamos demasiado lejos del pueblo.

Todo era más grande. A los árboles de alrededor de la casa siempre los llamábamos por su nombre: la haya, el olmo, el roble, los álamos, en plural y sin distinciones, porque crecían muy juntos. El lilo blanco y el lilo violeta, a los que nunca nos referíamos como arbustos porque se habían hecho enormes. El terreno que rodeaba la casa por delante, por detrás y por ambos lados, era de tránsito fácil, porque yo misma cortaba la hierba pensando que nos daba el aire respetable de las casas del pueblo. Mi madre pensó lo mismo una vez y plantó una zona de césped más allá de los lilos, bordeándola con espíreas y ranúnculo, pero para entonces todo eso había desaparecido.

La cara este y la cara oeste de nuestra casa daban a dos mundos distintos, o eso me parecía. La cara este miraba al pueblo, aunque no pudiera verse ningún pueblo desde allí. A dos millas escasas había hileras de casas, con farolas en las calles y agua corriente, y a pesar de que pudiera verse, como he dicho, no estoy del todo segura de que no se apreciara un débil resplandor si se observaba el tiempo necesario. Hacia el oeste, nada interrumpía jamás la vista a la amplia curva del río, y los campos, y los árboles y las puestas de sol.

Caminaba de un lado a otro, primero cerca de la casa, y luego aventurándome aquí o allá, a medida que me acostumbré a confiar en mi vista y en no tropezar con la bomba de agua o la plataforma que sostenía la cuerda de tender la ropa. Los pájaros empezaban a agitarse y a cantar, como si a todos se les hubiera ocurrido lo mismo por separado, en las copas de los árboles. Despertaban mucho más temprano de lo que hubiera imaginado. Pero pronto, poco después de aquellos primeros trinos madrugadores, el cielo empezaba a clarear. Entonces volvía a entrar en la casa, donde de repente la oscuridad lo envolvía todo, y con cuidado, en silencio, ajustaba debidamente el pomo de la puerta torcida y subía las escaleras sin un solo ruido, manipulando puertas y escalones con la necesaria cautela, aunque parecía ya medio dormida. Me hundía en mi almohada y me levantaba tarde; tarde en nuestra casa eran las nueve.

En ese momento lo recordaba todo, pero era tan absurdo ―la parte mala, desde luego, era tan absurda― que ni siquiera llegaba a inquietarme. Mi hermano y mi hermana ya se habían ido a la escuela: al no haber sacado buenas notas en los exámenes, como yo, seguían yendo a clase. Cuando volvían a casa por la tarde, era inconcebible que mi hermana hubiese corrido semejante peligro. Era absurdo. Nos mecíamos juntas en la hamaca, una en cada punta.

En esa hamaca pasaba yo la mayor parte del día, y esa pudo ser la sencilla razón de que por la noche no lograra conciliar el sueño. Y, como no hablaba de mis problemas nocturnos, a nadie se le ocurrió darme el sencillo consejo de hacer más actividades durante el día.

Mis problemas regresaban con la noche, por supuesto. Los demonios se apoderaban de mí de nuevo. Y lo cierto es que la situación empeoró. Me levantaba y salía de mi litera sabiendo de sobra que era inútil fingir que las cosas se arreglarían y que me quedaría dormida de poner el empeño suficiente. Recorría el camino para salir de la casa con el mismo sigilo que antes. Llegué a orientarme con mayor facilidad, incluso el interior de aquellas habitaciones se me hizo más visible, y más extraño a la vez. Lograba distinguir el machihembrado del techo de la cocina, que colocaron al construir la casa, quizás hacía un siglo, y el marco de la ventana que daba al norte, roído en algunas partes por un perro que una noche quedó encerrado en la casa, mucho antes de que yo naciera. Recordé algo que había olvidado completamente: allí, en un lugar desde el que mi madre podía vigilarme por la ventana que daba al norte, era donde me ponían a jugar con un cajón de arena. Una espléndida mata de margaritas amarillas florecía en ese mismo sitio ahora y por la ventana prácticamente no se veía nada.

La pared de la cocina que miraba al este no tenía ventana, sino una puerta que daba a un porche, donde tendíamos la colada más gruesa y la recogíamos cuando estaba seca y todo olía fresco y triunfante, desde las sábanas blancas a los bastos petos oscuros de trabajo.

En ese porche me detenía a veces en mis paseos nocturnos. Nunca me sentaba, pero me tranquilizaba mirar hacia el pueblo, aunque sólo fuera para inhalar la sensatez que transmitía. Pronto todo el mundo se levantaría, con sus compras por hacer, sus puertas por abrir y sus escaparates por arreglar: el trajín cotidiano.

Una noche, que pudo ser la vigésima o la duodécima, o apenas la octava o la novena que me levantaba y me ponía a caminar, tuve la impresión, demasiado tarde para cambiar el paso, de que había alguien a la vuelta de la esquina. Alguien estaba esperando allí y no pude hacer otra cosa que seguir adelante. Si daba media vuelta me pillarían.

¿Quién era? Mi padre, nada más. Él también miraba hacia el pueblo y aquella luz tenue e improbable. Llevaba ropa de diario: pantalones de trabajo oscuros, no exactamente un peto, y camisa oscura y botas. Estaba fumando un cigarrillo. De liar, claro. Tal vez el humo del cigarrillo me alertara de otra presencia, aunque es posible que en aquellos tiempos el olor a humo de tabaco estuviese por todas partes, dentro y fuera.

Buenos días, me dijo, de un modo que podía parecer natural pero que de natural no tenía nada. No teníamos costumbre de saludarnos así en mi familia. No por hostilidad, sólo que se consideraba innecesario, supongo, saludar a alguien al que verías a cada rato a lo largo del día.

Buenos días, le contesté. Y de hecho pronto iba a hacerse de día, o mi padre no hubiera llevado ropa de trabajo. Quizá el cielo clareaba, pero oculto aún entre los tupidos árboles. Quizá también cantaban los pájaros. Cada vez me quedaba fuera de la cama hasta más tarde, aunque ya no me reconfortaba como al principio. Las posibilidades que antes habitaran únicamente el dormitorio, las literas, estaban conquistando todos los rincones.

Ahora que lo pienso, ¿por qué mi padre no llevaba el peto de trabajo? Iba vestido como si tuviera que ir al pueblo para hacer algún recado a primera hora de la mañana.

No pude seguir caminando, se había roto completamente el ritmo.

―¿Te cuesta dormir? ―me dijo.

Mi primer impulso fue decir que no, pero entonces pensé en las dificultades de explicar que sólo estaba dando una vuelta, así que dije que sí.

Dijo que eso solía pasar las noches de verano.

―Te vas a la cama rendida y entonces, justo cuando crees que te estás quedando dormida, te desvelas. ¿No es así?

Dije que sí.

En ese momento supe que no era la primera noche que me había oído levantarme y dar vueltas por ahí. La persona que tenía el ganado en la finca y velaba de cerca por lo poco que le procuraba el sustento, la persona que guardaba un revólver en el cajón del escritorio, sin duda se despertaba con el menor crujido en las escaleras o el más sigiloso giro de un pomo.

No estoy segura de hacia dónde pensaba mi padre encaminar la conversación acerca de mis problemas de sueño. Había dicho que desvelarse era un fastidio. ¿Eso sería todo? Desde luego yo no pensaba contarle nada. Si hubiese dejado entrever que sabía que había más, incluso si hubiese insinuado que estaba allí con el propósito de oírlo, no creo que me hubiera sonsacado nada. Tuve que ser yo la que rompiera el silencio por voluntad propia, diciendo que no podía dormir. Que tenía que salir de la cama y andar.

Tenía sueños.

No sé si me preguntó si eran pesadillas.

Podía darse por hecho, creo.

Me dio tiempo a continuar, no preguntó nada. Yo quería evitarlo, pero seguí hablando. La verdad afloró, apenas alterada.

Cuando hablé de mi hermana pequeña dije que me daba miedo hacerle daño. Creí que entendería a qué me refería. Matarla. No hacerle daño. Matarla, y sin ningún motivo. Una posesión.

Realmente, una vez lo solté no hubo ninguna satisfacción. Tenía que decirlo en ese momento. Matarla.

Así ya no podría desdecirme, no podría volver a ser la persona que había sido hasta entonces.

Mi padre lo había oído. Había oído que me creía capaz (sin ningún motivo, simplemente capaz) de estrangular a mi hermana pequeña mientras dormía.

―Bueno ―dijo. Luego dijo que no me preocupara. Y añadió―: A veces a la gente se le ocurren esas cosas.

Hablaba con gravedad, pero sin dar muestras de alarma o sobresalto. A la gente le asaltan esa clase de ideas, o miedos, si lo prefieres, pero no hay por qué preocuparse de verdad, no más que si fuera un sueño. Probablemente tenga que ver con el éter.

No dijo explícitamente que no existía ningún peligro de que hiciera algo así. Parecía más bien dar por hecho que semejante cosa no podía suceder. Un efecto del éter, dijo. No tiene más trascendencia que un sueño. No podía suceder, del mismo modo que un meteorito no podía caer encima de nuestra casa; por supuesto que podía, pero la probabilidad de que ocurriera lo ponía en la categoría de lo imposible.

Aun así, no me culpó por pensarlo.

Podría haber dicho otras cosas. Podría haber cuestionado mi actitud hacia mi hermana pequeña o mi descontento con la vida que llevaba. Si esto ocurriese hoy, me habría pedido una cita con un psiquiatra. (Creo que es lo que yo habría hecho, una generación después, y con otros ingresos.) Tampoco dijo que no me culpaba, en su lugar.

La verdad es que lo que hizo funcionó mejor. Me afianzó, sin burla y sin alarma, en el mundo en que vivíamos.

Si un padre o una madre vive lo suficiente, descubre que ha cometido errores que no se molestó en ver, además de los que vio perfectamente, y se siente un poco humillado en el fondo, a veces disgustado consigo mismo. No creo que mi padre sintiera nada parecido, pero sé que si alguna vez le hubiese planteado la cuestión, me habría dicho que si no me gustaba, me tocaba aguantarme, o algo por el estilo. Los encuentros que tuve de niña con su cinturón o la correa con que afilaba las cuchillas (¿por qué digo encuentros? Es para demostrar que ya no soy una llorica, que puedo quitar hierro al asunto), no serían en su recuerdo, si es que los recordaba, más que un modo apropiado de atajar a una cría respondona que imaginaba que podía llevar la voz cantante.

―Te creías demasiado lista ―sería la razón que me hubiera dado, un comentario que por lo demás se oía mucho en aquellos tiempos. No siempre iba dirigido a mí, pero algunas veces sí.

Sin embargo, aquel día al romper el alba, mi padre me dio justamente lo que necesitaba oír, y que poco después olvidaría.

He pensado que quizá llevaba sus mejores ropas de trabajo porque tenía una cita en el banco, donde supo, sin sorprenderse, que no iban a prorrogarle el préstamo; se había dejado la piel trabajando, pero las leyes del mercado no iban a revertirse y tuvo que buscar una nueva manera de mantenernos y a la vez pagar lo que debía. O tal vez averiguó que existía un nombre para los temblores de mi madre, y que no iban a desaparecer. O que estaba enamorado de una mujer imposible.

Qué más da. A partir de entonces pude dormir.

 

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