Alice Munro y sus cuentos
A continuación, te
presento el cuento Dimensiones de Alice Munro. Alice Ann Laidlaw,
conocida como Alice Munro, fue una cuentista canadiense considerada una de las
escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa, apodada la «Chéjov
canadiense». En 2013 recibió el Premio Nobel de Literatura.
En Lecturia puedes leer otros cuentos de esta gran autora, así como el resumen y análisis de este relato para adultos. Si prefieres no leer el cuento, te recomiendo escuchar el audiocuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.
Dimensiones
Doree tenía que
coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde
volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba
la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre
un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los
ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las
terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar
sentada.
Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía
y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le
gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa
tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico
desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban
historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que
ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía
prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena
presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar
con la gente.
Ninguna de las
personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo
daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que
él había hecho, con ella y los tres niños: el recién nacido, Dimitri, en sus
brazos, y Barbara Ann y Sasha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo
largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y
la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella que
cómo quería verla él.
Desde entonces
llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora
la llamaban por su segundo nombre, Fleur. Además, el trabajo que le habían
encontrado estaba en un pueblo bastante alejado de donde vivía antes.
Era la tercera vez
que hacía la excursión. Las dos primeras, él se había negado a verla. Si se
negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor
no volvería durante una temporada. No quería pasarse. En realidad, no sabía qué
haría.
En el primer
autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había
criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el
invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes
había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo
había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas
desnudas.
En el segundo
autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué
mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas
con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores
tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que
llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más
jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía
los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los
cardados.
Doree no encajaba
en ninguna de las dos categorías. Durante el año y medio que llevaba trabajando
no se había comprado ropa. En el trabajo llevaba el uniforme, y en los demás
sitios, vaqueros. Había dejado de maquillarse porque él no se lo consentía, y ahora,
aunque podría hacerlo, no lo hacía. El pelo de punta de color maíz no pegaba
con su cara lavada y huesuda, pero no importaba.
En el tercer
autobús encontró un asiento junto a la ventanilla e intentó mantener la calma
leyendo los rótulos, los de los anuncios y los de las calles. Tenía un truco
para mantener la cabeza ocupada. Cogía las letras de cualquier palabra en la
que se fijara e intentaba ver cuántas palabras nuevas podía formar con ellas.
De «cafetería», por ejemplo, le salían «te», «té», «fea», «cara», «cafre»,
«rifa», «cate» y…, un momento…, «aire». Las palabras no escaseaban a la salida
de la ciudad, pues el autobús pasaba por delante de vallas publicitarias,
tiendas gigantescas, aparcamientos e incluso globos amarrados a los tejados con
anuncios de rebajas.
Doree no le había hablado a la señora Sands de sus dos últimas tentativas y
probablemente tampoco le hablaría de esta. Según la señora Sands, a quien veía
los lunes por la tarde, había que seguir adelante, aunque llevara tiempo, sin
forzar las cosas. Ella decía que lo estaba haciendo bien, que estaba
descubriendo poco a poco su propia fortaleza.
—Ya sé que te dan
ganas de matar a quien te dice esas palabras, pero es verdad —dijo.
Se sonrojó al oírse
decir aquello, «matar», pero no quiso empeorarlo disculpándose.
Cuando Doree tenía dieciséis años —de eso hacía siete— iba a ver a su madre al
hospital todos los días al salir del colegio. Su madre se recuperaba de una
operación en la espalda, que al parecer era grave pero no peligrosa. Lloyd era
celador. Tenía algo en común con la madre de Doree: los dos habían sido
hippies, aunque Lloyd era unos años más joven. Siempre que tenía tiempo Lloyd
entraba a charlar con ella sobre los conciertos y las manifestaciones de
protesta a los que habían asistido, la gente estrambótica que habían conocido,
los viajes y colocones que los habían dejado hechos polvo y cosas así.
Lloyd caía bien a
los pacientes, por sus bromas y porque transmitía seguridad y fuerza. Era
fornido, de hombros anchos, y lo suficientemente serio para que a veces lo
tomaran por médico. (No le hacía ninguna gracia; opinaba que gran parte de la
medicina era una mentira y que muchos médicos eran unos gilipollas.) Tenía la
piel rojiza y sensible, el pelo claro y la mirada insolente.
Un día besó a Doree
en el ascensor y le dijo que era una flor en el desierto. Después se rió de lo
que había dicho y añadió:
—¿Has visto lo
original que puede llegar a ser uno?
—Es que eres poeta,
pero no lo sabes —dijo Doree, por cortesía.
La madre de Doree
murió una noche, de repente, de una embolia. Tenía muchas amigas, que habrían
recogido a Doree —de hecho, se quedó con una de ellas una temporada—, pero ella
prefería a su nuevo amigo, Lloyd. Antes de su siguiente cumpleaños estaba embarazada,
y poco después casada. Lloyd no se había casado nunca, aunque tenía al menos
dos hijos, de cuyo paradero no sabía gran cosa. De todos modos, ya serían
mayores. Con la edad, Lloyd había adoptado otra filosofía de vida: creía en el
matrimonio y en la fidelidad, pero no en el control de la natalidad. Y le
pareció que la península de Sechelt, donde vivían Doree y él, estaba en aquella
época demasiado llena de gente: viejos amigos, viejas maneras de vivir,
antiguas amantes. Al poco Doree y él se trasladaron a la otra punta del país, a
un pueblo que eligieron por el nombre mirando un mapa: Mildmay. No se
instalaron en el pueblo; alquilaron una casa en el campo. Lloyd encontró
trabajo en una fábrica de helados. Plantaron un jardín. Lloyd sabía mucho de jardinería;
también de carpintería, y de cómo encender una estufa de leña y mantener bien
un coche viejo.
Nació Sasha.
—Es muy natural —comentó la señora Sands.
—¿Sí? —dijo Doree.
Doree siempre se
sentaba en una silla de respaldo recto ante una mesa, no en el sofá, con
tapicería de flores y cojines. La señora Sands movió su silla hacia un lado de
la mesa, para poder hablar sin ninguna barrera entre las dos.
—Casi me lo
esperaba —dijo—. Creo que yo a lo mejor habría hecho lo mismo en tu lugar.
La señora Sands no
habría dicho eso al principio. Hace un año, sin ir más lejos, habría sido más
prudente, consciente de que Doree se habría sublevado ante la idea de que
alguien, algún ser viviente, pudiera ponerse en su lugar. Ahora sabía que Doree
se lo tomaría como una manera, una manera humilde incluso, de intentar
comprender.
La señora Sands no
era como algunas de las demás. No era dinámica, ni delgada, ni guapa. Ni
tampoco demasiado mayor. Tenía más o menos la edad que tendría la madre de
Doree, pero no el aspecto de una antigua hippy. Llevaba el pelo entrecano muy
corto y tenía una verruga en lo alto de un pómulo. Vestía zapatos planos,
pantalones holgados y blusas de flores. Aunque fueran de color frambuesa o
turquesa, las blusas no transmitían una verdadera preocupación por la ropa; más
bien parecía que alguien le había dicho que tenía que arreglarse un poco y
ella, obediente, había ido a comprarse algo que pensaba que podía servirle. La
amable, impersonal y sincera sobriedad de la señora Sands despojaba aquellas
prendas de todo entusiasmo agresivo, de toda ofensa.
—Pues las dos
primeras veces ni lo vi —dijo Doree—. No quiso salir.
—¿Y esta vez sí?
¿Salió?
—Sí, pero apenas lo
reconocí.
—¿Había envejecido?
—Supongo. Supongo
que ha adelgazado un poco. Y esa ropa. De uniforme. Nunca lo había visto así.
—¿Te pareció una
persona diferente?
—No.
Doree se mordió el
labio superior, intentando pensar cuál era la diferencia. Estaba tan quieto…
Doree nunca lo había visto tan quieto. Ni siquiera pareció darse cuenta de que
tenía que sentarse enfrente de ella. Lo primero que le dijo Doree fue: «¿No te vas
a sentar?».
Y él contestó:
«¿Estará bien?».
—Parecía ausente
—dijo Doree—. ¿Lo tendrán drogado?
—Quizá le dan algo
para mantenerlo estable. Pero la verdad, no lo sé. ¿Entablasteis una
conversación?
Doree pensó si de
verdad había sido una conversación. Le había hecho unas cuantas preguntas,
normales, absurdas. ¿Qué tal estaba? (Bien.) ¿Le daban suficiente de comer? (Él
creía que sí.) ¿Había algún sitio donde pudiera ir a pasear si le apetecía?
(Con vigilancia, sí. Él suponía que podía decirse que era un sitio. Suponía que
podía decirse que era pasear.)
—Tienes que tomar
el aire —le dijo Doree.
—Es verdad —le dijo
Lloyd.
Doree estuvo a
punto de preguntarle si tenía amigos. Como le preguntas a tu hijo por el
colegio. Como se lo preguntarías a tus hijos, si fueran al colegio.
—Sí, sí —dijo la
señora Sands, empujando suavemente la oportuna caja de kleenex.
A Doree no le hacía
falta, tenía los ojos secos. El problema estaba en la boca del estómago. Las
náuseas.
La señora Sands se
limitó a esperar. Era lo bastante lista para no meterse en más honduras.
Y, como si hubiese
adivinado lo que Doree estaba a punto de decir, Lloyd le había contado que
había un psiquiatra que iba a verlo para hablar con él cada dos por tres.
—Yo le digo que
está perdiendo el tiempo —añadió Lloyd—. Yo sé tanto como él.
Fue el único
momento en que a Doree le pareció que volvía a ser el de antes. Durante toda la
visita el corazón le latió con fuerza. Pensó que igual se desmayaba o se moría.
Le cuesta tanto trabajo mirarlo, encajar en su campo de visión a aquel hombre
delgado y canoso, inseguro pero frío, que se mueve mecánicamente pero sin
coordinación…
No le había contado
nada de eso a la señora Sands. La señora Sands podría haber preguntado —con
mucho tacto— de quién tenía miedo. ¿De él o de sí misma?
Pero Doree no tenía
miedo.
Cuando Sasha tenía un año y medio nació Barbara Ann, y cuando Barbara Ann tenía
dos años, tuvieron a Dimitri. Habían elegido el nombre de Sasha entre los dos,
y después hicieron un pacto: él elegiría los nombres de los niños y ella los de
las niñas.
Dimitri fue el
primero con cólicos. Doree pensó que a lo mejor no tenía suficiente leche, o
que su leche no era lo bastante nutritiva. ¿O era demasiado nutritiva? Lloyd
llevó a una señora de la Liga de La Leche para que hablara con Doree. Pase lo
que pase, no le dé ningún biberón complementario, dijo la señora. Eso sería el
principio del fin, porque dentro de poco el niño rechazaría el pecho.
No sabía la señora
que Doree ya le estaba dando biberones complementarios. Y parecía verdad que el
niño los prefería; cada día estaba más tiquismiquis con el pecho. Al cabo de
tres meses solo tomaba biberón, y entonces ya no hubo forma de ocultárselo a Lloyd.
Doree le dijo que se había quedado sin leche y que había tenido que empezar a
darle el complemento. Lloyd le apretujó un pecho y después el otro con
frenética determinación, y logró sacarle unas tristes gotitas de leche. La
llamó mentirosa. Se pelearon. Él le dijo que era una puta, como su madre. Dijo
que las hippies esas eran todas unas putas.
Pronto hicieron las
paces. Pero siempre que Dimitri se quejaba de algo, o estaba resfriado, o le
daba miedo el conejito que tenía algún niño por mascota, o cuando seguía
agarrándose a las sillas a la edad en que su hermano y su hermana ya andaban
solos, salía a relucir el fracaso en lo de darle de mamar.
La primera vez que Doree fue al despacho de la señora Sands, una de las otras
mujeres le dio un folleto. En la cubierta había una cruz dorada y varias
palabras en morado y oro. «Cuando tu pérdida parece insufrible…» Dentro había
una imagen de Jesucristo en colores pálidos y unos caracteres más menudos que
Doree no llegó a leer.
Sentada ante la
mesa, aferrando el folleto, Doree se echó a temblar. La señora Sands se lo tuvo
que arrancar de la mano.
—¿Te lo ha dado
alguien? —preguntó la señora Sands.
Doree dijo:
—Esa. —Y señaló con
la cabeza la puerta cerrada.
—¿No te interesa?
—Cuando estás fatal
es cuando intentan pillarte —dijo Doree, y entonces cayó en la cuenta de que
era algo que había dicho su madre cuando fueron a verla al hospital unas
señoras con un mensaje parecido—. Se creen que vas a ponerte de rodillas y que
todo irá estupendamente.
La señora Sands
suspiró.
—Bueno, en realidad
no es tan sencillo —dijo.
—Ni siquiera
posible —añadió Doree.
—Quizá no.
Nunca hablaban de
Lloyd en aquellos días. Doree nunca pensaba en él, si podía evitarlo, y si no
podía pensaba en él como si fuera un terrible accidente de la naturaleza.
—Aunque creyera en
esas cosas —dijo, refiriéndose a lo que había en el folleto—, solo sería para…
Lo que quería decir
era que creer en eso le resultaría muy práctico, pues así podría imaginarse a
Lloyd ardiendo en el infierno o algo por el estilo, pero fue incapaz de
continuar, porque le parecía una estupidez hablar de algo así. Y porque se lo
impedía algo ya muy conocido, una especie de martilleo en la tripa.
Lloyd era partidario de que sus hijos estudiaran en casa. No por razones
religiosas —como no creer en los dinosaurios, los hombres de las cavernas, los
monos y todas esas cosas—, sino porque quería que estuvieran junto a sus padres
y que se adentrasen en el mundo poco a poco y con cuidado, no que los lanzaran
a él de golpe. «Es que da la casualidad de que pienso que son mi hijos —decía—.
O sea, nuestros hijos, no los hijos del Departamento de Educación.»
Doree no estaba muy
segura de poder manejar aquello, pero resulta que el Departamento de Educación
tenía sus directrices y sus planes de estudios, que podían encontrarse en la
escuela del pueblo. Sasha era un chico inteligente que prácticamente aprendió a
leer solo, y los otros dos eran demasiado pequeños para aprender gran cosa. Por
las noches y los fines de semana Lloyd le enseñaba a Sasha geografía, el
sistema solar, la hibernación de los animales y cómo funciona un coche,
tratando cada tema a medida que surgían las preguntas. Sasha enseguida se
adelantó a los planes de estudios de la escuela, pero Doree iba a recogerlos de
todos modos y lo ponía a hacer los ejercicios a tiempo para cumplir con la ley.
Había otra madre
del barrio que también educaba a los niños en casa. Se llamaba Maggie y tenía
una furgoneta pequeña. Lloyd necesitaba el coche para ir a trabajar y Doree,
que no había aprendido a conducir, se alegró cuando Maggie se ofreció a
llevarla una vez a la semana para entregar los ejercicios terminados y recoger
los nuevos. Naturalmente, se llevaban a todos los niños. Maggie tenía dos
chicos. El mayor sufría tantas alergias que la madre tenía que vigilar
estrechamente todo lo que comía; por eso le daba clase en casa. Y después
Maggie pensó que el pequeño también podía quedarse allí. El niño quería estar
con su hermano, y además tenía problemas de asma.
Qué agradecida se
sintió Doree, al compararlos con los tres suyos, tan sanos. Lloyd decía que era
porque los había tenido de joven, mientras que Maggie había esperado hasta
llegar casi a la menopausia. Lloyd exageraba la edad de Maggie, pero era cierto
que había esperado. Maggie era optometrista. Su marido y ella habían sido
compañeros de trabajo y no tuvieron familia hasta que ella pudo dejar la
consulta y encontraron una casa en el campo.
Maggie tenía el
pelo entrecano, muy corto y pegado al cráneo. Era alta, de pecho plano, jovial
y de ideas fijas. Lloyd la llamaba la Lesbi. Solo a sus espaldas, claro.
Bromeaba con ella por teléfono pero a Doree le decía, solo moviendo los labios:
«Es la Lesbi». A Doree no le importaba mucho, Lloyd llamaba lesbis a muchas
mujeres, pero le daba miedo que a Maggie las bromas le parecieran demasiado
amistosas, inoportunas o al menos una pérdida de tiempo.
—¿Quieres hablar
con mi señora? Sí. Aquí la tengo, dándole a la tabla de lavar. Sí, soy un
auténtico negrero. ¿No te lo ha contado?
Doree y Maggie adquirieron la costumbre de ir juntas a la compra después de
recoger los papeles en el colegio. Luego a veces se llevaban unos cafés de Tim
Hortons e iban con los niños al Riverside Park. Se sentaban en un banco
mientras Sasha y los hijos de Maggie echaban carreras o se subían a los
aparatos, Barbara Ann se columpiaba enérgicamente y Dimitri jugaba en el cajón
de arena. O se sentaban en la furgoneta, si hacía frío. Hablaban sobre todo de
los niños y de lo que cocinaban, pero de algún modo Doree averiguó que Maggie
se había pateado media Europa antes de estudiar optometría, y Maggie se enteró
de lo joven que era Doree cuando se casó. También de la facilidad con la que se
había quedado embarazada al principio, de que ya no le resultaba tan fácil, y
de que eso despertaba las sospechas de Lloyd, que registraba los cajones del
tocador de Doree en busca de píldoras anticonceptivas, pensando que debía de
estar tomándolas a escondidas.
—¿Y lo haces?
Doree se quedó
horrorizada. Dijo que ni se le ocurriría.
—O sea, me
parecería una cosa terrible, sin decírselo a él. Es una especie de broma lo que
hace cuando las busca.
—Ah —dijo Maggie.
Y en una ocasión
Maggie preguntó:
—¿Te va todo bien?
O sea, en tu matrimonio. ¿Eres feliz?
Doree dijo que sí,
sin dudarlo. Después empezó a tener más cuidado con lo que contaba. Comprendió
que había ciertas cosas a las que ella estaba acostumbrada que otra persona
quizá no entendería. Lloyd veía las cosas de una manera especial; era su forma
de ser. Ya era así cuando lo conoció en el hospital. La enfermera jefe era muy
estirada, y él la llamaba señora Malbicho en lugar de por su apellido,
Mitchell. Lo decía tan deprisa que costaba trabajo darse cuenta. Pensaba que
tenía sus favoritos y que él no era uno de ellos. Ahora, en la fábrica de
helados, detestaba a una persona a quien llamaba Louie Chupapalos. Doree no
sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, pero al menos eso demostraba
que no eran solo las mujeres quienes lo irritaban.
Doree estaba segura
de que esa gente no era tan mala como creía Lloyd, pero de nada valía
contradecirlo. Quizá los hombres necesitaban tener enemigos, como necesitan
gastar sus bromitas. Y a veces Lloyd hacía broma de sus enemigos, como si se
riera de sí mismo. Incluso le permitía a Doree reírse también, siempre y cuando
no fuera ella quien empezara.
Doree esperaba que
Lloyd no se pusiera en ese plan con Maggie. A veces tenía miedo de que la mujer
se viera venir algo así. Si él no la dejara ir en el coche al colegio y a la
compra con Maggie sería un fastidio, y grande. Pero peor sería la vergüenza. Tendría
que inventarse alguna mentira absurda para explicarlo. Pero Maggie se daría
cuenta; como mínimo se daría cuenta de que Doree mentía y lo interpretaría como
que estaba peor de lo que realmente estaba.
Y Doree se preguntó
por qué tenía que importarle lo que Maggie pensara. Maggie era una extraña, ni
siquiera se sentía a gusto con ella. Fue Lloyd quien lo dijo, y tenía razón. La
verdad de las cosas entre ellos, su vínculo, no era algo que pudiera entender
nadie y no era asunto de nadie. Si Doree podía mantener su lealtad, todo iría
bien.
Todo empeoró, poco a poco. Ninguna prohibición directa, pero sí más críticas.
Lloyd dejaba caer la teoría de que las alergias y el asma de los hijos de
Maggie podían ser culpa de la madre. Muchas veces el motivo es la madre, decía.
Lo había visto en el hospital. Una madre demasiado dominante, normalmente
demasiado culta.
—Algunos niños
simplemente nacen con algo —dijo Doree, imprudente—. No puedes decir que
siempre es la madre.
—Ah. ¿Y por qué no
puedo?
—No quiero decir
tú. No quiero decir que no puedes. O sea, ¿no pueden nacer con cosas?
—¿Desde cuándo eres
una eminencia médica?
—Yo no he dicho que
lo sea.
—No. Es que no lo
eres.
De mal en peor.
Lloyd quería saber de qué hablaban, Maggie y ella.
—No sé. De nada en
particular.
—Qué curioso. Dos
mujeres en un coche. La primera vez que lo oigo, que dos mujeres no hablen de
nada. Lo que quiere es separarnos.
—¿Quién? ¿Maggie?
—Conozco a esa
clase de mujeres.
—¿Qué clase?
—Su clase.
—No seas tonto.
—Cuidadito. No me
llames tonto.
—¿Para qué querría
hacer algo así?
—¿Y yo cómo lo voy
a saber? Solo quiere hacerlo. Espera y verás. Irás a su casa llorando a mares
por lo hijo de puta que soy. Un día de estos.
Y así ocurrió, tal y como él había dicho. Al menos eso debió de parecerle a
Lloyd. Doree se vio una noche en la cocina de la casa de Maggie, alrededor de
las diez, sonándose y tomando una infusión. El marido de Maggie dijo: «¿Qué
demonios…?» cuando llamó a la casa; Doree lo oyó desde detrás de la puerta. Él
no sabía quién era Doree. Ella dijo: «Siento muchísimo molestar…» mientras él
se quedaba mirándola, con las cejas enarcadas y los labios
apretados. Y entonces apareció Maggie.
Doree había ido
hasta allí andando en la oscuridad, primero por la pista de gravilla junto a su
casa, después por la carretera. Cada vez que se acercaba un coche se apartaba
hasta la cuneta, y eso la retrasó considerablemente. Echaba un vistazo a los
coches que pasaban, pensando que en uno de ellos podía ir Lloyd. No quería que
la encontrase, todavía no, no hasta que se hubiera asustado de su propia
locura. Otras veces ella había sido capaz de atemorizarlo, llorando, dando
alaridos, incluso golpeándose la cabeza contra el suelo mientras salmodiaba:
«No es verdad, no es verdad, no es verdad». Al final él se echaba atrás. Decía:
«Vale, vale. Te creo. Tranquila, cariño. Piensa en los niños. Te creo, en
serio. Déjalo ya».
Pero esa noche
Doree se había plantado aun antes de empezar el número. Se puso el abrigo y
salió por la puerta mientras él gritaba: «¡No lo hagas! ¡Te lo advierto!».
El marido de
Maggie, que no parecía muy contento con la situación, se había ido a la cama
mientras Doree no paraba de decir: «Lo siento. Lo siento mucho, presentarme así
en tu casa a estas horas de la noche».
—Venga, cállate
—dijo Maggie, en tono serio pero amable—. ¿Quieres una copa de vino?
—Yo no bebo.
—Entonces mejor que
no empieces ahora. Voy a prepararte una infusión. Te relajará. Manzanilla y
frambuesa. No es por los niños, ¿verdad?
—No.
Maggie le quitó el
abrigo y le dio un montón de kleenex para la nariz y los ojos.
—No me cuentes nada
todavía. Enseguida te tranquilizarás.
Ni siquiera cuando
se calmó un poco Doree quiso soltar toda la verdad y dejar que Maggie se
enterase de que ella era el meollo del problema. Además, no quería tener que
explicar nada de Lloyd. Por muy agotada que la dejara, él seguía siendo la
persona a quien estaba más unida en el mundo y Doree tenía la sensación de que
todo se vendría abajo si se atreviese a contarle a alguien cómo era él
exactamente, si le fuera tan desleal.
Dijo que Lloyd y
ella habían retomado una antigua discusión y que estaba tan harta de todo que
lo único que quería era salir de allí. Pero ya se le pasaría, dijo. A los dos.
—A todas las
parejas les ocurre alguna vez —dijo Maggie.
Entonces sonó el
teléfono y Maggie contestó.
—Sí. Está bien.
Solo quería dar un paseo para desahogarse un poco. Muy bien. Vale. La llevaré a
casa por la mañana. Ningún problema. Vale. Buenas noches.
—Era él —dijo—.
Supongo que lo has oído.
—¿Cómo hablaba?
¿Parecía normal?
Maggie se echó a
reír.
—Bueno, yo no sé
cómo habla cuando está normal, ¿no? Pero no parecía borracho.
—Él tampoco bebe.
En casa no tenemos ni café.
—¿Quieres una
tostada?
Maggie la llevó a casa por la mañana temprano. El marido de Maggie todavía no
se había ido a trabajar y se quedó con los niños.
Como Maggie tenía
prisa por volver, se limitó a decir: «Adiós. Llámame si necesitas hablar»,
mientras daba la vuelta con la furgoneta en el jardín.
Era una mañana fría
de principios de primavera, aún había nieve en el suelo, pero Lloyd estaba
sentado en las escaleras, sin chaqueta.
—Buenos días —dijo
en voz alta, en tono sarcástico y cortés—.
Y Doree le dio los
buenos días, fingiendo que no había notado su retintín.
Él no se apartó
para dejarla pasar.
—No puedes entrar.
Doree decidió no
tomárselo en serio.
—¿Ni siquiera si lo
pido por favor? Por favor.
Lloyd la miró pero
no contestó. Sonrió con los labios apretados.
—Lloyd —dijo
Doree—. ¡Lloyd!
—Será mejor que no
entres.
—No le he contado
nada, Lloyd. Siento haberme marchado. Supongo que necesitaba respirar un poco.
—Mejor que no
entres.
—¿Qué te pasa?
¿Dónde están los niños?
Lloyd movió la
cabeza, como cuando Doree decía algo que no le gustaba, una pequeña ordinariez,
por ejemplo «me cago en…».
—Lloyd. ¿Dónde
están los niños?
Lloyd se apartó un
poco, justo para que Doree pudiera pasar si quería.
Dimitri todavía en
la cuna, tumbado de costado. Barbara Ann en el suelo, al lado de su cama, como
si se hubiera caído o la hubieran sacado a empujones. Sasha junto a la puerta
de la cocina; había intentado escapar. Era el único con moretones en el cuello.
La almohada se había encargado de los otros dos.
—Cuando llamé por
teléfono anoche, ¿sabes? —dijo Lloyd—, cuando llamé ya había ocurrido. Tú te lo
buscaste.
Lo declararon demente y no pudieron juzgarlo. Era un delincuente psicótico,
había que llevarlo a una institución segura.
Doree había salido
corriendo de la casa e iba dando traspiés por el jardín, apretándose el
estómago con los brazos como si la hubieran abierto de un tajo e intentara que
no se le salieran las tripas. Esa fue la escena que vio Maggie cuando regresó.
Había tenido un presentimiento y al llegar a la carretera dio la vuelta. Lo
primero que pensó es que a Doree su marido le había dado un puñetazo o una
patada en el estómago. No supo interpretar los gemidos de Doree. Pero Lloyd,
que seguía sentado en las escaleras, se apartó cortésmente para dejarla pasar,
sin pronunciar palabra, y ella entró en la casa y se encontró con lo que ya
esperaba encontrarse. Llamó a la policía.
Doree se pasó un
buen rato metiéndose en la boca cuanto tenía a mano. Después de la tierra y la
hierba, sábanas, toallas y su propia ropa. Como si intentara ahogar no solo los
alaridos, sino la escena que veía en su cabeza. Le pusieron una inyección de algo,
cada cierto tiempo, para calmarla, y funcionó. Lo cierto es que se quedó muy
tranquila, aunque no catatónica. Dijeron que se mantenía estable. Cuando salió
del hospital y la trabajadora social la llevó a otro sitio, la señora Sands se
hizo cargo de ella, le encontró una casa donde vivir y un trabajo, e impuso la
rutina de hablar con ella una vez a la semana. Maggie habría ido a verla, pero
era la única persona a la que Doree no soportaba ver. La señora Sands aseguraba
que ese sentimiento era natural, que era la asociación. También decía que
Maggie lo comprendería.
La señora Sands dijo que si Doree quería seguir visitando a Lloyd era cosa
suya.
—Yo no estoy aquí
para autorizar o desautorizar. ¿Te sentiste bien al verlo? ¿O mal?
—No lo sé.
Doree no era capaz
de explicar que en realidad tenía la sensación de que no lo veía a él. Era casi
como ver un fantasma. Tan pálido. Con ropa holgada de colores claros, zapatos
que no hacían ruido, probablemente zapatillas. Le daba la impresión de que se
le había caído un poco de pelo, su pelo abundante, ondulado, del color de la
miel. Parecía haber perdido la anchura de los hombros, el hueco de la clavícula
donde ella apoyaba la cabeza.
Lo que Lloyd dijo
después a la policía —y apareció textualmente en los periódicos— fue lo
siguiente: «Lo hice para evitarles el sufrimiento».
¿Qué sufrimiento?
«El sufrimiento de
saber que su madre los había abandonado.»
A Doree esas
palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro, y quizá cuando decidió
intentar verlo fue con la idea de obligarlo a retirarlas. Hacerle ver, y
reconocer, qué había ocurrido en realidad.
«Me dijiste que o
dejaba de contradecirte o me marchaba de casa. Así que me marché. Solo pasé una
noche en casa de Maggie. Tenía intención de volver. No había abandonado a
nadie.»
Doree recordaba
perfectamente cómo había empezado la discusión. Había comprado una lata de
espaguetis con una ligera abolladura. Por eso estaba de oferta, y Doree se puso
muy contenta de haber ahorrado. Pensó que era muy lista. Sin embargo, no se lo
dijo a Lloyd cuando empezó a interrogarla. Por alguna razón pensó que era mejor
fingir que no se había dado cuenta.
Cualquiera se
habría dado cuenta, dijo él. Podríamos habernos intoxicado todos. Pero ¿qué le
pasaba? ¿O era eso lo que tenía en mente? ¿Quería probarlo con los niños o con
él?
Doree le dijo que
si se había vuelto loco.
Lloyd dijo que no
era él quien estaba loco ¿Quién sino una mujer loca compraría veneno para su
familia?
Los niños se
quedaron observando desde la puerta del salón. Esa fue la última vez que Doree
los vio con vida.
De modo que ¿eso era lo que Doree estaba pensando, que al final podría hacerle
comprender quién de los dos estaba loco?
Cuando se dio
cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, Doree debería haberse bajado del
autobús. Podría haberse bajado incluso ante la verja, con las pocas mujeres que
subían lentamente por el camino. Podría haber cruzado la carretera y esperar el
autobús para volver a la ciudad. Probablemente había gente que lo hacía. Iban
allí de visita y de repente decidían que no. La gente seguramente lo hacía a
menudo.
Pero quizá había
sido mejor seguir adelante y verlo tan raro y destrozado. No era ya una persona
a la que merece la pena culpar de algo. Ni siquiera una persona. Era como un
personaje de un sueño.
Doree tenía sueños.
En uno de los sueños huía de la casa después de haberlos encontrado y Lloyd se
echaba a reír como antes, con su risa fácil. Después oía a Sasha riéndose
detrás de ella y entonces caía en la cuenta, encantada, de que todos estaban
gastándole una broma.
—¿Me preguntó usted que si me había sentido bien o mal al verlo? ¿La última vez
que me lo preguntó?
—Sí —dijo la señora
Sands.
—Tuve que
pensármelo.
—Sí.
—Llegué a la
conclusión de que me sentí mal. Así que no he vuelto.
Con la señora Sands
nunca se sabía, pero que asintiera con la cabeza dio a entender cierta
satisfacción o aprobación.
Así que cuando
Doree decidió volver a pesar de todo, pensó que sería mejor no hablar del
asunto. Y como resultaba difícil no hablar de cualquier cosa que le ocurriera
—porque la mayoría de las veces era tan poco—, llamó y canceló la cita. Dijo
que se iba de vacaciones. Empezaba el verano y las vacaciones eran lo normal.
Con una amiga, dijo.
—No llevas la misma chaqueta que la semana pasada.
—No fue la semana
pasada.
—¿No?
—Fue hace tres
semanas. Ahora hace calor. Esta es más fina, pero la verdad es que no la
necesito. No hace falta chaqueta.
Él le preguntó por
el viaje, qué autobuses tenía que coger desde Mildmay.
Ella le contó que
ya no vivía allí. Le dijo dónde vivía y lo de los tres autobuses.
—Es un buen trecho.
¿Te gusta vivir en un sitio más grande?
—Allí es más fácil
encontrar trabajo.
—¿Así que trabajas?
La última vez le
había contado dónde vivía, lo de los autobuses, dónde trabajaba.
—Trabajo en un
motel, limpiando habitaciones —dijo Doree—. Te lo conté.
—Ah, sí. Se me
había olvidado. Perdona. ¿Has pensado en volver a la escuela? ¿A la escuela
nocturna?
Doree dijo que sí
lo pensaba pero que nunca lo bastante en serio para hacer nada. También que no
le importaba trabajar de limpiadora.
Y después se
quedaron como si no se les ocurriera nada más que decir.
Lloyd suspiró.
—Perdona —dijo—.
Perdona. Supongo que no estoy acostumbrado a una conversación.
—¿Y cómo pasas el
tiempo?
—Pues leo. Medito.
De todo un poco.
—Ah.
—Te agradezco que
vengas. Significa mucho para mí. Pero no pienses que tienes que seguir. O sea,
hazlo cuando quieras. Si pasa algo, y si te apetece… Lo que quiero decir es que
el solo hecho de que quizá vengas, aunque vinieras una sola vez, es mucho para
mí. ¿Me entiendes?
Doree dijo que sí,
que eso creía.
Él dijo que no
quería entrometerse en su vida.
—No lo haces
—contestó ella.
—¿Era eso lo que
ibas a decir? Pensaba que ibas a decir otra cosa.
En realidad, Doree
había estado a punto de decir: ¿qué vida?
No, en serio, nada
más, dijo Doree.
—Bien.
Tres semanas más tarde la llamaron por teléfono. Era la señora Sands, no una de
las mujeres de la oficina.
—Ah, Doree. Pensaba
que a lo mejor no habías vuelto. De las vacaciones. ¿Así que ya has vuelto?
—Sí —dijo Doree,
intentando pensar dónde diría que había estado.
—Pero aún no te ha
dado tiempo de concertar otra cita, ¿no?
—No. Todavía no.
—No importa. Solo
quería estar segura. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Estupendo. Ya
sabes dónde estoy si me necesitas. Si quieres charlar un rato.
—Sí.
—Bueno, cuídate.
No mencionó a
Lloyd, no preguntó si habían continuado las visitas. Bueno, por supuesto, Doree
dijo que no habían seguido, pero a la señora Sands normalmente se le daba muy
bien percatarse de lo que pasaba. Y también se le daba muy bien callarse cuando
comprendía que con preguntar no llegaría a ninguna parte. Doree no sabía qué
habría contestado si le hubiera preguntado, si habría dado marcha atrás y
habría contado una mentira o si habría soltado la verdad. Lo cierto era que
había vuelto el domingo siguiente de que él le dijera, más o menos, que no
importaba que fuera a verlo o no.
Lloyd estaba
resfriado. No sabía cómo lo había pillado.
A lo mejor ya lo
tenía la última vez que la vio y por eso había estado tan taciturno, dijo.
«Taciturno.» Ahora
Doree casi nunca se relacionaba con gente que empleara una palabra así, y le
pareció raro. Pero Lloyd siempre había tenido la costumbre de utilizar palabras
como esa, y por supuesto antes a Doree no le impresionaban tanto como ahora.
—¿Te parezco una
persona distinta? —preguntó Lloyd.
—Bueno, eres
distinto —dijo Doree con prudencia—. ¿Yo no?
—Tú estás preciosa
—dijo él con tristeza.
Doree se ablandó un
poco, pero se resistió.
—¿Te sientes
distinta? —preguntó Lloyd—. ¿Te sientes una persona distinta?
Ella dijo que no lo
sabía.
—¿Y tú?
—Totalmente —dijo
él.
Días más tarde, esa misma semana, a Doree le dieron un sobre en el trabajo.
Llevaba la dirección del motel e iba dirigido a su atención. Dentro había
varias hojas, escritas por las dos caras. Al principio no pensó que fuera de
Lloyd; tenía la idea de que en la cárcel no se permitía escribir cartas. Pero
claro, él era otra clase de preso. No era un delincuente, era un delincuente
psicótico.
En el escrito no
había fecha, ni siquiera un «Querida Doree». Empezaba hablándole de tal manera
que Doree pensó que sería una especie de invitación religiosa.
La gente anda
buscando la solución. Tienen la mente irritada (de tanto buscar). Hay tantas
cosas que los zarandean, que les hacen daño… En sus caras se ven todos sus
dolores y sus heridas. Están preocupados. Van de un sitio a otro. Tienen que ir
de compras y a la lavandería y a cortarse el pelo y ganarse la vida o recoger
el cheque del paro. Los pobres tiene que hacer eso y los ricos tienen que
buscar con todas sus fuerzas la mejor manera de gastarse el dinero. Eso también
es trabajo. Tienen que construir las mejores casas con grifos de oro para el
agua caliente y la fría. Y sus Audi y los cepillos de dientes mágicos y todos
los artilugios imaginables y las alarmas antirrobo para protegerse de las
matanzas y ni (ve) viejos ni jóvenes, pobres o ricos, tienen paz de espíritu.
Iba a escribir «vecinos» en lugar de viejos, ¿por qué sería? Aquí no tengo
vecinos. Donde estoy al menos la gente ha superado mucha confusión. Saben lo
que poseen y siempre poseerán y ni siquiera tienen que comprar la comida ni
cocinar. Ni elegirla. Toda posibilidad de elección queda eliminada.
Lo único que podemos conseguir los que estamos aquí es lo que saquemos de
nuestra mente.
Al principio en la cabeza solo tenía perturvación (¿se escribe así?). Era una
continua tormenta y me daba golpes contra el cementó con la esperanza de
librarme de ella. Parar mi sufrimiento y mi vida. Y me impusieron castigos. Me
redujeron con una manguera, me ataron y me introdujeron drogas en el torrente
sanguíneo. No es que me queje, porque tenía que aprender que de eso no se saca
ningún provecho. Ni tampoco hay diferencia con el llamado mundo real, donde la
gente bebe, monta escándalos y comete crímenes para eliminar los pensamientos
dolorosos. Y muchas veces se los llevan y los encarcelan pero no es suficiente
para que salgan al otro lado. ¿Y qué es eso? Es la demencia absoluta o la paz.
La paz. Yo he alcanzado la paz y sigo cuerdo. Supongo que al leer esto pensarás
que voy a decir algo de Jesucristo o quizá de Buda como si me hubiera
convertido a alguna religión. No. No cierro los ojos y me siento elevado por
ningún Poder Superior concreto. La verdad es que no sé qué quieren
decir con todo eso. Lo que hago es Conocerme a Mí Mismo. Conócete a Ti Mismo es
una especie de Mandamiento de algún sitio, probablemente de la Biblia, así que
al menos he seguido el Cristianismo. También Sé Fiel a Ti Mismo, eso lo he
intentado si es lo que también está en la Biblia. No dice a qué partes, las
buenas o las malas, ser fiel, o sea, que no se trata de una guía de moralidad.
Tampoco Conócete a Ti Mismo tiene relación con la moralidad como la entendemos
en Conducta. Pero la Conducta en realidad no me preocupa porque me han juzgado
correctamente como persona en la que no se puede confiar para que juzgue cómo
debería comportarse y esa es la razón por la que estoy aquí.
Volvamos a la parte del Conocer del Conócete a Ti Mismo. Puedo decir con toda
seriedad que me conozco a mí mismo y sé lo peor de lo que soy capaz y sé que lo
he hecho. El Mundo me considera un Monstruo y no tengo nada en contra de eso,
aunque de paso podría decir que a los que sueltan bombas o queman ciudades o
matan de hambre o asesinan a cientos de miles de personas normalmente no se los
considera Monstruos sino que les llueven medallas y honores, pues solo los
actos contra pocas personas se consideran malos y terribles. Lo cual no es una
excusa sino una simple observación.
Lo que Conozco de Mí Mismo es mi propia Maldad. Ese es el secreto de mi
consuelo. Quiero decir que conozco lo Peor de mí. Puede que sea peor que lo
peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni
preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un Monstruo? El Mundo
dice que sí y si lo dice yo estoy de acuerdo. No obstante, también digo que el
Mundo no tiene ningún significado real para mí. Yo soy Yo y no tengo
posibilidades de ser otro Yo. Podría decir que entonces estaba loco, pero ¿qué
significa eso? Loco. Cuerdo. Yo soy Yo. No podía cambiar mi yo entonces y no
puedo cambiarlo ahora.
Doree, si has seguido leyendo hasta aquí, hay algo especial que quiero contarte
pero que no puedo escribir. Si tienes pensado volver aquí alguna vez, a lo
mejor lo haré. No pienses que soy cruel. No es que no quisiera cambiar las
cosas si pudiera, es que no puedo.
Voy a enviarte esto a tu trabajo, pues lo recuerdo y recuerdo el nombre del
pueblo, así que mi cerebro funciona bien en algunos aspectos.
Ella pensó que tendrían que hablar de esa carta la próxima vez que se vieran y
la leyó varias veces, pero no se le ocurrió nada que decir. De lo que realmente
quería hablar era de lo que él decía que no podía poner por escrito. Pero
cuando volvió a verlo, él actuó como si no le hubiera escrito nada. Ella, por
sacar un tema de conversación, le contó que un cantante de folk, famoso en su
momento, se había alojado en el motel. Le sorprendió que él supiera más cosas
que ella sobre la trayectoria del cantante. Resulta que tenía televisión, o que
al menos podía verla, y solía ver algunos programas y, por supuesto, las
noticias. Eso les dio algo más de lo que hablar, hasta que Doree ya no pudo
reprimirse más.
—¿Qué es eso que
solo puedes contarme personalmente?
Lloyd dijo que
ojalá no se lo hubiera preguntado. No sabía si estaban preparados para hablar
de ello.
Y entonces a Doree
le dio miedo de que fuera algo que no pudiera controlar, algo insufrible, como
que él seguía amándola. No soportaba oír la palabra «amor».
—Vale —dijo—. Quizá
no lo estamos. —Y añadió—: De todos modos, será mejor que me lo cuentes. Si al
salir de aquí me atropellara un coche nunca lo sabría, y tú ya no tendrías otra
oportunidad de contármelo.
—Es verdad —dijo
él.
—Bueno, ¿qué es?
—El próximo día. El
próximo día. A veces no puedo hablar. Quiero hablar, pero me quedo en blanco.
Doree, he estado
pensando en tí desde que te marchaste y lamento haberte decepcionado. Cuando
estás sentada enfrente de mí me emociono más de lo que quizá demuestro. No
tengo derecho a emocionarme delante de ti, puesto que tú tienes más derecho que
yo y tú siempre te controlas. Así que voy a invertir lo que dije porque he
llegado a la conclusión de que en realidad me cuesta menos escribirte que
hablarte.
A ver por dónde empiezo.
El Cielo existe.
Esa es una forma, pero no está bien porque yo nunca he creído en el Cielo y el
Infierno, etc. Para mí todo eso eran gilipolleces, así que debe de parecer muy
raro que saque a relucir el tema.
De modo que lo único que voy a decir es que he visto a los niños.
Los he visto y he hablado con ellos.
Ya está. ¿Qué piensas en este momento? Estarás pensando: bueno, este está como
una auténtica cabra. O: es un sueño y no sabe distinguir un sueño, no entiende
la diferencia entre estar dormido y estar despierto. Pero quiero decirte que
entiendo la diferencia y que sé que existen. Digo que existen, no que están
vivos, porque vivos significa en nuestra misma Dimensión, y no estoy diciendo
que estén aquí. La verdad es que creo que no. Aunque existen y debe de ser que
hay otra Dimensión o a lo mejor innumerables Dimensiones, pero lo que sé es que
yo he llegado a la que están ellos. Posiblemente lo he conseguido porque paso
tanto tiempo solo y tengo que pensar y pensar y porque tengo tanto en que
pensar. Así que después de este sufrimiento y soledad hay una Gracia que ha
visto la manera de darme una recompensa. A mí, precisamente el que menos la
merece según el modo de pensar del mundo.
Bueno, si has seguido leyendo hasta aquí y no has roto esto en mil pedazos,
querrás saber algo. Cómo están, por ejemplo.
Están bien. Son muy felices y muy listos. No parecen tener ningún recuerdo de nada
malo. A lo mejor están un poco mayores que antes pero es difícil saberlo.
Parecen comprender a diferentes niveles. Sí. A Dimitri le notas que ha
aprendido a hablar, cosa que antes no podía hacer. Están en una habitación que
reconozco en parte. Es como nuestra casa pero más espaciosa y bonita. Les
pregunté qué tal los cuidaban y se rieron y dijeron algo como que podían
cuidarse solos. Creo que fue Sasha quien lo dijo. A veces no hablan por
separado, al menos yo no puedo distinguir sus voces, pero sus personalidades
son muy claras y debo decir que muy alegres.
Por favor, no llegues a la conclusión de que estoy loco. Ese es el miedo que me
impidió contártelo antes. Estuve loco una época pero créeme que me he librado
de mi antigua locura como el oso muda el pelaje. O quizá debería decir como la
serpiente muda la piel. Sé que si no lo hubiera hecho no se me habría concedido
esta capacidad para reconectar con Sasha, Barbara Ann y Dimitri. Ojalá también
te la dieran a ti, porque, si es una cuestión de méritos, tú me sacas ventaja.
Puede que a ti te cueste más trabajo porque vives mucho más en el mundo que yo,
pero al menos puedo darte esta información, la Verdad, y al decirte que los he
visto espero que te animes.
Doree se preguntó qué diría o pensaría la señora Sands si le leía esta carta.
Naturalmente, la señora Sands tendría cuidado. Procuraría no emitir un
veredicto rotundo de locura, sino que encauzaría con cautela y delicadeza a
Doree en esa dirección.
O quizá se podría
decir que no la encauzaría, sino que despejaría la confusión para que Doree
tuviera que enfrentarse con una conclusión a la que parecería haber llegado
ella sola. Tendría que quitarse de la cabeza esos disparates peligrosos (así
hablaría la señora Sands).
Por eso Doree no
quería ni verla.
Doree tenía la
certeza de que Lloyd estaba loco. Y en lo que había escrito había indicios de
su antigua chulería. Ella no le contestó. Pasaron los días, las semanas. No
cambió de opinión, pero siguió guardando en secreto sus escritos. Y de vez en
cuando, mientras estaba pulverizando el líquido limpiador en el espejo de un
cuarto de baño o estirando una sábana, la embargaba una emoción. Durante casi
dos años no se había fijado en las cosas que solían alegrar a la gente, como el
buen tiempo o las flores o el olor de una panadería. Aún no experimentaba esa
sensación espontánea de felicidad, no la sentía, pero sí había algo que le
recordaba cómo era. No tenía nada que ver con el tiempo que hiciera ni con las
flores. Era la idea de que los niños estaban en lo que él llamaba su Dimensión
lo que se adentraba furtivamente en ella y por primera vez le proporcionaba una
sensación de tranquilidad, no de dolor.
Desde que pasó lo
que pasó siempre había tenido que librarse de cualquier pensamiento relacionado
con los niños, sacárselo inmediatamente de la cabeza como un cuchillo clavado
en el cuello. No podía pensar en sus nombres, y si oía un nombre parecido a los
de sus hijos, también tenía que arrancárselo. Incluso tenía que echar las voces
de los niños, sus chillidos y el chapoteo de sus pies cuando entraban y salían
de la piscina del motel por una especie de puerta que ella era capaz de cerrar
de golpe para dejar de oír. En cambio ahora tenía un refugio al que podía
acudir en cuanto la acechaban esos peligros.
¿Y quién se lo
había proporcionado? Desde luego, no la señora Sands, con tantas horas que
había pasado ante la mesa con los kleenex discretamente a mano.
Se lo había
proporcionado Lloyd. Lloyd, esa persona terrible, esa persona aislada y
demente.
Demente, por
llamarle de alguna manera. Pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía
fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que
las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal
viaje no significaran algo?
Esa idea se coló en
su cerebro y allí se quedó.
Junto al
pensamiento de que quizá Lloyd fuera la única persona con quien debería estar.
¿Para qué otra cosa serviría ella en el mundo —le parecía estar diciéndoselo a
otra persona, probablemente a la señora Sands—, para qué estaba allí si no era
al menos para escucharlo?
No he dicho
«perdonar», le contó mentalmente a la señora Sands. Jamás lo diría. Jamás lo
haría.
Pero a ver. ¿No me
rechazan a mí tanto como a él por lo que pasó? Nadie que lo supiera me querría
a su lado. Lo único que hago es recordarle a la gente lo que nadie puede
soportar que le recuerden.
Era imposible
disfrazarse, francamente. Esa corona de pinchos amarillos daba lástima.
Y un día se vio otra vez en el autobús, por la carretera. Recordó aquellas
noches después de la muerte de su madre, cuando se escapaba para ver a Lloyd,
mintiéndole a la amiga de su madre, la mujer con quien vivía, sobre adónde iba.
Recordaba el nombre de la amiga, el nombre de la amiga de la madre. Laurie.
¿Quién sino Lloyd
recordaría ahora los nombres de los niños, o el color de sus ojos? Cuando tenía
que hablar de ellos la señora Sands los llamaba «tu familia» y los metía a
todos en el mismo saco.
En aquella época,
cuando iba a ver a Lloyd, cuando mentía a Laurie, no se sentía culpable; solo
tenía una sensación de fatalidad, de sumisión. Tenía la impresión de que la
habían puesto en la tierra únicamente para que estuviera con él e
intentara comprenderlo.
Pues ya no era así.
Ya no era lo mismo.
Iba sentada en el
asiento delantero, al otro lado del conductor. Tenía una buena vista por la
ventana. Y por eso fue la única pasajera del autobús, la única persona aparte
del conductor, que vio una camioneta saliendo de una carretera lateral sin
siquiera disminuir la velocidad, que la vio enfrente de ellos al otro lado de
la carretera, vacía aquel domingo por la mañana, dar sacudidas y caer en la
cuneta. Y la única que vio algo aún más extraño: al conductor de la camioneta
volando por los aires de una manera que pareció al mismo tiempo rápida y lenta,
absurda y digna. Aterrizó en la grava, junto a la acera.
Los demás pasajeros
no sabían por qué el conductor había frenado y había parado de forma tan brusca
y desabrida. Al principio lo único que pensó Doree fue: ¿cómo ha salido? El
joven o el chaval, que debía de haberse quedado dormido al volante. ¿Cómo había
salido volando de la camioneta y se había lanzado con tanta elegancia al aire?
—Ese tipo se nos ha
puesto delante —les dijo el conductor a los pasajeros. Intentaba hablar alto,
con calma, pero su voz temblaba de asombro, entre el respeto y el temor—. Se ha
estrellado contra la cuneta. Continuaremos en cuanto podamos, pero mientras tanto,
por favor, no bajen del autobús.
Como si no lo
hubiera oído, o como si tuviera un derecho especial a ser útil, Doree bajó
detrás del conductor. Él no la reprendió.
—Si será
gilipollas… —dijo el conductor mientras cruzaban la carretera. En su voz solo
había rabia e indignación—. Gilipollas de chaval. Pero ¿usted ha visto?
El chico estaba
tumbado de espaldas, con las piernas y los brazos extendidos, como si hiciera
el ángel en la nieve. Sin embargo, a su alrededor había grava, no nieve. No
tenía los ojos completamente cerrados. Era muy joven, un niño que había dado el
estirón antes de empezar a afeitarse. Posiblemente sin carné de conducir.
El conductor
hablaba por teléfono.
—Como a kilómetro y
medio de Bayfteld, en la Veintiuno, el lado este de la carretera.
Un hilillo de
espuma rosa salía por debajo de la cabeza del chico, junto a la oreja. No
parecía sangre, sino la espuma que se retira de las fresas cuando se hace
mermelada.
Doree se agachó
junto a él. Le puso una mano en el pecho. No se movía. Doree acercó una oreja.
Le habían planchado la camisa hacía poco; desprendía ese olor.
No respiraba.
Pero los dedos de
Doree encontraron pulso en el cuello terso del chico.
Recordó algo que le
habían contado. Se lo había contado Lloyd, por si uno de los niños tenía un
accidente y él no estaba. La lengua. La lengua puede impedir la respiración si
se ha desplazado al fondo de la garganta. Puso los dedos de una mano sobre la frente
del chico y dos dedos de la otra mano bajo la barbilla. Apretar la frente,
presionar la barbilla hacia arriba, para despejar la laringe. Una inclinación
leve pero firme.
Si seguía sin
respirar, Doree tendría que insuflarle aire.
Le pellizca las
aletas de la nariz, aspira una bocanada de aire, sella la boca del chico con
sus labios y espira. Espirar dos veces y comprobar. Espirar dos veces y
comprobar.
Otra voz masculina,
no la del conductor. Debía de haberse parado un automovilista. «¿Le pongo esta
manta debajo de la cabeza?» Doree negó con un leve movimiento de cabeza.
Acababa de recordar otra cosa, que no hay que mover a la víctima para no
lesionar la médula espinal. Cubrió la boca del chico. Apretó su piel cálida,
lozana. Espiró y esperó. Espiró y volvió a esperar. Y le pareció que una ligera
humedad le ascendía a la cara.
El conductor dijo
algo pero Doree no podía levantar la vista. Entonces lo notó, sin lugar a
dudas: de la boca del chico salía aliento. Extendió una mano sobre la piel del
pecho y al principio no sabía si subía o bajaba porque ella estaba temblando.
Sí, sí.
Era aliento de
verdad. La laringe estaba abierta. Respiraba él solo. Estaba respirando.
—Póngasela encima
—le dijo Doree al hombre de la manta—. Para que no se enfríe.
—¿Está vivo?
—preguntó el conductor, inclinándose sobre ella.
Doree asintió. Sus
dedos volvieron a encontrar el pulso. La espantosa sustancia rosa había dejado
de manar. A lo mejor no era nada importante, no salía del cerebro.
—No puedo retener
el autobús para esperarla —dijo el conductor—. Ya vamos con retraso.
El automovilista
dijo:
—Está bien. Ya me
encargo yo.
Callaos, callaos,
habría querido decirles Doree. Le parecía que era necesario que hubiese
silencio, que el mundo entero tenía que concentrarse alrededor del cuerpo del
chico, ayudarlo a no perder de vista su obligación de respirar.
Tímidos soplidos,
pero regulares, una mansa obediencia bajo el pecho. Sigue, sigue.
—¿Lo ha oído? Este
hombre dice que se queda a vigilarlo —insistió el conductor—. Los de la
ambulancia van a venir lo más rápidamente posible.
—Usted siga —dijo
Doree—. Iré con ellos al pueblo y lo alcanzaré a usted cuando vuelva esta
noche.
El conductor tuvo
que inclinarse para oírla. Doree había hablado con desdén, sin levantar la
cabeza, como si su respiración fuera la que estuviera en juego.
—¿Seguro? —dijo el
conductor.
Seguro.
—¿No tiene que ir a
London?
No.
Fuente: Lecturia
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