Vera Giaconi
A continuación, te presento un cuento para
adultos de Vera Giaconi, escritora y editora uruguaya-argentina. Su primer
libro de cuentos, Carne viva, fue publicado en 2011 en la Argentina y en 2013
fue traducido al hebreo. Seres queridos, su segundo libro de cuentos, fue uno de
los cinco finalistas del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del
Duero 2015 y en 2017 yfue publicado por Editorial Anagrama. También puedes escuchar este cuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.
Resumen y análisis del cuento
“Otro
fantasma” de Vera Giaconi narra la historia de Paula y Vicky, dos amigas unidas
por su fascinación por lo paranormal, que intentan invocar el espíritu de
Luciana, una compañera de clase que ha desaparecido misteriosamente. El cuento explora la
amistad infantil, la imaginación, el miedo y la ambigüedad entre lo real y lo
sobrenatural.
El significado de este cuento para adultos gira en torno a cómo los niños procesan lo inexplicable y doloroso a través de la imaginación. La desaparición de Luciana y su misteriosa reaparición representan no solo el trauma que los adultos no saben o no quieren explicar, sino también cómo las niñas, desde su mundo simbólico, intentan dar sentido a lo que las desborda. Este relato sugiere que la infancia no está exenta de oscuridad y que, a veces, lo más aterrador no son los fantasmas que se inventan los niños, sino las medias verdades que los adultos les explican.
Otro fantasma
El primer secreto que Vicky le había
contado a Paula fue que había visto el espíritu de su abuela flotando sobre el
ataúd cuando la velaron.
–Yo nunca vi a un fantasma de verdad –le
confesó ese día, con vergüenza, Paula.
Vicky la miró por unos segundos. Los
ojos de Paula eran verdes y brillantes, hacían pensar en un alma inquieta y en
un gato.
–Creer sin pruebas vale doble –dijo
Vicky, que hablaba bajito y tenía la voz ronca.
Esa noche, la primera en que Vicky se
quedó a dormir en casa de Paula, se volvieron mejores amigas.
A Vicky le gustaba dormir en casa de
Paula. Le gustaba que la llamaran a cenar antes de que le diera hambre. El olor
de las sábanas limpias. Que el padre de Paula volviera siempre a la misma hora
de trabajar y que las saludara siempre de la misma manera. Le gustaba que
hubiera dos baños y que todas las toallas fueran iguales. Paula, en cambio,
prefería quedarse en casa de Vicky, porque ahí podían ver la tele hasta
quedarse dormidas y la mamá de Vicky no entraba a vigilarlas mientras estaban
jugando al juego de la copa o a invocar al diablo en el espejo. Y además las
dejaba usar fósforos. En una casa o en la otra, cuando ya estaban acostadas y
habían apagado la luz, los temas de conversación eran siempre más o menos los
mismos y les habían permitido elaborar un sistema compartido de creencias, que
con el tiempo seguían ajustando.
Paula y Vicky creían en que daba mala
suerte darle la espalda a un pelirrojo, en que las palomas están podridas por
dentro, en que se puede adivinar si una persona va a vivir mucho o poco por la
cantidad de lunares que tiene en la cara. Creían en la magia pero no en los
magos. Y en que siempre hay que estrenar ropa el día del cumpleaños. Creían en
los extraterrestres pero no en los vampiros; creían en los zombis pero no en
los hombres lobo; creían en las brujas y en los médiums pero no en el
horóscopo; y en especial creían en fantasmas.
En agosto de 1985, Paula y Vicky ya eran
inseparables. Una de sus compañeras de clase, Luciana, llevaba dos meses
desaparecida. Luciana nunca había besado a un chico, ni era más linda que la
mayoría ni la más fea de todas, no era graciosa, ni demasiado inteligente y
Paula y Vicky podían pasar semanas sin pensar ni una sola vez en ella. Pero
desaparecer así, sin dejar ni un rastro, la había convertido en alguien
especial. Lo habían discutido mucho, pero todavía no habían decidido si incluir
o no a Luciana en su lista de fantasmas. Todavía no se habían puesto de acuerdo
en si Luciana estaba muerta. Lo habían preguntado varias veces, pero los
adultos seguían respondiendo que no con cara de sí y eso las dejaba todavía más
confundidas.
El 4 de junio, muy tarde a la noche, la
mamá de Luciana llamó a lo de Paula, a lo de Vicky, y al resto de las chicas y
chicos del grado para preguntar si Luciana estaba con alguno de ellos. No,
respondieron todos. Después de cortar, la mamá de Paula quiso saber cuál era
Luciana. Paula intentó describírsela, pero su madre se la confundió una y otra
vez con alguna otra de las chicas con las que ella tampoco se juntaba mucho. Al
final, la madre secansó de intentarlo y se fue de la habitación murmurando “Pobre
mujer”. En su casa, Vicky atendió ella misma el teléfono (esa noche su madre
estaba de guardia en el hospital).
Al día siguiente Luciana no fue a la
escuela. Ni al otro. El tercer día aparecieron los padres. Parecían muy
cansados y hambrientos. La mamá no sacaba las manos de los bolsillos y rascaba
el piso con una punta del zapato como si quisiera sacarle brillo. El papá decía
“perdón” a cada rato porque se le mezclaban las palabras. Los acompañaban dos
mujeres policía, con uniforme, que se instalaron en dos mesitas del salón de
actos y, uno por uno, hablaron con los chicos de su grado, con las maestras, el
director y la vicedirectora, el personal de cocina, el de limpieza y
administrativos. Las dos policías estuvieron todo el día en la escuela, y
fueron el gran tema de conversación durante los recreos.
Cuando los de la tele se instalaron
frente a la escuela, les prohibieron hablar con ellos. Tampoco podían salir
solos. Los padres tenían que ir a buscarlos y debían esquivar a camarógrafos,
periodistas, cables y micrófonos caminando rápido y sin levantar la vista. En
el revuelo, lo que más se repetía era el nombre Luciana.
De tanto escucharlo, y de tanto decirlo,
en la cabeza de Paula ese nombre empezó a deshacerse, a perder sentido o a
convertirse en algo gracioso. Luciana. Lu-ci-a-na. Lucia-anana. An-lu-ci-na. Ana-ciu-la. Cia-nu-la. Cuando se
lo contó a Vicky, ella le dijo que en los últimos días había tenido pesadillas
con Luciana, que en sus sueños se llamaba Anaciula. Y las dos supieron que esa
coincidencia significaba algo, que tenían que aprovecharla. Entonces Vicky
propuso que escribieran todos los nuevos nombres de Luciana en un papelito, que
doblaran el papelito cinco veces sobre sí mismo y lo llevaran siempre guardado
en algún bolsillo. Paula pensó que era una idea excelente porque eso podría
empezar a conectarlas con el espíritu de Luciana de una manera positiva.
Las semanas posteriores a la
desaparición de Luciana, la madre de Paula le prohibió ver los noticieros de la
noche. Todo lo que supo fue gracias a Vicky. Le contó que en la tele usaban la
foto de Luciana que les habían sacado en la escuela el año anterior, que los
del canal nueve habían entrevistado a su maestra, la señorita María Elena, y a
la de música, que se había puesto nerviosa y un par de veces en lugar de decir
Luciana dijo Lucila. Lucia–ni–la. Lu–li–la. La–ciu–ni–la, pensó Paula. Vicky
sumó el nombre Lucila a los otros del papelito.
En octubre, cuando la foto de Luciana ya
no aparecía ni en la tele ni en los diarios y hacía varias semanas que las
cámaras de televisión se habían ido, los padres de Luciana volvieron a la
escuela. La madre tenía la ropa arrugada y estaba demasiado abrigada para una
mañana de primavera con sol. El papá esperó a su mujer en el pasillo, de
espaldas a la puerta del salón.
La mamá de Luciana agarraba con fuerza
un papel y miraba fijo el pupitre que había sido de su hija y que nadie más
había querido ocupar. Paula empezó a sentir curiosidad por ese papel. En
cambio, Vicky no podía mirar a la mujer y hubiera preferido esperar afuera, al
lado del padre, en silencio. La mamá de Luciana extendió el papel y se lo dio a
Claudia, primer pupitre de la izquierda, para que lo viera y luego se lo pasara
al de al lado. Lo único que la mujer dijo fue:
–¿Alguien vio alguna vez a este hombre?
El papelito tenía un dibujo en blanco y
negro de la cara de un hombre. Era igual a casi cualquier hombre de unos
cuarenta años, con el pelo oscuro y un bigote ancho y prolijo. Se parecía al
papá de Paula, al profesor de gimnasia, al doctor que dos años antes había
operado a Vicky y le había sacado las amígdalas. Y al mismo tiempo no era igual
a nadie.
El dibujo había llegado a Rodrigo,
octavo banco a la derecha, cuando sonó tres veces el timbre de la escuela. Esa
era la señal de alarma, un aviso de que debían evacuar la escuela por amenaza
de bomba.
Ya sabían lo que tenían que hacer.
Guardaron rápido las cosas en las mochilas, buscaron a su compañero asignado y,
tomados de las manos en parejas, hicieron una fila frente a la puerta abierta
del aula, esperando su turno para desfilar por los pasillos, sin correr, hasta
llegar a la calle.
Los chicos estaban tranquilos. Habían
hecho varios simulacros, habían tenido que evacuar la escuela en serio muchas
veces, y nunca pasaba nada grave. Al contrario: se salvaban de unas cuantas
horas de clase y paseaban todos juntos por el barrio a un horario en que nunca
estaban del lado de afuera de las rejas. La mamá de Luciana, en cambio,
reaccionó como si el dibujo, la desaparición de su hija y la alarma estuvieran
relacionados de alguna forma.
–El papelito, ¿dónde está el papelito?
–preguntó casi gritando.
Rodrigo dio un paso fuera de la fila y
dejó el papelito, que sin querer había hecho un bollo, en la mano de la mujer.
–Perdón –dijo.
La mamá de Luciana le sonrió con una
mueca horrible y, a un delicado pedido de la señorita María Elena, se corrió a
un costado para que el grupo pudiera salir del aula.
Esos días, cuando había amenaza de bomba
(y a veces había hasta dos por semana), cada grado salía en fila del colegio y
caminaba seis cuadras hasta un rincón del parque donde pasaban el rato jugando
y comiendo los sándwiches que llevaban las cocineras para ganar al menos la
hora del almuerzo. De vuelta en la escuela, tenían el ánimo agitado por la
emoción de haber alterado la rutina y las mejillas coloradas por el sol y las
corridas. Todo eso no tenía la menor gravedad para los chicos, y los adultos
que los acompañaban tampoco parecían muy preocupados.
Solo aquella vez las cosas fueron
distintas. Dejaron atrás a la madre de Luciana y su extraño dibujo, caminaron
hasta el parque y, después de un par de horas, una de las maestras de séptimo
llamó a todos los chicos al sector de la fuente y les comunicó que no podían
volver a la escuela.
Tuvieron dos días de asueto.
Durante esos dos días en que no pudieron
volver a la escuela, Paula y Vicky
estuvieron siempre juntas y aprovecharon
para terminar de preparar todo para su gran plan: invocar el fantasma de
Luciana.
Habían intentado varias veces invocar a
algún fantasma, especialmente de los conocidos. También lo habían intentado con
fantasmas de famosos. Siempre sin éxito. Para los distintos fracasos habían ido
encontrando diferentes excusas. Que se había muerto en otro país, que cuando
murió ya era sordo, que los perros no tienen alma, y así. Pero el fantasma de
Luciana las hacía sentirse confiadas. De alguna forma habían llegado a la
conclusión de que lo mejor era hablar con espíritus de la misma edad.
La noche del segundo día, mientras la
madre de Vicky miraba la tele, ellas se encerraron en la habitación.
Dibujaron una estrella de tiza roja en
el centro del cuarto y dentro pusieron tres espejitos de mano, la foto de
Luciana, un frasco donde habían juntado pedacitos de uñas de las dos y una gota
de sangre de cada una, un vaso con agua y sal, tres cintas azules, un cuaderno
en blanco, unas barritas de azufre, otro frasco con dos grillos muertos,
encendieron tres velas blancas que colocaron fuera del círculo y prendieron el
grabador. Vicky y Paula, una vez cada una, habían grabado un lado completo de
un cassette con todos los nombres de Luciana. Entonces se soltaron el pelo,
dieron un paso dentro del círculo y se sentaron en el piso, enfrentadas, con
las bocas bien cerradas para que no pudiera metérseles ningún espíritu y las
manos y los ojos bien abiertos para ser más receptivas.
Era una noche oscura y silenciosa y no
se oía nada más que sus propias voces metálicas repitiendo una y otra vez los
mismos nombres. La grabación duraba treinta minutos. Cuando un viento fuerte
agitó las cortinas y tiró una caja de chinches que había sobre el escritorio,
el ruido las sobresaltó, pero se miraron fijamente para transmitirse calma y
confianza. Sin embargo, Vicky bajó la vista y descubrió que tres chinches
habían rodado hasta caer dentro del círculo de tiza. Y en ese momento las
velas, que estaban titilando y se habían derretido hasta que las llamas
quedaron peligrosamente cerca del piso, se apagaron.
En la oscuridad absoluta del cuarto,
todo lo que acababan de hacer parecía más real, más peligroso. Sin consultarlo
con su amiga, Vicky gateó hasta salir del círculo y alcanzar el velador. Cuando
prendió la luz, vio que Paula seguía sentada en medio de las cosas que habían
preparado para invocar el fantasma de Luciana, mirándola desconcertada.
–¿Qué hacés? –dijo Paula–. No lo
cerramos…
Vicky iba a señalarle las chinches y
explicarle lo que había pasado, pero justo entonces sonó el teléfono y las
chicas saltaron del susto. Una vez repuestas, corrieron a entornar la puerta
del cuarto para escuchar la conversación.
En realidad, no pudieron enterarse de
nada, porque la madre de Vicky, a quien fuera que estuviera del otro lado, solo
le dijo “ajá”, “ajá”, y “sí, yo hablo con ellas”.
Tenían que juntar todo antes de que las
descubrieran. Se apuraron para levantar la cera que se había pegado al piso,
limpiaron la tiza y guardaron todo en una caja que volvieron a meter en el
rincón del placard de Vicky. Pero la madre de Vicky no fue a buscarlas. Ni
siquiera se asomó para decirles buenas noches. Vicky y Paula no pudieron
dormir. Tampoco conversaron de lo que acababan de hacer.
A la mañana siguiente, la madre de Vicky
las estaba esperando en la cocina. Había servido tres vasos de leche y estaba
preparando unas tostadas.
–Tengo que contarles algo –dijo la mamá
de Vicky extendiendo un vaso de leche a cada una–. Anoche llamó tu mamá –y miró
a Paula– y me dijo que la habían llamado para avisarle que encontraron a
Luciana. No queríamos que se enteren en la escuela, porque seguro que hoy dan
la noticia en todos lados, por eso se las estoy contando ahora, por si tienen
alguna pregunta.
–¿Dónde estaba? –preguntó Vicky.
–Un hombre se la robó y la tuvo este
tiempo con él. Pero ella está bien. Quizá
tarde un tiempo en volver a la escuela,
pero está bien.
–¿Qué hombre? –preguntó Vicky.
–No sé. Un hombre malo. No importa.
–¿Y cómo la encontraron? –preguntó
entonces Paula.
–Un vecino de este hombre reconoció a
Luciana por las fotos que habían salido en la tele y llamó a la policía.
–¿Por qué no la encontraron antes? Si la
foto la mostraron en la tele hace mil años. –Paula escuchó a su amiga
asintiendo con la cabeza, esa era la misma pregunta que hubiera hecho ella.
–No sé, chicas, se acordó recién ahora,
o volvió a ver la foto en algún lado… –la madre de Vicky hizo silencio. Estaba
buscando las palabras–. Es más complicado. Pero lo importante es que Luciana
apareció, que está bien y que está con sus padres. Esa es la buena noticia.
Algo en el gesto de la madre de Vicky,
en la forma en que retorcía el repasador entre las manos mientras hablaba, en
el hecho de que estaba evitando mirarlas a los ojos, hizo que las chicas
dudaran de que la aparición de Luciana fuera una buena noticia, no al menos una
de esas buenas noticias que no tienen discusión, ni dobleces, ni varias
interpretaciones. Como cuando les decían que Luciana no estaba muerta, aunque
en toda la cara se les notaba que creían que sí.
–Y ahora se visten que tu papá las va a
venir a buscar para llevarlas a la escuela.
El padre de Paula llegó media hora
después y durante todo el viaje no prendió
la radio del auto, como solía hacer, y
no dijo nada sobre Luciana ni sobre nada. La puerta de la escuela estaba otra
vez invadida por cámaras de televisión y periodistas. El padre de Paula dijo
que lo esperaran y salió del auto, dio la vuelta y agarró a cada una de la mano
para hacerlas atravesar la nube de micrófonos y flashes casi sin tocar el piso.
Solo las soltó cuando llegaron a la puerta de su salón y Paula dijo:
–Duele, pa.
Vicky no se había animado a decírselo,
pero también a ella la había agarrado demasiado fuerte y ahora sentía un
cosquilleo en la mano y el brazo.
El padre de Paula se disculpó, le dio un
beso idéntico a cada una y, encorvado dentro de su gabardina beige, se perdió
por el pasillo entre la maraña de otros padres y madres rumbo a la salida.
El revuelo entre los chicos de su grado
era mucho mayor que en cualquiera de los demás grados; a fin de cuentas, era a
su grupo al que todo ese tiempo le había faltado una pieza.
Cuando la señorita María Elena
finalmente se paró frente a la clase, era evidente que tenía un discurso
preparado, pero le costó un buen rato tranquilizar los ánimos.
Una vez que todos estuvieron sentados en
su lugar y en silencio, empezó a hablar. Justo unos segundos antes, Vicky le
había pasado un papelito a Paula donde había escrito: “va a decir lo mismo que
mi mamá”. Y así fue. Hasta usó las mismas palabras. Y el remate fue igual de
contradictorio: ella dijo “son excelentes noticias” y en su cara no había ni el
intento de una sonrisa.
En el primer recreo, Vicky y Paula no
salieron al patio, se quedaron en el aula intercambiando zapatillas. Todos los
jueves se cambiaban zapatillas y usaban las de la otra hasta el día siguiente.
Sus madres nunca se habían dado cuenta.
–Lo que está ahí afuera no es Luciana
–dijo Vicky.
–Más o menos –dijo Paula.
–¿La hicimos volver nosotras?
–Creo que sí, sí, no sé –respondió
Vicky.
–¿Estará enojada? –preguntó Paula, y el
miedo se le desbordó en una pequeña lágrima que enseguida secó con la manga del
guardapolvo.
–Con el hombre, seguro; con nosotras, no
sé.
–Yo quiero ser su amiga igual –dijo al
fin Paula.
–Yo también, va a necesitar amigas
–respondió Vicky y las dos respiraron hondo y soltaron un largo suspiro lleno
de futuro.
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