Ricardo Güiraldes
A continuación,
te presento uno de los mejores cuentos cortos para adultos de Ricardo Güiraldes, destacado
escritor y poeta argentino. Este cuento breve para adultos también puedes
escucharlo en formato audiocuento en Spotify y en video en YouTube.
En
“Trenzador”, Ricardo Güiraldes narra la vida de Núñez, un artesano
excepcional que consagra su existencia al arte de trenzar cuero con una
dedicación casi sagrada. Desde sus aprendizajes humildes hasta alcanzar una
maestría admirada por todos, su talento lo lleva a la fama y al reconocimiento,
pero también lo aparta silenciosamente de algo más íntimo y personal. Sin
revelar el desenlace, el cuento explora la figura del artista que vive para su
obra y cuya identidad se confunde con su oficio. Su significado apunta a la
tensión entre el éxito exterior y la fidelidad a la creación más profunda: el
arte como destino absoluto, como pasión que da sentido a la vida pero que
también la consume, y como misterio final que ni la gloria ni el tiempo logran
descifrar del todo.
Trenzador
[Cuento - Texto completo.]
Núñez trenzó, como hizo música
Bach, pintura Goya, versos el Dante. Su organización de genio le encauzó en
senda fija y vivió con la única preocupación de su arte. Sufrió la eterna
tragedia del grande. Engendró y parió en el dolor según la orden divina. Dejó a
sus discípulos, con el ejemplo, mil modos de realizarse, y se fue, atesorando
un secreto que sus más instruídos profetas no han sabido aclarar. Fueron para
el comienzo los botones tiocos del viejo Nicasio, que escupía los tientos hasta
hacerlos escurridizos. Luego otras, las enseñanzas de saber más complejo. Núñez
miraba, sin una pregunta, asimilando con facilidad voraz los diferentes modos,
mientras la Babel del innovador trepaba sobre sí misma, independientemente de
lo enseñable. Una vez adquirida la técnica necesaria, quiso hacer materia de su
sueño. Para eso se encerró en los momentos ociosos y en el secreto del cuarto,
mientras los otros sesteaban, comenzó un trabajo complicado de trenzas y
botones que vencía con simplicidad. Era un bozal a su manera, dificultoso en su
diafanidad de ñandutí. A los motivos habituales de decoración, uniría
inspiraciones personales de árboles y animales varios. Iba despacio, debido al
tiempo que requería la preparación de los tientos, finos como cerda, a la
escasez de los ratos libres, a las pullas de los compañeros, que trataba de
eludir como espuela enconosa, llevadera a malos desenlaces. ¿Qué haría Núñez,
tan a menudo encerrado en su cuarto? Esa curiosidad del peonaje llegó al
patrón, que quiso saber. Entró de sorpresa, encontrando a Núñez tan absorbido
en un entrevero de lonjas, que pudo retirarse sin ser sentido. Al concluir la
siesta, mandole llamar, encargándole, irónicamente, compusiera unas riendas en
las cuales tenía que echar cuatro botones, sobre el modelo inimitable de un
trenzador muerto. Al día siguiente estaba la orden cumplida. La obra antigua
parecía de aprendiz. Fue un advenimiento. Así como un pedazo de grasa se
extiende sobre la sartén caldeada, corrió la fama de Núñez. Los encargos se
amontonaron. El hombre tuvo que dejar su labor para atender pedidos. Todos sus
días, a partir de entonces, fueron atosigados de trabajo, no teniendo un
momento para mirar hacia atrás y arrepentirse o alegrarse del cambio impuesto.
Meses más tarde, para responder a las exigencias de su clientela, mudose al
pueblo, donde mantuvo una casa suficiente a sus necesidades de obrero.
Perfeccionábase, malgrado lo cual una sombra de tristeza parecía empañar su
gloria. Nunca fue nadie más admirado. Decíanlo capaz de trenzar un poncho tan
fino, tan flexible y sobado como la más preciada vicuña. Remataba botones con
perfección que hacía temer brujería; ingería costuras invisibles; le nombraban
como rebenquero. La maceta de sobar era parte de su puño; el cuchillo,
prolongación de sus dedos hábiles. Entre el filo y el pulgar salían los
tientos, que se enrulaban al separarse de la hoja. Aleznas de diferentes
tamaños y formas asentaban sus cabos en el hueco de la mano como en nicho
habitual. Humedecía los tientos, haciéndolos patinar entre sus labios; después
corríalos contra el lomo del cuchillo, hasta dejarlos dúctiles e inquebrables.
Corre también que poseyó una curiosa yegua tobiana. Cada año le daba un
potrillo obscuro y otro palomo. Núñez los degollaba a los tres meses para
lonjearlos, combinando luego blancos y negros en sabias e inconcluibles
variaciones nunca repetidas. Durante cuarenta años, puso el suficiente talento
para concluir lo acordado con el cliente. Hizo plata, mucha plata; lo mimaron
los ricachos del partido, pero hubo siempre una cerrazón en su mirada. Viejo
ya, la vista le flaqueaba a ratos, y no alcanzó a trabajar más de cuatro horas
al día. Cuando insistía sobre el cansancio, las trenzas salían desparejas.
Entonces fue cuando Núñez dejó el oficio. El pobre, casi decrépito, pudo al fin
disponer libremente de su vida. No quería para nada tocar una lonja, y evitaba
las conversaciones sobre su oficio, hasta que, de pronto, pareció recaer en
niñez. Le tomó ese mal un día que, por acomodar un ropero, dio con el bozal que
empezara en sus mocedades. El viejo, desde ese momento, perdió la cabeza;
abrazó las guascas enmohecidas, y olvidando su promesa de no trenzar más,
recomenzó la obra abandonada cincuenta años antes, sin dejarla un minuto, en
detrimento de sus ojos gastados y de su cuerpo, cuya postura encorvada le
acalambraba. Cada vez más doblado, en la atención fatal de aquel trabajo, murió
don Crisanto Núñez. Cuando lo encontraron duro y amontonado sobre sí mismo,
como peludo, fue imposible arrancarle el bozal que atenazaba contra el pecho
con garras de hueso. Con él tuvieron que acostarlo en el lecho de muerte. Los
amigos, la familia, los admiradores, cayeron al velorio, y se comentó aquella
actitud desesperada con que oprimía el trabajo inconcluso. Alguien, asegurando
era su mejor obra, propuso cortarle al viejo los dedos para no enterrarle con
aquella maravilla. Todos le miraron con enojo: ¡cortar los dedos a Núñez, los
divinos dedos de Núñez! Un recuerdo curioso e indescifrable queda del gesto de
zozobra con que el viejo oprimía lo que fue su primera y última obra. ¿Era por
no dejar algo que consideraba malo? ¿Era por cariño? ¿O simplemente por un
pudor de artista, que entierra con él la más personal de sus creaciones?
Fuente: Ciudad Seva
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