lunes, 9 de febrero de 2026

Cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio

 

Adela Zamudio

A continuación, te presento tres cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

En “La conciencia”, un personaje que ha cometido una falta intenta aliviar su culpa examinando solo los argumentos que la justifican, hasta convencerse de que su acción no fue tan grave. La historia revela cómo el ser humano puede deformar su propia percepción moral para evitar el remordimiento, enseñando que la verdadera sabiduría exige honestidad interior y valentía para reconocer los propios errores.

 

En “El diamante”, una piedra preciosa desprecia a sus hermanos por considerarlos inferiores, pero estos le recuerdan que su valor radica en la utilidad y el servicio que prestan a la humanidad. El relato subraya que el brillo externo y el lujo no equivalen a verdadera grandeza, y que la dignidad auténtica se encuentra en la humildad y en contribuir al bien común.

Tres cuentos completos de Adela Zamudio

La razón y la fuerza


La razón y la fuerza se presentaron un día ante el tribunal de la Justicia a resolver un reñido litigio. La Justicia se declaró en favor de la Razón. La Fuerza alegó sus glorias que llenan la historia y su innegable preponderancia universal en todas las épocas; pero la Justicia se mostró inflexible. —Tus triunfos no significan para mí más que barbarie; solo sentenciaré a tu favor cuando te halles de acuerdo con la Razón— le dijo. Las dos litigantes se retiraron, cada cual por su lado, y en el camino, la Fuerza se encontró con la Hipocresía y le contó el fracaso que acababa de sufrir. —Has declarado tus ambiciones con demasiada franqueza— díjole esta. —Si te hubieses revestido de los atributos de tu enemiga, el resultado hubiera sido distinto. La Fuerza aprovechó el consejo: Aguardó a que la Razón estuviese dormida o descuidada, le robó sus vestiduras, se disfrazó con ellas, y adoptando sus maneras y lenguaje, se presentó a la Justicia con su memorial en la mano. —Leedlo, señora, —le dijo—. Todo lo que pido es en nombre de la Patria, de la Humanidad, de la Religión. La justicia que es algo cegatona, se colocó los anteojos, puso su visto bueno al documento y le imprimió el sello augusto de su ministerio.

La Fuerza se fue en busca de la Hipocresía. —Eres hábil, —le dijo—, y me conviene tomarte a mi servicio; pero la vileza repugnante de tu aspecto podría perjudicarme. Es necesario que cambies de traje. La Hipocresía se dirigió a casa de la Prudencia. —Vecina, —dijo—, hágame el favor de prestarme uno de sus trajes, el más decente. Me propongo una loable empresa.

La Prudencia mantiene su lámpara encendida y goza de muy buena vista, pero el papel había estado tan bien representado que se engañó: Creyó en las buenas intenciones de aquella vecina y le confió un traje de diplomático. Desde entonces, cuando la Fuerza no puede realizar por sí sola alguna de sus hazañas, se asocia a la Hipocresía y casi siempre logra triunfar.

La conciencia

Acababa de cometer un crimen, y horrorizada llamé en mi auxilio a la religión. Con ademán solemne, la religión puso en mis manos una moneda, cuyas dos caras representaban mis buenas y malas acciones. Emprendí la subida por un sendero escarpado que se elevaba al cielo, y al avanzar, examiné la moneda. Desde luego, hallé pintada en ella, con vivo colorido, toda la fealdad odiosa y repugnante de mi mala acción. Rápida, instintivamente, volquéla al punto, y en el reverso, traté de descubrir, con trabajo, algunas sutiles circunstancias que atenuaban mi culpa. Así marché examinando alternativamente, las dos caras opuestas de la moneda. Mas, como siempre que fijaba mis ojos en el mal lado, sentía la punzada insufrible del remordimiento, di en examinar con más frecuencia el lado bueno, en el cual fui descubriendo multitud de razones y circunstancias, cada vez más marcadas, que, no solamente disculpaban, sino que justificaban aquella acción. Y sucedió que cuando más examinaba el lado bueno, los caracteres fuertemente grabados en el mal lado fueron debilitándose poco a poco, hasta quedar casi borrados. Cuando llegué a la cumbre de aquel sendero, me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas culpas, más no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis ojos, en una acción laudable.

El diamante

El Diamante dijo un día a sus hermanos: –No pueden alabar nuestro común origen, son mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones, les harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar frentes de sus soberanos. La negrura de ustedes y fetidez les denuncian, están mezclados con sustancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan solo me acompañan el oro, la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza mares y desciende a los abismos. –Nosotros nos hallamos allá donde podemos serles útiles–dijo la Hulla–; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades domésticas. –Son despedazados por el hacha y luego cruje bajo su planta, continuó el Diamante. Aprendan de mí; soy el más duro de los cuerpos de la Naturaleza, ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes. –Eres duro, pero frágil– observó el Grafito a media voz. –¡El plebeyo cristal se enorgullece de semejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas mujeres sonríen satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo más que la vida.

 –Si, tú fomentas la vanidad femenina, no lo negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo tiempo, fue el cáncer de la sociedad. Por ti son sacrificados honra e inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores que se resuelven crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo? ¡Cuéntanos! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo, porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien. –Mi aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las callejuelas más apartadas; fui el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una lámpara! Aunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la humanidad. –Allá donde falta Hulla yo acudo a reemplazarla– dijo la Turba. –Yo purifico el vino y los jarabes– agregó modestamente el Carbón animal. –La quimera moderna, –continuó el Grafito–, ha desmentido tu decantada fortaleza; se te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos! El Diamante no tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron las espaldas.

 

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