Adela Zamudio
A continuación,
te presento tres cuentos con valores y sabiduría de Adela Zamudio, que también puedes
escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.
En
“La conciencia”, un personaje que ha cometido una falta intenta aliviar su
culpa examinando solo los argumentos que la justifican, hasta convencerse de
que su acción no fue tan grave. La historia revela cómo el ser humano puede
deformar su propia percepción moral para evitar el remordimiento, enseñando que
la verdadera sabiduría exige honestidad interior y valentía para reconocer los
propios errores.
En
“El diamante”, una piedra preciosa desprecia a sus hermanos por considerarlos
inferiores, pero estos le recuerdan que su valor radica en la utilidad y el
servicio que prestan a la humanidad. El relato subraya que el brillo externo y
el lujo no equivalen a verdadera grandeza, y que la dignidad auténtica se
encuentra en la humildad y en contribuir al bien común.
Tres cuentos completos de Adela Zamudio
La razón y la fuerza
La
razón y la fuerza se presentaron un día ante el tribunal de la Justicia a
resolver un reñido litigio. La Justicia se declaró en favor de la Razón. La
Fuerza alegó sus glorias que llenan la historia y su innegable preponderancia
universal en todas las épocas; pero la Justicia se mostró inflexible. —Tus
triunfos no significan para mí más que barbarie; solo sentenciaré a tu favor
cuando te halles de acuerdo con la Razón— le dijo. Las dos litigantes se
retiraron, cada cual por su lado, y en el camino, la Fuerza se encontró con la
Hipocresía y le contó el fracaso que acababa de sufrir. —Has declarado tus
ambiciones con demasiada franqueza— díjole esta. —Si te hubieses revestido de
los atributos de tu enemiga, el resultado hubiera sido distinto. La Fuerza aprovechó
el consejo: Aguardó a que la Razón estuviese dormida o descuidada, le robó sus
vestiduras, se disfrazó con ellas, y adoptando sus maneras y lenguaje, se
presentó a la Justicia con su memorial en la mano. —Leedlo, señora, —le dijo—.
Todo lo que pido es en nombre de la Patria, de la Humanidad, de la Religión. La
justicia que es algo cegatona, se colocó los anteojos, puso su visto bueno al
documento y le imprimió el sello augusto de su ministerio.
La
Fuerza se fue en busca de la Hipocresía. —Eres hábil, —le dijo—, y me conviene
tomarte a mi servicio; pero la vileza repugnante de tu aspecto podría
perjudicarme. Es necesario que cambies de traje. La Hipocresía se dirigió a
casa de la Prudencia. —Vecina, —dijo—, hágame el favor de prestarme uno de sus
trajes, el más decente. Me propongo una loable empresa.
La
Prudencia mantiene su lámpara encendida y goza de muy buena vista, pero el
papel había estado tan bien representado que se engañó: Creyó en las buenas
intenciones de aquella vecina y le confió un traje de diplomático. Desde
entonces, cuando la Fuerza no puede realizar por sí sola alguna de sus hazañas,
se asocia a la Hipocresía y casi siempre logra triunfar.
La
conciencia
Acababa
de cometer un crimen, y horrorizada llamé en mi auxilio a la religión. Con
ademán solemne, la religión puso en mis manos una moneda, cuyas dos caras
representaban mis buenas y malas acciones. Emprendí la subida por un sendero
escarpado que se elevaba al cielo, y al avanzar, examiné la moneda. Desde
luego, hallé pintada en ella, con vivo colorido, toda la fealdad odiosa y
repugnante de mi mala acción. Rápida, instintivamente, volquéla al punto, y en
el reverso, traté de descubrir, con trabajo, algunas sutiles circunstancias que
atenuaban mi culpa. Así marché examinando alternativamente, las dos caras
opuestas de la moneda. Mas, como siempre que fijaba mis ojos en el mal lado,
sentía la punzada insufrible del remordimiento, di en examinar con más frecuencia
el lado bueno, en el cual fui descubriendo multitud de razones y
circunstancias, cada vez más marcadas, que, no solamente disculpaban, sino que
justificaban aquella acción. Y sucedió que cuando más examinaba el lado bueno,
los caracteres fuertemente grabados en el mal lado fueron debilitándose poco a
poco, hasta quedar casi borrados. Cuando llegué a la cumbre de aquel sendero,
me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas
culpas, más no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis
ojos, en una acción laudable.
El diamante
El
Diamante dijo un día a sus hermanos: –No pueden alabar nuestro común origen,
son mi vergüenza. Los que surten las lámparas y se arrastran en los fogones,
les harán proclamar su parentesco con quien nacido en regiones privilegiadas es
transportado en triunfo, de su cuna a los palacios a coronar frentes de sus
soberanos. La negrura de ustedes y fetidez les denuncian, están mezclados con
sustancias viles, y yo soy puro; desde la cuna, tan solo me acompañan el oro,
la plata, los rubíes y otras piedras preciosas. Los sitios en que me digno
habitar son bien contados y por buscarme el hombre, cruza mares y desciende a
los abismos. –Nosotros nos hallamos allá donde podemos serles útiles–dijo la
Hulla–; proveemos a las necesidades de su industria y también a sus necesidades
domésticas. –Son despedazados por el hacha y luego cruje bajo su planta,
continuó el Diamante. Aprendan de mí; soy el más duro de los cuerpos de la
Naturaleza, ninguno me raya y yo rayo a los más fuertes. –Eres duro, pero
frágil– observó el Grafito a media voz. –¡El plebeyo cristal se enorgullece de
semejarse a mí; el artificioso Estras que se introduce clandestinamente en el
comercio cuando se afana por imitar mis reflejos! La Perla misma, con toda su
belleza, jamás alcanza la preferencia cuando se atreve a competir conmigo. Si
no salgo a lucir en paseos y festines, descanso muellemente en perfumadas cajas
acolchadas de raso y terciopelo. Sin mí no hay fiesta aristocrática; yo
comunico a esos saraos el brillo particular que los distingue. Al contemplar
mis destellos, se realzan sus atractivos naturales, las bellas mujeres sonríen
satisfechas ante el espejo, y muchas de las que no poseen, darían por mí algo
más que la vida.
–Si, tú fomentas la vanidad femenina, no lo
negamos, dijo el Grafito; eres el principal factor del lujo, que, en todo
tiempo, fue el cáncer de la sociedad. Por ti son sacrificados honra e
inocencia. Tu brillo engendra en el corazón del miserable, envidias y rencores
que se resuelven crímenes. ¿Qué más has hecho desde que apareciste en el mundo?
¡Cuéntanos! Montar el eje de los relojes y cortar el vidrio; servicios bien
insignificantes si se comparan a los males que has causado. Nosotros
entretanto, nos consagramos a la industria y contribuimos al progreso. Yo,
porfiando hasta deshacerme contra la pizarra, grabo en la mente del niño
caracteres que ilustran su inteligencia y guían su voluntad hacia el bien. –Mi
aliento impulsa el navío que conduce las riquezas de la industria del uno al
otro continente, dijo la Hulla, y empuja la locomotora que las arrastra a los
confines de la tierra. En las ciudades, combatí las tinieblas, hasta en las
callejuelas más apartadas; fui el mejor auxiliar de la policía; ¡cuántos
crímenes evité y cuántos fueron denunciados por los resplandores de una
lámpara! Aunque hoy se haya inventado un sistema de alumbrado superior al que
yo proporcioné, los siglos venideros no olvidarán los servicios que presté a la
humanidad. –Allá donde falta Hulla yo acudo a reemplazarla– dijo la Turba. –Yo
purifico el vino y los jarabes– agregó modestamente el Carbón animal. –La
quimera moderna, –continuó el Grafito–, ha desmentido tu decantada fortaleza; se
te creía inatacable y resultas combustible como nosotros. ¿De qué pues
enorgullecerse? ¿Cuáles son tus preeminencias? ¡Respóndenos! El Diamante no
tuvo qué responder, y la Hulla, el Grafito y los otros sonrieron y le volvieron
las espaldas.
Otros cuentos
Si
te gustan los cuentos, te recomiendo Trenzador de Ricardo Güiraldes.
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