Un cuento para reflexionar
A continuación, te presento “La muñeca menor”, un cuento para adultos de Rosario Ferré. Ferré (1938-2016). Fue una destacada escritora, ensayista y editora puertorriqueña, reconocida por su exploración de temas de género, feminismo y crítica social, así como por su estilo literario innovador. Este cuento es considerado uno de los más representativos de su obra.
En él, se narra la historia de una tía que, tras sufrir una herida infestada por una chágara en su pierna, dedica su vida a crear muñecas para sus sobrinas, reflejando en ellas las características de cada niña. Más allá del relato fantástico, el cuento critica el patriarcado y la objetificación de la mujer, explorando la maternidad simbólica, la transmisión de experiencia y la resistencia femenina frente a la autoridad masculina. Las muñecas funcionan como vehículo de memoria, cuidado y legado, mientras la narrativa combina lo grotesco y lo poético para mostrar cómo las mujeres buscan preservar su autonomía dentro de un contexto social opresivo.
Además, este cuento puede escucharse como audiocuento en YouTube, lo que permite disfrutarlo también en versión oral.
LA MUÑECA MENOR
de Rosario Ferré
Papeles de Pandora, 1976
La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía
siempre que se despertara con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba menudo en el río,
pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano
de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas,
había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y
pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento
sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en
parihuelas retorciéndose de dolor.
El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una
chágara viciosa. Sin embargo, pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico
había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la
pantorrilla, donde había evidentemente comenzado a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo
para que el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida, cubierta de mostaza
desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el tratamiento se descubrió que la llaga se había
abultado aún más, recubriéndose de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de
remover sin que peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la chágara
enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.
Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos pliegues de gasa de sus faldas
la había despojado de toda vanidad. Se había encerrado en la casa rehusando a todos sus
pretendientes. Al principio se había dedicado a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por
toda la casa la pierna monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de
un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la
lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas
adoraban a la tía. Ella las peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se
sentaban a su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para oler el
perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de quietud.
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Cuando las niñas fueron creciendo la tía se dedicó a hacerles muñecas para jugar. Al principio eran
sólo muñecas comunes, con carne de guata de higüera y ojos de botones perdidos. Pero con el pasar
del tiempo fue refinando su arte hasta ganarse el respeto y la reverencia de toda la familia. El
nacimiento de una muñeca era siempre motivo de regocijo sagrado, lo cual explicaba el que jamás se
les hubiese ocurrido vender una de ellas, ni siquiera cuando las niñas eran ya grandes y la familia
comenzaba a pasar necesidad. La tía había ido agrandando el tamaño de las muñecas de manera que
correspondieran a la estatura y a las medidas de cada una de las niñas. Como eran nueve y la tía hacía
una muñeca de cada niña por año, hubo que separar una pieza de la casa para que la habitasen
exclusivamente las muñecas. Cuando la mayor cumplió diez y ocho años había ciento veintiséis
muñecas de todas las edades en la habitación. Al abrir la puerta, daba la sensación de entrar en un
palomar, o en el cuarto de muñecas del palacio de las tzarinas, o en un almacén donde alguien había
puesto a madurar una larga hilera de hojas de tabaco. Sin embargo, la tía no entraba en la habitación
por ninguno de estos placeres, sino que echaba el pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente
cada una de las muñecas canturreándoles mientras las mecía: Así eras cuando tenías un año, así
cuando tenías dos, así cuando tenías tres, reviviendo la vida de cada una de ellas por la dimensión del
hueco que le dejaban entre los brazos.
El día que la mayor de las niñas cumplió diez años, la tía se sentó en el sillón frente al cañaveral y no
se volvió a levantar jamás. Se balconeaba días enteros observando los cambios de agua de las cañas y
sólo salía de su sopor cuando la venía a visitar el doctor o cuando se despertaba con ganas de hacer
una muñeca. Comenzaba entonces a clamar para que todos los habitantes de la casa viniesen a
ayudarla. Podía verse ese día a los peones de la hacienda haciendo constantes relevos al pueblo como
alegres mensajeros incas, a comprar cera, a comprar barro de porcelana, encajes, agujas, carretes de
hilos de todos los colores. Mientras se llevaban a cabo estas diligencias, la tía llamaba a su habitación
a la niña con la que había soñado esa noche y le tomaba las medidas. Luego le hacía una mascarilla
de cera que cubría de yeso por ambos lados como una cara viva dentro de dos caras muertas; luego
hacía salir un hilillo rubio interminable por un hoyito en la barbilla. La porcelana de las manos era
siempre translúcida; tenía un ligero tinte marfileño que contrastaba con la blancura granulada de las
caras de biscuit. Para hacer el cuerpo, la tía enviaba al jardín por veinte higüeras relucientes. Las
cogía con una mano y con un movimiento experto de la cuchilla las iba rebanando una a una en
cráneos relucientes de cuero verde.
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Luego las inclinaba en hilera contra la pared del balcón, para que el sol y el aire secaran los cerebros
algodonosos de guano gris. Al cabo de algunos días raspaba el contenido con una cuchara y lo iba
introduciendo con infinita paciencia por la boca de la muñeca.
Lo único que la tía transigía en utilizar en la creación de las muñecas sin que estuviese hecho por ella,
eran las bolas de los ojos. Se los enviaban por correo desde Europa en todos los colores, pero la tía
los consideraba inservibles hasta no haberlos dejado sumergidos durante un número de días en el
fondo de la quebrada para que aprendiesen a reconocer el más leve movimiento de las antenas de las
chágaras. Sólo entonces los lavaba con agua de amoniaco y los guardaba, relucientes como gemas,
colocados sobre camas de algodón, en el fondo de una lata de galletas holandesas. El vestido de las
muñecas no variaba nunca, a pesar de que las niñas iban creciendo. Vestía siempre a las más
pequeñas de tira bordada y a las mayores de broderí, colocando en la cabeza de cada una el mismo
lazo abullonado y trémulo de pecho de paloma.
Las niñas empezaron a casarse y a abandonar la casa. El día de la boda la tía les regalaba a cada una
la última muñeca dándoles un beso en la frente y diciéndoles con una sonrisa: “Aquí tienes tu Pascua
de Resurrección.” A los novios los tranquilizaba asegurándoles que la muñeca era sólo una
decoración sentimental que solía colocarse sentada, en las casas de antes, sobre la cola del piano.
Desde lo alto del balcón la tía observaba a las niñas bajar por última vez las escaleras de la casa
sosteniendo en una mano la modesta maleta a cuadros de cartón y pasando el otro brazo alrededor
de la cintura de aquella exuberante muñeca hecha a su imagen y semejanza, calzada con zapatillas de
ante, faldas de bordados nevados y pantaletas de valenciennes. Las manos y la cara de estas muñecas,
sin embargo, se notaban menos transparentes, tenían la consistencia de la leche cortada. Esta
diferencia encubría otra más sutil: la muñeca de boda no estaba jamás rellena de guata, sino de miel.
Ya se habían casado todas las niñas y en la casa quedaba sólo la más joven cuando el doctor hizo a la
tía la visita mensual acompañado de su hijo que acababa de regresar de sus estudios de medicina en
el norte. El joven levantó el volante de la falda almidonada y se quedó mirando aquella inmensa
vejiga abotagada que manaba una esperma perfumada por la punta de sus escamas verdes. Sacó su
estetoscopio y la auscultó, cuidadosamente. La tía pensó que auscultaba la respiración de la chágara
para verificar si todavía estaba viva, y cogiéndole la mano con cariño se la puso sobre un lugar
determinado para que palpara el movimiento constante de las antenas.
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El joven dejó caer la falda y miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus
comienzos, le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo sólo quería que vinieras a ver la chágara que
te había pagado los estudios durante veinte años.
En adelante fue el joven médico quien visitó mensualmente a la tía vieja. Era evidente su interés por
la menor y la tía pudo comenzar su última muñeca con amplia anticipación. Se presentaba siempre
con el cuello almidonado, los zapatos brillantes y el ostentoso alfiler de corbata oriental del que no
tiene donde caerse muerto. Luego de examinar a la tía se sentaba en la sala recostando su silueta de
papel dentro de un marco ovalado, a la vez que le entregaba a la menor el mismo ramo de
siemprevivas moradas. Ella le ofrecía galletitas de jengibre y cogía el ramo quisquillosamente con la
punta de los dedos como quien coge el estómago de un erizo vuelto al revés. Decidió casarse con él
porque le intrigaba su perfil dormido, y porque ya tenía ganas de saber cómo era por dentro la carne
de delfín.
El día de la boda la menor se sorprendió al coger la muñeca por la cintura y encontrarla tibia, pero lo
olvidó en seguida, asombrada ante su excelencia artística. Las manos y la cara estaban
confeccionadas con delicadísima porcelana de Mikado. Reconoció en la sonrisa entreabierta y un
poco triste la colección completa de sus dientes de leche. Había, además, otro detalle particular: la tía
había incrustado en el fondo de las pupilas de los ojos sus dormilonas de brillantes.
El joven médico se la llevó a vivir al pueblo, a una casa encuadrada dentro de un bloque de cemento.
La obligaba todos los días a sentarse en el balcón, para que los que pasaban por la calle supiesen que
él se había casado en sociedad. Inmóvil dentro de su cubo de calor, la menor comenzó a sospechar
que su marido no sólo tenía el perfil de silueta de papel sino también el alma. Confirmó sus
sospechas al poco tiempo. Un día él le sacó los ojos a la muñeca con la punta del bisturí y los
empeñó por un lujoso reloj de cebolla con una larga leontina. Desde entonces la muñeca siguió
sentada sobre la cola del piano, pero con los ojos bajos.
A los pocos meses el joven médico notó la ausencia de la muñeca y le preguntó a la menor qué había
hecho con ella. Una cofradía de señoras piadosas le había ofrecido una buena suma por la cara y las
manos de porcelana para hacerle un retablo a la Verónica en la próxima procesión de Cuaresma. La
menor le contestó que las hormigas habían descubierto por fin que la muñeca estaba rellena de miel
y en una sola noche se la habían devorado.
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“Como las manos y la cara eran de porcelana de Mikado, dijo, seguramente las hormigas las creyeron
hechas de azúcar, y en este preciso momento deben de estar quebrándose los dientes, royendo con
furia dedos y párpados en alguna cueva subterránea.” Esa noche el médico cavó toda la tierra
alrededor de la casa sin encontrar nada.
Pasaron los años y el médico se hizo millonario. Se había quedado con toda la clientela del pueblo, a
quienes no les importaba pagar honorarios exorbitantes para poder ver de cerca a un miembro
legítimo de la extinta aristocracia cañera. La menor seguía sentada en el balcón, inmóvil dentro de
sus gasas y encajes, siempre con los ojos bajos. Cuando los pacientes de su marido, colgados de
collares, plumachos y bastones, se acomodaban cerca de ella removiendo los rollos de sus carnes
satisfechas con un alboroto de monedas, percibían a su alrededor un perfume particular que les hacía
recordar involuntariamente la lenta supuración de una guanábana. Entonces les entraban a todos
unas ganas irresistibles de restregarse las manos como si fueran patas.
Una sola cosa perturbaba la felicidad del médico. Notaba que mientras él se iba poniendo viejo, la
muñeca menor guardaba la misma piel aporcelanada y dura que tenía cuando la iba a visitar a la casa
del cañaveral. Una noche decidió entrar en su habitación para observarla durmiendo. Notó que su
pecho no se movía. Colocó delicadamente el estetoscopio sobre su corazón y oyó un lejano rumor
de agua. Entonces la muñeca levantó los párpados y por las cuencas vacías de los ojos comenzaron a
salir las antenas furibundas de las chágaras.
Fuente: Literatura.us
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