Julio Ramón Ribeyro
A continuación,
te presento un cuento para adultos de Julio Ramón Ribeyro: Dirección equivocada.
El cuento narra la historia de Ramón, un empleado encargado de localizar a un
deudor para una empresa. Durante su búsqueda por los barrios populares de Lima,
sigue distintas pistas hasta llegar a la casa del hombre que busca. Sin
embargo, un encuentro inesperado con una mujer cambia el rumbo de su misión y
lo lleva a tomar una decisión que no estaba prevista en su trabajo. Este relato
para adultos reflexiona sobre el conflicto entre las obligaciones impersonales
de la sociedad y la compasión humana. A través de una situación cotidiana,
Ribeyro muestra cómo el contacto directo con la realidad y el sufrimiento ajeno
puede alterar nuestros juicios y decisiones. El cuento también sugiere que
muchas de nuestras acciones no responden únicamente a principios morales, sino
a impulsos, emociones y percepciones difíciles de explicar, revelando la
complejidad de la naturaleza humana.
Este
relato para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Dirección equivocada
[Cuento completo]
Ramón abandonó la oficina con el expediente bajo el brazo y se dirigió a la avenida Abancay. Mientras esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince, se entretuvo contemplando la demolición de las viejas casas de Lima. No pasaba un día sin que cayera un solar de la colonia, un balcón de madera tallada o simplemente una de esas apacibles quintas republicanas, donde antaño se fraguó más de una revolución. Por todo sitio se levantaban altivos edificios impersonales, iguales a los que había en cien ciudades del mundo. Lima, la adorable Lima de adobe y de madera, se iba convirtiendo en una especie de cuartel de concreto armado. La poca poesía que quedaba se había refugiado en las plazoletas abandonadas, en una que otra iglesia y en la veintena de casonas principescas, donde viejas familias languidecían entre pergaminos y amarillentos daguerrotipos.
Estas
reflexiones no tenían nada que ver evidentemente con el oficio de Ramón:
detector de deudores contumaces. Su jefe, esa misma mañana, le había ordenado
hacer una pesquisa minuciosa por Lince para encontrar a Fausto López, cliente
nefasto que debía a la firma cuatro mil soles en tinta y papel de imprenta.
Cuando
el ómnibus lo desembarcó en Lince, Ramón se sintió deprimido, como cada vez que
recorría esos barrios populares sin historia, nacidos hace veinte años por el
arte de alguna especulación, muertos luego de haber llenado algunos bolsillos
ministeriales, pobremente enterrados entre la gran urbe y los lujosos
balnearios del Sur. Se veían chatas casitas de un piso, calzadas de tierra,
pistas polvorientas, rectas calles brumosas donde no crecía un árbol, una
yerba. La vida en esos barrios palpitaba un poco en las esquinas, en el
interior de las pulperías, traficadas por caseros y borrachines.
Consultando
su expediente, Ramón se dirigió a una casa de vecindad y recorrió su largo
corredor perforado de puertas y ventanas, hasta una de las últimas viviendas.
Varios minutos estuvo aporreando la puerta. Por fin se abrió y un hombre
somnoliento, con una camiseta agujereada, asomó el torso.
—¿Aquí
vive el señor Fausto López?
—No.
Aquí vivo yo, Juan Limayta, gasfitero.
—En
estas facturas figura esta dirección —alegó Ramón, alargando su expediente.
—¿Y
a mí qué? Aquí vivo yo. Pregunte por otro lado. —Y tiró la puerta.
Ramón
salió a la calle. Recorrió aún otras casas, preguntando al azar. Nadie parecía
conocer a Fausto López. Tanta ignorancia hacía pensar a Ramón en una vasta
conspiración distrital destinada a ocultar a uno de sus vecinos. Tan solo un
hombre pareció recurrir a su memoria.
—¿Fausto
López? Vivía por aquí pero hace tiempo que no lo veo. Me parece que se ha
muerto.
Desalentado,
Ramón penetró en una pulpería para beber un refresco. Acodado en el mostrador,
cerca del pestilente urinario, tomó despaciosamente una coca-cola. Cuando se
disponía a regresar derrotado a la oficina, vio entrar en la pulpería a un
chiquillo que tenía en la mano unos programas de cine. La asociación fue
instantánea. En el acto lo abordó.
—¿De
dónde has sacado esos programas?
—De
mi casa, ¿de dónde va a ser?
—¿Tu
papá tiene una imprenta?
—Sí.
—¿Cómo
se llama tu papá?
—Fausto
López.
Ramón
suspiró aliviado.
—Vamos
allí. Necesito hablar con él.
En
el camino conversaron. Ramón se enteró que Fausto López tenía una imprenta de
mano, que se había mudado hacía unos meses a pocas calles de distancia y que
vivía de imprimir programas para los cines del barrio.
—¿Te
pagan algo por repartir los programas?
—¿Mi papá? ¡Ni un taco! Los
dueños de los cines me dejan entrar gratis a las seriales.
En
los barrios pobres también hay categorías. Ramón tuvo la evidencia de estar
hollando el suburbio de un suburbio. Ya los pequeños ranchos habían
desaparecido. Solo se veían callejones, altos muros de corralón con su gran
puerta de madera. Menguaron los postes del alumbrado y surgieron las primeras
acequias, plagadas de inmundicias.
Cerca
de los rieles el muchacho se detuvo.
—Aquí
es —dijo, señalando un pasaje sombrío—. La tercera puerta. Yo me voy porque
tengo que repartir todo esto por la avenida Arenales.
Ramón
dejó partir al muchacho y quedó un momento indeciso. Algunos chicos se
divertían tirando piedras en la acequia. Un hombre salió, silbando, del pasaje
y echó en sus aguas el contenido dudoso de una bacinica.
Ramón
penetró hasta la tercera puerta y la golpeó varias veces con los puños.
Mientras esperaba, recordó las recomendaciones de su jefe: nada de amenazas,
cortesía señorial, espíritu de conciliación, confianza contagiosa. Todo esto
para no intimidar al deudor, regresar con la dirección exacta y poder iniciar
el juicio y el embargo.
La
puerta no se abrió pero, en cambio, una ventana de madera, pequeña como el
marco de un retrato, dejó al descubierto un rostro de mujer. Ramón,
desprevenido, se vio tan súbitamente frente a esta aparición, que apenas tuvo
tiempo de ocultar el expediente a sus espaldas.
—¿Qué
cosa quiere? ¿Qué hay? —preguntaba insistentemente la mujer.
Ramón
no desprendió los ojos de aquel rostro. Algo lo fascinaba en él. Quizá el hecho
de estar enmarcado en la ventanilla, como si se tratara de la cabeza de una
guillotina.
—¿Qué
quiere usted? —proseguía la mujer—. ¿A quién busca?
Ramón
titubeó. Los ojos de la mujer no lo abandonaban. Estaba tan cerca de los suyos
que Ramón, por primera vez, se vio introducido en el mundo secreto de una
persona extraña, contra su voluntad, como si por negligencia hubiera abierto
una carta dirigida a otra persona.
—¡Mi
marido no está! —insistía la mujer—. Se ha ido de viaje, regrese otro día, se
lo ruego…
Los
ojos seguían clavados en los ojos. Ramón seguía explorando ese mundo
inespacial, presa de una súbita curiosidad pero no como quien contempla los
objetos que están detrás de una vidriera sino como quien trata de reconstruir
la leyenda que se oculta detrás de una fecha. Solamente cuando la mujer
continuó sus protestas, con voz cada vez más desfalleciente, Ramón se dio
cuenta que ese mundo estaba desierto, que no guardaba otra cosa que una
duración dolorosa, una historia marcada por el terror.
—Soy
vendedor de radios —dijo rápidamente—. ¿No quiere comprar uno? Los dejamos muy
baratos, a plazos.
—¡No,
no, radios no, ya tenemos, nada de radios! —suspiró la mujer y, casi asfixiada,
tiró violentamente el postigo.
Ramón quedó un momento delante de la puerta. Sentía un insoportable dolor de cabeza. Colocando su expediente bajo el brazo, abandonó el pasaje y se echó a caminar por Lince, buscando un taxi. Cuando llegó a una esquina, cogió el cartapacio, lo contempló un momento y debajo del nombre de Fausto López escribió: “Dirección equivocada”. Al hacerlo, sin embargo, tuvo la sospecha de que no procedía así por justicia, ni siquiera por esa virtud sospechosa que se llama caridad, sino simplemente porque aquella mujer era un poco bonita.
Fuente: Ciudad Seva
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