Selva Almada
A
continuación, te presento un relato breve de Selva Almada: Todo alrededor. En este cuento narra un día en la vida de Rita, una
mujer de campo que visita a su esposo, Vicente, internado por una grave
enfermedad. Mientras conduce hacia el hospital, recuerda su infancia, el amor
que los unió, la pérdida repetida de sus embarazos y los cambios que sufrió el
campo y su propia vida. A través de estos recuerdos y de la descripción del
paisaje, el relato muestra el desgaste del tiempo, la soledad y el dolor
silencioso que acompañan a la protagonista. El significado del cuento radica en cómo refleja la fragilidad de la vida y la imposibilidad de controlar
el destino: así como la tierra cambia y deja de dar los frutos de antes, Rita y
Vicente también enfrentan pérdidas irreparables. El paisaje que los rodea
funciona como un espejo de sus emociones, mostrando que todo alrededor continúa
su curso, mientras ellos aprenden a convivir con la ausencia, la enfermedad y la
esperanza que poco a poco se desvanece.
Selva Almada es una escritora argentina considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina, su obra ha sido comparada con la de William Faulkner, Juan Carlos Onetti, Carson McCullers y Flannery O’Connor.
Todo alrededor
Relato breve de Selva Almada
Las
nubes se amontonaban sucias, pesadas como la panza de un animal cebado. Eran
las once de la mañana y tal vez lloviera en un rato o no. Este verano seco el
tiempo se armaba y se desarmaba a cada rato. La promesa de alivio duraba poco.
La
luz era especial: deslumbrante y aterradora. Rita dio un paso atrás, alejándose
de la mesada donde recién tomaba un vaso de agua de la canilla. Con el vaso
todavía en la mano miró afuera. El marco de la ventana recortaba ese pedazo de
campo como si fuera un cuadro.
En
la distancia vio, débil, su reflejo en el vidrio. Le pareció que unas mechas se
habían salido del rodete y levantó una mano para acomodarse. No se lo mostraba
el reflejo pero sabía que también necesitaba retocarse la tintura. Las raíces
blancas formaban una especie de corona, un halo alrededor de su frente. Sintió
calor. Un sofocón que la obligó a abrirse la camisa de un tirón. Como el fuego
que traía el viento norte, algo así pero que venía desde adentro. Aunque estaba
sola enseguida cerró la prenda con una mano, cubriéndose.
Esa
ventana estaba cerrada porque era la única sin mosquitero. Los vecinos tenían
criadero de pollos y sobre todo los días pesados como este las moscas eran un
infierno. A Vicente se le había ocurrido renovar todos los mosquiteros de la
casa y esta ventana le había quedado sin terminar. Estaba en el hospital desde
hacía unas semanas.
La camioneta daba barquinazos sobre el camino reseco. Las ventanillas abiertas. La radio encendida. Rita agarrando el volante con las dos manos. Manejaba desde los doce años. Le había enseñado el abuelo para que lo llevara al pueblo y lo trajera cuando se entretenía de más en el boliche. Le gustaba tomar y a ella no le molestaba. No era un cargoso. Solamente un hombre que empinaba el codo hasta que la cabeza se le doblaba sobre el pecho y se quedaba dormido. Siempre había uno o dos hombres un poco menos borrachos que la ayudaban a cargarlo hasta el vehículo. A veces, en vez de ir directo a la casa, manejaba hasta el arroyo y lo dejaba dormir allí un rato, con toda la camioneta abierta, el aire fresco y el olor a agua entrando, acunando el sueño del viejo. Ella daba vueltas por ahí, buscaba piedras, unas en particular que abundaban en el lecho de los arroyos de la zona: tenían forma de rosa y se decía que eran de la prehistoria. Fragmentos de la caparazón de tortugas gigantes o estampas de un crustáceo antiguo.
A
los costados el campo, el verde áspero de la soja. Pronto comenzará la cosecha.
A
veces recuerda el incendio del sorgo maduro. El lino florecido, azul como si el
cielo se hubiera derramado sobre la tierra. La alfalfa. Los girasoles. El suelo
dividido en parcelas coloridas. Ahora todo verde. El mismo verde desde hace
años.
A
su abuelo lo hubiera entristecido. Tampoco vería con buenos ojos que ella, su
única heredera, arrendara la mayor parte de los campos en vez de trabajarlos
con sus manos. Otros tiempos le habían tocado.
Los neumáticos mordieron el asfalto. Por fin quedó atrás el camino roto por las huellas secas de los tractores. Era mediodía y el calor dibujaba espejismos allá adelante. La ruta brillosa como si estuviera hecha de agua: angosta y sinuosa como los arroyitos que recorría de niña.
En
la banquina había un viejo camión estacionado y una pila de sandías. Unos
carteles escritos a mano y clavados al borde de la ruta anunciaban la
mercadería: sandia 20 peso. Un hombre y una mujer estaban sentados al lado del
camión, en unas sillas de playa. Niños en short, en cuero y descalzos se
revolcaban con unos perros un poco más lejos.
Aminoró
la velocidad y se quedó mirando a los chicos: los torsos marrones por el azote
del sol, se reían a carcajadas, despreocupados, dichosos. Cuánto hacía que no
escuchaba una risa así.
Cuando
regresara, si todavía están, les compará dos o tres sandías. Ella no come y
está sola en la casa, pero ya se las dará a un vecino o a las gallinas.
Estacionó bajo los eucaliptos. Apagó el motor y se recostó en el asiento. No le gustaba venir al hospital. Después de tanto tiempo debería estar acostumbrada pero no.
Adelante
asomaba el edificio entre otros árboles. Los eucaliptos rodeaban el predio,
pero ya ingresando había algunos álamos, robles y lapachos. Allí había nacido
ella hacía casi medio siglo. La primera bocanada de aire que había
entrado en su cuerpo, había sido entre esas paredes viejas, revestidas de
azulejos blancos, saturada de olor a lavandina. Bajo ese techo habían muerto
sus padres. Su abuelo no; él murió en la casa. Vicente no había nacido aquí;
sus padres se habían instalado en el pueblo con él de dos o tres años. Los
hijos, de haberlos tenido, habrían nacido aquí. Desde hacía cinco años Vicente
entraba y salía del hospital periódicamente.
Se
habían conocido cuando ella tenía quince. En el campo. Toda la vida de Rita
había transcurrido en el campo: las cosas fundamentales, las pequeñas, las que
se olvidan rápido, las que permanecen. Recuerda la primera vez que lo vio como
si fuera ayer. Había un grupo de hombres fumigando los sembrados cercanos a la
casa. En esa época se hacía manualmente. Una decena de cuerpos blancos, con
sombreros de paja, un tanque en la espalda, empuñando unos caños largos de los
que salía el rocío venenoso. Parecían flotar entre el sembrado que apenas
empezaba a crecer. Como astronautas o seres de otro planeta. ¿Cómo se fijó en
él si con el traje blanco y el sombrero y el tanque era igual al resto? Quizá
porque era más menudo. O porque se movía más rápido. Pero algo en esa figura
parecida a las otras le llamó la atención.
Después
averiguó y supo que el hijo de Fontana había dejado los estudios de agronomía y
se había vuelto a trabajar con el padre. Ella ya sabía cómo se llamaba el hijo
de Fontana, se habían cruzado en el pueblo varias veces, en la misa o en
algunas fiestas los días patrios.
A
los quince Rita había echado cuerpo. Había dejado el colegio porque la aburría
el estudio. Como sus padres ya estaban muertos, el abuelo la dejaba hacer. Le
estaba enseñando a administrar los campos. Eso sí le gustaba a Rita: los
números, las fechas de siembra y cosecha, los porcentajes, hablar de toneladas,
de silos, de cargas.
En el pasillo se cruzó con Adela, una de las mucamas. Iba empujando un carrito de bandejas con restos de comida. Se saludaron con un beso. Adela le dijo que Vicente ya había comido. Rita inventó una disculpa: algo la había retrasado y no había llegado a tiempo para ayudarlo a comer.
La
verdad era que no le gustaba verlo en esos momentos. Darle la papilla en la
boca como si fuera un bebé. Que se atragantara y tosiera y devolviera la
comida. A veces se retrasaba a propósito y sabía que Adela y las enfermeras se
daban cuenta.
El
noviazgo no había durado mucho. Rita quedó embarazada y no es que los obligaran
a casarse, si no que quisieron hacerlo. Estaban enamorados. En unos años
Vicente tomaría las riendas de la pequeña empresa de su padre. El negocio de
los agroquímicos estaba creciendo. Rita heredaría los campos del abuelo. Todo
auguraba que sería una pareja de esas que los demás miran con envidia. Sin
embargo el embarazo no prosperó. Unas semanas después de la fiesta de
casamiento, Rita tuvo un sangrado. Era algo bastante común, había dicho el
médico. No había de qué preocuparse.
La cara de Vicente, pálida y huesuda, casi una con la almohada, se iluminó cuando la vio asomarse en el vano de la puerta. Levantó apenas un brazo lleno de tubos, azul por los pinchazos y movió los dedos, saludándola. Tenía puesta la mascarilla de oxígeno. Rita imaginó su sonrisa debajo del plástico y sonrió también, intentando parecer despreocupada.
A
cada confirmación de embarazo, le sobrevino el sangrado, la desilusión. Pasó
bastante tiempo hasta que empezaron el peregrinaje por médicos, estudios,
drogas, el sexo recetado con horarios y temperaturas. Pero la medicina tampoco
trajo alivio, al contrario. Era insoportable la tristeza en la que caían los
dos cada vez que fracasaban. Alguna vez también fue la fila interminable en lo
de un cura sanador. Otra, un viaje a la otra punta del mapa donde una virgen
concedía cosas imposibles.
Finalmente
desistieron. No tendrían hijos.
El
cuerpo de los dos era un terreno devastado donde no crecía nada.
Vicente se quitó la mascarilla. Ahora sí Rita vio la sonrisa antes imaginada o sabida de memoria. Hablaron un poco del campo, de algunas cosas de trabajo. Él hablaba despacio, administrando el poco aire que podía entrar a sus pulmones. Rita se sentó en el borde de la cama y se inclinó sobre su marido para escucharlo mejor. Pudo escuchar, o le pareció escuchar, el pecho de él rugiendo como una máquina recalentada.
Cuando
abandonó la habitación Vicente dormía. Se había despejado y el sol pegaba
fuerte. De nuevo no iba a llover. Las chicharras zarandeaban el silencio de la
siesta. Rita había dejado las ventanillas de la camioneta abiertas y cuando
entró vio coquitos de eucalipto esparcidos sobre el asiento. Eran diminutos
conos de madera. Cuando era niña los ensartaba en un hilo y fabricaba collares
y pulseras. Se llevó uno a la nariz. Aun ese fragmento pequeño olía al árbol de
donde venía.
Fuente: Granta
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