miércoles, 29 de julio de 2026

El misterio del cuento inédito que Cortázar ocultó durante décadas

Cuento inédito de Cortázar 

Estación de la mano de Cortázar

A continuación, te presento un cuento inédito de Cortázar. «Estación de la mano» es un relato temprano de Julio Cortázar —firmado inicialmente bajo el seudónimo de Julio Denis—. Publicado originalmente en 1945 en la revista Égloga y revisado más tarde en 1967 para La vuelta al día en ochenta mundos.

Cortázar escribió este cuento para incluirlo en La otra orilla, su primer libro de relatos, pero las editoriales de los años 40 lo rechazaron por su estilo disruptivo. Aunque el texto apareció de forma aislada en una revista local de tiraje muy limitado, el proyecto del libro original quedó guardado en un cajón. Décadas después, al rescatar el relato en 1967, el autor le hizo más de 70 modificaciones; por esta razón, la versión original de los años 40 se mantuvo como un secreto desconocido para la crítica.

Este relato para adultos de Julio Cortázar es un relato extraño y fascinante sobre la soledad, la imaginación y el encuentro con aquello que escapa a toda explicación. Una mano misteriosa comienza a visitar cada tarde la casa de un hombre solitario, entrando poco a poco en su mundo y estableciendo con él una relación tan insólita como íntima. Entre libros, flores, palomas y silencios, ambos construyen una convivencia basada en la libertad y el respeto por el misterio. Pero cuando la necesidad de comprender y controlar lo inexplicable se cruza en su camino, esa armonía comienza a ponerse en peligro. Un cuento lleno de simbolismo que nos invita a preguntarnos si todo aquello que amamos necesita ser comprendido para poder ser real.

Este cuento de Julio Cortázar puedes escucharlo en Youtube y Spotify.  

 

Estación de la mano

Julio Cortázar 

La dejaba entrar por la tarde, abriéndole un poco la hoja de mi ventana que da al jardín, y la mano descendía ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo apoyándose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distraídos, hasta venir a quedar inmóvil sobre el piano, o en el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino.

Amaba yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y de hoja seca. ¿Sabía ella algo de mí? Sin titubear llegaba a la ventana por las tardes, a veces de prisa —con su pequeña sombra que de pronto se proyectaba sobre los papeles— y como urgiendo que le abriese; y otras lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de escalarla, había calado un camino profundo. Las palomas de la casa la conocían bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un arrullar ansioso y sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuecándose para contener los pechos de tiza de los más jóvenes, la pluma áspera de los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca; cuántas veces la encontré al borde de un vaso de cristal, con los dedos levemente mojados en el agua que se complacía y danzaba. Nunca la toqué; comprendía que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de un acaecer misterioso. Y muchos días anduvo la mano por mis cosas, abrió libros y cuadernos, puso su índice —con el cual sin duda leía— sobre mis más bellos poemas y los fue aprobando uno a uno.

El tiempo transcurría. Los sucesos exteriores a los cuales debía mi vida someterse con dolor, principiaron a ondular como curvas que sólo de sesgo me alcanzaban. Descuidé mi aritmética, vi cubrirse de musgo mi más prolijo traje; apenas salía ahora de mi cuarto, a la espera cadenciosa de la mano, atisbando con ansiedad el primer —y más lejano y hundido— roce en la hiedra. 

Le puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre sólo para pensarse. Incité su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces creí que se adornaría con las joyas, pero ella las estudiaba dando vueltas en torno sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y aunque un día llegó a ponerse un anillo de amatista fue sólo por un instante y lo abandonó como si le quemara. Yo me apresuré a esconder las joyas en su ausencia y desde entonces me pareció que estaba más complacida.

Así declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de luces violentas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro ámbito. Todas las tardes volvía la mano, mojada con frecuencia por las lluvias otoñales, y la veía ponerse de espaldas sobre la alfombra, secarse prolijamente uno dedo con otro, a veces con menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de frío su sombra se teñía de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se acurrucaba y apenas bullía, salvo para recibir, displicente, un álbum con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y retorcer. Era incapaz, lo advertí pronto, de estarse largo rato quieta. Un día encontró una artesa de arcilla y se precipitó sobre la novedad; horas y horas modeló la arcilla mientras yo, de espaldas, fingía no preocuparme por su tarea. Naturalmente, modeló una mano. La dejé secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me agradaba. Pero era un error: como a todo artista, a Dg terminó por molestarle la contemplación de esa otra mano rígida y algo convulsa. Al retirarla de la habitación, ella fingió por pudor no haberlo advertido.

Mi interés se tornó bien pronto analítico. Cansado de maravillarme, quise saber; he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura. Surgían las preguntas acerca de mi huésped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama? Imaginé “tests”, tendí lazos, apronté experimentos. Había advertido que la mano, aunque capaz de leer, jamás escribía. Una tarde abrí la ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando entró Dg me marché para dejarla libre de toda timidez. Por la cerradura vi que hacía sus paseos habituales y luego, vacilante, iba hasta el escritorio y tomaba el lapicero. Oí el arañar de la pluma, y después de un tiempo ansioso entré en el cuarto. Sobre el papel, en diagonal y con letra perfilada, Dg había escrito: “Esta resolución anula todas las anteriores hasta nueva orden”. Jamás pude lograr que volviese a escribir.

Transcurrido el periodo de análisis, comencé a querer de veras a Dg. Amaba su manera de mirar las flores de los búcaros, su rotación acompasada en torno a una rosa, aproximando la yema de los dedos hasta rozar los pétalos, y ese modo de ahuecarse para envolver una flor, sin tocarla, acaso su manera de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las páginas de un libro recién comprado, observé que Dg parecía secretamente deseosa de imitarme. Salí entonces a buscar más libros, y pensé que tal vez le agradaría formar su propia biblioteca. Encontré curiosas obras que parecían escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquirí también un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra —su lugar predilecto— Dg lo observó con su cautela acostumbrada. 

Parecía temerosa del puñal, y recién días después se decidió a tocarlo. Yo seguía cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que sólo al alba se marchaba, llevándose las sombras?) principió ella a abrir sus libros y separar las páginas. Pronto se desempeñó con una destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas con gracia centelleante. Terminada la tarea colocaba el cortapapel sobre una repisa —donde había acumulado objetos de su preferencia: lanas, dibujos, fósforos usados, un reloj pulsera, montoncitos de ceniza— y descendía para acostarse de bruces en la alfombra y principiar la lectura. Leía a gran velocidad, rozando las palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la página y parecía como dormida. Noté que mi selección de libros había sido acertada; volvía una y otra vez a ciertas páginas (“Etude de Mains” de Gautier; un lejano poema mío que comienza: “Poder tomar tus manos...”; “le Gant de Crin” de Reverdy) y colocaba hebras de lana para recordarlas. Antes de irse, cuando yo dormía ya en mi diván, encerraba sus volúmenes en un pequeño mueble que a tal propósito le destiné; y nunca hubo nada en desorden al despertar

De esta manera sin razones —plenamente basada en la simplicidad del misterio— convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagación superada, toda sorpresa abolida, ¡qué acaecer total de perfección nos contenía! Nuestra vida, así, era una alabanza sin destino, canto puro y jamás presupuesto. Por mi ventana entraba Dg y con ella el ingreso de lo absolutamente mío, rescatado al fin de la limitación de los parientes y las obligaciones, recíproco en mi voluntad de complacer a aquella que de tal forma me liberaba. Y vivimos así, por un tiempo que no podría contar, hasta que la sanción de lo real vino a incidir en mi flaqueza, ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus cárceles pintadas. Una noche soñé: Dg se había enamorado de mis manos —la izquierda, sin duda, pues ella era diestra— y aprovechaba mi sueño para raptar a la amada cortándola de mi muñeca con el puñal. Me desperté aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar una arma en poder de aquella mano. Busqué a Dg, aún batido por las turbias aguas de la visión; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parecía atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levanté y fui a guardar el puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero después me arrepentí y se lo traje, haciéndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y tenía los dedos entreabiertos en una misteriosa sonrisa de tristeza.

Yo sé que no volverá más. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. ¡Yo sé que no volverá más! ¿Por qué reprochármelo, palomas, clamando allá arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qué afanarse así, rosa de Flandes, si ella no te incluirá ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.

Fuente: Biblioteca ignoria

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo El carrito de César Aira, otro escritor argentino considerado uno de los más destacados y prolíferos escritores latinoamericanos y de la Argentina. 

  

sábado, 25 de julio de 2026

El carrito de César Aira

 

César Aira

A continuación, te presento El carrito de César Aira considerado uno de los más destacados y prolíferos escritores latinoamericanos y de la Argentina. En este relato para adultos, un hombre cree descubrir un fenómeno prodigioso en la rutina de un supermercado: un carrito que se mueve solo, con una voluntad lenta y constante que pasa desapercibida para todos los demás. Lo que comienza como una observación curiosa se convierte en una profunda identificación personal, donde el protagonista proyecta sus propios sentimientos de soledad y su búsqueda de sentido en este objeto inanimado. 

El significado del cuento explora cómo la atención y la imaginación humana pueden transformar lo más vulgar en algo sagrado, pero también nos advierte sobre el peligro de idealizar lo desconocido; es una reflexión sobre la delgada línea que separa la sensibilidad poética de la alienación, sugiriendo que aquello que creemos que nos "entiende" o se parece a nosotros puede guardar una naturaleza completamente distinta a la que soñamos.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify

 

El carrito

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. En nada se lo habría podido distinguir entre los doscientos carritos del supermercado, que era enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El establecimiento era tan grande y laberíntico que ese olvido no habría tenido nada de raro. Si al encontrarlo lo veían avanzar, y si notaban el avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos. Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconsciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más.

Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras,

de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas? Y aun así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con

él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración.

Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

Fuente: Eterna cadencia 

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martes, 21 de julio de 2026

5 poemas de Margaret Atwood

 

Margaret Atwood

A continuación, te presento cinco poemas de Margaret Atwood. Estos poemas pertenecen al poemario Sinceramente, la edición en español de Dearly (2020). En esta colección, Atwood reúne poemas escritos desde una perspectiva madura e íntima, donde reflexiona sobre el envejecimiento, la pérdida, el amor, la muerte y la crisis medioambiental. Con un lenguaje claro y lleno de imágenes simbólicas, la autora invita al lector a contemplar la fragilidad de la vida y la importancia de preservar tanto los vínculos humanos como el mundo natural.

Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) es una de las escritoras más importantes de la literatura contemporánea. Aunque es conocida internacionalmente por novelas como El cuento de la criada, su trayectoria abarca también la poesía, el ensayo y el relato breve. A lo largo de más de seis décadas de carrera ha explorado temas como la condición humana, el feminismo, el poder, la memoria, el paso del tiempo y la relación entre las personas y la naturaleza.

Estos poemas puedes escucharlos en Carla Narraciones (YouTube y Spotify)


Poemas de Margaret Atwood


La Mujer de Hojalata recibe un masaje

Sobre la sábana de franela

en la postura de un hombre haciendo el muerto,

boca abajo. Las manos descienden,

ignoran la piel,

el xilófono de la columna,

esquivan los bultos y los lóbulos,

se dirigen al tejido profundo,

 

van a las pequeñas bisagras

que crujen como pequeñas ranas;

tañen las cuerdas de tripa

de los tensos tendones magullados.

 

Qué oxidada estoy,

qué cerrada, qué bloqueada.

Como una lata vieja de judías cocidas,

la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.

El movimiento implica dolor.

Qué corroída.

 

¿Quién se quejaba

de no tener cerebro?

Algún espantapájaros de tela.

 

A mí, es el corazón:

ésa es la parte que me falta.

Antes deseaba uno:

un delicado cojín de seda roja

colgando de una cinta de sangre,

perfecto para clavar alfileres.

Pero he cambiado de opinión.

Los corazones duelen.

 

***

 

Traición

 

Cuando te topas con tu amante y tu amiga

desnudos en tu cama

hay cosas que podrían decirse.

 

Adiós no es una de ellas.

Nunca cierres esa puerta torpemente abierta,

se quedarán encerrados en esa habitación para siempre.

 

Pero ¿tenían que estar tan desnudos?

¿Tan poca clase?

¿Revolcándose como en un charco primaveral?

 

Las piernas demasiado largas, las cinturas demasiado gruesas,

las lorzas por aquí y por allá,

los mechones de pelo…

 

Sí, fue una traición,

pero no a ti.

Sólo a la idea que tenías

 

de ellos, con luz suave y mística,

con la nieve cayendo lentamente

y un atardecer malva de diciembre;

 

no ese destello torpe,

esa carne desparramada,

atrapada en el brillo de tu mirada.

 

***

 

Pluma

 

Las plumas cayeron a puñados.

Por el mero viento, la decoloración del sol, la guerra de

lechuzas,

algún asesino con una escopeta,

 

¿quién sabe?

Pero las encontré aquí en el césped:

piel desgarrada no sé de quién;

 

caligrafía de alas destrozadas,

restos de un dios que se derritió

demasiado cerca de la luna.

 

Una vez voló alto,

como todos lo hicimos.

Toda vida es un fracaso

 

en el último momento,

la hora de la sangre seca.

Pero nada, queremos creer,

 

se desperdicia, así que tomé una pluma de la matanza,

afilé y partí el cálamo,

busqué tinta,

 

y dibujé este poema

contigo, pájaro muerto.

Con tu vuelo agotado,

 

con tu pánico desvaneciéndose,

con tu mirada cayendo en espiral,

con tu noche.

 

***

 

¡Oh, niños!

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin pájaros?

¿Habrá grillos donde estéis?

¿Habrá margaritas?

Almejas, por lo menos.

Tal vez ni almejas.

 

Sabemos que habrá olas.

Éstas no necesitan mucha vida.

Una brisa, una tormenta, un ciclón.

Mareas, también. Piedras.

Las piedras son un consuelo.

 

Habrá puestas de sol, mientras haya polvo.

Habrá polvo.

 

¡Oh niños!, ¿creceréis en un mundo sin canciones?

¿Sin pinos, sin musgo?

 

¿Pasaréis la vida en una cueva,

una cueva sellada con una línea de oxígeno,

hasta que haya un corte de luz?

¿Se os quedarán los ojos en blanco como los ojos de clara de huevo

de los peces sin sol?

Allí dentro, ¿qué desearéis?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin hielo?

¿Sin ratones, sin líquenes?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis?

 

***

 

Dentro

 

Desde fuera vemos un marchitamiento,

pero por dentro, como lo sienten

el corazón y el aliento y la piel interior, qué diferente,

qué vasto qué sereno qué parte de todo

qué oscuridad estrellada. Último aliento. Divino

tal vez. Tal vez alivio. Los amantes atrapados

y lacrados dentro de una caverna,

las voces alzadas en un último dueto flotante,

hasta que la pequeña luz de cera

se apaga. En fin, de todos modos

yo te sostuve la mano y tal vez

tú sostuviste la mía

mientras la piedra o el universo se cerraban

a tu alrededor.

Aunque no del mío. Yo sigo estando fuera.

 

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miércoles, 15 de julio de 2026

Puñaladas Morales de Carmen de Burgos

 

Carmen de Burgos

A continuación, te presento Puñaladas Morales de Carmen de Burgos. El cuento presenta a doña Cipriana, una viuda de edad avanzada que, después de una vida tranquila y llena de responsabilidades domésticas, descubre sentimientos que nunca había experimentado plenamente. La aparición de un joven cercano a ella despierta nuevas ilusiones y esperanzas, llevando a la protagonista a enfrentarse con sus emociones y con la forma en que la sociedad juzga el amor y la vejez.

 Este cuento para adultos critica la crueldad de jugar con los sentimientos de las personas, especialmente de quienes se encuentran en una situación de soledad o vulnerabilidad. Carmen de Burgos muestra que el daño emocional puede ser tan profundo como una herida física y denuncia los prejuicios sociales hacia las mujeres mayores, a quienes muchas veces se les niega el derecho a amar o ilusionarse. La obra invita a reflexionar sobre la importancia de la empatía, el respeto y la responsabilidad afectiva en las relaciones humanas.

Este cuento de Carmen de Burgos puedes escucharlo en YouTube y Spotify


Puñaladas Morales

Carmen de Burgos

Era doña Cipriana un tipo original: alta, huesuda, con la piel amarillenta y arrugada y el cabello encanecido. Los mechones blancos que orlaban su frente no eran esas coronas cantadas por los poetas, símbolos de ilusiones desaparecidas que animaron un corazón juvenil; representaban más bien una prematura decrepitud; una naturaleza ajada por el tiempo y la monotonía de la vida. Sus ojos llamaban la atención por la viveza de la mirada, á pesar de tener las órbitas hundidas y caídos los párpados, relampagueaba en ellos un rayo de vida, una luz extraña, algo que parecía indicar la llama del amor, viviendo todavía en aquella mujer de sesenta años. Casada con un honrado comerciante, su existencia se deslizó como la de tantas otras mujeres para las que la vida se reduce á las indispensables ocupaciones caseras y que sólo ven en el marido la llave de la despensa, y que no tienen más relaciones con el mundo que el chismorreo continuo del vecindario. La naturaleza le había negado el goce de la maternidad, y á la muerte de su esposo se encontró doña Cipriana con una fortuna regular y un corazón que jamás había latido á impulsos de la pasión amorosa. Y ocurrió que la pobre mujer, bajo la influencia de la mirada de Antonio, un joven antiguo amigo de la casa, sintió despertarse la vida con toda la ternura y todas las nimiedades encantadoras y delicadas que son propias del amor. Antonio era un joven alto, delgado, de correctas y nobles facciones, y de negros ojos, en los que se veía una mezcla extraña de energía, ternura, movilidad, viveza y melancolía. Más de una romántica señorita suspiraba por el mozo, y alguna dama le perseguía detrás de la per siana con miradas ansiosas

El joven conoció desde el primer instante la influencia que ejercía en el alma de doña Cipriana, y le fingió admirablemente un sentimiento enamorado. ¿Fué crueldad premeditada, vanidad ó complacencia? No lo sabemos; pero su conducta hizo que se albergaran las ilusiones en el corazón de la anciana. Las miradas de Antonio excitaban al amor, como esos nidos que los pájaros cuelgan en los aleros de los tejados, convidan á formar una familia, un hogar donde á los enamorados trinos de los padres, responda el poético gorjeo de los pequeñuelos. La ficción duró poco tiempo; Antonio se cansó de la comedia y doña Cipriana pudo sentir en su pecho todos los dolores del desengaño. Doña Cipriana languideció en algunas semanas; iba consumiendo su existencia como esas lamparillas que dejamos en nuestras alcobas, que lanzan débiles chisporreteos de luz y al fin se hacen parte de la negra sombra. —¡Los años!—decían sus amigos. —¡Los años!—repitió Antonio cuando la vió tendida en lujosa caja entre los cirios amarillos que la alumbraban; pero una voz potente pareció gritarle: —No, los años no; tú, tú fuistes su verdugo; tú, que sembrastes de ilusiones su corazón, riéndote de la vieja, que tenía ilusiones de niña, para clavar después un puñal, como los asesinos que hieren en la sombra. Hay crímenes que el Código no castiga, porque nada ha podido hacerse contra esas misteriosas puñaladas que matan una existencia, que destrozan un alma, que llevan un cerebro á la locura. Ve, muéstrate satisfecho; cuéntale á las mil mujeres que te prodigan sus sonrisas el amor extraño y ridiculo de la vieja; oye los elogios de los amigos, que te califican de cumplido caballero; pero procura no escuchar la voz de tu conciencia, que en lenguaje bien claro, te grita: ¡Asesino!

 

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martes, 7 de julio de 2026

Todo alrededor de Selva Almada

 

Selva Almada

A continuación, te presento un relato breve de Selva Almada: Todo alrededorEn este cuento narra un día en la vida de Rita, una mujer de campo que visita a su esposo, Vicente, internado por una grave enfermedad. Mientras conduce hacia el hospital, recuerda su infancia, el amor que los unió, la pérdida repetida de sus embarazos y los cambios que sufrió el campo y su propia vida. A través de estos recuerdos y de la descripción del paisaje, el relato muestra el desgaste del tiempo, la soledad y el dolor silencioso que acompañan a la protagonista. El significado del cuento radica en cómo refleja la fragilidad de la vida y la imposibilidad de controlar el destino: así como la tierra cambia y deja de dar los frutos de antes, Rita y Vicente también enfrentan pérdidas irreparables. El paisaje que los rodea funciona como un espejo de sus emociones, mostrando que todo alrededor continúa su curso, mientras ellos aprenden a convivir con la ausencia, la enfermedad y la esperanza que poco a poco se desvanece. Este cuento para adultos puedes en YouTube y Spotify

 

Selva Almada es una escritora argentina considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina, su obra ha sido comparada con la de William Faulkner, Juan Carlos Onetti, Carson McCullers y Flannery OConnor. 


Todo alrededor

Relato breve de Selva Almada

Las nubes se amontonaban sucias, pesadas como la panza de un animal cebado. Eran las once de la mañana y tal vez lloviera en un rato o no. Este verano seco el tiempo se armaba y se desarmaba a cada rato. La promesa de alivio duraba poco.

La luz era especial: deslumbrante y aterradora. Rita dio un paso atrás, alejándose de la mesada donde recién tomaba un vaso de agua de la canilla. Con el vaso todavía en la mano miró afuera. El marco de la ventana recortaba ese pedazo de campo como si fuera un cuadro.

En la distancia vio, débil, su reflejo en el vidrio. Le pareció que unas mechas se habían salido del rodete y levantó una mano para acomodarse. No se lo mostraba el reflejo pero sabía que también necesitaba retocarse la tintura. Las raíces blancas formaban una especie de corona, un halo alrededor de su frente. Sintió calor. Un sofocón que la obligó a abrirse la camisa de un tirón. Como el fuego que traía el viento norte, algo así pero que venía desde adentro. Aunque estaba sola enseguida cerró la prenda con una mano, cubriéndose.

Esa ventana estaba cerrada porque era la única sin mosquitero. Los vecinos tenían criadero de pollos y sobre todo los días pesados como este las moscas eran un infierno. A Vicente se le había ocurrido renovar todos los mosquiteros de la casa y esta ventana le había quedado sin terminar. Estaba en el hospital desde hacía unas semanas.

La camioneta daba barquinazos sobre el camino reseco. Las ventanillas abiertas. La radio encendida. Rita agarrando el volante con las dos manos. Manejaba desde los doce años. Le había enseñado el abuelo para que lo llevara al pueblo y lo trajera cuando se entretenía de más en el boliche. Le gustaba tomar y a ella no le molestaba. No era un cargoso. Solamente un hombre que empinaba el codo hasta que la cabeza se le doblaba sobre el pecho y se quedaba dormido. Siempre había uno o dos hombres un poco menos borrachos que la ayudaban a cargarlo hasta el vehículo. A veces, en vez de ir directo a la casa, manejaba hasta el arroyo y lo dejaba dormir allí un rato, con toda la camioneta abierta, el aire fresco y el olor a agua entrando, acunando el sueño del viejo. Ella daba vueltas por ahí, buscaba piedras, unas en particular que abundaban en el lecho de los arroyos de la zona: tenían forma de rosa y se decía que eran de la prehistoria. Fragmentos de la caparazón de tortugas gigantes o estampas de un crustáceo antiguo.

A los costados el campo, el verde áspero de la soja. Pronto comenzará la cosecha.

A veces recuerda el incendio del sorgo maduro. El lino florecido, azul como si el cielo se hubiera derramado sobre la tierra. La alfalfa. Los girasoles. El suelo dividido en parcelas coloridas. Ahora todo verde. El mismo verde desde hace años.

A su abuelo lo hubiera entristecido. Tampoco vería con buenos ojos que ella, su única heredera, arrendara la mayor parte de los campos en vez de trabajarlos con sus manos. Otros tiempos le habían tocado.

Los neumáticos mordieron el asfalto. Por fin quedó atrás el camino roto por las huellas secas de los tractores. Era mediodía y el calor dibujaba espejismos allá adelante. La ruta brillosa como si estuviera hecha de agua: angosta y sinuosa como los arroyitos que recorría de niña.

En la banquina había un viejo camión estacionado y una pila de sandías. Unos carteles escritos a mano y clavados al borde de la ruta anunciaban la mercadería: sandia 20 peso. Un hombre y una mujer estaban sentados al lado del camión, en unas sillas de playa. Niños en short, en cuero y descalzos se revolcaban con unos perros un poco más lejos.

Aminoró la velocidad y se quedó mirando a los chicos: los torsos marrones por el azote del sol, se reían a carcajadas, despreocupados, dichosos. Cuánto hacía que no escuchaba una risa así.

Cuando regresara, si todavía están, les compará dos o tres sandías. Ella no come y está sola en la casa, pero ya se las dará a un vecino o a las gallinas.

Estacionó bajo los eucaliptos. Apagó el motor y se recostó en el asiento. No le gustaba venir al hospital. Después de tanto tiempo debería estar acostumbrada pero no.

Adelante asomaba el edificio entre otros árboles. Los eucaliptos rodeaban el predio, pero ya ingresando había algunos álamos, robles y lapachos. Allí había nacido ella hacía casi medio siglo.  La primera bocanada de aire que había entrado en su cuerpo, había sido entre esas paredes viejas, revestidas de azulejos blancos, saturada de olor a lavandina. Bajo ese techo habían muerto sus padres. Su abuelo no; él murió en la casa. Vicente no había nacido aquí; sus padres se habían instalado en el pueblo con él de dos o tres años. Los hijos, de haberlos tenido, habrían nacido aquí. Desde hacía cinco años Vicente entraba y salía del hospital periódicamente.

Se habían conocido cuando ella tenía quince. En el campo. Toda la vida de Rita había transcurrido en el campo: las cosas fundamentales, las pequeñas, las que se olvidan rápido, las que permanecen. Recuerda la primera vez que lo vio como si fuera ayer. Había un grupo de hombres fumigando los sembrados cercanos a la casa. En esa época se hacía manualmente. Una decena de cuerpos blancos, con sombreros de paja, un tanque en la espalda, empuñando unos caños largos de los que salía el rocío venenoso. Parecían flotar entre el sembrado que apenas empezaba a crecer. Como astronautas o seres de otro planeta. ¿Cómo se fijó en él si con el traje blanco y el sombrero y el tanque era igual al resto? Quizá porque era más menudo. O porque se movía más rápido. Pero algo en esa figura parecida a las otras le llamó la atención.

Después averiguó y supo que el hijo de Fontana había dejado los estudios de agronomía y se había vuelto a trabajar con el padre. Ella ya sabía cómo se llamaba el hijo de Fontana, se habían cruzado en el pueblo varias veces, en la misa o en algunas fiestas los días patrios.

A los quince Rita había echado cuerpo. Había dejado el colegio porque la aburría el estudio. Como sus padres ya estaban muertos, el abuelo la dejaba hacer. Le estaba enseñando a administrar los campos. Eso sí le gustaba a Rita: los números, las fechas de siembra y cosecha, los porcentajes, hablar de toneladas, de silos, de cargas.

En el pasillo se cruzó con Adela, una de las mucamas. Iba empujando un carrito de bandejas con restos de comida. Se saludaron con un beso. Adela le dijo que Vicente ya había comido. Rita inventó una disculpa: algo la había retrasado y no había llegado a tiempo para ayudarlo a comer.

La verdad era que no le gustaba verlo en esos momentos. Darle la papilla en la boca como si fuera un bebé. Que se atragantara y tosiera y devolviera la comida. A veces se retrasaba a propósito y sabía que Adela y las enfermeras se daban cuenta.

El noviazgo no había durado mucho. Rita quedó embarazada y no es que los obligaran a casarse, si no que quisieron hacerlo. Estaban enamorados. En unos años Vicente tomaría las riendas de la pequeña empresa de su padre. El negocio de los agroquímicos estaba creciendo. Rita heredaría los campos del abuelo. Todo auguraba que sería una pareja de esas que los demás miran con envidia. Sin embargo el embarazo no prosperó. Unas semanas después de la fiesta de casamiento, Rita tuvo un sangrado. Era algo bastante común, había dicho el médico. No había de qué preocuparse.

La cara de Vicente, pálida y huesuda, casi una con la almohada, se iluminó cuando la vio asomarse en el vano de la puerta. Levantó apenas un brazo lleno de tubos, azul por los pinchazos y movió los dedos, saludándola. Tenía puesta la mascarilla de oxígeno. Rita imaginó su sonrisa debajo del plástico y sonrió también, intentando parecer despreocupada.

A cada confirmación de embarazo, le sobrevino el sangrado, la desilusión. Pasó bastante tiempo hasta que empezaron el peregrinaje por médicos, estudios, drogas, el sexo recetado con horarios y temperaturas. Pero la medicina tampoco trajo alivio, al contrario. Era insoportable la tristeza en la que caían los dos cada vez que fracasaban. Alguna vez también fue la fila interminable en lo de un cura sanador. Otra, un viaje a la otra punta del mapa donde una virgen concedía cosas imposibles.

Finalmente desistieron. No tendrían hijos.

El cuerpo de los dos era un terreno devastado donde no crecía nada.

Vicente se quitó la mascarilla. Ahora sí Rita vio la sonrisa antes imaginada o sabida de memoria. Hablaron un poco del campo, de algunas cosas de trabajo. Él hablaba despacio, administrando el poco aire que podía entrar a sus pulmones. Rita se sentó en el borde de la cama y se inclinó sobre su marido para escucharlo mejor. Pudo escuchar, o le pareció escuchar, el pecho de él rugiendo como una máquina recalentada.

Cuando abandonó la habitación Vicente dormía. Se había despejado y el sol pegaba fuerte. De nuevo no iba a llover. Las chicharras zarandeaban el silencio de la siesta. Rita había dejado las ventanillas de la camioneta abiertas y cuando entró vio coquitos de eucalipto esparcidos sobre el asiento. Eran diminutos conos de madera. Cuando era niña los ensartaba en un hilo y fabricaba collares y pulseras. Se llevó uno a la nariz. Aun ese fragmento pequeño olía al árbol de donde venía. 

 Fuente: Granta 

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