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sábado, 8 de agosto de 2026

Uno de los mejores relatos breves de Selva Almada

Selva Almada

En esta ocasión, exploramos "El llamado", uno de los mejores relatos para adultos de la escritora argentina Selva Almada considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina. 

Este relato es uno de los mejores de esta escritora y la historia nos introduce en la mañana cotidiana de Lidia Viel, una mujer que disfruta de la soledad de su hogar hasta que una llamada telefónica rompe la calma: un joven desconocido, desde una remota estación de servicio, le asegura que ella es su madre.

A través de una narrativa precisa y cargada de atmósfera, el cuento nos sumerge en un profundo análisis sobre la identidad y la otredad. Lo que comienza como un error o una confusión de nombres, se transforma en una reflexión sobre los vacíos emocionales y las "vidas posibles" que no fueron. Almada utiliza este encuentro fallido para mostrar cómo un instante puede agrietar nuestra seguridad, dejándonos con la melancólica sensación de que, aunque nuestras respuestas sean lógicas, la desolación del otro siempre nos pertenece un poco.

¿Qué harías si recibieras una llamada que cuestiona todo lo que sabes de tu pasado? Os invito a leer este cuento y escucharlo en Youtube y Spotify.


Cuento de Selva Almada: El llamado

Era una mañana soleada. Aunque ya había comenzado el invierno, la temperatura era agradable, todavía otoñal.

Lidia Viel tomaba un café negro sentada a la mesita de la cocina. Desde allí, por el gran ventanal que daba al jardín, observaba al muchacho que cortaba el césped. Él y su hermano hacían trabajos de jardinería en el barrio. Lidia Viel los llamaba una o dos veces al mes, dependiendo de la estación. En el verano venían hasta tres o cuatro veces en un mes porque también se ocupaban de mantener la pileta. Casi siempre venía este, Juan, y cuando no podía lo reemplazaba el hermano. Lidia lo prefería a Juan. El otro le daba la impresión de estar siempre apurado y algunas veces dejaba cosas a medias.

El chico iba y venía por el jardín empujando la vieja cortadora, pesada y ruidosa. Una vez Lidia le había preguntado si no le gustaría tener uno de esos tractorcitos para cortar el césped. Él había dicho que no, que las máquinas viejas son mejores. No era de mucho hablar.

Esa mañana Lidia no tenía ganas de hacer nada. Si no hubiese sido por los trabajos en el jardín, se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Tenía que corregir unos exámenes de inglés, pero podía hacerlo esa noche en la escuela en una hora libre que tenía entre clase y clase. Era un multiple choice que se corrige rápidamente. Desde que sus hijos se habían ido a estudiar afuera, tenía mucho tiempo libre. Algunas noches, después del trabajo, ella y un par de amigas se iban a un bar a charlar y tomar una cerveza. O se juntaban a comer y jugar a las cartas. Luego de la separación no había vuelto a formar pareja. De vez en cuando salía con algún tipo, pero nada serio.

 El sonido del teléfono la sobresaltó. Antes de atender se sirvió más café y prendió un cigarrillo: si era una de sus amigas, estarían un buen rato hablando. A esa hora no podían ser los chicos que siempre llaman a la noche o los fines de semana cuando la comunicación es más barata. Levantó el brazo para tomar el tubo del aparato adosado a la pared.

–Hola –dijo.

Le respondió la voz desconocida de un hombre joven.

–Lidia Viel ¿se encuentra? –preguntó.

–Sí, ella habla. ¿Quién es?

El muchacho no contestó enseguida. Debía estar llamando desde un teléfono público, pues Lidia escuchó ruido de autos. Sin embargo, no parecía estar en una ciudad sino cerca de una autopista. El sonido de los coches circulando a una gran velocidad se oía nítido.

–Hola –dijo otra vez Lidia, levantando un poco la voz–. Dígame –aunque se notaba que era muchísimo más joven que ella, no quiso tutearlo de buenas a primeras. Quizás era un vendedor y si le daba confianza después sería más difícil sacárselo de encima. Aunque un vendedor no estaría llamando desde un teléfono público.

–Sí–respondió el muchacho aclarándose la garganta–. Estoy acá.

–Bueno, entonces: lo escucho.

El jardinero había apagado la máquina. El ruido de los vehículos, del otro lado de la línea, se escuchaba con más fuerza.

–Le parecerá raro –dijo el joven–. Lidia le dio una última pitada al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero. Con el tubo en la oreja se puso de pie y fue hasta la ventana. El cable del aparato era muy largo y le permitía moverse sin problemas. Juan había dado vuelta la cortadora de césped y parecía estar revisando las cuchillas. Lidia golpeó el vidrio con los nudillos y él alzó la cabeza para mirarla. Con una seña le preguntó si pasaba algo. El chico levantó un pulgar dando a entender que todo estaba en orden. Tal vez la cuchilla se había trabado con una piedra o algo así.

–Hola. ¿Todavía está ahí? –preguntó secamente–. Si no habla, voy a colgar.

–No, por favor –rogó la voz del otro lado–. Discúlpeme, es algo delicado… no sé por dónde empezar.

Lidia sintió un frío en el estómago. Se sentó y prendió otro cigarrillo.

–Hable –dijo bruscamente.

–Yo creo que usted es mi madre –disparó el muchacho sin respirar.

Juan echó a andar otra vez la cortadora alejándose hacia el extremo del jardín. El ruido de la máquina se fue atenuando a medida que se alejaba hasta ser sólo una vibración, un zumbido.

Lidia se quedó medio pasmada. Enseguida sintió un gran alivio. Por un momento pensó que había ocurrido algo con sus hijos, un accidente de tránsito, alguna cosa horrible. Lo que acababa de escuchar le causó gracia y estupor. Creyó que había entendido mal, así que dijo:

–¿Cómo?

El chico no respondió de inmediato, sin embargo todavía estaba ahí; Lidia podía sentir su agitación. Escuchó también las maniobras de un camión, de los grandes, con acoplado. Supuso que la estaba llamando desde una estación de servicio al costado de la ruta. A Lidia siempre le provocaron una profunda desolación esos parajes en el medio de la nada. Los grandes carteles de neón descoloridos y zumbones que permanecen encendidos hasta bien entrada la mañana. Incluso los días soleados esos sitios adolecen de una tristeza quieta, inconmensurable.

–Que creo que usted es mi madre–. El muchacho pronunció cada palabra lentamente, tratando de hacerse oír por sobre el ruido de los motores, cada vez más cercano.

–Lo siento –dijo Lidia Viel–. Pero estás en un error. Sólo tengo dos hijos y siempre han estado conmigo. Lo lamento.

El chico volvió a quedarse callado. Lidia sintió que debía decir algo más, pero la verdad es que no tenía nada más para decir. De todos modos repitió: lo siento.

–Disculpe –dijo él y colgó.

Lidia Viel se quedó unos segundos con el tubo puesto entre el hombro y la cabeza, aunque el otro ya había cortado y no se oía nada más.

 Aquel llamado era la cosa más extraña que le había sucedido. Se quedó un poco descorazonada. Pensó en ese chico que debía tener la edad de su hijo mayor o cuanto mucho un par de años más. Aunque nunca bebía por las mañanas, ahora necesitaba una copa. Todavía le duraba la sensación espantosa de haber creído, por un momento, que la llamaban para avisarle que algo les había ocurrido a sus hijos. Se sirvió un poco de whisky con hielo y volvió a sentarse en el mismo lugar.

En una de esas no debería haberlo dejado cortar así, pobre muchacho. Quizás debería haber mantenido una conversación con él, haberle preguntado de dónde había sacado que ella podía ser su madre. Estaba claro que todo había sido un gran error, que no era ella la Lidia Viel correcta. Así que había otra mujer con su nombre o uno muy parecido. Darse cuenta de esto también le resultó inquietante, pero siguió pensando en la charla telefónica. Tal vez de haber indagado un poco más en la cuestión, podría haberlo ayudado. Aunque no se le ocurría cómo. También podía ser que mostrarse interesada confundiera más al chico: podría pensar que ella sí era su madre y que sólo estaba haciendo preguntas para ganar tiempo.

Por lo menos debería haberle preguntado su nombre. No costaba nada y hubiese sido más amable. Era una pena haberlo dejado así. Quizás el suyo era el único teléfono de una Lidia Viel que el chico había conseguido y ahora ya no le servía de nada y tendría que empezar de nuevo. Vaya a saber cuánto tiempo hacía que tenía ese número anotado en un pedazo de papel, guardado en la billetera; cuántas veces antes habría marcado y cortado hasta juntar valor y esperar que alguien le respondiese. Ahora estaba en cero otra vez.

En una de esas volvía a llamarla. De estar en lugar del chico, ella insistiría. En estos casos, ante un llamado así, debía ser bastante común, hasta lógico que la mujer se asuste y niegue todo. Pero un muchacho joven no puede saber lo que pasa por el corazón de una mujer madura.

Lidia miró por la ventana. Juan había terminado de cortar el pasto y pasaba la escoba de alambre. Trabajaba con auténtico esmero. No como su hermano. Había pensado decirle que aproveche y pode los fresnos, pero se veían tan lindos con sus grandes copas amarillas recortadas contra el cielo azul que sería una lástima. Después de todo, las hojas se caerían solas a medida que avanzara el invierno.

Fuente: Narrativa breve

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento de Haruki Murakami.

 

martes, 7 de julio de 2026

Todo alrededor de Selva Almada

 

Selva Almada

A continuación, te presento un relato breve de Selva Almada: Todo alrededorEn este cuento narra un día en la vida de Rita, una mujer de campo que visita a su esposo, Vicente, internado por una grave enfermedad. Mientras conduce hacia el hospital, recuerda su infancia, el amor que los unió, la pérdida repetida de sus embarazos y los cambios que sufrió el campo y su propia vida. A través de estos recuerdos y de la descripción del paisaje, el relato muestra el desgaste del tiempo, la soledad y el dolor silencioso que acompañan a la protagonista. El significado del cuento radica en cómo refleja la fragilidad de la vida y la imposibilidad de controlar el destino: así como la tierra cambia y deja de dar los frutos de antes, Rita y Vicente también enfrentan pérdidas irreparables. El paisaje que los rodea funciona como un espejo de sus emociones, mostrando que todo alrededor continúa su curso, mientras ellos aprenden a convivir con la ausencia, la enfermedad y la esperanza que poco a poco se desvanece. Este cuento para adultos puedes en YouTube y Spotify

 

Selva Almada es una escritora argentina considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina, su obra ha sido comparada con la de William Faulkner, Juan Carlos Onetti, Carson McCullers y Flannery OConnor. 


Todo alrededor

Relato breve de Selva Almada

Las nubes se amontonaban sucias, pesadas como la panza de un animal cebado. Eran las once de la mañana y tal vez lloviera en un rato o no. Este verano seco el tiempo se armaba y se desarmaba a cada rato. La promesa de alivio duraba poco.

La luz era especial: deslumbrante y aterradora. Rita dio un paso atrás, alejándose de la mesada donde recién tomaba un vaso de agua de la canilla. Con el vaso todavía en la mano miró afuera. El marco de la ventana recortaba ese pedazo de campo como si fuera un cuadro.

En la distancia vio, débil, su reflejo en el vidrio. Le pareció que unas mechas se habían salido del rodete y levantó una mano para acomodarse. No se lo mostraba el reflejo pero sabía que también necesitaba retocarse la tintura. Las raíces blancas formaban una especie de corona, un halo alrededor de su frente. Sintió calor. Un sofocón que la obligó a abrirse la camisa de un tirón. Como el fuego que traía el viento norte, algo así pero que venía desde adentro. Aunque estaba sola enseguida cerró la prenda con una mano, cubriéndose.

Esa ventana estaba cerrada porque era la única sin mosquitero. Los vecinos tenían criadero de pollos y sobre todo los días pesados como este las moscas eran un infierno. A Vicente se le había ocurrido renovar todos los mosquiteros de la casa y esta ventana le había quedado sin terminar. Estaba en el hospital desde hacía unas semanas.

La camioneta daba barquinazos sobre el camino reseco. Las ventanillas abiertas. La radio encendida. Rita agarrando el volante con las dos manos. Manejaba desde los doce años. Le había enseñado el abuelo para que lo llevara al pueblo y lo trajera cuando se entretenía de más en el boliche. Le gustaba tomar y a ella no le molestaba. No era un cargoso. Solamente un hombre que empinaba el codo hasta que la cabeza se le doblaba sobre el pecho y se quedaba dormido. Siempre había uno o dos hombres un poco menos borrachos que la ayudaban a cargarlo hasta el vehículo. A veces, en vez de ir directo a la casa, manejaba hasta el arroyo y lo dejaba dormir allí un rato, con toda la camioneta abierta, el aire fresco y el olor a agua entrando, acunando el sueño del viejo. Ella daba vueltas por ahí, buscaba piedras, unas en particular que abundaban en el lecho de los arroyos de la zona: tenían forma de rosa y se decía que eran de la prehistoria. Fragmentos de la caparazón de tortugas gigantes o estampas de un crustáceo antiguo.

A los costados el campo, el verde áspero de la soja. Pronto comenzará la cosecha.

A veces recuerda el incendio del sorgo maduro. El lino florecido, azul como si el cielo se hubiera derramado sobre la tierra. La alfalfa. Los girasoles. El suelo dividido en parcelas coloridas. Ahora todo verde. El mismo verde desde hace años.

A su abuelo lo hubiera entristecido. Tampoco vería con buenos ojos que ella, su única heredera, arrendara la mayor parte de los campos en vez de trabajarlos con sus manos. Otros tiempos le habían tocado.

Los neumáticos mordieron el asfalto. Por fin quedó atrás el camino roto por las huellas secas de los tractores. Era mediodía y el calor dibujaba espejismos allá adelante. La ruta brillosa como si estuviera hecha de agua: angosta y sinuosa como los arroyitos que recorría de niña.

En la banquina había un viejo camión estacionado y una pila de sandías. Unos carteles escritos a mano y clavados al borde de la ruta anunciaban la mercadería: sandia 20 peso. Un hombre y una mujer estaban sentados al lado del camión, en unas sillas de playa. Niños en short, en cuero y descalzos se revolcaban con unos perros un poco más lejos.

Aminoró la velocidad y se quedó mirando a los chicos: los torsos marrones por el azote del sol, se reían a carcajadas, despreocupados, dichosos. Cuánto hacía que no escuchaba una risa así.

Cuando regresara, si todavía están, les compará dos o tres sandías. Ella no come y está sola en la casa, pero ya se las dará a un vecino o a las gallinas.

Estacionó bajo los eucaliptos. Apagó el motor y se recostó en el asiento. No le gustaba venir al hospital. Después de tanto tiempo debería estar acostumbrada pero no.

Adelante asomaba el edificio entre otros árboles. Los eucaliptos rodeaban el predio, pero ya ingresando había algunos álamos, robles y lapachos. Allí había nacido ella hacía casi medio siglo.  La primera bocanada de aire que había entrado en su cuerpo, había sido entre esas paredes viejas, revestidas de azulejos blancos, saturada de olor a lavandina. Bajo ese techo habían muerto sus padres. Su abuelo no; él murió en la casa. Vicente no había nacido aquí; sus padres se habían instalado en el pueblo con él de dos o tres años. Los hijos, de haberlos tenido, habrían nacido aquí. Desde hacía cinco años Vicente entraba y salía del hospital periódicamente.

Se habían conocido cuando ella tenía quince. En el campo. Toda la vida de Rita había transcurrido en el campo: las cosas fundamentales, las pequeñas, las que se olvidan rápido, las que permanecen. Recuerda la primera vez que lo vio como si fuera ayer. Había un grupo de hombres fumigando los sembrados cercanos a la casa. En esa época se hacía manualmente. Una decena de cuerpos blancos, con sombreros de paja, un tanque en la espalda, empuñando unos caños largos de los que salía el rocío venenoso. Parecían flotar entre el sembrado que apenas empezaba a crecer. Como astronautas o seres de otro planeta. ¿Cómo se fijó en él si con el traje blanco y el sombrero y el tanque era igual al resto? Quizá porque era más menudo. O porque se movía más rápido. Pero algo en esa figura parecida a las otras le llamó la atención.

Después averiguó y supo que el hijo de Fontana había dejado los estudios de agronomía y se había vuelto a trabajar con el padre. Ella ya sabía cómo se llamaba el hijo de Fontana, se habían cruzado en el pueblo varias veces, en la misa o en algunas fiestas los días patrios.

A los quince Rita había echado cuerpo. Había dejado el colegio porque la aburría el estudio. Como sus padres ya estaban muertos, el abuelo la dejaba hacer. Le estaba enseñando a administrar los campos. Eso sí le gustaba a Rita: los números, las fechas de siembra y cosecha, los porcentajes, hablar de toneladas, de silos, de cargas.

En el pasillo se cruzó con Adela, una de las mucamas. Iba empujando un carrito de bandejas con restos de comida. Se saludaron con un beso. Adela le dijo que Vicente ya había comido. Rita inventó una disculpa: algo la había retrasado y no había llegado a tiempo para ayudarlo a comer.

La verdad era que no le gustaba verlo en esos momentos. Darle la papilla en la boca como si fuera un bebé. Que se atragantara y tosiera y devolviera la comida. A veces se retrasaba a propósito y sabía que Adela y las enfermeras se daban cuenta.

El noviazgo no había durado mucho. Rita quedó embarazada y no es que los obligaran a casarse, si no que quisieron hacerlo. Estaban enamorados. En unos años Vicente tomaría las riendas de la pequeña empresa de su padre. El negocio de los agroquímicos estaba creciendo. Rita heredaría los campos del abuelo. Todo auguraba que sería una pareja de esas que los demás miran con envidia. Sin embargo el embarazo no prosperó. Unas semanas después de la fiesta de casamiento, Rita tuvo un sangrado. Era algo bastante común, había dicho el médico. No había de qué preocuparse.

La cara de Vicente, pálida y huesuda, casi una con la almohada, se iluminó cuando la vio asomarse en el vano de la puerta. Levantó apenas un brazo lleno de tubos, azul por los pinchazos y movió los dedos, saludándola. Tenía puesta la mascarilla de oxígeno. Rita imaginó su sonrisa debajo del plástico y sonrió también, intentando parecer despreocupada.

A cada confirmación de embarazo, le sobrevino el sangrado, la desilusión. Pasó bastante tiempo hasta que empezaron el peregrinaje por médicos, estudios, drogas, el sexo recetado con horarios y temperaturas. Pero la medicina tampoco trajo alivio, al contrario. Era insoportable la tristeza en la que caían los dos cada vez que fracasaban. Alguna vez también fue la fila interminable en lo de un cura sanador. Otra, un viaje a la otra punta del mapa donde una virgen concedía cosas imposibles.

Finalmente desistieron. No tendrían hijos.

El cuerpo de los dos era un terreno devastado donde no crecía nada.

Vicente se quitó la mascarilla. Ahora sí Rita vio la sonrisa antes imaginada o sabida de memoria. Hablaron un poco del campo, de algunas cosas de trabajo. Él hablaba despacio, administrando el poco aire que podía entrar a sus pulmones. Rita se sentó en el borde de la cama y se inclinó sobre su marido para escucharlo mejor. Pudo escuchar, o le pareció escuchar, el pecho de él rugiendo como una máquina recalentada.

Cuando abandonó la habitación Vicente dormía. Se había despejado y el sol pegaba fuerte. De nuevo no iba a llover. Las chicharras zarandeaban el silencio de la siesta. Rita había dejado las ventanillas de la camioneta abiertas y cuando entró vio coquitos de eucalipto esparcidos sobre el asiento. Eran diminutos conos de madera. Cuando era niña los ensartaba en un hilo y fabricaba collares y pulseras. Se llevó uno a la nariz. Aun ese fragmento pequeño olía al árbol de donde venía. 

 Fuente: Granta 

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