Selva Almada
En esta ocasión, exploramos "El llamado", uno de los mejores relatos para adultos de la escritora argentina Selva Almada considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas de la Argentina y América Latina.
Este relato es uno de los mejores de esta escritora y la
historia nos introduce en la mañana cotidiana de Lidia Viel, una mujer que
disfruta de la soledad de su hogar hasta que una llamada telefónica rompe la
calma: un joven desconocido, desde una remota estación de servicio, le asegura
que ella es su madre.
A
través de una narrativa precisa y cargada de atmósfera, el cuento nos sumerge
en un profundo análisis sobre la identidad y la otredad. Lo que comienza como
un error o una confusión de nombres, se transforma en una
reflexión sobre los vacíos emocionales y las "vidas posibles" que no
fueron. Almada utiliza este encuentro fallido para mostrar cómo un instante
puede agrietar nuestra seguridad, dejándonos con la melancólica sensación de
que, aunque nuestras respuestas sean lógicas, la desolación del otro siempre
nos pertenece un poco.
¿Qué
harías si recibieras una llamada que cuestiona todo lo que sabes de tu pasado? Os invito a leer este cuento y escucharlo en Youtube y Spotify.
Cuento de Selva Almada: El llamado
Era
una mañana soleada. Aunque ya había comenzado el invierno, la temperatura era
agradable, todavía otoñal.
Lidia
Viel tomaba un café negro sentada a la mesita de la cocina. Desde allí, por el
gran ventanal que daba al jardín, observaba al muchacho que cortaba el césped.
Él y su hermano hacían trabajos de jardinería en el barrio. Lidia Viel los
llamaba una o dos veces al mes, dependiendo de la estación. En el verano venían
hasta tres o cuatro veces en un mes porque también se ocupaban de mantener la
pileta. Casi siempre venía este, Juan, y cuando no podía lo reemplazaba el
hermano. Lidia lo prefería a Juan. El otro le daba la impresión de estar
siempre apurado y algunas veces dejaba cosas a medias.
El
chico iba y venía por el jardín empujando la vieja cortadora, pesada y ruidosa.
Una vez Lidia le había preguntado si no le gustaría tener uno de esos
tractorcitos para cortar el césped. Él había dicho que no, que las máquinas
viejas son mejores. No era de mucho hablar.
Esa
mañana Lidia no tenía ganas de hacer nada. Si no hubiese sido por los trabajos
en el jardín, se habría quedado en la cama hasta el mediodía. Tenía que
corregir unos exámenes de inglés, pero podía hacerlo esa noche en la escuela en
una hora libre que tenía entre clase y clase. Era un multiple choice que se
corrige rápidamente. Desde que sus hijos se habían ido a estudiar afuera, tenía
mucho tiempo libre. Algunas noches, después del trabajo, ella y un par de
amigas se iban a un bar a charlar y tomar una cerveza. O se juntaban a comer y
jugar a las cartas. Luego de la separación no había vuelto a formar pareja. De
vez en cuando salía con algún tipo, pero nada serio.
El
sonido del teléfono la sobresaltó. Antes de atender se sirvió más café y
prendió un cigarrillo: si era una de sus amigas, estarían un buen rato
hablando. A esa hora no podían ser los chicos que siempre llaman a la noche o
los fines de semana cuando la comunicación es más barata. Levantó el brazo para
tomar el tubo del aparato adosado a la pared.
–Hola
–dijo.
Le
respondió la voz desconocida de un hombre joven.
–Lidia
Viel ¿se encuentra? –preguntó.
–Sí,
ella habla. ¿Quién es?
El
muchacho no contestó enseguida. Debía estar llamando desde un teléfono público,
pues Lidia escuchó ruido de autos. Sin embargo, no parecía estar en una ciudad
sino cerca de una autopista. El sonido de los coches circulando a una gran
velocidad se oía nítido.
–Hola
–dijo otra vez Lidia, levantando un poco la voz–. Dígame –aunque se notaba que
era muchísimo más joven que ella, no quiso tutearlo de buenas a primeras.
Quizás era un vendedor y si le daba confianza después sería más difícil
sacárselo de encima. Aunque un vendedor no estaría llamando desde un teléfono
público.
–Sí–respondió
el muchacho aclarándose la garganta–. Estoy acá.
–Bueno,
entonces: lo escucho.
El
jardinero había apagado la máquina. El ruido de los vehículos, del otro lado de
la línea, se escuchaba con más fuerza.
–Le
parecerá raro –dijo el joven–. Lidia le dio una última pitada al cigarrillo y
lo aplastó en el cenicero. Con el tubo en la oreja se puso de pie y fue hasta
la ventana. El cable del aparato era muy largo y le permitía moverse sin
problemas. Juan había dado vuelta la cortadora de césped y parecía estar
revisando las cuchillas. Lidia golpeó el vidrio con los nudillos y él alzó la
cabeza para mirarla. Con una seña le preguntó si pasaba algo. El chico levantó
un pulgar dando a entender que todo estaba en orden. Tal vez la cuchilla se
había trabado con una piedra o algo así.
–Hola.
¿Todavía está ahí? –preguntó secamente–. Si no habla, voy a colgar.
–No,
por favor –rogó la voz del otro lado–. Discúlpeme, es algo delicado… no sé por
dónde empezar.
Lidia
sintió un frío en el estómago. Se sentó y prendió otro cigarrillo.
–Hable
–dijo bruscamente.
–Yo
creo que usted es mi madre –disparó el muchacho sin respirar.
Juan
echó a andar otra vez la cortadora alejándose hacia el extremo del jardín. El
ruido de la máquina se fue atenuando a medida que se alejaba hasta ser sólo una
vibración, un zumbido.
Lidia
se quedó medio pasmada. Enseguida sintió un gran alivio. Por un momento pensó
que había ocurrido algo con sus hijos, un accidente de tránsito, alguna cosa
horrible. Lo que acababa de escuchar le causó gracia y estupor. Creyó que había
entendido mal, así que dijo:
–¿Cómo?
El
chico no respondió de inmediato, sin embargo todavía estaba ahí; Lidia podía
sentir su agitación. Escuchó también las maniobras de un camión, de los
grandes, con acoplado. Supuso que la estaba llamando desde una estación de
servicio al costado de la ruta. A Lidia siempre le provocaron una profunda
desolación esos parajes en el medio de la nada. Los grandes carteles de neón
descoloridos y zumbones que permanecen encendidos hasta bien entrada la mañana.
Incluso los días soleados esos sitios adolecen de una tristeza quieta,
inconmensurable.
–Que
creo que usted es mi madre–. El muchacho pronunció cada palabra lentamente,
tratando de hacerse oír por sobre el ruido de los motores, cada vez más
cercano.
–Lo
siento –dijo Lidia Viel–. Pero estás en un error. Sólo tengo dos hijos y
siempre han estado conmigo. Lo lamento.
El
chico volvió a quedarse callado. Lidia sintió que debía decir algo más, pero la
verdad es que no tenía nada más para decir. De todos modos repitió: lo siento.
–Disculpe
–dijo él y colgó.
Lidia
Viel se quedó unos segundos con el tubo puesto entre el hombro y la cabeza,
aunque el otro ya había cortado y no se oía nada más.
Aquel
llamado era la cosa más extraña que le había sucedido. Se quedó un poco
descorazonada. Pensó en ese chico que debía tener la edad de su hijo mayor o
cuanto mucho un par de años más. Aunque nunca bebía por las mañanas, ahora
necesitaba una copa. Todavía le duraba la sensación espantosa de haber creído,
por un momento, que la llamaban para avisarle que algo les había ocurrido a sus
hijos. Se sirvió un poco de whisky con hielo y volvió a sentarse en el mismo
lugar.
En
una de esas no debería haberlo dejado cortar así, pobre muchacho. Quizás
debería haber mantenido una conversación con él, haberle preguntado de dónde
había sacado que ella podía ser su madre. Estaba claro que todo había sido un
gran error, que no era ella la Lidia Viel correcta. Así que había otra mujer
con su nombre o uno muy parecido. Darse cuenta de esto también le resultó
inquietante, pero siguió pensando en la charla telefónica. Tal vez de haber
indagado un poco más en la cuestión, podría haberlo ayudado. Aunque no se le
ocurría cómo. También podía ser que mostrarse interesada confundiera más al
chico: podría pensar que ella sí era su madre y que sólo estaba haciendo
preguntas para ganar tiempo.
Por
lo menos debería haberle preguntado su nombre. No costaba nada y hubiese sido
más amable. Era una pena haberlo dejado así. Quizás el suyo era el único
teléfono de una Lidia Viel que el chico había conseguido y ahora ya no le
servía de nada y tendría que empezar de nuevo. Vaya a saber cuánto tiempo hacía
que tenía ese número anotado en un pedazo de papel, guardado en la billetera;
cuántas veces antes habría marcado y cortado hasta juntar valor y esperar que
alguien le respondiese. Ahora estaba en cero otra vez.
En
una de esas volvía a llamarla. De estar en lugar del chico, ella insistiría. En
estos casos, ante un llamado así, debía ser bastante común, hasta lógico que la
mujer se asuste y niegue todo. Pero un muchacho joven no puede saber lo que
pasa por el corazón de una mujer madura.
Lidia
miró por la ventana. Juan había terminado de cortar el pasto y pasaba la escoba
de alambre. Trabajaba con auténtico esmero. No como su hermano. Había pensado
decirle que aproveche y pode los fresnos, pero se veían tan lindos con sus
grandes copas amarillas recortadas contra el cielo azul que sería una lástima.
Después de todo, las hojas se caerían solas a medida que avanzara el invierno.
Fuente: Narrativa breve
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