Federico Falco
A continuación, te presento La hora de los monos de Federico Falco, escritor argentino considerado uno de los escritores más destacados de la literatura argentina contemporánea.
Este cuento
para adultos narra la llegada de un circo a un
pueblo y la presencia de un chico que, aunque forma parte de ese mundo, se
siente diferente y aislado de los demás. Su comportamiento genera rumores y
rechazo, mientras que, tras la partida del circo, queda abandonado un elefante
enfermo que finalmente muere.
El
significado del cuento gira en torno a la marginación, la crueldad y la falta
de empatía: tanto el chico como el elefante son tratados como seres extraños,
observados y juzgados sin que los demás intenten comprender realmente lo que
sienten. El cuento muestra cómo una sociedad puede convertir a alguien
diferente en un “espectáculo” y cómo la indiferencia y el maltrato pueden
llevar al aislamiento y al abandono.
Este cuento
de Federico Falco puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La hora de los monos
Llegó el circo y armó su carpa en los
terrenos del ferrocarril, a un costado de la estación. Tardaron tres días
enteros en armarla. Enseguida trazaron un gran círculo sobre la tierra y
alisaron el piso, esa sería la pista. Después acomodaron las casillas y los
carromatos y las jaulas con los leones y los tigres alrededor de ese círculo.
Bastante alejadas. El segundo día clavaron estacas durante toda la mañana; el
pueblo se llenó de ruido a martillazos. Durante la tarde levantaron los
mástiles. Muchos hombres asieron una soga gruesa y tiraron, gritando
acompasados. Los dirigía un viejo en camiseta. El poste central se alzó hasta
quedar perpendicular al suelo.
El último día cubrieron los mástiles con
las lonas y la carpa tomó forma.
Mientras tanto, las mujeres escuálidas
que en la función volarían por los aires leían revistas junto a sus casas
rodantes y tendían ropa sobre las ramas de los árboles. Desde lejos podía verse
al hombre de goma acostado sobre el techo de su casilla, tomando sol vestido
solo con un slip diminuto, y al mago puliendo una inmensa caja de cristal.
La gente del pueblo encerró a sus perros
y a sus gatos, porque se decía que los del circo eran capaces de robarlos para
alimentar a sus animales. Las madres tampoco dejaban a sus hijos acercarse al
baldío por miedo a que los raptaran o se los llevaran al partir, convertidos en
saltimbanquis o en malabaristas. Igual, muchos se escapaban de la escuela para
ver cómo les daban de comer a los leones y se quedaban mirando desde la calle
las cosas del circo. Había monos que se rascaban las pulgas. Había perros saltarines
que corrían desesperados tras un señor que les tiraba galletas. Había dos
caballos blancos, uno con una cola larga hasta el piso. Y había un elefante.
Gris. Perfecto. Alto. Un poco triste.
La primera función fue un lleno total.
La gente del pueblo hablaba de las maravillas que habían visto: el hombre bala,
la pirámide humana, la mujer que galopaba sobre los caballos y lanzaba fuego
por la boca, el domador y los leones, un tigrecito al que le habían puesto un
sombrero y actuaba con los payasos. Los que no habían asistido esperaban
ansiosos el siguiente fin de semana. Los que sí fueron, caminaban inflados de
orgullo.
El dueño del circo tenía un hijo y lo
mandó a la escuela para que tomara clases mientras el circo estuviera en el
pueblo. Iba a sexto grado. Sus compañeros lo rodearon esperando que contara
miles de aventuras porque pensaban que la vida en el circo debía ser
extraordinaria, pero el chico se negó a hablar de eso. Era un chico huraño y de
ojos duros, impiadosos. Odiaba que lo vieran como a un fenómeno. No salía a los
recreos y se quedaba en su banco, mirando por la ventana hacia fuera, a la
calle. A la salida lo venían a buscar en un Rastrojero cargado con dos
parlantes que anunciaban las próximas funciones. A medida que la voz grabada
del payaso se acercaba gritando la publicidad, el chico del circo se ponía más
y más colorado. Después, solo quedaba formar y arriar la bandera.
Una tarde, una de las compañeras del
chico del circo entró corriendo al aula antes de que sonara la campana y le dio
un rápido beso en los labios. Después la chica intentó escaparse, pero el chico
del circo la sostuvo por el pelo y la obligó a darle otro beso. Abrió grande la
boca, como si se la fuera a tragar, y empujó con la lengua hasta que los labios
de la chica cedieron. El chico del circo metió entonces la lengua dentro y dejó
allí depositado, en la concavidad rosa, un chicle de menta ya desabrido y sin
color. Cuando el resto del curso entró al aula, la chica lloraba sentada en su
banco, con las dos piernas muy juntas y el delantal estirado sobre las
rodillas. El chico del circo seguía mirando por la ventana.
Al poco tiempo corrió un rumor entre los
cursos más bajos. Decían que el chico del circo había arrastrado a una de sus
compañeritas hacia el hueco que se formaba debajo de las enredaderas del patio
y la había obligado a desnudarse. Aseguraban que habían hecho caca juntos.
La directora desestimó los cuchicheos,
pero igual llamó al chico del circo a su oficina y mantuvieron una extensa
entrevista en la que lo interrogó acerca de cómo se sentía en su nueva escuela
y si creía que se estaba integrando bien al resto del grupo.
El chico del circo habló poco y nada.
Un día, sin previo aviso, y después de
dos exitosos fines de semana, el circo se fue y el chico no volvió a la
escuela. El baldío en que se había asentado la carpa amaneció liso y vacío.
Solo quedaba, en una esquina, el elefante parado, alto y triste, con su
grillete en la pierna y una cadena que lo ataba a su estaca.
La policía hizo averiguaciones. Dijeron
que los del circo no tenían los papeles del animal en regla y que por eso lo
habían dejado. Vino el veterinario y revisó al elefante.
Este animal está muy enfermo, dijo. Está
a un pie de la muerte, dijo.
Todos se pusieron muy tristes. ¿No se
puede hacer nada?, ¿no hay modo de salvarlo?, preguntaron.
El veterinario respondió que no, que
solo era cuestión de horas.
¿Y qué vamos a hacer con un elefante
muerto?, preguntaron.
No tengo ni idea, dijo el veterinario.
Los chicos, mientras tanto, rodeaban al
elefante y corrían entre sus piernas. El desafío era pasar bajo la panza del
animal sin que este lo advirtiera. Más tarde se colgaron de su cola y también
uno, el más sabandija de todos, se le subió al lomo. Después de un rato de
saludar desde allí, bajó sin pena ni gloria. El elefante, parado en medio de
los terrenos del ferrocarril, apenas si movía las orejas para espantar las
moscas. No comía. La trompa le caía derecha y arrastraba por el suelo. Tenía
los ojos lagañosos y entrecerrados.
Dos días más tarde, se murió.
Nadie sabía qué hacer con el elefante
muerto. Cortaron el candado que ataba el grillete a la pata y, con una pala
excavadora y la ayuda de muchos hombres, lo subieron al camión de la
municipalidad y lo llevaron al basural. Allí lo dejaron.
Algunos chicos todavía fueron un tiempo
más a jugar sobre el elefante. Un día dejaron de ir. Había olor.
Fuente: Escaramuza
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