domingo, 23 de agosto de 2026

El sí de Yoko Ono, un relato de Cristina Rivera Garza

 

Cristina Rivera Garza


A continuación, te presento el cuento “El sí de Yoko Ono”, de Cristina Rivera Garza, destacada escritora, historiadora y académica mexicana, reconocida internacionalmente. En 2024, recibió el Premio Pulitzer en la categoría de Memoria o Autobiografía por su obra El invencible verano de Liliana.

El relato presenta una escena surrealista y teatral en la que aparecen Yoko Ono, una alberca, escaleras, una bailarina y una serie de instrucciones dirigidas a los habitantes de una ciudad. 

Muchas veces necesitamos encontrar, entre el ruido de los demás, una señal que nos recuerde que está bien simplemente ser y estar. En este cuento, esa respuesta aparece en lo alto de una escalera, bajo la forma de una palabra breve, pero infinita: “Sí”. 

El “sí” más importante es el que nos permite abrazar nuestra vulnerabilidad, aceptar nuestro cansancio y darnos permiso para no tener que poder con todo. Porque validar el alma del otro también es decirle: “Te veo. Entiendo tu cansancio. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Te doy permiso para, simplemente, estar y respirar.”

 Y quizá ese sea el verdadero significado de este cuento: aprender a decirnos “sí” a nosotros mismos, a nuestra historia, a nuestra vulnerabilidad y a todo aquello que somos🤍 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

El sí de Yoko Ono – Cristina Rivera Garza

Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.

Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.

Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.

Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).

Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).

Ex-intempéricos (pareciera que lo repite, aunque en realidad lo dice por primera vez).

Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.

Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).

Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.

Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.

Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.

Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.

Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.

Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren:

(y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)

Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:

DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.

Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.

La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultrasecretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.

Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.

Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.

Ahora es cuando sonrío. Y, sí, alguien tose. 

Fuente: Vicka Boleyn

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