Un relato de Carlos Ruiz Zafón
A
continuación, te presento La mujer de vapor de Carlos Ruiz Zafón. En este
relato para adultos, Zafón nos presenta la historia de un hombre que, después
de pasar varios años en prisión, encuentra un inesperado refugio en un antiguo
edificio de la ciudad. Allí conoce a Laura, una joven misteriosa con la que
establece una relación muy especial, y poco a poco empieza a sentirse acogido
por los vecinos del inmueble. Durante un tiempo, aquel lugar se convierte para
él en un hogar y en una oportunidad para recuperar algo que creía perdido: la
sensación de ser querido y de pertenecer a algún sitio. Sin embargo, la
tranquilidad de esta nueva vida se ve amenazada por un acontecimiento que
cambiará por completo su percepción de lo que está viviendo.
Este relato combina misterio, fantasía y melancolía para hablar de la soledad, el amor y la necesidad humana de encontrar un lugar al que pertenecer. Laura representa ese deseo de afecto y de esperanza que permite al protagonista escapar, aunque sea momentáneamente, de una existencia marcada por el dolor. El edificio, por su parte, funciona como un refugio para personajes olvidados y marginados, un espacio donde la realidad y la imaginación parecen confundirse.
Como es habitual en Zafón, la atmósfera oscura y misteriosa adquiere tanta
importancia como la propia historia y nos invita a preguntarnos hasta qué punto
necesitamos, en algunas ocasiones, construir nuestro propio refugio para poder seguir
adelante.
Os invito a leer esta historia y escucharla en YouTube y Spotify.
La mujer de vapor
Relato breve de Carlos Ruiz Zafón
Nunca
se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía
besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del
primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y
desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me
despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me
condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que
embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio
se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el
edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni
referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático
era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados.
«Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había
perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros
no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de
niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer,
Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba
para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que
confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a
hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo
y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas
trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía
algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas
de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera
vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía
sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la
última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida
me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los
malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de
felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del
ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de
derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo
mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los
capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el
despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.
Cuanto
había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián.
Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en
busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros.
«Esta finca está clausurada desde 1939, joven -me informó el ingeniero-. La
bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin reme-dio.» Tuvimos unas
palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a
gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre
vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia
del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino,
desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce
sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto.
Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los
guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los
controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don
Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le
digo que sí.
Fuente: Narrativa breve
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