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martes, 11 de agosto de 2026

El reflejo del deseo en la ventana en la "La blusa roja" de Mercè Rodoreda


La blusa roja de Mercè Rodoreda

A continuación, te presento La blusa roja, un relato para adultos de Mercè Rodoreda, considerada una de las escritoras más influyentes de la literatura en lengua catalana y de mayor proyección internacional, cuya obra ha sido traducida a cuarenta idiomas.  Ambientado en los años de estudiante del protagonista, el relato nos sitúa frente a una ventana que se convierte en el escenario de una obsesión silenciosa. Desde su mesa de trabajo, un joven de diecinueve años observa la vida de los vecinos de enfrente, centrando toda su atención en una muchacha que viste una llamativa blusa roja. A través de los cristales, el narrador experimenta un despertar emocional cargado de deseo, celos y melancolía, transformando la ventana en un límite entre su soledad y la intensa felicidad (y posterior tragedia) de la desconocida. Una noche inesperada, la distancia desaparece y la realidad golpea con una fuerza que cambiará su percepción del amor y la madurez para siempre. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La blusa roja

Mercè Rodoreda

Os contaré una historia de cuando era estudiante.

Mi mesa de trabajo estaba situada junto a la ventana que daba a la calle. Mi campo visual quedaba limitado por la casa de enfrente, y la ventana del tercer piso coincidía exactamente con la mía. Las persianas estaban pintadas de verde, en el pretil de la ventana había geranios y, en una jaula, un pájaro al que nunca oí cantar y que un día se escapó. Una vecina se lo contó a gritos desde la ventana a mi portera. Una tarde vi bajar camas, sillas, mesas y un piano. Los vecinos de enfrente debían de trasladarse de casa. Un tanto ausente contemplaba el balanceo de los muebles en el vacío, al final de una cuerda. Los gritos de los hombres que los cargaban al camión de mudanzas y los primeros síntomas de una primavera precoz sumían mi ánimo en la pereza y me llenaban de aquella melancolía cansina que, a los diecinueve años, suscitan las cosas cuando el azar subraya lo que de efímero hay en ellas.

En aquel tiempo hubiera deseado fijar cada instante de mi vida, hacerlo definitivo entre las cosas ya establecidas para siempre. ¡Qué sé yo lo que quería! Aquellos muebles polvorientos que descendían unos tras uno, con paquetes y baúles, empezaban a pertenecer a un pasado que huía de mi órbita dejándome un sabor amargo de inseguridad.

Las tardes eran largas y el sol hacía prever un verano implacable, cuando advertí que el piso estaba habitado de nuevo.La ventana debía de haber permanecido cerrada durante muchos días, porque una tarde, al ver que una chica la abría de par en par, experimenté la intensa sensación del paso ineluctable del tiempo. Poco a poco, descubrí dos hechos curiosos: una chica abría la persiana cada tarde a la misma hora; al cabo de un rato, un muchacho, más o menos de mi edad, la cerraba.

El día de mi cumpleaños recibí un paquete de mi casa. Mi madre me mandaba ropa y libros; mi hermana, en una caja aparte, media docena de gladiolos rojos de nuestro jardín y media docena de cigarrillos de lujo. Coloqué las flores en un jarrón encima de la mesa —media docena de espadas de fuego— y me dispuse a trabajar con una alentadora sensación de bienestar interior, completamente rodeado de humo.

Las flores debían de gustarle. Quizá yo las había colocado allí adrede. Cuando abrió la ventana, se acodó en el antepecho y miró. Era bonita. Decididamente, muy bonita. Color de verano. Una de mis palabras predilectas al pensar en una chica es sirena. Después, ninfa. Pero prefiero sirena, junto a las que evoca: océano, marino, nostalgia, liquen, isla, vela, navío, playa. Llevaba una blusa roja escotada. Por aquel entonces el rojo era uno de los colores que menos me gustaba —influencias de mi hermana, supongo, que lo detestaba—. Era un color que me enervaba, ya fuera para un vestido o solo para un detalle, y consideraba a quienes llevaban alguna prenda de dicho color como pertenecientes a una clase de gente digna de poca consideración. Y, paradójicamente, una blusa roja, de un rojo rabioso, insultante, habría de proporcionarme muchas noches de insomnio y muchos días de dolorosa angustia.

Pronto solo vivía esperando que la muchacha apareciera en la ventana. Soñaba con ella. Dulce y lejana como una princesa. La dibujaba en los márgenes de los libros, en las libretas, en la mesa con un cortaplumas. Ninguno de los dibujos que hacía se le parecía: lo cual me producía una irritación triste y me impulsaba a intentarlo de nuevo, incansablemente.

Un día se besaron con la ventana abierta de par en par. Me levanté para no verlos. ¿Por qué tenían que besarse así —impúdicamente fue el término con el que los condené— delante de mí? Se besaron largamente, como si el mundo solo hubiese sido creado para presenciar el espectáculo de su felicidad. Decidí cambiar la mesa de sitio. Pero echaba de menos su presencia; me atraía lo que para mí era ya algo morboso, malsano. La imagen de los dos jóvenes abrazados me obsesionaba. Por la noche, con la habitación a oscuras, evocaba a la chica, la blusa, los besos, sus ojos negros y brillantes de un agua joven, toda aquella ternura que hubiera deseado para mí. Hubiera deseado tener a esa chica entre mis brazos, desnuda como una flor, con los cabellos sueltos encima en mi almohada. Aquella, no otra. Me hubiera condenado a cambio de poder sentirla mía, si fuera posible condenarse a los diecinueve años por el pecado de soñar con una chica y quererla con una desesperación infantil.

¡Qué largas y tristes me resultaban las mañanas, con la boca amarga por haber dormido mal, completamente entregado al deseo! Decidí cerrar la persiana para no perderme ni un gesto, ni una sola expresión de su rostro. A través de las rendijas espiaría la más ligera contracción de los músculos de aquel rostro para hacerlo, día a día, más mío.

Me envenenaba. Una tarde, él le desabrochó la blusa. Me marché. Bajé la escalera furioso, respiraba el aire de la calle como los hombres que salen de una mina tras un accidente. Las calles no me conducían a ninguna parte. Los transeúntes eran como larvas que vegetaban en mi mundo solo para afearlo. Nadie sabía por qué había nacido ni por qué tenía que morir. Ni muy desdichados ni muy felices, paseaban indiferentes y, si se conocían, se saludaban. Y yo, único ser viviente en un desierto, estaba solo. Me debatía para no retroceder, para seguir avanzando entre gente y casas y luz.

Cansado, me senté en un parque. El sol caía oblicuamente, pero quemaba la tierra, provocaba la sed de las flores que se desmayaban, arrancaba reflejos violentos y fugaces del agua del lago en el que un barquito navegaba. Irritado por la beatitud de los árboles, por los gritos de los niños, por el cielo límpido, por el aire rebosante de vida, me marché. Anduve durante horas y mi nerviosismo se acentuó en un cine donde solo proyectaban informativos; compré un libro que nunca he leído y, en el restaurante, dejé la cena intacta en el plato.

Por la noche pensaba: mañana abriré la ventana, me subiré a la mesa, cantaré, haré girar los brazos en alto para que digan: «Es un loco». Les interpelaré. —Y gozaba solo con pensarlo, con pensar cómo los inquietaría con mi fingida (¿fingida?) locura.

Al día siguiente, más sereno, abrí la persiana de par en par  y me senté. Había colocado un almohadón en la silla para hacerme más visible. «Quizás eso los frene», pensé con odio.

La chica, al verme, pareció un poco sorprendida. El hecho de haber mantenido la persiana cerrada durante unos días debió de hacerle suponer que estaba fuera, de vacaciones. Llevaba la blusa roja. Aquella blusa que le sentaba tan bien. Me invadió, más intensa que nunca, una gran tristeza: por ella y por mí. Una piedad incontrolable, enfermiza.

Pero duró poco. Pronto apareció el chico. No me vio. Empezaron a discutir violentamente, como si reemprendieran una disputa iniciada mucho antes. Desaparecieron, pero aún oía el agrio tono de sus voces: imposible captar una sola palabra. Quizá transcurrió media hora. La chica regresó a la ventana; él pronto se le unió, sumiso. Estaban acodados en el antepecho; cuando miré de nuevo, se besaban.

La tarde era calinosa, de tormenta. El aire estaba inmóvil. Fingía leer. De vez en cuando miraba a la pareja que se besaba, esforzándome por no levantar demasiado la cabeza. De repente, mi mirada se cruzó con la de ella: no pude evitar la fascinación de su mirada y nos contemplamos mutuamente. Me pareció que su mirada me sonreía, compleja, llena de negativas y de promesas. Como si me estuviera besando a mí. Tuve la sensación de que aquella chica se me ofrecía diabólicamente; sin la distancia que nos separaba, hubiera podido cogerla del brazo y me hubiera seguido.

El suplicio duró un rato. Ardía como si estuviera rodeado de brasas. Me sentí grotesco, subido en el almohadón de mi silla, paralizado ante aquel ser que me absorbía. Ella era toda besos: se hacía perdonar. El aire era irrespirable. La chica seguía mirándome y yo, literalmente, moría.

***

Aquel verano, mi padre cayó gravemente enfermo. En septiembre tenía que examinarme de nuevo. Antes, mi padre murió. Fue un verano triste. La repentina muerte de mi padre, a quien quería mucho, me hizo crecer, me envejeció. La melancolía que se apoderó de mí fue tan intensa, que el paso de los años no ha logrado atenuarla. Aquel verano supuso un hito en mi vida. Me marcó profundamente.

Volví a mi habitación, a mi mesa junto a la ventana, a mi paisaje de estudiante que unos meses de ausencia convirtió en algo extraño. Hacía un tiempo benigno, las tardes eran dulces, menos azules, y los verdes de los árboles más matizados, como si quisieran embellecerse para dormir.

La ventana de mis angustias estaba ante a mí con las persianas cerradas. La chica de la blusa roja parecía pertenecer a un remoto pasado. En conjunto, un sueño que la luz despoja de todo el misterio que la noche le prestaba. ¡Qué absurdos se me antojaban mis delirios, mis inquietudes! Tenía que trabajar duro. ¿Por qué tan buenos propósitos si el futuro se me presentaba como algo inaccesible, la vida difícil y todo me parecía inútil? Pero tenía que trabajar duro, abrirme camino, a golpes si fuera necesario, hacer como los demás, ser un apoyo para mi madre, para mi hermana hasta que se casara, crear una familia; y luego, renacer en mis hijos, morir como mi padre, de prisa, en un verano radiante, y ser llorado por mi gente.

A pesar de todos los razonamientos, a pesar de la disciplina mental que quería imponerme, debo confesar que, a la hora de costumbre, la ventana de enfrente volvió a obsesionarme. Cuanto más me esforzaba por mantenerme indiferente, más se avivaba mi inquietud. Y todo lo que la noche anterior a mi llegada creía desvanecido, renació violentamente.

Pero nadie abrió la ventana. Ni al día siguiente, ni nunca más. Lo consideré una liberación. Me sentaba a la mesa, tranquilo, sin pensar en nada, con el ánimo reposado. Retenía las lecciones, avanzaba despacio, pero seguro, en línea recta. Me sentía sólido, empezaba a estar seguro de mí mismo. El sentimiento de inferioridad que el desastre de los exámenes me había producido se iba extinguiendo. Me sentía exultante.

Cuando ya ni me acordaba, cuando ni siquiera levantaba la cabeza de la mesa, como si la ventana perteneciera a otro mundo, un día advertí que las persianas estaban abiertas y dejaban ver aquel interior que durante mucho tiempo había sido como una prolongación de mi habitación. Pero la chica no estaba. Había otra con el mismo chico. Y otra chica ya no podía despertar en mí curiosidad alguna. Que abrieran, que cerraran, que se besaran ante mi vista: no me importaba.

Un día, hacia el atardecer, oí que alguien subía la escalera. Conocía los pasos de quienes venían a casa; me bastaba haberlos oído una vez para poder adivinar siempre quién subía a visitarme. Nunca había oído aquellos pasos. «Alguien que se habrá equivocado», pensé, pues vivía en el último rellano del edificio. Pero acto seguido me dije: «No, viene hacia aquí, son los pasos de alguien que nunca ha venido, pero se dirige hacia aquí».
Los pasos se detuvieron en el rellano, ante mi puerta. Transcurrieron algunos segundos. La persona que se hallaba ante mi puerta, antes de llamar, dudaba. De pronto oí que alguien bajaba por la escalera. Estaba intrigado. Los pasos se habían detenido en el piso de abajo: un buen rato. Después se acercaron de nuevo, como cansinos. El curioso visitante había decidido volver a subir. Llamó a la puerta con los nudillos, suavemente, como deseando a medias no ser oído. Si no hubiera oído antes los pasos, quizá no me hubiera enterado de que llamaban.

Fui a abrir. Era la chica de la blusa roja. Estaba más pálida: lívida. Había adelgazado mucho. Como si nos conociéramos desde hacía años, como si yo supiera que tenía que venir y por qué venía, sin pronunciar palabra, cruzó la habitación y se dirigió hacia la ventana. Desde mi mesa, miraba la ventana de enfrente. Miraba ávida, trágica, sin hablar, sin hacer un gesto. Permaneció así un rato, como si se encontrara sola en mitad del universo. Yo tenía la sensación de que debía hacer algo, apartarla de la ventana, no permitirle mirar. Notaba que sufría, pero un enorme respeto y la irrealidad que se desprendía de aquella situación me paralizaban. Lo que veía debía de haberle proporcionado una felicidad que nunca más volvería a encontrar.

Casi había oscurecido. Me acerqué a ella. Nunca más he vuelto a experimentar tanta ternura como aquel atardecer junto a aquella chica triste que ignoraba cómo se había adueñado de mi corazón. Por qué decidí acercarme, qué palabras pronuncié, todo se ha borrado de mi memoria; solo me queda, terriblemente preciso, el recuerdo de su llanto desgarrador. Estalló en sollozos entre mis brazos, que para ella debían ser brazos impersonales —como si llorara apoyada en una pared—. Lloraba más dolorosamente que yo cuando murió mi padre. Como nunca más he oído llorar a nadie. Sentí que debía protegerla, como si el destino me la hubiera dejado entre los brazos; que su futuro, de un modo u otro, me pertenecía, como si misteriosamente fuera entrando en el círculo de mis responsabilidades. Excitaba mi tendencia libresca —¡que no era poca, por aquel entonces!—. La llevé en brazos como si fuera una niña y la dejé encima de la cama como si se tratara de algo mío, no cogido: dado, hallado, sacudido por el llanto inacabable, y me quedé arrodillado en el suelo, con mi rostro junto al suyo. Sus lágrimas mojaban mi mejilla.

Transcurrieron horas, varias horas. Sin pronunciar palabra, entre sollozos que se iban espaciando, se durmió como una llama que se extingue. La velé. Fue una noche casta, pero aún recuerdo la suavidad de sus cabellos, el sabor salado de sus lágrimas. ¡Cómo se abandona la mano de un cuerpo dormido! ¡Qué resecos están los labios cuando el corazón sufre! Parecía que tuviera un pájaro muerto en la mano. Debí de quedarme dormido al amanecer. Cuando desperté era de día y estaba solo. Nunca más he vuelto a verla. Pero nunca más he vuelto a vivir unas horas de fervor como aquellas, una noche de amor más pura.

Fuente: El taller de Ana Haro

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