Lydia Davis
A continuación,
te presento dos relatos breves de Lydia Davis considerada candidata para
obtener el Premio Nobel de Literatura en varias ocasiones.
El
primer relato es La transformación. Narra el extraño proceso por el cual una
joven, que anteriormente había sido un árbol, comienza a convertirse lentamente
en piedra, ante la sorpresa de los habitantes de la ciudad. El cuento muestra
cómo las personas intentan comprender y aceptar cambios que parecen imposibles.
Su significado se relaciona con la transformación constante de la identidad y
con los límites de nuestra capacidad para aceptar lo desconocido: aunque nos
acostumbramos a los cambios, siempre hay un punto en el que aquello que ocurre desafía
nuestra idea de lo que es posible y normal.
El
segundo relato es Una segunda oportunidad, que reflexiona sobre el deseo
de volver a vivir momentos importantes para corregir los errores cometidos. La
narradora piensa en situaciones como el matrimonio, la maternidad y la muerte
de un ser querido, y explica que, aunque aprendiéramos de nuestros errores,
cada nueva experiencia sería diferente y volveríamos a enfrentarnos a nuevas
decisiones. El cuento significa que la vida no ofrece una verdadera segunda
oportunidad idéntica a la primera, porque cada momento es único; por ello,
muestra la dificultad de aprender completamente de los errores y la
imposibilidad de controlar o repetir las experiencias importantes de nuestra
vida.
Estos relatos breves de Lydia Davis puedes escucharlos en YouTube y Spotify.
Dos relatos breves de Lydia Davis
La transformación
No
era posible, pero pasó; y no de una manera repentina, sino con gran lentitud,
no fue un milagro, sino algo muy natural, a pesar de ser imposible. Una chica
de nuestra ciudad se convirtió en piedra. Pero es cierto que tampoco había sido
una chica normal antes de eso: había sido un árbol. Sabemos que a los árboles
los mueve el viento. Pero en algún momento a finales de septiembre comenzó a
dejar de moverse con el viento. Pasaron varias semanas y cada vez se movía
menos. Después, nunca se movió. Cuando sus hojas caían lo hacían repentinamente
y con sonidos terribles. Caían sobre las piedras y a veces se partían en
pedazos y a veces permanecían intactas. Salían chispas donde caían y un poco de
polvo blanco alrededor. La gente, aclaro que yo no, recogía las hojas y las
ponían sobre manteles. Nunca existió una ciudad como ésa, con hojas de piedra
sobre cada mantel. Luego comenzó a cambiar de color: primero pensamos que era
por la luz. Algo frustrados, a veces algunos rodeábamos el árbol abriendo y
cerrando los ojos, boquiabierto –y tan pocos dientes había entre nosotros que
también era algo para verse– y decíamos que era la hora del día o el cambio de
estación lo que la hacía verse gris. Pero pronto fue claro que ahora
simplemente era gris, así nomás, así como hace unos años tuvimos que aceptar
que ahora simplemente era árbol y no una chica. Pero un árbol es una cosa y una
piedra es otra. Hay límites en lo que puedes aceptar, incluso cuando se trata
de cosas imposibles.
Una segunda oportunidad
Si
tan solo tuviera la oportunidad de aprender de mis errores, lo haría, pero hay
demasiadas cosas que no haces dos veces; de hecho, la mayor parte de las cosas
importantes son cosas que no haces dos veces, así que no las puedes hacer mejor
la segunda vez. Haces algo mal y luego ves lo que hubiera sido mejor hacer y
estás preparada para hacerlo, de presentarse la oportunidad, pero la próxima
experiencia es muy diferente y tu juicio de nuevo será erróneo y aunque luego
estés preparada para esta experiencia si habría de repetirse, no estás
preparada para la experiencia siguiente. Si, por ejemplo, pudieras casarte a
los dieciocho años dos veces, la segunda vez podrías asegurarte de que no
fueras tan joven para hacerlo, porque tendrías la perspectiva de ser mayor y
sabrías que la persona que te aconseja casarte con este hombre te está dando un
mal consejo pues sus razones son las mismas que te dio la última vez que te
aconsejo casarte a los dieciocho. Si pudieras traer un hijo de un primer
matrimonio a un segundo matrimonio por segunda vez, sabrías que la generosidad
puede convertirse en resentimiento si no haces las cosas bien y el
resentimiento en amabilidad si las haces, a menos que el hombre con el que te
cases cuando te cases por segunda vez una segunda vez tuviera un temperamento
muy diferente al del hombre con quien te casaste por segunda vez la primera
vez, en ese caso tendrías que casarte con ese hombre dos veces para saber cuál
sería el mejor camino que tomar al casarse con un hombre de su temperamento. Si
pudieras ver a tu madre morirse por segunda vez podrías estar preparada para
pelear por conseguir una habitación privada donde no hubiera nadie viendo la
televisión mientras ella muere, pero si estuvieras preparada para pelear por
eso, y lo hicieras, tendrías que perder a tu madre de nuevo para saber lo
suficiente como para decirles que coloquen bien su dentadura y no mal como lo
hicieron antes en su habitación y la vieron por última vez sonriendo tan
extrañamente, y luego una vez más para asegurarte que sus cenizas no
fueran guardadas de nuevo en esa especie de contenedor de correos aéreos
donde la mandaron al norte a un cementerio.
Fuente: Circulo de poesia
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Federico Falco.
