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domingo, 28 de diciembre de 2025

Cuento para adultos de Teresa Wilms Montt

 

¿Quién eres?

A continuación, te presento un cuento para adultos de Teresa Wilms Montt: “¿Quién eres? En este cuento, se presenta a una narradora que se retira  al campo buscando descanso y comunión con la naturaleza, y desde ese estado de quietud y apertura interior escucha una voz que le transmite una confesión cargada de misticismo.

En este cuento se explora la búsqueda de la identidad, la rebeldía contra las normas sociales y la libertad de ser uno mismo, reflejando su propia vida tumultuosa como escritora feminista adelantada a su época, que luchó contra la represión y el encierro, dejando un legado de pasión, dolor y resistencia en la literatura. 

También, puedes escucharlo en formato audiocuento en mi canal de Spotify o en YouTube


¿Quién eres?

[Cuento completo]

 

Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad.

 

Después de mucho caminar y maldecí la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las piedras.

 

Libre de inquietudes, suspirando de bienestar, despojeme de mis atavios, –ridículos atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo paseo campestre.

 

No lejos ranas, sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en la sombra, zafiros y esmeraldas.

 

Desnuda, la noche abanicábase en la corona de los árboles, lanzando a los cielos su respiración agitada. A sus pies, las rosas exhalaban el perfume de la tierra fecunda.

 

¡Qué beatitud seráfica dentro de mi ser! ¡Ah! ¡si llegué a creer que había muerto!

 

Adoro la noche que nos hace sentir la placidez del alma naturaleza; la santidad de tanto ser que vive más allá del pensamiento; y, como os decía, tal era mi paz interior, que imaginé había muerto.

 

Profundo fue mi letargo. No supe darme cuenta de si aquella voz que hablara a mi oído, era voz humana o voz de presentimiento. Comenzó así:

 

—Vengo desde muy lejos a reposarme y encuentro que has usurpado mi sitio. Pero no importa, quédate; desahogaré contigo, criatura mortal, el secreto amargo que traigo de mis andanzas por esos mundos de seres intangibles.

 

Presta atención —susurró la extraña voz.— Los hombres del siglo pasado me llamaron genio; si te acercas a mi fosa, verás sobre ella, la insignia del búho sapiente. No desdeñaron elogios; también leerás en las preliminares páginas de mis obras la palabra inmortal. —Sentí que la voz se hacía irónica, despedazada.— Engreído en mis saberes todo penetré: ciencia, liturgia, magia, química, física, poesía, filosofía. ¡Oh loco delirio de soberbia! creí que en mi cabeza la verdad encendía su tea. Me proclamaron apóstol, quemando ante mí ¡humano Icono! los inciensos y mirras destinados a los dioses paganos. Bajo el sayal de humildad, rebelde a la modestia, pavoneábase erguido mi espíritu fatuo. Infeliz de mí. Hueca estaba mi mente como espiga sin grano.

 

En el apogeo de este nefasto esplendor, llegó la inevitable. Irritada sin duda de tanta falsedad, de un solo tirón, despojome de la mísera vestidura que ahora pudre entre laureles, allá en el rincón del campo santo.

 

Separado bruscamente del mundo de los hombres, contempleme desnudo ante los implacables ojos de mi conciencia. En un instante, la muerte habiame transformado en juez de mi propia causa. Tuve horror de ver tanta bajeza reunida; enrojecí, vergüenza sentí de mezclarme con las otras almas errantes del espacio, y huí del fulgor de los astros hasta perderme en la nebulosa.

 

Interesadas mis compañeras en el fallo de mi conciencia, único arbitro de ambos mundos, siguieren mi vuelo. Yo me esforzaba por aventajarlas. Una de ellas, la más frágil de todas, comprendiendo la tristeza que me embargaba, me siguió llena de solicitud.

 

Al oír junto a mí el ruido de sus alas, apresuré la fuga, y de un solo envión me hundí en las frías sombras.

 

“Detente hermana, gritaba mi perseguidora, detente, alma temeraria. Esa región del Saos donde te lleva tu fatal vuelo, está inexplorada. Grave peligro te amenaza. Por Dios, retrocede, Te lo suplico”.

 

Como hacía poco había perdido mi humana envoltura, aun perduraba en mi los instintos, y movido de curiosidad le interrogué.

 

Afable, plena de gracia, respondiome:

 

“Vas hacia lo ignoto, hermana. Desde hace muchos siglos nadie ha penetrado el paraje donde diriges el vuelo. Hay en él algo inexplicable, en vano yo y mis compañeras hemos tratado de indagarlo; tal vez ocultó allí el creador el arcano que rige los mundos; tal vez sea la nada… No sé, no sé, pero no intentes penetrar la nebulosa …”

 

Yo escuchaba y en mi espíritu nacía una esperanza. Quizá encontraría en aquel sitio la expiación de mis pasadas flaquezas, ¡qué grande alivio! Sin pensarlo más, seguí avanzando en las tinieblas .

 

¿Cuánto tiempo estuve allí?, lo ignoro. El silencio me envolvía en fajas de hielo, iba petrificándome como pedazo desprendido de planeta muerto.

 

Desesperadamente trataba de luchar contra el sopor que embargaba mis alas, creí sucumbir. Jamás olvidaré aunque atraviese los siglos, jamás, la dulce sensación que experimenté cuando una mano de mujer, mano blanda cual las blandas manos de las madres humanas, tomándome como un pajarillo entre sus dedos cobijome en el tibio hueco de las palmas.

 

Luego, con una voz que no escuché tan armoniosa en los tiempos de mi juventud, me habló de esta manera:

 

“Paz, hijo mío, paz. Muy osado debiste ser en el mundo, cuando en esta región para ti desconocida te aventuras a tan arriesgadas empresas. ¿Qué te ha traído hasta mi solitario albergue? Después de Cristo no ha venido alma alguna a golpear mi puerta. Habla hijo mío, acaso seas el mensajero del mundo que ha tanto tiempo aguardo”.

 

Nada respondí, inmenso dolor hizo inclinar mi frente.

 

“Ven apóyate en mi corazón, hijo de la tierra amada, yo calmaré la angustia que leo en tus ojos, te daré serenidad”.

 

—Oh mortal, si tuvieses la inefable dicha de escuchar la delicia de esa voz, pasarías los tiempos de rodillas, sumido en éxtasis. Pero esa voz se escucha más allá de la muerte, y es sólo para aquellos que saben encontrarla.

 

No continuaré hablándote de esa noble mujer ella es modesta, las alabanzas hieren su oído.

 

Confiada, llena de fervor pasé entre sus manos los umbrales de una mansión incomparable. No creas que en ella había fastuosidad, tono aperlado velaba las cosas, que eran pocas. Había allí flores, las más humildes que nacen en la praderas, pájaros de todos los climas; libros, todas las obras modestas que en el mundo desdeñamos, y sobre una piedra de granito, abiertos los viejos brazos, un volumen donde resaltaba profundamente grabado en letras de oro este nombre. Salomón.

 

Observando ella que fijaba mi atención en esa páginas cuya escritura y lenguaje no conocía, díjome:

 

“Este libro y todos los que ves en esta estancia, son de mi hermana menor que alberga conmigo”.

 

—Ya puedes imaginar tú que me oyes; mi extrañeza al encontrar tan lejos de la tierra a esa criatura rodeada de cosas familiares, extrañeza que aumentaba al darme cuenta del interés no disimulado, que sentía por los habitantes del pequeño planeta.

 

Me interrogó sobre los asilos de menesterosos, de huérfanos, de idiotas; preguntome por las ambiciones y afanes del siglo; pero, llegó al coludo mi estupor, cuando la vi entristecerse y dejar caer sobre su pecho la cabeza orlada de albos cabellos.

 

“Tengo muchos enemigos en tu planeta –díjome, suspirando. A los hombres les debo mis cabellos nevados.

 

—¿Cómo, interrumpí yo; cómo tu que vives tan lejos del mundo, puedes ser maltratada allí?

 

“Así es, —dijo ella, inclinando la frente.— No puedo explicarte, hijo mío; es demasiado doloroso, pero es así”.

 

—Dime, te lo suplico ¿quién eres, misteriosa señora, que tan afable acogida me has hecho? ¿Por qué vives tan sola y retirada con tu hermana?

 

“Ella y yo estamos desterrados desde hace veinte siglos. Cuando se consumó la tragedia del Gólgota, escarnecidas por los hombres, huimos de esa inhospitalaria tierra”.

 

“Pero —agregó, reprimiéndose,— no seas curioso, hijo mío. Harto has penado purgando tus vanidades, no quiero que sufras por las miserias de los que aún vagan engañados en el mundo”.

 

—Gentil señora; dulce amiga, te estoy agradecido. Quiero saber a quién debo la paz.

 

“Sea como gustes, díjome severamente triste. Y plegando los labios en una sonrisa que dibujó un tenue refleja de ironía, me susurró quedamente: Mi hermana es la Sabiduría y yo soy la Bondad”.

 

Terminando su relato, sollozó la extraña voz de la aparición, y sin decirme adiós, se alejó pausadamente de mi oído.

 

Me levanté de un salto; esas revelaciones hundiéronse perforando agudamente mi cerebro.

 

Cogí con precipitación mis atavíos de moderno peregrino, y, sin mirar, salí al camino.

 

Interrogué a la noche en un afán incontenible de persuadirme que había soñado: ¿Es cierto que la bondad no existe?

 

Y llegó hasta mi la silenciosa respuesta, en la palidez de las estrellas, en el llorar infantil de la fuente, en el chillar siniestro de las aves nocturnas.

 

Cuál reina empuñando su cetro, apareció tras la montaña, la luna, torvo el ceño, roja de ira, castigando al mundo en un azote de sangre.

 

Fuente: Ciudad Seva

 


Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento de Navidad de Andersen

viernes, 19 de noviembre de 2021

Poemas de Teresa Wilms Montt

 

Una mujer valiente

Después de haber conocido la biografía de  esta escritora me ha fascinado su valentía, su rebeldía y sus obras y, por lo visto, no soy la única. Se hizo una película y, recientemente, se incluyó su vida en el libro Los Malditos, con un perfil escrito por Alejandra Costamagna, puesto que su vida parece sacada de una novela. 

 

Aunque Teresa Wilms Montt nació en una familia acomodada, su infancia no fue sencilla. Era desobediente, solitaria y muy lectora. Además, estaba lejos de cumplir con las expectativas de su madre y de la sociedad de ese momento, porque se la consideraba poco femenina. Se casó muy joven y descubrió que su esposo era celoso y violento. Comenzó una aventura con Vicente Balmaceda, primo de su esposo y, en 1915, es descubierta, acusada de adulterio e internada en un convento. Después de 8 meses de reclusión, el poeta Vicente Huidobro la ayuda a escapar disfrazándola de viuda y es en Bueno Aires donde Teresa se hace un nombre en las letras

 

En 1917 publica su primer libro Inquietudes sentimentales y la crítica aplaudió su prosa poética alzándola como la figura literaria del momento. Entonces sucedió uno de los episodios que marcaron la vida de la escritora. Un joven al que bautizó como Anuarí se enamoró perdidamente de ella y al no ser correspondido como él esperaba, se suicidó delante de la escritora. Tras este hecho, Teresa sintió que necesitaba huir y cambiar radicalmente de vida. Se subió a un barco rumbo a Nueva York para hacer prácticas en un hospital de la Cruz Roja en plena Primera Guerra Mundial.

 

El primer día del año de 1918 intentó tirarse por la borda, pero un pasajero lo impidió. Nada más pisar suelo estadounidense fue detenida por la policía. Sus apellidos, el pelo rubio, los ojos azules y el hecho de viajar sola hicieron sospechar a los agentes de la policía estadounidense de que se encontraban frente a una espía alemana. La retuvieron dos días en Ellis Island y, en esas 48 horas, fueron suficientes para darse cuenta de que no quería pasar ni un minuto más en ese país.  Se trasladó a España, concretamente en Madrid y alcanzó gran notoriedad en los círculos bohemios.

 

Cuentos chilenos

En 1918 publica En la quietud del mármol, su tercer libro y, poco después, Anuarí.  Su último libro, de 1919, es Cuentos para los hombres que todavía son niños. Si quieres escuchar unos cuentos de este libro, te invito a escuchar Cuentos chilenos.Teresa se entera de que sus hijas vivirán en París con su abuelo al que destinan allí y rápidamente se muda a Francia para poder verlas. Se halla de nuevo en el epicentro de las vanguardias, aunque lo que la mantiene viva es la ilusión de los encuentros semanales con sus hijas, pero tras la partida de ellas a Chile, enfermó gravemente. El 22 de diciembre de 1921 ingiere un frasco de veronal y fallece dos días después en el hospital Laënnec de París. Tenía solo 28 años y un pasado lo suficiente extraordinario (y escrito por ella) como para alimentar su mito que sigue vivo.

En la revista argentina «Nosotros», de la que había sido colaboradora, están las últimas palabras que escribió: «Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido».

 

Poemas

 Teresa Wilms Montt

Para contextualizar, es importante mencionar que, a principios del siglo XX, la producción intelectual de las mujeres no estaba reconocida social ni académicamente. Fue una mujer valiente, que luchó por los derechos de la mujer y dejó un legado precioso a través de su vida literaria influenciada por las revueltas sociales de cada contexto que vivió, principalmente por demandas del movimiento feminista y obrero.

En esta ocasión he escogido tres poemas de esta autora: Autodefinición, Alta mar y Mi alma, un fragmento de «Lo que no se ha dicho…»  que fue su último poema. Espero que te gusten. 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Cuentos chilenos

 

María Teresa de las Mercedes Wilms Montt

María Teresa de las Mercedes Wilms Montt, nació el 8 de septiembre de 1893 en la ciudad de Viña del Mar en el seno de dos influyentes familias de la élite mercantil y política del Chile de los primeros años del siglo XX. Por este motivo, la educación de Teresa Wilms estuvo a cargo de estrictas institutrices, propios de esa época y aprendiendo los deberes propios de la búsqueda de un conveniente marido. Sin embargo, desde pequeña, se manifestó contraria a los valores y enseñanzas de su clase, que poco acomodaban a su espíritu libre y creativo.

Teresa escribió tempranamente, mostrando un gran talento en el piano, el canto y, especialmente, las letras. Posteriormente, con diecisiete años y contra la voluntad de sus padres contrajo matrimonio con Gustavo Balmaceda, relación de la que nacieron dos hijas. Los celos del marido y las persistentes inquietudes intelectuales de la joven socavaron muy pronto el matrimonio, marcando el inicio del destino errante y trágico de la escritora. Entre 1911 y 1914 la familia se trasladó a diversas ciudades, donde pasó períodos de mucha soledad que sin embargo resultaron muy fructíferos en el plano creativo: durante estos años se volcó a la escritura de sus diarios íntimos y sostuvo una estrecha amistad con influyentes artistas e intelectuales, como el poeta Víctor Domingo Silva. Durante su permanencia en Iquique dio a conocer sus escritos por primera vez en forma pública, bajo el seudónimo de "Tebac", y se adhirió a los ideales feministas y anarquistas. Testigo de esta excitación intelectual, Gustavo Balmaceda la envió de regreso a Santiago, donde quedó al cuidado de su familia paterna y, meses después, fue recluida en el Convento de la Preciosa Sangre. 

En 1916, tras un intento de suicidio producto del encierro forzoso, escapó hacia Buenos Aires. La llegada a esta ciudad le permitió abrazar la autonomía como mujer y como escritora. Comenzó colaborando con una revista. En 1917 publicó sus dos primeros libros. Su ópera prima, Inquietudes sentimentales, conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas, gozó de un éxito arrollador entre los círculos intelectuales de la sociedad bonaerense. Lo mismo ocurrió con su segunda obra, Los tres cantos, trabajo en el que exploró el erotismo y la espiritualidad.

 

En 1918 se trasladó a Madrid. Allí publicó otras dos obras, también ampliamente reconocidas por la crítica literaria española. De regreso en Buenos Aires, en 1919, publicó su quinto libro, titulado Cuentos para hombres que todavía son niños, en el que evocó su infancia y algunas experiencias íntimas, en narraciones de gran originalidad y fantasía. Luego continuó su viaje por Europa, visitando Londres y París, pero manteniendo siempre residencia en Madrid. El año 1920 se reencontró con sus hijas en París; pero tras la partida de ellas, enfermó gravemente. En esta crisis, consumió una gran dosis de Veronal y tras una larga agonía, falleció el 24 de diciembre de 1921. Tenía 28 años. En las últimas páginas de su diario, escribió: "Morir, después de haber sentido todo y no ser nada...".

 

Si quieres conocer otras anécdotas de esta escritora, te recomiendo leer Teresa Wilms Montt, la poeta chilena a la que encerraron en un convento tras acusarla de adulterio.


Cuentos cortos para adultos

Para esta ocasión he escogido del libro Cuentos para hombres que todavía son niños:  También para ellos y Caperucita Roja.  Espero que te gusten los Cuentos chilenos. Te recomiendo también que escuches El tapiz amarillo, una gran escritora con una biografía muy parecida a esta autora.

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