¿Quién eres?
A continuación,
te presento un cuento para adultos de Teresa Wilms Montt: “¿Quién eres?”
En este cuento, se presenta a una narradora que se retira al
campo buscando descanso y comunión con la naturaleza, y
desde ese estado de quietud y apertura interior escucha una voz que le
transmite una confesión cargada de misticismo.
En este cuento se explora
la búsqueda de la identidad, la rebeldía contra las normas sociales y la
libertad de ser uno mismo, reflejando su propia vida tumultuosa como escritora
feminista adelantada a su época, que luchó contra la represión y el encierro,
dejando un legado de pasión, dolor y resistencia en la literatura.
También,
puedes escucharlo en formato audiocuento en mi canal de Spotify o en YouTube
¿Quién eres?
[Cuento completo]
Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad.
Después de mucho
caminar y maldecí la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una
hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul
arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las
piedras.
Libre de
inquietudes, suspirando de bienestar, despojeme de mis atavios, –ridículos
atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a
soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo
paseo campestre.
No lejos ranas,
sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus
gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos
dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en
la sombra, zafiros y esmeraldas.
Desnuda, la noche
abanicábase en la corona de los árboles, lanzando a los cielos su respiración
agitada. A sus pies, las rosas exhalaban el perfume de la tierra fecunda.
¡Qué beatitud
seráfica dentro de mi ser! ¡Ah! ¡si llegué a creer que había muerto!
Adoro la noche que
nos hace sentir la placidez del alma naturaleza; la santidad de tanto ser que
vive más allá del pensamiento; y, como os decía, tal era mi paz interior, que
imaginé había muerto.
Profundo fue mi
letargo. No supe darme cuenta de si aquella voz que hablara a mi oído, era voz
humana o voz de presentimiento. Comenzó así:
—Vengo desde muy
lejos a reposarme y encuentro que has usurpado mi sitio. Pero no importa,
quédate; desahogaré contigo, criatura mortal, el secreto amargo que traigo de
mis andanzas por esos mundos de seres intangibles.
Presta atención
—susurró la extraña voz.— Los hombres del siglo pasado me llamaron genio; si te
acercas a mi fosa, verás sobre ella, la insignia del búho sapiente. No
desdeñaron elogios; también leerás en las preliminares páginas de mis obras la
palabra inmortal. —Sentí que la voz se hacía irónica, despedazada.— Engreído en
mis saberes todo penetré: ciencia, liturgia, magia, química, física, poesía,
filosofía. ¡Oh loco delirio de soberbia! creí que en mi cabeza la verdad
encendía su tea. Me proclamaron apóstol, quemando ante mí ¡humano Icono! los
inciensos y mirras destinados a los dioses paganos. Bajo el sayal de humildad,
rebelde a la modestia, pavoneábase erguido mi espíritu fatuo. Infeliz de mí.
Hueca estaba mi mente como espiga sin grano.
En el apogeo de
este nefasto esplendor, llegó la inevitable. Irritada sin duda de tanta
falsedad, de un solo tirón, despojome de la mísera vestidura que ahora pudre
entre laureles, allá en el rincón del campo santo.
Separado
bruscamente del mundo de los hombres, contempleme desnudo ante los implacables
ojos de mi conciencia. En un instante, la muerte habiame transformado en juez
de mi propia causa. Tuve horror de ver tanta bajeza reunida; enrojecí,
vergüenza sentí de mezclarme con las otras almas errantes del espacio, y huí
del fulgor de los astros hasta perderme en la nebulosa.
Interesadas mis
compañeras en el fallo de mi conciencia, único arbitro de ambos mundos,
siguieren mi vuelo. Yo me esforzaba por aventajarlas. Una de ellas, la más
frágil de todas, comprendiendo la tristeza que me embargaba, me siguió llena de
solicitud.
Al oír junto a mí
el ruido de sus alas, apresuré la fuga, y de un solo envión me hundí en las
frías sombras.
“Detente hermana,
gritaba mi perseguidora, detente, alma temeraria. Esa región del Saos donde te
lleva tu fatal vuelo, está inexplorada. Grave peligro te amenaza. Por Dios,
retrocede, Te lo suplico”.
Como hacía poco
había perdido mi humana envoltura, aun perduraba en mi los instintos, y movido
de curiosidad le interrogué.
Afable, plena de
gracia, respondiome:
“Vas hacia lo
ignoto, hermana. Desde hace muchos siglos nadie ha penetrado el paraje donde
diriges el vuelo. Hay en él algo inexplicable, en vano yo y mis compañeras
hemos tratado de indagarlo; tal vez ocultó allí el creador el arcano que rige
los mundos; tal vez sea la nada… No sé, no sé, pero no intentes penetrar la
nebulosa …”
Yo escuchaba y en
mi espíritu nacía una esperanza. Quizá encontraría en aquel sitio la expiación
de mis pasadas flaquezas, ¡qué grande alivio! Sin pensarlo más, seguí avanzando
en las tinieblas .
¿Cuánto tiempo
estuve allí?, lo ignoro. El silencio me envolvía en fajas de hielo, iba
petrificándome como pedazo desprendido de planeta muerto.
Desesperadamente
trataba de luchar contra el sopor que embargaba mis alas, creí sucumbir. Jamás
olvidaré aunque atraviese los siglos, jamás, la dulce sensación que experimenté
cuando una mano de mujer, mano blanda cual las blandas manos de las madres humanas,
tomándome como un pajarillo entre sus dedos cobijome en el tibio hueco de las
palmas.
Luego, con una voz
que no escuché tan armoniosa en los tiempos de mi juventud, me habló de esta
manera:
“Paz, hijo mío,
paz. Muy osado debiste ser en el mundo, cuando en esta región para ti
desconocida te aventuras a tan arriesgadas empresas. ¿Qué te ha traído hasta mi
solitario albergue? Después de Cristo no ha venido alma alguna a golpear mi
puerta. Habla hijo mío, acaso seas el mensajero del mundo que ha tanto tiempo
aguardo”.
Nada respondí,
inmenso dolor hizo inclinar mi frente.
“Ven apóyate en mi
corazón, hijo de la tierra amada, yo calmaré la angustia que leo en tus ojos,
te daré serenidad”.
—Oh mortal, si
tuvieses la inefable dicha de escuchar la delicia de esa voz, pasarías los
tiempos de rodillas, sumido en éxtasis. Pero esa voz se escucha más allá de la
muerte, y es sólo para aquellos que saben encontrarla.
No continuaré
hablándote de esa noble mujer ella es modesta, las alabanzas hieren su oído.
Confiada, llena de
fervor pasé entre sus manos los umbrales de una mansión incomparable. No creas
que en ella había fastuosidad, tono aperlado velaba las cosas, que eran pocas.
Había allí flores, las más humildes que nacen en la praderas, pájaros de todos
los climas; libros, todas las obras modestas que en el mundo desdeñamos, y
sobre una piedra de granito, abiertos los viejos brazos, un volumen donde
resaltaba profundamente grabado en letras de oro este nombre. Salomón.
Observando ella que
fijaba mi atención en esa páginas cuya escritura y lenguaje no conocía, díjome:
“Este libro y todos
los que ves en esta estancia, son de mi hermana menor que alberga conmigo”.
—Ya puedes imaginar
tú que me oyes; mi extrañeza al encontrar tan lejos de la tierra a esa criatura
rodeada de cosas familiares, extrañeza que aumentaba al darme cuenta del
interés no disimulado, que sentía por los habitantes del pequeño planeta.
Me interrogó sobre
los asilos de menesterosos, de huérfanos, de idiotas; preguntome por las
ambiciones y afanes del siglo; pero, llegó al coludo mi estupor, cuando la vi
entristecerse y dejar caer sobre su pecho la cabeza orlada de albos cabellos.
“Tengo muchos
enemigos en tu planeta –díjome, suspirando. A los hombres les debo mis cabellos
nevados.
—¿Cómo, interrumpí
yo; cómo tu que vives tan lejos del mundo, puedes ser maltratada allí?
“Así es, —dijo
ella, inclinando la frente.— No puedo explicarte, hijo mío; es demasiado
doloroso, pero es así”.
—Dime, te lo
suplico ¿quién eres, misteriosa señora, que tan afable acogida me has hecho?
¿Por qué vives tan sola y retirada con tu hermana?
“Ella y yo estamos
desterrados desde hace veinte siglos. Cuando se consumó la tragedia del
Gólgota, escarnecidas por los hombres, huimos de esa inhospitalaria tierra”.
“Pero —agregó,
reprimiéndose,— no seas curioso, hijo mío. Harto has penado purgando tus
vanidades, no quiero que sufras por las miserias de los que aún vagan engañados
en el mundo”.
—Gentil señora;
dulce amiga, te estoy agradecido. Quiero saber a quién debo la paz.
“Sea como gustes,
díjome severamente triste. Y plegando los labios en una sonrisa que dibujó un
tenue refleja de ironía, me susurró quedamente: Mi hermana es la Sabiduría y yo
soy la Bondad”.
Terminando su
relato, sollozó la extraña voz de la aparición, y sin decirme adiós, se alejó
pausadamente de mi oído.
Me levanté de un
salto; esas revelaciones hundiéronse perforando agudamente mi cerebro.
Cogí con
precipitación mis atavíos de moderno peregrino, y, sin mirar, salí al camino.
Interrogué a la
noche en un afán incontenible de persuadirme que había soñado: ¿Es cierto que
la bondad no existe?
Y llegó hasta mi la
silenciosa respuesta, en la palidez de las estrellas, en el llorar infantil de
la fuente, en el chillar siniestro de las aves nocturnas.
Cuál reina
empuñando su cetro, apareció tras la montaña, la luna, torvo el ceño, roja de
ira, castigando al mundo en un azote de sangre.
Fuente: Ciudad Seva
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