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domingo, 22 de febrero de 2026

El duende, un cuento para adultos de Elena Garro

 

Cuento para adultos de Elena Garro

A continuación, te presento un cuento para adultos de Elena Garro: El duende, que puedes escuchar también en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El Duende narra la vida de dos niñas que pasan sus días en un jardín cargado de calor, silencio y una atmósfera casi mágica, donde lo real y lo fantástico conviven sin fronteras claras; entre juegos, palabras misteriosas y la presencia invisible del Duende —una figura que parece gobernar ese espacio—, se va revelando un mundo infantil que no es inocente, sino lleno de deseos, celos, miedo y una conciencia precoz de la muerte. El cuento muestra cómo la infancia puede ser un territorio tan cruel y complejo como el de los adultos: las niñas usan la fantasía para explicar lo que no comprenden, para protegerse del dolor y también para justificar sus impulsos más oscuros. El Duende no es simplemente un ser mágico, sino el símbolo de la mentira, la imaginación y la coartada emocional con la que los niños (y los adultos) evitan asumir la culpa de sus actos. Elena Garro plantea que el mal no llega desde fuera, sino que nace dentro, y que la fantasía puede ser tanto refugio como instrumento para ocultar la verdad. El jardín, que se va deteriorando, refleja la pérdida de la inocencia: cuando la verdad se rompe, también se rompe el mundo que la sostenía.

 

El Duende

(Cuento completo de Elena Garro)

A las tres de la tarde el sol se detenía en la mitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Sólo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y venir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

—Eva, ¿te da miedo morir?

—No, el otro mundo es tan bonito como éste.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un orden diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. «El otro mundo es tan bonito como éste»… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego, la puerta que la esperaba y que conducía al vacío, volvió a tomar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a precipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Sólo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

—¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito como éste?

—Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recordar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

—Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió vergüenza al sorprender a Eva en una mentira.

—¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ramas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía columpiarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

—Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron hasta las palmeras, sesgaron un poco hacia la izquierda y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas, rezumaba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cortó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimientos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. «Estoy envenenada», se dijo.

—No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

—No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. «Estoy envenenada», se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasaba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y sólo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúsculas las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni dejarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su hermana. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. «¡Dios mío, haz que se las coma!». Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. «¡Dios mío, que se muera!». Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

—¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

—¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. «El otro mundo es tan bonito como éste, allí no se suda porque no tenemos cuerpo»… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blanco. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocupada.

—¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amistad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja verde les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

—No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

—Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estupor al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pusieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asustados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habitación, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.

Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos segundos hacía la cama de Eva. Los niños lo siguieron, Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida escuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama, asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre tomó en brazos a su hermana y salió con ella de la habitación. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero ésta sólo le contestó con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le interesaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desaparecido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumentaban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pregunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asustados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó parsimoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró parpadeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, sólo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita permaneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

—Estrellita, dime, ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

—No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

—No. Desde allí sólo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre.

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados, flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solemnidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

—Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la hoja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

—Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

—Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávida, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… No me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gustar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

—Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la colocó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcanzar un vaso de refresco.

—Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

—No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Sólo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados. En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por mentirosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la espalda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una decisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pletórico de hojas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

—¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

—Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

—No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvidado que Eva no tenía ningún secreto.

—Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

—¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, parpadeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

—Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

—¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrellita Garro.

Fuente: Ciudad Seva

 

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viernes, 29 de agosto de 2025

Debo olvidar, cuento de Elena Garro

 

Descubre el cuento Debo olvidar de Elena Garro

A continuación, te presento Debo olvidar…cuento para adultos de Elena Garro. En este cuento, dos mujeres se hospedan en un hostal oscuro y amenazante, donde conviven con huéspedes extraños y viven bajo vigilancia, miedo y violencia. Intentan sobrevivir ocultando a sus gatos y trabajando, mientras el ambiente se vuelve cada vez más opresivo. El relato se presenta como un diario o testimonio hallado por un narrador masculino, convertido en un huésped del hostal y que descubre estas páginas olvidadas.

"Debo olvidar" es un cuento oscuro que simboliza la desprotección y la violencia sociopolítica que sufren las personas marginadas. A través de un lugar opresivo —el hostal—, Elena Garro expone el terror cotidiano de los exiliados y perseguidos, mientras reflexiona sobre la memoria como fuerza de resistencia y la palabra como campo de batalla emocional y político. Cabe destacar el título mismo —"Debo olvidar"—, que alude a la tensión entre la necesidad de borrar ese sufrimiento y la urgente vitalidad de recordarlo. La memoria de “los vencidos” desafía a los vencedores.

Espero que disfrutes este cuento que he escogido para ti. También puedes escuchar este relato para adultos en YouTube.


Cuento de Elena Garro

Debo olvidar…

 

Debo olvidar que encontré estas páginas escondidas entre las tablas sueltas del armario… después de todo la habitación es enorme y en los días que corren es un lujo gozar de espacio. No me molesta la suciedad de los muros, ni las duelas rotas. Tampoco me importan las manchas de humedad que hay en el techo, ni el agua de la lluvia que se cuela a raudales. Me gusta ver llover y las goteras perfuman de frescura el cuarto; quizás solo me asusta el silencio y el ruido de las persianas rotas a las que sacude el viento. Pienso que el viento se escucha demasiado cuando la soledad es absoluta… Será mejor no mirar por las ventanas que dan a la terraza, aunque a pesar mío, mis ojos no se apartan de ellas y trato de adivinar quién me observa desde las sombras a través de las persianas rotas… Sé que hay alguien y trato de leer estas páginas sin que ese alguien vea lo que leo. ¡Alguien!, la palabra me inquieta, sé que alguien tiene la vista fija en mis espaldas…

—Allí mismo en la esquina, hay una pensión. Los dueños son una pareja joven y estará usted muy feliz —me aconsejó la cigarrera.

La cigarrera se llama Carmenchu: es una mujer gorda, vivaz, cordial, que siempre me observó con simpatía o quizás con lástima.

—¡Eh!, no fume tanto, a su edad no conviene. ¿Tiene usted dificultades en la pensión? —agregó con voz bondadosa.

Afirmé con un gesto y su actitud amable me movió a confiarle mi secreto.

—Tengo un gato muy viejo, siempre lo escondo y el pobre ha sufrido mucho… la hostelera lo descubrió ¡y me ha echado!

—Vaya allí, estará como en su propia casa.

Carmenchu me regaló unas cerillas y sonrió. Nos enredamos en una larga charla y me dijo que ha viajado mucho, «tal vez por eso es más generosa», me dije mientras la escuchaba.

—Conozco el mundo y cuando la gente de arriba cae, se queda más sola que la soledad misma. Estoy segura de que usted no cuenta con ningún amigo y que si le sucediera algo nadie se preocuparía en preguntar por usted. Simplemente nadie notaría su ausencia, ¿o no es así? —me preguntó en tono confidencial.

—Así es… —respondí, pues la cigarrera había adivinado mi situación.

—Múdese con ese matrimonio, la gente sola siempre está en peligro —agregó.

Y antes de ayer por la mañana llegué a este hostal, del que nunca sospeché su existencia a pesar de pasar frente a él casi todos los días. Tal vez porque está situado en la última planta de un edificio de ocho pisos en el que únicamente hay comercios. En el portal de entrada hay escaparates con pelucas, muñecas y trajes festivos. No hay ningún anuncio, ningún signo que diga que el hostal está en el último piso. Me sobresalté al ver que la puerta de entrada al hostal carece de cerrojo y permanece abierta de día y de noche. Yo estoy en la primera habitación cuya puerta da a un pasillo que al fondo se bifurca en dos pasillos y sobre los cuales se abren puertas pintadas de color mostaza. Los cuartos de servicio están uno en un rincón del pasillo de la izquierda y el otro en el extremo del pasillo de la derecha. Allí termina o, más bien dicho, no termina el pasillo, pero se interrumpe el paso: unas cortinas sucias ocultan esa parte de la casa. No me he atrevido a ver lo que hay detrás de esos trapos viejos. Para llegar a los cuartos de servicio necesito caminar hasta la bifurcación, iluminada por un foquillo azul, que por las noches proyecta sombras grises e inquietantes. Los cuartos de servicio están bastante aseados, pero esto no impide que me sienta aterrado entre sus muros de mosaicos y la bañadera quizás demasiado honda… Cuando llego a la bifurcación debo escoger entre el baño de la izquierda o el de la derecha; siempre dudo, quizás me asusta el ruido de mis pasos sobre las duelas resecas que crujen con estruendo aunque avance de puntillas. He notado que al llegar al foquillo azul las voces que se escuchan detrás de las puertas pintadas de color mostaza ¡callan! y el silencio que produce mi presencia me acongoja. Ayer por la mañana observé a Jacinto, el dueño del hostal, mientras regaba sus tiestos viejos distribuidos malamente sobre la terraza de losetas rojas y partidas. Jacinto lleva flequillo, camina contoneándose y con esmero, tiende sobre las cuerdas verdes las sábanas lavadas. Se diría que sus labios están carcomidos, no sonríe nunca y su mirada furtiva abarca todo, hasta mis gestos detrás de las persianas rotas. Al verlo, salté a la terraza por la ventana, pero Jacinto huyó por una puertecilla de vidrios situada a la izquierda, junto a una ventana igual a las mías, pero cuyas persianas están intactas y herméticamente cerradas. Debe pertenecer a la habitación de otro huésped a quien nunca he visto. La puertecilla de vidrios comunica con el pasillo de la izquierda y está colocada en un rincón que forma un ángulo recto con el muro desteñido que cierra a la terraza. Sobre ese muro también hay una ventana con las maderas cerradas. Quizás ahí no vive nadie. Ignoro dónde viven los huéspedes que vi ayer por la mañana; todos eran jóvenes, salvo uno, pequeño, viejo y envuelto en un gabán raído. Los demás usan chaquetones verdes con capuchas ribeteadas de peluche gris. Todos llevan cabello largo, pisan fuerte y tienen miradas desafiantes y seguras. Tuve la impresión de que mi presencia les divertía.

—¡Hola, viejo!… ¿cómo va la vida? Por la mañana me pareció que usted solo era un bulto —me dijo un huésped al que encontré en el ascensor. Como tenía acento extranjero, le pregunté por cortesía:

—¿Le gusta Madrid?

—Pintoresco, pintoresco… ¡qué escándalo que arman por dos policías muertos! En mi país morían treinta o cuarenta al día… ¡Qué boludos que son estos gallegos! —contestó.

Su mirada era extraña, se diría que trataba de dormirme o de dormirse él, y el gesto de sus manos era blando, indolente como su voz. Me sentí aliviado cuando alcancé la calle y me separé del personaje de manos pálidas. Supe que su voz quedó vibrando dentro de las paredes del ascensor y en vano me pregunté el motivo de su ira también perezosa.

Conté las pesetas, me alcanzaba para comprar un bocadillo de carne y un café y me instalé en un bar vecino, para hacer tiempo. Siempre estoy haciendo tiempo… La carne era para mi gato, yo comería el pan y bebería el café caliente. Pensé en Miguelín, mi gato, al que dejé encerrado en el armario para que nadie descubriera su presencia en el hostal. Estaría muy calladito esperándome en la oscuridad de su calabozo. ¡Pobre Miguelín, siempre en el calabozo esperando mi regreso! «¿Cuántas palizas ha recibido?», me pregunté y no pude contarlas. Una vez lo encontré vomitando sangre, medio muerto. En otra ocasión lo quemaron con cigarrillos y en el último trataron de rebanarle un ojo, pero supo defenderse y el navajazo lo tenía de la sien a la oreja. Dicen que los animales se parecen a sus dueños. ¡Me parece injusto que Miguelín sufra mi suerte apaleada!

Volví tarde al hostal y encontré la puerta de hierro y de cristales cerrada. Eché mano a la llave que me dio Jacinto y me fui directamente al ascensor. De un recoveco salió el conserje:

—¿Adónde va usted? —me gritó el hombre.

—Al hostal…

—¡Su nombre! —pidió el conserje, mientras consultaba una lista escrita a máquina que mantenía en la mano. Le di mi nombre y el conserje no lo encontró entre la lista de nombres de los huéspedes.

—Al entrar entregué mi carnet… —dije.

El conserje se rascó la cabeza y pareció reflexionar.

—Mañana es sábado, mi día libre, pero trate de que su nombre figure en la lista —me ordenó.

Mientras hablábamos entró un hombre joven, de abrigo oscuro, tez muy pálida y mirada acuosa, que llamó al ascensor y esperó a que yo lo acompañara, pero lo dejé ir solo.

—¿Vive aquí? —le pregunté al conserje.

—Sí, desde hace tres o cuatro años. No es español, sale muy poco y se recoge temprano. ¡Cuidado con él! Es el que manda arriba, la Repa lo quiere demasiado. No entiendo cómo Jacinto lo consiente…

Me explicó que la Repa era la dueña del hostal: «¡Una loba! A usted no lo atacará porque ya es viejo… ella quiere chicos jóvenes. ¡Y él también! Mire, hay algo arriba que no me gusta y cuando cae alguien como usted se marcha en seguida ¡y no regresa nunca! Se ve que huyen asustados. No sé, no sé, además todos los que viven ahí son extranjeros. Ya sabe usted cómo está Madrid…».

Eso me dijo anoche el conserje nocturno; hoy no está, es sábado y en el edificio no hay nadie. Los comercios y los talleres están cerrados y en el hostal solo estoy yo y alguien que me mira… no se escucha ningún ruido, los huéspedes deben hallarse en los cafés, la puerta de entrada sigue abierta y yo encontré estas páginas manuscritas…

Diciembre 19. Alejandro me pagó siete mil quinientas pesetas por el trabajo. Pensábamos regresar a pie, pero llovía tanto y teníamos tanta hambre, que no resistimos la tentación de comer. ¡Qué locura hicimos! «A todo se acostumbra uno menos a no comer», decía alguien y nosotras casi nos hemos acostumbrado; eso sí, bebemos agua en abundancia. El gasto fue estúpido y ahora solo pagaremos la mitad del mes y no podremos marcharnos de este lugar tenebroso. Somos unas necias. Jacinto aceptó el pago de dos semanas atrasadas y sonrió con sus labios disecados. Se acercó Repa, pisando fuerte con sus zuecos: «¿No aceptas que te has bañado siete veces?», dijo arrebatándole la nota a su marido. «Sí, lo acepto…», dije y volvió a sorprenderme que llame baño a esas gotas de agua helada que caen de la ducha y nos dejan enjabonadas. La comida inesperada nos dejó soñolientas; además teníamos mucho frío. Queríamos dormir, pero antes les dimos de comer a los gatos que nos esperaban hambrientos dentro del armario. ¡Pobres de Petrouchka y de Lola, siempre en el calabozo oscuro, para que no los descubran! Han recibido ya tantas palizas… Nos dormimos. La comida da sueño y el hambre da debilidad y sueño… Alejandro nos prometió que no pasaríamos la Nochebuena en ayunas; dijo que llamáramos el jueves y que Felipe me pagaría el otro trabajo. El jueves es el día 21 y la vida nos sonríe: es la primera vez que tenemos trabajo. ¡Se acabaron las hambres! Lucía quedó en llamar a Flor, la sudamericana melancólica que nos observaba en el despacho de Alejandro. Me avergonzaba la suciedad de mi gabardina mojada por la lluvia. Alejandro, tan rubio e impecable en su tricot blanco, procuraba no mirarme; sabía que me sentía avergonzada. Creo que hicimos mal en prolongar la visita, pero su despacho estaba caldeado y en la calle la lluvia y el viento de la sierra nos helaban los huesos. Nos hemos convertido en dos sombras harapientas… ¡Y no hay esperanzas! Un tribunal invisible nos ha condenado…

Diciembre 20. En la taberna que está en la callejuela a espaldas del hostal cenamos patatas con ajo y un café. Continúa lloviendo. La terraza es siniestra, sus balaustradas sucias, sus tiestos con plantas viejas y las ropas tendidas le dan un aire de abandono total. Si no fuera por el débil reflejo de luz que pasa sobre el muro pequeño construido a la derecha para dividir a la terraza de la guarida de Jacinto y de Repa, se diría que nos hallamos en un paraje abandonado… En esa guarida hay siempre mucha fruta y Jacinto y Reparadora dan mordiscos a las manzanas cuando nos acercamos a pedir disculpas por nuestro retraso en el pago de la habitación. No me gusta esta pareja. Ella es enorme; da la impresión de ser capaz de una brutalidad excesiva; su piel cetrina cubierta de cicatrices y su cabello cortado casi al rape la convierten en un ser agresivo; he visto el placer morboso con que lava los calzoncillos manchados de sus huéspedes, y sus manos rojizas por el agua fría recuerdan crímenes… me digo que quizás solo imagino tonterías; sin embargo la agudez estentórea y descarada de su voz confirma el terror que inspira el paso de esta mujer por los pasillos. Jacinto es pequeño, redondo, lleva flequillo, calza zapatos blancos de tenista para evitar el ruido y sus labios y dientes parecen apolillados. No sé por qué nos vigilan y les disgusta que hablemos con los huéspedes. «¿Pero no lo sabés? Nos han dicho que la policía las vigila», nos dijo Mario la otra noche y luego guardó silencio. Mario es un huésped con el que hemos hecho amistad a espaldas de los propietarios del hostal. Lo encontramos en el ascensor, pues al principio creíamos que nosotras éramos las únicas clientes de la pareja, y nos invitó a tomar una bebida caliente en su habitación. Aceptamos y fuimos a su cuarto de puntillas; lo encontramos pulsando una guitarra.

—¿Te gusta la música?

Mario entrecerró los ojos y luego los abrió para contemplarse en el espejo de su armario. Al cabo de un rato de silencio contestó con voz suave:

—Soy compositor…

De una manera curiosa, Mario inspira confianza y le hicimos confidencias que él tomó con afecto. De pronto se cubrió el rostro con sus manos intensamente pálidas: «No puedo escuchar, esa gente es monstruosa…», dijo. Lo hemos visto en la calle, camina como un autómata, lleva la mirada vaga y se diría que de un momento al otro va a caer dormido. Cuando sabe que Lucía no ha comido nada le invita un bocadillo y esto siempre es un gran consuelo. La otra tarde apoyó los codos en la mesa del café y se cubrió el rostro con las manos: «Yo soy muy loco, muy loco… no quiero volver a golpear a nadie. Golpear me vuelve más loco», dijo con voz muy suave y tuve que mirar sus manos pálidas. Es imposible no vérselas, pues siempre está jugando con la enorme cadena de níquel de su reloj pulsera. A pesar de su extrañeza, nos consuela saber que vive aquí, que contamos con un aliado en esta ciudad en la que somos absolutamente nadie. «Pero ¿y no tiene un solo amigo?», pregunta Mario sorprendido y agrega: «Yo en su caso me hubiera vuelto ¡loco!».

El mismo día en que nos instalamos en la fonda, Repa llamó a Lucía a la terraza: «Mira, te voy a presentar a un caballero», le dijo, y llamó a Richti, un huésped al que tomamos por un visitante. Richti apareció metido en su gabán negro, que hace resaltar la palidez de su rostro y el brillo lívido de sus ojos claros bajo la maraña de sus cejas negras, y habló de música. También él es compositor, pero odia a los músicos. En la terraza declaró que Mozart era homosexual y que Beethoven odiaba a su sobrino porque el pobre chico se defendía cuando su tío trataba de violarlo. Lucía trató de protestar y Repa, que lavaba los calzoncillos sucios de sus huéspedes, intervenía en la conversación: «¡Como lo oyes, guapa!». La risa de Richti es teatral y mientras ríe nos observa con malicia. El pobre está amargado porque trabaja de relojero en vez de dirigir una sinfónica. A veces lo escuchamos dar algún do de pecho espectacular y luego calla. Siempre que salimos a la calle lo encontramos, va solo, y parece un desdichado.

Descubrimos a otro huésped: un peruano que lleva chaquetón verde, botas de tacón alto, cabello largo y que pasea por el pasillo siempre carraspeando. Al igual que Mario, posee una guitarra, pero el peruano no es compositor: es cantante a pesar de su voz afónica. El peruano está muy pálido, tiene ojeras y tirita. «¿De qué?», le dije. «¡De frío!», contestó con su voz rota y huyó de la terraza. Siempre nos evita.

A los demás huéspedes no los distingo o quizás no los he visto; salen de noche y vuelven al amanecer y al pasar frente a mi puerta, la primera del pasillo que conduce al interior del hostal, la empujan con fuerza, como si trataran de romper el frágil pestillo corredizo. Al oscurecer se escuchan guitarras eléctricas y Richti entona el principio de un aria; llama por teléfono y grita: «¡Palo a la gallegada!». Pasea por el hostal como si fuera el propietario, arma un bullicio teatral y luego cae el silencio. «Pero ¿no sabés que Richti es el amante de la Repa?… Pero si lo adora. ¡Pobre hombre!… ¡Y claro que no paga!», nos confió Mario. Al decir esto se estremeció de horror, como si algún día él estuviera destinado a ser el sustituto de Richti en la cama de Repa. Yo escucho y apenas entiendo a esta gente tan baja, que parecen caricaturas de seres humanos… Me pregunto: «¿Por qué serán músicos si ignoran hasta lo que significa la palabra ninfa?». «¿Ninfa? ¿Podés decirme su significado?», preguntó Mario con aire molesto.

Diciembre 21. Llamé a Alejandro. Me dijo que todavía no habla con Felipe para que me pague el trabajo. ¡Qué catástrofe! La Gloria está muy alta y los mortales nos morimos de hambre. Tenía razón Carmenchu, la cigarrera, cuando me recomendó este hostal: «Los que caen nunca se levantan. Están condenados a desaparecer y nadie preguntará por ellos». El pueblo es sabio; me pregunto de dónde sacan ese olfato que huele la derrota y nunca se equivoca. Nos quedan trescientas pesetas. ¿Pasaremos la Nochebuena sin cenar? Se acerca la fiesta y se aleja mi pasado poblado de pastorcillos, Belenes, esferas rojas y perfume a cera ardida mezclado con las ramas de un pino. Nos quedan algunos trozos de pollo para los gatos. El pobre Petrouchka parece que se ha vuelto loco: corre por la habitación y se esconde en los rincones más oscuros. Lola, como siempre, me mira con ojos resignados. Su piel está sucia; Lola envejece; he visto su cara arrugada por el sufrimiento y sus ojitos llenos de legañas…

Diciembre 22. Alejandro no estaba en su oficina. Se acerca Nochebuena… Scrooge is an old man; he lives in London… ¿Quién es Scrooge? Sea el que sea ya no cree en los fantasmas. Para olvidar el miedo nos fuimos a la iglesia. Consuela aquello de «los últimos en la tierra serán los primeros en el cielo». Además se reza por los hambrientos y por los que padecen frío… también por los extranjeros. ¿Cómo no agradecerle a Dios que nos abra las puertas azules de la otra Gloria? Allí encontraremos al Padre luminoso que nos hace tanta falta. Jacinto no nos permitió bañamos. En la iglesia encontramos a Mario, inclinado, rezando, a pesar de que pertenece a una hermandad yogui y de que ha aprendido a hipnotizarse frente al espejo, según nos dijo en el bar al que nos invitó después de la misa. Lo vimos colocarse frente al espejo y contemplarse con suma atención. Él va a cenar la Nochebuena con unos amigos. «¿Y ustedes?», preguntó. «En el hostal», contestamos a coro. La suciedad de mi gabardina me avergüenza; atrae las miradas; el abrigo alguna vez lujoso de Lucía está lleno de polvo y el zorro del cuello ¡grasiento! Ahora trato de ignorar la terraza sombría. En este cuarto no solo llueve agua, también polvo… Por el pasillo circulan pasos y voces extranjeras. Mario nos dijo que no conocía a Richti y en la calle los hemos visto juntos, leyendo el mismo diario… Debo reclamarle a Repa mi carnet; lo hago todos los días, pero la mujer lo olvida. «Un carnet o un pasaporte limpio vale varios miles de dólares…», nos dijo hoy Mario mientras se miraba en el espejo manchado del café…

—¿Limpio?… ¿Qué quieres decir? —le pregunté.

Mario jugueteó largo rato con la cadena de níquel de su reloj pulsera; sus ojos se dirigieron al espejo en busca de sí mismo.

—¡Limpio! Sin antecedentes… —aclaró.

Diciembre 23. Sábado. Es inútil llamar a Alejandro; ayunaremos la Nochebuena y la Navidad; quizás el martes Felipe me pague el trabajo. Compré dos bollos grandes de pan y un litro de leche para estos tres días… Lucía no quiso resignarse y llamó a la melancólica Flor, la chica sudamericana que estaba en el despacho de Alejandro. Tenía la esperanza de que la invitara a cenar mañana. «Es una noche familiar. Cenaré con mi esposo…», dijo Flor, y Lucía volvió desconsolada al cuarto. Las tiendas están rebosantes de turrones, vinos, mazapanes, nueces, avellanas, frutas cristalizadas y clientes atareados en llevarse las golosinas. En el hostal todos hablan a gritos de la cena de mañana, pero nosotras no podemos hablar con nadie; Repa y Jacinto nos echarían a la calle. José y Emanuel, los hijos de los hosteleros, gritan por el pasillo: «¿Y cuándo se degüella al maldito cerdo?… ¡Maldito! ¡Maldito, que sangre mucho!»… Es mejor no escucharlos y continuar en silencio encerradas en este cuarto sombrío… Es tarde; han salido todos; el conserje no viene hoy, pero no debemos tener miedo, aunque alguien fisgue a través de las persianas rotas. Jacinto me prohibió colgar las colchas para cubrir las ventanas: «¡Par de cínicas! ¿Por qué os escondéis?», me gritó la otra tarde y por la noche no colgué las colchas…

Diciembre 24. Si yo fuera niña estaría en mi casa oliendo las ramas perfumadas de un pino cubierto de esferas rojas y doradas… La mesa estaría puesta; de la cocina llegarían vapores de manjares; no habría miedo ni hambre. Merezco lo que me sucede por haber desobedecido a mis padres… Fuimos a la iglesia y encontramos a Mario. «Trajeron los restos mortales del terrorista; le hicieron honras fúnebres y los policías están rabiosos…», nos dijo. Nosotras no compramos los diarios ni vemos la televisión. «Gobierno de hipócritas, lo mató la policía», añadió Mario. Volvimos al hostal abandonado por todos. Estamos solas y trato de imaginar a mis amigos sentados alrededor de ricas mesas… «¡Qué raro que celebren la fiesta si detestan a Cristo!», pienso. Lola, Petrouchka y Lucía están inmóviles; tal vez el hambre los deja demasiado tristes. En el hostal crujen las maderas resecas; tenemos miedo; la puerta de entrada está abierta y cualquier cosa puede sucedernos. «Si desaparecen nadie preguntará por ustedes», nos dijo Mario a la salida de la iglesia… El silencio es aterrador. Ahora deben de ser las doce pasadas y alguien ríe a carcajadas en el pasillo de muros grises alumbrado por el foquillo azul… También alguien empuja la puerta del cuarto; trata de asustarnos y es más prudente no salir a ver la cara de ese «alguien». ¿Podremos dormir?… Si fuera niña estaría en mi casa… Nunca imaginé una Nochebuena como ésta ¡y en Madrid! Mi padre me diría indignado: «¡Chica, salte de ahí inmediatamente!», a pesar de que él era muy patriota; pero mi padre nunca sabrá cómo me tratan en su bien amado país; hace ya tiempo que está muerto… Asturias era verde, perfumada a manzana, cuando yo era niña… Ahora no existen los paisajes, solo los muros sucios de este cuarto…

Diciembre 25. Despertamos tarde y no sé para qué despertamos… No nos movimos del cuarto, bebimos unos tragos de leche y comimos unos trozos de pan. Al oscurecer despertaron los huéspedes; deben de ser muchos. Richti ensayó su voz. «¡Canta, canta, que todos vamos a salir y te quedas dueño del hostal!», gritó una voz desconocida. Casi todas las voces pertenecen a cuerpos «invisibles». ¿Quién se atreve a salir para verles la cara? Permanecimos en la cama para defendemos del frío. El viento sopla fuerte a estas alturas; barre la terraza oscura y las persianas rotas hacen ruido. Noche larga, muy larga; me parece que sufrí alucinaciones: mi familia entera se presentó en un luminoso cruce de caminos. «Vinimos a visitarte, no estás sola, dile a tu hija que no llore…». Vi sus cutis solares, sus perlas, sus ojos de gacela; sus miradas azules, sus jacquets, sus trajes escotados, las escalinatas de sus casas, las fuentes de sus patios. Mi prima Tina Sciandra se inclinó sobre mí y me ofreció con sus manos enguantadas Los tres mosqueteros. Tina, perfecta como una camelia, sonrió con sus labios delicados: «La bala de la calumnia…», dijo. Mi tía Dolores Carrión, con sus trenzas rubias, reía bajo el durazno perfumado de su jardín, y su padre, mi tío Juan, cruzó la Plaza España con sus guantes grises en la mano: «La suerte de la fea la bonita la desea», me repitió con sus ojos rubios. Mi tía Carmela, su hija, estaba en traje de gala color melocotón, tierno como su piel. Sentada cerca de una consola negra, bajo la luz de una lámpara, jugaba con sus perlas. Su hermana, mi tía Edelmira, salió de misa, se detuvo en el atrio de la iglesia a pleno sol, con la mantilla negra y los ojos de esmeralda: «No estés triste, todo pasa…». Celia, su hija, tan alta y tan delgada como las demás, columpió su melena negra, muy corta: «Come confites, confites, confites…», y me tendió dulces de color de rosa. Mi abuelo, sentado en una banca del jardín con el cabello y la barba blanquísima, sus ojos parecidos a hojas tiernas: «¡Abate Dios a los humildes!», comentó y continuó fumando su cigarrillo negro. Mi abuela Francisca, afilada como una joya en su mañanita de encajes, con su mirada trágica y sus párpados pesados: «Le avisaré a tu madre…» y cerró el libro de pastas rojas y letras de oro que guarda la Historia de Francia, y supe que todos estaban muertos, hasta Tina, a pesar de sus veinte años. Las lágrimas vertidas por ella formaron un puente pequeño y translúcido, tendido para nosotros, los cuatro olvidados del hostal de muros sucios y noche profundamente oscura. «¡Lucía, Lucia, mi familia me invita a pasar la Nochebuena!», grité… «Aquí están todos, debemos cruzar el puente…».

Diciembre 26. Lucía me escuchó hablar, no la consoló la invitación para cruzar el puente; está muy pálida, tiene hambre y llamó a Alejandro. No lo encontró. Nos quedan tres duros para utilizar el teléfono. El día es largo y la mirada de la Repa, aterradora. Por la noche Mario golpeó con los nudillos a la puerta, la señal convenida para ir a su cuarto. Dudamos; podía ser una trampa urdida por Jacinto y por la Repa para acusarnos de prostitutas. Al final decidimos acudir con la esperanza de alcanzar un bocado. Entramos de puntillas y sin hacer ningún ruido. Mario preparó en un infiernillo de alcohol una sopa Knorr. Habíamos dado unas cuantas cucharadas cuando golpearon a la puerta con furia. Mario perdió el color y abrió la puerta de un golpe. En el dintel apareció Jacinto, metido en un pijama sucio, con los ojos muertos invadidos de una cólera ciega:

—¿Has puesto una pensión para los huéspedes? ¡Te marchas esta misma noche!… En cuanto a vosotras, par de cínicas… —gritó mirándonos con un odio repentino.

Mario se precipitó al pasillo, cogió a Jacinto por un brazo y ambos se alejaron enredados en una discusión. Los escuchamos correr los cerrojos de la puerta situada junto a la puerta de entrada, y entrar a la guarida de la pareja. Lucía escondió el plato de plástico debajo de la cama:

—Esto va contra nosotras… —dijo, temblorosa. Esperamos un rato largo, mirándonos aterradas. Cuando Mario reapareció, se tomó la cabeza entre las manos:

—¡Pero si son más de las doce de la noche!… ¿Pero cómo nos escuchó Jacinto?… Yo no puedo vivir así. Le pregunté a Jacinto: ¿insinúas algo malo sobre las señoras? Les ofrecí una sopa caliente porque hace tres días que no prueban bocado…

Escuché a Mario y lo contemplé derrumbado sobre una silla.

—Me echarán a la calle. Esta gentuza mientras más caída te ve más te patea —le dije.

Me puse de pie; era necesario abandonar la habitación de Mario. Lucía me imitó y volvimos a tientas a nuestro cuarto. El terror de Mario era contagioso.

—Están preparando algo… algo… —repitió Lucía.

Diciembre 27. ¡Es miércoles! Lucía está postrada. Me parece que se muere; un paro cardiaco y todo ha terminado. Fui al bar de la callejuela a llamar a Alejandro: «Llama mañana, no he podido hablar con Felipe». ¡Mañana! ¿Aguantará Lucía a mañana? Volví al hostal. Repa me dio un empellón: «El que no come, cae…», dijo echándose a reír. Su risa forzada atraviesa los muros y rompe los oídos. Eran cerca de las dos de la tarde y recordé al misterioso Rafael. No sabemos quién es ni lo que piensa; lo encontramos una noche en la que mirábamos los libros de un escaparate.

—¿Lectoras?… ¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó colocándose cerca de Lucía.

A partir de ese momento entablamos una amistad con él, como todas las amistades que hemos hecho aquí: Rafael sabe quiénes somos y nosotras ignoramos quién es él. Nos invitó cafés algunas veces y en cierta ocasión nos trajo bolsas con comestibles que impidieron que falleciéramos de hambre. Una noche en la que soplaba un viento helado que atravesaba mi gabardina sucia, nos confesó que «sus amigos no le perdonaban que nos frecuentara». ¿Quiénes son sus amigos? Lo ignoramos. Esa misma noche me dijo: «Una mujer de tu edad solo puede aspirar a cuidar los excusados de Barajas». La solución para mi vida me pareció fantástica: «Sería como el descenso a los infiernos», dije. Unos días después, el mismo Rafael nos ofreció dos billetes de segunda clase para irnos a Portugal. Desde entonces no lo hemos visto. Hoy al ver a Lucía tendida en la cama y lívida como una muerta decidí llamarlo. No se sorprendió y nos citamos a las cinco de la tarde en el cafetín. Logré vestir a Lucía y puntuales llegamos al lugar de la cita. Encontramos a Rafael con su misma barba rubia y sus mejillas rosadas.

—Préstame mil pesetas… ¡hace cuatro días que no como! —le espetó Lucía.

Rafael sonrió, sacó su billetera y entregó un billete, mientras comentaba con voz satisfecha:

—Os encuentro mejor, muchísimo mejor; ya os dije que no teníais nada que hacer en España. Veo que empezáis a daros cuenta…

No pudimos decir nada, pues apareció Mario visiblemente agitado, apoyó las manos en la mesa, saludó y me dijo con familiaridad:

—Voy a salir, volveré temprano al hostal y llamaré en su cuarto.

Después se retiró con la misma velocidad con la que había aparecido. Su marcha dejó una estela de agua de colonia. Dos minutos después Rafael lo imitó y nosotras fuimos a una tienda de comestibles en donde Lucía devoró, temblorosa, algunos bocadillos. Aquel que no haya padecido hambre no podrá entenderla jamás… es una especie de vértigo. Volvimos al hostal a encerrarnos en el cuarto. Hacia las once de la noche escuchamos los pasos de Mario seguidos por los zuecos de la Repa. La mujer patrulló los pasillos oscuros del hostal hasta el amanecer. Estaba claro que no deseaba que habláramos con el muchacho. No dormimos.

—Preparan algo —repitió Lucía.

Diciembre 28. Viernes. Llamé a Alejandro y éste me anunció que Felipe nos recibirá en su despacho esta misma noche. «Felipe irá únicamente para verte», me dijo Alejandro con voz acusadora. Al oscurecer salimos a llamar por teléfono para estar seguras de la cita con Felipe y volvimos gozosas al hostal. Fue entonces cuando empezó el terror: el hostal estaba a oscuras y en silencio; un aire pesado lo envolvía; entramos al cuarto cuya puerta estaba abierta y encontramos el armario también con las puertas abiertas, nuestras cosas tiradas en el suelo y Petrouchka dando vueltas como un loco. Alguien había arrancado una manta de la cama: «¿Qué pasó, qué pasó?», dijimos en voz baja y salimos corriendo, no sin antes cerrar la puerta de nuestra habitación con llave. ¡No podíamos perder la cita con Felipe! En los pasillos no había nadie. Tampoco se escuchaban las guitarras de los músicos y la sombra helada del foquillo azul nos congeló la sangre.

—¡Os marcháis ahora mismo! ¡Par de mierdas! ¡Lo que habéis hecho! —nos dijo Jacinto surgiendo de las sombras de la puerta entreabierta de su guarida. Estaba lívido.

—Después, ahora no tengo tiempo —dije tratando de guardar la calma.

—Yo sí tengo tiempo para ahorcar a vuestros gatos —contestó Jacinto con el labio superior recogido sobre los dientes carcomidos.

—¡Cuidado! Lo llevaré a la policía —contesté.

Lucía huyó al ascensor. Miré al individuo con ira y agregué: «Vuelvo en seguida».

Corrimos por la avenida José Antonio. Era urgente alcanzar a Felipe, cobrar y echarse a buscar otro alojamiento. «Lola, Petrouchka… Petrouchka, Lola…», repetíamos…

El despacho de Felipe es acogedor, posee calefacción, sus muros están tapizados de libros. Es increíble que todavía existan lugares así y personas como Felipe. Bajo la benignidad de sus ojos claros Lucía se echó a llorar:

—Van a matar a mis gatos… —repitió sollozando.

Quizás el refinamiento del despacho y de su ocupante le facilitó las lágrimas. Habíamos olvidado que existía el azul purísimo, el aire perfumado, los libros y las voces mesuradas. «Cervantes era un genio», me dije convencida al recordar a la Repa y al ventero y traté de guardar la sangre fría en aquel santuario del que habíamos sido expulsadas hacía ya varios años. Quise hablar del pasado como si existiera todavía, pero un joven me llevó a otro despacho para firmar un recibo por siete mil setecientas pesetas. «Debo cuatro mil doscientas pesetas en el hostal…», me repetí desconsolada. Volví al despacho azul y vi que Lucía continuaba llorando. «¡Hace mal!… Muy mal. A nadie le importan sus lágrimas ni el asesinato de Lola y de Petrouchka», me dije contrariada. Lucía tenía el aire de una joven actriz derrotada: con los cabellos en desorden, el zorro grasiento y el paño del abrigo cubierto de polvo. El carmín de los labios brillaba esplendoroso sobre la palidez intensa de su piel.

—No llores, ya se producirá algún milagro —dije molesta.

—¡Eso, eso, un milagro! —exclamó Felipe con aire de animación.

Felipe tenía prisa. Todos tienen prisa, todos están muy ocupados, han perdido el lujo de gastar el tiempo charlando con mendigos ¡y molestamos! Era un lujo real que ya no se practica, aunque quizás el mendigo pueda ser Jesucristo, como aprendí en la escuela teresiana. Me puse de pie. Lucía continuó sentada; quería charlar un rato de lo que fuera; la belleza del despacho la inmovilizaba.

—Os haré un milagro, voy a concentrarme, volved al hostal y venid a visitarme cuando queráis, después del diez de enero, pues mañana me voy de vacaciones —nos dijo Felipe en la puerta.

Siete mil pesetas son un capital, pero son las fiestas y la ciudad está llena. Es imposible encontrar alojamiento. ¡Las fiestas convertidas en lágrimas y sombras! Las calles están llenas de gente ¡y nosotras debemos encontrar a alguien! Llamar a alguien para que nos ayude… Buscamos un teléfono, pero todos están rotos y en las cafeterías no permiten llamar si no hay consumición. Entramos a un cafetín lleno hasta los topes de clientes comiendo langostinos y tirando al suelo los restos. Conseguimos una mesa de peltre blanco y le permitieron a Lucía utilizar el teléfono. ¡Qué fatiga! Lucía volvió a la mesa:

—Dice que no puede echarnos, ni puede matar a los gatitos… —había envejecido veinte años.

Volvimos al hostal y en la puerta del ascensor nos esperaba Richti. En el pasillo Richti nos detuvo en una charla prolongada. De pie en la oscuridad, habló de Puccini, acusándolo de disoluto. La Repa pasó junto a nosotros varias veces atronando los muros con sus zuecos. Nos asustó su rabia. Richti sonrió y dijo en voz baja:

—Las españolas son brutales, digo sexualmente brutales —y miró hacia el rincón por el que había desaparecido la Repa. Luego se inclinó y dijo en voz aún más baja:

—El suicidio es una fuerza incontenible que viene desde muy adentro. ¡Es inevitable! Conocí a una chica joven venida a menos, como tú y como usted, y una noche se tiró por la ventana… Mirá, como esa terraza que resulta ideal para suicidarse… ¡El impulso es irresistible!… —y nos señaló con el dedo índice, plano como una espátula temible en las tinieblas del pasillo.

Lucía y yo guardamos silencio. ¿Qué quería decir aquel sudamericano de ojos claros, cejas enmarañadas, voz monótona y gabán oscuro? Sorprendidas, lo vimos soltar una carcajada tan falsa como la de un mal actor en un teatro pueblerino. Apareció la Repa.

—¡Te marchas de casa ahora mismo! —me gritó.

La vi acercarse como una fiera enorme, mientras que Richti huía por el pasillo hasta alcanzar su cuarto situado en el pasillo de la izquierda. Entonces apareció Jacinto metido en su pijama amarillento.

—¡Cínicas!… ¡Desvergonzadas!… ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!

—Son las fiestas, no hay habitaciones —contesté.

—¡Mario!… ¡Mario!… —gritó Jacinto.

Se abrió una puerta y por el pasillo oscuro vimos avanzar a Mario, con sus jeans lavados, el cabello esponjado y una sonrisa equívoca en los labios.

—Y… ¿qué sucede, Jacinto? —preguntó con voz suave.

—Dile a esta mierda lo que ha hecho —le ordenó el ventero.

—Y mirá, che, tú me llamaste y entramos a su cuarto, abrimos el armario y encontramos a su gato durmiendo sobre una manta. Y ¿qué querés, che?, la manta estaba llena de meados —dijo Mario y se recostó sobre el muro.

—¡Mierdera! —me espetó Jacinto.

—No entiendo… no entiendo… —me dijo Lucía en inglés.

—¡Mierdera! Sea un poco más educada y no hable en otro idioma —chilló Jacinto.

Nos dimos la vuelta.

—Mi mujer se encargará de vosotras. ¡Ya veréis la paliza que os da! —anunció el hombre contoneando las nalgas.

Entramos a la habitación; si Repa venía a golpearnos…

—¡Bravo! ¡Bravísimo! Jacinto, te felicito, estuviste ¡sublime! ¡Sublime! —gritó Richti hinchando la voz.

Escuchamos aplausos. Los huéspedes estaban excitados: las carcajadas rodaban por los pasillos, las puertas se abrían y se cerraban, escuchamos algunos acordes de guitarra, se diría que se preparaban a lincharnos. Apagamos la luz; era más prudente permanecer a oscuras; tal vez las sombras nos salvarían de la paliza. Después, todo volvió al silencio, tenso, prolongado… El miedo nos mantenía con los ojos abiertos y el oído alerta. La noche se convirtió en una lámina dura, quieta, inamovible y el frío entró por las persianas rotas. Tal vez serían las dos de la mañana cuando escuchamos… Me da miedo escribir lo que escuchamos, pero tengo la esperanza de que si algo sucede alguien lo encuentre… ¡Dios mío!… Dos hombres de pasos pesados arrastraban a un tercero que se resistía a avanzar por el pasillo. Su voz estaba rota; se diría que lo habían golpeado. La furia de sus compañeros hizo temblar las paredes. Lo llevaron al último cuarto del pasillo de la izquierda, cuya ventana de maderas cerradas da sobre el muro que cierra a la terraza. «¡No entran aquí! ¡No, no entran!», exclamó una voz y estalló una lucha sorda, terrible. Los muebles saltaban con estrepito mientras golpeaban a alguien y alguien se quejaba, se defendía de los golpes brutales, que se escuchaban sordos en el silencio del hostal oscuro y quieto. «Están matando a alguien», dije en voz muy baja, y Lucía y yo nos quedamos paralizadas de terror escuchando que las voces y los golpes continuaban.

—No es fácil matar a alguien… —dije en voz aún más baja.

—Siguen… siguen… —murmuró Lucía en un susurro.

Unos pasos pesados se acercaron por el pasillo y se dirigieron a la entrada del hostal; después hubo un silencio. A los pocos instantes los pasos regresaron a la habitación situada en el pasillo de la izquierda. Después salieron otros pasos y alguien cerró una puerta y volvió el silencio.

—¿Y la Repa y Jacinto no escuchan nada? —preguntó Lucía tiritando de miedo.

En ese momento, con mucho sigilo, se abrió la puerta blindada de la guarida de la pareja y ésta se deslizó, tal vez descalza a lo largo del pasillo oscuro. Ambos permanecieron un tiempo enorme en el cuarto donde se efectuó la lucha y luego volvieron a su guarida.

—Diremos que no escuchamos nada… si nos preguntan —le aconsejé a Lucía. ¡No es posible ser testigo de lo sucedido! Por las rendijas de la puerta entró un olor extraño. A las siete de la mañana y todavía noche cerrada se abrió sin ningún sigilo la puerta de la guarida de la pareja y salió Jacinto. Sus pisadas se apagan, pues lleva zapatos de tenista. Lo oímos trajinar, lavar, barrer, ayudado por uno de sus huéspedes. El silencio aumentaba el volumen del diálogo llevado en voz baja:

—Si vienen, tú estás limpio. No viste nada… —aseguró Jacinto.

—Bien, che, bien —contestó la voz de Mario, nuestro antiguo aliado.

Jacinto husmeó por la terraza y nosotras fingimos dormir. Hacia las nueve de la mañana Jacinto dio voces fingiendo sorpresa:

—¡Vaya curda que os habéis puesto! ¡Vaya curda! ¡Coño!… habéis roto una silla. Esto no puede seguir así… —y el hombre continuó chillando y fingiendo enfado.

Lucía temblaba como una hoja y me ordenó:

—¡Sal y ve quiénes están y en dónde fue el crimen!

Al abrir la puerta de mi habitación, ésta rechinó con furia, como de costumbre. «Sabemos cuando salen o entran porque su puerta es la única que rechina», nos había dicho Mario. Avancé fingiendo indiferencia hacia la bifurcación del pasillo y al llegar allí miré hacia la izquierda. Allí estaban Jacinto y Mario y otros a los que nunca había visto; al descubrirme trataron de ocultar con sus cuerpos una mesa de baquelita con las patas de níquel arrancadas, sillas rotas, cubos de plástico azul llenos de agua roja y trapos empapados en sangre… Torcí hacia la derecha para dirigirme al cuarto de servicio situado al fondo del pasillo, cerca de unas cortinas sucias, y quise imaginar que no había visto nada. Allí permanecí mucho tiempo, en espera de que me volviera el color. La sangre me produce vértigos… La imagen que me devolvió el espejo colocado sobre el lavabo era penosa y el brillo blanco de los mosaicos me daba reflejos lívidos alrededor de los labios, también terriblemente blancos. Me arrepentí de haber obedecido la orden de Lucía. No sé cuánto tiempo estuve en ese baño inhóspito… Al salir se me ocurrió mirar detrás de las cortinas sucias que cuelgan al final del pasillo y vi que éste continuaba y que sobre sus muros se abrían puertas condenadas. Quise refugiarme nuevamente en el baño pero lo juzgué imprudente y avancé hacia el lugar del crimen. Al llegar allí ya no estaban los huéspedes, ni los muebles rotos, ni los cubos con agua roja, ni los trapos mojados en sangre. Un hombre con el cabello casi al rape y una gran herida en la frente salió del cuarto de Richti. El hombre se cubría con una bata de baño roja iba descalzo y al verme empezó a dar pasos en redondo; le di los buenos días y torcí hacia el pasillo central, en el que hallé a un huésped que había abandonado el hostal para volver a su país, según nos dijo Mario, que apenas lo conocía. La Repa le había dicho lo del viaje de aquel hombre, que ahora estaba en el pasillo. El hombre me miró con frialdad y yo juzgué conveniente saludarlo con afabilidad:

—¿Qué haces? ¡Qué gusto verte! Pensé que te habías ido de España —le dije tendiéndole la mano.

—Alquilé un piso, che, así uno es más independiente… ¿sabés? —contestó escrutándome con sus ojos azules cubiertos por cejas rubias y espesas.

El hombre era altísimo, corpulento; se había afeitado la barba y solo se dejó el bigote, largo como el de un chino. Llevaba el mismo chaquetón verde, forrado de piel. El hombre pensó que debía explicar su temprana presencia en el hostal.

—Sabés, vine a buscar mi correo… —me dijo.

Mientras hablábamos se abrió una puerta y surgió Mario, que se acercó a nosotros con pasos lentos; el hombre, al verlo, le echó un brazo al cuello:

—¡Pibe!… Tenemos que hablar.

Mario permaneció mudo y juzgué conveniente esconderme en mi cuarto. Era mejor no ver nada… Encontré a Lucía aterrada y le expliqué lo que había visto y oído.

—Hoy es sábado… sábado…

Los sábados no viene el conserje y el edificio permanece vacío; si habían matado a alguien era la noche ideal para sacar el cuerpo… Permanecimos quietas mientras afuera Jacinto, Repa y sus huéspedes se afanaban en poner orden. Los escuchamos barrer, clavar, lavar…

—¡Qué trabajadores están!… ¿Saben que en Moscú hay cuarenta y cinco grados bajo cero? Nada, que si mean se quedan clavados al suelo —gritó una voz desconocida.

La Repa no contestó; estaba atareada en el cuarto del crimen. Al oscurecer, vimos que habían colocado una persiana verde sobre las maderas cerradas de la ventana que da a la terraza. Además colocaron una tabla para condenarla… Nadie podría ver lo que ocultaba aquella habitación. Si salíamos podían decir que íbamos a denunciarlos y el terror nos paralizó. «Iré a llamar a Tomás», anunció Lucía, y en vano traté de detenerla. Oscureció y al ver que no volvía salí a buscarla. La encontré en la avenida José Antonio charlando con un viejo parroquiano del cafetín que frecuentamos. El viejo iba acompañado de su amiga, una mujer siempre vestida de verde y provista de una sonrisa acogedora. Lucía les había confiado parte del secreto y ellos nos apuraron a llamar a la policía.

—¡Es un disparate! Fue solo una riña de homosexuales —dije para cubrir la indiscreción de Lucía.

—¡Eso, una riña de homosexuales! —contestó el viejo parroquiano.

Me asombró la facilidad dichosa con la que el viejo aceptó mi explicación. Pero ¿acaso no era amigo de los huéspedes del hostal? Lo encontré varias veces charlando con ellos, especialmente con un viejo pequeño, de gabán raído y tez pálida, que se hospeda aquí, aunque jamás lo he visto en el pasillo ni en el ascensor. El viejo tiene algo de «víctima». «No puede mudarse», me dijo en una ocasión el parroquiano, amigo de la mujer vestida de verde.

—¿Por qué? —pregunté aquella noche.

La mujer de verde cambió de conversación. Ahora, en José Antonio, me dio una palmada y me regaló una sonrisa:

—Regresad tranquilas. No mostréis miedo. ¡Ningún miedo! —nos dijo.

Volvimos asustadas al hostal… No me gustó esa pareja. Me pareció extraño que Lucía los hubiera encontrado ¡tan a punto! Y ¿para qué? Solo para escuchar lo que nos sucedía… Es la víspera de Noche Vieja y tenemos sábado y domingo sin conserje. La ciudad hierve de gente y es inútil buscar alojamiento en otro hostal. Además no tenemos dinero para mudarnos. ¡Si tuviéramos algún amigo! Pero no hay nadie, ¡absolutamente nadie! Caminamos entre una multitud inexistente preparándose para celebrar la fiesta. «¡Se nos fue el día!… ¡Se nos fue el día!». Pensamos en quedarnos en la calle, pero Lola y Petrouchka nos esperaban encerrados en el armario y tuvimos que volver. Tomamos el ascensor con la sensación extraña de entrar en una carroza fúnebre de tercera clase. El edificio está completamente quieto y la puerta del hostal abierta, como de costumbre. Entramos al pasillo de duelas astilladas; al final, brillaba demoniaco el foquillo azul que reparte sombras grises en los muros. La puerta blindada de la guarida de la Repa y Jacinto estaba cerrada. ¿Adónde se han ido todos? Quizás están atrincherados detrás de sus puertas. Al entrar a nuestra habitación tuvimos la certeza de que había sucedido algo y corrimos al armario para sacar a los gatos. Ambos aullaron de dolor. Casi no hay luz; la bujía eléctrica que cuelga del cordón es de muy baja potencia. Examinamos a Lola y encontramos que tiene la pancita cubierta de pinchazos ¡y quemada! Petrouchka no puede tenerse en pie, le quemaron las patas y tiene un ojo hinchado.

—Hay que irse ahora mismo, ahora mismo… —dijimos.

Los metimos en sus sacos de viaje desgarrados y buscamos alfileres de seguridad para cerrar los desgarrones. Lola y Petrouchka ya están en sus sacos. Voy a ver quién anda por la casa oscura… He vuelto, no encontré a nadie, la puerta de la Repa continúa cerrada y el teléfono tiene el candado puesto; imposible llamar para pedir auxilio. También fui al cuarto de servicio situado en el pasillo de la izquierda; frente a él está la puerta del cuarto del crimen herméticamente cerrada. Hay un silencio absoluto. ¡Todos han salido!… ¿O todos están escondidos?

—¡Vámonos!, deja el equipaje —ordené.

¿Y mi carnet?… ¿Cómo vamos a irnos sin los documentos de identidad? Nadie nos recibirá en ningún lugar. «Los carnets y los pasaportes valen muchos miles de dólares cuando están limpios», dijo Mario. Muchas veces se los pedí a la Repa: «No sé, no sé, ahí los tengo. ¡Por Dios qué prisa! ¿Podéis pagar?», contestaba la mujer alejándose y golpeando las duelas con sus zuecos.

—Nos iremos sin los carnets —dije.

Cogimos los sacos con los gatos y salimos al pasillo oscuro, cruzamos la puerta abierta y llegamos frente a los ascensores. Fue inútil llamarlos: no funcionan. Una flecha encendida indica que en algún piso han dejado abiertas las puertas. Bajar ocho pisos a pie es imposible; sabemos que alguien nos espera en las sombras de la escalera. «¡Se nos fue el día!»…

Volvimos a la habitación. Quisiera que Lucía no temblara tanto; me asusta verla ¡tan pálida! Es necesario salir de aquí, todo está demasiado quieto, ahora he visto claro: hay un pequeño muro en la terraza que separa a ésta de la guarida de la Repa y alguien acaba de saltar esa barda y avanza por la terraza… es Jacinto, es el homosexual… Sí, es él, veo sus zapatos blancos brillar en la oscuridad. Se desliza hacia acá para mirar por las persianas rotas. Esconderé estas notas… fingiré que busco algo en el armario; si logramos salir de aquí me las llevaré… si no…

He vuelto a releer estas páginas manuscritas. La escritura es irregular, están escritas de prisa sobre las hojas arrancadas de un cuaderno. Su lectura me ha asustado… no sé por qué las he leído. «Nadie preguntará por usted», me dijo la cigarrera y yo contesté: «¡Nadie!». Esa mujer es el cebo para atrapar a los derrotados. Si presentara estas hojas o contara lo que he visto nadie me creería; la gente solo le cree a los victoriosos: «¡Vaya viejo loco! ¡Mira, mira, qué historia ha inventado!», me dirían. Así que debo callar y ¡debo olvidar! La memoria de los vencidos es peligrosa para los vencedores… Sí, debo olvidar que leí estas páginas: «Esas mujeres nunca existieron», me dirían. ¿Nunca?… Yo sé que estuvieron aquí, en esta misma habitación, pero eso no le interesa a nadie… ¡Debo olvidar! Y cuando escape de aquí ¡debo callar! «La palabra es plata y el silencio es oro», eso lo aprendí de niño… Solo pueden hablar los vencedores, que nunca callan pues han ganado la palabra; yo soy un viejo cesante, nunca existí y debo olvidar hasta que ahora tengo miedo… Se me ocurre algo: ¿cuántos son los vencedores y cuántos somos los vencidos?… ¡Dios mío!… Hay alguien que me observa desde la terraza a través de las persianas rotas. Fingiré, le echaré un vistazo a Miguelín y guardaré las hojas donde las hallé. ¡No pude guardarlas! Miguelín está aterrado y nadie se mueve en el hostal… ¿Y mi carnet? ¡Mi carnet!, ésa es la única prueba de que existo, allí está mi número… digo, mi nombre, bueno, mi número es más importante porque nos cuentan… ese número prueba que existí… pero no estoy inscrito en el hostal, la policía ignora mi paradero, puedo desaparecer sin dejar ninguna huella… Meteré estas páginas con mucho disimulo en donde las hallé; si escapo me las llevo, si no escapo… Es Jacinto el que está detrás de las persianas, he visto sus zapatos blancos… Pero a nadie le importa lo que vea este viejo cesante. Silbo La violetera y me dirijo nuevamente al armario… ¡debo olvidar!… ¡debo olvidar que alguna vez existí!… porque en realidad no existí nunca…

Lléveme usted señorito
no vale más que un rea
lléveme usted señorito
lléveme usted señorito
pa’lucirme en el ojal…

 

Fuente: Ciudad Seva

 

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jueves, 31 de octubre de 2024

El árbol, cuento corto para adultos de Elena Garro

 

El árbol de Elena Garro

 

A continuación, te presento El árbol, un cuento corto para adultos de Elena Garro, que puedes escuchar en mi canal de YouTube y su significado. 

 

El árbol

El sábado a las tres de la tarde salió Gabina. Era su día libre y no volvería sino hasta el domingo por la mañana. Marta la vio irse y, sola, se recogió en su habitación. Miró los frascos de perfume y las porcelanas intactas sobre el tocador. Su casa de alfombras y cortinajes espesos la aislaba de los ruidos y las luces callejeras; le pesó su silencio y lo sintió como abandono. Había camas intactas, algunas ventanas ya no se abrían nunca y a las únicas ceremonias a las que asistía eran ceremonias de adiós: entierros y casamientos. Un timbrazo en la puerta de entrada la sacó de sus cavilaciones. Cautelosa, cruzó la casa y se acercó a la puerta.

—¿Quién? —preguntó, antes de decidirse a abrir.

—Soy yo, Martita —dijo una voz infantil desde el otro lado de las maderas.

—¿Luisa…?

Marta abrió la puerta para dejar entrar a la india. El bulto sombrío y renegrido de la mujer se coló veloz hasta el salón; entró como una centella, esquivando los muebles y mirando de reojo a Marta. En la penumbra provocada por las sedas de las cortinas apenas se distinguía su cara angulosa. Se dejó caer en un sillón y esperó. Un olor nauseabundo escapaba de su persona. Marta miro sus pies renegridos, descalzos y gastados de tanto caminar.

—¿Qué sucede, Luisa? ¿Qué la trajo a México?

Luisa se irguió de un salto, se levantó las enaguas y mostró un moretón enorme en la ingle descarnada; después, convulsa, señaló su nariz amoratada y la oreja por la que escurría un hilo de sangre negra y a medio coagular.

—¡Julián!

—¿Julián?

—¡Sí!, Julián me pegó.

—¡Eso no es cierto, Julián es muy bueno! —y Marta recordó las palabras de Gabina: «Al hombre bueno le toca mujer perra». Luisa era una perra, perseguía a su marido hasta volverlo loco. La india la miró a los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¡Siempre me ha golpeado, Martita!… ¡Siempre!

Su voz chillaba como la de una rata. Marta tuvo la certeza de que calumniaba a su marido. Hacía muchos años que conocía a la pareja. La veía siempre que iba a su casa de campo, en el pueblo de Ometepec. Al conocerlos, pensó que Luisa era una mujer-niño; no fue sino mucho después cuando notó que sus risas y su conducta no sólo eran extrañas sino malvadas. Le perdió el afecto y no desaprovechó ninguna ocasión para tratarla con dureza. Le indignaba esa mujer que seguía a su marido con una tenacidad estúpida. No lo dejaba solo ni a sol ni a sombra; adonde él iba, iba ella, sonriente y maligna. A Julián todos lo querían; en cambio, nadie solicitaba la presencia de Luisa. Él la soportaba con resignación. La india se echó a reír y miró maliciosa a Marta, como si adivinara lo que estaba pensando.

—¡No se ría! —ordenó Marta con sequedad.

—Julián es malo, Martita, ¡muy malo!

—¡Cállese ya, no diga más tonterías!

Hubiera querido decirle que ella era odiosa y que si Julián le había pegado se lo merecía, pero se contuvo.

—¡Es malo, me hace llorar!

—Mire, Luisa, usted es de risa y de lágrima fácil. ¿Y sabe lo que le digo? Que si Julián le pegó se lo merece.

—No, no lo merezco. Él es malo, muy malo…

Insistía en acusarlo. Su miseria producía náuseas. Su olor se extendió por el salón, invadió los muebles, se deslizó por las sedas de las cortinas. «Basta con olerla para que esté uno castigado», había dicho Gabina, y era verdad. Marta la miró con asco. Luisa se levantó de un salto y, como era su costumbre, empezó a cubrirla de besos. Luego se detuvo y se volvió al sofá. Marta vio que le corrían unas lágrimas escuálidas por las mejillas, pero no sintió compasión alguna. La india se limpió las lágrimas con su dedo sucio, se cruzó de brazos como un monito, la miró desconfiada y agregó:

—Siempre me pega, siempre. Es malo, muy malo, Martita.

Las dos mujeres guardaron silencio y se miraron enemigas. Marta se volvió a un espejo para observar sus cabellos bien peinados. Estaba turbada por la repugnancia que le inspiraba la india. «¡Dios mío! ¿Cómo permites que el ser humano adopte semejantes actitudes y formas?». El espejo le devolvía la imagen de una señora vestida de negro y adornada con perlas rosadas. Sintió vergüenza frente a esa infeliz, aturdida por la desdicha, devorada por la miseria de los siglos. «¿Es posible que sea un ser humano?». Muchos de sus familiares y amigos sostenían que los indios estaban más cerca del animal que del hombre, y tenían razón. Sus náuseas aumentaron. ¿Por qué tenía que oír a esa mujer? Ya era tarde, estaba en su salón y no tenía valor para echarla a la calle. La sintió llorar a sus espaldas. Le daría algo de comer, ya que no podía darle afecto. No era posible dejarla sentada en el sofá con toda su miseria, su desamparo y su fealdad a cuestas.

—Luisa, ¿quiere comer?

—Usted no se moleste, Martita, que me dé algo Gabina.

—No está, es su día libre.

—Entonces no se moleste, Martita.

Sin oírla, Marta se dirigió a la cocina. Luisa la siguió, se sentó junto a la ventana y esperó. Con la luz de la tarde sobre la cara, su aspecto se volvía más horrible: tenía la cara como una fruta pisoteada; la sangre seca, revuelta con la sangre que le manaba del oído, le untaba las greñas negras. Su olor invadió las ollas de aluminio, el fregadero, las sillas azules, los rincones. Marta le sirvió un café caliente, unos pedazos de pollo y unos panes. Luego se acercó a la puerta para escapar al olor que empezaba a marearla. La miró con ira y la india se encogió en la silla y se echó a llorar.

—¡Dejé a mis hijos!…

—¡Perra! ¿Cómo se atreve a hablarme de sus hijos? ¡Pobres niños!, siempre llorando: «Mamá, deje a mi padre, quédese en la casa…». ¿Y usted qué hace apenas nacidos? Se larga a la calle a perseguir a Julián. No me diga que llora por ellos.

—Sí, Martita, por ellos lloro.

—Pues sus lágrimas no me conmueven. ¿Por qué persigue a Julián? El pobre hombre se queja de que usted no lo deja solo ni para hacer sus necesidades.

Marta guardó silencio y miró a la india con enojo. La otra sonrió con suavidad.

—Allá no es como acá, Martita, allá vamos a la barranca.

—¿Qué tiene que ver la barranca con lo que le estoy diciendo?

Marta golpeó el suelo con el pie; la astucia de la india la hacía enrojecer de ira.

—La barranca está muy oscura, Martita, muy oscura…

La voz de Luisa sonó extraña en la cocina radiante. Marta guardó silencio y la miró con atención. La mujer se echó a llorar y apartó el plato con brusquedad.

—Usted no sabe lo que es lo oscuro, Martita, acá hay mucha luz, pero allá está oscuro, muy oscuro… y lo oscuro es muy feo, Martita.

Parecía un animal acorralado. Marta sintió compasión por aquella criatura, pues lo único que ella era capaz de entender era el miedo.

—Sí, lo sé, Luisa. Póngase contenta, aquí hay mucha luz. Si quiere, quédese unos días conmigo. ¿A dónde va a ir? Nadie la quiere.

—Es cierto, Martita, nadie me quiere.

¿Quién podía querer a aquella mujer? Marta volvió a sentir la repugnancia de unos minutos antes. El olor invadía su casa, se le untaba a la nariz, volvía el aire pegajoso. Se fue a su cuarto a respirar el perfume encerrado en sus paredes. ¿Cómo decirle que se bañara? La casa entera se iba a contagiar de aquel olor de bilis, sangre y sudor viejos. Buscó en su armario y encontró algunas ropas muy usadas. Con ese pretexto le diría que se bañara y la vieja aceptaría gustosa la orden y el regalo. Volvió a la cocina y la encontró mirando el plato con fijeza.

—Luisa, ahora que acabe de comer, báñese. Tiene cara muy cansada.

Luisa se levantó de un salto y abrió los ojos. Se acercó a Marta y la cogió de la mano.

—¿Dónde, dónde, Martita?

—¿Dónde qué?

—¿Dónde me baño, Martita?

—Espere, no corre prisa, cuando acabe de comer… Y mire, póngase esta ropa limpia…

—Gracias, Martita, gracias, Dios se lo pague. Yo traje mi ropita, la guardé conmigo, me salí de mi casa y me hallé sola en la mitad del mundo… no tenía a dónde ir. Iba yo caminando, caminando, y de repente, en medio del campo, se me apareció Martita y me dije: me voy con ella, ¡es tan buena!… Y así llegué hasta acá, con la cara de Martita enfrente de mí, conduciendo mis pasos…

Mientras hablaba, desató una de las puntas de su rebozo y sacó unas ropas viejas y limpias. Las agitó delante de Marta:

—Mire, ya no les queda color.

Marta disimuló las prendas que traía en las manos y no supo qué contestar.

—Mejor me baño ahora, Martita, así no le doy asco.

Al decir esta palabra se quedó mirando a Marta: parecía avergonzada y parecía también que quería avergonzarla.

—¿Asco?… ¡Luisa, por Dios, no diga eso!

—Sí lo digo, Martita, lo digo porque es cierto. ¿Dónde me baño?

Marta enrojeció. La india se había dado cuenta de su repugnancia.

—¿Dónde, dónde? —insistía con malignidad.

Marta cedió a la voz imperativa de Luisa y, dominada por ella, la llevó hasta la puerta del baño amarillo.

—Le voy a enseñar cómo se maneja la ducha…

—¡Yo sé, Martita, yo sé! —repuso Luisa, empujándola fuera del cuarto.

—¿Cómo lo va a saber? En su pueblo no hay baños… Luisa cerró la puerta sin contestar.

—¡Vieja estúpida, se va a quemar! —gritó Marta con ira, mientras golpeaba la puerta con fuerza. Pero la india había echado la llave. Resignada, Marta se volvió a su habitación. Había que esperar a que la mujer saliera del baño: rompería todo y se quemaría. Era una salvaje que desconocía los adelantos modernos. Luisa tardó tanto en bañarse que Marta se quedó dormida en un sillón. Desde el sueño oyó que alguien hablaba por teléfono.

—Martita está dormida en una silla…

Se levantó sobresaltada y se dirigió a la habitación vecina, donde encontró a Luisa hablando por teléfono. Al verla, la mujer colgó la bocina y la miró sonriente. Llevaba el pelo suelto y húmedo y un vestido limpio. El olor se había disipado.

—¡Qué latosa es usted! ¿Por qué cogió el teléfono si no sabe usarlo?

—¡Sí sé, Martita, sí sé!

Marta no quiso contradecirla. ¿Cómo iba a saberlo si en Ometepec no había siquiera luz eléctrica? Estaba chiflada. Había escuchado el timbre y llevada por la curiosidad cogió el aparato: al oír una voz lejana se puso a charlar con ella como una loca y ahora allí estaba, mirándola muy contenta, con el pelo suelto y los ojos llenos de malicia.

—Voy a acabar de cenar, Martita.

Ya era de noche y Luisa había encendido las luces de toda la casa. Marta miró la hora: eran las ocho. Se dirigió a la cocina para prepararse algo de cenar y encontró a Luisa llorando sobre su plato.

—¡Es malo, Martita, malo! —volvió a insistir.

—¡Cállese ya, la que está endemoniada es usted! —contestó Marta con violencia.

—¿Endemoniada, Martita?

—Sí, endemoniada. ¿Por qué persigue a Julián?

—No lo persigo, lo cuido porque es cobarde.

—¿Cobarde? Ahora calúmnielo. Lo que debería hacer Julián es lo que le aconsejan sus hijos: irse lejos y dejarla.

—¿Irse lejos? ¿Dejarme?

Los ojillos de Luisa la miraron fugaces desde una esquina. Parecía asustada y ya no estaba dispuesta a la calumnia.

—Sí, dejarla, porque usted está endemoniada.

—¿Endemoniada? ¡Si sólo dos veces lo vi!

—¿A quién?

—¡Al «Malo», Martita!

Había visto dos veces al Demonio. Si le metía miedo con el «Malo», la muerte y el más allá, tal vez se portaría mejor.

—¡Ah, con que ya lo vio dos veces! Pues cuídese, el día que se muera, el demonio la va a perseguir como usted persigue a Julián.

Luisa la miró con rencor. Se agazapó en su silla y retiró el plato. Marta la observó con el rabillo del ojo y al ver su mal humor, colocó su cena en una bandeja y se dispuso a salir. Quería dejarla sola para que reflexionara. El miedo la haría cambiar de conducta.

—Lo que se debe en esta vida se paga en la otra. De manera que piense en lo que le digo y cuando vuelva a su casa pórtese bien.

Pensó que se iba a echar a reír y se apresuró a llegar a la puerta. Luisa guardó silencio y le lanzó una mirada oscura. Marta, para disipar la mala impresión, agregó antes de salir:

—¡Sea buena!

Y a pesar suyo se echó a reír. Con los indios siempre se reía. Eran como ella, les gustaba reírse y cuando llegaba a Ometepec, la recibía un coro de risas que ella compartía.

—Ande usted, Martita —contestó Luisa sombría.

Marta siguió riendo en su cuarto. ¡Pobre vieja, qué susto le había dado! Era fácil manejar a los indios: bastaba nombrar al demonio para hacer con ellos cualquier cosa. Terminó de cenar y no tuvo ganas de volver a la cocina. De pronto, le pareció que había algo extraño en la mujer: su olor se había disipado y en su lugar un aire pesado había dejado inmóviles a las cortinas y a los muebles. En realidad no sabía cómo había tenido ganas de reír. No podía decir en qué residía la extrañeza de Luisa. La recordó arrinconada en la cocina, mirándola con sus ojillos tenaces. Durante años la había considerado la tonta del pueblo; cuando la regañaba, se reía y luego la besaba con tal ardor que parecía una loca. Muchas veces había sentido que sus regaños la llenaban de ira y que sus besos, en apariencia infantiles, venían cargados de odio. «Los locos son malos, creen que todos los persiguen y por eso persiguen a todos y Luisa está loca, señora», le repetía Gabina, mientras le alcanzaba las sales del baño y las toallas perfumadas de romero. Y era verdad, Luisa tenía algo singular, sobre todo esa noche. Era como si todos sus años de desdicha empezaran a tomar forma y estuvieran encarnando en un ser de tinieblas. Marta se asustó de sus propios pensamientos y miró en derredor suyo para cerciorarse de que era el miedo lo que la hacía pensar extravagancias. El orden nítido de su cuarto la volvió a la tranquilidad. «Calumnia a su marido porque es muy desdichada; no me voy a dejar asustar por una simpleza».

Se interrumpió al oír unos pasos descalzos, apenas audibles, oprimiendo la alfombra del pasillo. Se quedó quieta. Luisa apareció en el marco de la puerta, pequeña y desmedrada, mostrando los dientes blanquísimos en una sonrisa ambigua.

—¡Martita!

—Sí, Luisa…

—La primera vez que vi al «Malo», fue antes…

—¿Antes de qué, Luisa?

—Pues antes de que matara yo a la mujer.

Se produjo un silencio largo y asombroso. ¿Luisa había matado a una mujer? ¿Dónde, cuándo? ¿Y lo decía con esa tranquilidad y esa voz de niña? Sintió que tenía que contestar algo, para evitar que siguiera observándola con sus ojos intensos, mientras que de sus labios colgaba la misma sonrisa fija.

—¿Usted mató a una mujer?

—Sí, Martita, maté a la mujer.

—¡Ah qué Luisa, qué cosas dice!

Quería simular que le parecía natural que hubiera matado a la mujer. La india seguía observándola y riéndose en silencio, sólo con la mueca de la risa, como si estuviera ocupada en oír algo que Marta no escuchaba.

—Martita, estoy oyendo sus pensamientos… —dijo con su mismo sonsonete infantil. Y avanzó veloz hasta ella y sin ruido se sentó a sus pies sobre la alfombra.

—El miedo es muy ruidoso, Martita —agregó. Y luego guardó silencio. Las dos mujeres supieron que estaban frente a frente, en una casa sola, aisladas del mundo por unos muros tapizados de seda y unas alfombras que apagaban cualquier ruido.

—La primera vez que vi al «Malo» fue antes de casarme con mi primer marido.

¡Había tenido otro marido! Marta descubrió que no sabía nada de la mujer que estaba sentada a sus pies.

—Cuando lo vi, estaba en el corral de mi casa. Era un charro que respiraba lumbre; no tenía botas sino cascos de caballo y al caminar sacaban lumbre. Llevaba en la mano un látigo y con él azotaba a las piedras y las piedras echaban lumbre. Eran las cuatro de la tarde y yo comencé a gritar: «¡Ahí está! ¡Ahí está!». «¿Quién ha de estar?», me contestaban mis padres, porque ellos no lo veían. El «Malo» me oyó gritar y se me fue acercando, y sus ojos echaban lumbre. «¡Ahí está! ¡Ahí está!», gritaba yo. «¿Quién ha de estar?», me contestaban mis padres, porque ellos no lo veían. Y el «Malo» me comenzó a chicotear antes de que yo dijera su nombre… Luego me quedaron los temblores y el espanto. En ese tiempo llegó mi primer marido y me pidió, y mis padres me dieron, gratos, para ver si me aliviaba… Y nos vinimos a México…

Había vivido en México y Marta lo ignoraba. Luisa la miró con fijeza. Parecía muy consciente de su sorpresa y eso la regocijaba. Sentada en el suelo, agazapada como un animalito, fruncía los párpados, para ocultar las chispas de malicia que sus ojos dejaban escapar.

—Viví en México, aquí pues, en Tacubaya… y aquí tuve a mi criatura. Pero me hinché toda, Martita, y a los tres días de parida, mi marido me llevó al pueblo y me dejó en casa de mis padres. «No la sacaste hinchada, ¿por qué la devuelves así?», le dijeron. «¡Váyanse a la chingada!», les contestó, y se fue y nunca más lo vi. Pero eso no lo supieron mis padres. Al poco tiempo yo les dije: «Mire, papá, voy a buscar a mi marido». Y mi papá se soltó llorando. «¡Déjanos a la criatura!», me rogó. «¡Cómo no! ¿A poco cree que se la voy a quitar?». Y así fue que me vine otra vez a México y volví a vivir en Tacubaya y aquí estuve…

Luisa detuvo su relato para espiar a la otra. Marta no sabía cómo corresponder a su mirada, bajó los ojos y esperó. Luisa levantó el brazo flaco:

—¡Aquí viví!

Y señaló un lugar en el espacio, como si Tacubaya estuviera adentro de la habitación. Marta guardó silencio con turbación. Presentía que la india le hacía sus confidencias movida por un interés que ella no alcanzaba a adivinar. Tenía que impedir que continuara con su relato.

—Luisa, ya no me cuente más, es mejor olvidar…

—No, Martita, no hay que olvidar. ¡Aquí fue donde viví y aquí fue donde conocí a la mujer!

Hizo otra pausa, Marta no se sintió con fuerzas para decir nada; la voz de Luisa y el silencio de la casa la agobiaban. ¿Qué quería de ella? ¿Por qué la miraba así? ¡Era una zorra!

—¡Y aquí fue donde la maté!

Al decir esta frase, su voz y su rostro adquirieron sus rasgos infantiles. La mató y lo decía con ese aire inocente. Se arrepintió de haber sido suave en su trato con los indios: sentada a sus pies estaba la prueba de su error. La vieja repugnancia criolla hacia lo indígena se sublevó en ella con violencia. ¡No merecían sino latigazos! Miró a la india y se sintió segura, atrincherada en sus principios.

—¿Y por qué la mató?

—Porque andaba diciendo cosas…

—¿Qué cosas? —preguntó otra vez con dureza.

—Pues cosas… que andaba yo con su marido, y yo ni lo conocía… —al decir esto, sus ojitos se iluminaron: carecía como la mayoría de las mujeres del sentimiento de culpa. Ella era inocente frente a Julián, frente a la muerta y frente al marido de la muerta. Marta la miró con ira.

—¡Ni lo conocía…! Ni nunca lo vi y ella decía cosas… —afirmó rascándose la cabeza, para convencerse de la verdad de sus palabras; luego levantó el dedo índice:

—¡Mira, mujer, no andes hablando, no sea que halles el silencio en mi cuchillo! Así le dije, y no me hizo caso. ¿Cree, Martita, que no me entendió? Entonces la fui a buscar al mercado, a la hora en la que todas vamos a comprar. ¡Y estaba bonito! Lleno de cebollitas, de cilantro, de limas. Me puse a un ladito de las mujeres que venden las tortillas y como ellas están arrodilladas, la vi venir. La muy ingrata venía columpiando su canasta bien llena de fruta, y me dije en mis adentros: «Ya vas a callar, paloma…», y le enterré mi cuchillo.

Luisa dejó de hablar. Marta tuvo la certeza de que sus silencios eran premeditados. Asustada, respiró el aire pesado que las palabras de Luisa acumulaban sobre sus cabezas.

—¡Ay!, Luisa, ¿y cómo tuvo valor para hacer una cosa tan horrible? ¿Cómo se puede enterrar un cuchillo…?

—Pues en la barriga, Martita, ¿dónde más seguro y más blandito que la entraña?

Con un movimiento brusco, Luisa sacó un enorme cuchillo que llevaba oculto debajo de la blusa e hizo ademán de enterrarlo en una barriga imaginaria. Marta apenas tuvo tiempo para sofocar un grito de horror que quiso escaparse de su pecho. Muda, la vio despanzurrar a un ser inexistente. Había olvidado sus maneras infantiles y sus ojos brillaban alucinados.

—¡Así, así! —repetía Luisa jadeante, mientras seguía dando cuchilladas en el aire—. Y allí quedó y yo me fui corriendo…

—Se fue corriendo…

Y Marta la vio correr entre la gente del mercado, con el pelo encendido, los ojos crueles que tenía ahora y el cuchillo en la mano. Los demás le abrían paso, para salir después corriendo detrás de ella. «Matar debe ser un momento terrible, quizá tenga su grandeza», se dijo Marta.

—Y me salí del mercado y bajé la calle corriendo… Todavía llevaba yo el cuchillo en la mano, cuando me metí en la casa donde me agarraron. ¡Iba bien lleno de sangre!

—¿No se lo dejó clavado?

—No, Martita, se lo saqué porque era mío. ¡Y estaba bien lleno de sangre…! ¿Cree, Martita, que alcanzó a salpicarme…?

Con la punta de los dedos acarició la hoja del cuchillo, levantó los ojos y los fijó en los ojos de Marta. Se rascó la cabeza como para ahuyentar un pensamiento y volvió a acariciar el cuchillo, extraviada en sus recuerdos.

—Uno tiene harta sangre… somos fuentes, Martita, hermosas fuentes… Así quedó ella, como una fuente en la mañana del mercado… ¿Ve, Martita, una mañana, con su mercado y su hermosa fuente…? —su voz volvió a esconderse en el tono infantil. Sonrió afable.

—¿Y quién era ella?

Marta quería saber quién era aquella mujer que quedó tirada en la mañana en un mercado remoto, con su canasta volcada y sus frutas revueltas en la sangre; a su lado, los gritos de los vendedores y el olor del cilantro.

—¡Ah! Pues eso sí quién sabe…

—¿Cómo se llamaba?

—¡Pues eso sí quién sabe!

Luisa se dio cuenta de su interés y no quiso darle nada de su muerta. Celosa, la guardaba para ella y escondía su nombre y su cara. Marta se irritó.

—¿Cómo que quién sabe?

—Sí, Martita, quién sabe. Nada más era la mujer que decía cosas: por eso le enterré este cuchillo…

Luisa colocó el cuchillo a sus pies y lo miró con pasión. Marta vio que era inútil preguntar por la mujer y miró el arma reluciente que había entrado en la tersura del vientre de la desconocida.

—¿Con ese cuchillo?

—Sí, Martita, con éste. Me lo quitaron cuando me agarraron, sólo que luego, tanto y tanto les lloré, que me lo dieron junto con mi libertad.

Marta tuvo la impresión de que la india mentía. No era creíble que le hubieran devuelto el arma del crimen. La había querido asustar porque había defendido a Julián. Además de envidiosa, era ladina. Se sintió ridícula creyéndole sus cuentos. Se vio con los ojos de un tercero: dos viejas espiándose y asustándose en una habitación en la penumbra, y un cuchillo sobre la alfombra. Se echó a reír. Luisa era una embustera y la miró con mofa.

—¿Y la llevaron a la cárcel?

—¡Claro, Martita! Me encerraron, me privaron de mi libertad. Y allí fue a donde volví a ver al «Malo»…

Otra vez aparecía el «Malo»: había una lógica en su historia, era verdad lo que contaba. Marta descubrió que ella había provocado sus confidencias diciéndole que estaba endemoniada. La había querido asustar y lo único que había logrado era abrir la puerta por la que escapaban sus demonios. Se volvió a preocupar.

—Sí, Martita, allí lo volví a ver. Estaba pintado en una pared, ¡así, de mi tamaño! Y estaba doble, como hombre y como mujer. Me dieron el trabajo de azotarlo y me dieron el látigo. Todos los días le daba yo, y le daba, hasta que me temblaba la mano. Y cuando acababa de azotarlo y que ya no podía yo ni moverme, alguna compañera me decía: «¡Ándale, Luisa, pégale otro ratito por mí!». Y yo volvía a azotarlo, pues un favor no se le niega a una recogida igual que yo. Cuando me dieron mi libertad, ya nunca volví a verlo.

—¿Nunca? ¡Qué bueno, Luisa! Estaría usted feliz de verse libre del demonio y de la cárcel.

—No, Martita, la vida con las recogidas no era mala: a las cuatro de la mañana nos levantábamos y nos poníamos a cantar; luego molíamos el nixtamal para los presos; después nos bañábamos. Por eso le dije que sí conocía el baño. ¿Ve, Martita, ve, cómo no le dije mentiras? Los baños de la prisión eran igualitos al suyo, sólo que no eran amarillos.

Hablaba ahora en voz baja, y las palabras «recogida» o «compañera», las decía con una ternura apasionada.

Sus ojos se habían llenado de nostalgia. Se quedó triste, a sus pies brillaba inútil el cuchillo. Miró a Marta con dulzura.

—El trabajo no se acababa nunca: limpiábamos los peroles en donde cocinaban la comida de los presos… lavábamos la ropa, las escaleras, los pasillos…

—¿Y cuánto tiempo estuvo allí, Luisa?

—¡Quién sabe! Se me llegó a olvidar la calle. Yo ya no me hallaba más que con las recogidas, mis compañeras. Allí hallé mi casa y no pasé ninguna pena. Me engreí tanto, que las noches y los días se me iban como agua. Si nos enfermábamos, había dos doctores, ¡dos, Martita!, y ellos nos cuidaban. Tanto tiempo me quedé, que yo ya no reconocía otra casa…

Miró a Marta con tristeza y guardó silencio. Ahora sus pausas eran involuntarias. Era extraño verla tan melancólica, evocando sus tiempos de presidiaria.

—Yo contestaba el teléfono. ¿Ve cómo no le dije mentiras, Martita?

—Es verdad, Luisa, no me dijo mentiras.

De pronto se animó y se echó a reír.

—En las noches había bailes en el corral. Los presos sacaban sus mandolinas y sus guitarras y bailábamos, bailábamos. ¡Yo antes nunca había bailado, Martita! La vida del pobre no es el baile, sino las caminatas sobre las piedras y el hambre. Mis compañeras me enseñaron los pasos; me subían las trenzas a la cabeza y me decían: «Para que te veas menos india». Y bailábamos y bailábamos…

Volvió a ensombrecerse y Marta se sintió turbada.

—Cuando me dijeron que me iban a dar mi libertad, yo no la quise agarrar. «¿Para qué, señor? ¿Dónde quiere usted que vaya?». Y allí me quedé. Pero volvieron a decirme que tenía yo que agarrar mi libertad. Una señora me dijo: «¡Agárrala, Luisa, agárrala!». Y aunque yo no la agarré me la dieron a fuerzas. «¿Y ahora qué hago, doctor? Ya no conozco la calle y no tengo ni un centavo». La calle son centavos, Martita, son centavos. El doctor me dio para mi pasaje y la señora que decía que agarrara yo mi libertad vino a esperarme a la puerta del mundo, y cuando me vi en la calle, me llevó al tren y me fui a casa de mis padres…

Su cara se ensombreció al decir esto. Se echó a llorar con desconsuelo. Se veía muy vieja, con el rostro surcado de arrugas y la piel seca por el sol y el polvo. Marta guardó silencio.

—¡Pero la desconocí, Martita! «¡Ay, Luisa, esta casa ya no es tu casa!». Y nada más me quedaba sentada pensando en mis compañeras y en lo que estarían haciendo…

Su voz se cortó con los sollozos.

—¿Pues cuánto tiempo estuvo allí, Luisa?

—¿Con las recogidas?… ¡Quién sabe! Pero fue mucho tiempo, ¿no le digo Martita, que ya no conocía yo ni calle ni mundo? Cuando llegué a casa de mis padres, mi criatura estaba así de grande.

Luisa levantó el brazo y dibujó en el aire una estatura de diez años. Se quedó suspensa, perdida en sus recuerdos: para ella la cárcel significaba sus años halagüeños. Hablaba de ella como otros hablan de sus palacios, su riqueza o su juventud perdida. Ahora que en sus recuerdos regresaba a su hogar, su rostro se había vuelto hostil. Dejó de llorar.

—¿Y qué le dijeron sus padres?

—¡Nada! «¿Cómo te va, hija?».

—No, ¿qué le dijeron de su temporada en la prisión?

Luisa se irguió de un salto, se puso en guardia y la miró con fijeza.

—¿De la recogida? ¡Nada!, nunca lo llegaron a saber. ¡Nunca lo supo nadie! Ellos creyeron que yo había vivido en Tacubaya con mi primer marido.

—¿Pero su marido no volvió al pueblo?

—¡No! Tuve la suerte de que lo matara uno de los presos que salió de la cárcel. Y nunca, nunca volvió al pueblo para contar nada. Hay cosas, Martita, que nadie debe saber. Nadie sabe que estuve en la cárcel: ni mis padres, que ya murieron, ni Julián. Cuando él me fue a pedir, nada le dije; yo pasaba por viuda, y viuda soy.

Se volvió otra vez un ovillo y miró a Marta. Las dos guardaron silencio. ¿Por qué le contaba su historia? Se miraron a los ojos, espiándose los pensamientos. El relojito de oro sobre la cómoda hacía un ruido rápido; el tiempo se hacía presente, se echaba sobre ellas con una velocidad desacostumbrada. Luisa se irguió un poco.

—Antes de salir de la cárcel, mis compañeras, que me querían harto, me dijeron: «Mira, Luisa, a nadie le digas nunca que mataste a la mujer. La gente es mala, muy mala». Así me dijeron. «Ya sabemos que vas a tener la tentación de contarlo. A uno lo obligan a confesar los pecados, los propios pecados. Tú tienes los tuyos y son nada más para ti; y tienes además los pecados de la mujer y juntos te van a pesar mucho». Ya sabe, Martita, que uno carga con los pecados de los muertos que uno mata. Por eso se ve a esos hombres que deben dos y tres muertes, bien doblados por el peso. «¡Pero no se lo digas a nadie, Luisa, ni le cuentes a nadie en dónde estuviste estos años!». Así me lo dijeron y así lo hice, Martita, a nadie más que a usted se lo he contado. «Pero mira, Luisa, me dijeron mis compañeras, si alguna vez sientes que los pecados te doblan las piernas y te vacían el estómago, vete al campo, lejos de la gente; busca un árbol frondoso, abrázate a él y dile todo lo que quieras. Pero sólo cuando ya no aguantes, Luisa, pues eso sólo se puede hacer una vez». Y así fue, Martita, pasó el tiempo y sólo yo sabía lo que era mi vida. Hasta que las piernas se me comenzaron a doblar y la comida ya no la aguantaba, pues mis pecados y los de la muerta, que eran más que los míos, se me sentaron en el estómago. Y un día le dije a Julián: «¡Voy a cortar leña!». Y me fui al monte y encontré un árbol frondoso y tal como me dijeron mis compañeras lo hice. Me abracé a él y le dije: «Mira, árbol, a ti vengo a confesar mis pecados, para que tú me hagas el beneficio de cargarlos». Y allí estuve, Martita y me tardé cuatro horas en decirle lo que fui…

Luisa, sin alientos, detuvo su relato y miró furtiva a Marta, que estaba muy pálida. ¿A dónde quería llegar la india? Sintió que el corazón le latía con fuerza, pero no se atrevió a llevarse la mano al pecho. Inmóvil esperaba el final del relato.

—Me volví a mi casa y tardé un tiempo en ir a ver el árbol y cuando llegué… —Luisa guardó silencio y miró a Marta—… lo hallé seco, Martita.

El silencio cayó entre las dos mujeres y la habitación se pobló de seres que cortaban el aire con menudos cuchillos de madera seca.

—¿Se secó? —murmuró Marta.

—Sí, Martita, se secó. Le eché encima mis pecados…

El árbol seco entró a la habitación; la noche entera se secaba dentro de las paredes y las cortinas disecadas. Marta miró el reloj: también él se secaba sobre la cómoda. Buscó en su memoria un gesto banal para dirigirlo a Luisa, que petrificada por sus propias palabras la miraba alucinada.

—Luisa, cuando le dije que estaba endemoniada, bromeaba, ¡tranquilícese! El pasado ya no existe. Nunca volvemos a ser lo que fuimos.

La india permaneció inmóvil, mirándola desde muy atrás de los años. Marta sintió miedo.

—No tenga miedo, Luisa, aquí estamos las dos muy contentas y lo que pasó, voló. Nunca se recupera…

—Se secó, Martita, se secó… —repitió Luisa.

—Ya me lo dijo, Luisa, ya no lo repita. ¡Váyase tranquila a dormir! Aquí estamos las dos seguras, lejos de todo…

—¡Qué sólitas estamos, Martita!…

—¿Por qué me dice eso, Luisa? —preguntó Marta con la voz vaciada por el miedo, consciente del silencio inmóvil de sus muebles y sus cortinas.

—Porque Gabina vuelve hasta mañana…

—Luisa, váyase a dormir… ya sabe dónde está su cuarto…

Marta quería estar sola, romper el hechizo. Luisa sonrió y recogió su cuchillo. Marta gritó:

—¡Déjelo!

—¿Por qué, Martita, si es mío?

Y con un gesto suave lo hizo desaparecer debajo de su camisa. Despacio, abandonó el cuarto de la patrona. La habitación quedó quieta. Marta esperó unos minutos: nada se movía en la casa. Se levantó y movió los frascos del tocador; dejó caer el cepillo del pelo. Pero el ruido no la consolaba del miedo: desde las sombras espiaban sus movimientos y se reían de ella, se estaba columpiando en el vacío. Empezó a desvestirse. Desde un túnel negro se reían de ella a grandes carcajadas inaudibles. Se metió en la cama: quería engañar a los enemigos, hacerlos creer que no tenía miedo. Y apagó la luz. ¿Por qué le había dicho a la mujer que estaba endemoniada? La había vuelto a su pasado. ¡Qué extraño que hubiese sido tan feliz en la cárcel! Allí había sido igual a los demás. ¿Qué estaría haciendo ahora? Hubiera querido espiarla. Estaba segura de que tampoco ella dormía. Ella también tenía miedo. Por miedo espiaba a Julián, temía que se le fuera; el campo no tiene puertas y no podía encerrarlo. Le asustaba la libertad suya y de los demás. ¡Vieja estúpida! Era igual a todos los indios. Ella no los quería y sólo aceptaba a los que la adulaban, como Gabina. A veces era amable con ellos por pereza, pero en el fondo de su corazón había una dureza irremediable. En la cárcel Luisa había encontrado a sus iguales y había aprendido a bailar. En el mundo, había vuelto a su lugar y sólo se había confiado a un árbol… «y se secó, Martita, se secó…». Le llegó la voz de Luisa repitiendo la misma frase adentro de un túnel infinito. Se encontró sudando frío y encendió la luz. Miró el embozo de su sábana con sus iniciales bordadas. Lamentó no tener una pistola: ¡la mataría como a una rata! «Si se asoma a la puerta, le diré: ya ve, Luisa, estoy rezando, y se pondrá a rezar conmigo». El crimen era un acto de soledad… Volvió a escuchar. No le llegaba ningún ruido; quizá la india ya se había dormido. ¿En dónde habría puesto su cuchillo? No se desprendía nunca de él. Era la llave que le había abierto la puerta de la igualdad, del baile y de la alegría. Era su talismán. El silencio la convenció de que la mujer dormía mientras ella cavilaba. Miró el reloj que marcaba las dos de la mañana. Anheló la proximidad de la mañana. En adelante sería más severa con los indios. De pronto las manecillas corrieron frenéticas y armaron un ruido ensordecedor. Dentro de aquel ruido, Marta oyó unos pasos descalzos oprimiendo la alfombra.

—¡Luisa!… ¡Luisa!… ¡Luisa!…

Nadie contestó a sus llamados y el teléfono estaba en la otra habitación. Los pasos se habían detenido a la mitad del pasillo. No le darían tiempo ni de llegar a la puerta para cerrarla con llave. Saltaría sobre ella como un gato salvaje.

—¡Luisa!… ¡Luisa!… ¡India maldita!

Volvió a escuchar los pasos descalzos y se cubrió la cara con las manos.

Gabina volvió a la casa de su patrona a las seis de la mañana. No fue sino hasta las ocho cuando notó que algo raro había ocurrido. En el cuarto halló a la señora Marta: hacía más de cinco horas que estaba muerta. La policía encontró a Luisa escondida en una casa vecina, con el cuchillo ensangrentado en la mano. La llevaron a la cárcel de Tacubaya.

—¡Ya no hay ninguna de mis compañeras! —dijo Luisa, después de revisar las celdas y los patios. Y se sentó a llorar con amargura. Había olvidado que entre su salida y su regreso había transcurrido más de un cuarto de siglo. Martita tenía razón: el pasado era irrecuperable.

 

 

Significado del cuento

Este cuento me ha parecido desgarrador, pero a su vez realmente maravilloso. Desde el principio me ha cautivado y creo que es uno de los mejores cuentos para adultos que he leído.

Es un cuento que se centra en las complejas interacciones entre dos personajes: Marta y Luisa. Marta es una mujer de clase alta, y Luisa, una indígena con un pasado y presente turbulento. 

En este cuento para adultos, Elena Garro explora temas como los conflictos de clase, el racismo, la marginación de la mujer, la discriminación, y la liberación femenina. 

Además, existen una serie de simbolismos que querría destacar. Para Luisa, el árbol simboliza un refugio y una forma de encontrar paz interior y expiar su culpa; en cambio para Marta, es solo un elemento más del paisaje, sin entender la profundidad emocional que tiene para Luisa. Esta diferencia en la percepción del árbol refleja las distancias emocionales y culturales que existen entre ambas mujeres. Además, Elena Garro también hace uso del espejo que, no solo simboliza la dificultad de Marta de comprender el mundo más allá de su clase social, sino también pone en evidencia su incapacidad de ofrecer empatía real a Luisa, mostrando que su vida, aunque acomodada, es superficial y falta de una comprensión profunda de la vida.

 

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