Sylvia Iparraguirre
A continuación, te presento En el invierno de las ciudades, un cuento de Sylvia Iparraguirre que forma parte del libro homónimo, una de las obras más reconocidas de la autora. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Este
relato de Sylvia Iparraguirre nos sumerge en la psique de una mujer que combate
la apatía y la soledad observando obsesivamente a los demás desde el banco de
una plaza, hasta que un encuentro inesperado con un joven desconocido quiebra
su aislamiento. El significado profundo del cuento reside en la necesidad de
conexión humana en medio de la alienación urbana: ambos personajes, descritos
como "náufragos" en una ciudad fría e indiferente, logran reconocerse
a través del intercambio de sueños y pequeños gestos simbólicos, sugiriendo que
la empatía es el único amuleto real capaz de darnos refugio frente a la
desolación de la vida moderna.
En el invierno de las ciudades
(cuento de Sylvia Iparraguirre)
A veces,
como hoy, le daba por sentarse en las plazas. Entonces se quedaba absorta,
observando. Inventándole historias a la gente. Historias que después no iban a
ninguna parte, no estallaban en ningún lado. Pero sabía algo: debía tener
cuidado al observar. El puesto de observador encierra riesgos temibles para una
naturaleza obsesiva. Por ejemplo, el chico de piernas flacas y moradas que
terminaban en pies descalzos. La ropa seguramente de otro, el pantalón a mitad
de las rodillas de cuatro años. El chico flaco condenado a vivir durante meses
en su memoria la hostigaba sin descanso, la ahogaba en su propia inutilidad.
Pero eso es cosa fácil. Lo desechaba de su mente por sufrimiento frívolo. ¿Qué
tendría que haber hecho? Nadie lo sabe. Mientras tanto, el chico existe, crece
en algún lugar mezquino con sus piernas moradas para siempre. Primer domingo de
invierno, tarde tristísima. Había deambulado en la tarde como un barco perdido
y al fin había llegado a la plaza. La plaza era una isla desierta y dentro de
esa isla otra islita, su banco. Por ahora, su lugar en el mundo. Plantar un
árbol en la islita, esperar que crezca y después abrazarse ferozmente a él.
Entonces sí dejarse arrastrar por la corriente, que no era ya el río calmo de
la vida, sino más bien una corriente turbia y tumultuosa, casi negra, como un
túnel, en la que debía tratar de mantenerse arriba, en la islita. Una paloma se
posó en el respaldo del banco. No debía distraerse de las palomas. Pero esa
mañana, como muchas otras desde hacía un tiempo, no se había despertado con la
imagen del chico sino con la carta. Las cartas suicidas también formaban parte
de su actividad mental. Y las otras cartas. Insensatas pero reales. Cartas a
tías solteronas en lejanos e imperceptibles pueblos de provincia. Tías a las
que la casa paterna, solitaria, llena de espejos y de historias del pasado, se
les caía encima. Entonces, cómo soportar esa soledad que grita a la distancia,
ése no saber qué hacer con tantos recuerdos y la creencia en el Destino. La
obligación de la carta optimista. Sobrina a la que se ha visto crecer sin
sospechar nada, escribe cartas reconfortantes para usar de linterna cuando una
se despierta a medianoche y los recuerdos son tantos en esa casa enorme y
oscura. Como boca de lobo. Y los espejos. Y el reloj de la sala. Cartas con las
que hacía o creía hacer señales a un náufrago. Pero ¿quién era el náufrago?
Mejor mirar los coches, uno tras otro por la tarde invernal. Tarde que
sedimenta dentro de su cabeza, como un montón de uvas aplastadas. Otro banco,
no muy lejos del suyo. Muchacho que mira a chica en una plaza, sí. Tal vez un
encuentro. Imposible. Los encuentros ya no se producen más. Mujer que en algún
tiempo tuvo la cara parecida a una madonna. Sus tías lo decían. Ellas saben.
Tías lejanas próximas a desaparecer. Por eso las cartas eran reales,
estampilladas y mandadas. ¿Vería el muchacho del otro banco los últimos
vestigios de su cara de madonna? El misterio de la forma. Cuidado con la
apariencia. Si el muchacho del banco se acercaba, ella le iba a contar el sueño
de hacía una noche. Así nomás. Una puerta alta y blanca de dos hojas, con
filetes de oro, estilo Luis XV. El silencio es total. Las imágenes en colores.
Tomo los picaportes dorados y abro las dos hojas a la vez. Un salón ovalado. El
piso de mármol brilla; en los costados, ventanas curvas. Dorado y blanco y
mármol, con una araña de luces que chisporrotea arriba, fría y remota como una
constelación. Cierro las puertas y me quedo parada. Frente a mí, otra puerta
igual a la anterior. El silencio vibra. Algo va a pasar. Lentamente, las dos
hojas se abren, no hay nadie. Entonces, escucho los cascos. Nítidos, clarísimos
sobre el mármol fulgurante. Aparece un centauro. No es el centauro
convencional. Es más chico y feo. La parte de caballo parece la de un pony, un
poco manchada y peluda. La parte del hombre se desdibuja. Yo estoy desnuda,
pero también estoy vestida en el otro extremo de la habitación. Lindo tema para
empezar una conversación en el banco de una plaza. Por qué atormentarse con las
vidas imaginarias. Basta la propia. Algo había caído muerto a sus pies, hacía
poco. Y ahí había quedado. Pero igual, todo seguía siendo palabras. El muchacho
del banco se había levantado y caminaba hacia ella. No iba a ser fácil.
—¿Tenés hora?
—No tengo —dije—, pero deben ser
las seis y media.
El
muchacho miró su reloj:
—Qué pálpito —dijo—. Las seis y veinticinco. ¿Puedo sentarme?
—Es una plaza pública —dije.
—Te vi tan pensativa que pensé que a lo mejor tenías ganas de
charlar.
—No veo la conexión —dije—, charlar, por ejemplo, ¿de qué?
—No sé. De cualquier cosa. De vos.
—¿Estás seguro? ¿No será que querés hablar de vos?
—No tengo mucho para contar —dijo el muchacho—. Vos me
gustás. Me gustaste desde que te vi
cuando te sentabas en el banco.
Miré los autos que dejaban una estela de luces en el
anochecer. Disgusto latente.
—Pero vos a mí no me gustás. Quiero decir, por fuera. A
lo mejor por dentro sí.
—¿Por dentro…?
—Sí, por dentro. ¿Qué
soñaste anoche?
—No soñé nada. No
sueño casi nunca.
—Vamos mal. Si una
persona no sueña no me interesa. Antes de anoche soñé que subía al bote en el
que muere el Rey Arturo y que veía la espada Excalibur cuando el brazo sale del
agua y la agarra. ¿Entendés algo de lo que digo?
El muchacho me miró en silencio.
—Vos sos una
pedante —dijo al fin.
—Y vos en
cuanto me viste contaste la plata que tenías para saber si te alcanzaba para un
hotel.
—¿Quién te creés que
sos? ¿Marilyn Monroe? —dijo el muchacho con un gesto despectivo.
—Y vos, ¿acaso sos John Lennon para que a mí me parezca interesante hablar con
vos?
Nos quedamos
callados. Volví a mirar los autos que corrían en la tarde invernal. Me
apaciguaba. Nada tenía demasiada importancia.
—Te mentí —dijo el muchacho—. Hace unos días tuve un sueño.
Suspiré.
—¿Cómo era?
—Alguien me perseguía; yo trataba de correr pero era como si
corriera en cámara lenta. Me desperté
angustiado. Fue un sueño horrible.
—Lo acabás de inventar —dije—. No vale nada, lo sueña todo el mundo. Tratá otra
vez.
—Si te lo conté a propósito. Querías sueños, ahí tenés uno —y se movió incómodo
en el banco.
—¿Para qué viniste a sentarte a mi banco?
—Los bancos son de todos —dijo el muchacho.
—Ahora te copiás de mí. Bueno, tratá de nuevo.
—Una vez tuve un sueño. Había un hilo invisible. Atravesaba la
pantalla y yo tenía que caminar sobre él.
—Está bien —dije—. Me aburrí. No quiero hablar más de
sueños. Estoy harta de sueños. ¿Sabés lo que es un centauro?
—Sí —dijo el
muchacho.
—Si te suicidaras, ¿dejarías una carta?
—Sí —dijo él.
—¿Qué pondrías?
—Pondría que me perdonaran.
Me moví hacia él en el banco.
—¿Por qué? ¿Por qué que te perdonaran?
—No sé. Por todo, porque nadie tiene la culpa, porque uno tiene que
aprender a vivir, adaptarse. —Se hizo un breve silencio con su respiración y la
mía—. Estoy hecho pedazos —dijo.
Le miré la cara por primera vez. Lloraba mansamente, sin ningún gesto.
Miré las palomas, el cielo oscurecido y los autos incesantes. Pensé que uno
podía ser una paloma o un monstruo e igual hacerse pedazos.
—¿A qué viniste
a mi banco?
—No sé —dijo el muchacho—. Estaba buscando un amuleto, algo.
—No sé qué te puedo dar. Solamente tengo un trébol de cuatro hojas que
encontré sin querer. —Lo busqué en mi libreta de direcciones. Ahí estaba,
fósil. Se lo di.
—Hoy empieza el invierno —dijo el muchacho—. Me tengo que ir.
—No te vayas todavía —le pedí yo.
—Sí, me tengo que ir, pero te voy a dar algo. —Un sobre blanco
doblado en dos apareció en su mano—. Vos me diste el trébol. —Me puso el sobre
en la mano—. Chau —dijo el muchacho.
—Chau —le dije.
Algunas luces empezaron a encenderse. Caminó un poco, se dio vuelta
y alzó la mano. Yo también. Una paloma oscura planeó suavemente y le rozó el
hombro.
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