Leonora Carrington
A continuación, te presento un cuento corto de Leonora Carrington: La debutante. En este cuento de horror fantástico, una joven que detesta la vida social y los rituales de la alta sociedad encuentra en una hiena su única amiga y cómplice. Para evitar asistir a su propio baile de presentación, idea un plan insólito: que la hiena ocupe su lugar disfrazado, lo que desencadena una situación absurda y perturbadora que rompe con toda norma de comportamiento social.
El cuento, es una crítica al carácter
artificial, opresivo de las convenciones sociales, especialmente las impuestas
a las mujeres; a través del humor negro y lo grotesco, Carrington sugiere que
la “civilización” puede ser más salvaje que lo animal, y que la identidad
social es una máscara frágil que puede desmoronarse con facilidad.
Este cuento puedes escucharlo en Youtube y Spotify.
La debutante
[Cuento completo]
En la época en que fui debutante,
solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los
animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo
que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer
fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le
enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos
muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en
mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre
he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui
muy temprano a visitar a la hiena.
–¡Qué asco! –le dije–. Esta noche me
toca asistir a mi baile.
–Tienes suerte –dijo ella–; a mí me
encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
–Habrá muchas cosas de comer –dije–.
He visto llegar a casa carros repletos de comida.
–Y aún te quejas –replicó la hiena con
desaliento–. Mírame a mí: yo solo como una vez al día, y me tienen jeringada
con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a
punto de echarme a reír.
–No tienes más que ir en mi lugar.
–No nos parecemos lo bastante; si no,
con gusto iría –dijo la hiena un poco triste.
–Escucha –dije–, con las luces de la
noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en
medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única
amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad.
Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
–De acuerdo –dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado
lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos
en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una
vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco
largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré
unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a
las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor,
andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a
darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena
se escondiera debajo de la cama.
–Esta habitación huele mal –dijo mi
madre, abriendo la ventana–; antes de esta noche date un baño con mis nuevas
sales.
–Por supuesto –le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el
olor era demasiado fuerte para ella.
–No te retrases para el desayuno –dijo
al irse.
Lo más difícil fue encontrar un
disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba
todas mis sugerencias. Por fin dijo:
–Creo que he encontrado la solución.
¿Tenéis criada?
–Sí –dije, perpleja.
–Pues verás: vas a llamar a la criada;
cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara
esta noche en lugar de la mía.
–No lo veo muy práctico –dije yo–.
Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su
cadáver, y nos meterán en la cárcel.
–Tengo la suficiente hambre como para
comérmela –replicó la hiena.
–¿Y los huesos?
–También –dijo–. ¿Te parece bien?
–Solo si me prometes matarla antes de
arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
–Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin
cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los
bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo
reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena
comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
–Ya no puedo más; aún me quedan los
pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
–En el armario encontrarás una bolsa
bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A
continuación, dijo:
–Date la vuelta ahora y mira qué guapa
estoy.
Delante del espejo, la hiena se
admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta
el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
–Es verdad –dije–; lo has hecho muy
bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena
estuvo completamente vestida, declaró:
–Me siento en plena forma. Me da la
impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de
abajo, le dije:
–Ve ahora, y recuerda que no debes
ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte
de ella, no conozco a nadie. Buena suerte –le di un beso para despedirla,
aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por
las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana,
entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los
viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió
el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo
grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una
silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran
ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida
de furia.
–Acabábamos de sentarnos a la mesa
–dijo–, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando:
“Conque mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación,
se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha
desaparecido por la ventana.
Fuente: Ciudad Seva
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