Valeria Luiselli
A continuación,
te presento un fragmento de la novela de Valeria Luiselli: Desierto Sonoro
(2019). Es una novela inspirada en la política migratoria de EE. UU.,
especialmente la separación de familias en la frontera.
Es
su primer libro escrito en inglés y fue muy reconocido, ganando premios como el
Rathbones Folio (2020) y el Dublin Literary Award (2021), además de ser
finalista del Booker.
Este fragmento es como un relato; la
historia de una familia en un viaje por carretera de Nueva York a Arizona.
En esta novela, la autora mezcla narrativa con fragmentos poéticos y recursos
experimentales, como un capítulo de una sola oración y un cierre con
fotografías.
En
esta obra, Valeria Luiselli aborda la crisis migratoria en la frontera entre
México y Estados Unidos, especialmente el aumento de familias y menores que
cruzan debido a la violencia, la pobreza y las políticas migratorias más
restrictivas.
Narrar
un fragmento de esta novela es, en cierto modo, asomarse a ese desierto que no
es solo geográfico, sino humano: un espacio donde el tránsito se vuelve espera,
y la espera se vuelve pregunta. Luiselli escribe desde ahí, desde ese punto en
que lo político deja de ser abstracto y se vuelve una historia concreta,
frágil, imposible de ignorar.
Este
fragmento de la novela puedes escucharlo en Carla Narraciones (YouTube y
Spotify).
Fragmento Desierto Sonoro de Valeria Luiselli
MITOS FUNDACIONALES
En nuestro principio hubo un departamento casi vacío y una ola de calor. Era la
primera noche en ese departamento –el mismo que ahora acabamos de dejar atrás–
y los cuatro estábamos en calzones, sentados en el piso de la sala, sudorosos y
agotados, balanceando rebanadas de pizza en las palmas de las manos.
El niño oteó la sala, masticando un pedazo de pizza, y preguntó:
¿Y ahora qué?
Y la niña, que entonces tenía dos años y medio, remedó:
Sí, ¿ahora qué?
No supimos qué contestar, aunque creo que ambos lo pensamos detenidamente, buscando alguna respuesta, quizá porque también nos habíamos estado haciendo la misma pregunta frente a ese espacio ajeno. Habíamos terminado de desempacar lo esencial y salido a comprar unas cuantas cosas de último momento: sacacorchos, cuatro almohadas nuevas, líquido limpiavidrios, detergente, dos pequeños portarretratos, clavos y un martillo. Habíamos medido la altura de los niños y hecho una primera marca en la pared del pasillo: 84 y 106 centímetros. Luego habíamos fijado un par de clavos en el muro de la cocina, junto al refrigerador, para colgar dos postales que antes habían estado en nuestros respectivos departamentos: una era un retrato de Malcolm X, tomada justo antes de que lo mataran, donde se le ve reposando la cabeza sobre la mano izquierda y mirando hacia algo o alguien fuera de cuadro; la otra era de Zapata, muy erguido, sosteniendo un rifle en una mano y un sable en la otra, con una banda colgándole de un hombro y sus dobles cananas cruzándole el pecho.
Pero a pesar de esas primeras marcas de nuestra presencia, y de las muchas cajas de cartón y las maletas de todos, el espacio aún se sentía vacío.
¿Ahora qué?, preguntó otra vez el niño.
Por fin contesté yo:
Ahora vayan a lavarse los dientes.
Pero no hemos desempacado nuestros cepillos todavía, replicó.
Entonces enjuáguense la boca en el lavabo y a dormir, dijo su papá.
Regresaron del baño diciendo que les daba miedo dormir solos en el cuarto nuevo. Accedimos a que se quedaran en la sala con nosotros, por un rato, si prometían dormirse. Los dos se acomodaron dentro de una caja de cartón vacía y, después de cachorrear un rato hasta negociar la división de espacio que les pareció más justa, ambos cayeron súpitos.
Mi esposo y yo abrimos una botella de vino y, asomados a la ventana, nos fumamos un porro. Luego nos acomodamos otra vez en el piso de la sala, platicando a ratos, y a ratos viendo nomás a los dos niños, dormidos en su caja de cartón. Desde donde estábamos sentados alcanzábamos a ver solo un amasijo de cabezas y nalgas: el pelo del niño, recio de sebo, los chinos de la niña, un nido; él, nalgas de aspirina, y las de ella, amanzanadas. Parecían la miniatura de una pareja que ha estado demasiado tiempo unida, de esas que envejecen muy rápido porque se disponen a la comodidad de una promesa eterna y sin sobresaltos. Ambos dormían en absoluta soledad compartida, serenos. Pero de pronto, interrumpiendo ese silencio casi sacro, el niño empezó a roncar y la niña empezó a soltar largas yufas, seguidas de breves pero tronados pedos.
Ese mismo día, más temprano, habían dado un concierto parecido cuando íbamos en metro hacia la casa, volviendo del supermercado, rodeados de bolsas de plástico llenas de huevos enormes, jamón rosáceo, almendras orgánicas, pan de elote y pequeños tetrapacks de leche entera –los productos enriquecidos y vitaminados de nuestra nueva dieta: la dieta de una familia con dos salarios–. Tres paradas del metro, y los dos niños se habían quedado dormidos, las cabezas en nuestras piernas, su sudor oliendo a los pretzels tibios que nos habíamos comido en la calle unas horas antes. Acomodados los cuatro en el vagón de metro –los niños dormidos, angélicos casi, y nosotros dos lo bastante jóvenes–, conformábamos una tribu hermosa, envidiable.
Hasta que de repente, uno comenzó a roncar y la otra a tirarse pedos. Los pocos pasajeros que no llevaban audífonos se dieron cuenta, miraron a la niña, luego a nosotros, luego al niño, y sonrieron –no sé si por compasión o en complicidad o simplemente entretenidos por la total desvergüenza de nuestros hijos–. Mi esposo les devolvió la sonrisa a los pasajeros. Yo pensé por un momento en desviar la atención, distraerlos de algún modo, tal vez mirando acusatoriamente al viejo que dormía a pocos asientos de distancia, o a la joven en ropa deportiva.
Pero no hice nada. Solo asentí con la cabeza a modo de aceptación, o de resignación, y les devolví media sonrisa a los extraños del metro. Supongo que sentí el tipo de pánico escénico que sobreviene en ciertos sueños, cuando te das cuenta de que estás en la escuela sin ropa interior: un profundo sentimiento de vulnerabilidad frente a todas esas personas que se asomaban de pronto a nuestro mundo, un mundo frágil todavía.
Pero esa noche, de vuelta a la intimidad del departamento nuevo, mientras los niños dormían emitiendo nuevamente esos ruidos hermosos –la verdadera belleza, siempre involuntaria–, pude escucharlos con atención, ya sin el peso del bochorno público. La caja de cartón amplificaba los sonidos intestinales de la niña, que viajaban diáfanos por el espacio casi vacío de la sala. Después de un rato el niño los oyó también –o eso nos pareció– y le respondió desde la profundidad de sus sueños con una serie de gruñidos y murmullos. Mi marido advirtió que estábamos presenciando un idioma más del paisaje sonoro de la ciudad, puesto al servicio del acto siempre circular de la conversación:
Una boca que le responde a un culo.
Por un instante reprimí la risa, pero luego noté que mi marido contenía la respiración y cerraba los ojos para evitar reírse y despertar a los niños. Tal vez estábamos un poco más pachecos de lo que creíamos. Me distendí por completo en una carcajada. Él me hizo segunda con una serie de resoplidos y jadeos, sus fosas nasales aleteando, el gesto fruncido, los ojos casi borrados, su cuerpo entero balanceándose como piñata herida. La mayoría de la gente se vuelve aterradora cuando ríe desaforadamente. Siempre me han dado miedo los que castañetean los dientes, y los que se ríen sin emitir sonido alguno. Son desconcertantes las personas que se ríen como cantaba Chavela Vargas, que jalaba aire entre los dientes antes de soltar sus quejumbrosos pujidos. Y luego están los que clavan la cabeza hacia delante, contorsionándose, como si la alegría les doliera. En mi familia paterna tenemos un defecto genético, creo, que se manifiesta mediante bufidos nasales y ronquidos porcinos al final de cada ciclo de risas. Estos sonidos, quizá por su animalidad, desatan a su vez un nuevo ciclo de risas. Y así hasta que todos terminamos con lágrimas en los ojos y un sentimiento de vergüenza nos embarga.
Respiré
profundamente y me limpié una lágrima del cachete.
Me di cuenta entonces de que era la primera vez que oíamos la risa del otro. Quiero decir, nuestras risas más profundas: risa desatada, inmoderada, risa plena y ridícula. Quizás nadie nos conoce realmente hasta que no conoce nuestra risa. Por fin recobramos la compostura.
¿Es terrible reírnos a costa de nuestros hijos mientras duermen?, le pregunté.
Sí sí, todo mal, dijo, los pliegues de su piel todavía reacomodándose, regresando poco a poco al semblante parco y sereno que suele tener.
Decidimos que había que documentar este preciso momento, así que sacamos nuestro equipo de grabación. Mi esposo empezó a recorrer el espacio con el brazo extensible de su boom; yo acerqué mi grabadora de mano a los niños lo más posible. Ella se chupaba el dedo y él murmuraba palabras y gruñidos oníricos para la grabadora. El micrófono de mi esposo captaba también los sonidos de la calle: coches, una pareja discutiendo, jóvenes echando desmadre. Con una complicidad infantil registramos los sonidos de esa noche. No estoy segura de qué motivos más profundos nos impulsaban. Quizás era solo el calor del verano, más el vino, menos el porro, multiplicado por la emoción de la mudanza, dividido por todo el reciclaje de cajas de cartón que teníamos por delante.
O quizás estábamos obedeciendo al impulso de permitir que aquel momento, que parecía el comienzo de algo, dejara una huella. Después de todo, nuestras mentes estaban entrenadas para detectar oportunidades de grabación, y nuestros oídos escuchaban la vida cotidiana como si fuera material para ser documentado. O tal vez las familias nuevas, como las naciones jóvenes después de una violenta guerra de independencia o una revolución, necesitan anclar sus comienzos en un momento simbólico y fijar ese instante en el tiempo. Esa noche fue nuestra fundación; fue la noche en que nuestro caos se convirtió en cosmos.
Más tarde, cansados y habiendo perdido momentum, cargamos a los niños hasta su nuevo cuarto y los dejamos sobre la cama –apenas más grande que la caja de cartón donde se habían dormido–. Después, ya en nuestro cuarto, nos metimos a la cama y entrelazamos las piernas sin decirnos nada, aunque comunicando algo con nuestros cuerpos, algo así como quizás más tard e, quizás mañana, mañana hacemos el amor, hacemos planes, mañana.
Fuente: Escaramuza
Otros relatos
Si te gustan los relatos, te recomiendo un relato de Valeria Luiselli: Pinche Tiresias y un cuento con moraleja de Horacio Quiroga.
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