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viernes, 26 de diciembre de 2025

2 cuentos de Silvina Ocampo

 

Dos relatos breves para adultos 

de Silvina Ocampo

Te presento dos relatos breves para adultos de Silvina OcampoEl retrato mal hecho y El vendedor de estatuasTambién puedes escucharlos en Spotify o en Youtube. 

En “El retrato mal hecho”, Silvina Ocampo presenta la vida rígida y opresiva de una mujer atrapada en la inmovilidad emocional, el tedio doméstico y las apariencias sociales, donde la maternidad, el servicio y el orden cotidiano conviven con una tensión silenciosa y perturbadora. En este relato se explora la obsesión por la apariencia, la belleza artificial y la decadencia de la burguesía, donde un retrato distorsionado revela una verdad perturbadora sobre la familia y el rol de la sirvienta, a menudo implicando lo fantástico, la crueldad y lo siniestro en lo cotidiano, subvirtiendo expectativas y mostrando cómo la realidad puede ser más extraña que la ficción, a través de la mirada crítica hacia la sociedad argentina.

En “El vendedor de estatuas”, la autora narra la convivencia inquietante entre un hombre obsesionado con el control, la quietud y lo inanimado, y la presencia insistente de un niño que encarna lo imprevisible y lo vital; en este relato se explora la angustia existencial, el miedo a la infancia y la persecución del inconsciente, simbolizados en la figura de Octaviano Crivellini, el vendedor que se siente acosado por el niño Tirso, representando una amenaza a su mundo de estatuas frías y a su propia identidad, culminando en una fuga desesperada hacia el olvido y la nada, un tema recurrente en la obra de Ocampo sobre la melancolía y la imposibilidad de escapar del pasado

 

El retrato mal hecho

[Cuento - Texto completo.]

 A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.

Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.

La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.

La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.

Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: “Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro” o bien: “Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto”, o bien: “punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado”. Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: “Las hojas se hacen con seda color de aceituna” o bien: “los enrejados son de color de rosa y azules”, o bien: “la flor grande es de color encarnado”, o bien: “las venas y los tallos color albaricoque”.

Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: “Las venas y los tallos color albaricoque”. Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: “Lo he matado”.

Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.

La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.

Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: “Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín”.

 

El vendedor de estatuas

[Cuento - Texto completo.] 

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado.

En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos.

Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas.

En un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes letras anunciaban sobre la puerta de entrada: “Octaviano Crivellini. Copias de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones”; y ahí estaba un batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían elegir. Había mandado construir una pequeña habitación para poder vivir confortablemente. Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y antes de dormirse les decía disimuladamente buenas noches a las estatuas.

Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: “No tengo que preocuparme por estas cosas”, “No tengo que preocuparme por estas cosas”.

El chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad malabarista le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diariamente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, terribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba Tirso, el chico de siete años, eran constantes y sin descanso. No había adónde acudir para librarse de él. Debía de tener una madre anónima, un padre aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar.

Hacía ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa detrás de él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habitual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con frialdad de estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león con melena suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de sombras donde lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos vacíos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Sócrates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevió rápidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de vergüenza y terror.

Tirso, creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió que tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en puntas de pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día todas las noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.

Tirso empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hacía poco tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. El ciclista le había dado un caramelo. La comisionista le había probado un cuello de puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un delantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba.

Cuando terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en penitencia, sin postre -él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre.

Se ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso lo siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tranquilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto, inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos minutos después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la puerta con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se repitió todas las noches.

Las primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Tenía unos ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se lo podía quizás lastimar un poco.

En el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desesperado se refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de estatuas, se fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. Empezó a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que había grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sacó su cortaplumas para grabarlos, como en los árboles, de una manera más segura.

Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retiró más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolvía a bajarse de encima del león, pero al fin empezó a trotar en círculos y semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más nada; el silencio y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.

Quedaba poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; sintió desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido a lo largo de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sacó el pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se acababan las últimas gotas de aire y de luz que todavía le permitían vivir.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo otros cuento de esta escritora: La red.  

 

 

 

jueves, 13 de febrero de 2025

La red, cuento de Silvina Ocampo

 

Silvina OCampo

A continuación, te presento un cuento de Silvina Ocampo, La red. El cuento narra la historia de Kêng-Su, quien clava con un alfiler de oro una mariposa en su habitación. Con el tiempo, se siente atormentada por mensajes misteriosos y por la presencia del insecto, hasta que, durante un baño en el mar, cree que la mariposa fantasma la persigue, llevándola a un destino trágico. El cuento La red de Silvina Ocampo aborda temas como el destino, la fatalidad y la culpa a través de una atmósfera de misterio y simbolismo.

El título La red puede aludir a la conexión invisible entre los acontecimientos, como si existiera un destino tejido por hilos que unen lo insignificante con lo trascendental. También puede representar la mente de la protagonista, atrapada en sus propias creencias y asociaciones fatales. El cuento cuestiona la relación entre causa y efecto, dejando abierta la posibilidad de que todo sea una coincidencia o que, en efecto, existe una extraña red que rige los destinos. También puedes escuchar este cuento de Silvina Ocampo en mi canal de YouTube.

 

 La red

Mi amiga Kêng-Su me decía:

—En la ventana del hotel brillaba esa luz diáfana que a veces y de un modo fugaz anticipa, en diciembre, el mes de marzo. Sientes como yo la presencia del mar: se extiende, penetra en todos los objetos, en los follajes, en los troncos de los árboles de todos los jardines, en nuestros rostros y en nuestras cabelleras. Esta sonoridad, esta frescura que sólo hay en las grutas, hace dos meses entró en mi luminosa habitación, trayendo en sus pliegues azules y verdes algo más que el aire y que el espectáculo diario de las plantas y del firmamento. Trajo una mariposa amarilla con nervaduras anaranjadas y negras. La mariposa se posó en la flor de un vaso: reflejada en el espejo agregaba pétalos a la flor sobre la cual abría y cerraba las alas. Me acerqué tratando de no proyectar una sombra sobre ella: los lepidópteros temen las sombras. Huyó de la sombra de mi mano para posarse en el marco del espejo. Me acerqué de nuevo y pude apresar sus alas entre mis dedos delicados. Pensé: “Tendría que soltarla. No es una flor, no puedo colocarla en un florero, no puedo darle agua, no puedo conservarla entre las hojas de un libro, como un pensamiento”. Pensé: “No es un pájaro, no puedo encerrarla en una jaula de mimbre con una pequeña bañera y un tarrito enlozado, con alpiste”.

—Sobre la mesa —prosiguió—, entre mis peinetas y mis horquillas, había un alfiler de oro con una turquesa. Lo tomé y atravesé con dificultad el cuerpo resistente de la mariposa —ahora cuando recuerdo aquel momento me estremezco como si hubiera oído una pequeña voz quejándose en el cuerpo oscuro del insecto. Luego clavé el alfiler con su presa en la tapa de una caja de jabones donde guardo la lima, la tijera y el barniz con que pinto mis uñas. La mariposa abría y cerraba las alas como siguiendo el ritmo de mi respiración. En mis dedos quedó un polvillo irisado y suave. La dejé en mi habitación ensayando su inmóvil vuelo de agonía.

A la noche, cuando volví, la mariposa había volado llevándose el alfiler. La busqué en el jardín de la plaza, situada frente al hotel, sobre las favoritas y las retamas, sobre las flores de los tilos, sobre el césped; sobre un montón de hojas caídas. La busqué vanamente.

En mis sueños sentí remordimientos. Me decía: ¿Por qué no la encerré adentro de una caja? ¿Por que no la cubrí con un vaso de vidrio? ¿Por qué no la perforé con un alfiler mis grueso y pesado?”

Kêng-Su permaneció un instante silenciosa. Estábamos sentadas sobre la arena, debajo de la carpa. Escuchábamos el rumor de las olas tranquilas. Eran las siete de la tarde y hacía un inusitado calor.

—Durante muchos días no vine a la playa —continuó Kêng-Su anudando su cabellera negra—, tenía que terminar de bordar una tapicería para Miss Eldington, la dueña del hotel. Sabes cómo es de exigente. Además yo necesitaba dinero para pagar los gastos.

Durante muchos días sucedieron cosas insólitas en mi habitación. Tal vez las he soñado.

Mi biblioteca se compone de cuatro o cinco libros que siempre llevo a veranear conmigo. La lectura no es uno de mis entretenimientos favoritos, pero siempre mi madre me aconsejaba, para que mis sueños fueran agradables, la lectura de estos libros: El libro de Mencius, La Fiesta de las LinternasHoeï-Lan-Ki (Historia del circulo de tiza) y El Libro de las Recompensas y de las Penas.

Varias veces encontré el último de estos libros abierto sobre mi mesa, con algunos párrafos marcados con pequeños puntitos que parecían hechos con un alfiler. Después yo repetía, involuntariamente, de memoria estos párrafos. No puedo olvidarlos.

—Kêng-Su, repítelos, por favor. No conozco esos libros y me gustaría oír esas palabras de tus labios.

Kêng-Su palideció levemente y jugando con la arena me dijo:

—No tengo inconveniente.

A cada día correspondía un párrafo. Bastaba que saliera un momento de mi habitación para que me esperara el libro abierto y la frase marcada con los inexplicables puntitos. La primera frase que leí fue la siguiente:

“Si deseamos sinceramente acumular virtudes y atesorar méritos tenemos que amar no sólo a los hombres, sino a los animales, pájaros, peces, insectos, y en general a todos los seres diferentes de los hombres, que vuelan, corren y se mueven.”

Al otro día leí:

“Por pequeños que seamos, nos anima el mismo principio de vida: todos estamos arraigados en la existencia y del mismo modo tememos la muerte.”

Guardé el libro dentro del armario, pero al otro día lo encontré sobre mi cama, con este párrafo marcado:

“Caminando, de pie sentada o acostada, si ves un insecto pereciendo, trata de liberarlo y de conservarle la vida. ¡Si lo matas con tus propias manos, qué destino te esperará!…”

Escondí el libro en el cajón de la cómoda, que cerré con llave; al otro día estaba sobre la cómoda, con la siguiente leyenda subrayada:

“Song-Kiao, que vivió bajo la dinastía de los Song, un día construyó un puente con pequeñas cañas para que unas hormigas cruzaran un arroyo, y obtuvo el primer grado de Tchoang-Youen (primer doctor entre los doctores). Kêng-Su, ¿qué obtendrás por tu oscuro crimen?…”

A las dos de la mañana, el día de mi cumpleaños, creí volverme loca al leer:

“Aquel que recibe un castigo injusto conserva un resentimiento en su alma.”

Busqué en la enciclopedia de una librería (conozco al dueño, un hombre bondadoso, y me permitió consultar varios libros) el tiempo que viven los insectos lepidópteros después de la última metamorfosis; pero como existen cien mil especies diferentes es difícil conocer la duración de la vida de los individuos de cada especie; algunos, en estado de imago, viven dos o tres días; pero ¿pertenecía mi mariposa a esta especie tan efímera?

Los párrafos seguían apareciendo en el libro, misteriosamente subrayados con puntitos:

“Algunos hombres caen en la desdicha; otros obtienen la dicha. No existe un camino determinado que los conduzca a una u otra parte. Depende todo del hombre, que tiene el poder de atraer el bien o el mal, con su conducta. Si el hombre obra rectamente obtiene la felicidad; si obra perversamente recibe la desdicha. Son rigurosas las medidas de la dicha y de la aflicción, y proporcionadas a las virtudes y a la gravedad de los crímenes.”

Cuando mis manos bordaban, mis pensamientos urdían las tramas horribles de un mundo de mariposas.

Tan obcecada estaba, que estas marcas de mis labores, que llevo en la yema de los dedos, me parecían pinchazos de la mariposa.

Durante las comidas intentaba conversaciones sobre insectos, con los compañeros de mesa. Nadie se interesaba en estas cuestiones, salvo una señora que me dijo: “A veces me pregunto cuánto vivirán las mariposas. ¡Parecen tan frágiles! Y he oído decir que cruzan (en grandes bandadas) el océano, atravesando distancias prodigiosas. El año pasado había una verdadera plaga en estas playas”.

A veces tenía que deshacer una rama entera de mi labor: insensiblemente había bordado con lanas amarillas, en lugar de hojas o de pequeños dragones, formas de alas.

En la parte superior de la tapicería tuve que bordar tres mariposas. ¿Por qué hacerlas me repugnaba tanto, ya que involuntariamente, a cada instante, bordaba sus alas?

En esos días, como sentía cansada la vista, consulté a un médico. En la sala de espera me entretuve con esas revistas viejas que hay en todos los consultorios. En una de ellas vi una lámina cubierta de mariposas. Sobre la imagen de una mariposa me pareció descubrir los puntitos del alfiler; no podría asegurar que esto fuera justificado, pues el papel tenía manchas y no tuve tiempo de examinarlo con atención.

A las once de la noche caminé hasta el espigón proyectando un viaje a las montañas. Hacía frío y el agua me contemplaba con crueldad.

Antes de regresar al hotel me detuve debajo de los árboles de la plaza, para respirar el olor de las flores. Buscando siempre la mariposa, arranqué una hoja y vi en la verde superficie una serie de agujeritos: pertenecían, sin duda, a un hormiguero. Pero en aquel momento pensé que mi visión del mundo se estaba transformando y que muy pronto mi piel, el agua, el aire, la tierra y hasta el cielo se cubrirían de esos puntitos, y entonces —fue cómo el relámpago de una esperanza— pensé que no tendría motivos de inquietud, ya que una sola mariposa, con un alfiler, a menos de ser inmortal, no sería capaz de tanta actividad.

Mi tapicería estaba casi concluida y las personas que la vieron me felicitaron.

Hice nuevas incursiones en el jardín de la plaza, hasta que descubrí, entre un montón de hojas, la mariposa. Era la misma, sin duda. Parecía una flor mustia. Envejecidas las alas, no brillaban. Ese cuerpo, horadado, torcido, había sufrido. La miré sin compasión. Hay en el mundo tantas mariposas muertas. Me sentí aliviada. Busqué en vano el alfiler de oro con la turquesa. Mi padre me lo había regalado. En el mundo no hallaría otro alfiler como ése. Tenía el prestigio que sólo tienen los recuerdos de familia.

*   *   *

Pero una vez más en el libro tuve que ver un párrafo marcado:

“Hay personas que inmediatamente son castigadas o recompensadas; hay otras cuyas recompensas y castigos tardan tanto en llegar que no las alcanzan sino en los hijos o en los nietos. Por eso hemos visto morir a jóvenes cuyas culpas no parecían merecer un castigo tan severo, pero esas culpas se agravaban con los crímenes que habían cometido sus antepasados.”

Luego leí una frase interrumpida:

“Como la sombra sigue los cuerpos…”

Con qué impaciencia había esperado esa mañana, y qué indiferente resultó después de tantos días de sufrimiento: pasé la aguja con la última lana por la tapicería (esa lana era del color oscuro que daña mi vista). Me saqué los anteojos y salí del trabajo como de un túnel. La alegría de terminar un bordado se parece a la inocencia. Logré olvidarme de la mariposa —continuó Kêng-Su ajustando en sus cabellos una tira de papel amarillo—. El mar, como un espejo, con sus volados blancos de espuma, me besaba los pies. Yo he nacido en América y me gustan los mares. Al penetrar en las ondas vi algunas mariposas muertas que ensuciaban la orilla. Salté para no tocarlas con mis pies desnudos.

Soy buena nadadora. Me has visto nadar algunas veces, pero las olas entorpecían mis movimientos. Soy nadadora de agua dulce y no me gusta nadar con la cabeza dentro del agua. Tengo siempre la tentación de alejarme de la costa, de perderme debajo del cóncavo cielo.

—¿No tienes miedo? A doscientos metros de la costa ya me asusta la idea de encontrar delfines que podrían escoltarme hasta la muerte —le dije. Kêng-Su desaprobó mis temores. Sus oblicuos ojos brillaban.

—Me deslicé perezosamente —continuó—. Creo que sonreí al ver el cielo tan profundo y al sentir mi cuerpo transparente e impersonal como el agua. Me parecía que me despojaba de los días pasados como de una larga pesadilla, como de una vestidura sucia, como de una enfermedad horrible de la piel. Suavemente recobraba la salud. La felicidad me penetraba, me anonadaba. Pero un momento después una sombra diminuta sobre el mar me perturbó: era como la sombra de un pétalo o de una hoja doble; no era la sombra de un pez. Alcé los ojos. Vi la mariposa: las llamas de sus alas luminosas oscurecían el color del cielo. Con el alfiler fijo en el cuerpo —como un órgano artificial pero definitivamente adherido—, me seguía. Se elevaba y bajaba, rozaba apenas el agua delante de mí, como buscando un apoyo en flores invisibles. Traté de capturarla. Su velocidad vertiginosa y el sol me deslumbraban. Me seguía, vacilante y rápida; al principio parecía que la brisa la llevaba sin su consentimiento; luego creí ver en ella más resolución y más seguridad. ¿Qué buscaba? Algo que no era el agua, algo que no era el aire, algo que no era una sombra. (Me dirás que esto es una locura; a veces he desechado la idea que ahora te confieso.) Buscaba mis ojos, el centro de mis ojos, para clavar en ellos su alfiler. El terror se apoderó de mis ojos indefensos como si no me pertenecieran, como si ya no pudiera defenderlos de ese ataque omnipotente. Trataba de hundir la cara en el agua. Apenas podía respirar. El insecto me asediaba por todos lados. Sentía que ese alfiler, ese recuerdo de familia que se había transformado en el arma adversa, horrible, me pinchaba la cabeza. Afortunadamente, yo estaba cerca de la orilla. Cubrí mis ojos con una mano y nadé durante cinco minutos que me parecieron cinco años, hasta la costa. El bullicio de los bañistas seguramente ahuyentó a la mariposa. Cuando abrí los ojos, había desaparecido. Casi me desmayé en la arena. Este papel, donde pinté yo misma un dios con tinta colorada, me preserva ahora de todo mal.

Kêng-Su me enseñó el papel amarillo, que había colocado tan cuidadosamente entre los dientes de su peineta, sobre su cabellera.

—Me rodearon unos bañistas y me preguntaron qué me sucedía. Les dije: “He visto un fantasma”. Un señor muy amable me dijo: “Es la primera vez que un hecho así ocurre en esta playa”, y agregó: “Pero no es peligroso. Usted es una gran nadadora. No se aflija”.

Durante una semana entera pensé en ese fantasma. Podría dibujártelo, si me dieras un papel y un lápiz. No se trata de una mariposa común; se trata de un pequeño monstruo. A veces, al mirarme al espejo, veía sus ojos sobrepuestos a los míos. He visto hombres con caras de animales y me han inspirado cierta repugnancia; un animal con cara humana me produce terror.

Imagínate una boca desdeñosa, de labios finos, rizados; unos ojos penetrantes, duros y negros; una frente abultada y resuelta, cubierta de pelusa. Imagínate una cara diminuta y mezquina —como una noche oscura—, con cuatro alas amarillas, dos antenas y un alfiler de oro; una cara que al desmembrarse conservaría en cada una de sus partes la totalidad de su expresión y de su poder. Imagínate ese monstruo, de apariencia frágil, volando, inexorable (por su misma pequeñez e inestabilidad); llegando siempre —tal como yo lo imagino— de la avenida de las tumbas de los Ming.

—Habrás contribuido a formar una nueva especie de mariposas, Kêng-Su: una mariposa temible, maravillosa. Tu nombre figurará en los libros de ciencia  —le dije mientras nos desvestíamos para bañarnos.

Consulté mi reloj.

—Son ]as ocho de la noche. Entremos en el mar. Las mariposas no vuelan de noche.

Nos acercábamos a la orilla. Kêng-Su puso un dedo sobre los labios, para que nos calláramos, y señaló el cielo. La arena estaba tibia. Tomadas de la mano, entramos en el mar lentamente para admirar mejor los reflejos del cielo en las olas. Estuvimos un rato con el agua hasta la cintura, refrescando nuestros rostros. Después comenzamos a nadar, con temor y con deleite. El agua nos llevaba en sus reflejos dorados, como a peces felices, sin que hiciéramos el menor esfuerzo.

—¿Crees en los fantasmas?

Kêng-Su me contestaba:

—En una noche como ésta… Tendría que ser un fantasma para creer en fantasmas. El silencio agrandaba los minutos. El mar parecía un río enorme. En los acantilados se oía el canto de los grillos, y llegaban ráfagas de olores vegetales y de removidas tierras húmedas. Iluminados por la luna, los ojos de Kêng-Su se abrieron desmesuradamente, como los ojos de un animal. Me habló en inglés:

—Ahí está. Es ella.

Vi nítidamente la luna amarilla recortada en el cielo nacarado. Lloraba en la voz de Kêng-Su una súplica. Creo que el agua desfigura las voces, suele comunicarles una sonoridad de llanto; pero esta vez Kêng-Su lloraba, y no podré olvidar su llanto mientras exista mi memoria. Me repitió en inglés:

—Ahí está. Mírala como se acerca buscando mis ojos.

En la dorada claridad de la luna, Kêng-Su hundía la cabeza en el agua y se alejaba de la costa. Luchaba contra un enemigo para mí invisible. Yo oía el horrible chapoteo del agua y el sonido confuso de unas palabras entrecortadas. Traté de nadar, de seguirla. La llamé desesperadamente. No podía alcanzarla. Nadé hacia la orilla a pedir socorro. Busqué inútilmente al guardamarina, al bañero. Oí el ruido del mar; vi una vez más el reflejo imperturbable de la luna. Me desmayé en la arena. Después debajo de la carpa encontré la tira de papel amarillo, con el ídolo pintado.

Cuando pienso en Kêng-Su, me parece que la conocí en un sueño.

 

Cuentos para adultos en YouTube

Haruki Murakami 

Si te gustan los cuentos, te recomiendo El pueblo de los gatos de Haruki Murakami

 

sábado, 26 de octubre de 2024

Amada en el amado de Silvina Ocampo

 

Cuento corto para adultos de SilvinaOcampo

A continuación, te presento un cuento corto para adultos, Amada en el amado de Silvina Ocampo, que puedes escuchar en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

 

Amada en el amado

 

A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos. Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida. Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta.- A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan.- ¿Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada?- Los diremos a la misma hora.- A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán.- En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua.- A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie. Creyendo que es tuyo, para no gritar de pena, me morderé el brazo, no el antebrazo. – ¿Por qué? - Porque el brazo es más sensible. - ¿En qué sitio?- En el sitio en que la boca lo alcanza cuando el brazo está doblado con el codo hacia arriba, apoyado contra la cara, como guareciéndola del sol. Es tu postura predilecta, por eso la imito como si mi brazo fuera el tuyo.- A las nueve menos cinco de la noche, cerrá los ojos. Te besaré hasta las nueve y cinco. - ¡Podrías más tiempo!- ¿Pero acaso no llegaríamos a morir prolongando indefinidamente ese momento?- No pediría otra cosa. Con estos y otros desatinos se despedían. Como es natural, cumplían religiosamente con lo pactado. ¿Quién se atrevería a romper semejante rito? El que no lo comprenda, nunca ha amado o ha sido amado, ni valdría la pena que ame o que sea amado, ya que el amor es hecho de infinita y sabia locura, de adivinación y de obediencia. Todas las miserias grandes y pequeñas de la vida cotidiana todo lo que es un motivo de fastidio para otras personas, para ellos era muy llevadero. La casa en donde vivían no era muy cómoda; tenía muy poca luz porque sus cuartos daban a un patio interior. Ruidos intestinales de cañerías se hacían oír en todos los pisos. El baño estaba metido dentro de un armario, la ducha sobre la letrina, las ventanas no cerraban o abrían según el grado de humedad del tiempo, un camino de cucarachas distinguía la cocina de los otros cuartos, pero ellos encontraron en esas incomodidades cómicos motivos de regocijo. (Compartir cualquier cosa vuelve cualquier cosa mejor para los enamorados, cuando son felices.) La felicidad les prestaba simpatía, simpatía para el verdulero, para el carnicero, para el panadero, para el médico cuando había que consultarlo, para los participantes de una cola, por personal y larga que fuera. De noche, cuando se acostaban, el cansancio que sentían abrazados, era un premio. Él soñaba mucho; ella no soñaba nunca. Él, al despertar a la hora del desayuno, le contaba sus sueños; eran sueños interminables y accidentados, llenos de alegría o de zozobras. Le gustaba contar los sueños, porque casi todos tenían (como las novelas policiales) suspenso: aprovechaba el momento en que iba a tomar un trago caliente de té o en que se metían un trozo grande de pan con manteca y miel en la boca, para interrumpir la parte sensacional del sueño y hacer esperar debidamente el desenlace.- Quisiera ser vos – decía ella, con admiración.- Yo también –decía él- ser vos, pero no que vos fueras yo.- Es lo mismo –decía ella.- Es muy distinto-respondía él-. Lo primero sería agradable, lo segundo angustioso.- ¡Por qué nunca puedo estar en tus sueños, sin el vigilia te acompaño!- Ella exclamaba-. Oírtelos contar, no es lo mismo. Me faltan el aire, la luz que los rodea.- No creas que son tan divertidos (tengo más talento de narrador que de soñador), son mejores cuando los cuento-dijo él.- Los inventarás, entonces.- No tengo tanta imaginación.- De todos modos, quisiera entrar en tus sueños, quisiera entrar en tus experiencias. Si te enamoraras de una mujer, me enamoraría yo también de ella; me volvería lesbiana. - Espero que nunca suceda –decía él.- Yo también –decía ella. Durante un tiempo resolvieron dormir teniéndose de la mano, con la esperanza de que los sueños de él pasaran dentro de ella a través de las manos. Por incómodo que fuera, ya que para mantener una posición estratégica dar vuelta la almohada buscando la frescura sería imposible, resolvieron dormir con las cabezas juntas. Pensaban que ese contacto sería más eficaz que el de las manos, pero ella seguía sin sueños.- Hay personas que no sueñan –decía él-. No hay nada que hacer.- Sería capaz de tomar mescalina, fumar opio. Cualquier cosa haría con tal de soñar. - Es lo único que falta –decía él. Una mañana de primavera, a la hora del desayuno, ella trajo como siempre la bandeja con las dos tazas servidas y las tostadas con manteca y miel. Colocó todo sobre la mesa de luz. Se sentó sobre la cama, lo despertó ahogando risas con besos y dijo:- Anoche soñaste con una vaquita de San José. Aquí está. –Mostró sobre su brazo el bichito rojo como una gota de sangre. Él se incorporó en la cama y le dijo:- Es cierto. Soné que estábamos en un jardín donde en vez de flores había piedras, piedras de todos los colores.- Un jardín japonés –musitó ella.- Tal vez –respondió él-, porque en las piedras había letras grabadas que parecían japonesas o chinas. Por una calle de piedras más altas, pues todas las piedras eran de distinta forma y tamaño, venías caminando como si fuera dentro del agua. Te acercaste y me mostraste el brazo que creías te habías lastimado con un alfiler, pero mirándolo bien, advertí que la gota de sangre que veía en tu brazo era en efecto una vaquita de San José.

– De algo me sirvió dormir con la frente pegada a la tuya –dijo ella, tratando vanamente de hacer pasar el bichito rojo de una mano a la otra-. En tu próximo sueño trataré de obtener algo mejor o más duradero – prosiguió, viendo que el bichito abría un ala rizada, suplementario, que tenía escondida, y salía volando para desaparecer en el aire. A lo noche siguiente, ella se durmió antes que él. A las cinco de la mañana se despertaron al mismo tiempo.- ¿Qué soñaste? –ella preguntó, sobresaltada.- Soñé que estábamos acostados en la arena, pero… vas a enojarte…- Lo que sucede en un sueño no podría enojarme.- A mí, sí.- A mí, no. –contestó ella -. Seguí contando.- Estábamos acostados, y vos no eras vos. Eras vos y no eras vos.- ¿En qué lo advertías?- En todo. En el modo de besar, en los ojos, en la voz, en el pelo. Tenías el pelo de nylon como la muñeca de la motocicleta que te gustaba en el escaparate del subte, ese pelo amarillo lustroso. Un día me dijiste: “Me gustaría tener el pelo así”.- ¿Y qué te hizo pensar que esa mujer distinta de mí, era yo?- El amor que yo sentía.- Llamas amor a cualquier cosa.- Aquel pelo amarillo de nylon, tan parecido al de la muñeca de la motocicleta, tal vez fuera culpable. Cada hebra era como un hilo de oro que yo acariciaba.- ¿Así? –dijo ella, mostrándole una hebra de nylon amarillo que colgaba del cuello de su camisón. Él tomó en broma el diálogo. A decir verdad esa hebra de nylon amarilla podía haber estado anteriormente en la casa, por cualquier motivo. ¿Acaso la hijas de las amigas no iban de visita con sus muñecas, que tenían el pelo de nylon? Se usa tanta ropa de nylon, ¿acaso una hebra de una costura no podía caer?La próxima noche él tuvo que salir y ella quedó sola. Él volvió muy tarde; ella dormía. Empezaba el invierno y le trajo un ramo de violetas. En el momento de acostarse él puso en uno de los ojales del camisón de ella, una violeta.-¿Qué soñaste? –dijo ella, como siempre, al despertar.- Soñé que viajaba en un trineo por un campo cubierto de nieve, donde merodeaban lobos hambrientos. Estaba vestido con pieles de lobo; lo advertí en el modo de mirarme que tenían los lobos. Un bosque de pinos se divisó en el horizonte. Me dirigí al bosque. Frente a ese bosque bajé del trineo y en la nieve encontré una violeta, la recogí y me alejé rápidamente. En ese momento ella vio la violeta en el ojal de su camisón.- Aquí está –dijo ella.- Te la traje anoche en un ramito que te compré en la calle; elegí la violeta más grande y la puse en el ojal de tu camisón.- ¿El sueño lo inventaste?- Si lo hubiera inventado sería más divertido.- ¿Cómo supiste que ibas a soñar con violetas? Sos mentiroso. Querés imitarme, inventando experimentos mágicos. Eso no impide que tus verdaderos sueños obren milagros para mí –dijo ella-. La vaquita de San José, la hebra de nylon, no han sido un invento. Saldré pronto en los diarios, fotografiada como la mujer que saca objetos de los sueños ajenos.- ¿Mis sueños te son ajenos?- Para los diarios, sí. Fue durante una siesta de verano. Él soñó que andaba caminando con ella por una ciudad desconocida, con desfiles de soldados. En una puerta verde, debajo de un puente, Artemidoro el Daldiano, vestido de blanco, con sombrero y capa, lo llamó.-¿Quién es Artemidoro? –preguntó ella.- Un griego. Escribió la Crítica de los sueños.- ¿Cómo sabés que era él?- Lo conozco. Estudiamos juntos –contestó él. Artemidoro le tendió la mano como si lo apuntara con un revólver, pero lo que tenía en la mano era un filtro misterioso, aquel que bebieron Tristán e Isolda. “Cuando quieras llevar a tu amada como a tu corazón dentro de ti”, le dijo, “no tienes más que beber este filtro.” Cuando él despertó a la hora del desayuno, ella le dijo:- Aquí está el filtro –y le mostró una botellita diminuta. No necesitaba que le contara el sueño. Él le arrebató el frasco de la mano, lo miró atónito, cerró los ojos y lo bebió. Cuando abrió los ojos quiso mirarla de nuevo. Ella no estaba. Él la llamó, la buscó. Oyó una voz dentro de él, la voz de ella, que le contestaba:- Soy vos, soy vos, soy vos. Al fin soy vos.- Es horrible -dijo él.- A mí me gusta –dijo ella.- Es un conyugicidio.- Conyugicidio… ¿Y qué quiere decir? –ella interrogó.- Muerte causada por uno de los cónyuges al otro –respondió. Bruscamente despertaron. Él volvió a soñar a lo largo de la vida y ella a sacar objetos de sus sueños. Pero la mayor parte de las veces no le sirvieron de nada pues son todos objetos de poca importancia; a veces ni siquiera los mira. Los atesora en su mesa de luz. Rara vez, por suerte, le sirven para sufrir transformaciones, como sucedió con el filtro: el término sufrir está bien elegido pues en toda transformación hay sufrimiento. A veces tienen miedo de no volver a su estado anterior –al hogar, a la vida habitual- y volatilizarse. ¿Pero acaso la vida no es esencialmente peligrosa para los que se aman?


Significado del cuento 

En este cuento, Silvina Ocampo explora el deseo profundo de una unión total en el amor, aunque los límites entre los amantes se desdibujen hasta casi perderse. Ocampo sugiere que el amor, aunque sea bello en su anhelo de unidad, puede ser peligroso cuando anula la individualidad, con la posibilidad de que uno termine consumido o anulado en el otro. Silvina Ocampo sugiere que en el amor profundo y transformador hay un sufrimiento inevitable, puesto que implica un cambio de identidad. En definitiva, sentirse completo con el otro, pero con el riesgo de perderse completamente en el otro.

Cuentos en YouTube

Si te gusta este género literario, te recomiendo escuchar cuentos con moraleja de Paulo Coelho que puedes escuchar en YouTube. 


domingo, 3 de marzo de 2024

Cuentos de Silvina Ocampo

Cuentos de una gran escritora argentina

Silvina Inocencia Ocampo ​​ fue una escritora, cuentista y poeta argentina. Cabe destacar, no solo  la calidad literaria de sus cuentos, sino también de haber pasado a la historia de la literatura argentina del siglo XX por la crueldad desconcertante que supo imprimir en algunos protagonistas de estos relatos. Si quieres conocer su biografía, te recomiendo leer Silvina Ocampo frente al espejo. 


Así que, me gustaría recomendaros dos cuentos de esta escritora. El primer cuento, El vástago, es un relato sobre la opresión familiar y la venganza.  En este relato, expone la ambigüedad, la crueldad y la complejidad de los seres humanos El segundo cuento, El sótano, narra la historia de una mujer que elige vivir en un sótano. La decisión de la protagonista de vivir en el sótano muestra su búsqueda de autonomía y resistencia contra las normas de la sociedad convencional. Si quieres leer estos cuentos para adultos, puedes encontrarlos en Lecturia, biblioteca de relatos. 


Cuentos en YouTube


También tienes la opción de escuchar estos cuentos en YouTube. En mi canal Carla Narraciones, podrás acceder a este audiolibro de Silvina Ocampo y a muchos audiolibros más. Si te gusta los cuentos de esta escritora, te recomiendo 2 cuentos de grandes escritoras latinoamericanas. 


martes, 27 de junio de 2023

2 cuentos de grandes escritoras latinoamericanas

 


Cuentos para pensar
de grandes escritoras latinoamericanas

El primer cuento para pensar que os voy a mostrar es de Cristina Peri Rossi, una destacada poeta y narradora nacida en Uruguay (1941). Es un cuento para pensar precioso que os muestro a continuación, como también su explicación.

 

Punto final de Cristina Peri Rossi

Cuando nos conocimos, ella me dijo: «Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes». Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.

Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. «¿Dónde lo guardaste? —me pregunta ella, indignada—. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido». Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?

Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los armarios, los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. «No debí confiar en ti —se reprocha—. Debí imaginar que me traicionarías». Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.

Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.

Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.


Explicación del cuento

En este cuento examina la flexibilidad de las relaciones en el mundo moderno, relaciones que se caracterizan por ser pasajeras y fugaces. 

 

A continuación, podéis leer el cuento para pensar de Silvina Ocampo (1903 - 1993) y su explicación. Fue una escritora argentina que ha logrado reconocimiento póstumo, ya que durante mucho tiempo estuvo bajo la sombra de su marido, de su amigo (Jorge Luis Borges) y su hermana (Victoria Ocampo), personajes destacados en el desarrollo intelectual bonaerense.

 

Los libros voladores- Silvina Ocampo

Había muchos libros en aquella casa, tantos que nadie pudo contarlos, porque todos los días aparecían nuevos ejemplares que se alojaban en los anaqueles sin que supieran quién los traía ni dónde estarían. Pero de noche los libros seguramente se levantaban, cambiaban de sitio o se juntaban para parecer más numerosos. Entonces yo, con una curiosidad ridícula, resolví mirarlos en la tenue oscuridad, para ver en el silencio si se movían, en cuanto empecé a sospechar. ¿Qué pasaba con esos libros de noche, cuando el sol se acostaba, los sonidos de la calle morían meticulosamente y las hojas, que no eran hojas sino páginas, se movían con rumores de alas y de nidos en los estantes? A mi hermano le gusta jugar con ellos, pero papá dice que es un pecado y me mira a mí.

Yo tenía cinco años, mi hermano siete, y el resto de la casa eran personas mayores. En lugar de mesitas teníamos libros apilados; en lugar de banquitos, sillones, sofás o sillas, teníamos libros y, en lugar de tener la ropa y los zapatos en los roperos, teníamos libros dentro de los roperos. Todo el mundo cree que somos desordenados y no se equivocan. Llegó un momento en que ni siquiera la cocina sirvió para cocinar. En una mesa de libros pusieron un calentador para hacer distintos platos, aunque ya el gusto por la cocina se había perdido.

Me contaron que en una oportunidad unos hombres resolvieron asaltar la casa, viéndola de afuera tan linda, pero no pudieron llegar a la cocina, donde creyeron que sería fácil entrar, ya que en el camino varios libros se habían subido los unos sobre los otros, formando una barricada. No podían imaginar otra manera de asaltar una casa tan impenetrable y se fueron diciendo malas palabras con los más horribles puntapiés que propinaron a cuanto libro encontraron: grandes, chicos, de papel de Biblia, de papel de arroz, de papel de diario, de papel de tornasol, de papel de pluma, de estraza, de madera, de tisú, de papel grueso y ordinario para niños. Yo contemplé el desastre cerrando los ojos, pensando qué había retenido de esos libros y tratando de contener las lágrimas, que parecían de papel, ya secas en las mejillas.

Fue entonces cuando nuestros padres resolvieron que nos mudáramos de casa y nos instalamos en un departamento, con jardín. Porque éramos ambiciosos regalamos los libros para una biblioteca que llevaría nuestro nombre. Pero todo era un engaño para entusiasmarnos.

Dormí tranquilamente la primera y la segunda noche en la nueva casa. Habían comprado algunos libros lindos, llenos de figuras, un diccionario en ocho volúmenes, muy raro, con árboles y flores, y animales de todos los colores y de todas las razas. Yo pensaba que esos libros no ocuparían lugar. Entonces me dediqué a mirarlos con mayor interés. No salía a pasear, ni iba al cine para mirarlos, para imaginar qué pensarían al ver cómo yo los colocaba en los desvanes de la casa, en los lugares más solitarios y vacíos. ¿Dónde estarían los libros pornográficos? Eso me preocupaba un poco.

El tiempo fue pasando. Yo apenas lo sentí. Cómo podía imaginar que en tan poco tiempo se acumularía un mundo de libros, todos idénticos a los anteriores, con las mismas tapas, las mismas primeras hojas, las mismas enormes, resignadas apariencias. No podía creer que el tiempo, tan ingenioso, hubiera pasado y que me viera preso en un mundo idéntico al anterior y acorralado de nuevo en una desordenada biblioteca. Siempre hay que temer las ocurrencias del tiempo. Desde mi nacimiento lo sentí. Vi plantas, almohadones, lámparas verdes que en la otra casa no había. Vi un cupido de mármol, con sombrero de paja, luchando contra el viento, con los pies desnudos, pero los mismos libros grises, azules, colorados, violetas estaban. ¡Yo no sé qué decir de este milagro! ¿Cómo pasó el tiempo? El tiempo pasa sin hacerse ver, me dijo mi tía; sólo deja líneas en la cara y pelo blanco en la cabeza. Habría que nombrar detectives no sólo para los crímenes, sino para muchas otras cosas: para vigilar a los médicos y a sus enfermos, para vigilar el tiempo y a sus víctimas, para vigilar la vida clandestina de los libros. Yo no sirvo para vigilar el movimiento de cosas tan precisas. ¿Quién dirá que estos libros quieren vivir? A mí me están matando. La vida está en ellos. Parece que vivieran como si todo fuera a redimirlos.

La casa ya tiene muebles hechos con libros: una repisa, una ensaladera de libros, un reclinatorio de libros, una cama de libros. Ya progresó el mundo, desaparecen los colores; la luz intensa del amanecer no es la misma. Tengo en mis manos un libro. Tiene voces, no tiene letras. Nunca se me ocurrió quedarme en éxtasis oyéndolas. ¿Moriré porque los libros de pronto hablan sólo de muertes o de crímenes? A veces escucho las voces de dos libros que se mezclaron. Son voces angélicas: una es la voz de un Narciso, me dijo un amigo, que abraza el agua, toda la largura del agua; era un loco, se enamoraba de sí mismo; otra, la voz contraria de san Gabriel, que abraza el mundo. Y creo que podré vivir, pero no sé si es verdad o si será verdad.

Lo más incongruente o dramático de todo fue cuando los libros se unieron. Me llamaba la atención la posición que adoptaron algunos. No se separaban. A cualquier hora estaban juntos. Recuerdo que aparecieron unos libros chiquitos, tan chiquitos que eran ilegibles. Estaban Baudelaire, Rimbaud, Racine, Verlaine y algunos pensamientos de Pascal. Inmediatamente imaginé que eran los hijos de nuestros libros, sin descartar la idea de la copulación, tan importante. Traté de reunir algún libro y mezclarlo con el que tenía al lado, pero era muy largo de hacer y además resultaba casi imposible. Sin embargo, traté de olvidar esta idea absurda que se me había ocurrido. ¿Realmente los libros copulaban o se me había ocurrido a mí dentro de todos los argumentos que siempre me perseguían? Fue entonces cuando mi padre buscó a un psicoanalista para que me analizara.
Yo tendría siete años, la idea le parecía demasiado inocente y complicada, casi peligrosa. Mezclé a escritores de diferentes épocas o edades; resultaron muy pintorescos, pero nunca salió un recién nacido de estas mezcolanzas, ni nada que pudiera parecerse a la realidad. Tuve que admitir que me había equivocado y renunciar a mi fantasía. ¡Yo era demasiado chico!
Un día el cielo se llenó de nubes y la casa estaba a oscuras. Iluminados por relámpagos los libros no cesaban de aumentar; hablaban, discutían con fervor, con esa tremenda voz que tienen las personas cuando se enojan. No puedo decir que tuve miedo. No podía sentir miedo ante semejante disparate. ¿Estaría soñando? Nunca siento que sueño cuando ocurre algo anómalo. Siento que me he vuelto loco o que el mundo ya no es el mismo y me someto a cualquier tipo de resignación o de fervor. Vi que los libros se movían, que la agitación era profunda como en las manifestaciones políticas. Comprendí que algo terrible sucedía. Me acerqué a dos libros que estaban moviendo las primeras páginas con pasión. Hablaban de suicidio colectivo. Se acercaban a las ventanas más altas de la casa. Sin mirar por donde avanzaban, tropezaban con las sillas, de donde caían libros tras libros, y finalmente retomaban sus verdaderas posiciones, volviendo a los anaqueles. Entonces, muy entrada ya la noche, empezaron a caer de los balcones los libros, tan infinitos que nadie podía contarlos. Yo trataba de salvarlos, en vano. Miles y miles cayeron, grandes y chicos, con tapas gruesas y blandas. Me asomé a mirarlos desde arriba. De pronto sentí que morían. Montones de libros en el suelo, sobre flores caídas, sobre el barro, en todas partes, hasta que el último que vi comenzó a volar como un extraño pájaro, y así uno tras otro, hasta que el cielo se cubrió de una extraña nube. Bajé a la calle. El pueblo se había reunido para ver la nube de libros voladores. Vieron también otro montón de libros sin alas, en el suelo, y eran tal vez más numerosos que los anteriores, como aquellos que volaban con tanto alborozo. Alguien preguntó:

—¿Y estos libros? —Son los libros que nadie supo escribir. —¿Alguien pudo leerlos?

—Nadie supo leerlos. Fue como si empezaran a leer. Por eso los quemaron. Hicieron grandes fogatas de libros.

—¿Por qué no sabían escribir aquellos que los escribieron?

—No sabían lo que era un adjetivo ni un verbo ni un pronombre.

—Pero algo tenían que decir.

—Eso no bastaba. Tenían que escribirlo de un modo lógico, de un modo claro, de un modo perfecto.

Todo había cambiado; los buenos libros no servían. Lo atribuyeron a causas políticas. Servían como cajas de bombones cuando venían las polillas, ¿cómo matarlas sin matar los libros?

—¿Es tan difícil escribir? ¿Más difícil que vivir?

—Menos arduo pero más difícil.

—¿Más divertido? ¿Menos real? ¿Menos cierto?

—Hay que conformarse. Vamos a ver qué hacemos con los libros que quedan, porque ya la casa vuelve a llenarse de libros. No son perros, no basta decirles «fuera de aquí». Nunca se van ni se irán. ¿Acaso se acostumbraron?

Pero ahora existe la televisión. Nuestra casa se llenó de cassettes. ¡Es lo único que faltaba! Yo defiendo los libros hasta la muerte. Dejaré de ser chico, seré grande y llevaré bajo el brazo un libro. ¡Es tan decorativo! ¡Tan cómodo! Si alguien me pregunta ¿qué haces?, contesto: Estoy leyendo. ¿Tenés los ojos bajo el brazo? Idiota.


Explicación del cuento

El cuento es una especie de elegía a los libros que con sus historias parecen encerrar vida real dentro de sí. Aunque con el tiempo puedan ser reemplazados por la televisión, destaca la importancia de la lectura como un elemento importante y vital para el ser humano.

 

Audiocuentos en YouTube

Estos cuentos para pensar también puedes escucharlos en mi canal Carla Narraciones. Audiocuentos en YouTube acompañados de música para disfrutarlos, de grandes escritoras latinoamericanas. Si te gustan los cuentos para pensar, te recomiendo: 3 cuentos de grandes escritores latinoamericanos.

miércoles, 11 de mayo de 2022

3 cuentos cortos para adultos de grandes escritoras

 

Las escritoras más representativas del siglo XX

 

Esta vez me gustaría presentarte 3 cuentos de grandes escritoras: Orbe Novo de Pilar Dughi; Él para otra de Silvina Ocampo y Mejor que arder de Clarice Lispector.

 

María del Pilar Dughi Martínez fue escritora y psiquiatra considerada una de las escritoras peruanas más representativas de la segunda mitad del siglo XX. Orbe Novo es una breve reseña de Cristóbal Colón, de un Colón obsesionado por encontrar financiamiento para su viaje, que contaba tantas veces su historia que agobiada a la gente.

 

Silvina Inocencia Ocampo fue una escritora, cuentista y poeta argentina. Se la considera una de las escritoras más importantes de la literatura argentina del siglo XX. Él para otra fue una de sus obras más conocidas en el mundo de este género. Narra la historia de dos amantes que cultivan su amor a la distancia, evitando a toda costa los encuentros. Al final, la tan temida y anhelada unión llega, pero la ambigüedad del texto impide determinar si los protagonistas de la unión son ya otros, o los mismos pero transformados por la consumación del deseo.

 

 

Chaya Pinjasovna Lispector, más conocida como Clarice Lispector, ucraniana-brasileña de origen judío, fue una periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas. Es considerada una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX. En Mejor que arder, Clarice Lispector cuenta la historia de una mujer llamada Clara que se convierte en monja debido a la presión que recibe de su familia. Muy pronto se revela que la muchacha no está hecha para los hábitos y que el voto de castidad no es para ella. Su vida en el convento se convierte en una tortura y nada logra apagar el fuego dentro de ella. Entonces toma la determinación de dejar el convento para buscar marido. Finalmente, lo encuentra y contrae matrimonio.

 

Cuentos para adultos en YouTube

 

Una vez presentados los cuentos y las autoras de estos, me gustaría que pudieras escuchar estos cuentos para adultos en YouTube. Te recomiendo también Cuentos de Gabriel García Márquez.

 

 

 


Dos cuentos breves de Sara Gallardo

  Sara Gallardo A continuación, te presento dos cuentos de Sara Gallardo considerada como autora de culto : El hombre en la araucaria y Ref...