Cuento para adultos de Elena Garro
A continuación,
te presento un cuento para adultos de Elena Garro: El duende, que
puedes escuchar también en formato audiocuento en Spotify o ver el video en
YouTube.
El Duende narra la vida de dos niñas que pasan
sus días en un jardín cargado de calor, silencio y una atmósfera casi mágica,
donde lo real y lo fantástico conviven sin fronteras claras; entre juegos,
palabras misteriosas y la presencia invisible del Duende —una figura que parece
gobernar ese espacio—, se va revelando un mundo infantil que no es inocente,
sino lleno de deseos, celos, miedo y una conciencia precoz de la muerte. El
cuento muestra cómo la infancia puede ser un territorio tan cruel y complejo
como el de los adultos: las niñas usan la fantasía para explicar lo que no
comprenden, para protegerse del dolor y también para justificar sus impulsos
más oscuros. El Duende no es simplemente un ser mágico, sino el símbolo de la mentira,
la imaginación y la coartada emocional con la que los niños (y los adultos)
evitan asumir la culpa de sus actos. Elena Garro plantea que el mal no llega
desde fuera, sino que nace dentro, y que la fantasía puede ser tanto refugio
como instrumento para ocultar la verdad. El jardín, que se va deteriorando,
refleja la pérdida de la inocencia: cuando la verdad se rompe, también se rompe
el mundo que la sostenía.
El Duende
(Cuento completo de Elena Garro)
A
las tres de la tarde el sol se detenía en la mitad del ciclo. El silencio podía
estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La
casa entera estaba quieta. Sólo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los
pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos.
La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola
ardiente que llegaba hasta las habitaciones.
En
dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y venir de las hamacas
columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora,
la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.
—Eva,
¿te da miedo morir?
—No,
el otro mundo es tan bonito como éste.
—¿Cómo
lo sabes?
—Me
lo dijo mi abuela Francisca.
Eva
lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este
mundo, pero pertenecía a un orden diferente. Era una aliada poderosa y la única
liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. «El
otro mundo es tan bonito como éste»… Durante un rato la frase la dejó
convencida, pero luego, la puerta que la esperaba y que conducía al vacío,
volvió a tomar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a precipitarla
al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la
cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la
muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se
encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Sólo Eva se quedaría
flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en
la casa.
—¿Estás
segura de que el otro mundo es tan bonito como éste?
—Sí,
y como no tenemos cuerpo no sudamos.
Era
irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo
mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de
pelo, para recordar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva.
Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y
tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la
luz del sol.
—Adentro
de las manos tenemos luz.
Leli
recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la
sangre salió a borbotones. Sintió vergüenza al sorprender a Eva en una mentira.
—¡Mentirosa!
—¿Has
visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a
encender un día y me voy a ir en lo oscuro.
Era
verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza
y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de
las ramas más altas de los árboles.
—¡Te
vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía columpiarse de las hojas altísimas
de las palmeras.
—Si
me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.
El
Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las
regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:
—Pobre,
cree que es el dueño de todo…
Esa
tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron
escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del
jardín.
—Vamos
a bañarnos —dijo Eva.
Salieron
al jardín. Pasaron bajo las jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el
macizo de los plátanos, llegaron hasta las palmeras, sesgaron un poco hacia la
izquierda y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín,
rodeado de helechos, espadañas y otras hojas, rezumaba humedad. Hasta allí no
llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de
piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los
ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de
oro.
Las
niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa.
El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de
la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo las niñas se
bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli
miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las
mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y
por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde
oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas
desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cortó más y las comió. Eva
siempre hacía los descubrimientos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse
satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó
quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro
de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura
reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. «Estoy envenenada», se
dijo.
—No
coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.
—No
le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas
las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.
Eva
la había engañado. «Estoy envenenada», se repitió mirando a su hermana, que
ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte
próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los
siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que
había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas
diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasaba sus tiempos
se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin
ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y sólo era una hoja verde
lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúsculas las que
determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía
despedirse, ni irse sola, ni dejarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a
su hermana. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.
—Evita,
prueba estas hojas, son muy dulces.
Su
voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran
venenosas? Ella lo sabía todo. «¡Dios mío, haz que se las coma!». Y Dios la
oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran
mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. «¡Dios
mío, que se muera!». Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió
la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos
muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.
—¡Mala!
La
vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles.
Un segundo grito la alcanzó:
—¡Mala!
Eva
estaba en la misma hora que ella. «El otro mundo es tan bonito como éste, allí
no se suda porque no tenemos cuerpo»… ¿Era Evita la que le decía aquellas
palabras? Leli cayó muerta.
La
tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blanco. En la camita de junto
tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado
el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a
la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el
mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano
preocupada.
—¿Es
cierto lo que dice Evita?
Leli
comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva
mentía. No era verdad su amistad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La
hoja verde les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a
mirar a la pared.
—¿Verdad
que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre
no entendía nada.
Leli
miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.
—No
sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?
La
niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.
—Sí
lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.
Elisa
abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los
ojos y su mirada pasó del estupor al espanto.
—¡Mala!
Se
alejó de prisa de su cama.
—¡Mala!
—volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a
su madre y las dos se pusieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos
asustados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el
mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una
descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la
habitación, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran
mucha vergüenza.
Su
padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos segundos hacía la cama de Eva.
Los niños lo siguieron, Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que
transida escuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de
distinta manera. Se sentó en la cama, asombrada. ¿Por qué la hoja le había
hecho el mismo daño a Evita? Su madre tomó en brazos a su hermana y salió con
ella de la habitación. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola
reflexionando.
Al
mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.
—Anda,
come… —le dijo con tedio.
Se
bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso
hablar con Candelaria, pero ésta sólo le contestó con banalidades.
—¿Hasta
cuándo dejarás de hacer maldades?
Leli
observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría
tanto como sus gestos. Ya no le interesaban sus consejos: siempre eran los
mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían
desaparecido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos.
De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum!
¡Bum! ¡Bum!, de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres
aumentaban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pregunta:
—¿Verdad
que no quisiste matar a Evita?
Su
respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asustados.
Cuando
encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el
mosquitero y se sentó parsimoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró
parpadeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los
párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, sólo las miraba.
Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos
y rosas enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre
los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había
fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita
permaneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera
absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.
—Estrellita,
dime, ¿tú has visto alguna vez al Duende?
—¿Qué
duende?
—El
del jardín.
—No.
Yo estoy en los tejados.
—¿Y
desde allí no ves al Duende?
—No.
Desde allí sólo te veo a ti y veo a Eva.
—¿Siempre
nos ves?
—Siempre.
Estrellita
parecía un doctor javanés, de párpados pesados, flequillo lacio y labios muy
arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas
con solemnidad sobre la faldita blanca, inmóviles.
—Estrellita,
yo me envenené primero. Luego le di la hoja a Eva y ella también se envenenó.
¿Por qué?
Estrellita
la miró sin pestañear.
—Porque
eran de la misma mata.
—¡Claro!
Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?
—Porque
tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávida, mirando a su hermana—. ¿Te
gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.
—No…
No me gustó… o tal vez sí…
Antes
no se le había ocurrido que podía gustar o no gustar matar. Miró a Estrellita
con admiración.
—¿Entonces,
por qué la mataste?
—Porque
quería que se muriera conmigo.
—¡Ah!
Entró
Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la colocó sobre la mesita de
noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir
murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcanzar un
vaso de refresco.
—Rutilio
no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a
mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que
otros no sabían.
—No,
no sabe nada —confirmó Leli.
Apenas
había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.
—¡Estrellita!
Cogió
a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada.
Sólo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados. En los días que
siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín.
Los plátanos, las jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de
polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva
y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya
sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por mentirosa no la frecuentaba.
Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos
se daban la espalda, mientras el jardín caía en ruinas.
Una
tarde Estrellita supo que Eva había tomado una decisión: maliciosa, le sonreía
a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía
a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pletórico de hojas. Pero Leli
siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas.
Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar
solas.
—¡Leli!
¡Lelinca! —dijo Eva.
Su
hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó
a los tejados.
—Lelinca,
tú no fuiste…
Estrellita
oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.
—No,
yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.
Sus
palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda
blanca, constató que Leli había olvidado que Eva no tenía ningún secreto.
—Fue
el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.
—¡Es
cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una
completa tonta.
Alegre,
se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un
canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes.
Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de
aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, parpadeó varias veces,
disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una
teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.
—Tú
sabes que no fui yo. ¿Verdad?
—¡Claro
que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo
Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.
El
Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de
la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su
única amiga: Estrellita Garro.
Fuente: Ciudad Seva
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