Roberto Fontanarrosa
A
continuación, te presento un cuento para adultos de Roberto Fontanarrosa,
destacado humorista gráfico y escritor argentino. Asimismo, muchas de sus obras
han sido adaptadas al teatro, al cine y a la televisión. Este cuento puedes
escucharlo en Youtube y Spotify.
El
cuento “Viejo con árbol” de Roberto Fontanarrosa narra, sin revelar giros
clave, la presencia de un anciano solitario que asiste siempre a los partidos
de un equipo amateur y observa el juego con una mirada muy particular: para él,
el fútbol no es solo deporte sino una forma de arte en la que se mezclan
escultura, pintura, danza, música y teatro. A través del diálogo con un
jugador, el relato muestra cómo este hombre interpreta cada movimiento y
detalle del partido desde una sensibilidad estética y casi poética; sin
embargo, el significado del cuento apunta a un contraste profundo entre esa
visión idealizada y la realidad pasional del fútbol, sugiriendo que, por más
que intentemos intelectualizar o embellecer la vida, hay experiencias —como el
fútbol— que inevitablemente nos devuelven a lo más visceral, humano y
emocional.
Viejo con árbol
Cuento completo de Roberto Fontanarrosa
A
un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del
ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después
las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol,
solía ubicarse el viejo.
Había
aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su
gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y
la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer
los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la
Liga.
Los
muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que
lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el
viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora
en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos
a ellos.
Era
el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el
hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en
el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas
bajaban de los autos.
—Ojo
con la vía —alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No
pasan trenes, casi —lo tranquilizaba Norberto.
Y
era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No
vino la hinchada? —ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo—.
¿No vino la barra brava?
Y
se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del
árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano
derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de
flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La
vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá —bromeó alguno.
—Por
ahí es amigo del referí —dijo otro.
Pero
sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque
lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia
Seniors.
Y
ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a
Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era
verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el
viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la
cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo
pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y
quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado
jamás una palabra con nadie del equipo.
El
Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito,
bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un
auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está
escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó
el aliento, pero siempre recostado en el piso.
El
viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la
oreja.
—No
—sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí.
El
viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado.
—Música
—dijo después, mirándolo de nuevo.
—¿Algún
tanguito? —probó el Soda.
—Un
concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El
Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los
muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla.
Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al
lado del viejo.
—Pero
le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
El
viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la
pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo
he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy
emparentado.
El
Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire
usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba
el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la
camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La
expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se
quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le
mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El
Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea
usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar
un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y
una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las
camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por
la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles
ocres, pardas y sepias y siena de los muslos, vivaces, dignas de un Bacon.
Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún
estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arremetió.
—Observe,
observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro
nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el
braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El
Soda procuraba estimular sus sentidos, pero solo veía que los rivales se venían
con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De
León.
—Y
escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el
pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y
entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la
percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la
suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración
agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los
insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es
la música...
El
Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les
contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les
quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave
oscura e implacable.
—Y
vea usted a ese delantero... —señala ahora el viejo, casi metiéndose en la
cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el
suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los
cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando
histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El
Soda se toma la cabeza.
—¡Qué
cobra? —balbucea indignado.
—¿Cobra
penal? —abría los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose
apenas en la cancha—. ¡Qué cobras? —grita después, desaforado—. ¡Qué cobras,
referí y la reputísima madre que te parió?
El
Soda lo mira atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado
repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El
viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvía hacia el Soda
tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—...
¿Y eso? —se atrevía a preguntarle el Soda, señalándolo.
—Y
eso... —Vacila el viejo, tocándose levemente la gorra—... Eso es el fútbol.
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