Silvina Ocampo
El
cuento Los objetos de Silvina Ocampo narra la vida de Camila, una
mujer que parece no apegarse a las cosas materiales hasta que, años después de
perder una pulsera, comienza a recuperarla y luego a reencontrarse
misteriosamente con todos los objetos de su pasado. Este relato para adultos
muestra cómo esa recuperación progresiva, que al principio le produce alegría,
se vuelve inquietante y perturbadora, transformando su relación con esos
objetos en algo cada vez más obsesivo.
El significado del cuento apunta a una idea profunda: los objetos no son realmente “reemplazables” porque guardan memoria, identidad y tiempo vivido. Ocampo sugiere como una reflexión sobre la nostalgia, y el peligro de dejar que lo material (cargado de significado emocional) termine dominando la vida interior y el presente. Este cuento para adultos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Los objetos
(cuento completo de Silvina Ocampo)
Alguien
regaló a Camila Ersky, el día que cumplió veinte años, una pulsera de oro con
una rosa de rubí. Era una reliquia de familia. La pulsera le gustaba y sólo la
usaba en ciertas ocasiones, cuando iba a alguna reunión o al teatro, a una
función de gala. Sin embargo, cuando la perdió, no compartió con el resto de la
familia, el duelo de su pérdida. Por valiosos que fueran, los objetos le
parecían reemplazables. Sólo apreciaba a las personas, a los canarios que
adornaban su casa y a los perros. A lo largo de su vida, creo que lloró por la
desaparición de una cadena de plata, con una medalla de la virgen de Luján,
engarzada en oro, que uno de sus novios le había regalado. La idea de ir
perdiendo las cosas, esas cosas que fatalmente perdemos, no la apenaba como al
resto de su familia o a sus amigas, que eran todas tan vanidosas. Sin lágrimas
había visto su casa natal despojarse, una vez por un incendio, otra vez por un
empobrecimiento, ardiente como un incendio, de sus más preciados adornos
(cuadros, mesas, consolas, biombos, jarrones, estatuas de bronce, abanicos,
niños de mármol, bailarines de porcelana, perfumeros en forma de rábanos,
vitrinas enteras con miniaturas, llenas de rulos y de barbas), horribles a
veces pero valiosos. Sospecho que su conformidad no era un signo de
indiferencia y que presentía con cierto malestar que los objetos la despojarían
un día de algo muy precioso de su juventud. Le agradaban tal vez más a ella que
a las demás personas que lloraban al perderlos. A veces los veía. Llegaban a visitarla
como personas, en procesiones, especialmente de noche, cuando estaba por
dormirse, cuando viajaba en tren o en automóvil, o simplemente cuando hacía el
recorrido diario para ir a su trabajo. Muchas veces le molestaban como
insectos: quería espantarlos, pensar en otras cosas. Muchas veces por falta de
imaginación se los describía a sus hijos, en los cuentos que les contaba para
entretenerlos, mientras comían. No les agregaba ni brillo, ni belleza, ni
misterio: no hacía falta. Una tarde de invierno volvía de cumplir unas
diligencias en las calles de la ciudad y al cruzar una plaza se detuvo a
descansar en un banco. ¡Para qué imaginar Buenos Aires! Hay otras ciudades con
plazas. Una luz crepuscular bañaba las ramas, los caminos, las casas que la
rodeaban; esa luz que aumenta a veces la sagacidad de la dicha. Durante un
largo rato miró el cielo, acariciando sus guantes de cabritilla manchados;
luego, atraída por algo que brillaba en el suelo, bajó los ojos y vio, después
de unos instantes, la pulsera que había perdido hacía más de quince años. Con
la emoción que produciría a los santos el primer milagro, recogió el objeto.
Cayó la noche antes que resolviera colocar como antaño en la muñeca de su brazo
izquierdo la pulsera. Cuando llegó a su casa, después de haber mirado su brazo,
para asegurarse de que la pulsera no se había desvanecido, dio la noticia a sus
hijos, que no interrumpieron sus juegos, y a su marido, que la miró con recelo,
sin interrumpir la lectura del diario. Durante muchos días, a pesar de la
indiferencia de los hijos y de la desconfianza del marido, la despertaba la
alegría de haber encontrado la pulsera. Las únicas personas que se hubieran
asombrado debidamente habían muerto. Comenzó a recordar con más precisión los
objetos que habían poblado su vida; los recordó con nostalgia, con ansiedad
desconocida. Como en un inventario, siguiendo un orden cronológico invertido,
aparecieron en su memoria la paloma de cristal de roca, con el pico y el ala
rotos; la bombonera en forma de piano; la estatua de bronce, que sostenía una
antorcha con bombitas de luz; el reloj de bronce; el almohadón de mármol, a
rayas celestes, con borlas; el anteojo de larga vista, con empuñadura de nácar;
la taza con inscripciones y los monos de marfil, con canastitas llenas de
monitos. Del modo más natural para ella y más increíble para nosotros, fue
recuperando paulatinamente los objetos que durante tanto tiempo habían morado
en su memoria. Simultáneamente advirtió que la felicidad que había sentido al
principio se transformaba en malestar, en un temor, en una preocupación. Apenas
miraba las cosas, de miedo de descubrir un objeto perdido. Desde la estatua de
bronce con la antorcha que iluminaba la entrada de la casa, hasta el dije con
el corazón atravesado con una flecha, mientras Camila se inquietaba, tratando
de pensar en otras cosas, en los mercados, en las tiendas, en los hoteles, en
cualquier parte, los objetos aparecieron. La muñeca cíngara y el calidoscopio
fueron los últimos. ¿Dónde encontró estos juguetes, que pertenecían a su
infancia? Me da vergüenza decirlo, porque ustedes, lectores, pensarán que sólo
busco el asombro y que no digo la verdad. Pensarán que los juguetes eran otros
parecidos a aquéllos y no los mismos, que forzosamente no existirá una sola
muñeca cíngara en el mundo ni un solo calidoscopio. El capricho quiso que el
brazo de la muñeca estuviera tatuado con una mariposa en tinta china y que el
calidoscopio tuviera, grabado sobre el tubo de cobre, el nombre de Camila
Ersky. Si no fuera tan patética, esta historia resultaría tediosa. Si no les
parece patética, lectores, por lo menos es breve, y contarla me servirá de
ejercicio. En los camarines de los teatros que Camila solía frecuentar,
encontró los juguetes que pertenecían, por una serie de coincidencias, a la
hija de una bailarina que insistió en canjeárselos por un oso mecánico y un
circo de material plástico. Volvió a su casa con los viejos juguetes envueltos
en un papel de diario. Varias veces quiso depositar el paquete, durante el
trayecto, en el descanso de una escalera o en el umbral de alguna puerta. No
había nadie en su casa. Abrió la ventana de par en par, aspiró el aire de la
tarde. Entonces vio los objetos alineados contra la pared de su cuarto, como
había soñado que los vería. Se arrodilló para acariciarlos. Ignoró el día y la
noche. Vio que los objetos tenían caras, esas horribles caras que se les forman
cuando los hemos mirado durante mucho tiempo. A través de una suma de
felicidades Camila Ersky había entrado, por fin, en el infierno.
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