miércoles, 18 de febrero de 2026

Tres cuentos de Liliana Heker

 

Liliana Heker

A continuación, se presentan tres cuentos de Liliana Heker que puedes escuchar en Spotify o en YouTube.

Postergaciones — Resumen

El relato sigue a una mujer que debe esperar largas horas en un aeropuerto por la demora de su vuelo, situación que la irrita y la deja sin rumbo. En medio de ese tiempo vacío atraviesa una reflexión inesperada sobre su propia impaciencia y descubre que ese intervalo puede convertirse en un espacio de libertad y sentido personal. Sin embargo, al retomar la rutina cotidiana, esa revelación empieza a desvanecerse entre pequeñas frustraciones y hábitos conocidos.

 

Postergaciones — Significado

El cuento explora la tendencia humana a aplazar la vida, subordinando el presente a lo que vendrá, y cómo incluso las revelaciones sobre la libertad personal pueden ser frágiles frente a la inercia cotidiana. Heker sugiere que el sentido no está en controlar las circunstancias externas —que siempre escapan— sino en la actitud ante ellas, y muestra con ironía lo difícil que resulta sostener una conciencia lúcida: la comprensión del instante puede aparecer con claridad… y perderse con la misma facilidad.

 

Mujer con gato — Resumen

La historia presenta a tres perspectivas: un hombre que observa desde su ventana, una mujer que canta en el jardín y un gato que la acompaña. Mientras el observador interpreta su comportamiento como señal de felicidad, el relato deja ver que la escena es más compleja y que cada mirada —humana o animal— construye una interpretación distinta de la realidad.

 

Mujer con gato — Significado

El cuento reflexiona sobre la apariencia y la percepción: la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente, y cómo los otros proyectan sus deseos o suposiciones sobre aquello que ven. Heker cuestiona la ilusión de conocer la verdad ajena y sugiere que la autenticidad —representada simbólicamente en la mirada instintiva del gato— contrasta con las interpretaciones humanas, cargadas de idealización o autoengaño.

 

Horchata de chufa — Resumen

Una mujer llega a Barcelona y, fascinada por el ambiente y por referencias literarias acumuladas en su imaginación, se entusiasma con la idea de probar una bebida que para ella encarna la materialización de sus lecturas y fantasías. La experiencia se convierte en un momento cargado de expectativa, donde realidad e imaginación se encuentran.

 

Horchata de chufa — Significado

El relato aborda el choque entre idealización y experiencia real: cómo la imaginación puede construir deseos intensos que la realidad no siempre satisface. Heker plantea, con humor y sutileza, que la literatura y la fantasía enriquecen la vida pero también generan expectativas que pueden derivar en desencanto, revelando la tensión entre lo soñado y lo vivido.

 

Cuentos Liliana Heker

Postergaciones

      Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.

       Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
       Y fue así. Con la sencillez con la que una manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del camino.
       Apaciguada, abrió el libro y, como si ese instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo. Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
       Ahora mismo, en su casa, a punto de remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto, elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.


Mujer con gato

      El hombre que está asomado a la ventana envidia a la mujer que, en el jardín de la planta baja, canturrea ante la mirada atenta del gato. Qué feliz es, piensa el hombre. Ignora que la mujer no es feliz: con excepción del gato, acaba de perder todo lo que amaba, y sospecha (alguna vez lo ha leído) que los gatos se apartan de la desdicha. Moriría si el gato también la abandonara. Por eso, ante la persistencia de la mirada de él, no para de cantar y se ríe de cualquier cosa. El hombre de la ventana le envidia la alegría porque no advierte el simulacro. El gato sí lo advierte. Recela de esta actitud incongruente de la mujer, ¿por qué no se largará a llorar de una buena vez como desea? La observa un momento más, a la expectativa: ha vivido momentos muy lindos con ella. La mujer, consciente de la mirada del gato, hace una divertida pirueta de baile. Sin duda le ocurrió algo extraordinario, piensa el hombre de la ventana. No hay nada que hacer, concluye el gato, ya no es confiable. Alarga infinitamente su cuerpo gozoso, se da vuelta y, sin volver la vista atrás, salta la medianera y se va para siempre.


Horchata de chufa

      Acaba de sentarse a la mesa de un bar y mira a su alrededor con avidez. Es su primera tarde en Barcelona, todo le llama la atención. Detrás de la barra descubre el cartelito: Horchata de chufa. Apenas puede creerlo: el brebaje desconocido que hasta hoy —como la espada Excalibur o las alubias maravillosas— había estado construido con la materia sutil de lo leído está acá mismo, a su alcance, y ella, como tantos personajes de novela que han transitado por España, sólo tiene que llamar al mozo y, con la naturalidad de quien pide un cortado con medialunas, decirle (le está diciendo) Por favor, una horchata de chufa. La espera es un espacio delicioso en el que puede volverse real toda expresión extraña que alguna vez la haya hecho ensoñar. Está tan inmersa en su deseo que desatiende el momento superfluo en que el mozo deja el vaso alto, lleno hasta el borde de un líquido blancuzco. Con voracidad, como quien va a tragarse la luna, acerca el vaso a su boca.
       Se ve que es demasiado soñadora o medio atolondrada porque ¿quién con dos dedos de frente accedería a beberse así, de un solo trago, la desilusión?

 

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