Dos relatos breves para adultos
de Silvina Ocampo
Te presento dos
relatos breves para adultos de Silvina Ocampo: El retrato mal hecho y El
vendedor de estatuas. También puedes escucharlos en Spotify o en Youtube.
En “El
retrato mal hecho”, Silvina Ocampo presenta la vida rígida y opresiva de
una mujer atrapada en la inmovilidad emocional, el tedio doméstico y las
apariencias sociales, donde la maternidad, el servicio y el orden cotidiano
conviven con una tensión silenciosa y perturbadora. En este relato se explora
la obsesión por la apariencia, la belleza artificial y la decadencia de la
burguesía, donde un retrato distorsionado revela una verdad perturbadora sobre
la familia y el rol de la sirvienta, a menudo implicando lo fantástico, la
crueldad y lo siniestro en lo cotidiano, subvirtiendo expectativas y mostrando
cómo la realidad puede ser más extraña que la ficción, a través de la mirada
crítica hacia la sociedad argentina.
En “El
vendedor de estatuas”, la autora narra la convivencia inquietante entre un
hombre obsesionado con el control, la quietud y lo inanimado, y la presencia
insistente de un niño que encarna lo imprevisible y lo vital; en este relato se
explora la angustia existencial, el miedo a la infancia y la
persecución del inconsciente, simbolizados en la figura de Octaviano
Crivellini, el vendedor que se siente acosado por el niño Tirso, representando
una amenaza a su mundo de estatuas frías y a su propia identidad, culminando en
una fuga desesperada hacia el olvido y la nada, un tema recurrente en la obra
de Ocampo sobre la melancolía y la imposibilidad de escapar del pasado
El retrato mal hecho
[Cuento - Texto completo.]
Detestaba
los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo,
como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos
que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus
hijos traviesos.
La
vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas
señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en
tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura
de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y
comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.
La
mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los
dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy
despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su
actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se
acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa
limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la
que servía la mesa.
Fue
el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo
del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: “Se borda esta tira sobre pana de
color bronce obscuro” o bien: “Traje de visita para señora joven, vestido verde
mirto”, o bien: “punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto
lanzado y pasado”. Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía
leyendo: “Las hojas se hacen con seda color de aceituna” o bien: “los enrejados
son de color de rosa y azules”, o bien: “la flor grande es de color encarnado”,
o bien: “las venas y los tallos color albaricoque”.
Ana
no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos,
primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba
más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no
sabía lo que quería decir albaricoque: “Las venas y los tallos color
albaricoque”. Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que
la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un
amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la
cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio,
ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana,
indicando el baúl, contestó al silencio: “Lo he matado”.
Eponina
abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre
sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más
viejos, en busca de su corazón.
La
familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con
gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto
todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.
Eponina
se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de
Eponina se movían en una lenta ebullición: “Niño de cuatro años vestido de raso
de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como
olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color
marrón dorados, verde mirto o carmín”.
El vendedor de estatuas
[Cuento - Texto completo.]
Para
llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre
un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas
verdes que encuadraban la puerta del excusado.
En
el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían
sentado muchas mujeres y profesores gordos.
Mme.
Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y
contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de
griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había
un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una
comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas
del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo
en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una
secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un
chico era una travesura peligrosa; les tenía el mismo miedo que se les tiene a
los payasos y a las mascaritas.
En
un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes letras
anunciaban sobre la puerta de entrada: “Octaviano Crivellini. Copias de
estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones”; y ahí estaba un
batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían elegir. Había
mandado construir una pequeña habitación para poder vivir confortablemente.
Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y antes de dormirse les
decía disimuladamente buenas noches a las estatuas.
Sentado
en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de
angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: “No
tengo que preocuparme por estas cosas”, “No tengo que preocuparme por estas
cosas”.
El
chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad malabarista
le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diariamente; pero
eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera
podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, terribles y tolerables
porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el
alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba
Tirso, el chico de siete años, eran constantes y sin descanso. No había adónde
acudir para librarse de él. Debía de tener una madre anónima, un padre
aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar.
Hacía
ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa detrás de
él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habitual de
limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con frialdad de
estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león con melena
suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de sombras donde
lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos vacíos, alguna Diana
Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Sócrates. Octaviano, al ver
a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevió rápidamente su
despedida nocturna y se fue abrumado de vergüenza y terror.
Tirso,
creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió que
tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en puntas de
pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día todas las
noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado con las
estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los
perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado de sus estatuas, las
limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.
Tirso
empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hacía poco
tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. El ciclista le
había dado un caramelo. La comisionista le había probado un cuello de
puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un delantal, pero
el vendedor de estatuas no le hablaba.
Cuando
terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en penitencia, sin
postre -él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre.
Se
ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso lo
siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y
Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su
tranquilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e
independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a
acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante
que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto,
inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos minutos
después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la puerta
con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se
repitió todas las noches.
Las
primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre
Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Tenía unos
ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se lo podía
quizás lastimar un poco.
En
el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desesperado se
refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de estatuas, se
fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. Empezó a notar
que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que había grabado
en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sacó su
cortaplumas para grabarlos, como en los árboles, de una manera más segura.
Una
noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retiró
más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolvía a
bajarse de encima del león, pero al fin empezó a trotar en círculos y
semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el
suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más nada; el silencio
y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse
del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.
Quedaba
poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; sintió
desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido a lo largo
de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le indicaba el
camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sacó el
pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se
acababan las últimas gotas de aire y de luz que todavía le permitían vivir.
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te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo otros cuento de esta escritora: La red.
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