Rómulo Gallegos
A continuación,
te presento El piano viejo de Rómulo Gallegos. La historia narra la vida
de Luisana, una mujer considerada insignificante por sus hermanos,
quienes se marchan del hogar paterno para seguir ambiciones egoístas.
Cumpliendo una promesa a su padre, Luisana permanece en la casa familiar
manteniendo cada habitación impecable y actuando como un vínculo silencioso de
paz que, sin que ellos lo noten, frena los conflictos y resentimientos entre
sus hermanos. Su vida, tan humilde como una tecla desafinada de su viejo piano
que siempre suena a destiempo, encuentra su significado en este sacrificio
invisible; tras su muerte, mientras los hermanos se enfrentan violentamente por
la herencia, esa misma tecla del piano emite un sonido espontáneo que detiene
la disputa, recordándoles que su presencia espiritual sigue siendo el único
lazo de concordia capaz de salvarlos de su propia codicia.
El significado del cuento reside en la
reivindicación de los seres humildes y su papel fundamental como cohesión ética
en la sociedad. Gallegos utiliza la metáfora de la tecla desafinada para
mostrar que, aunque alguien parezca "no encajar" o no brillar bajo
los estándares del éxito material, su valor espiritual puede ser el pilar que
sostiene a una familia entera. Es una reflexión profunda sobre cómo la bondad
genuina no necesita ser celebrada para ser eficaz, y como el amor desinteresado
puede trascender incluso la muerte para apaciguar las sombras del egoísmo
humano.
Sin embargo, no puedo evitar ver también en Luisana otra realidad más sombría: la de un alma marcada por el trauma. Su entrega absoluta es también el reflejo de una persona que aprendió a anular sus propios deseos para existir solo a través de los demás, recordándonos que priorizar siempre al resto antes que a una mismo puede ser, más que una virtud, el refugio silencioso de un corazón que nunca se sintió con derecho a brillar por sí solo.
Este relato para adultos de Rómulo Gallegos puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
El piano viejo de Rómulo Gallegos
Eran
cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ramón, Ester, María. La vida los fue
dispersando, llevándoselos por distintos caminos, alejándolos, maleándolos.
Primero, Ester, casada con un hombre rico y fastuoso; María, después, unida a
un joven de nombre sin brillo y de fama sin limpieza; en seguida, Carlos, el
aventurero, acometedor de toda suerte de locas empresas; finalmente Ramón, el
misántropo que desde niño revelara su insana pasión por el dinero y su áspero
amor a la soledad; todos se fueron con una diversa fortuna hacia un destino
diferente.
Solo
permaneció en la casa paterna Luisana, la hermana mayor, cuidando al padre, que
languidecía paralítico lamentándose de aquellos hijos en cuyos corazones no
viera jamás ni un impulso bueno ni un sentimiento generoso. Y cuando el viejo
moría, de su boca recogió Luisana el consejo suplicante de conservar la casa de
la familia dispersa, siempre abierta para todos, para lo cual se la adjudicaba
en su testamento, junto con el resto de su fortuna, a título de dote.
Luisana
cumplió la promesa hecha al padre, y en la casa de todos, donde vivía sola,
conservó a cada uno su habitación, tal como la había dejado, manteniendo
siempre el agua fresca en la jarra de los aguamaniles, como si de un momento a
otro sus hermanos vinieran a lavarse las manos, y en la mesa común, siempre
aderezados los puestos de todos.
Tú
serás la paz y la concordia, le había dicho el viejo, previendo el porvenir, y
desde entonces ella sintió sobre su vida el dulce peso de una noble
predestinación.
Menuda,
feúcha, insignificante, era una de esas personas de quienes nadie se explica
por qué ni para qué viven. Ella misma estaba acostumbrada a juzgarse como
usurpadora de la vida, parecía hacer todo lo posible para pasar inadvertida:
huía de la luz, refugiándose en la penumbra de su alcoba, austera como una
celda; hablaba muy poco, como si temiera fatigar el aire con la carga de su voz
desapacible, y respiraba furtivamente el poquito de aliento que cabía en su
pecho hundido, seco y duro como un yermo.
Desde
pequeñita tuvo este humildoso concepto de sí misma: mientras sus hermanos
jugaban al pleno sol de los patios o corrían por la casa alborotando y
atropellando con todo, porque tomaban la vida como cosa propia, con esa
confianza que da el sentimiento de ser fuertes, ella, refugiada en un rincón,
ahogaba el dulce deseo de llorar, único de su niñez enfermiza, como si tampoco
se creyera con derecho a este disfrute inofensivo y simple. Crecieron, sus
hermanas se volvieron mujeres, y fueron celebradas y cortejadas, y amaron, y
tuvieron hijos; a ella, siempre preterida – que hasta su padre se olvidaba de
contarla entre sus hijos -, nadie le dijo nunca una palabra amable ni quiso
saber cómo eran las ilusiones de su corazón. Se daba por sabido que no las
poseía. Y fue así como adquirió el hábito de la renunciación sin dolor y sin
virtud.
Ahora,
en la soledad de la casa, seguía discurriendo la vida simple de Luisana, como
agua sin rumor hacia un remanso subterráneo; pero ahora la confortaba un íntimo
contentamiento. ¡Tú serás la paz!… Y estas palabras, las únicas lisonjeras que
jamás escuchó, le habían revelado de pronto aquella razón de ser de su
existencia, que ni ella misma ni nadie encontrara nunca.
Ahora
quería vivir, ya no pensaba que la luz del día se desdeñase de su
insignificancia, y todas las mañanas, al correr las habitaciones desiertas,
sacudiendo el polvo de los muebles, aclarando los espejos empañados y remudando
el agua fresca en las jarras; y cada vez que aderezaba en la mesa los puestos
de sus hermanos ausentes, convencida de que esta práctica mantenía y anudaba
invisibles lazos entre las almas discordes de ellos, reconocía que estaba
cumpliendo con un noble destino de amor, silencioso, pero eficaz, y en místicos
transportes, sin sombra de vanagloria, sentía ya que su humildad había sido
buena y que su simpleza era ya santa.
Terminados
sus quehaceres y anegada el alma en la dulce fruición de encontrarse buena, se
entregaba a sus cadenetas; y a veces turbada por aquel silencio de la casa y
por aquel claro sol de las mañanas que se rompía en los patios, se hilaba por
las rendijas y se esparcía sin brillo por todas partes arrebañando la penumbra
de los rincones; mareada por aquella paz que le producía suavísimos arrobos, se
sentaba al piano, un viejo piano donde su madre hiciera sus primeras escalas, y
cuyas voces desafinadas tenían para ella el encanto de todo lo que fuera como
ella, humilde y desprovisto de atractivos.
Tocaba
a la sordina unos aires sencillos que fueran dulces. Muchas teclas no sonaban
ya; una, rompiendo las armonías, daba su nota a destiempo, cuando la mano
dejaba de hacer presión sobre ella; o no sonaba, quedándose hundida largo rato.
Esta tecla hacía sonreír a Luisana. Decía:
«Se
parece a mí. No servimos sino para romper las armonías».
Precisamente
por esto la quería, la amaba, como hubiera amado a un hijo suyo, y cuando, al
cabo de un rato, después que había dejado de tocar, aquella tecla, subiendo
inopinadamente, daba su nota en el silencio de la sala, Luisana sonreía y se
decía a sí misma: «¡Oigan a Luisana! ¡Ahora es cuando viene a sonar!»
Una
mañana Luisana se quedó muerta sobre el piano, oprimiendo aquella tecla. Fue
una muerte dulce que llegó furtiva y acariciadora, como la amante que se acerca
al amado distraído y suavemente le cubre los ojos para que adivine quién es.
Vinieron
sus hermanos; la amortajaron; la llevaron a enterrar. Ester y María la lloraron
un poco; Carlos y Ramón corrieron a la casa, registrando gavetas, revolviendo
papeles. En la tarde se reunieron en la sala a tratar sobre la partición de los
bienes de la muerta.
La
vida y la contraria fortuna habían resentido el lazo fraternal, y cada alma
alimentaba o un secreto rencor o una envidia secreta. Carlos, el aventurero,
había sido desgraciado: fracasó en una empresa quimérica, arrastrando en su
bancarrota dinero del marido de Ester, el cual no se lo perdonó y quiso
infamarlo, acusándolo de quiebra fraudulenta; María no le perdonaba a Ester que
fuera rica y no partiera con ella su boato y la estimación social que
disfrutaba; Ester se desdeñaba de aceptarla en su círculo, por la obscuridad
del nombre que había adoptado; y todos despreciaban a Ramón, que había
adquirido fama de usurero y los avergonzaba con su sordidez.
Pero
todas estas malas pasiones se habían mantenido hasta entonces agazapadas,
sordas y latentes, pero secretas; había algo que les impedía estallar, una
dulce violencia que acallaba el rencor y desamargaba la envidia: Luisana. Ella
intercedió por Carlos, y porque ella lo exigía, el marido de Ester no le lanzó
a la vergüenza y a la ruina; ella intercedió siempre para que Ester invitase a
María a sus fiestas; ella pidió al hermano avaro dinero para el hermano pobre,
y a todos amor para el avaro; pero siempre de tal modo, que el favorecido nunca
supo que era ella a quien le debía agradecer, y hasta el mismo que otorgaba se
quedaba convencido y complacido de su propia generosidad.
Ahora,
reunidos para partirse los despojos de la muerta, cada uno comprendía que se
había roto definitivamente el vínculo que hasta allí los uniera, y que iban a
decirse unos a otros la última palabra; y en la expectativa de la discordia
tanto tiempo latente, que por fin iba a estallar, enmudecieron con ese
recogimiento instintivo de los momentos en que se va a echar la suerte, y al
mismo tiempo la idea de la hermana pasó por todos los pensamientos, como una
última tentativa conciliadora a cumplir el encargo paterno: ¡Tú serás la paz y
la concordia!
Entonces
comprendieron a aquella hermana simple que había vivido como un ser
insignificante e inútil y que, sin embargo, cumplía un noble destino de amor y
de bondad, y fue así cómo vinieron a explicarse por qué ellos inconscientemente
le habían profesado aquel respeto que los obligaba a esconder en su presencia
las malas pasiones.
En
un instante de honda vida interior, temerosos de lo que iba a suceder,
sintieron que se les estremeció el fondo incontaminado del alma, y a un mismo
tiempo se vieron las caras, asustándose de encontrarse solos.
Pero
fue necesario hablar, y la palabra dinero violó el recogimiento de las almas.
Rebulleron en sus asientos, como si se apercibieran para la defensa, y cada
cual comenzó a exponer la opinión que debía prevalecer sobre el modo de
efectuar el reparto de los bienes de la hermana y a disputarse la mejor
porción.
La disputa fue creciendo, convirtiéndose en querella, rayando en pelea, y a poco se cruzaron los reproches, las invectivas, las injurias brutales, hasta que por fin los hombres, ciegos de ira y de codicia, saltaron de sus asientos, con el arma en la mano, desafiándose a muerte.
Las
mujeres intercedían suplicantes, sin lograr aplacarlos, y entonces, en un
súbito receso del clamor de aquellas voces descompuestas, todos oyeron
indistintamente el sonido de una nota que salía del piano cerrado.
Volvieron
a verse las caras y, sobrecogidos del temor a lo misterioso, guardaron las
armas, así como antes escondían las torpes pasiones en presencia de Luisana:
todos sintieron que ella había vuelto, anunciándose con aquel suave sonido,
dulce, aunque destemplado, como su alma simple, pero buena.
Era
la nota de Luisana, sobre cuya tecla se había quedado apoyado su dedo inerte, y
que de pronto sonaba, como siempre, a destiempo.
Y
Ester dijo, con las mismas palabras que tanto le oyera a la hermana, cuando en
el silencio de la sala gemía aquella nota solitaria:
«¡Oigan a Luisana!»
Fuente: Elvickablog
Otras recomendaciones
Te recomiendo descubrir a un autor imprescindible de la literatura: Franz Kafka, a través de algunos de sus aforismos, pequeñas reflexiones que nos invitan a pensar y a mirar la vida desde otra perspectiva.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.